CAPITULO 10

El trabajo de Cecilia alcanzó, con letra prieta y estrechos márgenes, los veinticinco folios. Bueno, el profesor había dicho que veinte era orientativo ¿no? ¿Qué eran cinco folios arriba, cinco folios abajo? Claro que, si se miraba en términos porcentuales, resultaba un escandaloso veinticinco por ciento, pero no tenía por qué mirarse desde esa perspectiva matemática, así que...

- ¿Qué es esto? – Almudena la sacó de sus cavilaciones.

- Un trabajo de Historia Contemporánea de la Magia que tengo que entregar este sábado.

- Eso ya lo veo. Lo pone en la portada. Me refiero a esta especie de mural que tienes en la mesa.

- ¡Ah! Eso... eso es el cuadro que he hecho para situarme. Tenía que analizar el contenido del Estatuto del Secreto, y aunque no te lo creas está todo disperso. Y además puede modificarse por la legislación nacional cuando expresamente lo establece o cuando así lo determina el convenio de adhesión que...

- ¿Vas a decirle a ese chico que eres una bruja? -. Almudena cortó en seco la perorata de Cecilia, la cual se encontraba muy, pero que muy a gusto largando disposiciones jurídicas varias de cuya existencia no había tenido conocimiento hasta hacía un par de semanas.

- No-. Cecilia, pillada con el pie cambiado, cortó por lo sano, como siempre. Almudena ladeó la cabeza para leer algo que figuraba en aquel papel.

- Te he dicho que no se lo voy a decir-. Repitió Cecilia, esperando que la idea calara debidamente en las neuronas de su hermana.

- Ya...-. musitó Almudena.- ¿Me lo das?

- ¿El qué? ¿El cuadro?

- Si.

- No. Te lo dejo cuando quieras y si te apetece jugamos a duplicarlo mágicamente. Pero este no te lo doy. Me ha costado un montón hacerlo y lo quiero conservar. Como recuerdo.

Almudena no respondió. Se limitó a encogerse de hombros y a mirarla fijamente, con aquella mirada felina idéntica a la de su madre.

- A mi me lo puedes decir.

- ¿Qué es lo que te puedo decir?

- Que estás colada por ese chico.

- ¿Cómo?

- Por ese Alberto. No soy una cría, aunque parezca una enana. Tengo ojos en la cara. Y además él está totalmente por ti y...

Cecilia abrió mucho los ojos. ¡Cielos! Pensó ¡Estoy atrincherada entre mi madre y su fotocopia reducida! Respiró hondo y recordó que, por muy parecida que Almudena fuera a la madre de ambas, ella seguía siendo la hermana mayor. Por lo tanto, ostentaba el control. ¿O no?

- Mira, Almu, es verdad que salgo con Alberto. Punto. No hay más que decir. El pobre, vive en la ignorancia de lo que somos y así seguirá porque de momento no se me ocurre ponerle en el paripé de...

- Ya, Ceci, ya... y yo soy la Sibila de Cumas-. Y de repente, Almudena se echó a llorar. Aquello era superior a las fuerzas de Cecilia que, asombrada y olvidadiza sobre lo que suponen esas edades, se levantó a toda prisa de la silla y la abrazó.

- Pero... pero... Almu... no llores...

- Antes confiabas más en mi... supongo que, como todos, me ves como una niñata, incapaz de comprender que te has enamorado porque eso es cosa de mayores...- sollozó Almudena

- Ya se que no eres una niña pequeña...

- ¡Tengo doce años! ¡aunque no tenga tetas, no soy una cría!

Cecilia volvió a sorprenderse ¿Qué estaba pasando? Su cerebro empezó a procesar los nuevos datos a velocidad de vértigo y a recordar, eso sí, vagamente, cómo era ella a los doce años, aunque le pareció que sin duda era muchísimo menos melodramática que su hermana. Claro que a ella no osaba nadie llamarla "enana".

- ¡Estoy harta! ¡Harta de que Maite Losada y compañía se metan conmigo! ¡Que si mi estatura! ¡Qué si mis gafas...!

¡Uy! La cosa empezaba a aclararse, pensó Cecilia. Almudena, pre púber, con complejo de naturaleza femenina desastrosa, baja para su edad y, sobre todo, con una petarda en clase. ¿Quién demonios era esa tal Maite Losada que se dedicaba a incordiar a su hermana?

- Tu eres muy inteligente, Almu. Y no te quedarás bajita porque no hay ni una sola chica en la familia que lo sea. Y además eres una bruja...

- Saco peores notas que ella. Y que todas seáis como pinos no me garantiza nada. Y en cuanto a mis poderes, ya me contarás de qué me sirven en un mundo en el que no puedo usarlos, ni siquiera para hacer justicia. Porque lo que hace esa tía es una in-jus-ti-cia.- Almudena recalcó cada sílaba cuidadosamente.

- Tu estudias muchas cosas que ella no tiene que estudiar. Y además vas a clases de canto. Y lees por un tubo...

Pero su hermana ya no escuchaba porque estaba muy ocupada con sus hipidos y sollozos. Tanto, que hasta su madre la oyó y se plantó en la habitación de Cecilia.

- ¿Qué pasa? -. Preguntó Ana alarmada.

- Una crisis de la pre pubertad, me temo.- Contestó Cecilia con la mejor de sus intenciones. Pero su hermana, en lugar de agradecérselo, hipó todavía más fuerte y salió despavorida, como si la persiguiera una horda de ogros enfurecidos.

- ¡Almudena! -. Gritó Ana. Y Cecilia vio como su madre salía detrás de su hermana con paso rápido y una expresión un tanto disgustada.

Cecilia suspiró mientras guardaba cuidadosamente su trabajo en la mochila de las clases de magia, satisfechísima de lo que había hecho. Además, ya eran casi las seis, la hora a la que había quedado con su amor.

Pasear de la mano de Cecilia era como flotar por encima de todo lo feo, malo o pesimista del mundo mundial, pensaba Alberto mirando a su novia totalmente embelesado. Ni siquiera sentía los moratones que tenía en las espinillas, consecuencia de un partido de fútbol sala particularmente violento.

- Vaya. Por ahí va el patán de Mendoza-. Cecilia rompió el hechizo de golpe y sin necesidad ni de varita ni de Finite. Aunque Alberto no sospechaba ni remotamente que tuviera una varita ni que ya fuera una experta en Finites.

- ¿Cómo dices?

- Que por ahí va ese cretino. Adolfito Mendoza, Alias Qué Guapo que Soy, Alias Qué Patán.

- ¡Ah!-. Alberto giró la cabeza. Efectivamente, el pelo teñido era inconfundible.

- Parece que cada vez se las busca más jóvenes. Será porque ya no hay de las otras que le soporten...

- ¿Qué estás diciendo, Cecilia?

- Que va con una cría.

Alberto se puso de puntillas. Mendoza, unos cuantos metros por delante, caminaba muy chulito con las manos en los bolsillos de un Barbour recién engrasado, junto a una niña del mismo rubio que le miraba con devoción y le reía todas las chorradas que debía estar diciendo.

- Debería estar contemplado en el código penal. Corrupción de menores, por lo menos.

Alberto miró a Cecilia asombrado. Su novia venía hoy guerrera. Y en plan letrada de las Cortes, por lo menos. Pero le daba toda la razón. Mendoza era un gilipollas, con todas las letras y posiblemente escrito en mayúsculas. Entonces la niña se giró para señalar algo en un escaparate, y Alberto le vio la cara.

- Es su prima. Está en séptimo, creo.

- ¿Su prima? ¿Mendoza tiene una prima en el colegio?

- Una prima hermana.

Cecilia alzó las cejas sorprendida. Su cerebro procesaba a toda velocidad. ¿En séptimo? ¿No estaría la niña en clase de Almudena? Las mujeres tienen intuiciones. Las brujas son mujeres. Cuando las brujas tienen intuiciones, suelen ser particularmente potentes.

- ¿Cómo se llama?

- Creo que Maite. Le persigue un montón. Debe estar colada por el primo guaperas. Y él se deja adorar.

- Bueno, eso de guaperas, vamos a dejarlo.

- ¿No te parece guapo?

- Me parece un bodrio. Otros están mucho mejor. Y no necesitan teñirse el pelo-. Cecilia remató dedicándole una mirada afirmativa y una sonrisa de beneplácito que hizo que el ego de Alberto experimentara un subidón.

- ¿Así que Maite Mendoza?

- No. Maite algo Mendoza. Es prima por parte de madre.

- ¡Ah! ¿No será por casualidad Losada?

- Pues sí, me parece que sí. ¿Por qué?

- Porque es la estúpida que se dedica a amargar a mi hermana. Se ve que es cosa de familia.

- ¿Amargar a Almudena? ¿Por qué?

- Supongo que es por su naturaleza mezquina. Se mete con su estatura, con que usa gafas para leer y con que todavía no se ha desarrollado.

- Vaya, menuda colección. Pues tampoco es que esa niña sea mucho mas alta que Almudena... lo que sí me parece es que es mucho más voluminosa...

- Si, vamos, es muy tetuda. Y tira a gorda. La verdad, no se por qué Almudena se lo toma tan a pecho, si en realidad no hay por dónde cogerlo.

- Soportar que se metan contigo un día sí y el otro también puede desgastar mucho...

Cecilia dedicó a Alberto una mirada con sus ojos entornados.

- ¿Se mete contigo Adolfito?

- Se mete con todos. Con unos por unas cosas, con otros por otras. Siempre tiene que estar por encima de todo.

Cecilia alzó una ceja. No le había contado a Alberto lo que le había ocurrido más de un año atrás con Mendoza. Ni había pensado hacerlo, porque consideraba que no merecía que gastase saliva en ello.

- Pues aunque fuera el último tío de la especie humana sobre la tierra, yo no me acercaría a él. ¡Faltaría más!

- ¿Te acercarías a alguien, acaso?

- Hmmmmm no se. Tal vez a un moreno con rizos...

Alberto sonrió. Fuera Mendozas, fuera primas de Mendozas. Ya era hora de dejar de debatir de nimiedades y obtener algo provechoso. Unos mimos de su novia, por ejemplo. La tomó del brazo y la guió hacia una bocacalle mucho menos concurrida. Allí puso los medios para que, por un rato, Cecilia dejara de ver a las dos personas más bordes de todo el colegio y también dejara de hablar, ocupada en actividades mucho mas satisfactorias para ambos.