Capítulo 9: De plata.
Me preguntaba, siempre que tenía cara larga, si Isshin me había hecho daño o algún comentario molesto. Se volvía a dar cuenta, como antes, cuándo me sentía bien y cuándo aparentaba que todo estaba bien. Tenía una especie de detector. Y hasta no llegar al fondo del asunto, insistía, cual niño caprichoso que aún seguía siendo, y preguntaba.
Cuando caía en estos razonamientos me daba cuenta que ninguno de los dos habíamos cambiado. Que yo también seguía siendo igual que antes. Solamente nos habíamos reconciliado. Y más que eso. Sino hubiese sido imposible admitirle que algo estaba pasando entre el padre de su novio y yo.
Sonrió mucho cuando lo admití. Y hasta saltó en mis brazos como si estuviese felicitándome.
- Le conviene que te haga feliz- me dijo.
- Te conviene que no le digas nada a tu novio- le advertí.
Asintió sin quejas esa vez. Tanto él, como Isshin, y yo sabíamos las consecuencias de tal noticia para el joven muchacho. No le pediría a Isshin que me deje, ni nada por el estilo. Pero estaría varias noches a la intemperie, caminando, hablando (si es que lo hacía, porque no dejaba de ser un bruto) con su espada, y con un signo de preguntas enorme sobre su cabeza. Un signo de pregunta forrado con fotografías de su madre. Porque ese era el fondo del asunto. Se preguntaría, como un niño (sin dudas mi hijo y él tiene un parecido enorme) "¿y mi mamá?". ¿Qué había sucedido con Masaki, que yo estaba ocupando, en un leve porcentaje, su lugar?
Uryû, al igual que la vez que le había confesado, a causa de su insistencia también, que yo aún estaba enamorado del gordo imbécil, preguntó por su mamá. Sin dudas, con un grado inferior de infantilidad. Simplemente, quizás, para cerciorarse de que ella no había sido un títere mío los pocos años que estuvimos juntos.
Acomodé las cortinas del estudio de mi casa con todos los pensamientos aún frescos. Qué difícil. Estaba condenado al peor camino. La tregua había sido los pocos años vividos al lado de mi esposa, años que a pesar de estar terminando mi carrera y empezando a trabajar, a pesar de su enfermedad y la poca experiencia, habían sido de paz, mucha tranquilidad, y cariño aún creo que no me es merecido. El resto habían sido, y aún eran, la elección del camino más rocoso. Más árido, más frío. Ponerme en el lugar del hijo de Isshin me daba escalofríos y la fuerza suficiente para intentar alejarme de lo que le estaba robando, día a día, al lado de su padre, pretendiendo llenar el hueco de su madre en el corazón de una familia prácticamente parchada luego de su muerte.
Prendí un cigarrillo, y dejando a penas una rendija para ventilar con un helado viento el aire del cuarto, escuché que la puerta principal se abría. Cuanto más intentaba volver a mis razonamientos, más fuertes eran los gritos de Uryû. Sin dudas era Ichigo.
- ¡No seas angurriento, Ichigo, no!- chillaba- ¡Espera a que prepare el té al menos!
- ¡Pero están para comerlos! ¿o no? ¡AH, YA SÉ- tuve ganas de quitarle las cuerdas vocales a ambos-, ¡TIENES OTRO, SALLY!
- ¡OH, NO, ME HAS DESCUBIERTO, ENRIQUE!- gritaba Uryû, empezando a correr por toda la casa. En ese momento deseé que mi casa tuviera pisos de alfombra y no de madera.
¿Sally, Enrique?
- John y Josh- pensé en voz alta- A lo mejor estaban obligados a que la historia se repitiese. Pero Uryû jamás dejaría que se llevasen a Ichigo. Sí… jamás lo dejaría. "Primero sobre mi tumba, primero sobre mi orgullo Quincy", diría. Sí… eso diría… y sin importarle nada haría su mejor esfuerzo por retenerlo. Aunque… no, no, la historia no va repetirse- me corregí- Uryû tuvo el coraje de decirle la verdad a tiempo. Claro, RYUKEN, no como otros- dejé caer la ceniza del consumido cigarrillo por la ventana- Cobarde… estúpido cuatro ojos, médico de cuarta, mal padre. Hurtador de madres. Resentido- y agregué, con asco:- Histérico…
- En eso sí estoy de acuerdo.
La voz de Isshin me sobresaltó tanto que dejé caer el cigarrillo por la ventana. ¿Cómo había entrado, cuándo? ¿Tanto había bajado mi nivel, cómo había hecho para que yo no lo notase, si siempre vivía pensando y detectando reiatsu?
- Quizás estás demasiado concentrado en insultarte- respondió como si la pregunta la hubiese hecho en voz alta. Se acercó para abrazarme y cerrar la ventana- Hace frío, ¿estás loco que dejas la ventana abierta?
- Era para ventilar la habitación… sino me empieza a doler la cabeza- respondí casi automáticamente. No entendía nada.
Escuché como Ichigo y Uryû salían de la casa. Seguramente a hacer compras, como siempre que él venía a visitar a mi hijo, que aprovechaba su compañía para hacerlas y preguntarle cuál lana era la más linda para su próxima bufanda, sweater o chaleco a regalarle.
Volví mis ojos a Isshin, que vivaces y divertidos me miraban. Tenía azúcar impalpable pegada en la punta de la nariz. Se veía adorable. Sonreí con satisfacción, y lo besé en el lugar, cerrando mis ojos. Era delicioso.
- Menos mal que no estoy resfriado- dijo.
Y al carajo con todo el romanticismo. ¡Tiremos a Shakespeare por la ventana junto con todas sus tragedias y sonetos, sí, bravo Isshin!
- ¿Por qué te gusta tanto arruinar lindos momentos?- pregunté, frustrado.
- No sé- respondió entre risas-, es tan divertido.
- Divertidísimo.
- ¿Te acuerdas cuando vino Shuto, todo contento, a decirnos que había aprobado el final y yo le dije que gracias a la novia que además de ser la esclava, se la pasaba haciéndole los resúmenes?- me preguntó, entrecortado por las risas.
- Sí, me acuerdo. Se quedó mirándote con todos los deseos de tirarte a las vías del tren unas cinco veces.
- Se lo merecía…- recordó sin soltar la sonrisa.
Nos quedamos callados un rato. Yo inmerso en su pecho que subía y bajaba, y en el pasado, igual que él. Cada tanto reía. Curiosamente yo también. Quizás no por el mismo recuerdo, sino por el mismo tiempo. La misma época. Me alzó y sentándome en mi propia silla, se agachó frente a mí, con los ojos muy abiertos. Me besó de una manera extraña. Había algo distinto en su forma de acariciarme la nuca, de compartir sus labios y el roce de su piel cada vez que mimaba mis mejillas. Algo había cambiado, algo que me aumentaba mi debilidad, mi dependencia, mi alivio y ganas de detener el tiempo.
Que no lo arruine, que no lo arruine, pensé, lloraría caprichoso para volver a esto… ¿qué me pasa? Ryuken, algo no está bien. No, no llores. … Es felicidad. Sí, sí, es felicidad. Nada grave.
- ¿Ya estás llorando?- preguntó sin quitar su sonrisa- Y eso que aún no empecé.
Gordo pervertido.
- Vamos, no llores, eso viene después…- pidió, suplicante, besando mis dedos, incitándome a estirar las mejillas, contagiado por su felicidad- Bonito.
- Gordo.
- Histérico.
- Barbudo.
- Llorón.
Levanté mi puño. Pero solo fui capaz de acariciarle las orejas y chocar las frentes. Qué oscuros eran sus ojos. Qué brillosos y profundos. Decían mucho. Mucho más que los míos. "Siempre apagados" había dicho unos años atrás, dentro de las paredes de nuestra pensión, dentro de las sábanas de su cama, mientras me calmaba en sus brazos de algún tormento que bien no recuerdo.
- Ryuken.
- ¿Mh?
- ¿Te gusta la plata, no?- preguntó, ahora acariciando él mis orejas y acomodando mi pelo.
- ¿La plata?- repetí- ¿el dinero? Bueno… es buena pregunta. No me gusta en sí tener cantidades exuberantes de dinero. Pero sí el suficiente para sentirme cómodo. Odio no sentirme confortable, es-
- No, no… me malentiendes- me interrumpió- si te gusta la plata, el metal.
- Ah… mhh… sí. No le pregunto mucha atención a las joyas. A mi mujer le gustaban esas tonterías. Los aros más que nada. Yo le regalaba siempre de plata, le quedaba bien con el morocho de su pelo. Y de todos los tamaños. Grandes, pequeños. Medianos… recuerdo que una vez perdió sus favoritos porque Uryû sin querer se los arrancó de un tirón en la bañera. Lloró mucho por ellos. Y nunca logré encontrar otro par que le gustase tanto como ese…
- Vaya…
- ¿Por qué preguntas?
- Porque combina con tu pelo- respondió tomando mechas y haciéndolas resbalar entre sus dedos.
Creí no haber respondido a su pregunta, porque la duda seguía estando en los rasgos de su rostro, curioso y concentrado. Se veía muy tierno.
Repentinamente, y aún embobado por su encanto, me abrazó con firmeza, casi desesperación, y secándome los rastros de las lágrimas que había caído hacía instantes, me hizo resbalar de mi silla. Caí sobre sus arrodilladas piernas. Mejor dicho, me dejé caer. Era hermoso sentirse tan querido. Tan amado, sin siquiera reclamarlo.
Había salido de su propio instinto. Me había abrazado sin que yo se lo pidiese directa o indirectamente. Volvieron saladas y grandes las lágrimas a nublar mi vista. Sigue siendo felicidad.
- Te adoro.
- Isshin…- murmuré. Me escuché con asco. Parecía Rita.
- Mi Ryuken- volvió a besarme del mismo modo. Había una pizca de desesperación.
¿Era desesperación?
¿Qué era?
- ¿Qué pasa, Isshin?- pregunté, el ínfimo instante en que me dejó tomar un poco de aire.
- … ¿por?
- Estás tan extraño- susurré.
Todo era en voz baja. Quizás porque sentíamos así menos culpabilidad, más intimidad. Que nadie nos podía ver. Que ese espacio era nuestro, en lugar y tiempo.
- Te extrañé.
- Siempre me dices lo mismo- recordé.
- Sí… es que eres tan propio de extrañar- me dijo, dejando un beso entre mis cejas-, anoche tenía ganas de quedarme contigo.
- Yo también tenía ganas de que te quedaras.
- Parecemos-
- Universitarios- terminé interrumpiéndolo.
- Sí.
Rozaba la yema de sus dedos, las palmas de sus manos en mi espalda, dentro de mi camisa celeste. Casi me daban cosquillas de lo suaves que eran. Reí, en cambio, cuando una mano se volvió a mis piernas. Era mi punto débil. Nada me causaba más cosquilla que las caricias en los muslos. Aún con el pantalón puesto era sensible al contacto. Contagié mi risa, y la suya se volvió agridulce.
No es desesperación. Es tristeza.
- ¿Sólo me extrañas?- pregunté, aún en voz baja- ¿es sólo eso?
- Sí...
- Isshin.
- Bueno, no- se contradijo-, simplemente estoy un poco, ¿cómo decirlo?
- ¿Triste?
- No, no es triste- buscó, con sus ojos clavados en mi pecho, la respuesta- ¿nostalgia, quizás?
- Odio la nostalgia- confesé. Me sentí, por alguna extraña razón, no tan débil. Algo estaba nivelándonos.
- Yo también la odio. Nunca me acostumbré a ella.
Hundí mis labios en su cuello. Seguramente, por más que se tratase de Isshin Kurosaki, sentía una leve contorsión. Una pequeña molesta. Algún sollozo ahogado.
A mí siempre me habían aliviado sus mimos en el cuello cada vez que lloraba en su presencia, de modo que creí que iba a ser igual. Y no me equivoqué. Tenía los ojos levemente húmedos cuando lo pude ver antes de cerrar los míos y besarlo una vez más.
Tomó mis manos, y cuando las miré estaban llenas. Había, entre mis palmas, lo que parecía una caja de bombones. Justo había sentido antojo de ellos, así que antes de abrirla le sonreí con picardía, y besé su mentón. La abrí esperando la imagen de un delicioso bombón de chocolate almendrado. Pero tan reluciente, brillante y espejado, un par de anillos de plata se hundían en una acolchonada almohadilla de terciopelo rojo.
Tenía mis manos apoyadas sobre mis piernas. Y mis piernas apoyadas en las de Isshin. Si él no estaba, seguramente como arena, me iba a deshacer en el viento. Me sentí absolutamente anonado. No tenía nada para hacer, decir o pensar.
Estaban, frente a mí, esos dos anillos de plata que había deseado, precisamente, hacía diecinueve años atrás. Hubiese dicho que eran los mismos, si el grabando no rezaba su nombre y el mío.
- ¿Son… s-son a-anillos de…?- balbuceé con la voz apagada.
- Quizás no pueda casarme contigo nunca- susurró-, no hasta que no sea legal… pero, ¿quién nos va a prohibir comprometernos?
- Isshin…
- No, en serio te digo- decía entusiasmado. Ambos mirábamos el brillo de los dos anillos, que reflejaban el sol del atardecer apaciguado por las cortinas.
- Estás completamente loco.
- Estaría loco si dejo pasar los años del almanaque pensando que nunca voy a poder estar contigo en paz.
- ¿Qué?
- Sí, le voy a decir a Ichigo- afirmó- Hace casi un año que estamos juntos. Es injusto que siga escondiéndome de él y las chicas. Ellas quizás aún son muy chicas. Pero él lo entenderá. Le va a costar. Pero quizás lo ayude a despegarse un poco de ese sufrimiento tan incansable que es para él la muerte de Masaki.
- Pero…
- Y piensa en Uryû. Él sabe prácticamente desde que estamos juntos. Debe ser difícil tener ese secreto guardado. Es casi como mentirle. Uryû es muy leal, muy fiel. Seguro es una carga para él también.
- Sí, tienes razón.
- Además… hace noches que lo vengo pensando.
- ¿No es muy temprano?
- No, es muy tarde- aseguró- ¿quieres o no comprometerte? Por más que no lleguemos a casarnos.
- Claro… ¡claro que quiero, idiota!- me tiré sobre él sin lograr derribarlo en el suelo. Sólo se escuchó la cajita resbalándose por mi pierna y cayendo sobre el suelo de madera.
- Dame esa manito.
Quizás iba a morirme deshidratado. Un calor intenso acompañaba un montón de lágrimas, semejantes de chaparrones, que caían una detrás de la otra, sin cesar. Era felicidad. Sin dudas lo era. Y era paz ese calor inmenso que sentí hundirme cuando besé sus labios luego de resbalar el anillo en su firme y grande mano. Fue ella quien volvió a mimarme, a enjuagarme los ojos, junto con las mejillas de Isshin que no paraban de hacerme cosquillas con su barba.
Comprobé que la sala de estudio tampoco estaba tan mal para hacer el amor. Que seguía siendo extraña, al menos esa vez, su forma de hacerlo. Que de alguna manera habíamos hecho equivalencias.
Pero sólo esa noche.
El resto fueron tan divertidas como las anteriores. Entre patadas y piñas, insultos y llantos, risas y recuerdos.
Llegué a la conclusión que los adultos no existen. Son sólo adolescentes. Algunos felices e inmaduros, otros viejos y sabios, y algún que otro resentido y clavado en su pasado, pero que brilla y vuelve siempre que se lo saca a luz. Esos son los más, como quizás había dicho Ichigo, "jodidos".
Y pensar que luego nos dejamos amar de una manera tan desesperada, atropellada, atolondrada y dulce, que terminamos débiles y soltando en suspiros y gotas qué tan desamparador y terrible, alentador y empalagoso, puede ser el amor.
· · ·
Nota de la Autora: Muchas gracias por leer, a quienes lo hicieron hasta el final y con interés. Realmente disfruté mucho desarrollando esta historia bastante lejana a la realidad del manga. Sería casi imposible imaginar a Isshin enamorado de un amigo, como es Ryuken. Pero lo disfruté y mucho. Los Ishida, son sin dudas, mi familia preferida para escribir. No se exactamente qué tienen... pero me incentivan a no perder el entusiasmo, a seguir escribiendo. Quizás sea su oculta sensibilidad. Ryuken aparece muy poco en el manga (del anime desconozco), y estoy convencida que solo aparenta rudeza. Tal cual como lo describí aquí.
Espero que lo hayan disfrutado, aunque sea en una pequeña dosis, tanto como yo lo logré escribiéndolo. Muchas gracias nuevamente, ¡y espero críticas constructivas!
Saludos,
Moony.
