Capítulo 9
Darien tenía la tentación de tratarla como a un cristal muy delicado, de envolverla entre algodones para que nada pudiera dañarla. Al principio, después de la conversación en la cafetería, Serena había estado susceptible y a la defensiva y a él le había costado volver a verla tranquila en su compañía. Además, el deseo por ella seguía atormentándolo todo el rato. También había pensado que ella había perdido el interés por él. Sin embargo, el último día y medio demostró que no era así. Ella seguía deseándolo, pero hacía todo lo posible para disimularlo.
Darien estaba cansado de resistirse a la atracción que lo arrastraba hacia ella. Su interés físico se había convertido en otra cosa. Quería demostrarle, de la forma más sincera que supiera, que ella era muy especial, aunque no pudiera mantener un compromiso a largo plazo. Quizá fuera una locura, pero sólo sabía que la anhelaba.
Serena examinó una cuba con una mezcla de regaliz en la última fábrica de su recorrido. Darien observó sus esbeltas manos mientras comprobaban el peso de la cuba y deseó sentirlas sobre su pecho y su cara.
—Pesa bastante, ¿verdad? Y sólo es una pequeña remesa —el dueño sonrió.
—Vamos a echar una ojeada —le dijo Darien al dueño mientras se ponía en marcha.
Serena sacó el bloc de notas y el lápiz del bolso. La fábrica era un edificio de cemento que tenía un restaurante con grandes ventanales que daban a un riachuelo. Pasaron de la recepción a la parte de la fábrica donde se molía la harina.
—Es un proceso completamente orgánico desde que se planta el trigo hasta que se convierte en harina. Suministramos nuestra harina a tiendas de alimentos naturales de toda Australia. También la utilizamos para nuestro regaliz y para la repostería y otros productos del restaurante —el dueño les mostró un puñado de granos.
Darien asintió con la cabeza y esperó parecer más inteligente de lo que se sentía. Tenía casi todo el cerebro ocupado en percibir cada movimiento que hacía Serena. Ella se acercó para examinar el trigo y sus brazos se rozaron. Darien no pudo contener un leve gemido. Ella lo miró a los ojos y, por una vez, expresó plenamente el deseo que sentía por él.
—No sabía que la harina fuera un ingrediente clave del regaliz.
Serena lo miró con un montón de preguntas reflejado en los ojos. Preguntas sobre ellos, no sobre la fábrica.
Siguieron el recorrido por la fábrica hasta que llegaron a la cocina del enorme restaurante. Serena siguió haciendo preguntas y tomando notas, pero Darien captó que tenía la voz entrecortada porque él estaba bajo el mismo embrujo. Más tarde, mientras él examinaba una cinta transportadora, oyó que mencionaban el nombre de Serena con tono de curiosidad.
—Serena Tsukino… Eres tú. Habría jurado que tu madre había dicho que estabas fuera del país —una mujer salió del grupo que pasaba junto a ellos—. No me dirás que has vuelto a Albury…
—Hola… Lita…
Serena agarró a la mujer del brazo y se la llevó aparte mientras el dueño de la fábrica acaparaba la atención de Darien para explicarle un complicado sistema de almacenamiento. Darien intentó asimilar el método y las cifras. No oyó la conversación de Serena, pero estuvo pendiente de ella hasta que volvió. Observó que tenía una expresión tensa y, sin pensárselo dos veces, le pasó el brazo por los hombros y la estrechó contra su costado.
—¿Te pasa algo?
Él se inclinó para preguntárselo y ella lo miró. Sus bocas estuvieron a punto de rozarse. Darien dejó de pensar y ella también pareció quedarse en blanco y con los ojos fijos en la boca de él. El dueño había seguido su camino y se habían quedado solos un momento. Darien hizo un esfuerzo y la soltó, pero se quedó al lado de ella, incapaz de alejarse unos pasos siquiera. Ese momento de vulnerabilidad de Serena, aunque no se lo hubiera explicado, se sumó a otros muchos que desencadenaron algo dentro de él.
Se le acumularon unos sentimientos que no pudo explicar ni definir, sólo quería que ella volviera a confiar en sí misma. Ante esos sentimientos, él se olvidó de la decisión de ser prudente.
Al final de la visita, Darien se llevó al dueño aparte y dejó a Serena en la tienda de regalos. Se sintió conectado a ella aunque estuviera alejándose. Miró fijamente al dueño de la fábrica.
—Es la última visita que hago y usted es el representante del grupo de fabricantes. Sé que han estado en ascuas y no quiero hacerle esperar más. Estoy satisfecho con las cifras que me ha dado su contable y muy impresionado con todas las fábricas, también con la suya. Recibirá mi oferta por escrito dentro de unos días.
El dueño expresó su alegría y estrechó la mano de Darien. Darien asintió con la cabeza y se retiró para que el otro hombre pudiera ir a contar la noticia. Sin embargo, antes de volver con Serena, se hizo algunas preguntas. ¿Por qué no le había contado que su familia vivía tan cerca? ¿No quería visitarlos mientras estaban allí? Se veían muy poco…
Sacó su móvil. Llamó al servicio de información telefónica y luego hizo otra llamada. Se guardó el teléfono y fue a encontrarse con Serena, que llevaba una bolsa llena de cosas de la tienda. Una vez fuera, Darien llevó a Serena al coche que habían alquilado.
—Ha sido la mejor fábrica de todas —comentó ella con delicadeza, aunque con la respiración entrecortada.
—Le he dicho que vamos a comprarla —Darien la miró, pero una mirada no lo satisfizo—. Todavía quiero hacer el amor contigo, Serena. Si me dieras la más mínima pista de que tú también quieres, lo haríamos ahora mismo.
¿Sabía Darien lo que estaba diciendo? ¿Sabía cuánto la tentaba? Estaba diciéndole que su situación no cambiaba nada, que, aun así, la deseaba. ¡Ella se había equivocado sobre su reacción en la cafetería! Quizá él hubiera necesitado tiempo para adaptarse a lo que sabía. Ella supo que aprovecharía la ocasión mientras pudiera; la ocasión de hacer el amor con él, una sola vez, mientras los dos quisieran, mientras estuvieran en medio del campo. Una situación al margen de todo.
—Entonces, si necesitas una pista, te lo diré. Por favor, haz el amor conmigo.
—Lo haré —aseguró él.
El silencio los envolvió con un manto abrasador mientras se dirigían hacia el hotel, que estaba a unos kilómetros del pueblo. Cuando llegaron, los ojos azules de Serena tenían unos tonos casi añil. A ella le costó abrir la puerta del coche, pero sus palabras fueron firmes.
—Vamos dentro.
Se registraron en un momento. Subieron las escaleras de madera en silencio. Él tenía el pulso desbocado cuando ella llegó a la puerta y la abrió con una mano vacilante. Darien dejó el equipaje para tener las manos libres y volvió a cerrar la puerta.
—Serena… Preciosa y maravillosa Serena —la besó detrás de la oreja y captó el estremecimiento de ella—. Eres una mujer muy especial y quiero demostrarte que lo digo en serio.
La besó un buen rato y muy intensamente. Cuando se separaron, los dos estaban jadeando y temblando. Ella le rodeó el cuello con los brazos.
—Quiero abrazarte todo lo que pueda —le susurró él con la voz entrecortada—. Quiero acariciarte y explorarte hasta conocer todos tus rincones.
Ella gimió y cerró los ojos. Ese momento, con los sonidos del campo de fondo, le pareció irreal. Darien, sin embargo, hizo que se diera cuenta de que era muy real. Serena empezó a desabrocharle los botones de la camisa. Él la miró a los ojos y sintió que los dedos de ella le abrasaban el pecho. Tiró la camisa a un lado y apretó los dientes mientras ella le acariciaba el pecho antes de inclinarse para pasarle los labios por la piel.
—Vas a matarme…
Le pareció normal decirle eso a Serena, como le pareció normal sacarle la camisa de los pantalones vaqueros y quitársela por encima de la cabeza. Las pecas no pasaban de los hombros: Por debajo, ella tenía una piel blanca y delicada. Con un gemido, Darien escondió la cara en el cuello de ella y se lo recorrió con los labios hasta posarlos entre los pechos.
—Te necesito —tuvo que hacer un esfuerzo para decirlo. Le pasó las manos por el pelo y ella le acarició la espalda—. Dame tu boca, por favor.
Fue casi una orden con tono de súplica. Darien se abalanzó sobre ella con el corazón martilleándole en el pecho. Sólo podía pensar en poseerla, en entregarse a ella, en ascender juntos. Ella juntó los labios con los de él con tanta perfección y entrega que Darien se estremeció de pies a cabeza y se le despertó algo muy profundo y punzante. Era la única que podía responder a ese sentimiento. Era la única…
—Vamos a la cama —Serena lo dijo mientras lo miraba con los ojos resplandecientes por sentimientos que no había expresado—. No pensemos; limitémonos a estar juntos.
Darien susurró su nombre y se tumbó en la cama con ella. La abrazó como si sus brazos y todo su cuerpo estuviera hecho sólo para eso, para abrazarla.
Aun así, no se olvidó de las palabras de Serena. Él no estaba pensando, sólo reaccionaba plenamente con sus sentidos. A lo mejor, no debía hacer aquello. A lo mejor, Serena esperaba algo más. Se acordó de que Serena no quería intimidad sin compromiso. Él había empezado todo aquello por unos motivos buenos, pero, con el tiempo, esos motivos no serían suficientes para ella. Serena le acarició la espalda, los hombros y el pecho.
—Abrázame, Darien. Abrázame…
—Claro.
Él se dijo que era lo acertado aunque, por mucho que lo intentó, no pudo pasar por alto esas advertencias en su interior porque no podía participar del compromiso que implicaba. Serena se merecía todo aquello y no otra cosa. Los brazos se le quedaron rígidos al darse cuenta de lo que estaba haciendo, a dónde les llevaría y el daño que causaría. Aflojó los brazos para soltarla.
—Lo siento —dijo Darien con el tono más delicado que pudo—. No debería haber empezado esto. He querido pasar por alto lo que sé de ti, pero es parte de ti —era normal que ella quisiera compromiso si había una relación íntima, pero él no podía dárselo—. Eres así y no vas a cambiar y, desgraciadamente, yo tampoco…
Las palabras se desvanecieron ante el dolor que se reflejaba en los ojos de ella Serena apretó los labios, se apartó de él y se bajó de la cama.
—Nos hemos dejado llevar por el entusiasmo. Sólo era una ilusión —Serena fue a la sala, sacó una chaqueta de la bolsa de viaje y se la puso—. A mí también me habría gustado que las cosas no hubieran llegado tan lejos.
Darien se vistió en silencio.
—No puedo darte todo lo que necesitas, Serena —a él le habría encantado que hubiese sido de otra forma—. No puedo darte ni el compromiso tan profundo ni el tiempo que una persona como tú querría.
Ella era una mujer hecha para amar y para que la amaran. Serena se encogió de hombros.
—Lo entiendo. Ocuparte de mí sería una dedicación excesiva para ti.
Serena lo dijo con un leve temblor que hizo que Darien quisiera darse de cabezazos contra la pared. El dolor y la decepción se reflejaban en los ojos de ella. Solo podía quedarse callado porque no podía tener una relación con Serena. La relación que él tenía con su familia la estropearía, como ya le pasó otra vez.
—Me habría gustado que todo pudiera ser de otra forma.
—Claro, seguro… —Serena levantó la cabeza e irguió la espalda—, pero no es de otra forma. Te agradecería que te marcharas. Quiero estar sola.
Darien agarró su bolsa de viaje y salió de la habitación.
