Todos los personajes que aparecen en esta historia son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi, y los utilizo sin ninguna intención de lucro…

El hombre perfecto

Déjalo sangrar

Él sintió cómo una pequeña y húmeda mano se posaba en su rostro; una suave voz recitaba su nombre a lo lejos, mientras la palma de su extremidad forjaba un molde cóncavo, palmeándole la mejilla con cuidado y constancia.

"No podía" Los párpados le pesaban demasiado y su cuerpo se hallaba inmerso en una sensación de paz que le clamaba por seguir tal cual.

—Ranma, vamos, tienes que abrir los ojos—. Volvió a escuchar la dulce voz, mucho más agitada que antes. El toque de esa mano se deformó en un tacto que proyectaba la torrencial impaciencia de su dueña.

Su nariz se arrugó al sentir el brusco cambio, le dolía, pero estaba tan cansado.

—¡Kyaaa! —Aunque esto no le impidió pegar un brinco y despertar de una, cuando una marea de agua caliente impactó de lleno contra su pecho y cara —¡Quema!—. Vociferó alarmado, respirando hondamente y con las partes visibles de su cuerpo en color rojo fosforescente, echando humo por todos lados.

El agotamiento se le quitó de inmediato y, milagrosamente, pudo enfocar a la persona que tenía parada frente a si. Una atlética chica vestida de negro, con una mirada bastante molesta enfatizándole el rostro. Tal vez, prefería seguirse quemando en el infierno con tal de evitar el aura glacial de la joven.

—¡¿Qué diablos…?!... ¡¿Cómo llegaste?! ¡¿Qué haces aquí?!—. La atiborró de preguntas, totalmente asombrado y sin quitarle los ojos de encima a la mujer.

—Son muchos cuestionamientos, Ranma —Le respondió la muchacha de ojos marrones, quien se acercó con pasos lentos al azorado pelinegro—. Podrías empezar mejor pidiéndome una gran y sincera disculpa. Podrías conseguir que te perdone.

—¡¿Estás loca?! ¡De ninguna manera haré eso! —Farfulló en tono belicoso, frunciendo el ceño como si Akane le hubiese pedido atravesarse con una lanza en compensación—. Lo hice por tu propio bien.

—Entonces, no me dejas otra opción… tendré que dejarte aquí—. Ella fingía demasiado bien que no le estaba molestando la actitud arrogante de Ranma y, al contrario, le hablaba con un timbre afable y una sonrisa que denotaba gentileza. Algo le decía que él aún se encontraba muy aletargado para analizar su precaria situación.

—¿A-aquí? ¿A qu-qué te refieres? —Tartamudeó. Fue en ese valioso instante cuando su campo visual se amplió, hasta lograrse ver a si mismo. Se hallaba de pie, con sus piernas sujetas con una exagerada cantidad de cuerda, muy justas al haber sido en su forma de mujer y ahora estando en su complexión natural. Las manos estaban aprisionadas por negros grilletes que se perdían en diagonal, cruzados hacia el techo. Su estómago y espalda dolían, además de tener algunos moretones en los brazos. Los vigilantes tal vez no se habían extralimitado por ser una chica, pero tampoco le dejaron pasar tranquilamente el apuro en el que los puso. Y en el piso verde militar, junto a él, media docena de guardias, noqueados por la joven, conjeturó —¡Akane, date prisa! ¡Tenemos qué movernos rápido! Alguien más vendrá en cualquier segundo y… ¿Akane?—. No parecía inmutarse ante el latente peligro.

—¿Cuánto tiempo piensas seguir haciéndote el desentendido? —Insistió. Su indulgencia se extinguía como mecha de dinamita; ya no se molestó en ocultarlo—. Primero quisiera escuchar una buena muestra de arrepentimiento de tu parte.

—Ya te lo dije… n-no tengo por qué hacerlo—. El orgullo le venció y su mirada, azul se encargó de evadirle, observando sus ataduras en busca de algún punto flojo. "¡Demonios!" Masculló. Esos idiotas se andaban con cuidado.

—No tenemos toda la noche—. Añadió su prometida, empleando un tono, si era posible, aún más hostil. Por otro lado, la mitad de sus pupilas se perdía bajo el semblante frío y despectivo.

—Entonces, suéltame—. Le ordenó imponente. A la par de ello, siguió tratando de zafarse de los grilletes o reventar las sogas, a pesar de que sabía que no iba a lograr resultados

Sus dientes blancos se mostraron al unísono de un gruñido que no previó. Su mente estaba muy concentrada maldiciendo, anhelante de una buena y estúpida motivación que hiciera resurgir su vena marcial.

—¿Crees que esa es la manera de pedirme que te libere?—. Se le insinuó, sacando del bolsillo de sus ajustados pantalones un juego de llaves, robadas a alguno de los guardias que se encontraban desmayados y, claro, jugando a balancear la preciada herramienta de escape en sus narices.

—"Perdón" por querer dejar tu trasero a salvo en casa—. Espetó a regañadientes, sin sentir la más mínima pizca de culpa, recitando automáticamente lo que su compañera quería escuchar.

—Ran-ma…—. Él bufó resignado; no le había creído, por supuesto.

—Está bien, está bien… disculpa, Akane…—Ya no mentía, su mirada de perro regañado lo confirmaba—. Sé que no fue correcto lo que hice, pero intentaba protegerte. Además, este es mi problema. Y-yo tengo que hacerlo porque voy a salvar a mi madre a como de lugar, pero no puedo arriesgarte a ti, no debo… tú, tú no tienes necesidad de ensuciarte las manos por mi culpa.

—En eso te equivocas —Lo contradijo; trataba de no perder la paciencia mientras rotaba el aro de alambre con una gran cantidad de llaves, hasta encontrar la correcta para abrir cada grillete—. Yo también le prometí a alguien que iba a cuidarte y debo cumplirlo.

—Gracias —Susurró de forma inaudible al verse liberado de las gruesas pulseras de hierro. Luego, la joven le lanzó su mochila, de donde, el ahora convertido en varón, pudo sacar una navaja para cortar las sogas de sus pies—. Sin embargo, no…

—Escuché algo sobre el sótano —Le interrumpió Akane con toda intención, a la vez que guardaba el juego de llaves en su morral, por si acaso. Sabía que Ranma seguiría con su cansada lista de negaciones toda la noche si se lo permitía—. Nabiki no dijo nada acerca de un sitio bajo este piso, pero varios guardias hablaron de bajar allá.

—Nabiki—. Reflexionó el ojiazul, llevándose la mano a la oreja donde traía el micrófono.

—Lo eché a mi morral —Explicó, señalando la bolsa de tela en el suelo— Ya no funcionaba; tampoco el mío —Suspiró molesta—. Uno de los tarados de la entrada lo aplastó.

—Bueno, ya no importa. Podremos hacerlo solos —Trató de quitarle gravedad al asunto. Al fin y al cabo, los dos estaban bien, y aunque no era el lugar adecuado para una chica, había sobrevivido hasta entonces —¿Dijiste algo del sótano, no? Debemos buscar la manera de llegar hasta ahí.

—Claro —Asintió. Su voz registró un cambio de emoción; al fin, el cabeza hueca de su prometido, pensaba en equipo— No te mirabas muy bien hace un rato, ¿puedes seguir?—.La chica buscó cerciorarse, a pesar de que no le había notado ninguna herida de gravedad a simple vista.

Ranma se tomó un segundo en estirar y tronar sus manos entumecidas, arquear la espalda hacia atrás e intentar dar un par de pasos en el mismo espacio. Sólo entonces, con el agudo pinchazo taladrándole la zona cercana al tobillo derecho, lo notó.

—Debieron mezclar algún tipo de veneno con el somnífero… Tengo el pie un poco "entumido" —mintió—, pero podré moverme normalmente, no te preocupes—. Trató de tranquilizarle. No iba a convertirse en una carga justo ahora.

—Confió en que sí—. Le sonrió alegre. Un instante después, el heredero Saotome replegaba su pierna lastimada para no ser aplastada por un pesadísimo yunque, el cual, Akane dejó caer descuidada e inexplicablemente sobre su pie.

—¡¿Qué mierda pasa contigo?!—. Rabió el muchacho de cabellos azabaches, con las venas de la frente saltadas de sólo imaginar esa cosa aplastándole su sagrada extremidad.

—Quería saber la verdad —Suspiró con inocencia, cogiendo su mochila del suelo y echándosela al hombro. Debían prepararse para salir de ahí—. Si no dijeras tantas mentiras, me sería más fácil creerte.

—Esto no se va a quedar así—. Le escuchó farfullar con gran resentimiento, mirándole con ansías de venganza aguardada. También cogió su morral, puesto sobre la pila de sogas que le ataron.

Los dos avanzaron por la habitación. Ranma, ya en total libertad de su cuerpo, comenzó a inspeccionar el sitio a mayor detalle. Una fría área de no más de cincuenta metros cuadrados, con las paredes en color gris oscuro, iluminada parcialmente con una tintineante lámpara de barra en el techo; insuficiente para un lugar de ese tamaño.

A su paso, un plantío de guardias inconscientes, impedían el libre tránsito. Él se quedó sin dar crédito al hecho, e hizo una nota mental de preguntarle luego, con lujo extremo de detalles, cómo había logrado tal hazaña. No era una chica para menospreciar en una batalla, eso ya le quedaba claro.

Luego se sintió idiota, mostrándose orgulloso por las tonterías suicidas de una muchacha por la que no debía sentir ni expresar nada. Se mordió el labio en reprimenda.

Akane se detuvo. La salida se vislumbraba como un simple agujero, sin moldura ni portón.

—Estamos en los cuartos centrales, en medio de las dos alas de cubículos —Confirmó la dueña de los ojos marrones, pareciendo leerle el pensamiento—. Hay demasiados en la zona oeste, ni siquiera intenté acercarme.

El croquis del sitio era muy sencillo: Ranma había entrado por atrás, del lado este. Y la pared de su derecha pertenecía al área de cuartos, los cuales a su vez, formaban una casi perfecta "C" con ángulos rectos, y recubierta por un angosto pasillo por el que los guardias transitaban libremente. Tras ese muro estaba la gran explanada principal, a cuya ubicación sólo se podía accesar por el frente y del costado por el que el artemarcialistas arribó.

—Akane, antes de salir, quiero que me prometas que no harás ninguna tontería, pase lo que pase—. Su paso lento le había posicionado tras ella, y su instinto protector, aún siendo consciente de su destreza, no le quitaba la idea de la cabeza acerca de volverla a encerrar en alguna parte donde pudiera quedarse protegida.

—No voy a hacer ninguna promesa—. Le lanzó a bocajarro.

—¡¿Quieres dejar de ser tan terca?! ¡Maldita sea contigo!—. ¡Esa chica le estaba sacando los nervios!

Ya no hubo oportunidad de profundizar más en la efímera discusión, porque en el vital segundo que tardó en emparejarse a su lado, para enfrentarla a la misma altura, un par de vigilantes doblaron hacia el interior del cuarto, y ante la perturbadora escena de sus amigos haciendo el papel de alfombra, no dudaron en sacar sus armas.

Akane se dejó caer en el piso para esquivar la filosa lanza de uno de ellos, vestido en tonos oscuros; sus manos se apergollaron del arma, mientras que sus piernas se deslizaron por entre las del sujeto, haciéndole caer sobre ella y golpeando de lleno su cara con su codo. Al terminar, lo lanzó a un lado, junto con el resto de sus amigos.

A unos centímetros de distancia, el chico de la trenza saltó, cayendo sobre los hombros del otro tipo, el cual, cargaba un revólver en cada mano. Se las iba a ingeniar para presionar el punto de sueño en el cuello del guardia, pero este alcanzó a efectuar un disparo al aire. Ranma no tuvo otra opción que utilizar sus rodillas para noquearlo y lanzarlo sobre el muro de ladrillos, saltando sobre su pie ileso; la cabeza del hombre rebotó con saña en la pared, y de ahí, al suelo.

—Acabamos de ponernos en la mirilla—. Expresó ella, fingiendo tranquilidad y hasta sonriendo. Si su mente dejaba de mostrarle aquello como un sueño vívido, iba a empezar a preocuparse en serio, maldiciendo a todos los dioses habidos y por haber.

—Estamos jodidos—. Resumió él, sin pelos en la lengua.

Ranma asomó la cabeza y constató que venían más guardias de ambos lados; el disparo los había puesto en alerta. Volvió a recluirse adentro, ya sólo para advertirle a Akane de la situación. Asintieron a un plan que jamás salió por sus labios y los dos hicieron su aparición en la mitad del largo pasillo.

El ojiazul se dirigió a la zona donde había mayor afluencia de peligro, el camino de vuelta. Su pierna dañada no le ayudaba en lo absoluto, sin embargo, se dio el lujo de sonreír victorioso. Aquellos parecían soldaditos de juguete en fila, incapaces de hacer un movimiento que detuviera sus bravíos ataques aéreos.

Akane viró hacia el lado del pasadizo que conectaba con la parte más profunda de la bodega y la entrada y, por palabras de su hermana, la principal ubicación donde podía hallarse el preciado objeto que buscaban con tantas ansias.

Los guardias eran menos, y el aura combativa de la chica era imparable; a pesar de que todos le superaban en altura y complexión, traía una seguridad abrumante, producto de haber vencido ya a una veintena de sus compañeros con anterioridad, sin sufrir mayor percance que unos cuantos golpes.

Derribarlos le costó casi el mismo tiempo que a Ranma con su parte, pero lo consiguió de igual forma. Ella no estaba particularmente instruida en las técnicas de puntos estratégicos en el cuerpo humano, así que se había ocupado de lo suyo a base de desvanecimientos por causa de fuerza bruta.

Al terminar, sus manos se sostuvieron de una de las paredes del túnel. Resolló agotada, mientras observaba a su prometido efectuar las últimas presiones en los cuellos de sus oponentes.

Pensó que imaginaba un cuchicheo a su espalda y deseó que aquella turba de guardias fuera producto de la guerra despertada en su torrente sanguíneo, o un espejismo producido por el parpadeo sin cesar de las bombillas que aluzaban el pasillo.

Lo que no previó, es que el piso que proseguía estaba lleno de trampas. Durante su carrera al encuentro de la nueva fase del combate, el piso se abrió bajo sus pies, haciendo que cayera desde una altura aproximada de tres metros.

Su cuerpo no calculó la intempestiva trampa, por lo que terminó estrellándose de lleno contra la dura madera de ese oscuro sótano.

Manos y piernas se acalambraron y, quienes cuidaban esa zona, aprovecharon para echarle una red encima y rociarle con una botella de gas adormecedor.

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En la transitada superficie, entre golpe y golpe, Ranma echaba vistazos disimulados a su compañera. El terror porque la lastimaran se iba haciendo más exiguo conforme pasaban los minutos y sólo la chica de ojos chocolate seguía en pie.

Hubo un par de sujetos con los que el punto de presión no surtió el efecto inmediato… pero un par de puños bien dados, sí.

La sangre dejó de correrle cuando se desocupó de su "tarea", y al girarse hacía donde debía estar Akane, no la encontró.

Respiró con un poco de calma, al acercarse y comprobar que no formaba parte de los cuerpos tirados allí.

"Esa boba" Gruñó, apretando los dientes con coraje. La habían capturado.

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—Ellos deben estar por llegar en veinte minutos—. Akane despertó justo en el momento en el que el par de sujetos que le custodiaban, conversaban sus planes.

Recuperó la consciencia unos momentos atrás, y mientras ellos se hallaban confiados de tenerla capturada, Akane visualizaba cada una de sus opciones de escape. Se encontraba en el suelo, echa un ovillo dentro de una red que la dejaba ver como si fuera un costal de patatas. Tenía manos y pies con esposas, así como un pañuelo amordazándola, para imposibilitarle el pedir auxilio.

El sitio apenas se distinguía entre penumbras, por lo que no le preocupaba que notaran lo que hacía.

—Recuerda que nos pidieron discreción —Comentó el otro sujeto, ambos a espaldas de la chica—. Desde un principio debimos imaginar que la mujer de pelos rojos no era la única que andaba rondando.

La muchacha de cabellos azules por fin encontró un pedazo de botella rota que le ayudaría a romper la red; reptó unos cuantos pasos y lo ocultó con su cuerpo. Ya lo utilizaría en alguna concesión.

—Está bien. Sube allá arriba y prevenlos; aún andan sueltos esa zorra y el hombre de negro que venía con la que tenemos aquí—. Ordenó el primer guardia, y supuso que el subjefe de todos ellos. El subordinado salió y el mayor se quedó ahí, mirando al bulto que era la artemarcialista en ese instante. Tenía más de veinticinco años de experiencia y su orgullo trinaba de sólo pensar que un trío de mocosos estuviera fastidiándole la noche. Se acercó a su lado, con la clara intención de darle un puntapié, pero el radio que colgaba de su cintura se activó.

—Jefe, ¿me escucha?—. Habló el hombre que saliera unos minutos antes. Se escuchaba muy asustado.

—¡¿Qué demonios quieres?! —Se volvió el iracundo hombre. Una gota resbaló por la frente de Akane; estuvo cerca—. ¡¿Ya le avisaste a los demás?!

—N-no he podido, señor —Tartamudeó—. Uno de los ladrones está provocando explosiones en el área de…

—¡¿Otto?!

La comunicación se cortó con un alarido del guardia, y luego se escuchó el sonido del plástico cayendo en al suelo.

—Tú y los que estén allí, son los únicos que quedan en pie —Amenazó una nueva voz, agria—. Ya tengo lo que he venido a buscar, pero soy capaz de olvidarme del premio si dejas libre a la chica que tienes capturada.

El jefe de los guaruras se relamió los labios y sonrió descaradamente mientras se acercaba de nuevo el radio.

—Escúchame bien, idiota, no estás para pedir consideraciones —Sin dejarse intimidar por el pelinegro—. Pero, está bien, es mucho más importante la reliquia. Baja al sótano.

—Voy para allá—. Respondió Ranma.

—¡Tarado, no vengas!—. Gritó la joven, quien con mucho esfuerzo logró zafarse de su mordaza, pero el radio ya estaba apagado.

—¡Estúpido! —Bramó el sujeto—. ¿Desde cuándo, unos mocosos en pañales creen que pueden venir a hacer de las suyas, eh?

Se flexionó a un lado de Akane, y sujetándole de los brazos, la forzó a volcar su cuerpo hacia donde él se hallaba. La tomó de la barbilla y la obligó a verle directo a los ojos, sabiendo que hacía mucho que había despertado.

—Yo no estaría tan confiada—. Le gruñó la muchacha. En cuanto Ranma llegara, le iba a hacer pagar el crudo recibimiento.

—Llegaron tan lejos —Le torció una sonrisa burlesca—. Y van a terminar sus días en el mismo lugar que estuvieron buscando por todas partes, sin llevarse nada a casa. Es una verdadera lástima.

"Loca, muy loca" La amenaza del fornido tipo de cabello casi a rape y vestido a la usanza militar, le pasó desapercibida, no así, una referencia en particular: "La dichosa reliquia debía estar en algún lugar de ese cuarto"

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El guardia no tardó en ver la puerta de ese cuarto derrumbada, por obra y arte de una patada del enfadado ojiazul.

Se miraba totalmente desmejorado, y a juzgar por el estado de su ropa, habría tenido una innumerable cantidad de contratiempos.

—¡Entrégame a la chica!—. Exigió el demacrado chico, extendiéndole la mano con una bolsa de terciopelo rojo, no obstante, el interesado no movió ni un dedo. La sonrisa burlona del guardia se amplió.

—¡Ranma, él sabe que no la tienes!—. Chilló la capturada. El hombre se dejó ir sobre el artemarcialista y abrió un agujero en donde un segundo antes estuviera la cabeza de este.

—¡¿Qué?! —Interrogó, agachándose ante una patada— ¡¿Le contaste el chisme?!

—¡Deja de decir idioteces!—. No había tiempo para explicaciones—. ¡Tienes qué liberarme!

A pesar de que tenía al protector de la reliquia repartiéndole de golpes que podía esquivar con facilidad, pero sin dejarle vía libre, se dio la grandiosa oportunidad para discutir con su prometida.

—¡¿Qué te parece si primero me das las gracias por venir a..?!

—¡Ni se te ocurra pedirlo!—. Explotó la menor de los Tendo.

—¡¿Por qué no?!

—Etto… porque yo tuve tiempo —Se sonrojó un poco ante lo risible de su argumento—. Tú no.

Ranma hizo una cara de puchero, al tiempo que se las arregló para sacar una navaja de su cintura y arrojarla cerca de ella. Akane la pescó, sacando los dedos entre las rejillas de la red y cortó su moldeable jaula. Ahora necesitaba deshacerse de las esposas.

El sitio era de la mitad del tamaño de donde encontrara a Ranma. Mucho más abandonado y sin ningún tipo de luz natural, salvo un bombillo intermitente y de poca intensidad, colocado arriba de la puerta. Había un par de docenas de cajas alrededor del cuarto, imposibilitando el caminar, y una mesa en una de las orillas, con un objeto que desconocía, pero que tenía una palanca con la que podía hacer fuerza.

Mientras el pelinegro se las ingeniaba para "entretener" al guardia, Akane, entre brincos, gateo y reptación, se acercó al mueble. Se sostuvo con sus codos y usó todas sus artimañas para lograr colocar sus esposas bajo el golpe del artefacto. Dejó caer el peso de su cuerpo sobre la palanca y el objeto de acero oxidado reventó la cadena de sus grilletes, dejando sus manos libres; liberar sus pies fue más sencillo.

En aquel tiempo, Ranma utilizaba un delgado tubo hueco, a modo de espada, a la vez que el sujeto bloqueaba el acero con una de las tantas cajas de madera. El instinto primario de Akane era ayudarlo, sin embargo, tenía la corazonada de que "algo" muy peligroso iba a llegar en esos minutos que el guardia mencionó… Debía encontrar el artefacto.

Rompió las cajas a puño limpio; encontró algunas cosas que eran de valor, pero que no se acercaban ni de broma a lo que buscaban. Respiró azorada, el tiempo se les terminaba.

El joven ladrón, de alguna manera intuyó lo que la chica hacía; incluso él, trataba de imaginar en dónde podría estar la tortuga de diamantes, pero el sitio no era precisamente un dejado de recovecos para buscar. Aquella distracción le valió ser cogido de hombros y estrellado contra el suelo.

El musculoso cuerpo de Ranma retumbó en la madera, y a Akane se le iluminó la cara de la emoción.

"¡Debía estar enterrado!"

—¡Está en el piso!—. Gritó entusiasmada.

—Gracias —Rezongó Ranma con sarcasmo, despegándose con dificultad del suelo—. No sabía con qué me estrellé.

Los segundos transcurrieron con mayor rapidez: Akane removió las cajas y terminó por descubrir un tablón flojo, en la esquina más profunda del cuarto. Bajo esa madera, encontró una caja negra, y al abrirla, el cuarto casi pudo iluminarse con el brillo que despedían los diamantes, al contacto con la débil luz de la bombilla.

El sujeto que custodiaba la joya, volteó horrorizado porque la mujer lo encontrara; Ranma le devolvió la jugada, al aprovechar que se distrajera para efectuarle un ataque con los puños, en el que el guardia sintió ser golpeado por un centenar de manos al mismo tiempo.

Cayó al suelo, al igual que habían terminado todos sus compañeros; le hubiera sido gratificante ponerle de rodillas y hacerle ver que su fin era el mismo que el resto. Jadeaba intensamente por el cansancio, y un hilillo de sangre emanaba por su labio inferior.

—Es hora… debemos irnos—. Resolló. Tal vez tuviera todo su cuerpo abatido por tanto golpe, no obstante, la enorme sonrisa que complementaba su eufórico rostro al mirar la joya que Akane sostenía con un paño rojo en sus manos, no tenía precio.

—Ya deben estar por llegar—. Asintió la joven, sus manos envolvieron la valiosa pieza y la echaron en su morral, tirado muy cerca de la mesa.

—¿Llegar? ¿Qué?

—Refuerzos—. Susurró ella.

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Tomaron sus pertenencias, "y no pertenencias" salieron del cuarto, recorrieron el angostísimo pasillo y subieron las roídas escaleras que conectaban con el primer piso.

Apenas llegaron al nivel de donde Ranma estuvo prisionero, un bote pasó rodando entre ellos y quedó a un metro de distancia.

Corrieron despavoridos hacia la dirección de salida, pero había un reguero de esos botes, forjando densas cortinas de humo a lo largo del túnel.

—No… no puedo respirar—. Musitó trabajosamente la portadora del objeto con forma de tortuga.

—Sólo serán unos minutos, Akane. Yo sé que puedes resistir—. Le alentó él, también con dificultad para respirar.

La distancia se cerró y el encuentro con los nuevos refuerzos se hizo presente y nada imparcial, ya que aquellos traían máscaras protectoras. Eran aproximadamente unas quince personas, ataviadas con el ropaje propio de ninjas; sus armas enhiestas, y listas para atacar, confirmaban lo obvio.

Ranma fue quien reaccionó de modo más salvaje, saltando sobre el par de sujetos que tenía más cerca. Estos le respondieron arrojándole una interminable cantidad de shuriken, en forma de estrellas de ocho picos, muy afilada, y aunque él las esquivó fácilmente, se clavaron en la pared frontal, a unos centímetros de una Akane que luchaba mano a mano con otro ninja.

—¡Ten más cuidado, quieres!—. Rezongó molesta.

Otro más de ellos brincó hacia la peliazul, lanzándole una serie de cuchillas con terminaciónes triangulares, llamados kunais; un par de ellos rozaron la pierna de la aguerrida mujer, mientras que logró desviar el resto utilizando un abanico forjado en metal rojo, arrebatado a otro de los Ninjas.

Aquello le hizo enfurecer, por lo visto, ellos no se iban a tomar tantas consideraciones como sus anteriores oponentes. Vislumbró otro abanico tirado y lo cogió, haciendo un espectáculo en el que sus manos se perdían de vista por segundos, y sólo se apreciaba su rastro en las tajantes rasgaduras en la ropa de quienes se le atravesaban en el camino.

Terminó con más de la mitad de ellos. Sus delicadas manos se abrieron, dejando caer al suelo los pesados abanicos; estos estaban cubiertos con la sangre de sus enemigos, pero también con la suya.

Ranma batallaba ya con el último que quedaba en pie. Este lanzó su katana al frente, sin tener el garbo ni la experiencia del correcto uso del arma. El pelinegro saltó sobre la filosa madera, usando un pie para equilibrarse y el otro para estamparlo en la cubierta cara del ninja.

—Van a morir—. Balbuceó a su caída. El golpe contra el suelo provocó que de entre sus ropas saliera un pequeño control remoto, con algunos botones ilegibles y unos números en retroceso.

Akane miró la escena recargada en la pared, para ese entonces, ya había anudado pedazos de su camiseta interior blanca a su pierna y sus manos; y observaba al muchacho, en busca del siguiente movimiento.

—¡Tenemos que largarnos de aquí!—. Bufó Ranma.

Ambos corrieron hacia delante, espantados ante la eminente explosión y ante el desconocimiento de dónde se encontraba la bomba.

Los siguientes segundos se volvieron un infierno. Avanzaron un máximo de cinco pasos. Los ninjas habían tirado un centenar de tetsubishis y con el humo empañándoles la visión, Ranma sólo se enteró de aquello cuando tres de estos pedazos de metal retorcido y filoso se le encajaron en el talón y en la planta del pie, atravesando, incluso, la suela de su zapato. Su cuerpo se desestabilizó por completo, yéndose de bruces al suelo. Akane se echó al piso también, dispuesta a ayudarle, cuando la bomba estalló, unos metros adelante de ella.

Ranma sintió una abismal impotencia cuando fue su prometida quien buscó la forma de lanzarse sobre él, semi cubriéndole de las bocanadas de fuego que acariciaron sus espaldas como hierro quemante.

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—Los dos perdieron la consciencia durante algunos minutos, junto con todos los recién adquiridos enemigos. El lugar se hallaba en absoluto silencio, salvo unas débiles pisadas que se acercaban al sitio del estallido.

Parecían estar bastante heridos, pero no parecía de gravedad, y no había tiempo que perder; se levantarían y lograrían regresar sin contratiempos.

Sacó un pequeño cuchillo e hizo una abertura en ambos morrales, encontrando en el de Akane lo que buscaba.

—Ya lo tengo—. Susurró escuetamente.

Y tan silencioso como llegó, salió de la escena, como si nunca hubiese estado ahí.

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Despertaron al mismo tiempo. Ranma de inmediato se dobló en el suelo, hasta tener el pie con los fragmentos de metal, sobre su otra extremidad. La escena no lucía muy prometedora; tendría que sacárselos o arriesgarse a que se enterrarán aún más profundo.

El estado de la muchacha no era mejor. Al igual que su compañero, tenía gran parte de la espinazo descubierto, con diversos trozos de tela colgando. El fuego les dejó la espalda enrojecida, y en el caso de ella, que mayor exposición tuvo, también le había provocado el mismo efecto en el gorro que cubría su espesa cabellera.

Mientras se iba incorporando, tragándose las muecas por el ardor en su espalda, la artemarcialista observó el profuso sangrado de él, y con ello, se le vinieron a la mente aquellas imágenes de su anterior desangramiento en el hombro.

"Ese pedazo de animal tenía que dejar de ponerse en peligro" Gritó para sus adentros.

—¡Demonios!—. Su rostro se puso rojo ante la mínima sensación del contacto de sus dedos al tratar de tocar el filoso y puntiagudo metal; gotas de sangre surgían por la orillas y la mitad de la suela blanca de su calzado ya se hallaba teñida de rojo.

—Deja que te ayude—. Murmuró ella, viendo las exclamaciones de dolor, gesticuladas en los labios de su prometido.

No se lo iba a pensar dos veces, estaba también sentada en el suelo, así que no le fue difícil poner su pie sobre las piernas entrecruzadas de Akane.

—¿T-tú cómo estás? ¿Estas bien?—. Balbuceó mientras tanto.

—Lo estaremos—. Respondió la muchacha. Agachó la cabeza para identificar la posición de los metales, y gruesos mechones de cabello cayeron por sus hombros y cara. Decidió ignorar que la mayor parte de esos mechones eran pegostes de pelo chamuscado, de lo que solía ser su brillante y azulada melena.

Ranma cerró los ojos con fuerza y Akane sacó los objetos lo más rápido que sus manos le permitieron, aprovechando la misma conmoción para quitarle el calzado. Al instante, la sangre comenzó a emanar con mayor fuerza por las heridas del pelinegro y levantó los párpados sólo para descubrir que no podía enfocar ni a la joven frente a él. Ella rasgó la tela del pantalón masculino y lo utilizó para envolver el pie y contener el sangrado.

—No vamos a resistir mucho —Esbozó. Se sujetó de la pared sobre él e hizo hincapié en su fuerza de voluntar para ponerse de pie—. ¡Vámonos!

Ella le siguió, y al hacerlo, notaron lo evidente, los agujeros en los morrales de ambos, y la caída de algunas de las armas y utensilios que traían.

Akane de inmediato se dobló sobre sus rodillas, buscando afanosamente el objeto robado entre las cosas tiradas en el suelo y las que aún portaba dentro de su mochila.

—¡¿Cómo?! —Se exaltó el joven—. ¡¿No está?!

—Lo siento, Ranma. Ya no hay tiempo para buscarlo, debemos marcharnos—. No estaba segura de a quién le estaba doliendo más la resolución, sin embargo, alguien debía ser quien tuviera la cabeza fría.

—Pero, Akane —Pasada la tortura con su pie, ya se había recuperado lo suficiente para volver y rastrear todo el perímetro cercano, dispuesto a encontrarla. La adrenalina le embotaba los sentidos lo suficiente para no darse cuenta del peligro al que estaban exponiéndose—. Yo sé que debe estar por aquí.

—¡Ranma, ya basta! —Le increpó, más por nervios que por coraje. Su mano sujetó su propio morral y le mostró la abertura hecha con total alevosía—. ¡Date cuenta! Alguien tuvo qué hacerlo.

—No puedo creer lo cerca que estuvimos—. Su aura se extinguió por completo.

—Ya no hay nada qué hacer aquí—. Puntuó la chica.

Doblaron la esquina y caminaron todo el trayecto del pasillo hasta salir a una bifurcación; hacia la explanada principal y hacia el callejón por donde había entrado Ranma.

Utilizaron una soga y salieron al exterior, sólo con la noche oscura siendo testigo de su fallido intento de robo.

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Anduvieron por el bosque cambiando bruscamente de dirección a cada tanto, con la convicción de que, si alguien los seguía, no pudiera rastrearles el paso. Al llegar a la modesta ciudad, Ranma la tomó con cuidado de la cintura y procedieron a saltar de tejado en tejado, hasta aterrizar en el propio. Su pie no le dejaba caminar demasiado, y aunque a ambos se les partía el alma de sólo rozarse, Akane se dejó transportar por él, a medida que este clamaba por su ayuda para darse la estabilidad que con su pierna no podía.

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—Creo que lo mejor será revisarnos en el baño—. Ranma rompió el silencio, luego de que el viaje de retorno fuera en el absoluto mutismo. Después de bajar del techo, entraron por la puerta trasera de la cocina, y ahora se miraban sin saber muy bien qué hacer.

—¿Re… revisarnos? —Tartamudeó la poseedora de los ojos marrones, dándole un sentido indecoroso a la propuesta—. ¿En el baño?

—Deja de pensar cosas pervertidas, ¿quieres? —Le adivinó él, con una divertida cara de burla— si las heridas son serias, tendrás que llamar al doctor Tofú —Añadió, sosteniéndose del marco de la puerta de la cocina—. Pero debemos pasar desapercibidos lo más que podamos. Será lo mejor para ambos.

—No te preocupes —Aseveró Akane, fingiendo molestia en su hablar—. Yo sé que no te atreverías.

—No. Lo haré cuando encuentre a una chica linda que me guste y que me quiera—. Contestó al tiro, aún meditando si lo dicho por ella era una prueba de su confianza hacia él… o estaba tratando de picarle el orgullo.

—No te olvides de preguntarle si es fanática de Robin Hood—. Rebatió la mujer. Por desventaja de lo sucedido, el ardor de espalda le tenía caminando como una tabla, lo suficientemente rígida como para tratar de golpearlo; caminaron al baño de la casa, dando por finalizada la discusión.

Ranma encendió las luces, y mientras ella arrimaba un par de banquillos a la zona donde se hallaba la regadera, él se trajo consigo: vendas, pomadas, unas tijeras y cualquier cosa que miró que podría servirles.

No hubo mucho qué preguntar, al tiempo que la joven se sentó en uno de esos bajitos y redondos bancos de madera, Ranma se dejó caer sobre el suyo, atrás de ella. En el suelo tenía el mango de la regadera móvil y todos los productos de curación, así que estaba más que listo para revisarla.

—Sabes, Ranma —Conversó ella, en medida que el ojiazul revisaba en silencio sus heridas—. Tal vez, Nabiki pueda decirnos si se enteró de algo extraño mientras estuvimos inconscientes. Al menos tendremos la seguridad de saber qué demonios pasó.

—Ya no tiene sentido —Le confesó. Sus ojos navegaron entre todos los menjurjes que acercó, siendo lo que primero tomara, las tijeras—. Será mejor olvidarnos de este día y esperar que ninguno de esos sujetos quiera ponerle precio a nuestras cabezas.

La espalda de la artemarcialista se encontraba enrojecida, más el daño no parecía ser mayor. A simple vista se podían observar los restos de la sudadera, una camiseta de tirantes y el sostén. Retazos de tela en colores negro y blanco colgaban de distintas partes, principalmente del cuello y cerca de las axilas, pero el área de los omóplatos se hallaba desnuda.

—Akane… —Susurró él— Necesito cortar la tela de tu… ropa—. Vaciló, algo sonrojado. No es que tuviera mucha experiencia quitando prendas ajenas, y si se basara en las estúpidas novelas románticas que su padre le obligó a leer, entonces le estaría arrebatando la ropa en medio de besos salvajes y palabras con propuestas degeneradas.

La muchacha palideció ante la afirmación de su prometido, no obstante, se armó de valor. Aquello no era otra cosa que un efecto colateral de ofrecerse a ayudarle, ¿no?

—Hazlo—. Accedió. Cerró los ojos con fuerza, apretando los párpados para ahogar la vergüenza de ser vista semidesnuda por un hombre.

—Parecías un salmón, atrapada en esa red—. Se burló él, tratando de distraerla.

Akane oía el peculiar sonido del fierro de las tijeras al cerrarse, sin embargo, lo hacía con tanto cuidado que no lograba sentir el trabajo sobre su piel.

—Estuve tratando de despertarte por diez minutos —Contraatacó ella, sacando a relucir su secreto a la hora de reanimarlo—. Ya estaba por irme y dejarte a la suerte.

—Es una quemadura de primer grado —Le informó el pelinegro, analizándole la espalda y los antebrazos desnudos.

—Pudo ser peor—. Se dijo en voz alta.

—Voy a… a desinfectarte—. Mencionó Ranma. Suerte que los ojos chocolate no le atravesaban los propios, porque habrían enfurecido al notar aquella tranquilidad ingenua, no lo era tanto.

Ella sólo apretó sus dientes, y entrelazó las manos en su pecho, arqueándose hacia delante para dejarle la espalda libre y en una posición un poco más horizontal.

Akane ahogó un chillido mientras su "enfermero" particular oprimía el botón de la regadera y el agua le caía a cuero limpio sobre la espalda, lo que le sirvió de tortura y efecto calmante al mismo tiempo.

Ahora venia la segunda etapa: la pomada especial para quemaduras leves.

No podía negar la delicadeza con la que los dedos de Ranma se deslizaban por su helada piel, creando una sensación agradable que le chispeaba los vellos de los brazos.

Una vez terminado, el artemarcialista le pasó una camiseta morada y luego de asegurarse de que él no estuviera fisgoneando, dejó caer el resto de las prendas negras que cubrían su dorso y rápidamente se encajó la nueva muda.

—¿Quieres… quieres que vea tu cabello?—. Se ofreció. Ella se negó de inmediato.

Con los pantalones negros remojados por el agua echada a su espalda, y la nueva camiseta también semi mojada, la hija menor de Soun se acercó al único espejo del baño, llevando consigo las tijeras.

El gorro se veía intacto al mirar de frente, y cualquiera creería que lo estaría igual por la parte trasera, si no se fuera consciente del centenar de cabellos escapados de su gorro y de su trenza. A su lado, Ranma le observaba sin expresión alguna, tal vez apenado por lo sucedido, tal vez mordiéndose la lengua para no soltar una carcajada.

Respiró profundamente y tiró de la prenda protectora.

Lo que vio le dejó horrorizada. Casi todo el largo de su trenza, a partir de la altura de su nuca hacia abajo, era una auténtica masa de cabellos quemados y con pedazos del gorro incrustados en los gajos del deshecho peinado.

—Lo siento —Hizo una leve reverencia, aún en el mismo sitio desde el que la observara—. Traté de advertirte desde un principio que podrías salir muy lastimada. Lo lamento, en verdad.

—¿Tú… tú piensas…?—. Lo interrumpió, pero no logró terminar su oración, la pregunta se ahogó en su garganta.

—¿Qu-qué?

—¿Crees que me mire bien con el cabello corto?

—¿Por-por qué me lo preguntas a mí?—. Se excusó, a la defensiva y bastante afectado.

—Te lo tomas tan a pecho —Le miró de reojo, para luego volver a concentrarse en su imagen—. Bobo. No estás obligado a mentirme.

—Sé que no te importa mucho mi opinión —Respondió con vergüenza, sin quitar ese velo serio de su rostro—. Pero creo que te mirarás muy bien.

—¿En serio?—. Akane abrió los ojos en todo su esplendor y se acercó tanto a la cara del muchacho, que este retrocedió ante una latente amenaza.

—S-sí… ¿por qué lo dudas?

—Tienes suerte de no ser Pinocho—. Sonrió ella, volviendo al espejo y comenzando a cortar las hebras azuladas; ya se encargaría Kasumi de emparejarlo en la mañana.

—Estuve muy preocupado por ti, sabes…—. El temple de Ranma le tenía como una estatua de piedra, desmoronándose piedra por piedra, para su fortuna, sabía disfrazar eso muy bien, con la emoción contraria. Sus palabras salieron como un reproche.

—Sé que meterme en ese sitio era algo muy arriesgado —Le aseveró, concentrada en cortar las últimas hebras destruidas—. Pero hice una promesa, ya te lo dije… yo…

—¡Al carajo con tus promesas, Akane! —Rabió él. La tomó de los hombros y no guardó ningún reparo en girarla—. ¡No quiero que vuelvas a meter tu narizota en mis asuntos, ¿comprendes!

—¡No! ¡Creo que no he entendido bien! —Consiguió zafarse de inmediato, pero lejos de hacerse a un lado antes de incrementar la hoguera, lanzó más leños al fuego—. ¡¿Me puedes decir en qué parte de tu estúpida parte del diálogo dijiste "muchas gracias por ayudarme"?!

—Me olvidé de decirlo mientras te salvaba el pellejo como una vil princesa en apuros—. Siseó, enardeciendo en coraje.

Agradecido le estaba, pero alentar un espíritu valiente como el de su prometida, sólo podía provocar que siguiera exponiendo su vida a peligros que no le correspondían.

No estaba dispuesto a sacrificarla de ese modo.

—Que no se te olvide que yo también te salvé—. Echó su cuerpo hacia adelante y le apuntó groseramente con el dedo.

—Pequeños "Detalles" que no previne—. Se excusó. "Y no sirvió de nada" se recriminó internamente. Cuánto había deseado que aquello funcionara, no tener que seguir en pie con su cruel farsa.

Terminó por desviar la mirada a los mosaicos del baño. No podía contener los embates verbales de la chica.

—¿Siempre te olvidas de lo más importante?—. El orgullo de Akane era el que seguía encarando al idiota que tenía enfrente, porque su mente ya estaba más que despedazada. También debía ser una idiota por seguirlo soportando.

—No sé qué voy a hacer… Estoy a punto de perderla—. Exclamó, sin elevar la cabeza.

Esta declaración la sacó de concentración. Esa tarde, asumió que conseguirían la joya y ese doloroso tema quedaría zanjado para siempre.

—Oye, haremos lo posible por salvarla, te lo prometo.

—Tuve miedo de que algo te pasara a ti —Su propia barrera se derrumbó. Por más que lo intentó, ya no pudo negárselo. El pelinegro alzó la mirada y sólo por unos breves segundos, Akane pudo palpar la aflicción en los ojos azules.

Ranma aferró sus manos a la cintura de la muchacha, y al tener prohibido abrazarla por las heridas, se encargó de inclinarse para borrar el espacio ente sus labios y los de ella. El mismo se sorprendió al violentarla y se sintió aún más ruin cuando su corazón comenzó a latir con más fuerza, envenenado por la tibieza de la boca femenina, inmóvil ante el contacto.

Akane mantuvo los ojos abiertos; jamás se esperó la salvaje iniciativa del artemarcialista. El coraje por tal afrenta se concentró en sus puños, dispuesta a darle la mayor paliza de su vida por burlarse tan descaradamente de su ayuda… Hasta que los torpes movimientos del muchacho le llevaron a rozar su mejilla contra la de ella, y la atribulada joven pudo sentir a viva piel la humedad que los ojos azules vertían sobre su piel, bajando en un discreto río salado.

—No debería sentir esto —Ranma se detuvo unos instantes después, al no ser correspondido—. Ladeó su frente, hasta chocarla suavemente con la de ella, y ambos se clavaron las miradas—. Traté de que no me importara lo que pase contigo, pero no lo conseguí, y no quiero perderte.

—… Voy a matarte—. Su amenaza se repitió otras dos veces, más inaudible en cada ocasión.

No supo el por qué las piernas no reaccionaban, ni la razón de que sus manos no se alzaran contra aquellas extremidades que le abrazaban con tanta protección. Tampoco sabía lo que era ese extraño nudo en el estómago, ni el hormigueo en sus mejillas.

Sin saber el momento exacto, fue cerrando lentamente las dilatadas pupilas de su alma y se dejó llevar por unos osados labios que clamaban con ternura por los suyos.

"Cualquiera le hubiera dado un premio oscar al mejor actor, por dejarse llevar tan bien por el papel" Pensó él.

Continuará

Notas

Les dije que no iban a morir y he cumplido cabalmente n/n (corre a esconderse)

No saben la que he pasado para poder subir este capítulo; les cuento el mitote XD Mi laptop se llenó de virus con cerca de la mitad de la historia ya escrita, afortunadamente tenía algo de eso en una libreta, así que volví a teclearlo y continué :P… y luego, puf, algo le pasó a mi compu y el archivo se quedó en blanco, igual que mis ojos al darme cuenta -_-, así que otra vez a teclear, más lo que acababa de inventar y que no recordaba, no, no, no, ya casi me daba por vencida u_u. Por otro lado, os juro que no los vuelvo a poner en peligro, sólo por no tener que medio matarlos otra vez… es un martiriooo XD jajaja (Broma :P)

A Chikselene, 97pupi, karina, Akane Maxwell, AkaneKagome1, Cjs, Annita y Randuril n_n Muchas gracias por sus comentarios, y también a aquellas personas que se toman unos minutos para leer, los de alerta y quienes la tienen en favoritos. Les agradezco la paciencia y tengan por seguro que, aunque no pueda ser tan constante como quisiera, aquí andaré hasta que lo termine…n_n

Sé que puede ser algo frustrante esperar, pero muchas veces, no encuentro la forma de escribir lo que quiero, y sólo lo consigo cuando la historia ya está escrita por completo en mi cabeza y casi con ganas de escribirse sola XD.

Nos vemos.

PD: Corrigiendo algunas cosillas :P Ya lo haré con más profundidad cuando tenga oportunidad.