Sé que algunos de los que habéis leído los capítulos anteriores de este fic, pensábais que lo había abandonado. Y también sé que algunos ya ni retomarán su lectura, cansados de esperar. Y en verdad lo siento, y sólo puedo deciros a todos que yo jamás abandono un fic, que no pienso dejar ninguno sin terminar, por mucho tiempo que transcurra sin actualizarlo. Porque un relato sin terminar es como un camino que no conduce a ningún lugar: no tiene sentido. Llevaba mucho tiempo queriendo continuar este, pero por varios motivos - todos juntos conseguían que esta actualización no se hiciese realidad - pasaban meses y meses sin que yo me pusiese a la tarea de continuarlo.
Debo agradecer en el alma a todos los que, durante mucho tiempo, me habéis enviado mensajes de ánimo y apoyo para que actualice este fic, pero mi agradecimiento especial es para papicubano, quien con su mensaje, por fin ha conseguido activar ese resorte que me faltaba para ponerme a escribir.
Y aquí estoy, ofreciéndoos un capítulo un poquito "fuerte". Aquellos que penséis mal, habéis acertado de pleno (cuidadín, menores, esto es un aviso en toda regla).
Y os ofrezco también la promesa de no dejar que vuelva a pasar tanto tiempo sin actualizar.
Así que, a los que decidáis dar a esta historia una oportunidad de nuevo... ¡GRACIAS!
Un fuerte abrazo.
Rose.
Capítulo 10: Sentimientos desbordados.
- ¿Y quién es esta hermosa damisela? – preguntó Harry al reunirse de nuevo con el resto de la familia Weasley, reparando en la pequeña Victorire, que lo observaba abrazada a la pierna de su padre.
- Ella es Victoire, mi pequeña princesa – le explicó Bill, lleno de orgullo – Es muy tímida con todo el mundo – sonrió a modo de disculpa.
Harry la observó, pensativo. De pronto, el joven moreno hizo aparecer un gran libro de colorear, acompañado de un montón de lápices de colores.
- ¿Qué te parece si me ayudas a pintar en este libro tan bonito? – le ofreció a la niña, agachándose para que sus ojos quedasen a la altura de los de ella, quien abrió los suyos como platos, sorprendida - ¿Qué dices, cielo? ¿Me ayudas?
Despacio, la pequeña salió desde detrás de la pierna de su padre y caminó hacia el chico, dubitativa. Aún agachado, Harry se señaló una mejilla con una sonrisa; la pequeña la besó sonriendo también y los dos se sentaron en el suelo alrededor de una coqueta mesa auxiliar que había en la sala de estar. Victoire tomó los lápices de las manos de Harry y comenzó a dibujar y pintar, entusiasmada.
- ¡Uhffff! – se lamentó quedamente él, mientras intentaba adoptar una postura cómoda – Siento que me duele hasta el último pelo de la cabeza.
- No puedo crgeeglo – se sorprendió Fleur – Haggy, tienes un don para los niños – afirmó, convencida.
- Simplemente me encantan – él dirigió a la chica una amplia sonrisa.
- Ya sabes, hermanita – George dio un codazo a su hermana pequeña, quien contemplaba la escena llena de emoción – Menos mal que este fin de semana no ha habido partido, Harry. Si no, no nos habrías servido para nada. Estás para el arrastre – continuó con burla, cayendo demasiado tarde en la cuenta de lo que acababa de decir.
Toda la familia observó a los dos chicos, estupefacta.
- ¿Cómo que "partido"? ¿Qué es eso del partido? ¿Acaso Harry y tú no os habéis reencontrado hoy, como todos los demás? – interrogó su madre al pelirrojo, mientras él dedicaba al chico una sonrisa de disculpa.
- George y yo jamás hemos abandonado nuestra amistad – le ayudó Harry, con naturalidad – Pero la hemos mantenido oculta durante todo este tiempo para no incomodaros.
- ¿Co-cómo es eso, hijo? – se sumó Arthur al interrogatorio – Además, tu jamás has vuelto a jugar al quidditch desde que Fred… - no pudo terminar la frase, acongojado.
Ron los observaba a ambos sin dar crédito a lo que acababa de escuchar, al igual que Ginny y los demás.
- En parte os he estado mintiendo. Es cierto que no he vuelto a jugar al quidditch, a no ser que Harry sea mi compañero. Mira, papá, la pérdida de Fred es lo más duro que he tenido que soportar en mi vida, así que, por nada de este mundo, estoy dispuesto a perder a otro hermano, sea por el motivo que sea – encaró a su padre con decisión.
Harry sintió que su corazón se llenaba de orgullo por aquel joven que tanto le había querido siempre.
- Gracias – tan sólo pudo decir.
- Dios mío… Tú has sido el único que ha conservado la cordura durante todo este tiempo… - comprendió Arthur, arrepentido – Gracias, hijo, gracias por ser capaz de darle lo que todos los demás le hemos negado. Como tú dices, Harry es uno más de esta familia, y no nos hemos atrevido a reconocerlo hasta ahora.
- Ya hemos hablado sobre eso, Arthur – afirmó Harry – Ya todo está olvidado. Por favor, dejémoslo atrás definitivamente.
- Entonces… ¿Ginny ya vuelve a ser capaz de recordarte? – le preguntó Charlie, esperanzado.
El moreno negó tristemente con la cabeza.
- No necesito recordarle para quererle con toda mi alma – se defendió la chica con enfado.
- Te creo, hermanita. De hecho, analizado con tranquilidad y no entonces, en que todos estábamos demasiado alterados, lo que hiciste no tiene ningún sentido – se sumó Percy – Pero yo pienso que todos necesitamos comprenderlo. Y tú más que nadie.
- ¿Crees que no lo sé? – casi gritó ella, nerviosa - ¡Pero no soy capaz de recordar lo que pasó! ¡Me he vuelto loca intentándolo! ¡Y no puedo!
- Tranquilízate, mi vida. Tómalo con calma. Nuestra reconciliación ha sido demasiado repentina. Tómate tu tiempo, y cuando menos lo esperes, los recuerdos volverán a ti – le aseguró Harry, convencido – Además, yo resolveré el misterio del collar para que lo hagan, y para librarte de cualquier peligro que te aceche. Y siempre estaré a tu lado para protegerte.
Sam no se perdía detalle de la conversación, aunque no era capaz de entender nada de lo que estaba presenciando.
- Luego te lo explicaré – le susurró Ron, dándose cuenta de la sorpresa de la chica.
- Bueno, sea como sea, la noticia de vuestra reconciliación es lo mejor que ha podido suceder a esta familia – afirmó Bill con convicción – Por fin las cosas son como siempre debieron ser.
- Tienes razón, hijo – afirmó el Sr. Weasley con alegría – Disfrutemos de este día maravilloso, y el mañana ya llegará.
- ¿Tú eres mi tío? – preguntó Victoire a Harry, observándolo con curiosidad.
- ¡Eso intento! – él le besó el moflete, embelesado por la ternura de la niña - ¿Sabes que eres un cielo? – Victoire se mostró confusa con la respuesta recibida.
- Sí, cariño – Harry es tu tío – afirmó Ginny, adorando a ambos con la mirada.
Ella sonrió con cara de ángel.
Todos rieron, divertidos y encantados.
El resto del día fue maravilloso y único para todos ellos. Todos los Weasley sintieron que se habían quitado un gran peso de encima al enmendar, de una vez por todas, el error cometido con un miembro de su familia, por mucho que este no llevase oficialmente su apellido. Y para Harry supuso liberarse en parte de una inmensa pena que le había pesado como una gran piedra, atada a la espalda desde hace cinco años.
Quien menos disfrutó del momento fue Ginny. Su cabeza no dejaba de darle vueltas a porqué había abandonado a Harry de aquel modo; no entendía su propia crueldad, la locura que parecía haber experimentado. Su corazón penaba temiendo volver a perderlo, o peor aún, volver a alejarlo de su lado. No podía confiar en sí misma si no era capaz de saber porqué hizo lo que hizo; y si la respuesta era que se había vuelto loca de forma transitoria sin un porqué, su mayor miedo era revivir aquella locura, pues sabía que, si expulsaba de su vida al único hombre que amaba una vez más, no sería capaz de soportarlo, y aún menos sabiendo que, cometiendo aquel acto, también acabaría con él.
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Harry y Ginny regresaron a casa de la chica bien entrada la noche. Nada más volver, Ginny se dirigió a su cuarto, cansada, para cambiarse de ropa. Todo le parecía extraño: mágico. Se encontró pensando qué debería ponerse para Harry, cómo le gustaría que él la viese, sintiéndose nerviosa, entusiasmada e insegura, deseando con todo su corazón agradarle, gustarle… en todos los sentidos. Un suave rubor tiñó sus mejillas al darse cuenta de la escena que su mente estaba imaginando por su cuenta. Decidió darse una ducha rápida, tenía que ir despacio, decidida pero segura, no podía echarse sobre él como una alocada adolescente. A todo esto… ¿qué pensaría él? Se dio cuenta de que, desde que habían llegado al piso, ella lo había ignorado por completo en un intento de estar radiante para acaparar toda su atención. Así que sonrió con ironía, haciendo caso omiso de sus dudas y temores, y supo cómo deseaba exactamente que él la viera.
Salió del cuarto en busca de Harry; lo localizó sentado en un sofá, con la mirada perdida en el vacío, serio y pensativo. Sin pensarlo, se sentó a horcajadas sobre él, tal y como los había descubierto su padre la noche anterior – sintió vergüenza al recordarlo – y comenzó a desabrocharle la camisa tranquilamente. Él la contempló, sorprendido.
- ¿Qué haces? – sonrió, divertido.
- Ponerme cómoda – respondió ella con naturalidad, mientras terminaba de desabrocharle la camisa y se la quitaba rozando la piel masculina apenas con una caricia.
Hecho esto, se quitó el suéter que hasta entonces ella había llevado, y colocó la camisa de él en su lugar, abotonándola tan sólo lo justo y necesario para que él viese lo suficiente de lo que había debajo, pero sólo pudiese imaginar el resto. Aquella prenda le quedaba un poco grande, así que decidió deshacerse de sus zapatos y pantalones, quedando tan sólo cubierta con ella sobre la ropa interior. Sonrió, satisfecha.
- Deseo sentirte cada minuto, cada segundo; quiero llevar tu aroma conmigo, impregnarme de ti – se sentó a su lado, sonriendo con descaro - ¿Qué te parece?
Él exhaló con fuerza, mirándola embobado.
- Que te queda mil veces mejor a ti que a mí – afirmó con una sonrisa de admiración, enamorado – Entenderás que yo no me ponga tu ropa, ni de lejos causaría en ti el mismo efecto que tú has causado en mí – no podía dejar de mirarla, embelesado.
Ella rió con alegría.
- Tranquilo, te ves perfecto como estás – acarició suavemente su pecho desnudo, provocándole un estremecimiento de placer – Estabas abstraído, Harry. Cuéntame qué te preocupa – le pidió - ¿Te arrepientes de lo que estamos viviendo?
- Jamás – susurró él, tomándola entre sus brazos y besando sus labios con dulzura.
- Entonces, ¿qué es? – insistió ella. Lo había encontrado demasiado serio y no estaría tranquila hasta que él le explicase qué le preocupaba.
- Pensaba en Hermione, en Draco y en… Ron – respondió el joven, melancólico – Hace años, cuando Hermione, tu hermano y yo éramos los mejores amigos, ella y él se amaban con locura; ambos vivían el uno para el otro… Era hermoso, Ginny. Era hermoso pensar que mis dos mejores amigos estaban destinados a quererse, a entenderse, a hacerse felices… - ella le acarició el rostro, intentando darle consuelo – Pero después se separaron… y ahora todo ha cambiado. Draco la pretende, y he de confesarte que no me desagrada la idea de verlos a ambos juntos. Pero por otro lado, mi corazón sigue estando al lado de Ron, aunque haya transcurrido tanto tiempo desde que él y yo nos alejamos también el uno del otro.
- Todo eso también es culpa mía – se lamentó ella.
- No, no lo es. Ron tomó sus propias decisiones. Y yo creí que había conseguido enterrar nuestra amistad para siempre. Pero él fue más que mi amigo, fue mi hermano. Y al igual que yo no he podido dejar de quererte, tampoco he sido capaz de olvidarlo a él. Ron me echó de su vida, Ginny, pero no pudo arrebatarme todo lo que compartimos. A veces me sorprendo deseando que ojalá lo hubiera hecho.
- ¿Le guardas rencor?
- No sé si puedo guardarle rencor, pero a pesar de todo, ya no puedo confiar en él. Perdona, sé que es tu hermano. No debería estar contándote esto.
- Por supuesto que debes contármelo. Él es mi hermano, y lo adoro, pero tú eres el hombre con el que he decidido compartir el resto de mi vida.
- ¿Tas segura estás de tus sentimientos?
Ella asintió, decidida.
- No me preguntes cómo ni porqué, pero así es - De pronto ella se puso en pie, dándole la espalda. - Pero me atormenta pensar que pueda llegar a fallarte de nuevo.
- Algo me dice que tú no me fallaste, Ginny – se puso en pie él también y la abrazó con fuerza – Quizá fui yo quien te fallé al no ser capaz de comprender qué te sucedió y no intentar solucionarlo. Fue más fácil huir con el rabo entre las piernas para autocompadecerme como un inútil y lamerme las heridas, en vez de confiar en lo que ambos construimos con tanto amor y luchar por ello.
- ¿Luchar por ello? ¿Tú has visto cómo te traté? – intentó separarse de él, pero el chico se lo impidió, reteniéndola pegada a su pecho - ¡Yo de ti me habría odiado para siempre!
- Odiar es una consecuencia de amar. Te odié con todo mi corazón, mientras mi alma continuaba amándote eternamente – la tomó por ambos brazos con dulzura e hizo que la chica le mirase a la cara – Siento que lo nuestro no va a funcionar si nos culpamos a nosotros mismos de lo que pasó , una y otra vez. Yo no te culpo, ni tú a mí, pero tampoco podemos martirizarnos nosotros solos. Dejemos atrás el pasado de una vez por todas. Hagámoslo, Ginny, te lo ruego.
- ¿Y aún eres capaz de preguntarme cómo puedo amarte sin recordarte? ¡Eres el hombre más maravilloso del mundo! ¡Te amo, Harry! ¡Y te amaré siempre!
- En verdad debo serlo, cuando he ganado el Cielo en la Tierra – sonrió, enamorado – Tú eres mi Cielo. Jamás lo olvides. Y me estás volviendo loco con esa camisa – susurró a su oído - Desde hoy, tan sólo la llevarás tú, para mí. No permitiré que nadie más te vea con ella. La camisa es mía, tú eres mía… - le besó el cuello con pasión.
- Harry… - pronunció su nombre entre suspiros.
- Dime – él sonrió.
- Harry…
El moreno tomó a la chica entre sus brazos y la llevó a su cuarto; se sentó en la cama y ella se pegó a su cuerpo, consiguiendo que ambos acabasen tumbados sobre ella.
- ¡Auch! – él no pudo evitar quejarse por las magulladuras que todavía le dolían.
- Dejémoslo, Harry. Debes descansar – le pidió ella incorporándose, preocupada.
- ¡Shhhhhhh! – ordenó él suavemente, con sonrisa sensual, mientras se incorporaba también, para dejar al descubierto uno de los hombros de ella.
- No hagas eso – desabrochó el cinturón de los pantalones masculinos, sin dejar de mirarle a los ojos.
- ¿El qué? – descubrió el otro hombro de la chica, provocador.
La camisa resbaló por el cuerpo de ella, y Harry terminó de desabrocharla lentamente, para que cayese sobre la cama.
- En este momento siento que vivo para ti – susurró Ginny.
- ¿Y eso te molesta?
- Me encanta – ronroneó, deshaciéndose de los pantalones de él con la misma desenvoltura con que le había quitado la camisa para ponérsela ella.
Harry la tumbó de nuevo, boca arriba, comenzando a recorrer su cuerpo con sus labios.
- Voy a poseer cada centímetro de tu piel, princesa.
- Yo sí voy a poseerte…
Ginny se revolvió rápidamente, lo tomó por las manos, obligándolo a quedar sobre la cama, sentándose sobre él. Acarició sus boxer, curiosa, y el tacto que sintió bajo ellos la dejó totalmente satisfecha; se los quitó, para eliminar también su propio sujetador y sus minúsculas bragas. Y se pegó al cuerpo de él, dejando que la excitación masculina invadiera todo su ser.
- Tu eres mío – besó sus labios con desesperación, mordisqueándolos, provocadora.
- Siempre lo seré – él jadeó, desesperado.
- Te deseo, amor. Ya hemos esperado demasiado en esta vida – le suplicó.
Sin palabras, él la rodeó en un fuerte abrazo e hizo que ambos girasen sobre sus cuerpos, para hacer que ella quedase debajo; comenzó a rozarse suavemente sobre el cuerpo de la pelirroja, iniciando una danza sensual a la que ella se sumó salvajemente.
- Repítelo – ordenó el moreno, respirando de forma agitada.
- Te deseo… - aquel roce la estaba enloqueciendo - … amor…
Abandonándose a la pasión, Harry la penetró, sintiendo inmediatamente cómo ella se acoplaba a su cuerpo como una extensión de él mismo, cómo se agitaba bajo él, yendo al encuentro de sus embestidas con alocado deseo. Desbordado, hizo que su lengua se perdiese en aquellos pechos que lo enloquecían, en su cuello, en sus hombros… Sintió cómo ella clavaba los dedos en su espalda, cómo el sudor los envolvía a ambos en una pasión desenfrenada. No quiso pensar, no pudo pensar, sólo deseó vivir en ella para siempre, pertenecerle como nunca. Y se dejó arrastrar por aquella danza rítmica y enloquecedora.
- ¡Te amo! – se oyó gritar.
Al escucharle, Ginny sintió cómo su cuerpo se desbordaba en una explosión de sensaciones, cómo jadeaba con fuerza, convulsa, sumida en el mayor de los orgasmos, al que arrastró a Harry con vehemencia, descontrolada. Inmediatamente, ella sintió cómo un calor especial invadió su cuerpo, mientras el cuerpo de él se convulsionaba, prolongando su placer con una felicidad que la llevó al paraíso.
- Te amo – susurró al oído de él, mientras recorría su espalda con un dedo, suavemente.
Él sonrió con ternura.
- ¿Estás bien? – quiso saber Harry, mirándola embelesado.
- ¿Bien? ¡Estoy feliz! ¡Eufórica! ¡Deseo reír! ¡Llorar! ¡Gritarle al mundo que te amo!
- Prefiero que te quedes aquí, a mi lado – objetó él, posesivo, mientras se tumbaba junto a ella y la abrazaba.
Ella rió alegremente, encantada.
- Y pensar que cuando viniste a recogerme al hospital pensé que eras el capullo más guapo que había visto jamás… - le guiñó un ojo, mientras acariciaba su pecho de forma distraída.
- Bueno… eso no es exactamente lo que quería que pensases, me habría conformado con lo de "capullo".
Ella enarcó una ceja, suspicaz.
- No deseaba verte, Ginny, era mi obligación pero no quería hacerlo. Tú no me recordabas, pero yo sufrí lo indecible al reencontrarte. Y no deseaba tener ningún tipo de relación contigo, aparte de la estrictamente profesional. Compréndeme, por favor.
- Entonces… ¿Me habrías tratado como a una extraña si yo no te hubiese presionado? ¿Si no… hubiese pasado lo que pasó? – las lágrimas acudieron a sus ojos, haciéndolos brillar.
- Así es – él la abrazo con ternura – Pero tú, con tu carácter impulsivo y rebelde, tenías otros planes para mí – sonrió. – Dime, ¿cómo es que conseguí exactamente lo contrario a lo que pretendía?
- No puedes imaginar cuánto me hiciste cabrear con tu actitud altiva, prepotente y dictatorial. Jamás nadie me había tratado con tanto desprecio, y me juré que no serías tú el primero que lo hiciese y saliese impune de ello – enrojeció al recordarlo – Así que decidí que te rendirías a mis encantos fuese como fuese, pero lo que conseguí es caer presa de los tuyos para siempre – lo besó, enamorada.
- ¡Por Merlín! ¿Tanto me pasé? – una carcajada divertida salió de sus labios.
Ella le dio un empujón, enfurruñada.
- ¡Ahí no! – gritó él, dolorido, llevándose la mano a un costado.
- ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Mi vida, lo siento!
Ella se levantó rápidamente y cuando él fue a seguirla, la chica se lo impidió.
- Descansa, mi amor, por favor. No te preocupes por nada. Yo voy a hacer la cena y cuando esté lista, te avisaré.
- No pienso quedarme aquí como un inútil. Tengo una idea mejor. ¿Por qué no te duchas conmigo? – tiró de su mano, consiguiendo que ella cayera sobre él, y besó su cuello, tentador.
- ¿Accederás a descansar después, si lo hago?
- No negocio – la besó - con - otro beso - chantajistas – posó sus labios en los de ella, provocativo, pero Ginny se apartó de él y lo miró con reproche.
- Harry James Potter, o descansas, o no pienso volver a hablarte en una semana – lo amenazó.
- Mi vida, estoy bien, te lo aseguro. Por favor, deja de preocuparte.
- Eso es muy fácil: hazme caso – le ordenó.
- Está bien… Pero mi oferta sigue en pie, ¿se ducha conmigo, señorita? Por favor…
Ella no respondió, pero se levantó de forma seductora y tiró de la mano de él para que la siguiera al cuarto de baño. Las puertas de la ducha se cerraron tras ellos, mientras el agua perlaba sus cuerpos entrelazados.
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Draco observaba fijamente la chorrera de whisky de fuego que discurría con lentitud por la pared, hacia el suelo, justo frente a él; bajo ella yacían los restos del vaso de cristal que, hacía nada, había mantenido el rubio en la mano, con la intención de ahogar sus penas en alcohol. Pero un acceso de furia y frustración dieron al traste con la poca serenidad que aún le quedaba.
"Jamás mi cuerpo será rajado por un muggle – le había jurado su padre mientras lo apuñalaba con la mirada – y menos aún si tiene relación con esa maldita Granger.
- ¡Pero papá! – insistió él, desesperado.
- ¡Jamás, hijo! ¡Jamás!"
Inmediatamente después, aquel hombre cabezota y obcecado le dio la espalda y se encerró en su propio despacho, arrastrando dentro de él la poca salud que le quedaba, apoyado en un lujoso bastón.
Narcisa miró a su hijo con lágrimas en los ojos, negando con la cabeza, y se marchó rápidamente a sus aposentos para sufrir su dolor en soledad.
Y él se quedó solo, abatido, sintiéndose dolorosamente impotente, sabiendo que la vida de su padre se escurría de su cuerpo como el agua, mientras él se veía atado de pies y manos por culpa de un viejo orgullo sin sentido… Y del miedo… del terror que aquel hombre sentía, pues hasta hacía muy poco tiempo nunca había sido capaz de pensar en los muggles como iguales, y mucho menos en poner su vida en sus manos. También él tenía miedo, y así se lo había confesado a Hermione cuando ella le propuso la idea, pero era la única opción que les quedaba. Y él estaba dispuesto a arriesgarse, a humillarse y a arruinarse en la miseria, a arrastrase ante quien fuese, para conseguir salvar la vida del hombre a quien más amaba y admiraba en el mundo.
Había caminado, lleno de rabia, hasta su despacho privado, y había tomado con ímpetu una botella del mueble bar, que contenía whisky de fuego, haciendo casi rebosar un vaso con su contenido. Después se había dejado caer en un sillón, reviviendo una y otra vez la escena vivida hacía nada con su padre, mientras se tapaba el rostro con la mano que no tenía ocupada por el vaso, que acabó inmediatamente después estrellado contra la pared.
Pensó en Granger, en aquella hermosa muchacha cuyos ojos mostraban toda la determinación del mundo, y su mente se marchó con ella a la tarde del día anterior.
"- Mamá, papá: os presento a Draco Malfoy – había anunciado a sus padres con soltura – Él es un buen amigo de Hogwarts – mintió con la mayor naturalidad.
Más tarde ella le contaría que jamás había hablado a sus padres sobre lo sucedido en el mundo de los magos, en un intento por protegerlos. Tan sólo conocían a Harry, al magnífico Harry. Cómo no… A Ron lo habían olvidado junto con sus recuerdos anteriores a la Segunda Batalla de Hogwarts.
- Encantado – su padre le estrechó la mano amablemente.
- Es un placer – los saludó él, vergonzoso. ¿Draco Malfoy mostrando vergüenza? ¡Lo que estaba haciendo por aquella mujer!
- Papá, Draco necesita ayuda médica urgente para su padre – entró la chica en materia. Siempre se mostraba igual de decidida y directa, era una de sus mayores cualidades.
- Claro, claro, hija. Algo me has comentado ya. Pero sentaos, por favor. ¿Vais a quedaros a comer, entonces? Te vemos tan poco…
- Sí, papá, nos quedaremos a comer, ya te lo dije.
- Ven, nena – su madre tiró de su mano con picardía – Deja que Draco charle tranquilamente con tu padre. Mientras tú me ayudarás en la cocina.
Aquello presagiaba interrogatorio, supo la castaña, pero fue en pos de su madre sin dudar, mientras ofrecía al atractivo rubio una sonrisa de disculpa. Si no fuese por el tema tan delicado que ambos hombres estaban apunto de tratar, ella habría disfrutado como una niña de la vergüenza que él mostraba.
En la cocina, la señora Granger fue directa al grano. Estaba claro de quien había heredado su hija aquella cualidad.
- ¿Es tu novio? – fijó sus ojos en los de su hija, curiosa.
- No, mamá, no lo es. Es un buen amigo.
- ¿Tan bueno como Harry?
- ¡Nadie en el mundo es tan bueno como Harry! – respondió ella, algo ofendida.
- Siempre dices eso. En cambio, nunca te casas con él…
- Mamá… tanto Harry como yo te lo hemos explicado mil veces: nosotros nos vemos como hermanos, nada más – argumentó ella con voz cansada por verse obligada a repetirle una vez más la misma historia.
- Bueno, hija. No te enfades. Yo sólo deseo lo mejor para ti.
- Lo sé, mamá… - se abrazó a su progenitora con cariño – Voy a confesarte algo: Draco me ha pedido que sea su novia – sonrió, sintiendo que sus pómulos enrojecían al recordarlo.
- ¿Y tú qué le has respondido? – quiso saber la otra, entusiasmada – Es un hombre apuesto, y sin duda es educado. Parece trabajador…
- Vaya, creo que te gusta – respondió con alegría – Aún no le he respondido nada. Me siento confusa…
- ¿Confusa por qué? – la mujer la miró con extrañeza.
- Simplemente porque no lo esperaba – ella zanjó el tema, evitando ahondar en recuerdos dolorosos que sus padres no debían conocer – Bueno, vamos a darles algo de comer, que si no sabrán perfectamente para qué hemos venido aquí.
- No te preocupes por eso. Ya lo saben. Los hombres pueden ser muy perspicaces cuando quieren – rió la mujer con picardía.
Hermione la miró, sorprendida, pero no dijo nada. Y las dos mujeres volvieron al comedor cargadas de viandas, sin saber que ambos hombres se habían enterado prácticamente de toda la conversación, pues ellas habían alzado demasiado la voz, entusiasmadas.
- ¿Tu padre padece alguna enfermedad coronaria? – le estaba preguntando el señor Granger a Draco, cuando ellas regresaron al comedor.
- No, que yo sepa.
- ¿Alergias, enfermedades crónicas de algún tipo? ¿Tensión arterial, quizá?
- No, jamás he sabido nada sobre que él padeciera algo de todo eso. Hasta que le surgió el problema de los riñones, siempre se había mostrado totalmente sano – respondió el rubio con convicción.
- ¿Y qué edad me has dicho que tiene?
- Ronda los sesenta años…
- Uhmmmm… por lo que me dices, parece un candidato perfecto para recibir un trasplante. Pero deberíamos hacerle las pruebas pertinentes para asegurarnos, claro.
Draco y Hermione se miraron, llenos de esperanza"
¡Maldición! ¡Se había sentido tan feliz en aquel momento! ¡Con un ánimo tan liviano! ¡Por fin había hallado luz al final del túnel para su padre!
Pero cuando por fin montó todo un alegato, basado en argumentos fuertes e irrefutables para convencerlo de que se sometiese a las pruebas médicas muggles que podrían terminar salvándole la vida, y se lo expuso, aquel patriarca cabezota había dado al traste con todos ellos de un plumazo, con tan sólo una palabra: "Jamás".
Y él jamás se había sentido tan frustrado, furioso y desolado en toda su vida.
De aquel modo pasó la noche, sentado en aquel sillón, completamente inmóvil, observando fijamente la pared.
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A la mañana siguiente, Draco llegó a la sede de sus empresas como un tornado, caminando con vehemencia hasta llegar a su despacho, para encerrarse en él sin saludar siquiera a su secretaria, quien lo observó con temor y después se comunicó con Hermione, que llevaba ya media hora trabajando.
- Señorita Granger, tal y como usted me ha solicitado, le hago saber que el señor Malfoy acaba de llegar a su despacho – escuchó la castaña a través de un moderno interfono.
- Muchas gracias, Grace – respondió ella.
Y después cogió de encima de su mesa un inmenso portafolios y se dirigió al encuentro del chico con decisión. Las noticias que debía darle no eran demasiado alentadoras, pero estaba dispuesta a darlas de todos modos, y cuanto antes, mejor.
Así que hizo sonar sus nudillos en la puerta del joven dueño de la Corporación Malfoy, mientras la otra chica la observaba, temiendo lo peor.
- ¡Pase! – se oyó la voz atronadora de Draco tras ella.
Ahora podía entender la actitud temerosa de la secretaria, pero ella no pensaba amedrentarse. Entró en el despacho como si la tormenta que giraba en el ambiente no fuese con ella en absoluto. Se plantó frente al rubio, que se negó a mirarla. Pero ella sí lo miró a él, directamente a los ojos.
- Menuda cara traes hoy – observó Hermione tranquilamente.
- Es la cara que tengo. Si no te gusta, no tienes porqué aguantarla – respondió él de malos modos, aún con la vista perdida en la estantería de la pared, tal y como ella lo había encontrado.
- Está bien.
La chica dio media vuelta y caminó hacia la salida del despacho; lo que en absoluto estaba dispuesta, era a aguantar tonterías. Pero él, arrepentido, se levantó con rapidez y la tomó de la mano suavemente, intentando detenerla.
- Perdóname. No he dormido en toda la noche – se disculpó.
Le acarició el rostro fugazmente y regresó a su silla, dejándose caer en ella, aún irritado.
- ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido, Draco? – ella se sentó en la silla del otro lado de la mesa, preocupada.
Por un instante, el chico se cubrió el rostro con ambas manos, deslizándolas por él con frustración, para después fijar su mirada en la de ella.
- Mi padre se ha negado a someterse a las pruebas para la operación – dijo sin más.
- Pero eso no puede ser…
- No hay nada que hacer, Hermione, lo he intentado todo – su voz sonaba rendida, destrozada.
Ella lo observó, segura de que algo podría hacerse; debía haber una forma de convencer a Lucius Malfoy, algo que ella pudiese hacer. No podía permitir que todo acabase de aquel modo, no era justo, y por tanto, no podía aceptarlo.
- Tú sí, pero yo no – afirmó. Se levantó de la silla con rapidez y se marchó sin prestar atención a Draco, quien la observó lleno de sorpresa.
- ¿A dónde vas? – le gritó, mientras contemplaba cómo ella se perdía de su vista.
- ¡Tengo que hacer algo! ¡Luego hablaremos! – no quiso añadir nada más, sabiendo que él desaprobaría totalmente lo que estaba apunto de hacer.
El chico negó con la cabeza, abatido, mientras cogía el teléfono que había comenzado a sonar con insistencia, obligándolo a no pensar más en ella por el momento.
