CAPÍTULO IX

Clase de herbología

Hermione Granger escondía su rostro detrás del enorme y grueso libro de texto de Transformaciones, mientras devoraba un jugoso filete de ternera, y repasaba mentalmente los ingredientes que tenía que recolectar en una sola tarde además de asistir a tres clases.

Iba a ser una tarde movida, pero estaba convencida de que podría lograrlo si conseguía la ayuda necesaria: El libro Molte Potente Potions de la Sección Prohibida de la biblioteca, y la capa de invisibilidad de Harry.

Inconscientemente, levantó la vista para contemplar el rostro de su pelinegro amigo: Parecía feliz. Charlaba animadamente con Ginny mientras se llevaba esporádicamente el tenedor a la boca... Vacío. No. No era feliz. Su amigo estaba preocupado, y lo que más difícil se le hacía era el ser incapaz de ayudarlo.

Había procurado comportarse de forma natural, fingiendo que lo sucedido la noche anterior no la había afectado en absoluto. Estaba mintiendo, no sólo a Harry, sino también a ella misma. No estaba enamorada de él. Nunca lo había estado. Sin embargo, estaba confundida: Para ella el beso no había significado un cambio en su actitud hacia su amigo, sino una traición hacia Ginny, hacia Harry, y hacia ella misma. No debería haber permitido que sucediese, pero tampoco reunió el valor suficiente para enfrentarse a su amigo. Simplemente, dejó que los acontecimientos siguieran su curso. Aunque este curso no fuera el más indicado o, simplemente, el más fácil.

Después de esto, ¿qué iba a hacer? ¿Actuar como si nada y pedirle sin más la capa de invisibilidad? ¿Era esta la opción más fácil? No podía confesarle su plan de venganza, pero tampoco podía mantenerlo completamente al margen ya que le exigiría una explicación. ¿Por qué tenía que ser tan difícil? ¿Por qué simplemente no se limitaba a dejar estar lo de la venganza?

¿Dejarlo estar? No. Malfoy la había maltratado tanto física como psicológicamente durante seis años de su vida y ya había llegado el momento de saldar deudas. Sólo tenía que ser cautelosa y no pasarse de la raya. No era que le importarla lastimar en exceso al slytherin, pero si se implicaba demasiado en el asunto ella se vería también afectada y entonces el plan no habría resultado para nada útil.

Había hecho todas estas cavilaciones observando atentamente los movimientos de su amigo así que éste, al sentir la incomodidad de estar siendo observado atentamente, le dirigió una mirada de reprobación a la chica.

Ruborizada en exceso, volvió a esconder el rostro tras su libro de Transformaciones. Intentando mantener la compostura, respiró profundamente durante diez segundos para encontrar una solución a su comprometida situación.

Tendría que arriesgarse a pedirle la capa de invisibilidad a su amigo, aún a riesgo de ser víctima de un interrogatorio por parte del pelinegro gryffindor.

Cuando los sucios platos con las sobras de la comida desaparecieron de las largas mesas del Gran Comedor dando pie a los alumnos a levantarse y dirigirse a sus respectivas aulas, Hermione cerró tranquilamente el libro que le había servido de escudo durante la comida y lo guardó en su cartera, esperando a que la mayoría de los estudiantes salieran de la amplia sala.

Cuando sólo quedaban Harry, Ron, Ginny y ella en el Gran Comedor, esta última se dirigió hacia el niño que vivió y le susurró al oído:

- Harry, necesito pedirte un favor. Cuando tengas un momento libre, ¿puedes reunirte conmigo en los lavabos de Mildred la Llorona?

El aludido le dirigió una mirada confundida a su amiga, pero al ver sus serios ojos decidió no replicar y acatar la petición:

Procurando que nadie lo percibiera asintió levemente con la cabeza, provocando un profundo suspiro de alivio en la castaña.

***

El invernadero número cinco era realmente sofocante: Era una imitación del clima ecuatorial dónde el húmedo aire se adhería a la piel de los sudorosos estudiantes haciendo que los uniformes se pegaran a sus cuerpos, hecho que no disgustaba a algunos del sexo masculino en cuya mente obscena sólo tenían cabida un tipo de pensamientos.

La profesora Sproud intentaba establecer el orden agitando hacia arriba y hacia abajo sus rechonchos brazos, brillantes por el sudor, sin un resultado satisfactorio.

Tenía que aprovechar la confusión, se decía Hermione, y buscar un par de asquerosas sanguijuelas entre las hojas de las plantas frente a las cuales se había detenido, intencionadamente, para escuchar la clase.

Asegurándose de que nadie la observaba, se puso en cuclillas y empezó a rebuscar entre el denso follaje. Empezó a desesperarse en cuanto notó que el murmullo general se disipaba, temiendo ser descubierta. ¡Por fin! Un par de ejemplares especialmente rechonchos intentaban copular en el tronco de la exótica planta.

Sigilosamente, escondió su mano derecha dentro de su túnica para sacarla segundos después con un pequeño bote de cristal. Lo abrió procurando no hacer ruido y, no sin hacer una mueca de profundo asco, metió dentro las susodichas sanguijuelas.

Se incorporó apresuradamente, temiendo haberse demorado demasiado, pero afortunadamente sus compañeros de casa y sus no tan compañeros de la casa de las serpientes seguían siendo tan escandalosos y irrespetuosos con el profesorado como siempre, así que la pobre profesora todavía no había conseguido establecer el orden en el sofocante invernadero.

Pasados quince minutos del inicio de la clase semanal de herbología, los alumnos estaban ya callados y atentos a las indicaciones de la profesora Sproud: Se habían agrupado en grupos de tres personas y estaban extrayendo las espinas venenosas que guardaban en su interior las Boca de Diablo, unas plantas tropicales sumamente bellas, de color malva, que siempre mantenían su capullo cerrado porque en su interior albergaba una espina que segregaba el veneno necesario para defenderse de sus depredadores. Este veneno era sumamente útil en el campo de la herbología porque permitía la producción de varias pociones muy eficaces. La lección de este día consistía en extraer una espina por grupo, anotar sus propiedades, y hacer una pequeña redacción de los usos que se le daban en la elaboración de pociones.

Hermione estaba sumamente concentrada en la tarea de extraer con sumo cuidado dicha espina del interior del ejemplar que les había tocado a Ron, Harry y ella mientras sus amigos sostenían el tronco y los pétalos respectivamente, cuando lo notó:

Como siempre. La misma sensación de inquietud y vulnerabilidad. Las mismas dagas que perforaban su corazón buscando una debilidad.

Su pulso se aceleró, su frente se humedeció, sus manos empezaron a temblar incontroladamente.

- ¡Ay! –exclamó mientras se llevaba inconscientemente el dedo a la boca.

- ¡No lo hagas! -gritaron.

Todo pasó muy rápido: Draco apartó a sus compañeros de grupo de un manotazo, avanzó trastabillando hacia la castaña gryffindor y le cogió la mano con rudeza, impidiendo el contacto del mortífero veneno con sus labios.

Hermione no podía creerlo: ¿Malfoy, impidiendo que se envenenara? Años atrás hubiera sido él mismo quién le hubiera puesto el dedo en la boca...

Aturdidos, se quedaron petrificados en esta posición: Él tomándole la mano con fuerza, y ella mirándolo incrédulamente.

- ¿Qué sucede, señor Malfoy, señorita Granger? –preguntó enfadada la profesora, cuya expresión recriminatoria desapareció en cuanto vio la roja sangre que salía del dedo índice de la chica.

Asustada, se abrió paso entre el alumnado que contemplaba curioso la escena y se inclinó hacia Hermione, movimiento que hizo reaccionar a los dos protagonistas de la escena, que se separaron de inmediato.

- Nada, profesora. –se excusó muy avergonzada la chica- Me he distraído un momento y me he pinchado el dedo con la espina venenosa.

- ¡Vaya! –exclamó visiblemente decepcionada la profesora- no esperaba que le sucediese esto a usted, señorita Granger. Tendré que descontarle cinco puntos a su casa por su negligencia a la hora de hacer un trabajo en equipo, pero haga el favor de ir inmediatamente a la enfermería para que la señora Pomfrey le cure la herida.

Hermione se incorporó con la vista fija en el suelo, y solo la levantó para dirigirle una fugaz pero intensa mirada al príncipe de slytherin.

Éste reconoció en ella un deje de agradecimiento y sonrió para sus adentros:

Había movido ficha, y como era de esperar la jugada le había salido bien. Muy bien. Esta agradecida mirada era más de lo que habría deseado. Por fin los acontecimientos empezaban a tomar el curso correcto.

¿Seguirían dichos acontecimientos el curso que Malfoy esperaba que siguieran, o se precipitarían por algún precipicio insalvable?