La Nivelación
10
Mi corazón saltó de alegría cuando lo vi asomarse por la puerta, para luego quedarse quieto mientras esperaba a que la clase terminara, al parecer la asistente lo dejó pasar pensando que la profesora ya había terminado para la hora de colación. No le quité la mirada de encima hasta que los minutos faltantes culminaron la clase, y aguarde rezagada hasta que la sala se vaciara de las alumnas coquetas. El guardaespaldas se echó hacia atrás, realmente le incomodaba estar cerca de mujeres y más cuando éstas estaban dispuestas a practicar sus aprendizajes con cualquier persona del género opuesto.
Cuando me acerqué sonrió más relajado, me hacía tan feliz tener ese efecto en él y sonreí dulcemente. Raidô me preguntó si quería dar un paseo con él, lo miré dudosa y asentí, supuse que ya había terminado los papeles para liberarse de la tutoría y ahora se sentía obligado a pedirme cualquier cosa y no ordenarme, como lo hizo durante toda la Nivelación.
—¿Pasa algo malo? —pregunté y él se esforzó para sonreírme mas no dijo nada. Temí lo que le estaba ocurriendo.
Me llevó al campo de flores porque realmente eran bastos y estaríamos seguros de que nadie estaría escuchando o siquiera viéndonos, eramos libres de escoger un lugar entre los miles de tipos de flores y arbustos para aislarnos. En particular, un sitio con la hierba larga y coloridos paisajes, estaba satisfecha de que, aun por su condición de hombre, tenía el detalle de llevarme a un lugar lindo para estar a solas.
Dio una vuelta y sacó un papel de sus bolsillos del chaleco, lo leyó detenidamente para asegurarse de ser el correcto y me lo extendió.
—Es el comprobante de tu licencia, certifica que estás aprobada. Lo único que resta por hacer es llevarlo a la Torre, ya me ocupé del resto.—dijo y yo asentí calmadamente, sabía que ese no era el motivo por el cual me había llevado allí y esperé paciente a que se confesara.
—No te preocupes, ya entendí.—me adelanté cuando predije que me daría más detalles de lo que tenía hacer, el capitán se mantuvo en silencio mientras yo guardaba el certificado en mi bolso cuidando de que no se arrugaran las puntas.
—Me iré mañana a Suna.—dijo y como si leyera mis pensamientos, continuó atropelladamente.—Estaré en servicio alrededor de un mes. Hay un problema con los contrabandistas en el desierto de sal, al este de la aldea.—me explicó y asentí, luego tomé la palabra.
—¿Puedo verte cuando vuelvas?
—No.—respondió de golpe y traté de asimilar la negativa, lo miré atónita y supe que no sabía realmente como decirme que ya no quería verme, por lo que lo dijo rápido y sin dolor. Luego se arrepintió de sus palabras y comenzó a explicarse, traté de escuchar pero estaba sufriendo.—Lo siento, Ino, esto es mi culpa, soy el adulto. Nunca debí haberte permitido...
—Haberme permitido qué.—pregunté sin querer comprender, fui masoquista.
—Tú bien sabes que esto no habría ocurrido si yo no hubiese sido tan estricto contigo, te pido disculpas.—dijo y me apenó el hecho de que pensara que había sido un error evitable.
—Aun así, quiero que sepas que no mentía cuando te dije que te quería.—me sinceré y él resopló quejumbroso. Sin ser capaz de seguir de pie, tomé asiento en un banco polvoriento que lo había sido invadido por una enredadera marchita. Raidô guardó silencio nuevamente como no sabiendo qué decirme, luego optó por una salida que los mayores usan en contra de los caprichosos pedidos de sus hijos, lo niegan todo y te hacen creer que lo que quieres no es verdad.
—A tu edad no sabes lo que significa eso. Estabas confundida, en realidad no me quieres.
—No entiendo como puedes estar tan seguro de lo que siento o pienso.—contra argumenté ofendida y me atreví a mirarlo a los ojos.—Si piensas que una mujer sólo puede querer al postor con mejor sueldo, estás equivocado.—dije y Raidô me miró contrariado pero no pude parar ahí.—Si piensas que no puedo quererte por cómo tienes la cara, te equivocas.—dije y el capitán me miró casi con rabia, su ceño estaba tan fruncido que los músculos de las sienes palpitaban por la presión.
—Eso no es cierto.
—Entonces por qué no me dejas quererte.—le pregunté ya más calmada, me acerqué a él y lo tomé del chaleco pero su cuerpo estaba rígido y su cara tenía expresión de nada.
—Porque no es lo correcto.
—Siempre haces lo correcto, ¿acaso no puedes olvidarte un momento y admitir que sientes algo por mi?—pregunté con sufrimiento y él sólo calló nuevamente, limitándose a mirar mi cara. Cuando sentí que me acariciaba una mejilla con su pulgar, continuó.
—Si fueras mayor, lo aceptaría.—respondió. Traté de sostener su mirada pero me acurruqué sintiéndome como una basurita en su vida. Extendió sus brazos para abrazarme y me sobó la espalda como si estuviera llorando. Entonces me aparté y meneé mi cabeza un par de veces a modo de negación, Raidô me miró confundido.
—Si no quieres estar conmigo, entonces no lo estés.—dije molesta sin poder siquiera poder mirarlo a los ojos, me alejé del lugar. Supe por mi propia intuición que él se me quedó observando unos instantes y luego optó por descansar en el banco añejo en donde me había sentado anteriormente, esperando a que me alejara lo suficiente para no encontrarse conmigo en el camino a la aldea. Dios, lo conocía tan bien.
Inevitablemente mi mente terminó por echarme los ánimos al suelo y quizás más abajo, porque me proyectaba insistentes escenas con mi ahora ex-capitán y ex-tutor; atormentándome con lo que tuve y no tuve que haber hecho con él. Resople enojada. A pesar de todo, sabía que me quería de alguna manera, independientemente de cómo había terminado todo. Aunque no tenía certeza si eso era un punto a favor porque, hiciera lo que hiciera, estaba la esperanza de que él pudiera retractarse y eso, claramente, no me dejaba superarlo. Grité con la boca cerrada.
Papá tocó la puerta entreabierta y lo miré interrogante, no quería que mi rabia lo hubiese atraído a mi habitación y traté de mantener la compostura, le di permiso para que entrara.
—¿Qué ocurre, papá?—pregunté normalizada pero él sólo se limitó a tomar asiento al pie de mi cama, en donde yo estaba acostada. No habló al principio por lo que supe que algo le habría pasado.—Papá.—le insistí y él se encogió de hombros, claramente, acobardado con la temática de lo que lo traía a mi habitación. Papá comenzó aclarándose la garganta.
—Hoy fue a verme Shikaku a la florería.—dijo y empecé a ponerme nerviosa.
—¿Le paso algo a Shikamaru?—lo interrumpí y papá me observó como angustiado.
—No, no ha pasado nada aún con él, aunque tu tío está bastante preocupado, desde el funeral que está practicando demasiado los elementos, piensa que puede estar tramando algo.—me informó y me fui impacientando, si realmente estuviera tramando algo, esperaría que Shikamaru lo compartiera con el resto del equipo. Papá suspiró, atrayendo nuevamente mi atención hacia él.—En fin, eso no es de lo que te venía a hablar, tu tío ha venido a la florería preguntando por ti.
Lo miré entonces extrañada, no se me ocurría lo que estaría preocupando al tío de mí, nada en mi vida era preocupante, todo menos mi ahora acabada relación con el quemado que nada tenía que ver con el mejor amigo de mi padre. Como no dije algo, papá continuó.
—Dijo que Kurenai lo había ido a visitar para saber de tu condición, que te había visto en el hospital hace unos meses atrás.—finalizó raudo. Me tomó como un balde de agua fría, no pude evitar bajar la cabeza de vergüenza e impotencia.—Sólo dime, hija, ¿es cierto lo que Kurenai dice?
—No lo sé, papá, no me has dicho lo que te mencionó.
—Sabes muy bien lo que me refiero.—dijo y su voz me pareció mas gutural que de costumbre. Tragué saliva espesa y me acomodé sobre la cama, papá se cruzó de brazos esperando a que respondiera. Cerré los ojos de impotencia.
—Si, es cierto.—dije casi con miedo y pude sentir a mi papá ponerse tieso ante mi respuesta, me apresuré en excusarme pero papá simplemente no quería escuchar más.—Pero no es porque estuviera haciéndome los exámenes de embarazo, era solamente porque quería hablar con Sakura...
—Realmente quiero creerte, hija...—dijo y se levantó para dirigirse a la puerta, traté de detenerlo pero él continuó su quejumbroso caminar hacia la salida.—Quiero que bajes enseguida, ya le he comentado a Tsunade-hime la situación.
—Estás consciente de las acusaciones que estás haciendo respecto a uno de mis mejores capitanes y miembro del consejo de jouunin, son bastante severas, Inoichi.—cuestionó la líder a mi padre con mucha seriedad y no era menor, papá estaba convencido de que Raidô me había obligado a tener relaciones con él o algo por el estilo.
—Absolutamente, mi señora.—respondió él y la rubia exuberante asintió con pesadez. Cerró los ojos unos segundos en los que estaría meditando en cómo había permitido que todo eso pasara bajo sus narices si es que fuese cierto.
—Ino, ¿qué me dices al respecto?
—No es cierto.
—¿Entonces no has mantenido relaciones con tu supervisor?
—No.—dije con la voz hecha un hilito, la Sombra pareció percibir mi turbación y decidió dejar el interrogatorio por el momento. Me sentía cada vez más pequeña en la sala de consulta del área ginecológica del hospital en la que nos encontrábamos. Luego usó otro método para hacerme hablar.
—Pero tu padre es el jefe de la unidad de espionaje de la aldea, ¿no crees que su palabra tiene un poco de peso?—la miré muda, sin siquiera podía articular otra negación para que me creyeran, esperé que le bastara como respuesta. Tsunade se aclaró la garganta.—¿Me darías permiso para hablar a solas con tu hija, Inoichi?
Papá la observó un tanto alterado y tuvieron que pasar unos momentos para que él pudiese dar una respuesta y dirigirse lentamente hacia la salida como no queriendo dejarla en absoluto. No lo miré alejarse, más aún, tuve que escuchar el sonido de la puerta cerrarse para entrar en pánico. El quedarme sola con la Sombra era a la vez tranquilizante y perturbador, su condición como mujer me hacía sentirme más a gusto para hablarle de mis problemas pero como líder, mis confesiones podían traerme muchos problemas a Raidô, por lo que no sabía que tenía que decir para no delatarme.
—Es de suma importancia que me digas la verdad, son muy preocupantes las acusaciones que está haciendo tu padre...—comenzó y aprovechó la oportunidad para rodear el escritorio en el que estaba sentada y pararse a un lado mío, apoyándose sobre la madera del mesón para darme la impresión de confianza, creo yo.—Sólo quiero ayudarte.
—Ya se lo dije, les he estado diciendo la verdad todo el tiempo.—contesté por enésima vez. Tsunade me observó unos segundos en completo mutismo como tratando de creerme y posó su mano por su boca, pensativa.
—Está bien, te creo.—dijo.—Aunque no quiera hacerlo, tu padre me ha pedido que te revise y como líder no puedo negarme por lo que se ha dicho de Raidô. Ven por acá.—me indicó y se dirigió a un dispensario en donde se lavó las manos y se enguantó sólo una.
—¿Qué?—pregunté asustada y traté de detener su avanzar con el grito, ella me miró expectante.—Quiero decir, pude haber estado con cualquier otro chico y pueden culpar a Raidô por esto.—comenté más por miedo a abrir las piernas que por otra cosa.
—¿No eres virgen?—me preguntó casi con normalidad y me encogí de hombros.
—Claro que si.—respondí con un hilito de voz, creo que ya sé por qué la gente tiende a pensar lo contrario.
—Si no llegases a hacerlo, confío en que me dirás la verdad.—comentó y entró a una sala más pequeña en donde había una camilla ligeramente inclinada en la que salían unos brazos metálicos de su base, en los que tendría que dejar mis piernas.—Bueno, y tendríamos que decirle al chico en cuestión que venga a testificar que tuvo relaciones contigo. Después tu propio padre podría comprobarlo en el cuartel de tortura y espionaje.
Me quejé en silencio. Aunque sabía que era virgen, esperaba que mi interior dijera lo mismo.
Tsunade tomó asiento justo al frente de la peculiar camilla y esperó a que me pusiera en posición. Por supuesto es que demoré más de lo normal, porque no quería que me revisaran y Tsunade se tomó la libertad de llamar por un intercomunicador a una recepcionista para que le enviara una enfermera. En cuanto llegó la asistente, me estaba recostando sobre la camilla con la ropa interior puesta. La rubia estiró la mano descubierta para retirarme la ropa, mientras yo ponía una mano para evitarlo pero ella me la quitó con un suave manotazo.
Cuando sentí el contacto con el exterior, me cubrí la cara por la sensación desagradable. Me sentí expuesta y humillada, por lo que cerré los ojos con fuerza, mientras que mis manos estrujaban el borde metálico de la camilla. Tsunade introdujo su mano y comenzó a moverse dentro como una araña que se enmarañaba para hacer su nido, luego escuché que la rubia le daba indicaciones a la enfermera y ésta anotaba lo que le iban diciendo en un informe.—Puja. No te tenses, Ino.
Traté de decir algo pero me salió en forma de sollozo, temí que si me movía mucho, la mano de la Sombra sería mi primera vez.
—Bien, estás intacta.—me dijo y se lavó las manos, tuve ganas de llorar y la enfermera me ayudó a levantarme. Me pregunté para qué era el informe y la enfermera me dijo que se hacía era en caso de supuesta violación, cosa que no me alegró el día para nada. Cuando la Sombra regresó, se veía más tranquila.—Ahora estás libre de irte, ¿quieres que llame a tu padre?
—No, quiero que llamen a alguien más.—dije y Tsunade le dijo a su asistente que se preocupara de avisarle a la persona que tenía en mente.
Cuando Raidô llegó a los campos de entrenamiento, había comenzado una llovizna ligera. En el hospital, mientras la enfermera llamaba al guardaespaldas, escuché la voz de mi padre adentrarse en la sala de espera. Mi corazón dio un vuelco de desesperación, no sabía cómo podía mirar a papá a los ojos, sentí que me había traicionado y que ahora volvía a mí con la cola entre las piernas pidiendo mi perdón. La verdad era que no quería verlo ni ese día, ni en muchos más, por lo que opté por decirle a la enfermera que iría al baño y me dirigí a los campos de entrenamiento. ¿Cómo sabría Raidô que estaría allá? Porque estaba segura que me conocía tan bien como yo a él.
Oí al capitán llamarme a mis espaldas con una voz disminuida, como no queriendo despertarme de mi aletargamiento, y yo me di vuelta sobre mis talones para poder responderle, sabía que la lluvia distorsionaría mis palabras antes de que pudiera entenderlas y dejé mi rostro a la vista.
—Siento haberte llamado pero no sabía a quién recurrir.—mentí y él sólo guardó silencio sin alguna expresión en la cara. Me asusté, pensé que quizás no quería verme y bajé mi mirada turquesa en desilusión.—De veras lo siento.
—Shizune me contó todo lo que ha pasado.—dijo de repente. Me estremecí, su voz había sonado más bien gutural, como si no hubiese hablado en días.—No puedo evitar pensar que toda ha sido mi culpa.
Sentí que la lluvia se hacía mas pesada pero no desagradable, no dije nada, me sentía ultrajada y sin vida. Raidô no supo qué hacer o decir, creo que nunca me había visto tan desanimada, y se acercó a mí lentamente. Incliné la cabeza hacia arriba y vi su cabeza a lo alto, mirándome hacia abajo.
—No quiero volver a casa.—dije de pronto, el capitán no pudo evitar curvar sus labios. Con uno de sus dedos recorrió una de mis mejillas y sus pupilas parecieron perderse en el vacío.
—No puedes quedarte aquí para siempre.—me respondió y volvió en sí, me pregunté lo que había estado pasando por su cabeza.—Te vas a enfermar.
—Puedo quedarme en otro lugar.—dije y puse mi mano sobre la suya, que aún sujetaba mi mejilla. Hice una pausa.—Puedo quedarme en tu departamento.
—No estarás hablando enserio.—me cuestionó y realmente me pareció que se había asustado con mi proposición. Bajó su mano de pronto pero no se la solté, y lo miré más intensamente.
—Raidô, por favor, no puedo volver, no puedo ver a mi papá. Además...—lo que dije, lo hice rápido y pronto me quedé sin aire. El capitán levantó sus cejas como queriendo decirme que si, pero sus veinte años demás se lo impedían cada vez que pensaba en dejarme entrar a su vida como algo más que su antigua aprendiza.—Nadie tiene por qué saberlo.
El momento que llegamos a su departamento, la lluvia azotaba las ventanas y mi cuerpo temblaba tratando de recuperar el calor. Raidô me pidió que me quedara en la entrada de la sala mientras iba a buscarme una toalla, me estrujé el pelo y formé un charco de agua en el piso como si la madera estuviera sangrando. El capitán me envolvió en una toalla y, me frotó la cara y el pelo tan suavemente, que pensé que me estaba acariciando sin secarme en absoluto. Me lo quedé observando ante tal delicadeza y él pareció turbarse, quizás por el mismo hecho que lo había descubierto que por otra cosa. Curvé sólo un poco mi boca azul.
—No me mires así.—replicó furtivo el capitán y dejó de frotarme con la toalla. Se encogió de hombros, me pareció un momento casi perfecto.
—Así cómo.—respondí fingiendo desentendimiento y Raidô suspiró cansado. Acurrucándome bajo la toalla, me dirigí al sillón en la sala y el quemado me siguió con la mirada, expectante de mis acciones. En tanto yo sólo me limité a frotarme la punta de la cola de caballo para luego subir hacía la raíz lentamente. Raidô se quedó como clavado al piso, mirándome sin algún sentimiento plantado en el rostro y me cubrí nuevamente los hombros con la toalla ya húmeda.
—Aún estoy tratando de convencerme que ésta es una buena idea.—comentó más para sí mismo que para mí, aunque la reflexión en voz alta era algo así como una advertencia, de que todavía no estaba del todo a salvo de encarar a mi padre esa misma noche.
—Por lo que más quieras, no lo hagas.—dije enseguida asustada, él resopló.
—Si lo llego a hacer, no serás la única en problemas.—contestó simplemente y le sonreí. Sin muchas ganas o fuerza, me correspondió y curvó sus labios levemente, dirigiéndose a la cocina.—Deberías dejar de usar esa toalla, ya está más que mojada.—dijo.—Hay más en el baño.
Sonreí con malicia y me incorporé del sillón descalza, dispuesta a seguirlo a la cocina. Me paré en la entrada y me apoyé en la puerta, cruzando las piernas. Lo analicé en silencio, sabía que él había percibido mi presencia pero se limitó a seguir en su tarea, estaba calentando agua para hacernos té caliente y no se molestaba en mirarme pues sabía que eso me daría la cuerda necesaria para cortejarlo como estaba adiestrada a hacerlo.
Me crucé de brazos y lo miré con una sonrisa plantada en los labios ya rosados por el ambiente temperado.
—Estaba pensado.—dije.—Tengo toda la ropa mojada también, podría bañarme mientras la dejo secar.—propuse y Raidô me miro asustado con los ojos bien abiertos, sus movimientos se volvían visiblemente torpes. Me reprochó con la mirada algo frustrado y en cambio, lo miré interrogante. Alcé los hombros como esperando una respuesta y mi sonrisa se volvió inocente, nadie más que yo sabe como manejar mi desventaja de estar en plena juventud y convertirla a mi favor. —¿Acaso dije algo malo, Raidô? No hay nada de extraño tomar un baño para entrar en calor.
—Ino, para.—suplicó mientras trataba de calmar las ideas fogosas que le había inyectado en su atormentada y madura cabeza, podrás pensar que mis dichos no tenían nada de extraordinario pero mis maneras eran inusuales, mi voz era más dulce e inocente y mi cuerpo había adoptado la agilidad felina de una mujer experimentada. En tanto, el capitán trataba torpemente de buscar una taza para el té en una gaveta a la altura de su cabeza.
Como estaba tan distraído intentando aplacarse, no me fue difícil deslizarme para quedar entre su cuerpo y el mesón en donde tenía la taza, quedé tan cerca y fue tan rápido que su primera reacción fue una impresionante mueca de sorpresa. Lo agarré del chaleco y lo miré intensamente, no esperaba que hiciera algo porque no era de esos hombres, pero me divertía molestarlo de esa manera. Sabía que no podía resistirse a mis encantos pero su inquebrantable honor le impedía ir más allá. Cuando me miró sereno no pude seguir con mi faceta seductora y un semblante impresionado me asaltó de un momento a otro, de alguna manera los papeles se habían cambiado abruptamente y no sabía cómo ni cuándo había sucedido.
Pasmada recibí un beso del capitán, no fue apasionado pero tampoco fue aburrido. Apenas pude reaccionar y cuando lo hice, perdí la noción del tiempo. Cuando se separó lo hizo lentamente y me miró serio, como si hubiera agotado todas sus fuerzas para evitar lo inevitable, mientras yo lo miraba embobada. Luego se sonrió.
—Si quieres bañarte, hazlo.—dijo y fue sólo entonces que mi mirada de infinita estupidez se esfumó y dio paso a una hipnotizada. Asentí casi imperceptiblemente. Se dirigió a su habitación y la abrió de par en par, y yo sólo lo seguía.—Dormirás aquí.
—¿y tú, dónde dormirás?—pregunté asustada, pensando que había jugado con fuego y ahora estaba por quemarme. No quería que la sospecha falsa de papá se hiciera realidad, no me sentía preparada.
—En el sillón.—supe que se había reído mentalmente, sabía lo que me había imaginado, exactamente lo que yo misma le había hecho pensar momentos antes, cuando creía tener el control. Entonces se me acercó con la seguridad compuesta y me acarició la cabeza rubia como si me tratara de un cachorro asustado y se encaminó a la sala. Cuando le pregunté que iría a hacer, se dio la vuelta.—¿No te ibas a bañar? No creo que quieras que esté viéndote mientras lo haces.
—No, ya me sequé.—dije.
Unos golpes fuertes en la entrada me trajeron de vuelta a la conciencia, me moví con sigilo hacia la orilla de la cama y estiré el cuello para poder observar lo que ocurría en la sala, donde el capitán dormía. Él se levantó lentamente aletargado por el sueño y me miró por unos instantes. Raidô se llevó un dedo a la boca y así me pidió que guardara silencio, al mismo tiempo en que juntaba la puerta de su habitación, dejándome en la penumbra. Pensé que podrían estar buscándome y me senté en la cama, haciendo la menor cantidad de ruido posible, para después incorporarme. Me quedé quieta, y hasta incluso dejé de respirar unos instantes para escuchar lo que sucedía afuera de la habitación, y oí como el capitán encendía unas luces y abría la puerta principal.
Apenas Raidô quitó el seguro de la entrada, una fuerza bestial se encargó de azotar la madera contra la pared. Papá apareció en el umbral con la cara contraída como tabla petrificada y con los ojos con un ligero tinte rojo, como si hubiese estado llorando. El quemado suavizó su mirada, todo el enfado causado por el alboroto había desaparecido y había dado paso al sentimiento de culpa.
—¿Dónde está Ino?—comenzó el rubio y se hizo paso por entremedio del capitán. Cuando entró al pequeño departamento, papá dio una vista panorámica de la sala, en donde se encontraban dos tazas vacías encima de la mesa de centro. El florista bufó y se dirigió a las tazas, y luego miró al quemado aún más contrariado que antes. Raidô se limitó a seguirlo en silencio.
—Ella no se encuentra aquí, Inoichi.—respondió mi profesor calmadamente y mi papá se impacientó, buscándome en la cocina. Raidô suspiró, sé que estaba arrepintiendo de todo el asunto, su lealtad a sus superiores era, hasta ese momento, inquebrantable.—Ahora te pido que te vayas.
—No me mientas. He estado observándote, a ti y a Ino. Sé que me ocultan algo.—dijo y sentí mareos, era cierto pero no exactamente lo que él pensaba, se me ocurrió que lo que había pasado en el país de la Ola con los contrabandistas muertos era mucho más grave que mi supuesta relación sexual con Raidô. Piensa, piensa. Inevitablemente papá vendría a revisar la habitación, por mucho que el capitán se negara.
—Ella ya no está aquí.—dijo de pronto el quemado y mi corazón paró, en qué estaría pensando. Por supuesto, papá no se demoró demasiado en salir de la impresión y reaccionar mal.
—¿A qué te refieres con eso, Namiashi?—preguntó papá ácidamente, pensé que estaría a momentos de sacudir al profesor.
—Estuvo aquí, desde el Hospital me llamaron porque ella quería verme. La traje aquí para que se tranquilizara y porque llovía afuera. La llevé donde Shizune para evitarme problemas. Ella ya no se encuentra aquí.—mintió el quemado y papá estuvo al borde del colapso, era natural que no le creyera.
El espía se dio vuelta y comenzó a buscarme por los lugares donde aún no lo había hecho: el baño y por último, la habitación. Raidô comenzó a impacientarse, no lograba de ninguna forma detener al torbellino de mi papá y por mucho que trató de mantenerlo alejado de la habitación, papá terminó por abrir la puerta cerrada que me ocultaba.
Para sorpresa de ambos, ya no quedaba ni rastro de mi. Papá suspiró molesto y comenzó a revisar todos los lugares, incluso dentro del ropero y Raidô también ayudó en su tarea, pero mucho más discretamente.
Cuando por fin se dio por vencido, papá se dejó caer frustrado en el pie de la cama que yo había ocupado momentos antes. Se restregó los ojos como evitando que se les hicieran agua, estaba totalmente arrepentido. El capitán lo observó silencioso, preocupado de mi paradero y sabiendo que entre más tiempo pasaba, mi presencia podría quedar al descubierto.
—Lo siento, es sólo que no sé qué más hacer. Ino simplemente desapareció. —empezó mi papá mucho más calmado. Raidô permaneció callado y dejó que papá siguiera.—¿Es verdad lo que me dijiste, que Ino está con Shizune?
—Sí, señor.
—Entonces iré allá.—sinceró papá sin mucha fuerza y se incorporó de la cama. Reacciona, Raidô, si no me encuentra allá lo más seguro que vuelva a matarte.
—No creo que sea una buena idea, señor.—dijo entonces el capitán y papá se volvió sobre sus talones, a punto de enfadarse otra vez.—Ya conoce a Ino, si se fue como lo hizo, lo más seguro que quiera quedarse fuera esta noche. Lo que pasó hoy fue...—comentó el quemado y prefirió callar, sabía que papá no estaría muy contento con su opinión.
—Habla.
—Lamentable.—dijo entonces el capitán, se me pararon los pelos del susto, no sabía cómo reaccionaría papá a un insulto como ese. Pensé que al día siguiente tendría que testificar por el homicidio de mi profesor y dejé de respirar para captar mejor la reacción de mi progenitor.
—¿Qué otra cosa esperabas que hiciera si veía que mi hija...—gritó papá pero guardó silencio de pronto, no sabía cómo se completaba esa frase. ¿Me había dejado seducir, que era una ingenua? O quizás, ¿era una oportunista? Habla de una vez, papá.—Al principio pensé que te odiaba y de pronto, se comenzó a arreglar antes de los entrenamientos y me mentía diciéndome que iba al Hospital cuando en realidad iba a otro lugar.
—Es lo normal, es estudiante de la rama de seducción.—respondió mi capitán con extrema calma y papá pareció desesperarse, Raidô lo hacía sentir como si hubiese exagerado todo el tiempo.
—Pero no es todo lo que ocurre, me siguen ocultando algo. Cuando Asuma murió, ella bloqueó su mente, conozco a mi hija, ella no haría tal cosa.—dijo papá al borde de la histeria.
—Hay cosas que no puedo decirle, son estrictamente parte de la misión del país de la Ola. Es protocolo.
Papá guardó silencio otra vez y tuvieron una pequeña pelea visual. Luego, Raidô volvió a insistirle en que se retirara y mi papá resopló resignado. Pero antes que el quemado cerrara la puerta, llamó la atención del rubio que se iba derrotado.
—Mañana a primera hora, me aseguraré de que Ino vuelva a casa.—prometió y mi papá, aunque era muy orgulloso, le dio las gracias.
Apenas Raidô cerró la puerta, se dirigió rápidamente hacia la habitación desde donde me llamó un par de veces en voz baja, mientras se hincaba a un lado de la cama y me buscaba debajo de ella. Obviamente, no me encontró allí y dio un par de vueltas sobre sus talones, y me buscó con la miraba en su reducida alcoba.
Giré mi cuerpo con cuidado y toqué el vidrio de la ventana suavemente desde el exterior. El capitán abrió la ventana que yo misma había cerrado en un descuido y me sostuvo de las manos para ayudarme a entrar al edificio nuevamente. Estaba muy frío el ambiente afuera y lo normal era que estuviera temblando, por lo que me acurruqué junto a él mientras me cubría con las sábanas con cuidado. Aun se veía asombrado por mi escape.
—Lo que hiciste fue muy peligroso.—dijo de pronto y me pregunté por qué lo había hecho, estaba consciente que pararse en un tubo recolector de agua en un quinto piso era peligroso pero francamente no tuve otra opción, esconderme debajo de la cama sería muy evidente. —No lo vuelvas a hacer, podrías haber caído.
—Pero no pasó nada. Ahora papá no puede desconfiar de ti.—dije y estrujé mi cara en su hombro.
—No importa, sabe que mentí. Estoy seguro de eso. —comentó y se separó un poco de mi, se pasó una mano por la sien y miró hacia otro lado. Resoplé.
—Aun así, no puede probarlo, ¿o sí?—le pregunté y Raidô curvó sus labios en una sonrisa, pasó un brazo detrás de mi espalda y permaneció así por unos instantes, abrazándome. Cuando dejé de temblar, se levantó y me pidió que durmiera, que él estaría en la sala si necesitaba algo. Antes que cerrara la puerta nuevamente, me permití hablar y él esperó en la puerta para escucharme.—Hay algo que quiero preguntarte.
—Pregunta.
—¿Cómo estás seguro de que papá no irá a buscarme al departamento de Shizune?—pregunté y él quedó unos instantes en silencio.
—No lo sé.
—No te entiendo.—dije.—Él puede volver en cualquier momento, sabrá que le mentiste cuando Shizune le diga que no sabe de mí. Eso sólo empeoraría las cosas.
—Confío en Shizune, ella va a ayudarnos en esto. No te preocupes, si tu papá llega a aparecerse allá, ella sabrá cómo actuar.
Nota: Parece que nada de las cosas que digo, lo cumplo. El capítulo que supuestamente iba a ser el último resultó ser el penúltimo puesto que se me alargó mucho la historia. Mil disculpas por la tardanza si es que aún siguen esperando el capítulo pero es mi mayor defecto fickero. Gracias a los reviews que recibí, amo leerlos. Espero que haya sido de su agrado y nos vemos, ahora no miento, en el último capítulo de La Nivelación.
EDITADO Corregidas las faltas de ortografía y me tomé la libertad de borrar algunas frases y explicar mejor otras.
RP.
