CAPÍTULO 9: DETRÁS DE LA ROSA

El sonido de alguien entrando a su habitación la despertó. Abrió los ojos, sin embargo no se giró para ver quién era, quizá se tratara de Brigetta que había entrado por algo que necesitaba. Volvió a cerrar sus parpados ante aquella idea, pero al poco tiempo le extrañó no escuchar más pasos recorrer la recámara. Agudizó sus sentidos para intentar adivinar quién podría estar ahí.

-Nunca has logrado engañarme cuando finges estar dormida, Nira –la amazona dorada de escorpión abrió los ojos con brusquedad al escuchar esa voz-. Piensas seguir fingiendo o voltearás a verme.

Nira se enderezó aun dándole la espalda, su rostro no expresaba otra cosa que no fuera una gran sorpresa. Por un instante tuvo miedo de que todo se tratara de un sueño, al final de cuentas no sería la primera vez. Permaneció así, esperando que le hablara de nuevo.

-¿Tan pocas ganas tienes de verme? –preguntó desilusionado aquel hombre. Nira negó con la cabeza.

-Al contrario, es lo que más deseo, pero… -hizo una pausa, bajando la mirada a las sabanas rosadas que le envolvían las piernas-, tengo miedo que al voltear a verte, desaparezcas…

-Eso no pasará, pequeña –escuchó cómo se acercaba aun más a ella. Su sorpresa se acrecentó al sentir sus brazos alrededor de su cuerpo.

-Milo… -volteó a verlo ilusionada-. ¡Milo!

La amazona lo abrazó con gran ímpetu al momento que reía y lloraba. Permanecieron un momento así, sintiendo el calor de sus cuerpos, y después voltearon a verse a los ojos. Milo secó las lágrimas que humedecían las mejillas de la pelirroja con sus pulgares, dándole un tierno beso en los labios al poco después. Hubieran seguido besándose por un rato más de no ser por Brigetta que entró en ese momento.

-Disculpen –ambos jóvenes se sobresaltaron al escucharla-. No me molesta lo que hagan aquí, pero al menos cierren la puerta –les guiñó un ojo.

-Lo sentimos, Brigetta –se disculpó Nira apenada.

-Yo no lo siento –dijo Milo con cinismo y la volvió a besar. Brigetta simplemente se rió y salió de ahí.

No había pasado mucho tiempo cuando los tres estaban tomando el desayuno en la impecable cocina de Brigetta. En cada rincón se apreciaba el toque femenino de la amazona: paredes en rosa, muebles en blanco y en el centro de la mesa del comedor una rosa roja en todo su esplendor. Mientras comían, Nira y Brigetta ponían al tanto a Milo de lo acontecido en esas dos semanas en las que estuvo ausente, que si bien no era mucho, lo más relevante era que Afrodita, el hermano de la amazona de piscis, seguía sin aparecer. Tal noticia sorprendió a Milo, pues eso significaría que el caballero de la doceava casa tendría casi un mes sin que se supiera donde estaba. Terminaron sus alimentos y tanto Milo como Nira se fueron de ahí rumbo a los aposentos del patriarca para hacerle saber que todo en la octava casa estaba en orden nuevamente.

Brigetta por su parte se dispuso a recoger los platos que habían utilizado para el desayuno con aire ausente y cierto pesar. Ver a Milo completamente recuperado le produjo ciertos celos hacia su compañera, siempre sí había tenido más suerte Nira que ella, eso fue algo que supo desde el principio. Una vez terminado se sentó en una de las sillas y contempló la rosa que adornaba la mesa.

-¿Dónde estás? –se preguntó, dejando escapar un profundo suspiro inmediatamente después. Permaneció un buen rato así sin ser consciente del tiempo que pasaba a su alrededor, yéndose acto seguido al jardín del templo a regar las rosas como era su costumbre.

Mientras tanto, en un lugar bastante lejano del Santuario, Hoglýdeos se encontraba recostado en el centro de un vasto campo de coloridas flores. Había sentido como esa conexión que había hecho con el caballero de escorpio se debilitaba conforme avanzaba la noche, desapareciendo por completo a las pocas horas de haber amanecido. Poco menos de una semana fue lo que le tomó a su mente librarse del encanto de sus palabras, menos tiempo de lo que él había estimado.

-No importa, dos días menos no es algo que deba preocuparme. Era de esperarse considerando lo terco que es –esbozó una sonrisa-. Me encantaría volver a encontrarme con ese caballero, realmente me cayó muy bien…

-A alguien no le va a gustar ver sus pequeñas flores aplastadas cuando regrese –dijo una dulce voz femenina entre risas a escasos pasos del joven. Hoglýdeos se levantó algo sobresaltado y volteó a verla-. Te he estado buscando.

-¿Qué es lo que pasa? –preguntó intrigado. La sonrisa de la joven se atenuó más.

-No es nada que deba preocuparte. Esas expresiones serias no van contigo.

-Tengo mis razones de sobra, para que vengas tú personalmente a buscarme es que es algo importante y delicado, de otro modo habrías mandado a algún custodio a darme el recado –el peli naranja sonrió-. No es algo que deban saber ellos ni mucho menos los que están por debajo de ellos, ¿o me equivoco?

-En efecto, solo a ustedes y a nosotras nos concierne –la sonrisa que hasta el momento había iluminado la blanca faz de la joven pasó a ser casi imperceptible-. Tengo entendido que tu hermano mayor aun no despierta por completo y eso es un problema…

-Y necesitas de mis habilidades para acelerar el proceso, ¿no?

-Tan perspicaz como siempre –la mirada esmeralda de aquella mujer se clavó en los ojos de Hoglýdeos-. Ya va siendo hora de empezar a movernos y dejarnos de simples juegos como los que hemos estado llevando a cabo hasta el momento. Para eso necesitamos que estén los siete completos y justo falta el que más necesitamos.

-No te preocupes, yo me encargaré de que esté despierto por completo para entonces.

-Me alegra escuchar eso –hubo un momento de silencio-. Me gustaría conversar más contigo, pero tengo cosas que hacer… Te lo encargo mucho, Hedy.

-Vete tranquila, Agly.

Se quedaron viendo por un momento antes de comenzar a reírse. La muchacha se dio media vuelta y se fue de ahí, dejando a un pensativo Hoglýdeos.

-Así que ya se acerca el momento… siento pena por los santos de Athena.

Observó las flores y arrancó una del color de su cabello. Tomó el mismo camino que Agly para salir de ahí y cumplir con lo que le había sido encomendado.

El sol ya comenzaba a ocultarse en el horizonte, bañando al Santuario con un hermoso color naranja. Aretusa lo sabía pues su luz se alcanzaba a filtrar por las rendijas de la puerta que daba acceso a las celdas. Ver aquello más que hacerle un bien lo único que hacía era acrecentar su angustia y desesperación por encontrarse encerrada, así que optó por ocultarse en las penumbras de su celda. Estaba por quedarse dormida cuando escuchó el rechinido de la puerta abrirse. Supuso que sería Nira quien le llevaba algo de comer, pero esa suposición la desechó tan pronto escuchó los pasos que bajaban las escaleras. Se levantó con temor y se acercó a las rejas que la aprisionaban. La luz que entraba la encandiló por un momento, pero al instante de acostumbrarse supo de quien se trataba.

-¡Es usted! –exclamó sorprendida apenas en un murmuro-. ¡El caballero dorado Milo de Escorpión!...

Brigetta se encontraba parada en la entrada de su templo observando el atardecer. Desde que su hermano había desaparecido, observar ese espectáculo de la naturaleza se había convertido en uno de sus pasatiempos predilectos. Pensaba que la belleza que encontraba en el sol durante ese momento del día se debía a la tristeza que sentía por la ausencia de su hermano. Desde que recordaba, el atardecer jamás le había causado tal atracción salvo en una sola ocasión, e imaginar que volvería a pasar fue algo que nunca cruzó por su mente.

-Y precisamente decidiste usar el mismo método que ella usó –dijo con ironía y acercó la rosa que había encontrado días atrás a su rostro y la olió-. No te bastó con sólo irte, sino que de paso te aseguraste que recordara todo –una sonrisa se formó en sus labios y por primera vez sus ojos grisáceos se apartaron del atardecer para mirar la rosa-. Sólo espero no encontrarte como a ella, Afrodita, sería algo que jamás te perdonaría.

(Brii, ¿por qué lloras?... ¿de dónde sacaste esa rosa tan linda?)

-Y aun si vuelves por tu propio pie, si no me das una buena razón del por qué me hiciste esto, no pienso perdonártelo por un buen tiempo…

-Brii, ¿por qué lloras? –preguntó preocupado Afrodita a su hermana mayor mientras sostenía con fuerza la capucha de su chaqueta que el fuerte viento quería arrancarle. Pronto el pequeño reparó en la rosa roja que sostenía ella en su diestra-. ¿De dónde sacaste esa rosa tan linda?

-Pensé que tardarías más en llegar –contestó ella volteándolo a ver con una sonrisa.

-¿Brii?

-¿Dime? –cualquier indicio que le hizo pensar al chico de cabellera celeste que su hermana había estado llorando había desaparecido, y se preguntó si no lo habría imaginado.

-Ah… ¿de dónde sacaste esa rosa tan linda?

-Ya te lo diré, por lo pronto entremos que está haciendo demasiado frío.

Afrodita asintió con un enérgico movimiento de su cabeza y corrió rumbo al interior, seguido de una sonriente Brigetta.

La casa en la que vivían era de una sola planta con un ático, construida con madera y pintada de color rojo ladrillo. Contaba con una puerta de aspecto rústico de roble que tenía una pequeña ventana circular en la parte superior central de la misma, la cual estaba protegida con una gruesa varilla negra de fierro en forma de cruz. La casa estaba completamente rodeada por altos pinos cubiertos de nieve excepto por la parte frontal, sin embargo la altura de la nieve en el suelo fácilmente llegaba al medio metro. Al primer sitio que se dirigieron fue la cocina, Brigetta tomó un vaso de vidrio de los estantes y lo llenó de agua, colocando la rosa dentro con cierto pesar en su mirada. Afrodita, quien seguía embelesado por la rosa, no se percató de ello. Acto seguido, la muchacha se dispuso a preparar la comida.

Una vez terminado de comer, Brigetta y Afrodita se dirigieron a la pequeña sala donde se encontraba la chimenea, colocando la bella rosa sobre esta. Después de un rato de estar solo mirando el fuego, Brigetta notó que su hermano estaba preocupado por algo, aunque una parte de ella sabía cuál era la razón. Aun así, se acercó a él para preguntarle.

-Afrodita, ¿qué es lo que te pasa?

-Estoy preocupado –respondió sin voltearle a ver sino que su mirada la mantenía fija en el suelo-. Mi mamá ya se tardó mucho en regresar y afuera el viento no hace más que empeorar –hizo una pausa. Apretó los puños en un intento por controlarse y volteó a verla-. ¿Tú crees que ella esté bien?

Brigetta no respondió, sino que se limitó a mirar la rosa que estaba sobre la repisa de la chimenea. Una expresión triste se formó en su rostro, y respiró profundo. Afrodita mientras tanto solo la miraba expectante, necesitaba escuchar de su hermana que también creía que estaba bien para tranquilizarse.

-Tú también lo crees, ¿verdad? –insistió el niño.

La muchacha abrió la boca para responder, pero se arrepintió, no quería hacer sufrir a su hermano. Sin embargo ella sabía que de no hacerlo sería peor para él. Miró la rosa roja y respiró profundo de nuevo; tenía que hacerlo, le gustase o no. Le hiciera bien a su hermano o no. Afuera el bramido del viento golpeaba con fuerza las paredes y ventanas de la casa, preocupando más al chico de cabellera celeste y presionando a la muchacha de largos cabellos rosas. Por tercera ocasión, Brigetta inhaló aire a profundidad.

-Ella se fue, Afrodita –dijo la joven sin apartar su mirada de la rosa, con resentimiento en su voz. Su hermano solo la miró atónito-. Nos abandonó aquí, a nuestra suerte, en este infierno congelado.

-Estás mintiendo –el niño la miró con una mezcla de enojo y miedo. Brigetta bajó la mirada un momento, cuando la volvió a dirigir a la rosa, Afrodita contempló como los ojos grisáceos de su hermana se anegaban de lágrimas.

-Llegué con los leños, tal y como me lo había pedido, pero ella… –hizo una pausa y apretó fuerte los puños-, ella solo se limitó a mirarme sorprendida y después me abrazó, diciéndome al oído "lo siento mucho, cuida bien de tu hermano". Volteó a verme y me sonrió, dándome la rosa y…

-¡Ya deja de mentirme! –la muchacha volteó verlo sorprendida.

-Afro…

-Mi mamá no nos pudo haber abandonado como dices, ¡ella sería incapaz de eso! Si esto es una broma, ya fue suficiente, Brii.

Afrodita se levantó enfurecido y se marchó rumbo a su cuarto con paso rápido y cerró con fuerza la puerta al entrar. Brigetta, quien no culpaba a su hermano por no creerle, se dirigió a la rosa que estaba sobre la repisa de la chimenea y la sacó del agua. En un arrebato de tristeza y coraje, colocó la rosa entre sus manos, dispuesta a destruirla, pero al ver lo hermosa que era la acercó a su nariz y la olió; su fragancia le resultaba reconfortante.

-Voy a protegerlo –murmuró a la rosa roja-. Voy a protegerlo de cualquier cosa que quiera dañar a mi hermano, y los dos saldremos de aquí para buscar algo mejor… lo juro…

Respiró profundo por cuarta ocasión en el día y regresó a la bella flor al vaso con agua. Sonrió un poco y se fue a seguir con los quehaceres de la casa.

Pasaron tres semanas con singular rapidez. Como todas las mañanas de invierno, Brigetta había ido al bosque a recolectar la suficiente leña para todo el día y, como su hermano no le había acompañado por seguir molesto con ella, se puso a tararear una canción con el afán de no sentirse tan sola. Realmente ya no le agradaba esa canción pues le traía recuerdos dolorosos sobre su madre, pero no se sabía otra. Así pues, el silencio del bosque era alejado con el cantar de la joven, únicamente interrumpida cuando caía sobre ella puñados de nieve al ser las ramas de los árboles mecidas por el viento. Sin esperárselo tropezó, cayendo al suelo de bruces y lastimándose los brazos y el pecho con los leños que había recolectado hasta entonces. Cuando volteó a ver de qué se trataba, quizá un leño semienterrado queriendo ser encontrado, se topó con la sorpresa de ver una rosa roja justo igual a la que su madre les había dejado como regalo de despedida. Brigetta se sintió extrañada por ver una a mitad del bosque y más aun en la nieve, así que curiosa la quiso sacar de ahí, sin embargo junto con ella salió la mano de una mujer. Al verla, Brigetta no pudo evitar dejar escapar un grito, cayendo de espaldas sobre la nieve al querer alejarse de aquello torpemente. Tragó saliva asustada, preguntándose quién podría estar enterrada bajo la nieve, aunque una parte de ella creía saberlo con dolorosa seguridad. Se acercó lentamente al cuerpo y, asustada e insegura, comenzó a quitar la nieve que la cubría con sus manos trémulas y heladas. Tal y como lo había sospechado, el cuerpo se trataba del de su madre…

-¡Brigetta!

Aquel grito la sacó de sus recuerdos de una manera bastante brusca en su opinión, la había hecho estremecerse y no era algo que le agradara. Se percató con sorpresa que el cielo estaba completamente oscuro, excepto por una franja naranja en lo más bajo del horizonte. Volteó a ver a la culpable de su estremecimiento con una expresión molesta.

-Me asustaste –le reprochó.

-Sí me di cuenta. Debiste haberte visto… ¡fue el mejor susto que te he dado! –exclamó victoriosa aquella joven de corta cabellera castaña oscura y despeinada, con una enorme sonrisa dibujada en su rostro.

-¿Qué quieres, Mika?

-En realidad nada, solo pasaba por aquí y te vi perdida viendo el horizonte… no pude evitarlo, ya me conoces –se rió un tanto avergonzada, aunque Brigetta intuyó que se estaba divirtiendo bastante-. Por cierto, ¿ya te enteraste?

-Si te refieres a lo de Milo, eso ya lo sé –respondió la amazona de Piscis indiferente. Mika solo se rió un poco.

-No, no me refiero a eso, aunque considerando que Nira se estaba quedando aquí era de esperarse que fueras la primera… bueno, la segunda; Nira fue la primera.

-Entonces, ¿a qué te refieres? –Mika notó un poco más de interés por parte de la joven de cabellos rosados.

-Reunión, mañana, a primera hora. Al parecer hay información sobre el atacante de Milo… quizá también tenga algo que ver con la desaparición de tu hermano…

-Puede que si… -dijo Brigetta con aire ausente, a Mika le extrañó su reacción un poco. Piscis se dio media vuelta y se encaminó al interior de su templo-. Sí eso es todo lo que querías decirme ya puedes irte, tengo cosas que hacer.

Vio a Brigetta desaparecer en las penumbras de la doceava casa y, acto seguido, Mika emprendió su camino rumbo hacia su templo.