La historia del Lobo y el León
-¿Estará mal?-
Sus palabras se escuchaban apenas como un murmullo en aquella habitación, su mirada fija al techo, contando las grietas, memorizando las arrugas. Su cuerpo yacía tumbado bocarriba, sus manos entrelazadas detrás de su cabeza, sus ojos pesaban del cansancio; estaba agotada.
-Fue inconcebible desde el principio, ¿no es así?-
Una sonrisa resignada volvió a tomar posesión de su rostro, cerró los ojos e inhalo lenta y profundamente. ¿Cuánto tiempo llevaba tumbada martirizándose de esa forma? ¿Cuánto tiempo llevaba preguntándose si las cosas pudieron haber sido diferente? ¿Cuántos escenarios donde un ''Final feliz'' era posible aparecían en su cabeza?
El aire que aprisionaban sus pulmones comenzaba a quemarle, como si fuese azufre lo que retenía. Lo contuvo dolorosamente…
…¿A quién le importaba? Conocía las envidias que el poder de la corona de Arendelle despertaba, pero ¿Quién quisiera cambiar de puesto ahora con ella?
Nadie.
Comenzó a sentir un pequeño mareo, negándose aun a soltar pizca de oxígeno, sus ojos se cerraron con fuerza, sus manos se empuñaron con violencia y golpearon su pecho.
¿Quién desea ahora la condena de esa corona? ¿Quién cree poder soportar las responsabilidades que conlleva traerla? ¿Quién puede anhelar el poder, las riquezas y el mandato a costa de su propia alma? ¿Quién…?
Abrió los ojos y exhalo con fuerza, tosiendo de manera desenfrenada mientras sus manos seguían golpeando su pecho.
Tomo asiento apenas se hubo calmado, siendo recibida por su reflejo frente aquel espejo. Sonrió irónicamente, se puso de pie y se dirigió a paso lento a aquel reflector. Se tomó su tiempo de admirarse de pies a cabeza, obviando en las bolsas bajo sus ojos por las lágrimas que había derramado, paso por sus labios, deteniéndose en la pequeña herida en su labio inferior la cual lamio casi por inercia. Continuo ese tortuosos recorrido, posando la vista en el reflejo de la cama detrás de ella, recordando lo que hace unos momentos había tenido cabida en ella. Pego su frente al espejo cerrando los ojos, deslizando la mano por su cuello, apretándolo en un intento por disipar la neblina de sus pensamientos.
No había tiempo, tenía que pensar rápido, hallar una forma de resolver la encrucijada en la que se encontraban ahora. Negó con lentitud sintiendo una punzada algo dolorosa en la parte izquierda de su garganta. Delineo con la punta de sus dedos aquella zona y abrió sus ojos, divisando una pequeña marca rojiza en este.
Sonrió.
-Debo intentarlo-
''No vengas''
Negó ante el recuerdo de aquellas palabras, alejándose con lentitud de aquel espejo, camino hacia el cuarto de baño y se lavó. Sonrió de medio lado ante la deplorable imagen que mostraba su ser, pero ¿Quién tendría buena pinta cuando la persona que amabas esta siendo llevada hacia su muerte?
Sus ojos brillaron con determinación y salió con rapidez.
Decir que casi le da un infarto al abrir su puerta y encontrarse al chico reno del otro lado sería decir poco.
-¿Qué haces aquí?- pregunto posando una mano en su pecho mientras respiraba agitadamente
-¿A dónde crees que vas?- pregunto con los brazos cruzados
Su mirada se oscureció al percatarse de lo que estaba sucediendo. Sus sentidos se pusieron a la defensiva apenas cruzo mirada con el chico.
-¿Qué te pidió Elsa?- cuestiono con voz neutra
-Anna, entiéndela…- intento el chico poniéndose frente a ella
Y esa fue la gota que derramo el vaso de su paciencia.
-¡¿Qué la entienda?!-su voz se elevó más de lo que hubiera deseado, poco le importo
¿Acaso todos pensaban que la estaba pasando bien en ese instante? ¿Acaso pensaban que sus sentimientos eran pasajeros, un capricho momentáneo?
-¡No Kristoff, entiéndeme tú a mí!- señalo con su mano el pecho del joven, este le miraba con serenidad -¡Yo no voy a dejarla ahí, yo no dejare que le hagan algo! ¡Que la dañen!- Sus manos se posaron es su rostro, exasperada -¿¡Es tan difícil entender que la Amo!?-
Lo último no supo si lo grito o sollozo, poco importaba en ese momento. Sintió como los brazos del Joven la rodeaban.
-Ella me ha pedido que te detenga, no quiere que veas como es ejecutada- comento el rubio mientras miraba fijamente al frente.
La puerta seguía abierta, podía ver a detalle el cuarto, siendo el gran ventanal con las cortinas corridas lo que le llamo su atención. Pensó que hacía un hermoso día, eran pocos los días que amanecían así de agradables.
-¿Y tú qué harás?- sollozo la pelirroja, correspondiendo al abrazo
Sintió como la brisa fresca que se colaba por la ventana impactaba en su rostro. Sonrió con nostalgia y apretó más a la chica que estaba entre sus brazos.
-Si nos vamos con Sven llegaremos más rápido-
Anna elevo su mirada con sorpresa, encontrándose con la sonrisa sincera de Kristoff.
-Yo….-
-Después, ahora no hay tiempo que perder- la interrumpió el rubio
La pelirroja salió corriendo mientras tomaba su brazo, halándolo, llevándoselo consigo. El chico solo sonrió, e inhalo con fuerza apresurando el paso y cambiando posiciones.
En verdad hacía un buen día como para mancharlo con una muerte…
El aire hace ruido, la cabalgata de los caballos hace ruido, los murmullos de quienes la escoltaban hacia ruido, los pájaros que cantaban en aquella bella mañana hacían ruido. En conclusión…
…todo era terriblemente ruidoso.
Cerro los ojos y dejo caer su espalda en la pared de aquella carroza, suspiro sonoramente volviendo a concentrarse en todo lo que sus oídos lograban percibir. Sin embargo, todo el sonido era opacado por el tintineo de las cadenas que chocaban contra sí. Maldijo al efecto Doppler y al hecho de que estuviera en movimiento y no pudiese quedarse con los demás sonidos de fondo. No supo cuándo pero comenzaba a odiar ese sonido del metal golpeándose entre sí.
Volvió su mirada a sus manos, percibiendo nuevamente aquellas capsulas metálicas que recubrían desde sus muñecas hasta la punta de sus dedos, como si estas fuesen la fuente de su poder. Era verdad que haciendo ademanes podía controlar las formas de este, sin embargo sus emociones eran las que hacían fluir la magia, no importaba si la esposaran o amordazaban. Volvió a escuchar el choque de las cadenas, pensando seriamente en congelarlas para que dejases de sonar, negándose a la idea cuando visualizo a 4 guardias armados frente a ella. Sonrió a sus adentros, pensando en lo sencillo que sería librarse de su encierro y dejarlos fuera de combate y tal vez matar a alguno como advertencia.
Negó nuevamente, ante la mirada curiosa de uno de los guardias. Notaba la mirada de todos en ella, totalmente en guardia para cualquier altercado, haciendo pesado el ambiente.
-¿Es verdad que usted es la Reina Elsa de Arendelle?- pregunto de la nada uno de los guardias cortando el espeso silencio a su alrededor
Elsa le miro unos segundos, razonando en lo joven del muchacho por su voz, no mucho mayor a ella. Le sonrió cálidamente, sonriendo cuando este recibía un golpe en el hombro por uno de sus compañeros.
-No es necesaria tanta seriedad, no pienso escapar ni pelear- comento la rubio platino volviendo a ver sus manos encadenadas –Tal vez estuviesen muertos si esa hubiese sido mi intención-
Negar el escalofrió que les recorrió la espalda ante las palabras de su Reina era innecesario, todos estaban conscientes de los poderes de la Monarca, sin embargo nunca habían escuchado ni una amenaza de parte de ella en ese tiempo.
-¿Y por qué no se resistió?- pregunto nuevamente el joven guardia, la rubia solo sonrió ante el brillo curioso de sus ojos, le recordaba mucho a la menor.
-¿Por qué lo haría?- devolvió la pregunta mientras volvía a relajarse, dejando caer su peso sobre su espalda –El deber de un Monarca es afrontar las consecuencias de su mandato, sean buenas, malas o mortales- saboreo amarga la última frase, suspirando antes de continuar –Y para mi mala suerte mi Padre había dejado demasiadas cuentas sin saldar-
El guardia ladeo la cabeza, otro gesto que le recordó a la menor. Escucho chasquear la lengua de otro guardia, el más cercano a la puerta. Este mantenía su vista fija en ella, con cierta intensidad que le incomodaba, pero aun así no retiro su vista.
-¿Y por qué debe usted pagar por crímenes que no son los suyos, su majestad?- pregunto con dureza, supo por la voz que era alguien mucho mayor, tal vez el más experimentado de todos
-Es mi deber- sentencio mirándole con cierta curiosidad -¿Desde cuándo estas al servicio de la Guardia Real?- pregunto sin rodeos
El hombre solo cruzo los brazos y le miro con seriedad, debatiéndose internamente entre contestar o no. Suspiro con desgane y se quitó el casco, dejando que su cabellera grisácea ondease libre. Sus facciones eran duras, sus ojos de un café oscuro, sus labios delgados y partidos. Una cicatriz recorría parte de su mentón, llegando justo a la parte izquierda de su garganta, debió haber sido doloroso en su momento.
-Gerda me ha hablado mucho de ti- Comenzó el hombre
Elsa abrió los ojos con sorpresa ante la mención de aquel nombre, tragando con fuerza al recordar a la ama de llaves.
-¿P-por qué le hablaría de mí? Si se puede saber, claro- pregunto recomponiéndose de la sorpresa inicial
Para desconcierto de la mayor el hombre sonreía con suavidad, como si recordase algo gracioso.
-Eras muy importante para ella- el hombre suspiro y tomo su turno de relajarse, bajando el arma y posando ambas manos en sus rodillas –Quítenle las esposas- mando
-Pero Señor…-
-Hazlo- interrumpió al guardia que le miraba sin entender
Elsa le miraba con el mismo desconcierto, agradeciendo mentalmente cuando dejo de sentir el metal en su cuerpo, era una sensación liberadora. Froto casi inconsciente sus manos, mirando con una sonrisa las marcas de los grilletes.
-Mi Nombre es Kai- comenzó el hombre mientras le extendía su mano con una sonrisa, la rubio platino devolvió el gesto, aun confundida ante aquella muestra de generosidad
-Mucho Gusto Kai-
Sus miradas cruzaron, azul contra café, ambos curiosos por la presencia frente a ellos. Separaron sus manos y tras una sonrisa comenzaron a reír, desconcertando a los presentes, quienes no comprendían aquel despliegue. Uno asocio la risa a la locura momentánea, otro al estrés de estar camino a una pila de sacrificio, el último solo se encogió de hombros.
-Eres tal y como dijo ella- expreso el hombre con una sonrisa
-No comprendo, ¿podría ser más específico en sus palabras? Por favor- respondió Elsa mientras miraba hacia el exterior
-Flashback—
La brisa matutina acariciaba su rostro con suavidad, refrescándolo ante el sudor que figuraba en su rostro. Paso su mano, tallando, en un intento fallido, por deshacer el camino que este recorría hacia sus ojos.
-Ten-
Sonrió casi por inercia al captar aquella voz, girándose, mirando con adoración a la Mujer que le tendía con una sonrisa encantadora un pañuelo. Se quitó uno de los guantes, y estiro su mano. Encontrándose en un pequeño roce, tomando con delicadeza el pañuelo mientras compartían un silencio cómodo.
-Gracias, Gerda- pronuncio con suavidad, saboreando cada letra de su nombre, sintiéndose dichoso ante la imagen de la mujer que le atendía
-¿Sabes? se te extraña en el castillo- comento la mujer pasado unos minutos
El hombre le miro con una ceja alzada, asintiendo ante lo dicho. Le devolvió aquel pañuelo y tomo su mano, dirigiéndola hacia uno de los bancos de aquel lugar.
Ambos tomaron asiento, disfrutando de la compañía del otro, admirando el que sería considerado como campo de entrenamiento. Se encontraba completamente solo, a excepción del hombre, que en busca de una salida para su estrés había ido a entrenar.
Su cabello era grisáceo, a excepción de unos mechones negros rebeldes que habían escapado al paso del tiempo, sus manos eran anchas y grandes, toscas al tacto, pero suaves al acariciar. Su mirada denotaba firmeza y pasión combinada, en cierta medida, con amabilidad. Sus labios eran delgados, su mentón firme y alargado. Era apuesto aun para su edad, era algo que Gerda admiraba del hombre que sonreía ladino al descubrir cómo no apartaban su mirada de él.
-¿Ves algo interesante?- comento el hombre con gracia
Recibió un pequeño empujón de parte del ama de llaves, misma que correspondía la sonrisa del hombre.
-Nada en particular, solo pensaba en como ha pasado el tiempo- contesto sincera mientras fijaba su vista al frente, volviendo a admirar el campo
El hombre asintió y rodeo a la mujer por la cintura, atrayéndola hacia él. No podría negar nunca el cariño que tenía por ella, el amor que le profesaba. Aquel que reafirmaba su decisión de haberse unido al ejército imperial.
La mujer sonrió cuando lo sintió aferrarse a ella, acurrucándose más entre sus brazos, inhalando el aroma de aquel hombre.
-Sabes, me hace sentir tan segura estar entre tus brazos- comento la mujer acariciando con dulzura una de las manos
-Y tú me haces sentir tan fuerte- confeso el hombre, su mirar volvió hacia la mujer de cabellera grisácea, admirando sus facciones y su sonrisa
No pensaba que pudiese amar a alguien tanto como a aquella mujer. Y era eso mismo lo que le hacía enfurecer.
-¿Por qué sigues a su servicio siendo los monstruos que son?- pregunto volviendo su mirada al frente, apretando inconscientemente el abrazo que compartían –Odio tu semblante triste cuando sales de ese lugar-
La mujer suspiro y volvió su mirada a él, sabía lo que el sentía respecto a su trabajo de ama de llaves. Comprendía a la perfección a lo que se refería, él se había retirado del servicio al Rey como mayordomo y se unió a sus fuerzas de ataque, alegando que era por el bien del pueblo. Ella nunca lo creyó. Sabía que su principal razón era el protegerla a ella y a las niñas.
-Quiero estar cerca de ellas- suspiro nuevamente y beso sus labios –Sé que no puedo ayudarlas pero al menos deseo curar sus heridas en lo que pueda-
-Lo sé- contesto el hombre enmarcando su rostro
Sus labios se unieron en una danza silenciosa de corazones.
-¿Cómo se encuentran?-pregunto el hombre al separarse
-Anna está creciendo feliz y radiante, es una hermosa muchachita, amable y jovial- comento con una sonrisa la cual se borró al instante, siendo reemplazada por una triste
-¿Y Elsa?-
-Elsa se está volviendo frívola, también es una muchacha hermosa, es muy inteligente y piensa mucho antes de actuar- suspiro con frustración mientras miraba al cielo –El odio está haciendo acopio de ella en su mente, sin embargo ella lucha constantemente contra él, alejándolo de su actuar- una lágrima rodo por su mejilla –He visto sus manos heridas, sus nudillos cicatrizados. He notado incluso unas heridas en sus manos. Por más que trate de ocultarlo sé que está sufriendo, por más que intente callarlo sé que está llorando por dentro-
-¿La extraña?- pregunto el hombre afianzando el abrazo sobre sus hombros
-Cada noche la llama, cada día la observa. Me temo que el amor que siente por ella no es meramente fraternal. ¡Y es maravilloso!- exclamo alzando sus manos al aire –Pero, pero, esta sociedad no lo entenderá, no porque no quieran o solo porque sea ilegal, sino solo por no querer creerlo- sus manos se empuñaron y bajaron a su rostro, conteniendo un sollozo que escapaba de su garganta
-Tranquila-
-Hoy he ido al pueblo, ¿Sabes lo que escuche?- el hombre negó –Escuche sobre las princesas, las personas decía que debía ser genial ser una princesa, que tal vez eran clasistas porque sus padres nunca las dejaban ver al pueblo, que si serian engreídas, mandonas, unas idiotas cabeza hueca…- hizo una pausa y se puso de pie -¡Ellos no saben nada! ¡Nada en absoluto! ¡No saben del dolor de Elsa, del martirio de Anna, de los golpes, insultos, humillaciones! ¡Ellos no saben nada!- caminaba de una lado a otro mientras agitaba sus manos -¿Qué las princesas han de tener una vida muy genial? ¡Patrañas! ¡Ellos no saben nada!
El hombre se puso de pie y envolvió entre sus brazos a la mujer que temblaba de ira y tristeza. El tan acogido sentimiento de impotencia lo invadió, no sabiendo cómo ayudar a su amada, no sabiendo como ayudar a ese par de niñas que crecían bajo las garras de dos demonios. Suspiro con desgano y acurruco su cabeza en el hombro de aquella mujer.
-Ellas tienen mucha suerte de tenerte- comento, su voz opacada por los ropajes de la mujer que acariciaba su cabello
Sintió como negaba con su cabeza, elevando su mirar, encontrándose con ese par de universos que le observaban con amor. El brillo de aquellos orbes le hizo sentir que le cegarían en cualquier instante.
No, te equivocas- respondió la mujer enmarcando su rostro, acariciando las mejillas, sonriendo ante aquel sonrojo casi imperceptible que embargaba al hombre. Los años pasaban, sus miradas seguían encontrándose como la primera vez.
Sus ojos se oscurecieron ante el recuerdo de su primer encuentro. No era agradable, tampoco era una anécdota que desearía contar. Se sumergió en el infierno de sus recuerdos antes de que unos labios lo volvieran a su realidad, soltando aquel ropaje que sostenía con fuerza, alejándose ante la marca rojiza que se había plantado en el hombro de la mujer que abrazaba sin medirse.
-Yo, lo siento- se disculpó bajando la mirada mientras retrocedía un par de pasos
-No te preocupes por ello- sentencio la mujer cogiendo su mano y halándolo hacia sí –Sé que aun duelen los recuerdos, pero desde que me salvaste de él no he sido tan feliz-
Sus manos correspondieron a ese abrazo y a esas palabras, sintiéndose aun impotente en esas palabras. No pudo salvar a Gerda, no podía salvar a las niñas. Era un guerrero prodigioso, digno de llevar el escudo real de la familia. Pero no era un digno hombre para la mujer que le consolaba.
-No dejare que les vuelvan a hacer daño, no nuevamente-
Sus manos se aferraron con fuerza a la mujer, teniendo el cuidado de no lastimarla nuevamente, debía controlarse, armarse de valor y continuar. Pero odiaba esa casa, ese reinado, esa idea de vida. Era patético por lo que debía pasar, por lo que pasaba, por lo que pasaban.
Suspiro con desgano nuevamente, como cuando veía caer por cuarta vez a un nuevo recluta que no sabía montar, o como cuando veía a uno de sus hombres intentar impresionar a alguna de las damas de la aldea. Era ya una costumbre de él, una mala costumbre a su pensar. Se retiró del abrazo, tomo el rostro de la mujer y unió sus labios de una forma suave, saboreando el aliento de quien le correspondía con la misma intensidad.
-Algún día, lo juro por mi alma, encontraré la forma de que sean felices de nuevo- sentencio el hombre con firmeza
La mujer apretó con cariño una de las manos que sostenían su rostro, negó con lentitud ante la mirada confundida del hombre y le sonrió con complicidad.
-La única forma de que sean felices es que estén juntas nuevamente- un nuevo beso se posó en sus labios –Y eso aún no asegura su felicidad-
-Flashback end—
-Ella nunca paro de hablar de ustedes todos estos años, en especial de ti- una pequeña sonrisa se formo es sus labios –Te llamaba su 'niña platina'-
Elsa miraba por la pequeña ventana del carruaje que daba al exterior, mordiendo levemente su labio, sonriendo con nostalgia.
-Ella fue como la madre que siempre quise- una lágrima bajo por su rostro ante la mirada asombrada de los guardias, no se inmuto ante ello –Siempre pensando en Anna y en mí, siempre estando al pendiente de nuestras acciones- cerro los ojos y llevo una mano a su pecho –Hubo algún momento en el que pensé que ella no entendía mi dolor, nuestro dolor- un suspiro entrecortado emano de sus labios –Ahora me doy cuenta de lo egoísta que fui- su mano limpio algunas de aquellas lágrimas traicioneras que se escapaban –Siempre sufrió por nuestra causa, por lo que nos hacían, por lo que le hacían-
Él hombre solo le miro con una sonrisa melancólica, ambos recargando su espalda contra los muros de aquel carruaje.
-¿Así que sabes que es lo que paso con ella?- Elsa asintió exhalando con fuerza
-El título de Nobleza solo hace sufrir al portador y a quienes le rodean- espeto la platina sonriendo con burla ante su suerte
-Me encantaría creer en esas palabras pero eso no concuerda contigo- contrarresto el hombre mirándole con una ceja alzada
Elsa le miro divertida, devolviendo la sonrisa burlona mientras miraba por el retrovisor.
-Esas son palabras fuertes para un caballero ¿No cree, General?-
Ambos soltaron una risotada ante dichas palabras, lo cual solo reafirmaba la teoría de la locura en quienes le acompañaban.
-Pronto llegaremos- grito un hombre desde la cabina
El silencio volvió a reinar entre ambos. Sus miradas se intercambiaban con complicidad.
-Es tu decisión, Reina- Espeto el hombre mirándole con seriedad. Los presentes entendieron el mensaje, poniéndose en guardia, armándose para la batalla a favor de su Reina. Entendían si ella no deseaba la muerte, si escapaba de dicho destino y, algo que no conocían o no coincidía, les hacía estar de acuerdo.
La platina les vio con una ceja alzada, sintiendo una calidez ante la mirada ferviente de quienes le acompañaban. Negó con lentitud y volvió a recargar su espalda con pereza, estirando sus brazos, juntando sus muñecas y sonriendo ante la mirada confusa de los hombres.
-Seré un buen cuento para los niños, una leyenda para el futuro, pero sin duda seré una de las lecciones más sabias para este pueblo hoy- susurro sin malicia, viéndolos con una sonrisa –Ella sabe que la amo, como nunca he amado a nadie, tú deberías comprenderlo- susurró lo último, mirando con nostalgia al hombre
Kai suspiro desganado, sonriendo ante el recuerdo de Gerda por esa mala costumbre. Se agacho, tomo las esposas y se las puso nuevamente a su Reina. Comprendía a la perfección el sentimiento que en ella habitaba, entendió rápidamente que él no era nadie para deshacerse de ello. Cruzo su mirada con la niña de ojos azules que siempre se robaba el sueño de su amada, esa misma que juro algún día proteger, que prometió en el lecho de Gerda llevar de la mano al altar en aquel día tan especial.
-No somos tan diferentes- susurro al sentir la mano de la rubia platino en su rostro
-Lo sé, Kai, es por ello que sé que la cuidaras como nadie nunca-
Volvieron a tomar sus distancias, ante la mirada de los presentes quienes habían vuelto a sus puestos. Por alguna razón se sentían con desgane, como si el hecho de no poder hacer nada por su monarca les quitara fuerza. El golpe seco sobre sus cascos les hizo reaccionar. El hombre mayor les miraba con dureza, regañándolos silenciosamente ante su actitud. La determinación estaba en su mirar cristalino, su perseverancia se derramaba en forma de lágrimas.
-Hay que mantenernos firmes ante cualquier situación- hablo con fuerza mientras cogía su casco y lo volvía a poner en su cabeza –Así que quiero que quiten esas caras largas, ya que pronto debemos actuar como es debido-
Ante un comunal 'si' se dio por bien servido. Elsa solo sonreía, orgullosa de ese pequeño escuadrón, susurrando un 'gracias' hacia la mujer que le cuido y un 'lo siento' ante el hombre que le miraba con resignación. Pensó en Anna, en sus ojos, en sus labios, se remontó a las memorias de hace unas horas, se sumergió en los recuerdos de un ayer. Sonrió de medio lado, agradeciendo nuevamente que la muerte solo le llevase a ella. Pensó en el chico reno, en los hijos que tendría con él. Un sentimiento de celos la inundo de pronto, pero lo dejo ir casi al instante.
Suspiro nuevamente.
Sus parpados se cerraron ante la imagen cegadora del sol que entro de lleno a sus pupilas al girar de la carroza, escuchaba los murmullos de las personas del otro lado, como una melodía fúnebre. Pensó nuevamente en la melena pelirroja, en los labios sabor chocolate de su hermana, en lo suave de su piel, en sus ojos tan azules como verdes. Sonrió casi inconsciente ante aquella imagen.
Escucho nuevamente aquel tintineo de las cadenas, como estas chocaban entre sí. Lo odiaba. Odiaba ese sonido como a ningún otro.
Sin embargo… era bueno saber que ella lo escuchaba, solo ella podía escucharlo…
..Anna no estaba ahí para oírlo.
Eso era bueno… Anna no estaba ahí.
Abrió nuevamente los ojos y dejo que el sol diese de lleno contra sus pupilas, calando, hiriendo su vista.
Anna no estaba ahí, eso era lo mejor…
Pero si era lo mejor…
…¿Por qué dolía tanto?
Se que dije que se acabaría en este capitulo pero puede que se alargue solo uno más...
Sin más espero y les haya gustado, cualquier comentario es bienvenido.. Asi que hagan sus apuestas ¿Vivira o morira? Yo aun sigo sin saberlo :v
