Capítulo 9, espero que os guste.

Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer yla historia a Susan Mallery.

Capítulo 9

Bella seguía temblando mientras subía los tres escalones de la biblioteca. Se decía que no importaba, que eso era lo que Edward tenía que decirle a su madre, pero por dentro se sentía tan dolida y humillada como doce años atrás, cuando Edward había negado su relación ante todos sus amigos.

Por mucho que tuviera un hijo con él, que se hubiera acostado con él y que siguiera luchando contra los sentimientos del pasado, lo importante era que no podía confiar en Edward. Nunca. Él no podía escapar de su apellido y de la reputación de su familia, al igual que ella.

Abrió la puerta y una mujer con un carrito de bebé le sonrió.

—Gracias por la ayuda —dijo.

—De nada.

La veinteañera pasó el carrito por la puerta y se dio la vuelta.

—¿Eres Bella Swan? Me ha parecido reconocerte por la fotografía de tus libros.

Bella asintió con timidez y en ese momento la cálida sonrisa de la joven se desvaneció.

—Mi hermana fue al instituto contigo. Cuando me dijo que eras la zorra de la clase, no quise creerla, pero ahora que he oído lo que le has hecho al pobre Edward Cullen, sé que todo es verdad. Jamás volveré a leer tus libros.

Bella se quedó allí, bajo el sol, decidida a no entrar hasta estar segura de que no se echaría a llorar.

Se dijo que esa joven madre no la conocía, que las opiniones de los demás no importaban, que la verdad era mucho menos clara de lo que la gente creía, que todo eran sandeces, pensó mientras entraba al frescor de la biblioteca.

En cuanto llegara a casa, sacaría el listín telefónico, obtendría los permisos para hacer los arreglos de la casa y pagaría lo que fuera para que le hicieran el trabajo lo más rápido posible. Cuando la casa estuviera terminada, se llevaría a las niñas y a Anthony a Seattle y no regresaría jamás a ese infierno de lugar.

La única luz en una terrible mañana había sido el entusiasmo de Tanya por la firma de libros. La hermana de Edward había insistido en mostrarle el diseño inicial de los pósters y los anuncios de Internet. Tanya juraba que hasta el pueblo llegaría gente de todas partes sólo para conocerla y tener sus libros firmados. Bella no estaba tan segura de su popularidad, pero oír eso era mejor que oír a la gente del pueblo escupiéndole insultos.

Ayudó a Anthony a llevar a casa el montón de libros. El niño había elegido varios que podrían gustarle a Claire y Bella lo vio como un bonito gesto. Después de decirle que se fuera a su cuarto a jugar con la consola durante una hora, llamó a Lilian y a Claire para que fueran al salón.

Las dos niñas se sentaron en el sofá. «¡Qué pequeñas son!», pensó Bella mientras deseaba que las cosas hubieran sido de otra forma. Por mucho que odiara su vida, lo que Claire y Lilian estarían sintiendo era diez veces peor. Eran unas niñas que no se merecían lo que les había pasado.

Se sentó sobre la mesa de café delante del sillón y se inclinó hacia ellas.

—Voy a arreglar la casa —comenzó a decir—. Vuestro padre empezó muchos proyectos, pero no sé cómo terminarlos, así que a menos que una de vosotras esté ocultando conocimientos de construcción, tendré que contratar a un equipo para que termine el trabajo.

Lilian la miraba con desconfianza, pero Claire sonrió.

—Yo puedo ayudar.

—Estoy segura de que puedes.

—¿Qué pasará cuando esté terminada?

No era la pregunta que Bella quería contestar.

—Vamos a volver a Seattle.

Lilian y Claire se miraron; los ojos de la pequeña se llenaron de lágrimas mientras que Lilian sacudía la cabeza.

—No —dijo—. Vamos a quedarnos aquí. Vivimos aquí.

—Sé que será duro para vosotras —comenzó a decir Bella.

—No tiene por qué serlo —Lilian se levantó; tenía la cara colorada y los ojos llenos de lágrimas—. Nos escaparemos. No te necesitamos.

Claire también se levantó y se inclinó hacia Bella, que la abrazó con fuerza.

—Lo siento —murmuró Bella—. Lo siento.

—¿Qué... qué dice papá? —preguntó Claire con un susurro.

—Que vais a quedaros conmigo.

Claire alzó la cabeza.

—No nos quiere, ¿verdad? Nadie nos quiere.

—Yo sí os quiero —les aseguró Bella, deseando tener el poder de borrar su dolor y hacer que se sintieran seguras—. Pase lo que pase, estaremos juntas. Que vuestro padre esté en prisión no es culpa vuestra. Si no estuviera allí, seguiría a vuestro lado.

—Con nosotras. En el lugar al que pertenecemos —dijo Lilian con brusquedad—. En nuestra casa. Vas a venderla, ¿verdad? Y te llevarás todo el dinero.

Bella seguía abrazando a Claire, pero centró su atención en la adolescente.

—Voy a arreglarla y después las tres nos sentaremos a hablar con un agente inmobiliario y discutir sobre los beneficios de alquilarla o venderla directamente. De cualquier modo, el dinero se meterá en un fondo para las dos, para cuando seáis mayores. Aquí no se trata de quitaros nada y creo que lo

sabéis.

—Te lo estás llevando todo —dijo Lilian perdiendo la batalla contra las lágrimas. Caían sobre sus mejillas, se las secó y miró a Bella—. No puedes hacernos esto.

—Anthony y yo no podemos quedarnos aquí. Seattle no está tan lejos. Podréis visitar a vuestros amigos.

—¿Cómo? —preguntó Lilian.

—Anthony volverá para ver a su padre y podéis acompañarlo. No intento empeorar las cosas, tenemos que asentarnos y formar una familia. Eso es lo que quiero. Chicas, sois muy importantes para mí.

—No voy a hacerlo —dijo Lilian cruzándose de brazos—. No puedes obligarme.

Claire miró a Bellla.

—Yo quiero estar contigo.

Bella la besó en la frente.

—Me alegro, pero quiero que mantengas el contacto con tus amigos, ¿de acuerdo?

Claire asintió.

—Está mintiendo —le dijo Lilian a su hermana—. No le importamos nada.

—Si no le importáramos, se marcharía —dijo Claire, aún agarrada a Bella—, como hizo Siobhan. No tenemos elección. No hay nadie más.

Esas simples palabras pronunciadas con la sabiduría de una niña le rompió el corazón. Ninguna niña de once años debería tener que ser tan consciente de la desagradable realidad de la vida. Anthony tenía la misma edad y él no sabía nada sobre cómo funcionaba el lado oscuro del mundo.

—Quiero que funcione —le repitió Bella a Lilian.

—Yo no voy a marcharme —le dijo Lilian antes de salir de la cocina.

—Se le pasará —dijo Claire—. Le costará un poco, pero lo hará. Estaba asustada cuando estábamos solas.

—¿Y tú no?

—Sí, pero yo tenía a alguien que cuidaba de mí y ella no tenía a nadie.

—Lo siento —dijo Bella—. Ojalá lo hubiera sabido antes.

—Yo también.

Después del almuerzo, los cuatro fueron a la piscina comunitaria. Encontraron un buen sitio en la sombra donde Bella se apoyó contra un árbol, abrió su portátil y rezó por recibir un poco de inspiración. Técnicamente tenía bastante tiempo hasta la fecha de entrega, pero una vez que hubieran pasado dos semanas, ya le entraría el pánico.

Mientras el ordenador arrancaba, miró a su alrededor y se fijó en las demás madres y sus hijos. La mayoría parecían conocerse: una de las bendiciones... y maldiciones... de la vida en un pequeño pueblo.

Centró su atención en Anthony, lo localizó fácilmente después de años de práctica y después encontró a Lilian y Claire. Sus cabellos rojizos las hacían destacar entre la multitud y eso era positivo. Después de la mañana que había tenido, se merecía un descanso o dos.

Pero cinco segundos después, alguien pronunció su nombre.

—Bella.

No tuvo que alzar la mirada para reconocera Edward, que posiblemente era la última persona a la que le apetecía ver.

—Anthony me ha dicho que vendríais después del almuerzo.

Ella, con la mirada clavada en la pantalla, abrió el procesador de textos y cargó su documento.

Él se tumbó en el césped, a su lado.

—¿Te he dicho ya que lo siento?

Agradecida por el gran sombrero que llevaba puesto y por las gafas que le cubrían los ojos, se giró hacia él. Por lo menos no tenía que preocuparse por que él pudiera ver que estaba dolida y furiosa; no captaría el amargo sabor de la traición que notaba en su lengua ni la sensación de que le hubieran dado un puñetazo en las entrañas.

—No pretendía que oyeras eso —le explicó él.

—Vale. Así que estás disculpándote por el hecho de que yo lo oyera, pero no por el hecho de que lo hayas dicho. Gracias por la aclaración.

—No quería decir eso.

—¿Ah, no? Pues es lo que has dicho.

—Maldita sea, Bella, dame un respiro.

—¿Por qué? Te has pasado parte de la mañana diciéndole a Anthony que es culpa mía que no os conozcáis y la hora previa al mediodía diciéndole a tu madre que no significo nada para ti. No me esperaba que declararas que soy el amor de tu vida, pero por lo menos un poco de respeto habría estado bien.

—Tienes razón.

—Pero era pedir demasiado. En lugar de eso, me has dejado por los suelos, aunque ni siquiera me sorprende porque ya lo has hecho antes.

Él no dejaba de mirarla.

—¿Por qué me dices que deje de recordar el pasado si tú no dejas de hacerlo cuando te place?

Bella abrió la boca y volvió a cerrarla. Estaba furiosa y dolida y no quería admitir que, en eso, él tenía razón.

—Nos hemos acostado, Edward. No lo teníamos planeado, pero sucedió. Tenemos un hijo juntos, no puedes decirme a la cara que estamos en el mismo equipo y después humillarme y subestimarme a cada oportunidad que se te presenta.

Él respiró hondo.

—Lo sé. Lo siento, y lo digo en serio. Todo es distinto. Complicado. Intento descubrir qué pasará a continuación.

—Lo que pasará a continuación será que trazaremos un plan, un modo de que pases algo de tiempo con Anthony

—Ya estoy pasando tiempo con él.

A pesar del hecho de que no podía verle los ojos, ella desvió la mirada.

—Me refiero a después —le aclaró—, cuando volvamos a Seattle.

Edward apretó la mandíbula y sus ojos se oscurecieron.

—¿Os marcháis? ¿Cuándo?

—No estoy segura. Quiero arreglar la casa, voy a encargarle la obra a un contratista, y después nos iremos —se giró hacia él y se quitó las gafas—. No se trata de mantenerte alejado de Anthony, te lo juro. Alternaremos los fines de semana, y compartiremos las vacaciones.

—No quiero que os marchéis.

—Eso no es una opción. No puedo vivir aquí. Tengo una vida y necesito recuperarla. Un trabajo.

—Puedes escribir en cualquier parte.

—¿Hablas por propia experiencia? —le preguntó ella furiosa—. Odio estar aquí. Todo el mundo se siente muy cómodo echándome en cara mi pasado sin saber ni de lo que hablan, pero no veo que nadie te culpe a ti. Quiero que conozcas a tu hijo y quiero que formes parte de sus cosas, pero cualquier plan que tracemos no me incluirá a mí viviendo aquí. Cuando la casa esté terminada, todos nos marcharemos.

Edward se quedó mirándola un buen rato. Ella intentó interpretar su expresión, pero no pudo saber en qué estaba pensando. Lo que estaba claro era que no estaba muy contento.

—Gracias por ponerme al día —dijo él levantándose.

—Estás cabreado.

—Me lo estás arrebatando. Otra vez.

—¿Qué tengo que hacer para convencerte de que no estoy haciendo eso? Olvidas que soy yo la que intentó incluirte en su vida hace cinco años. Quiero que esto funcione, pero nosotros viviremos en Seattle.

Él asintió una vez y se marchó. Bella echó una ojeada para comprobar cómo estaban los niños, se apoyó contra el árbol y respiró hondo.

Habría consecuencias, con Edward siempre las había. Seguro que intentaría convencerla para que se quedaran, y dejaría que lo intentara, pero no había nada que pudiera decir o hacer para mantenerla allí. Y cuanto antes se diera cuenta de ello, mejor para todos.

Bella no estaba durmiendo, así que la mañana llegó pronto. Con los niños sin colegio, no tenía que preocuparse por levantarlos y prepararlos para ir a clase, pero había otras cosas en las que pensar. Sobre todo teniendo en cuenta que ese día llegaría el equipo de obreros para empezar con la remodelación. Sam, el cincuentón constructor que había contratado, le había prometido que la cuadrilla de trabajadores no llegaría más tarde de las siete, y el hecho de que a las cuatro fuera a terminar cada día la relajaba bastante.

Había programado su despertador de viaje para las seis, se había duchado, se había vestido y había hecho café. Iba por la segunda taza cuando alguien llamó a la puerta.

—Justo a tiempo —comenzó a decir y tuvo que parpadear varias veces cuando vio las camisetas color beige que llevaban todos.

En lugar del logo de la escalera y el camión que había visto en el listín telefónico, lo que leyó en ellas fue: Construcciones Cullen.

—No sois personal de Sam, ¿verdad? —les preguntó a pesar de conocer ya la respuesta.

La mujer que estaba junto a la puerta le dio un teléfono móvil.

—El jefe ha dicho que querría hablar con él.

Hizo lo posible por no ponerse a gritar como una loca.

—Qué considerado. Si me perdonáis...

Cerró la puerta, miró el número que ya estaba marcado y le dio al botón de llamada. Él respondió al primer tono.

—No la tomes con la cuadrilla —dijo Edward.

—¿Que no haga qué con la encantadora cuadrilla de obreros que tengo en el porche delantero?

—Ya lo sabes. Y tampoco es culpa de Sam. Me debía una.

—Pareces muy dispuesto a asegurarte de que te eche las culpas a ti —le respondió ella en voz baja, pero aún furiosa—. No te preocupes. Tengo intención de asegurarme de que pages por esto.

—Mira, querías arreglar tu casa y mi equipo hará un gran trabajo.

Ella se apartó de la puerta y agarró el teléfono con más fuerza. La rabia revolvió el café que tenía en el estómago.

—¡Maldita sea, Edward! ¿Qué pasa contigo?

—He comprado el contrato de Sam.

—Espero que te haya sacado la sangre.

—Se ha sacado buenos beneficios.

—Por lo menos uno de nosotros está contento. ¿Por qué estás haciendo esto? ¿Es por la emoción de molestarme continuamente?

—Quiero saber lo que haces. Vas a llevarte a mi hijo, Bella, y no quiero sorpresas.

—¿Cómo puede ser una sorpresa algo de esto? Ya te he contado mi plan y te he dicho claramente que quiero que esto funcione. Quiero que tengas una relación con Anthony. ¿Por qué no puedes creerlo?

—Lo creo, pero estoy cubriéndome las espaldas. Ya te fuiste una vez y puedes volver a hacerlo.

Lo injusto de la acusación la hizo contener el aliento.

—Me marché después de que les dijeras a tus amigos que yo era una puta barata con la que jamás te molestarías en estar. La noche antes me habías prometido amarme para siempre —se agarró al respaldo del sofá—. Bueno, da igual, Edward. Lo capto. No se puede confiar en ti y supongo que el resto del mundo es como tú. Vigílame todo lo que quieras, si eso te emociona. A mí no me importa. No tengo nada que ocultar. Pero la cuestión es que algunos hacemos lo correcto porque es lo que nos han enseñado a hacer, mientras que otros lo hacéis por quien sois. Sé en qué parte estoy yo. Si te preocupa que alguien esté jugando a este juego mientras oculta su verdadero carácter, deberías mirarte al espejo.

Ella colgó, fue hasta la puerta principal, la abrió y, después de devolverles el móvil, le indicó a la cuadrilla que entrara.

—Podéis empezar —les dijo.

No importaba quién hiciera el trabajo, pensó mientras subía las escaleras. Cuando antes estuviera terminado todo, antes podría salir de Forks.

Pero las sorpresas de la mañana no habían terminado aún. Cuando entró en el dormitorio principal donde estaba durmiendo Anthony, encontró a Melissa de pie junto a la cómoda. La chica tenía su monedero en la mano izquierda y tres billetes de veinte en la derecha.

Se miraron a los ojos. Bella tuvo la sensación de que tendría cara de susto y un poco de estúpida. El misterio del dinero perdido para la pizza y los billetes desaparecidos de su monedero la semana anterior se había solucionado de pronto. Un sentimiento de traición batallaba contra el hecho de que varios meses de abandono habían afectado a Lilian más de lo que parecía.

La chica volvió a meter el monedero en el bolso de Bella y dejó que los billetes de veinte cayeran al suelo mientras pasaba por delante de Bella para salir corriendo de la habitación. Bella la siguió y llegó a su habitación justo antes de que ella cerrara la puerta.

Lilian se sentó en la cama con los brazos cruzados y la mirada puesta en el suelo. Bella agarró la silla del escritorio y se sentó.

—Supongo que tenemos que hablar de esto — dijo lentamente—. Lo siento. Debería habérmelo imaginado. Te quedaste sin nada y te viste obligada a robar para alimentaros. Puedo decirte una y otra vez que ahora estáis a salvo, pero ¿por qué ibas a creerme? No me conoces bien, estoy amenazando con apartaros de vuestra casa y de vuestros amigos. ¿Y si me marcho como hizo Siobhan? No tendríais nada, ningún sitio a donde ir. Y está Claire. La quieres, pero es una gran responsabilidad. Sólo tienes catorce años. Es demasiado.

Lilian no habló. Su pelo cubría la mayor parte de su cara, pero Bella vio las lágrimas cayendo sobre sus manos.

Bella lo sentía por ella y, aunque sabía que el hecho de haber robado tendría que tener sus consecuencias, las suyas eran unas circunstancias extraordinarias. Quería ser justa, pero apoyarla al mismo tiempo.

—¿Cuánto tienes? —preguntó ella intentando recordar exactamente cuánto le faltaba.

Lilian tragó saliva y alzó la cabeza. Tenía lágrimas en los ojos y una mirada desafiante y avergonzada al mismo tiempo.

—Ciento veinte dólares.

—¿Tenías algún objetivo en mente? ¿Una cantidad que te hiciera sentirte segura?

La chica se encogió de hombros.

—No lo sé. Tal vez doscientos dólares.

A ojos de una niña de catorce años, tal vez eso era suficiente. Pero la realidad era distinta.

—Debería haberos dado una paga a Claire y a ti. Ni siquiera se me había ocurrido. Hablaremos de eso después, cuando tu hermana se levante. Os la daré semanalmente y así tendréis dinero para vuestros gastos —vaciló, no segura de cómo tratar el asunto del robo, pero decidida a hacer lo que estaba bien—. Te daré el resto del dinero que necesites para que tengas doscientos dólares y lo

guardaremos en un lugar seguro que sólo tú conocerás. Estará ahí para hacer que te sientas segura. A cambio, dejarás de robar, ¿hecho?

La actitud desafiante desapareció.

—¿No estás enfadada?

—Estoy decepcionada, que es distinto. Comprendo por qué me has quitado el dinero, pero eso no quiere decir que esté bien.

—Así que me vas a castigar de todos modos.

Bella ocultó una sonrisa.

—Creo que es importante ser consecuente.

—Siempre hay consecuencias —refunfuñó Lilian con un suspiro. Su mirada se deslizó hasta su mesilla de noche—. Lo peor sería mi teléfono móvil. Durante... —respiró hondo— una semana.

Su voz era apenas un susurro y más lágrimas llenaron sus ojos. Bella sintió alivio ante esas palabras. Por lo que podía ver, Lilian iba a crecer para convertirse en una persona increíble. Intentaría recordar eso la próxima vez que su sobrina se enfadara con ella por lo de la mudanza.

—Creo que dos días es bastante —dijo Bella—. Con una condición.

—¿Cuál es? —Lilian sonó aliviada y un poco recelosa.

—Nos quedaremos en el pueblo unas semanas mientras reforman la casa y os he apuntado a los tres al nuevo campamento de día, Zona para Niños. Quiero que me ayudes a convencer a Claire y a Anthony de que será divertido para ellos.

Pero el alivio dio paso de nuevo a la actitud desafiante.

—Soy demasiado mayor para el campamento. Estoy prácticamente en el instituto.

—Lo sé —dijo Bella—. Cuando llamé para apuntar a Claire y a Anthony me enteré de que tienen un programa para chicos más mayores patrocinado por la escuela de cine de la universidad. Se supone que hay que estar en el instituto para poder entrar, pero les he convencido de que eres madura y que estás más que preparada para vivir esa experiencia. No sé exactamente en qué consiste, creo que aprenderás a hacer películas, todo desde escribir guiones hasta actuar. A menos que eso te parezca demasiado aburrido.

Lilian se puso de pie con el rostro iluminado de emoción.

—¿En serio? ¿Puedo hacer eso? ¿Puedo aprender todo eso y a lo mejor salir en una película?

—Eso me han dicho.

—¡Me encantaría!

—Bien. Entonces, ¿me ayudarás a convencer a Claire y Anthony?

—Claro —Lilian agarró su móvil—. Tengo que llamar a Casey y... Bueno, supongo que se lo contaré en un par de días —se corrigió mientras le entregaba el teléfono a su tía.

Bella se lo metió en el bolsillo.

—Gracias. ¿Quieres despertar a tu hermana mientras yo me ocupo de Anthony?

Lilian asintió.

—¿A qué hora nos vamos?

—A las ocho y media. Claire y Anthony están en una clase de animación por ordenador. Espero que les guste.

—Les encantará.

Lilian se dio la vuelta para marcharse, pero entonces volvió y abrazó a Bella.

—Lo siento —le susurró—. Siento haberte quitado el dinero.

—Yo también, pero comprendo por qué lo has hecho —puso las manos sobre los hombros de la niña—. No voy a abandonaros. Sé que te llevará tiempo, pero me alegraría que empezaras a creerme.

Lilian asintió.

—De acuerdo —dijo y se marchó.

Bella la vio irse agradeciendo la tregua temporal, porque era cuestión de tiempo hasta que volvieran a pelear por la mudanza. Lilian no iba a ceder tan fácilmente, aunque ésa no era una batalla que la niña ganaría. No había absolutamente nada que pudiera decir para convencerla de que se quedaran en Forks. Podría tener que volver para la firma de libros y dejar a Anthony con su padre cada dos fines de semana, pero haría todo lo que estuviera en su poder con tal de no volver a llamar «hogar» a ese lugar.

Bella eligió su almuerzo en cuestión de minutos; la ensalada de pollo a la barbacoa sonaba de maravilla.

—Pareces muy decidida —dijo Jessica desde el otro lado de la mesa—. ¿Debería preocuparme?

Bella forzó una sonrisa. Con todo lo que estaba pasando en su vida últimamente, lo último que había querido hacer era almorzar con Jessica, pero la otra mujer había insistido y ella no había sido capaz de decir «no».

—Estoy bien —respondió intentando no apretar los dientes—. Sólo un poco estresada.

—¿Cómo te va con las hijas de Emmett? ¿Les está costando acostumbrarse a ti?

—Entre otras cosas.

—No puedo creer que vayas a ocuparte de ellas. Son unas niñas y ni siquiera las conoces.

—Son mi familia.

Los ojos azules de Jessica se oscurecieron con una emoción que Bella no pudo interpretar.

—Sí, eso es importante, ¿verdad? La unión de la familia. Espero que sepan que son afortunadas por tenerte.

—Tengo pensado que se muden a Seattle y no les hace mucha gracia la idea, sobre todo a Lilian. Ahora mismo las cosas están bien, pero volveremos a discutir por ello.

La camarera apareció para tomarles nota de la bebida.

—Vino blanco —dijo Bella firmemente—. Chardonnay.

—Yo también —dijo Jessica y sonrió cuando la camarera se marchó—. No suelo darme esos caprichos a mitad del día.

—Yo tampoco, pero voy a ir caminando a casa desde aquí, los niños tomarán el autobús y me lo he ganado.

—¿Están en el nuevo campamento?

—Sí. Incluso Lilian está emocionada . —Bella le contó lo de la clase de cine.

—Suena divertido —comentó Jessica mientras les servían el vino—. Así no se aburren.

Bella le dio un sorbo a su vino con gusto.

—Vamos a hacer obra en casa. Mi hermano era genial empezando proyectos, pero no parecía entusiasmado con terminarlos. La casa necesita una reforma para que podamos venderla o alquilarla. Aún no lo he decidido.

—Hace años que no venías aquí y ahora tienes que ocuparte de todo esto. Tiene que ser difícil.

—Lo es —admitió Bella—. Entre la inesperada responsabilidad de mis sobrinas, Anthony conociendo a su padre, y yo tratando con Edward y volviendo a estar en Forks, han sido unas semanas muy movidas —dio otro sorbo—. La madre de Edward me odia.

—¿Esme? Lo dudo. A ella le cae bien todo el mundo.

«Ojalá eso fuera verdad», pensó Bella.

—Pues yo no le gusto. Está enfadada conmigo por apartar a Anthony de Edward y de la familia.

—Bueno, claro, es normal.

Bella miró a la mujer que tenía en frente.

—Deja que me deleite un poco en tu compasión.

—Lo siento, no pretendía decirlo así, pero desde su punto de vista, ha perdido tiempo. Y eso no hay manera de recuperarlo —Jessica alzó una mano—. Y antes de que te enfades conmigo por haber dormido con Edward justo después de que te marcharas, primero, no sabía que estabais saliendo, y segundo, no pasó nada. Estaba demasiado borracho aquella noche y no hicimos ni un segundo

intento.

—¿Estás diciendo que no cuenta porque no hubo penetración?

—Algo así.

Bella estaba demasiado cansada para discutir, incluso con Jessica.

—Aceptaré la culpabilidad por los seis años que han perdido, pero a partir de ahí no. Volví.

Le contó a Jessica brevemente lo del encuentro con Gianna y la carta que recibió después, y la joven abrió los ojos de par en par.

—No puedo creer que hiciera eso. Sé que Gianna tenía problemas, pero ¿ocultárselo a Edward? Y después murió sin decírselo.

—¿Por qué te sorprende? Nunca fue muy agradable. Para mí la pregunta es más bien, ¿por qué Edward tuvo una relación con ella?

—Estaba embarazada cuando se casaron —le informó Jessica y entonces se detuvo cuando les sirvieron las ensaladas.

Bella esperó a que la camarera se marchara para inclinarse hacia ella.

—¿Por eso se casaron?

—Ajá. Creo que Gianna se había encaprichado de Edward, pero él no estaba interesado. Entonces se quedó embarazada y él no es de ésos que se marchan sin más y se desentienden.

Bella ignoró la puñalada de dolor que sintió al oírlo y se negó a preguntarse si él habría estado dispuesto a casarse con ella si hubiera sabido lo de Anthony. Ya sabía la respuesta. Después de todo, Edward era un Cullen.

—Y entonces aparecí yo —dijo Bella—. Amenazando su mundo feliz.

—Debió de quedarse aterrorizada. Sobre todo si sabía que Edward y tú habíais tenido una relación. Seguro que pensó que podría perderlo todo —Jessica la miró—. Imagino que crees que se lo merecía porque no fue exactamente simpática contigo en el instituto.

«Ni tú», pensó, aunque no lo dijo. Jessica era distinta. Ya no era la chica mezquina que había sido por aquel entonces.

—Nadie merece perderlo todo —dijo Bella finalmente.

—Pero sucede. A mí me pasó.

—¿De qué estás hablando?

—¿No lo sabes? Oh, claro, entonces ya te habías marchado —se encogió de hombros—. En mi último año de instituto todo se vino abajo. Mi padre perdió su trabajo.

—Tenía una empresa, ¿verdad?

—Era presidente, que no es exactamente lo mismo. Al parecer, las ventas no iban tan bien como le había hecho creer a la junta de directores. No contárselo a los empleados era una cosa, pero no contárselo a ellos era otra. Lo acusaron de evasión de impuestos, de fraude y de robo. No puedo recordarlo todo... mi madre se marchó a Florida, pero yo quería quedarme aquí para terminar el instituto. Ella estuvo de acuerdo. Cuando me gradué me dijo que, después de todo por lo que ella había pasado, era mejor que aprendiera a cuidarme sola.

Bella no sabía qué decir.

—Lo siento —su propia madre no había sido una bendición, pero al menos había crecido acostumbrada a eso. La madre de Jessica había abandonado a su hija en el peor momento de la vida de la chica y eso era peor—. ¿Y tu padre?

—Se suicidó el día antes a que empezaran los juicios.

A Bella se le cayó el tenedor en la mesa.

—Jessica. ¡Cuánto lo siento!

—Pasó hace mucho tiempo.

—Pero no creo que eso haga que sea más fácil asumirlo.

La otra mujer la miró y le sonrió.

—Hace que sea más fácil olvidarlo. Además, fui una verdadera zorra en el instituto. Tal vez me lo merecía.

—No, no es verdad. Lo siento mucho.

—¿Tanto como para olvidar que estuviera desnuda en la cama con Edward?

Bella asintió.

—La verdad es que nunca estuve muy enfadada contigo.

—Soy un objetivo más seguro que Edward, ¿verdad?

Bella se encogió de hombros.

—Y además eres intuitiva. Eso es irritante.

La sonrisa de Jessica era auténtica.

—Probablemente éste sea el momento en el que decimos que vamos a empezar de cero y seremos amigas.

Bella pensó en todo lo que estaba pasando en su vida, en que no tenía a nadie con quien hablar y en lo agradable que sería tener a alguien de su parte.

—Me gustaría.

—A mí también.

Jessica suspiró.

—Tienes que darle una oportunidad al pueblo. Sé que las cosas han sido complicadas, pero la gente te apoyará, si les das tiempo.

—No, gracias. No me voy a tragar la teoría de la felicidad de los pueblos pequeños.

—Puede que cambies de idea.

—Puede que el infierno se congele.

Jessica se rió.

—Nunca se sabe.

Cómo véis, los capítulos son más largos que en mi otra adaptación. Espero que os vaya gustando la historia y me dejéis reviews dejándome vuestra opinión.

Me encanta que me dejéis reviews tan largos dándome vuesta opinión, es genial.

Muchas gracias por todo.

Un besito.