Esta particular aventura en la que me embarqué intentando buscar un nuevo camino en la relación Booth/Brennan ha llegado a su fin.
Sólo puedo agradeceros vuestros comentarios, vuestras alertas de historia o autor favoritos, vuestra fidelidad a este fanfic, con el que sólo he pretendido provocar buenos momentos. Y espero que la última parte no defraude a nadie y os deje con un buen sabor de boca.
Gracias otra vez y hasta la próxima historia…
Los trozos de una existencia
Parte Diez.
-Hola Angela.
-¡Booth! ¡Cuánto tiempo sin verte! –su sonrisa iluminó toda su cara mientras abrazaba a su cuasi amigo, e incluso alegró al propio Booth, que añoraba esas espontáneas declaraciones de felicidad. Pero Angela lo separó rápidamente de sí con una expresión de preocupación en el rostro- ¿Estás bien?
-Claro, ¿por qué me lo preguntas?
Le pareció un poco fingido hacer esa pregunta. Las señales de su ruptura sentimental eran evidentes tanto física como psicológicamente. Todavía tenía problemas para dormir, lo cual era más que evidente en su rostro, y retomar su vida después de la marcha de Hannah estaba siendo como despertar del coma en el que estuvo sumido tras su operación. Solo que ahora lo recordaba todo, absolutamente todo. Y las marcas internas no se veían, pero todavía le dolían mucho. Más de lo que incluso quería reconocer.
-Brennan me contó lo de Hannah –dijo Angela, y los ojos de Booth se empañaron con un nublado figurativo-, y Hodgins ha intentado localizarte por teléfono sin éxito ninguno durante las últimas semanas. ¿Dónde te has metido?
-Bueno –contestó Booth evasivamente-, por ahí. Digamos que me he tomado un tiempo sabático.
-Lo siento mucho, Booth –Angela tomó el brazo del agente cariñosamente y él notó la suave presión de sus dedos a través de su chaqueta-. Sé cuánto llego a significar Hannah para ti. ¿Es definitivo?
-¿Su marcha? –Angela asintió- Supongo que sí. Hace ya bastante que se fue y no he vuelto a saber nada de ella. Pero no te preocupes por mí. Lo superaré. ¿Qué tal con Perotta durante mi ausencia?
-Bien, no ha habido demasiado trabajo con el FBI, pero ya la conocemos y eso hace que las cosas sean más fáciles. Incluso Brennan ha salido con ella en alguna ocasión para inspeccionar restos.
-Me alegro. ¿Está ella por aquí?
-Sí. Como apenas hay trabajo en el laboratorio, está en el Limbo. Estoy segura de que la encontrarás allí, metida entre sus huesos anónimos.
-Yo también me alegro de volver a verte, Angela –Booth la abrazó esta vez y ella incluso se extrañó del gesto, pero no dijo nada, aunque una media sonrisa asomó a sus labios al verle alejarse en busca de la antropóloga.
-¡Booth!
El se volvió ante la llamada casi imperiosa de Angela. Ella sonrió ampliamente, tranquilizándole.
-Seguro que te está esperando. No te entretengas por los despachos –dijo, conteniendo las ganas de empujarle con sus propias manos hacia el lugar.
Booth sonrió sinceramente.
-No lo haré. Nada impedirá que llegue al Limbo, y esta vez no escapará.
Brennan se dio cuenta rápidamente de que alguien había abierto la puerta del Limbo, pero no se molestó ni en levantar la cabeza de los huesos que estaba examinando. Era la tercera vez que alguien entraba sin llamar, y su capacidad de concentración mermaba cada vez que se interrumpía su trabajo. Así que su mal humor se puso de manifiesto sin darse cuenta apenas.
-¿Es que no voy a poder llevar a cabo esta tarea sin que haya interrupciones continuas por parte de personas que ni siquiera se dignan a llamar a la puerta?
-Lo siento, Huesos. No quería molestarte.
Ella se incorporó rápidamente sorprendida.
-Booth, ¿qué haces aquí?
El se aproximó tímidamente a la mesa de trabajo. Una gran luz blanca iluminaba todo el cuerpo de la doctora, haciendo que su bata azul de laboratorio resaltara en medio de cientos de cajas transparentes que tapizaban las paredes del habitáculo. Booth se preguntó por enésima vez, como había hecho en el camino hasta el Limbo, si era el mejor lugar… pero desechó la pregunta por temor a que la respuesta fuera negativa.
-Angela me dijo que estabas aquí, y tenía que hablar contigo.
-Me has tenido muy preocupada. ¿Dónde te has metido todo este tiempo? Espero que se haya terminado tu período de descanso, porque si tengo que seguir trabajando con Perotta no sé lo que voy a hacer…
-No te preocupes. Ya estoy reincorporado a mi puesto. Y gracias por preocuparte por mí.
Ella se quitó los guantes de látex sin mirarle y los tiró a una papelera.
-Me he preocupado mucho durante las últimas semanas, y lo habrías sabido si tuvieras conectado tu teléfono. Aunque no es un reproche, pero no habría estado de más si nos hubieras dejado saber de ti en este tiempo.
-Lo siento –dijo él de nuevo mirando las estanterías llenas de huesos que le rodeaban-, pero necesitaba alejarme de todo…
-¿Incluso de mí?
-Sobre todo de ti –contestó Booth.
Ahora sí que le miraba directamente, y dolida además, porque aunque se alegraba enormemente de que estuviera aparentemente bien, sabía que Booth sólo dejaría su trabajo y sus amigos por causas muy importantes. Y aunque al principio le había molestado sobremanera, después se dio cuenta de que la marcha de Hannah debió dejar una huella muy profunda en su compañero. Y eran compañeros. Tenía que respetarlo aunque le costara.
Brennan se dispuso a salir del Limbo.
-Será mejor que vayamos a mi despacho y hablemos.
-No –dijo él tomando su brazo y parando en seco la marcha de Brennan-. Hablaremos aquí. Si demoro un minuto más lo que tengo que decirte, sé que no lo haré nunca. No tendré el valor de hacerlo.
Brennan se sintió de repente preocupada. Booth parecía agitado en su interior, aunque en la fachada mantuviera una calma aparente, una seguridad forzada por el apremio surgía por todo él.
Y de repente ella sintió frío ante lo que podría decirle. Porque si era sobre Hannah, sobre una posible reconciliación, sobre un amor refozado que surge de una hecatombe, no sabía si podría mantener la compostura.
-Como quieras. Hablemos.
Sin saber rezar rogó, pidió, que no fuera por Hannah. Si tenía que soportar oir hablar de Hannah una sola vez más, juraba pedir el cese en el Jeffersonian y marcharse a Groenlandia a buscar tumbas en el hielo. Cualquier cosa mejor que sufrir de nuevo de aquella manera.
-Cuando Hannah se marchó me hundí en un pozo del que no veía el fondo. Pensé que la única manera de superarlo era llegar a ese fondo, tocarlo y luego remontar, si es que era posible. Hubo momentos en los que pensé que no podría superarlo, porque muchas cosas habían dejado de tener sentido para mí, pero volví. Eso es lo que he estado haciendo durante todo este tiempo.
Brennan escuchaba sin decir nada, sólo sentía la boca seca porque sentía que algo importante se aproximaba, pero carecía del instinto del agente para anticiparse con la suficiente velocidad, y sólo podía intentar que lo que llegara no la pillara demasiado desprevenida. Booth podía ser impredecible en algunas ocasiones.
El se acercó más a ella, hasta que quedaron juntos al pie de la mesa.
-Siento todo lo que te dije la última vez que nos vimos. No pensaba realmente ninguna de las cosas que dije, sólo me dejaba llevar por la ira y el despecho. No me daba cuenta entonces que la única persona que podía ayudarme en ese momento era yo mismo… pero siempre contigo a mi lado. De no ser por ti me habría quedado cómodamente en el fondo de ese pozo, bebiendo, jugando y dejándome llevar simplemente por el tiempo, sin pensar en nada ni en nadie. Pero tu recuerdo me anclaba a la realidad.
Ella le miró con dolor. Recordaba perfectamente todos y cada uno de los minutos, de los instantes que Booth pasó en su casa aquella noche, la última que le había visto antes de su autoimpuesta ausencia. El que le hubiera dicho que no tenía ni idea de amar, que no sabría reconocer a quien la amara y que nunca sentiría el dolor de una ruptura como lo sentía él, todas esas afirmaciones se le habían grabado a fuego desde entonces, y se había preguntado muchas veces si no serían verdad. Pero cuando recordaba también el intenso dolor que le había provocado la vuelta de Booth de Afganistán con Hannah en su teléfono y en su corazón, se decía que no. Que le habría gustado ser una piedra y no sentir nada, pero que era imposible. Porque él lo había hecho imposible.
Gracias a Booth se había convertido en otra persona distinta, aunque apenas nadie lo notara gracias a su impecable fachada de indiferencia. El había sido el origen de la transformación día a día, mes a mes, año tras año, aunque nunca hubiera sido consciente de ello. Y aunque ella no se lo hubiera dicho nunca, por miedo o quién sabe por qué.
-No sé si entiendo muy bien lo que quieres decirme, Booth...
Era verdad que no lo entendía, a pesar de su mente privilegiada, pero también era cierto que no sabía si quería entenderlo, si se atrevería a enfrentarse a ello esta vez, una vez más…
-Pues yo lo veo muy claro –contestó él-, aunque como siempre, tendré que decírtelo de todas las maneras posibles y muy claramente para que no haya ninguna duda.
Se acercó tímidamente a ella y cogió una de sus manos. Luego, sin dejar de mirarla, la puso encima de su corazón.
-Escucha mi corazón. Sé que para ti no es más que un músculo que se mueve sin que tengamos conciencia de ello ni nos lo propongamos, y precisamente por eso sabrás que yo no soy quien provoca ese movimiento tan rápido que sientes bajo tus dedos. Eres tú la culpable. Solamente tú.
Brennan abrió la boca para intentar decir algo, pero él la silenció con un beso. Repentino, cálido, que hizo que su corazón se desbocara exactamente igual que el que tenía bajo su mano.
-Te quiero -dijo Booth cuando se separó sólo un poco y posó su frente sobre la suya-. Ya sé que piensas que merezco alguien mejor y que no eres la persona con la que debo pasar el resto de mi vida, pero te quiero y sé que sólo contigo encontraré la felicidad plena. Y no me voy a dar por vencido si ahora mismo no respondes a mi amor, porque estoy dispuesto a repetírtelo todos los días hasta que te des por vencida, y ahora estamos solos, pero pienso decirlo en público, en el desayuno, delante de tus huesos, en la escena de un crimen... en todas partes. No podrás hacer nada al respecto y la presión podrá contigo, y acabarás conmigo harta de que te acose en todos los lugares posibles…-Booth se separó del todo y la miró con el ceño fruncido-, ¿por qué te ríes ahora?
Brennan estaba intentando no sonreirse, pero su esfuerzo era en vano. Sólo pensar en la solución desesperada de Booth si no conseguía la respuesta que esperaba le producía una diversión infantil, insólita, nueva para ella. Un agente del FBI persiguiendo a una antropóloga del Jeffersonian, de conocida reputación, por los pasillos del laboratorio o declarando su amor frente a unos restos putrefactos… Porque aunque era lo más increíble que un hombre podría llegar a hacer por ella, también era lo más gracioso.
-No puedo creerlo -Booth estaba exasperado-. ¡¿Te estás riendo de mis sentimientos? ¡No tiene nada de gracioso!
-¡Vamos Booth! Lo que estás dispuesto a hacer es…, bueno, es sólo que...- Brennan recuperó la relativa seriedad que merecía el asunto- es lo más bonito que un hombre me ha dicho...
-Bueno -concedió Booth volviendo a salvar el escaso espacio que les separaba-, Sully te iba a llevar en barco al Caribe, y eso es mucho excitante que perseguirte hasta que pierdas la paciencia conmigo...
-No -Brennan fue ahora quien acalló sus palabras con otro beso, esta vez mucho más profundo, de tal forma que él sintió tocar el cielo cuando sus labios se fundieron, y creyó estar en el infierno cuando ella se separó-, no hables de nadie ahora. No existe nadie más que tú y yo. No podemos permitir que personas que pasaron por nuestra vida se interpongan de nuevo entre nosotros. No ahora que estoy segura de lo que quiero, y además sé que tengo posibilidades reales de conseguirlo. Este es el punto de partida. Lo demás queda atrás, ¿de acuerdo?
Booth no podía dejar de abrazarla con todo su cuerpo, envolviéndola con sus brazos, intentando evitar que ella sucumbiera de nuevo a la tentación de retirarse de la contienda, de abandonar la batalla por sus sentimientos. No le daría ni oportunidad ni tregua. Porque podía concederle todo menos la elección de irse o quedarse. Se acabó huir hacia ninguna parte.
-Te he odiado muchas veces por lo que me hiciste aquella noche -confesó Booth.
-He llorado muchas veces después de verte con Hannah -concedió también Brennan.
-Parece que ambos hemos cometido muchos pecados...
-No conseguirás que me disculpe ante tu Dios...como mucho lo haré contigo y aún así tengo ciertos reparos...
El rió con ganas.
-Eres tremenda, Huesos, pero adorable. Agnóstica hasta en momentos como éste, escéptica hasta tu último suspiro...
-Me gusta cuando hablas, pero deja de hacerlo por una vez... -Brennan comenzó a tirar de sus solapas hasta que sus pechos estuvieron prácticamente pegados, y luego bajó sus manos hacia sus caderas mientras se mordía provocativamente los labios...
-¡Huesos! - dijo él casi escandalizado- ¡No pensarás que aquí, en este sitio...!
-Vamos, no seas mojigato -contestó ella con lascivia mientras sus manos se acercaban a terreno peligroso-, ya sé que hablar de sexo te pone nervioso, pero tú sabes que yo soy muy apasionada y desinhibida a la hora de hacer el amor...
Booth no tuvo más remedio que sonreír con picardía mientras sentía un estremecimiento de placer. Huesos tenía una gran facilidad para hacer de él el hombre más feliz de la tierra. Y se lo diría cada día de los próximos treinta, cuarenta o cincuenta años...
-¿Por qué no? -concedió finalmente-. Tengo ganas de hacer locuras contigo…
Y la puerta del Limbo se cerró con un significativo sonido de vuelta de llave...
EPILOGO
A veces todas las partes de nuestra existencia quieren ser la más importante. Y luchan por ello, encarnizadamente, y provocan revuelos en todo nuestro ser y nuestra vida. Nuestra vida se vuelve del revés y las piezas que conforman el puzzle vital se hallan desperdigadas y sin sentido alguno.
Pero tras esa pugna violenta que descuadra todo nuestro ser y nuestras circunstancias durante un tiempo, todo acaba ocupando su lugar justo, su espacio único, ese que hace que todo se mantenga en el precario equilibrio que rige toda existencia humana. Y cuando las piezas del puzzle casan por fin, todo tiene sentido y descubrimos de nuevo quiénes somos y a dónde queremos ir.
Temperance Brennan había conseguido, por fin, que todos los sectores que constituían su vida, el mapa de su existencia en forma de gráfico, encajaran perfectamente, tomaran su lugar correcto, convivieran en armonía.
Las dos mitades en las que se había partido por fin habían unido, sin fisuras ni resquicios. Booth las había reconciliado, había obrado lo que en su mentalidad cristiana llamaría milagro.
Ya no necesitaba ayuda. Se sentía plena. Era feliz.
