Pero no tuvo tiempo. La puerta se abrió con violencia. Kuroo apuntó el arma a la persona que apareció en la puerta. La mano le temblaba. No quería disparar, pero el dedo sobre el gatillo lo hacía dudar. Sorprendido y aterrorizado, miró al hombre cuya sola presencia era una amenaza para todos.
Lev.
No tuvo tiempo de reflexionar. De repente tenía el cañón de una pistola pegada a la frente.
Bajó el arma, dejando caer el brazo a su costado como si la extremidad hubiera muerto. Todavía le zumbaban los oídos, pero el sonido regresaba poco a poco, y era una gota de alivio en el desierto de la desesperación. Todo sucedía tan rápido que no podía procesar que estaba a punto de morir. Y una vocecita inquieta, inocente y tonta en el fondo de su mente, se preguntaba qué le pasaría a Kenma después de que ya no estuviera para cuidarlo.
Estaba tan aturdido, pensando en cosas importantes como si no fueran más que casuales tonterías, que se sorprendió cuando, básicamente, no murió. Su cabeza estuvo libre de balas, llena de sonrisas bobas de Lev e incredulidad.
Toda la situación se dio vuelta.
— Dios mío, por poco te disparo —Yaku se llevó una mano al pecho y exhaló todo el aire que retenía en el pecho con tensión.
— Eso fue alucinante —susurró Lev— horrible, pero alucinante.
Kuroo asintió lentamente, el cuerpo y el poder de reacción más rápido que su mente.
Kenma se levantó del suelo y caminó hacia ellos. Parecía inseguro, encogido en sí mismo. Lo observaba todo, a Irihata, a Kuroo, a los recién llegados. Cada detalle, sin que se le escapara nada.
— Hola —susurró—. ¿Ustedes hicieron estallar la bomba?
— Yep —afirmó el ruso-japonés.
— Creí que ibas a matarlo —se burló Kuroo, pero agradecido de que no lo hubiera hecho.
— Bueno, sí —Yaku se encogió de hombros—. Pero necesitaba ayuda.
— Y soy una gran ayuda —Lev señaló su altura, pero por primera vez, Kuroo no estaba de ánimos para las bromas.
— Tenemos que salir de aquí —priorizó Kenma, con toda razón.
— Esperen, ¿Qué hay de Irihata? —preguntó Yaku.
— No hay tiempo —insistió Kenma.
— Pero no podemos dejarlo ahí —Yaku observaba con incredulidad al hombre que aún mantenía sus manos apretadas alrededor de su pierna, jadeando y removiéndose del dolor—. Sería mejor si...
— Haz lo que quieras —le dijo Kuroo—, si puedes hacerlo. Te esperamos afuera.
Tuvo que empujar a Lev, que tenía la mirada fija en Yaku. Lo sacó afuera de la oficina y Kuroo no estaba seguro si el chico no entendía nada de lo que sucedía o lo entendía mucho mejor que él mismo. Kenma estaba tranquilo, pero sabía que eran puras apariencias.
Había dos cadáveres a los costados. Los hombres que Kuroo había matado. No los miró. El final del pasillo ya no existía: había un hueco en el suelo, una pared que ardía en llamas y cuerpos chamuscados por todas partes. Al fondo, algo se derrumbaba. Otra pared, probablemente. Kenma apretó su brazo con fuerza. Se miraron. Se oyó un disparo.
Kuroo se dio vuelta y vio a Yaku salir de la oficina. De los cuatro, pensó que él sería el menos capaz de asesinar a sangre fría. Pero allí estaba; el más pequeño de altura, el de instintos maternales, el de sonrisa pequeña y verdadera. Y si mal no entendía la situación, acababa de matar a Nekomata.
Y luego de ignorar el escalofrío, se sintió extrañamente orgulloso de él.
— ¿Cómo pasamos por el agujero? —inquirió Kenma.
— ¿Cómo pasaron ustedes? —les dijo Kuroo.
— Primero corrimos, luego explotamos —explicó Lev, haciendo gestos con la mano, como si así quedara más claro.
Kuroo se adelanto y miró hacia abajo. Un lamento proveniente del otro lado del agujero en el suelo le hizo levantar la vista. Una figura humana tembló y desvió la mirada. No quería verlo, por miedo a reconocerlo. Volvió la vista al piso inferior, tratando de ver qué tan arriesgada era una caída.
— ¿Podemos saltar? —sugirió Lev.
— Tú y tus piernas largas pueden saltar —se quejó Kenma.
— Podemos bajar.
Los tres se volvieron hacia él cuando lo propuso. ¿Qué? Parecía menos arriesgado bajar que saltar hacia el otro lado. Kuroo se sentó en el borde y Kenma le dijo que no.
— ¿No qué?
— No te tires. Podemos pensar en otra cosa.
— Tú mismo lo dijiste, no hay tiempo. Vendrán más. Si me quiebro una pierna, no me sigan e intenten saltar. Si alguno se cae, yo lo atrapo —les aseguró, mucho más inseguro de lo que sonaba—. Y si caigo completito, entonces no hay problema.
Nadie parecía estar seguro.
Si Kuroo pensaba o miraba hacia abajo, si permitía que lo convencieran, no lo haría. Por eso, impulsó el cuerpo hacia adelante y se preparó para el impacto. Estuvo en el aire lo que dura un parpadeo. Pensó que de verdad debía de tener alma de gato, ya que la manera en que aterrizó fue perfecta. Tal vez, la próxima ocasión que tuviera de tirarse del tercer al segundo piso, haría un esfuerzo para que sus rodillas no golpearan el suelo, porque eso había dolido. Era la única crítica constructiva hacia sí mismo.
— Vamos, es divertido —alentó a las tres cabezas que se asomaban.
Yaku parecía a punto de vomitar. Tenía esa expresión hace rato (para ser más específicos, desde que salió de la oficina) y se intensificó cuando entendió que esta era la única manera de huir.
Lev se lanzó sin miedo. Cayó con agilidad a su lado, y el maldito no se golpeó las rodillas. Se lucía satisfecho de sí mismo, y eso estaba bien. Era bueno haber ganado un aliado.
— Tienes razón, es divertido.
Kuroo asintió y clavó sus ojos en los dorados de Kenma. Él se sentó en el borde, pero parecía reacio a abandonarlo.
— ¡Yo te atrapo! —le prometió.
Kenma inspiró aire y su cuerpo se escurrió hacia el vacío. Kuroo se adelantó al mismo tiempo y cuando el otro cayó, él lo ayudó a recobrar el equilibrio para aterrizar en el suelo. Kenma susurró un agradecimiento lacónico y era un alivio ver que conservaba su máscara inexpresiva, a pesar de la extrema situación en la que estaban envueltos. Alguien tenía que hacerlo, y él no creía poder seguir sosteniendo la actitud relajada durante mucho más tiempo. Comenzaba a desesperarse. De verdad, todo ocurría muy, muy rápido.
Yaku fue todo un drama. Podía dispararle a un hombre, pero no podía superar su miedo a las alturas ni en situaciones cruciales. No obstante, más opciones no tenía, así que más tarde que temprano lo hizo. Lev intentó imitar a Kuroo con Kenma, pero sólo logró que ambos terminaran desparramados en el suelo. Bien, al menos Yaku cayó sobre su compañero y no sobre los escombros.
Tenían que apurarse. El descenso les había restado una considerable parte del tiempo que poseían para escapar. Pero cuando se encaminó hacia las escaleras a zancadas, Kenma lo tomó de la camiseta roñosa y tironeó hacia atrás.
— ¿Qué?
— Es sospechoso... tanta quietud.
Lo era.
— Hum, ¿Y qué hacemos?
— No es como si hubiera muchas salidas —comentó Yaku.
— Intenta hacer lo de las cámaras otra vez —le pidió a su mejor amigo.
No funcionó. Las cámaras estaban desconectadas. Kenma hizo una mueca de total disgusto y bajó los brazos con frustración, el celular apagándose de manera automática y llevándose consigo las pantallitas con estática.
— ¿Qué hacemos ahora? —Repitió Yaku.
— Nosotros no podemos verlos —trató de razonar Kuroo, dirigiendo su mirada a Kenma—, pero ellos tampoco pueden vernos, ¿Es correcto?
— Sí.
— Entonces, nuestra única opción es ir despacio hacia la salida, mientras localizamos dónde nos están buscando y discutir sobre esto...
Sonaba a un buen plan y era el mejor que Kuroo tenía. Bajar piso tras piso, lento y de incógnito, como algunos juegos de tiros que a Kenma le gustaba jugar. Agachados, con las armas listas para enfrentarse al idiota que se interpusiera entre ellos. ¿Era tan difícil? Dios mío, lo era. Sus manos sudaban un montón y se dio cuenta que aún llevaba la chaqueta de Lev encima. La ventaja que una vez fue la enormidad de la chaqueta, era ahora un molesto problema. Se arremangó las mangas, muy enfocado en pensar detalles, exprimir su cabeza para sacar cualquier idea útil y detectar los peligros que pudieran aparecer.
— Pero no es la única salida.
Todos miraron a Lev.
— Bueno, están las naves, ¿No?
Cualquier idea útil y detectar los peligros que pudieran aparecer. Lev era la descripción opuesta a todo lo que Kuroo quería lograr. Pero, para su sorpresa, parecía ser que los demás no notaban lo absurdo de la idea.
— ¿Dices de ir a la sala de entrenamiento y robar unas naves? —inquirió Yaku, sopesando la posibilidad.
— La entrada debe ser una emboscada —reflexionó Kenma en voz alta—. Ir hacia allí no me parece buena idea. Pero lo de las naves...
— Yo creo que podría funcionar, ¿Por qué no?
— Porque no —replicó Kuroo, frunciendo el ceño—. Es una pésima idea. Es arriesgado, estúpido y...
— ¿Y tener un ataque, robar armas, meterse a la oficina de Nekomata y tirarse por un agujero de piso a piso no fue una "pésima idea, arriesgado, estúpido..."?
— Ya entendí el punto, Yaku.
Se resignó porque estaba claro que no tenía nada que discutir. Corrieron por escaleras y pasillos. Los escalones eran difíciles, Kuroo tenía miedo de resbalarse a causa de la velocidad, pero después de todo, era un gato con suerte. Llegaron a la amplia sala de entrenamientos agitados y cansados, pero era mejor. Ponerse en movimiento fue como dar un choque eléctrico que reactivó y despertó su cerebro. Estaba exhausto, pero de alguna manera, estaba listo para lo que sea.
(Por lo menos, uno se convence de que lo está sin saber qué le deparará el futuro.)
Había sólo dos guardias en la puerta de la sala. Lev le encajó un puñetazo a uno y Yaku aprovechó para dispararle. Kuroo disparó sin darle tiempo a Kenma para participar. Se acercaron con rapidez a la reja que daba a la pista del aeropuerto.
Kuroo se frotó la cara y gruñó. ¿Por qué todo tenía que ser tan difícil? En el fondo, a la izquierda del gimnasio, estaban las máquinas de simulación de nave, que no eran más que seis réplicas de las cabinas en las que se metían para combatir. En el fondo a la derecha se hallaba el depósito y, ugh, podrían haber usado las armas láseres si no las hubiera destrozado. Entre ambas cosas estaba la entrada al aeropuerto, que por supuesto, estaba cerrada a cal y canto con la mejor tecnología que la empresa poseía.
Observó a Kenma, pero él ya había puesto manos a la obra.
— ¿Y si vienen? —preguntó Lev con inquietud.
— No lo sé —suspiró Kuroo.
Por las dudas, tenían las armas en la mano. Se dio cuenta que era mucho más satisfactorio el morir dolorosamente por una caída en las escaleras que de un disparo repentino. Porque al menos se encontraba haciendo o intentando hacer algo. Aquí, parado con los dedos aferrándose a un pedazo de metal mortal, entre los que más amaba en peligro, se sentía indefenso. Y ese era un sentimiento horrible.
Naturalmente, los nuevos guardias vinieron. Vio, al igual que los demás, que se ocultaban en la escalera que daba al pasillo de la entrada del gimnasio, la misma por donde habían llegado. Kuroo sabía que eran un blanco fácil, pero desde su posición, podían prever cualquier ataque enemigo. Pero seguía siendo peligroso.
Abrió la boca para sugerir esconderse en el depósito, pero sus ojos se clavaron en la granada.
No razonó, actuó por instinto. Empujó a Kenma hacia el depósito mientras arrojaba el arma al suelo y se adelantaba. Saltó y golpeó la granada con fuerza, sabiendo que no tenía más que meros segundos para huir. Giró su cuerpo antes de que sus pies tocaran el suelo y puso toda la fuerza de su cuerpo para impulsarse con rapidez hacia el armario. La mano tendida de Kenma fue su soga de salvación.
La granada explotó en el momento en que entró al armario. Se aferró al cuerpo de Kenma, cubriéndolo con el suyo como si fuera la cosa más preciada del mundo. Otra vez, el sonido lo aturdió y la habitación se vino abajo. Sobre su espalda cayeron pedazos de madera, piedra y quién sabe qué más. Había muchos ruidos, muchos golpes y pensó en que iba a morir.
Voy a morir.
Y duele.
No sabe durante cuánto tiempo perdió la consciencia, si es que la perdió. Todos sus sentidos estaban adormecidos, excepto el que recibía el calor abrazador y el dolor. Una voz removió algo en su cabeza, una voz familiar que llamaba su nombre con desesperación contra su oído. Todo empezó a esclarecer muy lento, y Kuroo no tenía paciencia ni fuerza para luchar contra el letargo, así que se dejó vencer.
...
Fue el abrir y cerrar de ojos más largo de su vida. Tal vez se desmayó. Cuando abrió los ojos de nuevo, estaba de pie, fuera del destrozado depósito. Había mucha luz y volvió a cerrar los párpados con fuerza. Al llevar la mano a su cabeza punzante, el dolor regresó como un bofetón gigante que barrió su cuerpo si no fuera nada. No lo aguantó. Permitió que las piernas le temblaran, e ignorando la mano pequeña que apretaba y tiraba de la suya con firmeza, dejó que sus piernas temblaran y colapsaran en el suelo.
...
Lo estaban arrastrando. Sus pies se arrastraban por el suelo y dios mío, sólo tuvo la consciencia suficiente como para gemir de dolor antes de desmayarse.
...
Ya no quería continuar despertando. Abrir los ojos implicaba dolor, sonidos irreconocibles, movimientos bruscos y dañinos para su cuerpo roto. Ahora todo era blanco y pequeño. Todas sus extremidades estaban en contacto con algo, ya sea pared u objeto, y era puro dolor, infinito, interminable...
Una voz familiar le hablaba. Era cómodo. La voz, el calor de... de, ¿Kenma? No quería abrir los ojos para averiguarlo. Sería Kenma para darle consuelo a su mente.
...
Cuando finalmente despertó, la quietud que lo rodeaba era reconfortante. Eso, y que lo primero que vio al abrir los ojos fue el rostro de Kenma. Kuroo le sostuvo la mirada mientras empezaba a situarse en la realidad: estaba en un lugar gigante y oscuro, silencioso como una tumba pero suficientemente iluminado como para saber que no lo era. Su cabeza descansaba en el regazo de Kenma y tenía una mano suave en el cabello que lo incitaba a cerrar los ojos y volver a dormir.
Pero, para ser sinceros, se sentía como el infierno. Le ardía el cuerpo entero, como si se hubiera bañado en una fuerte salsa picante. Calculó que tendría los brazos, las piernas y la espalda quemados, o raspados, o lastimados de alguna manera u otra. La cabeza le latía como si fuera su propio corazón el que golpeaba adentro de su cabeza, y era realmente molesto.
Quiso hacer un chiste como "¿Este es el cielo? Porque estoy viendo un ángel...", pero lo arruinó al intentar hablar, tosiendo de manera horrible hasta que se tuvo que reincorporar y alejarse un poco de Kenma hasta recuperar la compostura.
Al final, se sentó como pudo, porque apoyarse contra algo (ya sea la pared o el mismo Kenma) dolía bastante.
— ¿Cómo te sientes? —preguntó Kenma con cautelosa delicadeza.
— Excelente —bromeó con cierta amargura—. Genial, increíble, el mejor día de mi vida.
— Kuroo, hablo en serio.
— No te preocupes —forzó una sonrisa—. Duele, pero no es nada importante.
Naturalmente, Kenma sabía que era una mentira. Aun así, lo vio relajarse.
— ¿Tú estás herido? —le preguntó con miedo a una afirmación.
— Unos raspones, pero no importan —se encogió de hombros.
Kuroo se quitó la rota y sucia chaqueta de Lev con sumo cuidado. Cada movimiento era un calvario en alguna o varias partes de su cuerpo. Pero de todas maneras se la quitó y se levantó las mangas de la camiseta para inspeccionar sus heridas. Kenma se sumó a ayudar, subiendo la parte trasera para revisar la espalda, la cual probablemente se llevó el mayor daño.
— Por cierto, ¿Dónde estamos? ¿Dónde están Yaku y Lev?
— No estoy seguro —oyó un pequeño suspiro, junto con la caricia de unos dedos en su espalda. Se removió por la punzada, pero más se removió su estómago de ridículo calor—. Lo siento. Tienes unos cortes horribles. Cuando llegue Yaku y Lev les diremos que necesitas asistencia médica.
— Mis brazos también se ven feos —bufó.
Tenía toda la piel levantada en las palmas de sus manos y los antebrazos. Las palmas, en definitiva, eran lo que más le molestaban. Pero no era sólo piel levantada, eran cortes y quemaduras. El resto del cuerpo sólo le ardía, pero aquel dolor constante anulaba los demás malestares.
— Me decías, ¿Y el dúo disparejo? ¿Qué pasó con ellos?
— Dejamos la nave cerca de aquí. Creo que estamos en un galpón de aeronaves, pero no tuve tiempo de revisar. Yaku y Lev se fueron a pedir ayuda y alguien se tenía que quedar contigo para no arrastrarte.
— No es fácil ser discreto con un saco de papas ensangrentado y chamuscado —aceptó la lógica y el indirecto "me quedé a cuidarte" de Kenma, a quien no le hizo ninguna gracia el comentario.
— Lev dijo que conocía un sitio donde podíamos escondernos y nos juró que era seguro. Luego empezó a contarle a Yaku sobre el lugar mientras se iban. Prometieron que vendrían por nosotros en cuanto consiguieran un transporte.
Kuroo asintió sin verlo, contemplando sus brazos con pena. Kenma se mantuvo en silencio. Cuando se movió para mirarlo, él parecía realmente preocupado.
— Tranquilo —le dijo, acercándose pero dejando un espacio prudente entre los dos, como si hubiera una barrera que no se atrevía a sobrepasar—. Estoy bien.
— Pero estás herido por mi culpa —dijo finalmente.
— ¿Tú tiraste la granada? Oh, no me había dado cuenta —respondió con sarcasmo desprovisto de malicia.
— No tenías que protegerme, tenías que protegerte a ti mismo —le reprochó, intentando regañarlo en vano, pero su voz no tenía la fuerza de un verdadero regaño.
— Ah, pero qué haría yo si algo que te pasara —murmuró en respuesta, tratando de sonar gracioso.
No obstante, a sus oídos sonó extrañamente empalagoso. Tal vez fue el tono bajo en que lo dijo o la manera despreocupada, pero le dio vergüenza la manera en que se escuchó.
Y por supuesto, a Kenma no se le pasaban esas cosas.
— ¿Y qué haría yo? —susurró en un tono mucho más bajo, tanto que Kuroo podría haber imaginado esas palabras.
Donde fuera que estaban, el silencio era sepulcral. Si un pelo de su cabello se movía, sentía que podía oírlo. Si el sonido se perdía, rebotaba contra las paredes y regresaba como un eco. Incluso con la claridad auditiva a su favor, Kuroo estaba seguro que no había oído eso. Habría sufrido una contusión y ahora la cabeza le estaba jugando una mala pasada antes de caer en coma y morir.
Pero Kenma jugaba con sus dedos y mantenía la vista en el suelo.
Si luego pregunta, era parte del shock y el traumatismo emocional causados por un fuerte golpe en la cabeza, se dijo Kuroo antes de sobrepasar esa barrera imaginaria y meterse en el espacio personal de su mejor amigo.
Una vez allí, no supo qué hacer.
Se quedó con los brazos en el aire sobre los hombros de Kenma, a la altura de su cara. Quería abrazarlo, quería tomar sus mejillas y besarlo, pero la parte racional le aconsejó no arruinarlo todo y la parte física le recordó que apoyarse contra cualquier superficie era un suplicio. Su rostro estaba a unos centímetros del de Kenma y su repentino congelamiento los puso incómodos a los dos. Kenma lo miraba con confusión, encogido sobre sí mismo por el movimiento repentino de Kuroo (y también, la falta de su conclusión).
— Uh —Kuroo se echó un poco hacia atrás, no muy lejos, no tan cerca—. Yo quería abrazarte, pero... emm, duele.
Nunca se había avergonzado tanto en su vida. Se sentía bastante estúpido, tanto que casi lo hacía olvidarse del infierno que era estar su cuerpo en este estado. Y lo peor de todo era que, naturalmente, Kenma sabía que era una mentira.
Y se veía tan adorable con las mejillas teñidas de rosa.
Unas manos chiquitas se apoyaron en sus costillas, envolviéndose en su camiseta y tirando de él. Kenma lo guió para que apoyara la cabeza sobre su pecho y Kuroo lo hizo. Descansó sus brazos cerca de la cintura contraria, sin rodearla, sin alejarse. Los brazos de Kenma rodearon su cuello y sintió que descansaba el mentón sobre su cabeza.
Kuroo ablandó su cuerpo ante el cariño y cerró los ojos. Era definitivo: estaba muerto en los brazos de un ángel. Extraña cosa que hubiera terminado en el cielo, pero quién era él para quejarse.
Kenma olía a buenos recuerdos. Por sobre el sudor y lo quemado, podía distinguir ese aroma a comidas de mediodía, siestas de domingo y mascotas acurrucadas en el regazo. Siempre lo transportaba a un espacio y tiempo más pacífico y su sola presencia lo hacía olvidarse de todos los malestares.
Sin pensar, le regaló un beso perezoso en el cuello. Sabía que no debía, pero todo se sentía esperanzador y todo estaría bien.
Se quedaron en esa posición hasta que escucharon ruidos afuera. Se separaron lentamente y de mala gana, girando para ver la luz que casi deja ciego a Kuroo. Tres figuras habían abierto una puerta que absorbió la oscuridad como un agujero negro invertido. Recién cuando se acercaron a él, reconoció que se trataban de sus compañeros y de Sugawara.
Se levantó despacio; todos a su alrededor tenían los brazos abiertos, listos a cualquier mareo, desmayo repentino o muerte súbita. Nada de eso. Kuroo se sentía bien. No físicamente, pero mentalmente estaba bien. Tal vez estaba en shock, tal vez no habría shock, tal vez Kenma alejó el shock y curó todos los males desde el centro de su corazón hacia afuera.
Respondió todas las interrogantes de buen humor, buscando un hueco entre pregunta y pregunta para averiguar hacia a dónde iban y dónde vivirían. Porque Kuroo no era ningún idiota y bien sabía que ya no había sitio en Japón para los cuatro gatos de Nekoma.
— ¡En la casa de mi abuela! —exclamó Lev con alegría.
— ¿Eso es seguro? —inquirieron Kuroo y Kenma casi en unísono.
— Sí —respondió Yaku, esbozando una sonrisa triste—. Según Lev, es una casa antigua; las puertas no tienen código (excepto la principal) y está abandonada hace años. No suena como un mal escondite. Además, está a nombre de una anciana, no suena sospechoso, ¿No?
Saludó a Daichi antes de meterse en la parte trasera de la camioneta. Se acomodó de tal manera que nada tocara sus partes lastimadas, y aunque así ocupaba gran parte del reducido espacio, nadie le reclamó nada.
Una vez sentado, se percató de otro problema más: el cansancio. Sentía los músculos agarrotados por el esfuerzo y la tensión que había pasado. Incluso así, el que parecía vencido por el agotamiento era Yaku. Su cuerpo apenas se sostenía y todas sus gesticulaciones eran forzadas y mal fingidas. No parecía estar herido, pero no podía decir lo mismo de su estado mental. A decir verdad, todos estaban bastante mal. Incluso Lev, el gigante león albino, parecía menos animado que de costumbre.
— ¿Saben algo de Bokuto?
— Sí, Daichi me contó que recibió un mensaje de él —le explicó Suga, quien decidió ir en la parte trasera por si Kuroo necesitaba algo. Pobre Daichi, sin su esposa de copiloto. Hoy sentía como si tuviera toda la atención puesta sobre él—. Me dijo que no entendió mucho, pero que tuvieron que huir del escondite porque sería atacado. Que cuando saliera de Fukurodani se contactaría con nosotros.
Así que Bokuto estaba trabajando. Eso le produjo un alivio enorme.
Lo que no le producía ningún alivio era el movimiento de la camioneta. Los vehículos siempre eran inestables en el aire y se balanceaba de un lado para otro. Por reflejo, se atajaba con las manos y de inmediato lo lamentaba con un quejido.
Kenma tiró de él, de la misma manera que lo había hecho antes. Kuroo entendió el mensaje, apoyándose en su cuerpo para ganar estabilidad. Kenma lo sostuvo, siempre atento en ubicar sus manos donde no le produjera ni una molestia.
— Gracias —susurró contra su mandíbula, el largo cabello rubio produciéndole cosquillas en la mejilla.
— Hum.
Yaku y Suga los miraron con aprobación y Lev no parecía entender lo que estaba sucediendo. Para ser sinceros, Kuroo tampoco estaba seguro. Pero tenía un buen presentimiento al respecto. Si Kenma estaba permitiendo y fomentando tanto cariño, entonces no había nada malo en ello. Absolutamente nada malo.
— ¿Ahora estamos yendo a lo de Lev? —señaló al ruso-japonés con un dedo.
— Sí —contestó Suga mientras Lev afirmaba con la cabeza.
— ¿Y Oikawa?
— Quién sabe.
La respuesta sincera de Sugawara fue como una bofetada. Como si el mismo Oikawa le estuviera recriminando por salir entero (o más o menos) de Nekoma mientras él andaba desaparecido. Podría estar siendo torturado horriblemente, o bien podría haberse tomado un avión a Hawaii, y en este mismo instante estaría recostado en una hamaca con un daiquiri en la mano y un pene en la otra (porque Kuroo estaba seguro que eso se aproximaba a la vida de ensueño de Oikawa, especialmente si ese pene era de Iwaizumi).
Pero dejando de lado las divagaciones de lo que podría estar haciendo, Kuroo tenía un mal presentimiento sobre él. Aquel sexto sentido de gato. Y, para su desgracia, esos presentimientos solían ser tal cual como los sentía.
Y ahora estaba terriblemente preocupado por Oikawa y por lo que le dijo cuando lo vio por última vez.
— ¿E Iwaizumi? —preguntó, recordando que no estaba cuando lo buscó por el escondite.
Por lo menos, le gustaría asegurarse de que estaba sano y salvo en alguna parte. Para calmar a la parte que se estaba preocupando por Oikawa, que era básicamente, la parte que no se estaba derritiendo de amor contra Kenma ni la parte que se estaba muriendo adolorido.
— No lo sé.
Excelente. Desaparecidos los dos. Se consoló con la idea de que Kenma, Yaku y Lev estaban bien y que, por el momento, Bokuto y Akaashi también lo estaban.
Hizo un esfuerzo por no pensar. Por más que fuera imposible que pensamientos como "espero que mis amigos estén bien" o "me duele como varias patadas en las bolas", lo intentó. Descansar contra Kenma y pensar después. Ayudó bastante engancharse en la conversación, que hizo llevadero el viaje.
Necesitó ayuda para levantarse y luego para caminar. Como se había mantenido inmóvil, reincorporarse otra vez fue mil veces peor. El dolor también estaba en los músculos, y estaba tan exhausto que temía desmayarse allí mismo. Y por la palidez en el rostro de Yaku, temía lo mismo por él. Observó la entrada antigua con desinterés; no era la primera vez que cambiaba de escondite, así que poco le importaba el nuevo. Esperaba que no fuera una pocilga como el anterior.
— La casa es super agradable —comentó Lev al ver las caras largas.
— Mientras tenga una cama cómoda en la cual tirarme ahora mismo, en resto no me importa —le contestó.
— Bueno, sí, tiene varias camas.
Lev introdujo el código mientras Suga le preguntaba cosas sobre la seguridad del hogar. A Kuroo no le interesaba. Buscó la mano de Kenma y la tomó. Ya no quería seguir ocultando lo que sentía por él. Siendo sincero, ¿Alguna vez lo había hecho? No era la primera vez que se tomaban de la mano ni la primera vez que pasaban horas abrazados. A este punto, si no le gustaba a Kenma, entonces ya no entendía nada en este mundo.
Pero cualquier duda que pudiese tener al respecto se disipó cuando sintió un apretón cariñoso.
Nuevo escondite, ¿Nuevo comienzo? Herido, preocupado y totalmente enamorado, entró a la casa con su mano entrelazada a la de Kenma y el deseo irrefrenable de tenderse a en una cama a dormir durante el próximo milenio.
Ah, pero no. No podía dormir tanto. Todavía quedaban tantas, tantas cosas por hacer.
¡Acá termina el extra de Kuroo! En el próximo capítulo retomaré la historia original.
No tengo idea cuándo voy a volver a actualizar, quiero tener todo el fic completo y corregido antes de seguir publicándolo (para evitar abismos entre actualización y otra). No se preocupen, no me falta mucho para terminarlo: casi segura que esta segunda parte tendrá ocho capítulos, más un epílogo~
Cualquier cosa, es probable que avise en mi página de Facebook.
Gracias por los comentarios que me dejan :)
