Año diez.
El décimo año con Furuya, Furuya está ahí. También está Raichi, pero eso lo nota mucho después.
Los primeros días en el nuevo equipo tiene que soportar las burlas debido a su intento de entrevista y se encierra en el bullpen todo el tiempo de práctica para acostumbrarse a (sacar del cofre del recuerdo) las costumbres del ace, no se queja para nada. Lo difícil es desempolvar las palabras amables y todas esas máscaras de cortesía: con Mei las señas eran vulgares y burdas, las palabras, garabatos.
Tiene que volver a ser persona. Él también también debe estar en aprietos con su nuevo cátcher, la idea lo reconforta.
—Es como conocernos otra vez—dice muerto de nervios mientras se pone las protecciones, con la urgencia de llenar el silencio entre ambos de alguna manera.
—No creo que hayas cambiado tanto, ¿todavía prefieres las cosas dulces sobre las saladas?—Miyuki está en problemas, no sabe si prestarle atención a los brazos de Furuya mientras los estira antes de lanzar, o al hecho de que no recuerda haberle dicho nunca que prefería los dulces.
—Sí—responde mientras de agacha entre sus rodillas, poniendo el guante frente a la mirada determinada de Furuya. No dice nada, pero sabe que va a lanzar con todo lo que tiene. Cuando la pelota cae en su guante como si perteneciera a él, siente una vibración que recorre todo su cuerpo y no puede evitar soltar una risa de felicidad genuina—¡Lanzas más rápido!—quiere llorar por lo bien (y lo vivo) que se siente, pero ya gritó, y no quiere tener razones de sobra para sentirse humillado más tarde; en el silencio de su casa, lejos de esa mirada penetrante. Le devuelve la bola rápidamente y abre los brazos tanto como puede, es un gesto (bastante) desesperado y vergonzoso, ahora que lo medita (¿por qué es tan consciente cuando se trata de Furuya?)—Lanza lo que quieras, yo atraparé cualquier cosa que se te ocurra—está hablando mucho para lo poco que el pitcher parece reaccionar, pero esa interacción sabe a hogar, a transpiración aguerrida de la juventud; se siente temblar de emoción.
Puede lanzar más rápido y tiene otros tipos de lanzamientos, Miyuki está teniendo un buen momento recreando juegos y posibilidades en su mente mientras se saca la ropa en el camarín; la mayoría se ha ido hace bastante tiempo y el aire nocturno le deja una sensación nostálgica en la piel desnuda de la espalda.
—Estoy feliz—no le sorprende oír su voz, son probablemente los únicos en el lugar, aparte de los guardias que deben estar llegando al turno nocturno.
—Yo también—y luego, demasiado luego, agrega—ya era hora que mejoraras tu estamina.
Ignorando sus palabras, continúa—Estaba perdiendo la esperanza de que volviéramos a jugar juntos—en el pasado, cuando Furuya decía muchas palabras significaba transpiración, nervios y confusión, un poco de miedo. Ahora, tras muchos años escuchando esa voz en cada rincón de su mente, solo podía desear que siguiera hablando y así tener más recuerdos para cuando sus caminos volvieran a separarse.
Diez años con Furuya dando vueltas en su cabeza, asechándolo hasta convertirse en una parte de él.
—De tu universidad no vinieron a reclutarme, traté de entrar mediante los exámenes pero no me aceptaron. Siento no haber cumplido esa promesa.
Los pulmones se le iba a salir por la garganta. Agradeció que se estuvieran cambiando a oscuras, porque estaba seguro que su cara decía más de lo que quería en ese momento: cuerpo agarrotado y rostro caliente, pupilas dilatadas y su pecho agitado se contradecían con el infinito alivio que sacudió su mente. Se liberó de mil torturas personales, como cuando pensaba en esas horas que pasó buscando "Furuya Satoru" en las facultades de su universidad sin obtener respuesta.
—No es que te importe, claro—Furuya seguía hablando.
—Sí me importa—su voz se mantenía calma a pesar del desastre que tenían las palabras de Furuya en su cuerpo—me importa mucho, creí que me…odiabas o algo así.
Se sentía bien ser sincero.
Decidió saltar al acantilado: las comisuras de su boca temblaban mientras caminaba hasta Furuya y tomaba su mano, trazó letras de disculpas en su brazo y esperó pacientemente a que él cerrara la distancia entre ellos. Le mantuvo la mirada en la oscuridad.
Obviamente, parece que esto de la sinceridad y la paciencia no le resultaba a Miyuki; el chico que tenía frente a él había crecido y cambiado, tosió incómodo y se soltó de su agarre con facilidad.
—No lo malinterpretes, eres muy buen cátcher, de los mejores; pero no me arrepiento de haber pasado esos años en el mismo equipo que Haruichi.
—Oh.
Fue como romper un hechizo, una burbuja; lo que fuera, era frágil y no duró mucho. Lo agradeció, no hubiera sido bueno acostumbrarse a sentirse tan bien.
—¿Siguen juntos?
—Sí, él es…genial.—casi sintió su sonrisa: llenó de sal cada una de las heridas de Miyuki, las del pasado y las del presente.
—Te ves bien—concordó. Se alejó para prender las luces, se miró y su cuerpo se veía patérico; con la transpiración seca y bronceado irregular, lleno de moretones.—Voy a ducharme—avisó—Ninguna mirada de más, ¿vale?, o le diré a tu cuñado.—le guiñó un ojo y sonrió burlón. Se metió rápidamente bajo el chorro de agua para luego quedarse ahí parado un buen rato, dejando que el tiempo, la vergüenza y la pena pasaran de largo. Sintió que Furuya se bañaba a su lado, que salía, que le decía buenas noches y le deseaba un viaje sin novedad.
Se fue caminando a casa porque a esa hora ya no pasaba el tren; se le rompieron las zapatillas, tenía hambre, quería morir.
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—Entonces, ¿es el fin de tu obsesión?—Kuramochi omitió el "por fin" al final de la frase por pura lástima, le llenó el baso con agua (nada de alcohol cuando te invaden pensamientos suicidas).
—Sí, por qué no.
—Mira, al pequeño Haruichi yo lo adoro, pero quiero que sepas que si decides jugarte la vida y meterte entre esos dos…Yo estoy de tu parte—Miyuki no pudo evitar reír—¿Qué?, de todas formas a Ryou no le gusta su relación.
—Lo dices más por él que por mí
—Cállate
Y se callan, comen y ven televisión, es una tarde tranquila.
A pesar de lo dicho, Miyuki no puede sacarse todos esos años con Furuya del cuerpo ni la cabeza, menos estando a escasos metros de él. Le gusta, pero no hace nada al respecto, es un punto muerto que intenta aprender a disfrutar.
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No se siente capaz de conocer a otra gente, se sabe insoportable y Mei ya no está con ánimos de noches autodestructivas. Sale un par de veces con él e Itsuki: un chico respetuoso que le cierra la boca a Mei con palabras y besos dulces, está feliz por ellos.
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Se mantiene ocupado con el béisbol, siempre el béisbol, pero esta vez no se fractura ni se excede porque Furuya suele pedirle que se detenga antes de hacer estupideces.
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El noveno año con Furuya, Furuya está ahí. Cerca pero lejos, sus miradas y palabras duelen un poco, pero lo soporta porque parece ser feliz (sin él). Miyuki piensa que pueden ser amigos y la idea le gusta (es un buen premio de consuelo).
