La ruta 25 era más larga que la 24 y su camino más tortuoso y más lleno de hierba que de tierra que marcaba el trayecto a seguir por esta. Por suerte, la hierba no era alta, por lo que toparse con Pokémon salvajes hostiles, al menos en el camino, era poco probable, pero sí había los típicos Pidgey y Spearow volando por los alrededores y apostándose en las ramas de algún árbol solitario como los Pokémon salvajes que más se veían. Más adelante los árboles solitarios comenzaron a juntarse y pronto crearon una pequeña arboleda. Ryku temía que esa arboleda fuera como el bosque Verde, pero a medida que se aproximaban veía la enorme diferencia entre los dos lugares; en la arboleda los árboles estaban bastante separados entre ellos y sus copas eran mucho menos densas lo que lo convertía en una zona agradable por la que pasear y sentarse en los troncos de los árboles.
Los dos jóvenes se adentraron en la arboleda y siguieron un camino cuidadosamente pautado formado por espacios más largos entre los árboles. Aunque no era necesario ir por allí ya que se podía atravesar sin posibilidades de perderse, era el camino más seguro de no toparse con nada indeseado y, por una vez, no hacía referencia a los Pokémon salvajes, sino a los combates entre entrenadores. Ryku y Dylan habían escuchado cortes en los troncos de los árboles, gritos de Pokémon peleando y, en una ocasión, directamente un duelo entre un Arbok y un Pidgeot. Salieron de la arboleda en pocos minutos y divisaron el mar a lo lejos.
—Ah, el mar. No lo había visto desde esta ruta —comentó Dylan—. Dime, Ryku, ¿habías visto antes el mar?
—Por supuesto —respondió Ryku—. Al sur de pueblo Paleta también hay una playa que da a una ruta marítima. creo que es la 21. Siempre que hacía calor mis padres y yo pasábamos el día en la costa. Incluso era un buen lugar donde entrenar con mi Pokémon, aunque debía ir con cuidado por el tema de las debilidades.
—Entiendo. Yo he de confesar que solamente he visto el mar un par de veces más. Una cuando estuve en ciudad Carmín y otra en ciudad Fucsia donde cogí la ruta marítima que llevaba a isla Canela. Supongo que es lo que tiene venir de una de las ciudades menos costeras de Kanto.
Ryku y Dylan continuaron andando hacia el mar. El olor de este en aire ya se notaba y, en cierto modo, era agradable respirarlo. Pronto se toparon con una pendiente que finalizaba en las diminutas dunas de arena de la playa. Antes de pisar, Ryku se quitó el calzado y los calcetines para no llenárselos de arena al andar y Dylan hizo lo mismo. Luego los dos bajaron la pendiente y se pusieron a pasear por la costa. Había más entrenadores que realizaban el mismo plan que ellos y también combatían en la arena. Ryku hubiera retado a alguien aquí si no hubiera perdido las ganas tras los encuentros con los Seis del Puente Pepita. Quería reservar las pocas intenciones que le quedaban por combatir en el combate contra Misty, la líder del Gimnasio de ciudad Celeste.
La playa era extensa y Ryku y Dylan tardaron más de un cuarto de hora en recorrerla de un extremo a otro. Cuando llegaron al final, Dylan señaló algo que vio encima de un acantilado a las orillas del mar. Era una casa del mar de alguien.
—¿Sabes quién vive allí? —preguntó Dylan. Ryku negó con la cabeza—. Si mi memoria no me falla, y lo que se cuenta es cierto, ese el cabo Celeste y esa casa de ahí es donde vive Bill, el famoso investigador Pokémon.
—¿Bill? —repitió Ryku asombrado—. ¿El mismísimo creador del sistema de Almacenamiento de Pokémon y desarrollador principal de la tecnología Enlace?
—En efecto. ¿Te hace que le echemos una visita? Tal vez esté allí si no está trabajando en algún nuevo invento de los suyos.
—Desde luego. Ese hombre es un ídolo para los entrenadores Pokémon. Ignorarlo sería una estupidez enorme.
Ryku y Dylan subieron la pendiente y volvieron a pisar la tierra y la hierba. Se sacudieron la arena que les quedó en las plantas de los pies, se calzaron de nuevo y caminaron hacia la casa. A medida que se aproximaban, veían más con más detalles el edificio, como las dos plantas que la componían, el techo de color verde, la chimenea y las paredes blancas con tablones de madera color beige y algún que otro árbol plantado en lo más parecido a un jardín que podía ser. Ryku se acercó al buzón que había en el límite de aquel jardín improvisado y leyó Casa del mar de Bill, el inventor Pokémon. Se emocionó de estar frente al hogar del hombre que cambió por completo los combates Pokémon. Los nervios le hicieron dudar en si debería llamar a la puerta por si Bill estaba ocupado con alguno de sus inventos, sin embargo, aquello también le atraía y terminó por tocar el timbre.
Nadie respondió.
Ryku tocó de nuevo el timbre en el caso de que no se hubiera escuchado, pero el resultado fue el mismo.
—Parece que no está en casa —dijo Ryku un tanto decepcionado.
Dylan no creyó que Bill no estuviera. Todo inventor a duras penas salía de su casa si tenía una idea que desarrollar, eso decía su padre. Bill era un gran inventor y estaba convencido de que se hallaba dentro de la casa, solo que debía estar concentrado en alguna tarea. Rodeó la casa en busca de algún indicio de que demostrara su teoría y se topó con algo inusual.
—¡Ryku! Ven, tienes que ver esto.
Ryku siguió la voz de Dylan y le condujo a un lateral de la casa. Cuando se reunió con su amigo, este le señaló el suelo y luego una de las ventanas. Ryku entendió la importancia de lo que tenía que ver; en el suelo había una lámpara rota y la ventana tenía un cristal roto.
—Probablemente la lámpara haya sido tirada por esa ventana —dedujo Dylan—. ¿Qué significa esto?
—¿Crees que Bill está en peligro?
—Es posible. Tal vez a Bill le haya fallado alguno de sus experimentos y no esté dispuesto para pedir ayuda. Incluso con la de entrenadores que hay cerca, deberían estar muy pegados a la casa con tal de ver esto. Deberíamos llamar a la policía y…
—¡Dylan, mira! ¡Hay alguien en la ventana!
Dylan y Ryku centraron su vista en quien les estuviera mirando por la ventana. Costaba verlo ya que la luz del sol se reflejaba en la superficie del cristal y bloqueaba ver a través de esta. Sin embargo, tanto Ryku como Dylan lograron distinguir una mano que les hacía señas en dirección a la puerta. Los jóvenes intercambiaron una mirada confusa. ¿El desconocido les estaba diciendo que entraran en la casa? Por el momento le siguieron la corriente y se dirigieron a la puerta.
—Vayamos con cuidado, Ryku, por si acaso —advirtió Dylan.
Ryku asintió. Antes de entrar, Dylan vio una vez más a través de la ventana la mano que les señalaba la puerta. Fuera quien fuera, insistía mucho en que los dos entraran. Ryku empujó la puerta con fuerza y esta cedió sin problemas. La puerta estaba abierta desde el principio. Ryku y Dylan entraron, ambos con las manos en sus brazaletes para activar sus Enlaces cuanto antes en caso de ser atacados, y se detuvieron en el vestíbulo. Ryku y Dylan observaron sus alrededores en busca de algo inhóspito, pero resultó todo lo contario.
El vestíbulo era de lo más acogedor con plantas aquí y allá, cuadros de preciosos paisajes y de Pokémon y unas escaleras en el centro que llevaban al segundo piso. Ryku y Dylan optaron por dividirse para inspeccionar las habitaciones contiguas al vestíbulo, pero un sonido agudo les borró la idea de la cabeza.
Aquel sonido provenía del piso superior. Ryku y Dylan miraron las escaleras y escucharon de nuevo el sonido y unos pasos de algo pequeño moviéndose en su dirección. Los jóvenes estaban muy atentos a lo que fuera lo que causaba ese sonido al que daban muchas posibilidades de tratarse de un Pokémon salvaje que se había colado en la casa. Sin embargo, cuando hicieron contacto visual con lo que producía aquel sonido agudo y esos ruidos al caminar no se creyeron lo que vieron. Un Clefairy se les acercaba muy nervioso y bajó las escaleras tan deprisa que tropezó y rodó hasta los pies de los jóvenes. Se recuperó casi al momento y empezó a dar saltitos y a hablar como si creyera que se le podía entender.
—Guau, cálmate, Pokémon. Cálmate —decía Dylan intentando tranquilizar al Clefairy.
—¿Bill tiene un Clefairy de mascota? —preguntó Ryku.
—¿Cómo quieres que sepa eso? No estoy metido en su vida personal.
El Clefairy dejó de saltar y sacó una mueca de enfado.
—Intenta decirnos algo, está claro.
Dylan se arrodilló y se puso frente al Pokémon.
—¿Qué quieres? —le preguntó—. Puedes indicarnos lo que necesitas con gestos, porque hablando no te vamos a entender.
Al Clefairy le brillaron los ojos y siguió el consejo de Dylan. Extendió su brazo y simuló que pulsaba algo en él con la otra mano. Ryku y Dylan no comprendieron el significado de aquel gesto y se rascaron la cabeza pretendiendo descifrarlo. Les costó tanto que el Clefairy señaló los brazaletes de los jóvenes.
—Ah, claro. Ha dicho algo de los brazaletes —dijo Dylan. El Clefairy se alegró de que hubieran resuelto su acertijo—. Pero ¿por qué un Pokémon salvaje nos habla de ellos? ¿Les ha ocurrido algo?
Ryku miró su brazalete en busca de algún tipo de fallo y Dylan lo acompañó segundos después. El Clefairy se llevó una mano a la cara, decepcionado de que los jóvenes hubieran malinterpretado sus intenciones.
—Mi brazalete está bien —informó Ryku.
—Y el mío. Entonces, ¿qué es lo que quiere decirnos el…?
Sin terminar la frase, el Clefairy se abalanzó sobre Dylan, se aferró en el brazo del brazalete y se puso a toquetear la pantalla del aparato. Dylan gritaba y zarandeaba el brazo para quitarse el Pokémon de encima, pero el Clefairy se había asegurado de no caerse de ahí tan fácilmente. Ryku se quedó unos instantes sin saber qué hacer hasta que Dylan le suplicó que le quitara al Clefairy de encima. Ryku actuó como pudo y cogió al Pokémon del cuerpo y tiró de él, pero el Clefairy continuaba tan pegado al brazo de Dylan como un imán. Al final, el Pokémon rosa se soltó, aunque no porque la fuerza de Ryku hubiera logrado separarlo del brazo de Dylan, sino porque el cuerpo de Dylan se había puesto a brillar y a cambiar de forma. El Clefairy había activado su Enlace. Y mientras Dylan iba transformándose en el Blastoise, el Clefairy repitió su acción, esta vez con el brazo de Ryku. Se movió tan rápido que Ryku no tuvo oportunidad de contrarrestar las agitaciones del Pokémon rosa. Al final, el Clefairy acabó realizando lo mismo que con Dylan e introdujo a Ryku en el proceso de transformación. Poco después en el vestíbulo reinaron el Charizard y el Blastoise de Ryku y Dylan e impusieron sus tamaños al pequeño Clefairy.
—¿Así que querías pelear contra los dos? —concluyó Dylan—. Haberlo gesticulado antes. ¡Vamos!
—No, no, ¡No! —chilló el Clefairy—. Ni se os ocurra usar vuestros ataques dentro de la casa, de mi casa.
—¿Por qué has activado nuestros Enlaces, entonces? No usamos estas formas por puro placer.
—Espera un segundo, Dylan —detuvo Ryku las ganas de combatir de su amigo—. El Clefairy ha dicho que esta es… ¿su casa?
Dylan paró sus intenciones de pelear y pensó en lo que había dicho Ryku. Tenía razón. El Clefairy había referido la casa de Bill como suya. Se quedó perplejo ante ese descubrimiento.
—Claro que he dicho que es mi casa —corroboró el Clefairy—. Soy un Pokémon… ¡No, espera! Soy Bill. Sí, eso es. Me llamo Bill. Vivo aquí.
Las mentes de Ryku y Dylan estallaron en mil pedazos con la declaración del Pokémon y se comportaron como si hubieran sufrido el efecto de la confusión. Los dos jóvenes compartieron miradas y las intercalaban entre ellos y el supuesto Pokémon Bill hasta que consiguieron disipar sus dudas y comprender, más o menos, la situación.
—Ha sido extraño, pero ya veo lo que ocurre —dijo Dylan—. Bill tiene activado su Enlace, por eso es un Pokémon. Raro que no nos hayamos percatado antes cuando se acaban de activar los nuestros.
—Pero ¿por qué? ¿No hubiera sido más fácil presentarse en forma humana? —presumió Ryku.
—A eso puedo responder yo —intervino Bill—. Resulta que no puedo regresar a mi forma humana; me es imposible desactivar el Enlace. Por eso intenté por todos los medios a mi disposición contároslo, pero necesitaba que tuvierais vuestros Enlaces activos y os convirtieras Pokémon porque, como bien sabréis, la comunicación entre entrenador con Enlace activo y otro sin es la misma que la de una persona con una pared.
—Oh, con qué eso significaban los gestos. Nos indicabas que activáramos nuestros Enlaces para hablar contigo —corrigió Dylan sus deducciones. Disimuló la vergüenza que sentía en ese instante.
—Exacto. Sin ánimo de ofender, pero se os da bastante mal el interpretar los gestos —opinó.
—Quizás si no te nos hubieras abalanzado cual Pokémon salvaje, habríamos llegado a esa conclusión tarde o temprano —protestó Dylan seriamente.
—Esto, yo… No me había dado cuenta de ese detalle. Lo siento.
Dylan se jactó de su victoria elevando la barbilla.
—Bill, ¿Te importaría explicarnos qué ocurrió para que te resultara imposible desactivar tu Enlace? —preguntó Ryku ignorando la demostración de superioridad de su amigo—. Es lo único que no alcanzó a cogerle el sentido.
—Estaba en mi laboratorio investigando formas de mejorar y expandir la tecnología Enlace, Sabíais que fui yo quien la inventó, ¿no?
—Desde luego. Venimos aquí para conocerte en persona, cosa que todavía no hemos tenido la oportunidad de ver, hablando objetivamente —contestó Dylan.
—La tendréis, os lo prometo. Continuando con la explicación, concretamente seguía la pista de poseer un brazalete Enlace con más de un Enlace en el mismo aparato: dos para empezar. Y en una de mis pruebas el brazalete se puso a emitir sonidos de errores y fallos en el sistema y antes que pudiera al menos quitarme el brazalete, me quedé cegado por una luz. Cuando desperté al cabo de unos minutos me di cuenta de que, bueno, me había transformado en el Pokémon que veis ahora mismo. Al principio me asusté, pero pronto recordé que el Enlace que estaba utilizando para las pruebas era el de un Clefairy, así que me calmé y pretendí apagar el Enlace con tal de regresar a mi forma humana, pero…
—No pudiste —sentenció la frase Ryku.
Bill asintió.
—No hallaba el método tradicional de separar la forma Pokémon de la humana, de apagar el Enlace. Probé de otras maneras, unas especiales para desarrolladores de la tecnología Enlace, y otras del estilo de los entrenadores como dejarme atacar por Pokémon salvajes hasta que la Prioridad Humana se activara. Para mi sorpresa, en todas se activó la medida de seguridad, pero el resultado fue inesperado: seguía siendo un Pokémon. Me enfadé tanto de no lograr mis objetivos que acabé dándole un golpe a la mesa y el zarandeo tiró la lámpara por la ventana. Debía haberlo hecho con mucha fuerza porque también rompí el cristal…
—Eso explica la lámpara rota en el jardín —comentó Dylan.
—Llevo días atrapado en esta forma y los fallos del Enlace hacen que a veces olvide que soy humano. Necesito que me ayudéis, por favor.
—No vamos a permitir que el creador de la tecnología Enlace se quede en esta forma para siempre, ¿verdad, Ryku?
—Por supuesto. ¿En qué podemos ayudar?
A Bill casi se le saltan las lágrimas, pero logró mantenerse firme.
—Veréis, en mi laboratorio tengo una máquina, un prototipo de un teletransportador que diseñé hace tiempo. En esa máquina programé una separación celular en los casos en los que el teletransporte no saliera correctamente. Esa opción de la máquina es perfecta para separar el cuerpo Pokémon procedente del Enlace de mi cuerpo humano, y mi última oportunidad de curarme. No podía ejecutarlo antes porque requería de otra persona que monitorizara el proceso desde el ordenador al que está conectado. Seguidme, os llevaré hasta el laboratorio. Si lo deseáis, podéis desactivar vuestros Enlaces, no creo que vaya a hablar más.
—Mantendré mi Enlace un poco más por si acaso —dijo Ryku—. Dylan, tú puedes volver a la forma humana.
—De acuerdo.
Cuando Dylan desactivó su Enlace, Bill guio a los dos jóvenes a su laboratorio. Estaba en segundo piso tras una puerta de metal con altos métodos de seguridad. Resultaba complicado no suponer que había algo especial al otro lado, pues las demás habitaciones del pasillo en el que se encontraban poseían puertas de madera comunes. Bill subió por unas escaleras improvisadas hechas con cajas y una mesa e introdujo un largo código en el panel de seguridad. Después de pulsar el último número o letras del código, la puerta emitió un sonido afirmativo y se encendió una luz verde sobre la puerta. Bill pidió a Ryku y Dylan que uno de los dos abriera la puerta por él. Ryku fue el encargado de la tarea y la empujó hasta abrirla de par en par.
El laboratorio impresionaba con el primer vistazo. Había todo tipo de objetos como una vitrina con algunos brazaletes similares a los que vieron Ryku y Dylan en el museo de ciudad Plateada, estanterías que llegaban al techo y llenas de libros, cajas esparcidas por toda la sala, una máquina del Sistema de Almacenamiento que a Ryku le recordó a la que tiene la Profesora Dalia en su laboratorio, archivadores, servidores, mesas con más libros, planos, algún que otro brazalete, herramientas y ordenadores y, por último, lo más increíble del laboratorio: dos máquinas que casi alcanzaban el techo conectadas entre sí por un grueso tubo verde. Las máquinas tenían puertas con las que acceder a su interior. Debían ser los teletransportadores que mencionó Bill.
El Clefairy fue directamente a una mesa con un ordenador cerca de los teletransportadores, se subió a la silla de un salto e inició sesión el en ordenador. Con la mano de Pokémon le costaba bastante manejar el ratón, con lo que precisó de la ayuda de Dylan para configurar los teletransportadores. Bill le fue señalando dónde tenía que clicar y él se encargaba de escribir con el teclado todo lo necesario. Las máquinas fueron respondiendo a las acciones realizadas en el ordenador y, al cabo de un rato, la puerta de la máquina más próxima al ordenador se abrió, dejando entrever un espacio vacío en su interior.
—Vale, ya veo lo que hay que hacer —comentó Dylan tras emerger una ventana en la pantalla del ordenador—. Tengo que esperar a que el teletransportador tenga algo o alguien dentro, el cual automáticamente la máquina detectará, cerrará la compuerta y enviará la señal al ordenador para que se pueda iniciar el proceso de separación celular. ¿Me equivoco?
Bill negó con la cabeza y le hizo un gesto afirmativo.
—Muy bien. Estoy listo para darle al botón. Cuando tú quieras, Bill.
Ryku desactivó su Enlace, ya que no era obligatorio permanecer más tiempo como un Charizard, y se colocó al lado de Dylan con tal de observar el proceso. Bill se dirigió al teletransportador y, luego de inspirar y exhalar, se metió en la máquina. El teletransportador tardó unos segundos en reaccionar, cerró su compuerta y aseguró que no se pudiera volver a abrir. Dylan comprobó el estado del proceso en el ordenador y recibió el mensaje de que había algo cambiando en la cámara dos. Esperó a que el programa le diera la posibilidad de iniciar la separación celular y, en cuanto el botón se tornó disponible, lo pulsó sin pensárselo dos veces.
Las máquinas empezaron a funcionar, emitiendo ruidos típicos de maquinaria pesada y el pasar de la electricidad por los cables del suelo. Se pusieron a parpadear las luces de la máquina donde se encontraba Bill que llegaban a ser confusas entre si deberían iluminarse o no pues no se podían guiar por el color azul con el que se encendían. Ryku miró la pantalla del ordenador y vio una barra de progreso que iba cargándose poco a poco. No hubo nuevas reacciones por parte de las máquinas hasta que la barra alcanzó el cincuenta por ciento. Justo en ese momento las luces azules se apagaron y se traspasaron a las de la otra máquina las cuales permanecieron prendidas. Ryku y Dylan escucharon un ruido seco, como de un objeto cayendo al suelo. Miraron en el resto del laboratorio, pero nada de lo que había se había salido de su sitio, solo movido ligeramente por los temblores causados por los teletransportadores. Luego vigilaron el proceso en el monitor y vieron que la barra seguía su curso. Un nuevo sonido les llamó la atención y observaron como el tubo verde se ponía a brillar y estos brillos se movían en ambas direcciones con el teletransportador como destino. El pequeño espectáculo de luces duró hasta que la barra alcanzó el setenta por ciento, momento en el que el otro transportador se puso a hacer parpadear sus luces como la otra máquina y, cuando la barra alcanzó el cien por cien, todo se quedó en silencio. Las máquinas se apagaron y sus ruidos se fueron atenuando hasta callarse. Expulsaron humo y abrieron las compuertas.
Ryku y Dylan miraron en la más próxima a ellos, donde supuestamente debía estar Bill, pero solo dieron con el vacío. Instantáneamente, observaron si el inventor saldría por el otro teletransportador y, para su alivio, asomó una mano humana de entre el denso humo que todavía expulsaba la máquina. Luego salió un hombre de pelo marrón claro y ojos marrones que vestía una camisa de color lavanda, unos pantalones color siena pálido y unos zapatos de color marrón oscuro. Estaba algo despistado al principio, pero se orientó en pocos segundos. Se tocó los brazos, el pecho y las piernas y en su cara se le dibujó la alegría.
—¡Funcionó! He de admitir que me asustaba un poco usar la separación celular con un brazalete Enlace activado, pero veo que su función va perfectamente en esos casos. Bueno saberlo.
—Hablas como si ya te hubiera pasado esto antes —sospechó Dylan.
—Técnicamente, es cierto lo que dices —confesó Bill—. Pero ocurrió hace bastante tiempo, cuando estaba probando los teletransportadores por primera vez. Suerte que mi familia andaba cerca, sino hubiera sufrido igual que lo de ahora.
—Así que, ¿fuiste un Pokémon antes de que desarrollaras la tecnología Enlace? —preguntó Ryku.
—Ahora que lo mencionas, me atrevería a declarar que fue aquella experiencia la que me ayudó a inventar la tecnología Enlace cuando entró en vigor la ley de los Derechos para los Pokémon. De lo contrario, creo que el mundo hubiera cambiado mucho más de lo que hizo mi invento.
—Qué interesante. Acabamos de descubrir las causas que llevaron al inventor más famoso de todos a desarrollar la tecnología Enlace cuando solo vinimos a saludarle.
—¿Queréis comer algo? —preguntó repentinamente Bill—. Después de todo esto se me ha abierto el apetito, incluso tengo sed. ¿Qué me decís?
Ryku y Dylan aceptaron y ayudaron a Bill a recoger. Limpiaron los teletransportadores y aumentaron la potencia del sistema de ventilación para que se llevara todo el humo que provocaron. Bill recogió de una de las máquinas el brazalete que había causado todo el problema. El aparato mostraba claros indicios de no funcionar correctamente con la pantalla táctil quebrada y el sistema enseñando constantemente ventanas de alerta y error. Bill apagó el brazalete y lo dejó sobre una mesa con otro brazalete completamente desmontado; el estado en el que había acabado anunció que era irreparable. Finalizaron de recoger y abandonaron el laboratorio.
Bill, Ryku y Dylan bajaron al vestíbulo y se metieron en el comedor donde Ryku y Dylan se sentaron en un sofá de color verde mientras Bill iba a la cocina a por algo de picar. Volvió al comedor con una bandeja con vasos llenos de zumo de naranja y un plato con galletas. Antes de servirse cada uno su vaso y sus galletas, Bill dejó el comedor una vez más y no regresó hasta que pasaron varios minutos. Cuando reapareció llevaba dos papeles en la mano.
—Tomad. Esto es por haberme ayudado —les dijo. Los papeles resultaron ser tickets de barco. Ryku y Dylan abrieron los ojos, sorprendidos al ver el nombre del barco.
—¡El S.S. Anne! —gritó Dylan.
—El crucero de lujo de mayor renombre entre los entrenadores Pokémon —se explicó a sí mismo Ryku.
—Exactamente. Está atracado en ciudad Carmín y me dieron invitaciones para mí y un acompañante a una fiesta que se celebra allí, pero yo odio las fiestas —comentó Bill—. He pensado que vosotros, ya que sois entrenadores, os gustaría acudir.
—Por supuesto que nos gustaría —confirmó rápidamente Ryku—. Pero ¿estás seguro de esto? He oído que es caro conseguir estos tickets.
—No me importa en lo más mínimo. Así no se desperdician y lo podéis considerar como un regalo por haberme sacado de mi aprieto.
—No era necesario, pero gracias igualmente.
—¿Cuánto tiempo estará el barco en ciudad Carmín? —inquirió Dylan—. Existe la posibilidad de que no podamos acudir porque tenemos otros objetivos en mente.
—Creo que estará todo el mes atracado y la fiesta durará hasta que el barco zarpe. Supongo que tendréis tiempo de sobra.
Dylan no le dio más vueltas al asunto y se guardó el ticket. Ryku hizo lo mismo y se puso a beber el zumo de naranja y a comer las galletas. Mientras almorzaban, Bill les habló acerca de los nuevos proyectos en los que trabajaba. Ryku y Dylan no entiendo nada de los tecnicismos que empleaba Bill, aunque sí les atrajo la idea que mencionó Bill acerca de algo que llamaba reiniciadores, unos objetos similares a los discos de las Máquinas Técnicas con la única función de reiniciar el Enlace como se realiza en los centros Técnicos. Bill dijo que todavía estaban en desarrollo, pero que faltaba poco para que empezaran a venderse al público. Ryku y Dylan estaban realmente interesados en esos reiniciadores.
—Desconozco cuándo exactamente, pero un día de estos mi equipo de desarrollo y yo tenemos pensado invitar a entrenadores al azar para probar los reiniciadores antes de venderlos. —reveló Bill—. Si por casualidad os pasáis por ciudad Azafrán cuando hayamos empezado la búsqueda, me encantaría teneros como miembros de las pruebas.
—Lo intentaremos, no lo dudes —confirmó Ryku quitándole las palabras de la boca a Dylan.
Bill se alegró del entusiasmo que irradiaban los chicos. Pensó que serían unas pruebas entretenidas si ellos formaban parte del grupo de testeo.
Ryku y Dylan terminaron de comerse las galletas y beberse el zumo y miraron el reloj. Habían transcurrido un par de horas desde que habían salido de ciudad Celeste y Dylan supuso que era tiempo suficiente para que se la piscina del Gimnasio se llenara, incluso en el camino de vuelta sería un tiempo adicional para asegurar que Misty ya estaba disponible para más combates. Ryku asintió y ambos se despidieron de Bill, quien les recordó la propuesta de los reiniciadores y la fiesta del S.S. Anne en ciudad Carmín. En este último, añadió que, si preguntaban por él, simplemente contarán la verdad. Ryku y Dylan aceptaron la condición y abandonaron la casa de Bill con el Gimnasio de ciudad Celeste como nuevo destino.
