CAPÍTULO 10: TOMANDO NOTAS MENTALES

Hacía un par de horas que el cielo se había oscurecido, aquel manto que hasta el atardecer había estado dotado de colores cálidos, se había sustituido por uno oscuro irrumpido por algún que otro punto reluciente. De vez en cuando, una helada brisa te calaba los huesos hasta hacerte tiritar. Era una noche fría pese a estar en pleno verano, pero vivir en las inmediaciones de un río como es el Wickery hace que bajen las temperaturas.

Parecía que todos los habitantes de Mystic Falls habían optado por resguardarse del frío dejando las calles abandonadas, o al menos esa era la situación en las afueras del pueblo, donde tan solo el suave rugido del motor de un 'Camaro Chevy' de 1967 cortaba aquel silencio. Damon conducía rápida y ágilmente en mitad de aquellas calles, sin despegar la vista de la carretera salvo para lanzar alguna que otra mirada furtiva a su copiloto sin que éste se enterase.

Elena, a su lado, observaba el paisaje algo distorsionado debido a la gran velocidad a la que iban. Las ventanillas estaban completamente bajadas y el aire afilado golpeaba contra su cara arremolinándose en su pelo, una vez más se contentó de llevar el pelo suelto pues de haberse hecho algún moño o trenza, el viento se habría encargado de destrozárselo. Con cierta curiosidad y algo de infantilidad, extendió su brazo hasta sacarlo por completo de la ventanilla, el viento se impuso cual barrera pero en vez de resistirse a él, dejó que su mano se dejase llevar imitando el movimiento de una ola.

Si pudiera describir la conducción de Damon en una sola palabra sería: temeraria. En las rectas, fácilmente ponía la cuarta marcha y reducía a una velocidad vertiginosa que en algún momento había temido por darse de bruces contra el salpicadero. Las curvas las tomaba tan cerradas que, en más de una ocasión, tuvo que agarrarse al asiento para no salir disparada de su sitio. Sin embargo, pese a todo, se permitía sacar la mano para juguetear con el aire, simplemente por el hecho de que ya se había acostumbrado a ese tipo de conducción. Era como su conductor. Diferente y peligrosa. Pero no de una manera que le asustara, ni mucho menos, más bien era excitante.

Cuando aparcó, Damon salió del coche lo más rápido que su velocidad vampírica le permitía y se situó en la puerta del copiloto. Al abrirla contempló a una Elena con las mejillas sonrosadas por el frío, con el pelo alborotado por el viento y con el labio inferior rojizo por habérselo mordido. Intentó reprimir el impulso de empujarla contra el asiento y no dejarla salir hasta hacerla suya, y le ofreció su mano para ayudarla a salir.

-Señorita Gilbert- dijo cortésmente.

-Señor Salvatore- respondió ella de la misma manera colocando su mano delicadamente sobre la de él.

No, se repitió Damon. Esta noche tenía que reprimir con todas sus fuerzas aquel fuego interno que lo quemaba lentamente y ser un caballero. No era algo que estuviese acostumbrado hacer, de hecho, no creía que hubiese invitado a nadie a una cita propiamente dicha. Antes de conocer a Elena, le bastaba con un par de copas, un posterior revolcón y un "si te he visto, no me acuerdo". Pero con esta chica todo era distinto. Mejor dicho, quería ser distinto, pese al ímpetu que Elena pusiese en hacerle ver que le quería tal y como era. A su modo de ver, no quería volver a ser ese Damon cruel y mujeriego porque Elena no se lo merecía, y pese a saber de sobra que era incapaz de cambiar, quería intentarlo, lo intentaría por ella y le regalaría la mejor noche que jamás pudiese haber soñado.

-¿Un italiano?-preguntó Elena admirando el cartel de la entrada con un brillo en sus ojos que no hizo más que acrecentar el ego del vampiro.

-Olvidémonos de las grasientas comidas americanas y comamos bien por una vez.

Elena rio ante su comentario y se volvió a morder el labio con suavidad.

-Qué romántico…-susurró.

-Aunque no lo creas, Elena, soy un romántico.

La chica volvió a reír y ambos se adentraron en el restaurante. Nada más abrir la puerta, tanto Elena como Damon sintieron sus oídos pitar ante el jaleo que había montado a la par que una ola de calor les golpeó en todo el cuerpo. Toda la multitud parecía haberse acumulado en este pequeño antro pues estaba abarrotado de gente sentada comiendo los exquisitos platos que habían en sus mesas, charlando de cualquier tema que viniese al caso, brindando por algún momento especial, ojeando la carta o esperando a ser atendidos. Todo en conjunto, hacía que el bullicio fuese persistente pero cuanto más tiempo pasaban ahí de pie contemplando el lugar, eran más conscientes de que poco a poco la intensidad estaba aminorando, probablemente porque se acostumbraron al ruido.

Paredes de ladrillo, pintados a brochazos en un color blanco, decoraban el lugar. Algún que otro cuadro con colores muy vivos colgaban de aquellas paredes para resaltar en medio de aquel paisaje blanquecino. Varias vigas de roble con la madera envejecida decoraban el techo donde unos pocos ventiladores con aspas se movían tranquilamente en círculos para propiciar algo de aire a los comensales pues, a pesar de las bajas temperaturas de afuera, la excesiva cantidad de gente hacía del sitio un lugar demasiado cálido.

Daba igual donde posases la mirada porque mirases donde mirases encontrabas algo que te llamaba la atención pero tarde o temprano tu vista se quedaría fija al fondo del restaurante. En la barra donde un camarero charlaba animadamente con sus clientes mientras les ofrecía algo de vino con el que acompañar sus aperitivos, justo detrás de él, se imponía un horno de leña encendido. Pese a estar lejos de la entrada, quedabas hipnotizado por las llamas anaranjadas que salían de él, dándote la impresión de estar abrasándote, consumiéndote lentamente en aquel fuego, esperando a que tu piel se chamuscara en cuestión de segundos.

Sorprendiendo a una Elena que parecía maravillada con el horno de leña, apareció de la nada una señora de no más de treinta años con el pelo recogido en un moño, donde tenía clavado un bolígrafo como punto de sujeción. Llevaba un traje compuesto por camisa y pantalón negros con el nombre del restaurante bordado con hilos dorados.

-Buona notte pareja y bienvenidos al Ristorante la Différence –dijo con cierto acento en la voz queriendo forzar un italiano nativo-, ¿mesa para dos?

-Sí- respondió Damon.

-Perfecto –sonrió pestañeando más de lo necesario mientras disimuladamente tiraba hacia debajo de su camisa para que se pudiesen apreciar bien sus virtudes, algo que no le gustó ni un pelo a Elena-. Mi scusi, como verán estamos hasta arriba. Díganme un nombre para apuntarlos en la lista de espera per favore.

-Damon Salvatore.

-Perfecto-volvió a decir con esa sonrisa que no hacía más que hervir la sangre de Elena, tentándola para que no la desgarrase el cuello en medio de toda la gente-. Solo será un pequeño minuti, grazie.

Damon asintió y tras esto observó cómo la camarera salía a paso ligero perdiéndose entre los distintos camareros que iban y venían con bandejas en la mano repletas de platos, atendiendo a las distintas necesidades de los clientes lo más rápido que podían, siempre con una sonrisa que parecía venir de fábrica. Se movían con tal maestría que le sorprendió ver que no requerían de habilidades vampíricas para poseer ese nivel de agilidad.

Ese pequeño minuto que les prometió la camarera se convirtieron en varios minutos, amenazando con llegar a la media hora. Damon empezaba a irritarse de la espera, sabía que no era culpa de los camareros ni de nadie en particular de que aquel día fuese tan ajetreado. Sin embargo, no podía sentir la punzada del arrepentimiento por no haber llamado para pedir reserva, aunque algo en su fuero interno le decía que hubiese dado lo mismo. Agradeció que al menos tuviesen las típicas sillas de madera en la entrada para poder sentarte, seguramente no querrían que sus clientes se muriesen del aburrimiento a la espera de encontrar una mesa libre.

El vampiro se percató de que la entrada se iba llenando poco a poco, no obstante a todos los recién llegados acabaron con el mismo resultado que ellos, les tocó esperar "un pequeño minuti" hasta que alguno de los comensales decidiese irse a casa. Algunos habían optado por esperar fuera o incluso dar una vuelta para hacer tiempo ya que los asientos de la entrada se encontraban ocupados en su mayoría.

Harto de mirar a la nada, los ojos de Damon se posaron en una pareja sentada en la esquina de la entrada, donde cualquiera pasaría desapercibido de no ser por la mirada aguamarina del vampiro. Estaban acurrucados el uno contra el otro como un par de tortolitos bobalicones, ella reía tímidamente ante algún ingenioso comentario que su novio le había susurrado en el oído mientras se sujetaban las manos como si su vida dependiese de ello, no queriendo soltarse, no queriendo separarse del otro.

Sin previo aviso, un ligero hormigueo le recorrió todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo, y a pesar de querer excusarse atribuyéndoselo al hambre que debía tener de esperar tanto tiempo ahí sentado, sabía con certeza que la sensación de estar hambriento distaba mucho de lo que sentía en esos precisos instantes.

No sabía explicarlo, estaba raro, o mejor dicho, incómodo. Ver aquella escena hizo que se le revolviesen las tripas, no de asco sino de un extraño nerviosismo que no lograba identificar. Nunca había sido muy partidario de dar muestras de afecto en público, no es que tuviese vergüenza ni nada por el estilo, era Damon Salvatore a fin de cuentas, el vampiro con menos vergüenza que habitase en el planeta Tierra.

Simplemente era algo que no estaba acostumbrado a hacer porque nunca lo necesitó. Desde siempre había optado por la picardía y los comentarios lascivos, quizá algún que otro beso ligeramente subido de tono, pero nada de estar acurrucados o algo parecido.

Mucho menos darse la mano.

No entendía cómo la gente podía ver ese gesto como algo cariñoso y afectivo en una pareja, bien es cierto que darse la mano no hace ningún mal a nadie pero para él, lejos de ser algo romántico, le parecía algo 'posesivo' como decir "esto es mío y de nadie más".

Irrumpiendo sus pensamientos, Elena alcanzó la mano que reposaba sobre la rodilla derecha del vampiro. Al principio fue un roce efímero para posteriormente entrelazar sus dedos con los de él. Una vez más, Damon se preguntó si acaso era posible que aquella chica pudiese leerle el pensamiento con alguna habilidad vampírica que hasta ahora creía desconocida o si simplemente había sido por su culpa, por haber estado mirando como un imbécil a la parejita de la esquina como si no tuviese nada mejor que hacer.

Damon sintió un suave cosquilleo a medida que Elena trazaba figuras invisibles en la palma de su mano. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de lo pequeñas que eran la manos de Elena en comparación con las suyas, las admiró un rato mientras éstas acariciaban sutilmente sus nudillos, recreándose en cada roce de sus pieles. Eran suaves y delicadas cual muñeca de porcelana, y al igual que éstas, estaban frías. Probablemente por el viaje en coche con las ventanillas bajadas.

Sin saber muy bien el por qué, quiso apretar sus manos, sin dejar ni una vía de escape entre ellas, sujetándola firmemente, propiciándole el calor que necesitase. Y lo hizo, esta vez no dejó que su mente actuara por él. Esta vez, permitió que sus instintos se antepusieran a todo. No le importó ni un ápice si su yo del pasado le hubiese mandado a tomar por culo de lo ridículo que se veía con esa cara de tonto vulnerable que estaba poniendo en esos instantes. Quería hacerlo y lo hizo.

Vio cómo Elena sonreía ante su respuesta y se pasaba tímidamente una mano por el pelo para colocárselo detrás de la oreja, dejando a la vista los pendientes que hace unas pocas horas le había regalado. Damon no sabría decir con exactitud en qué momento sintió esa extraña –aunque cada vez más habitual- calidez bajo su piel. Cada vello de su cuerpo se erizaba, estremeciéndose a las continuas caricias que la chica le propiciaba y que no quería que nunca cesasen. No dijo nada, porque sentía que sobraban las palabras, tan solo la miraba a ella, con ese brillo en los ojos que lo dejaba ciego.

Tan solo en ese instante lo comprendió, creyó comprender por qué la gente se daba las manos. No era un gesto posesivo como erróneamente había pensado. No, su significado iba más allá. Es una forma de contacto, una forma de hacerle ver a la otra persona que estás ahí con él, una forma de hablar sin palabras, una forma de decir "te quiero conmigo y no dejarte ir".

-Damon Salvatore, per favore –se escuchó en medio de todo aquel bullicio con aquel italiano forzado-. Sígame, le conduciré a su mesa.

Damon se levantó y siguió a la camarera, esquivando con la misma agilidad que ella a todos los camareros y comensales que se encontraba en su camino. En ningún momento soltó la mano de Elena porque no quería dejar de sentir su piel contra la suya, y de esa forma ambos llegaron a la mesa indicada sin apenas ningún rasguño entre tanto alboroto. Se sentaron antes incluso de que la camarera pudiese apartarse del medio.

-Aquí le dejo la carta –dijo apoyando un brazo en el respaldo de la silla de Damon-. Si necesita cualquier cosa no dude en hacérmelo saber.

El acento italiano que con tanto esfuerzo había estado pronunciando en toda la noche parecía haberse esfumado en cuestión de segundos, seguía pestañeando más de lo necesario y estaba demasiado cerca del vampiro. Demasiado cerca. Casi podía oler la fragancia de colonia barata mezclada con orégano.

Elena elevó una ceja ante tal panorama con la intención de que la camarera viese su cara pero parecía hechizada ante la presencia de Damon. Al menos agradecía que el vampiro estuviese concentrado en leer el menú.

-Disculpe –carraspeó Elena, con voz grave para hacerse notar-. ¿Me podría decir qué es lo que pone aquí? Mi italiano está bastante oxidado…

Hizo caso omiso de la risilla que emitió Damon ante aquel comentario y observó cómo la camarera avanzaba hacia su silla con cierta desgana, mostrando su claro enfado por tener que atenderla a ella y no al vampiro de ojos azules. Elena esperó pacientemente -con una sonrisa forzada en los labios- a que llegase a su altura, hizo un ademán con el dedo para indicarle algún nombre de los platos que adornaban la carta y en cuanto se inclinó para verlo mejor, la sujetó firmemente del brazo y la obligó a clavar sus ojos en los de ella.

-Esto está muy lleno… –musitó con cierto tono de travesura en la voz que hasta ella misma se sorprendió. La camarera era incapaz de pensar por sí misma, no podía hablar ni tampoco moverse, tan solo se quedaba absorta admirando los ojos café de su clienta, observando cómo su pupila se encogía y se destensaba en un movimiento hipnótico-. Hay mucha gente en la entrada que espera a que alguien les atienda… ¿Por qué no vas a hacer tu trabajo y evitas estar cerca de esta mesa…?

-Perfecto…- fue lo único que alcanzó a decir sin poder apartar la vista de aquellos ojos sobrenaturales.

-Avisa a un camarero para que nos atienda, per favore –ordenó imitando el mismo acento italiano que había estado escuchando en lo que llevaban de noche.

La camarera avanzó hacia la entrada arrastrando los pies, como si una fuerza externa actuase por ella no dejándola controlar sus propios movimientos. Cuando la perdió de vista, Elena resoplo para sus adentros acomodándose en su silla, fue entonces cuando oyó la risa descontrolada de Damon, descojonándose de la situación sin ningún tipo de miramientos. La chica se hundió en su asiento y puso la carta frente a su cara, como si fuese una barrera impenetrable que la hiciese invisible. Sentía sus mejillas arder de vergüenza con cada minuto que el vampiro aprovechaba para reírse de ella.

-Quieres parar de una vez…-susurró hinchando las mejillas como una cría de tres años.

-Es que… -intentó hablar restregándose los ojos con el dorso de la mano para quitarse las lágrimas. Cogió una gran cantidad de aire para serenarse pero en cuanto volvió a ver el rostro enrojecido de Elena volvió a estallar en risas.

-Cállate, Damon.

- No puedo… ¿"Per favore"?-dijo tratando de poner aquel acento horrible- No me digas queestabas celosa, Elena.

La aludida frunció el ceño y volvió su vista a la carta, tratando de comprender algo entre aquellos garabatos que ahora no lograba distinguir por la frustración y la vergüenza que la carcomían por dentro. No le daría la razón a Damon porque la ridiculizaría durante toda la noche, aunque sabía que se había comportado así con la camarera por los malditos celos.

-¿Qué hubieses hecho tú si algún camarero estuviese insinuándose a mí como la camarera esa?-se limitó a preguntar, en un tono algo elevado debido a sus nervios, tratando de evitar tener que ser ella la que diese una respuesta.

-Fácil –dijo encogiéndose de hombros como si fuese la cosa más obvia del mundo-, en vez de pizza cenaría camarero italiano.

Elena calló de golpe, sinceramente no se esperaba esa respuesta. En su rostro se esbozó una sonrisa, pero tan solo duró unos míseros segundos pues se mordió los cachetes internamente y fingió leer detenidamente el menú del día, tratando de parecer lo más seria posible.

-Pues ya está-musitó al cabo de un rato-. Si estamos de acuerdo en que haríamos lo que fuese porque no tonteen con lo que es nuestro, no veo por qué hay que ponerse así.

-No es el por qué lo has hecho –dijo Damon tirando de su carta para obligarle a verle-, es el cómo lo has hecho, no es algo que suelas hacer.

-Bueno… –dijo Elena sin saber cómo responderle-. La situación lo requería.

-Ya veo-dijo sonriendo a más no poder por tener a Elena así-. Pues que sepa que me ha encantado ver ese lado suyo, señorita Gilbert.

-Me alegra de que le haya gustado el espectáculo, señor Salvatore –dijo a modo de burla.

Los dos permanecieron un rato en silencio, Damon con su sonrisa torcida –que a la chica ya le estaba empezando a resultar irritante a la par que endemoniadamente sexy-, y Elena con su cara más roja que los tomates asados que acababan de servir en la mesa de al lado.

Y sin previo aviso, el vampiro volvió a soltar una risilla.

-¿Y ahora por qué te ríes? –preguntó mosqueada de que siguiese burlándose de ella.

-Nada, solo de la verdad tan grande que has dicho antes –respondió mientras jugaba distraídamente con el salero que había colocada a su derecha. Alzó la vista hasta encontrarse con la mirada confundida de Elena y no pudo hacer otra cosa que volver a reír, algo que hizo que la chica se cruzara de brazos y alzase una ceja exigiendo respuestas-. Soy tuyo, Elena. Sólo tuyo.

El momentáneo cabreo que dominaba el cuerpo de Elena en aquellos instantes pareció desaparecer tan rápido al oír esas palabras, como rápido desaparece un hielo expuesto al Sol abrasador. Sus mejillas no podían estar más coloradas, pero sentía quemarse y todo por culpa de aquel vampiro que tan loca la volvía. Se mordió suavemente el labio inferior deseando estar en otro sitio para confirmar esa afirmación que tan despreocupadamente había soltado.

Tan solo la tenue luz de una pequeña lámpara, colocada a un lado, iluminaba los escasos y, al mismo tiempo, demasiados centímetros de mesa que los separaban con su correspondiente mantel blanco a juego con las paredes. La carta del menú, que tantas veces habían releído, parecía ser un objeto más de la decoración pues seguían sin prestarle especial atención, tan solo la utilizaban para disimular interés por algún plato cuando uno de los dos descubría que el otro le observaba sin perder detalle.

-¿Qué te parece bien?

Ambos preguntaron a la vez, lo que hizo que estallaran en risas. A ojos ajenos, parecían una pareja de niñatos adolescentes de doce años que se ríen por cualquier chorrada. Sin embargo, en sus cabezas todo estaba en calma, a ninguno le importaba lo que pudieran pensar los de la mesa de al lado.

-Lo siento-dijo sonriendo.

-Tu primera.

Elena rio y ojeo rápidamente los platos esperando encontrar algo que le abriese el apetito.

-¿Qué tal la berenjena parmesana?

-Así que eres una chica berenjena, ¿no?-musitó con una sonrisa de medio lado.

-¿Eso es algo malo?-preguntó esperando alguna burla por parte de él pero entonces abrió los ojos tratando de comprender la situación- No te gustan las berenjenas.

-Me encantan-dijo encogiéndose de hombros para restarle importancia-. Tan solo tomo notas, notas mentales.

-¿Para qué?-preguntó divertida- ¿Nuestra segunda cita?

-Estaba pensando en nuestro quinto aniversario.

Nada más decirlo, Damon contempló un brillo en los ojos café de Elena y sonrió para sus adentros. Probablemente, su yo del pasado le habría echado por tierra lo que acababa de decir pero le importaba bien poco lo que pudiera o no haber hecho en el pasado, porque lo único que le importaba era el presente y para él, el presente significaba Elena. Y sí, puede que pareciese un idiota soltando frases cursis a su chica pero era la verdad, una verdad que hasta entonces había guardado en algún lugar recóndito de su corazón.

Él se veía con Elena a su lado durante muchos años, durante toda una eternidad.


¡Hola a todos!

Lamento haber estado ausente tanto tiempo, con el fin del verano los días se vuelven cada vez más ajetreados y difícilmente encuentro un momento para sentarme a escribir tranquilamente. Espero que me comprendáis… D:

¡Este capítulo ya es la cita Delena! Si os digo la verdad, me ha costado sudor y lágrimas escribir este capítulo porque nos mostraron tan poco en la serie que he dudado en cómo dar de sí esos pocos minutos que nos ofrecieron… He vuelto a ver todos los capítulos de la sexta temporada en busca de inspiración y de algún dato oculto y bueno… Tirando de la imaginación he escrito como pienso que Damon y Elena habrían tenido su primera cita.

¡Sin embargo! Os advierto que la cita no acaba aquí, ¡no señores! Descubrí que en un capítulo de la sexta temporada, en ese en el que Damon intentaba tener otra "primera cita" con Elena, se insinuaba que después de la cena fueron a un cine. Así que, ya os adelanto que el siguiente capítulo será la continuación de la cita Delena.

¿Queréis saber con detalle lo que ocurrió? Pues os espero en el siguiente capítulo.

Como siempre, mil gracias a todos aquellos que leéis la historia y a los que me dejáis comentarios. Un abrazo enorme,

Uxia.