Los personajes pertenecen exclusivamente a Stephenie Meyer, yo solo los uso para adaptarlos en la historia original perteneciente de A.L


CAPÍTULO 09

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—¿Tan inepta es la policía que aún no han conseguido descubrir a esa persona? No debe ser tan difícil, creo yo. Sólo han de investigar a fondo a los antiguos empleados que puedan tener algún motivo de rencor contra tu padre. Imagino que un experto psicólogo habrá estudiado a fondo las cartas. Se puede extraer mucha información de su redacción y grafía. En la Facultad estudiamos un caso en el que se logró descubrir al autor de los anónimos al advertir la frecuencia con la que empleaba una muletilla. El muy necio era conocido entre sus compañeros de trabajo por "el osease", ya que era muy dado a utilizar este término en sus conversaciones, y la costumbre hizo que olvidase omitirlo en las cartas. Por supuesto, su jefe se dio inmediatamente cuenta de ello y fue detenido. ¿Se puede ser más estúpido?

Bella rió alegremente la anécdota relatada por su primo aunque no así Alice, que le desagradaba el lenguaje ofensivo que su hermano utilizaba con asiduidad. Tampoco Edward, que ya estaba cansado de su prepotencia.

Tras la cena, los tres jóvenes se habían reunido en el jardín para disfrutar de la agradable temperatura estival y charlar relajadamente mientras tomaban una copa. Micke requirió la presencia de Edward para interrogarle sobre la gravedad de la situación ya que, en calidad de primo mayor de la afectada, consideraba su deber velar por su seguridad. Edward no pudo eludir la petición formulada por Bella y se reunió con ellos en aquella tranquila zona, suavemente aromatizada por el perfume de las magnolias.

Micke comenzó disculpándose por su pésima actitud de esa mañana, alegando como excusa el encontrarse sumamente irritado tras haber soportado un enorme atasco a la salida de Boston y la rotura del aire acondicionado del coche. Cuando llegó a la casa con la única idea en mente de arrojarse directamente a la piscina y, según explicó, se encontró con un feroz guardián que le negaba el paso, se encolerizó. Tras calmar su irritación comprendió que había actuado como un estúpido y se avergonzó de ello. Le importaba tanto el bienestar de su prima que, continuó declarando, estaba dispuesto a asumir cualquier tarea que les viniese bien encomendarle. También estaba muy interesado en inspeccionar el sistema de seguridad instalado que, según pudo comprobar parcialmente, parecía muy efectivo.

A Edward no le agradó en modo alguno que anduviese fisgando. No lo había descartado como sospechoso y, después de conocerle, aún menos. Pero Bella le hizo prometer que al día siguiente se lo enseñaría detalladamente y satisfaría cualquier curiosidad que Micke pudiese tener.

Edward pensó que Bella estaba comportándose de un modo extraño. Él la consideraba inteligente y no le agradaba que riese las fanfarronadas de aquel impresentable. Tampoco le gustó comprobar que estaba bebiendo en exceso. Aunque él no conocía sus costumbres, hasta ahora sólo la vio tomar agua o una copa de vino con las comidas. En cambio, esa noche debía haberse excedido ^ poco durante la cena pues los ojos le brillaban desacostumbradamente y sus risotadas resultaban cada vez más estridentes. También había advertido con franco desagrado el interés de su primo en mantenerle el vaso siempre lleno, como si pretendiese emborracharla deliberadamente. A él qué le importaba, se dijo con irritación, sólo era su escolta, no su niñera. Si ella quería emborracharse para celebrar la llegada del maravilloso Micke, él no era quién para impedírselo.

Por su parte, Alice parecía estar sumida en la mayor de las mortificaciones y él, con disimuladas miradas de complicidad, intentaba tranquilizarla y transmitirle su apoyo.

—¿Imagino que estará usted al tanto de los progresos de la policía en este tema? Si es que son capaces de avanzar en algún sentido —preguntó Micke, emitiendo una sonora carcajada secundada por Bella, que ya parecía bastante afectada por el alcohol.

—Imagina bien, señor Brandon. Diariamente me pongo en contacto con el inspector al cargo de la investigación y después informo de ello al señor Swan. Algo que por cierto debo hacer antes de que sea más tarde. Por lo tanto, les ruego que me disculpen —y se levantó dirigiéndose hacia la casa.

Alice se levantó detrás de él y lo alcanzó cuando ya atravesaba los ventanales del salón.

—Señor Cullen, creo que debería intervenir. Mi prima no suele beber alcohol y esta noche se está excediendo. No sé qué le ocurre. Le he pedido que no continúe, pero no me escucha. Y con mi hermano no hay nada que hacer. Él nunca atiende mis consejos —declaró angustiada.

Había reparado en la sospechosa actitud de su hermano y temía que tuviese la intención de emborrachar a su prima para seducirla. Aunque a Bella le agradaba la compañía de Micke, nunca se sintió interesada por él y solía eludir sus avances en ese terreno. Al no ser totalmente responsable de sus actos, su hermano no desaprovecharía la ocasión para comprometerla. Alice no podía confesar a Edward sus temores por lealtad a su hermano, pero sí podía hacer todo lo que estuviese en su mano para evitarlo.

—Señorita Brandon, yo no puedo prohibir a su prima que beba. No es una de mis atribuciones, siempre y cuando con ello no atente contra su seguridad. Por otro lado, ella es mayor de edad y está en su derecho de emborracharse si lo desea —repuso irritado.

Estaba enojado y alarmado por la actitud de Bella y, aunque no deseaba reconocerlo, también celoso por el interés que mostraba por su primo y los gestos de cariño que ambos se prodigaban.

—Pero a usted lo escuchará. Le respeta y suele acatar sus órdenes, aunque lo haga a regañadientes.

—Lo siento, no puedo hacer lo que me pide. Aunque le prometo intervenir si observo que pone en peligro su integridad física —concedió de mala gana.

Edward tenía la intención de retirarse durante un rato a su habitación para enviar el diario informe al industrial y, de ese modo, evitar el tormento que le provocaba la actitud de Bella. Pero la evidente angustia de Alice lo inquietó. Le pareció que ocultaba una razón más poderosa que la simple preocupación por el futuro malestar de su prima.

Desde el primer momento percibió el interés de Micke por Bella y sus patentes y decididos esfuerzos por agradarla, que fuesen sinceros o no, él no podía asegurarlo. Cualquier hombre con ojos en la cara no dejaría pasar la ocasión de conquistar a tan exquisita mujer y, si además era rica, mejor aún. Y a Micke no se le escapaba ese atributo, muy importante por cierto, que su prima añadía a los muchos que adornaban su persona y que resolverían sus problemas para siempre. Si Brandon estaba pensando en conquistarla aprovechándose de su momentánea debilidad y su hermana lo intuía y desaprobaba, debía de estar tan asustada como se la veía y por ello solicitaba su intervención. Pero por mucho que lo desease y las ganas que tuviese de propinar un fuerte puñetazo en el perfecto rostro masculino, no creía que fuese prudente si la propia Bella no lo solicitaba. Al contrario, ella parecía estar encantada con la situación y acabaría en la cama de Brandon, consciente o no de lo que hacía.

—Alice, querida, no acoses más al bueno de Jimmy. El hombre está tan consagrado a su trabajo que parece haber hecho voto de castidad.

La voz de Bella llegaba desde el jardín algo confusa, coreada por la sonora risotada de su primo.

Alice, abrumada por la vergüenza que sentía y enrojeciendo violentamente, miró al hombre que estaba frente a ella y quedó paralizada al ver su expresión. Nunca le había visto la tensión y la cólera contenidas que reflejaban su rostro en esos momentos. Tenía la mandíbula fuertemente apretada a causa de la ira que intentaba dominar. No obstante, lo que más le impresionaron fueron sus ojos. Parecían salir chispas por las pequeñas ranuras que mantenía abiertas.

—Creo que me reuniré con ellos e intentaré que se acueste lo antes posible —murmuró Alice en un susurro, y se retiró corriendo hacia el jardín.

Edward quedó parado en el mismo lugar durante unos minutos más. Era tal la furia que experimentaba que temía iniciar cualquier movimiento por miedo a terminar cogiendo a la incauta Bella y colocándola directamente bajo la ducha, para que se le pasase la borrachera y recuperase la cordura, y en el trayecto propinar una contundente patada en el trasero de su elegante primo que lo mandara directamente a varios kilómetros de allí. Pero, a pesar del enorme placer que le producirían ambas acciones, no debía permitirse demostrar de esa forma sus sentimientos. Él era un empleado al servicio de aquella persona. Su trabajo consistía en protegerla de una posible tentativa de secuestro o de cualquier otra acción que la amenazase físicamente. De ninguna forma podía inmiscuirse en su vida privada aunque considerase que estaba cometiendo un tremendo error. La discreción era un requisito indispensable en ese trabajo y él estaba bien entrenado para ello. Su lema, al igual que el de todo escolta, siempre fue oír, ver y callar. Y no pensaba saltárselo a la torera por muy implicado emocionalmente que estuviese con esa mujer.

Con estos pensamientos en la cabeza y una vez serenado parcialmente el ánimo, se dirigió a su habitación para mandar el prometido informe a Swan y evitar continuar oyendo aquella risa "achispada" que estaba haciéndole perder el juicio.

Pero al cabo de un rato, e incapaz de concentrarse en la redacción del informe, apagó el ordenador con un gesto de disgusto y salió de la habitación. No podía evitar cierta inquietud por lo que estuviese sucediendo en el jardín, inquietud que se veía aumentada por la desconfianza que Micke Brandon le causaba. Comprobaría que todo estaba en orden, daría las últimas instrucciones a Mc Carthy y realizaría su habitual recorrido de inspección, con la esperanza de que Bella se retirase pronto a su habitación y él pudiese terminar su trabajo y acostarse también.

Se acercó a la sala de control, en la que su ayudante se encargaba de los monitores, y comprobó la situación. Lo que vio no le tranquilizó en absoluto. Bella se hallaba en la piscina acompañada de Micke y con la aparente intención de darse un baño. Edward observó con repulsión cómo Bella procedía a quitarse la ropa, improvisando un desmañado strip-tease ante su entusiasmado primo. Según le informó Mc Carthy, que no apartaba la vista del monitor, Alice se había retirado momentos antes cansada de insistir a su prima para que la acompañase, a lo que ésta se negó alegando que pensaba disfrutar de la agradable brisa un rato más. Después se dirigieron los dos a la piscina dando evidentes muestras de encontrarse bastante embriagados.

Edward sintió como si le hubiesen dado un fuerte puñetazo en el estómago ante la escena que reflejaba el monitor. Bella se había despojado del vestido y ahora procedía a quitarse el sujetador ante los aplausos y silbidos de un exaltado Micke, que aprovechaba la menor ocasión para manosearla todo lo que podía. Asqueado por lo que veía y prefiriendo que su ayudante no presenciase lo que iba a suceder, le aseguró que todo estaba en orden y que podía retirarse a descansar, él se encargaría de la vigilancia a partir de ese momento.

Mc Carthy obedeció de mala gana. El espectáculo era de lo más estimulante y prometía serlo aún más, pero una rápida mirada al rostro de Edward le bastó para decidirse a emprender una rápida retirada. Se despidió de su jefe con reticencia y envidiando por una vez su suerte al quedarse de vigilancia.

Cuando salió Mc Carthy de la habitación, Edward decidió apagar el monitor que reflejaba las escandalosas y tortuosas imágenes. No soportaba el contemplar a Bella en brazos de otro hombre por mucho que se repitiese una y otra vez que sólo debía importarle su seguridad y terminar el trabajo lo antes posible. Transcurridos unos minutos, y comprendiendo que no podía permanecer en aquel lugar por más tiempo, decidió realizar una inspección por el jardín evitando deliberadamente la zona de la piscina.

Al salir al exterior, un lejano y casi apagado grito llegó a sus oídos. Al principio pensó que se trataba de un ave nocturna, aunque la articulación de unas palabras ininteligibles por la distancia lo convenció de que era una persona en apuros. Al instante supo que se trataba de Bella, dirigiéndose veloz hacia la piscina con el corazón saltándole en el pecho. Si por su imprudencia, derivada de sus locos celos, le ocurría algo, él no podría perdonárselo jamás.

Al llegar al lugar del que procedían los apagados gritos de protesta, vio a la joven en una de las tumbonas luchando por quitarse de encima el pesado cuerpo de Micke y por liberarse de la presión que la boca masculina ejercía sobre la suya. En ese momento la mente de Edward pareció cubrirse de un rojo velo y se precipitó sobre el hombre. Lo agarró fuertemente de los hombros y lo levantó con violencia, propinándole al mismo tiempo un fuerte puñetazo en la mandíbula que lo lanzó a varios metros. Tras comprobar que ella no tenía ninguna herida, se arrojó otra vez sobre él para machacarle a conciencia. Lo golpeó repetidamente hasta que los gritos de Bella se filtraron en su mente.

—Déjale, por favor... por favor —rogaba con voz llorosa, mientras intentaba cubrirse el desnudo pecho con manos temblorosas.

Edward la miró al principio sin ver. Gradualmente la imagen de Bella logró traspasar la espesa niebla que cubría su mente y hacerle comprender lo que sucedía. Volvió de golpe a la realidad para encontrar a sus pies a Micke inconsciente, con la cara ensangrentada y manchada de rojo su inmaculada camisa. Se levantó y se dirigió hacia Bella, que luchaba por serenarse y contener las lágrimas.

—¿Te ha hecho daño? —preguntó con voz terriblemente ronca y serena.

Ella negó con la cabeza y se acercó a él atraída por la solidez y la seguridad de su pecho. Edward la cercó con sus brazos y le acarició tiernamente el pelo, mientras ella irrumpía en un incontenible llanto. Después, la alzó en brazos y se dirigió a la casa, dejando a Micke tendido e inconsciente en aquel lugar.

Bella se encontraba sumida en un estado lamentable en el que, a la traumática experiencia vivida momentos antes, se unía el estado de semi embriaguez a causa del exceso de alcohol ingerido. Nunca imaginó que Micke fuese capaz de abusar de ella. Su primo era el hermano mayor que nunca tuvo y como tal lo trataba. Que él intentase extralimitarse de esa manera le repugnaba, provocándole un terrible desencanto que la dejaba vacía y vulnerable. En su mente, nublada por el alcohol, el ultraje sufrido a manos de una persona en la que tenía depositada toda su confianza le parecía la mayor de las traiciones.

La presencia de Edward, con la fortaleza y la confianza que él representaba, era en esos momentos lo único verdadero que existía en el mundo, lo que necesitaba y a lo que deseaba aferrarse con desesperación. Con una satisfacción que la sorprendió incluso en su estado de escasa lucidez, se abandonó a la calidez y la seguridad de los brazos que la transportaban y a los que se confiaba sin reserva alguna, sabiendo en su fuero interno que allí se encontraba a salvo de todo. Rodeó el cuello masculino con sus brazos y sintió el agradable calor que emanaba de él y que la hizo sonreír de felicidad a pesar de sus lágrimas. Era tan delicioso sentir aquella tierna firmeza rodeándola, que no tuvo ningún reparo en abandonarse a ella y mostrar toda la vulnerabilidad que en esos momentos la dominaba. Casi dormida, apenas advirtió que él la depositaba en la cama, reaccionando cuando se interrumpió el placentero contacto con aquel acogedor cuerpo.

—No me dejes, por favor —suplicó con voz débil—. Quédate conmigo.

—Está bien —aceptó él, tendiéndose a su lado y rodeándola con sus brazos—. No temas, nadie te va a hacer daño.

Edward sintió cómo ella se relajaba paulatinamente hasta quedarse dormida. Cuando comprendió que su sueño era profundo, se levantó con sumo cuidado y salió de la habitación. Aún tenía un trabajo que hacer, trabajo que, sin duda, le provocaría un enorme placer. Bajó silenciosamente los escalones y salió de la casa, dirigiéndose a la piscina. Micke continuaba inconsciente en el lugar donde lo dejara minutos antes. Lo cogió sin esfuerzo y lo sumergió en las frías aguas unos instantes, sacándolo a continuación y depositándolo sin miramientos en una hamaca. El efecto fue inmediato. Micke salió de su desvanecimiento con gesto de sorpresa, que fue cambiando paulatinamente a uno de furor al recordar lo sucedido.

—¡Hijo de puta! —exclamó con voz pastosa, intentando ponerse de pie para agredirle. Volvió a caer sobre la tumbona con un gesto agudo de dolor.

Edward se acercó a él y lo cogió por la solapa de la camisa acercándole a su rostro, que en esos momentos mostraba una amenazadora expresión.

—Tiene exactamente quince minutos para recoger sus cosas y marcharse —indicó con peligrosa voz—. Transcurrido ese tiempo, si aún continúa en esta propiedad, yo mismo me encargaré de expulsarle de aquí y de una manera que, apuesto, no le va a agradar en modo alguno.

—Esto es un atropello. No tiene derecho a tratarme de este modo. Voy a... —protestó, al tiempo que intentaba librarse de aquellas poderosas garras.

—¿Denunciarme por el trato que le estoy propinando? ¿Quejarse al padre de Bella? —continuó Edward con una siniestra sonrisa—. ¿Cuánto tiempo cree que conservará su empleo si le explico al industrial lo sucedido esta noche?

Micke comprendió que no tenía otra opción que obedecerle. Había sido una estupidez intentar seducir a su prima de esa manera, aunque en un principio le pareció que estaba predispuesta. Sin duda, interpretó mal el mensaje y ahora no debía empeorar más su situación. Lo mejor era marcharse de allí lo antes posible y rogar para que ni Bella ni su guardaespaldas dijesen nada a Charlie. No creía que su prima recordara mucho de lo sucedido esa noche. En cambio aquel hombre, que ahora lo miraba con una mezcla de cólera y regocijo en los ojos, no olvidaría nada.

—De acuerdo, me marcharé ahora mismo. Pero deje de hostigarme, maldita sea.

Edward lo soltó con un gesto de repugnancia y Micke se levantó con esfuerzo. El lacerante dolor en todo su cuerpo parecía aumentar por momentos, resultándole imposible disimular el sufrimiento que sentía. A pesar de todo, lo que salía más herido de aquella refriega era su orgullo y sus aspiraciones de una boda ventajosa con su forrada prima.

Recubriéndose de toda la dignidad de que era capaz, caminó hacia su habitación e introdujo sus pertenencias apresuradamente en las maletas. Ahora lamentaba no haber cedido a su primer impulso y haberse marchado a Miami donde, con toda seguridad, habría gozado de mejor acogida y más éxito entre las féminas. Con suerte, calculó esperanzado, las huellas de los golpes desaparecerían en unos días y estaría en condiciones de seducir a una madura y rica divorciada, que no planteara tantos problemas como las jóvenes y caprichosas herederas.

Edward vio marcharse con alivio el coche de Micke y volvió a conectar todas las alarmas, subiendo a continuación a la habitación de ella para cerciorarse de que se encontraba bien. Con suerte, al día siguiente las únicas secuelas del incidente vivido esa noche serían un horrible dolor de cabeza y, tal vez, un desagradable recuerdo. No estaba seguro de cuál sería su reacción cuando se enterase de que su primo se había marchado por indicación suya, ni le preocupaba tampoco. Estaba dispuesto a asumir la responsabilidad de su actuación y convencido de que volvería a hacerlo si se presentase la ocasión. En esos momentos no era la seguridad de su protegida lo que le impulsó a reaccionar de esa manera. Era la mujer que lograba despertar en él afectos que consideraba desterrados para siempre de su corazón la que se veía acosada por un hombre, y eso era algo que él no podía tolerar.

Reconocía que se había extralimitado, actuando más guiado por un impulso emocional que por los dictados de la razón, algo peligroso en su trabajo y totalmente contrario a las normas establecidas en él. Se ensañó con el agresor de un modo desproporcionado a lo que la realidad requería, hasta el punto de que, si Bella no lo hubiese detenido, pudo haberle causado graves lesiones.

Se acercó a la cama y la contempló durante largo rato. Era tan hermosa y parecía tan indefensa en esos momentos que sintió cómo su corazón se inundaba de ternura y amor. ¿Cómo había llegado a esa situación? Se preguntó perplejo. Tenía que reconocer, aunque no lo desease en modo alguno, que amaba a aquella mujer, una jovencita apenas, y que esa circunstancia estaba interfiriendo en su trabajo. Ya no se consideraba capaz de dominar sus propias reacciones, poniendo con ello en peligro la vida de Bella. Era el momento de retirarse, reconoció con determinación. Al día siguiente informaría al industrial de su decisión de abandonar el trabajo, al menos de forma directa. Podría realizar un seguimiento a distancia e incrementar el número de personal de apoyo en la casa si Swan lo deseaba, pero él tenía que alejarse de allí. Cuando no la tuviese cerca podría recuperar la ecuanimidad y la autodisciplina que siempre lo caracterizaran, de lo que se sentía totalmente incapaz cuando estaba ante sus ojos como en esos momentos.

Edward se inclinó sobre ella para cubrir con la sábana su cuerpo semidesnudo, pero en ese momento ella se movió y le rozó levemente el brazo.

—No me dejes —repitió Bella entre sueños, al igual que pronunciara un rato antes.

Edward sintió una sacudida eléctrica ante el suave contacto y todos sus buenos propósitos de momentos antes se vinieron abajo. Cuando volvió a entrar en aquella habitación no tenía la más remota intención de quedarse allí, pero al oír la dulce demanda femenina, comprendió que estaba atrapado. ¿Por qué negarse el sublime placer de pasar las pocas horas que restaban hasta el amanecer con Bella dormida entre sus brazos? ¿Por qué no deleitarse por última vez con su calor y soñar que era suya, para amarla y protegerla mientras le quedase un segundo de vida? Comprendió que era incapaz de renunciar a ello y tampoco tenía el menor deseo de hacerlo.

Se despojó de la húmeda camisa y se tendió a su lado, abrazándola tiernamente. Ella, con un suave gemido, se aproximó más a él, frotando la mejilla contra el pecho masculino. Emitió un profundo suspiro de satisfacción al notar el cosquilleo del suave vello de aquella zona y levantó la cabeza para enterrarla en su cuello y deleitarse con el calor y el masculino aroma.

Edward percibió cómo su corazón se aceleraba cuando los labios femeninos rozaron tenuemente su acalorada y palpitante piel, para quedarse después petrificado cuando ella comenzó a acariciarle con su cuerpo, en una especie de danza erótica de lentos y voluptuosos movimientos acompañados de profundos y excitantes gemidos. Comprendió que Bella aún se encontraba bajo los efectos del alcohol y sumida en una lasciva ensoñación, tal vez provocada por la insatisfecha excitación sexual que su primo despertara. Pero entonces, ¿por qué terminó repudiándolo cuando estuvo coqueteando con él toda la noche?

Intentó con todas sus fuerzas permanecer inmóvil ante la tormentosa exteriorización de los sueños eróticos de la mujer que tenía entre sus brazos, consciente de cómo un violento y desmedido deseo iba extendiéndose dentro de él pugnando por ser satisfecho. Sentía una intensa y dolorosa opresión en el bajo vientre y una progresiva congestión de su miembro viril, parejo a los sinuosos movimientos femeninos. Se repetía una y otra vez que debía resistirse, que no se beneficiaría del aturdimiento de Bella para satisfacer sus deseos. También era consciente del esfuerzo sobrehumano que esa determinación requería y de que, probablemente, no encontraría las fuerzas necesarias para realizarlo cuando todo su ser clamaba por darse esa satisfacción.

Imaginaba lo sublime que sería ceder a su imperiosa necesidad y aplacar con aquel seductor cuerpo la agonía que estaba sintiendo, aunque comprendía que no podría hacerlo. Si se aprovechaba de ella en esos momentos, en los que se hallaba segura y confiada a su lado, estaría actuando tan desalmadamente como el hombre al que acababa de golpear. Sería como violarla, al igual que su primo pretendió esa noche, y él no era un violador. Él deseaba a esa mujer más que a nada en el mundo, pero la quería despierta y respondiendo conscientemente a sus caricias, no dormida y soñando que era otro quien la poseía.

Intentó resistir escudándose en sus honestas intenciones, pero los leves gemidos de placer femeninos lo estaban enloqueciendo tanto o más que su dulce respiración o el calor de sus labios en su cuello, y Edward comprendió que no podría soportar esa tortura por mucho tiempo. Debía marcharse de allí inmediatamente o acabaría sucumbiendo a la exquisita tentación que esa mujer le suponía. Hizo un leve movimiento para intentar apartarla y poder levantarse, pero ella lo aferró con mayor fuerza repitiendo el único pensamiento que parecía tener en su embotada mente: "No me dejes".

Edward se sintió perdido. No deseaba servirse de la vulnerabilidad de Bella aunque sabía que tenía que satisfacerla para que se quedase tranquila y él pudiese aplacar su tormento. La tendió suavemente de espaldas y comenzó a deslizar una de sus manos por su cuerpo, en suaves y lentas caricias que provocaron un mayor dolor en él y profundos gemidos de placer en ella, hasta llegar a la caliente y palpitante zona entre sus piernas.

En su grata y sensual ensoñación, Bella sintió cómo una delicada y cálida mano acariciaba sabiamente su cuerpo y se entregó a ello con efusivo deleite. Intentó abrir los ojos para mirar el rostro de su exquisito amante, pero los párpados pesaban como piedras y una espesa niebla parecía nublar su visión impidiéndole ese deseado conocimiento, por lo que se resigno y decidió disfrutar de las enloquecedoras sensaciones que le provocaba y alentarlas con explícitos movimientos de su propio cuerpo. Emitió un sonoro gemido de asombrado gozo cuando los

hábiles dedos masculinos maniobraron suavemente en su excitado sexo, incrementando la velocidad y presión según el ritmo marcado por sus propias caderas, hasta sentir detonar muy dentro de ella una explosión de punzante y agudo placer. Placer que subió por su vientre hasta estallar en su cabeza en miles de luces de brillantes colores, que le hizo lanzar un agudo grito de deliciosa liberación. Tras ello exhaló un profundo suspiro y se dio la vuelta, sumiéndose en un dichoso y reparador sueño.

Edward, con las mandíbulas apretadas para no gritar de frustración y empapado en sudor tras el supremo esfuerzo requerido, se levantó de la cama apresuradamente y se dirigió a su habitación, consciente de que sólo una larga y fría ducha lograría calmar su abrasado cuerpo. En su apresuramiento no advirtió cómo unos atentos y abatidos ojos observaban con ansia tras una semi-cerrada puerta.

Alice permanecía despierta y presenció con expectación las idas y venidas por el largo pasillo en el que se encontraban los diferentes dormitorios. En primer lugar, y al poco de retirarse a su habitación, vio subir a Edward portando en brazos a una llorosa Bella e introducirse en el dormitorio de ella. Esperó durante unos minutos, temerosa de que le hubiese ocurrido algún percance a su prima, pero sin atreverse a inmiscuirse demasiado por miedo a descubrirlos en amoroso abrazo. Al poco, vio salir a Edward y respiró aliviada. No hubiese podido soportar que él pasara la noche con Bella, a pesar de ser consciente de que ambos se deseaban. Iba a acostarse cuando oyó pasos nuevamente y comprobó con estupefacción cómo su hermano, con evidentes muestras de haber recibido una brutal paliza, entraba en su dormitorio seguido por un amenazador Edward y volvían a salir ambos a los pocos minutos. En esta ocasión Micke llevaba las maletas en la mano, lo que indicaba claramente su intención de marcharse o, más probablemente, la de obedecer una orden explícita.

Todo se aclaró para ella. Su hermano había intentado propasarse con Bella y el guardaespaldas de su prima intervino contundentemente. Alice no se sorprendió demasiado ya que esperaba ese desenlace. Aunque Bella estuvo toda la noche coqueteando descaradamente con Micke, ella era consciente de que sólo lo hacía para provocar los celos de Edward y no con la intención que su hermano presumía. Por ello, cuando Micke decidió intentar un avance directo, chocó con la negativa de ella. Negativa que no debió aceptar y que acabó con la intervención de Edward, que llegó a tiempo de frustrar sus desaprensivas intenciones. Pensó que se lo merecía y respiró aliviada al comprender que no tendría que soportar su presencia durante los próximos días.

Decidió interrogar a Edward sobre lo acontecido cuando subiera a su habitación, pero su decepción fue enorme cuando lo vio entrar otra vez en el dormitorio de Bella. Esperó expectante una rápida salida. Sin embargo los minutos transcurrieron, y los inequívocos gemidos de placer que llegaban a sus oídos desde la cercana habitación indicaban claramente lo que estaba ocurriendo. Se sintió morir entonces, presa de los celos y la decepción. Sabía que no despertaba el menor interés en él, al menos lascivo. Edward deseaba ardientemente a su prima. Lo sabía y lo aceptaba. Incluso imaginaba que llegarían a una relación íntima, pero no esperaba estar presente y oír como otra mujer gozaba con las caricias del hombre que ella deseaba.

Tampoco se sintió aliviada cuando Edward abandonó el dormitorio de Bella y no se quedó a pasar la noche allí. La certeza de que ya no tenía la menor opción con él la sumía en la desolación. Comprendió que debía abandonar aquella casa antes de que su deseo por aquel hombre creciera y se convirtiera en un doloroso e inútil sentimiento o, peor aún, terminara delatándose ante él y mostrando claramente su interés. No estaba dispuesta a hacer el ridículo de esa forma. Sí, a la mañana siguiente se alejaría de allí con cualquier excusa antes de cometer alguna tontería como la de enamorarse de Edward Cullen.


La tentación fue más fuerte!

(^_^)凸

Gracias por sus reviews hermosas!

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Nos leemos mañana Lunes 18/03

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#Andre!#