¿Alguna vez has tenido uno de esos días en los que todo parece ir mal? ¿Uno de esos, en los que te sientes un imán para el caos? ¿De esos, en los que incluso llegas a creer que lo único que puede hacerte sentir mejor será, precisamente, aquello que te dé el tiro de gracia? ¿Uno de esos días, en los que vez las cinco de la tarde en el reloj y piensas "aún faltan siete horas más para que el día termine"?
Seguramente sí que lo has tenido, y si afirmas que nunca te ha pasado algo así, es, y que me bese un sapo si me equivoco, porque: o no has vivido, o simple y llanamente, eres un maestro de las mentiras, tan bueno, que incluso te mientes a ti mismo.
Albert había tenido uno de esos días, y todo ese desastre se había desencadenado por intentar tentar al destino al salir del lado erróneo de la cama, con el pie equivocado. Él era un hombre muy inteligente y muy poco supersticioso, pero nunca en la vida se había atrevido a empezar un día con el pie izquierdo. Esa había sido una creencia heredada de su madre. Pero esa mañana le había costado tanto trabajo levantarse que, después de amenazar y maldecir algunas veces al despertador, se destapó y sin tener el cuidado de ponerse boca arriba, salió de la cama.
Fue hasta que sintió el frío material cerámico de las losetas rozar su pie izquierdo, que de inmediato reaccionó, encogiéndolo, girándose y sacando el pie correcto. Pero había sido demasiado tarde. O al menos así lo veía ahora.
Todo había sido un desastre. Se quedó sin espuma para afeitar y por ello se había lastimado la parte baja de la barbilla con la navaja; se golpeó el dedo gordo del pie derecho con la pata de la cama; se quemó la lengua al tomar un sorbo de café muy caliente; Lilly le dejó caer, accidentalmente, una tostada con mermelada sobre el pantalón durante el desayuno, lo que lo forzó a regresar a su alcoba y cambiarse; el tráfico de su casa a la escuela de su hija fue terrible; había llegado tarde a la oficina; la tinta de una de las plumas que llevaba en el bolsillo de la camisa se regó, dejándole una "hermosísima" mancha negra sobre la blanca tela y la piel del pecho, por lo que debió cambiarse de nuevo; se había cortado con una hoja de papel… en fin, ese no había sido su mejor día… todo por haber sido tan inconsciente como para empezar su jornada con el pie equivocado. Y de pronto, entra a la sala de juntas para reunirse con su hija y sobrinos y es recibido con el golpe final, que además fue uno dado a traición.
Se quedó frío, parado bajo el marco de la puerta, cuando, después de escuchar la jubilosa voz de su pequeña, se giró para encontrarse de frente con un par de ojos verdes que había estado evitando reencontrar. La garganta se le secó y el corazón le latía agitado, como el de un adolescente. "Pero vaya tonto" se dijo a sí mismo cuando logró recuperar un poco de su autocontrol "es sólo Candy, sólo ella".
Respiró profundamente y sacó a flote una hermosa sonrisa, que por algún motivo le costó mucho encontrar. Caminó con movimientos elegantes pero fluidos hacia donde estaba el grupo de gente que lo veía con cara de ¿susto? Sí, seguramente era eso. Después de todo, sus sobrinos habían, aunque se atrevieran a negarlo, desacatado sus órdenes.
Su andar era encantador y muy seguro, prácticamente hipnótico, hasta que una mesilla para el café salió de la nada y se incrustó directamente en su espinilla.
Ahh, ¡lo que me faltaba! – casi gritó mientras se llevaba una mano a la pierna.
¿Estás bien? – preguntó Candy intentando contener la risa, cosa que Lilly, Stear y Archie no lograron hacer. Albert levantó la vista y muy molesto dijo:
Fuera de aquí… todos… ¡ahora! – los hermanos Cornwell y Lilly salieron disparados del lugar, pero Candy no se movió.
Déjame ayudarte.
Por favor Candy, he tenido un día pésimo, no quiero ser grosero contigo – dijo intentando contener su ira – en verdad… déjame solo.
Sólo intento ayudar.
Y lo agradezco, pero por favor… vete.
Si no te molesta, me llevaré a Lilly conmigo.
Haz lo que quieras – respondió fríamente. Candy asintió con la cabeza y se giró para salir – ¿Candy?
Si pretendes disculparte, no lo hagas – él sonrió con ironía.
Me sentiría mejor si Lilly y tú pasan la tarde en mi casa. Los juguetes de la niña están ahí y estoy seguro de que tendrán más espacio… pide que te lleven a mi casa.
Si eso es lo que prefieres.
Sí.
Candy salió de la sala de juntas y buscó a los muchachos. Todos tenían cara de espanto e intentaron disculparse por la actitud de Albert, pero ella no se los permitió.
Me pidió que llevara a Lilly a su casa.
En seguida pido que un chofer las lleve – dijo Stear.
No será necesario hermano, quedé de ver a Ann más tarde, debo ir a la casa a cambiarme, yo las llevo.
Cuando Albert dijo "más espacio", Candy no se imaginó que se refería precisamente a "más espacio", mucho más espacio. Pero, bueno… era lógico. Era absurdo pensar que, siendo líderes de una empresa transnacional, los Andrew vivieran en una casa común y corriente. Aunque, su propiedad… eso era demasiado.
La casa, hasta se sentía raro llamar a ese palacio con tan poco decoro, era una mansión gigantesca. Rodeada por todos lados de grandiosos jardines… incluso tenía un lago propio y su ración particular de bosque. Cualquiera que no conociera el lugar podría fácilmente perderse ahí, ella podría con muchísima facilidad perderse ahí.
Si la vista de la casa desde fuera era impactante, por dentro lo era aún más. El vestíbulo principal era gigantesco, conectado a diferentes salones, con ventanales grandísimos y una vista privilegiada a lo que Lilly llamó "el portal de las rosas", pero lo más impactante, además de su doble altura, era la escalera que lo coronaba. Una majestuosa escalinata de doble entrada como las que utilizan en las películas infantiles cuando la princesa baja para encontrar a su príncipe. Albert tenía tanta razón, Lilly tendría mucho, muchísimo, más espacio para jugar ahí que en el pequeño departamento de Candy.
Siéntete en casa Candy – dijo Archie amablemente. "Si claro" pensó Candy con ironía "en casa" – debo alistarme, las dejo.
Gracias.
Lilly, ya sabes las reglas.
Si tío, nos portaremos bien.
Eso espero.
La tarde entera la pasaron dando vueltas por toda la mansión. Primero Lilly le dio un pequeño Tour a Candy para mostrarle sus lugares favoritos en la propiedad, después estuvieron corriendo por la orilla del lago, chapoteando y jugando con sus cristalinas aguas, luego se tumbaron un buen rato sobre la hierba, cual lagartijas, a disfrutar un poco del sol y, finalmente, antes de regresar a la casa, Lilly le enseñó a Candy a trepar a los árboles.
Fue una tarde muy divertida. Cuando entraron a la casa, Candy pidió que le prepararan un baño para Lilly y después de bañarla, una de las sirvientas le indicó que la cena estaba servida. Ambas fueron guiadas al gran comedor, pero ninguna quiso quedarse ahí, era demasiado espacio para sólo dos personas, así que tomaron los platos y subieron a la recámara de Lilly.
Cenaron entre risas y juegos. Cuando terminaron de comer la pequeña se lavó los dientes y Candy la recostó. Lilly no quería que su padre tuviera una razón más para molestarse ese día, así que fue ella quien le pidió a Candy que la ayudara a dormir temprano. Justo en eso estaban cuando Albert llegó a casa. De inmediato subió las escaleras para ver a su hija, pero cuando iba a entrar a su recámara la escuchó decir:
¿Candy? ¿Por qué los adultos no son felices?
¿Por qué lo preguntas?
Mmm, papá… él no…
Tu papá tuvo un mal día Lilly.
Tiene muchos malos días – dijo con tristeza.
Escucha… no soy buena con esto, así que te lo explicaré a mi manera – Lilly volcó toda su atención en ella – en los cuentos de hadas existen monstruos, brujas y seres malvados que echan a perder la vida de los personajes buenos.
¿Una bruja atacó a mi papi? – Candy sonrió.
No. Bueno, no precisamente. Mira, en nuestro mundo también existen esos monstruos, pero son un poco diferentes.
¿Cómo?
Se llaman: ira, envidia, avaricia, odio, hastío, sufrimiento, desesperanza… en ocasiones esos monstruos nos atacan sin que nos demos cuenta y nos hacen pasar días horribles.
¡Atacaron a papá! – Dijo la pequeña – ¿Qué podemos hacer para ayudarlo?
Es bastante sencillo… sólo debes darle un abrazo muy fuerte y decirle lo mucho que lo quieres.
¿Sólo eso?
Eso debe bastar, pero debes hacerlo todos los días que lo veas… así evitarás que los monstruos esos lo hagan sufrir.
Eso haré.
Al escuchar esa conversación Albert se sintió primero preocupado y luego agradecido. Preocupado porque su tristeza era tanta que incluso su hija la había logrado ver, y agradecido, porque al menos ahora lo sabía.
Candy ¿Tú crees en los cuentos de hadas?
Sí.
¿Entonces crees en los príncipes azules?
Mmm, los príncipes azules son demasiado tontos, prefiero a los verdes.
Esos no existen.
¡Claro que existen!
¿Y qué hacen?
Bueno… son más o menos como los azules, pero mejores. Son… apuestos, gentiles, inteligentes, les gusta cuidarte, pero ellos no te rescatan del dragón.
¿Entonces, para qué sirven?
Ellos te ayudan a salir por tu cuenta.
¿Conoces alguno? – preguntó la pequeña emocionada.
Tuve uno.
¿De verdad? ¿Cómo se llamaba?
Tony.
¿Cómo era?
Era hermoso. Alto, rubio, fuerte, tenía los más hermosos ojos azules que he visto en mi vida.
¿Como mi papi? – Albert había querido entrar a la recámara de Lilly, pero por algún motivo no había logrado hacerlo y ahora escuchaba con atención la descripción del Tony de Candy.
Sí, un poco como él.
¿Lo querías?
Mucho y él me quería a mí.
¿Entonces qué pasó?
Él debió irse a un lugar al que yo no puedo ir aún, pero sé que me está esperando y en algún momento nos volveremos a ver.
¿Crees que yo pueda encontrar un príncipe como el tuyo?
Todas las princesas encuentran siempre a su príncipe – dijo entonces Albert entrando por fin a la habitación – aunque deberá ser un príncipe demasiado bueno… no te dejaré ir con cualquiera.
¡Papi!
Buenas noches amor – dijo acercándose a ella para abrazarla – te extrañé mucho.
Y yo a ti papá… te quiero mucho – dijo a la vez que se colgaba de su cuello para abrazarlo.
Yo también te quiero amor – respondió él con ternura – buenas noches Candy – ella sólo sonrió y dijo:
Es hora de dormir Lilly, mañana hay escuela.
Sí. Pero… papá… ¿puedes contarme un cuento?
No me sé ninguno… pero podemos pedirle a Candy que nos cuente uno.
Mmm, no… yo quería que me lo contaras tú – dijo decepcionada.
Ok, está bien. Pero no es uno muy bueno.
¡Bravo!
Es uno que me contaba mi madre – dijo viendo a Candy – no soy buen cuenta cuentos.
Te escuchamos
Entonces Albert se sentó en la orilla de la cama y contó la única historia que recordaba. Su madre se la había contado infinidad de veces cuando era pequeño. Hablaba de una bella niña, más o menos de la edad de Lilly, que había sido muy pobre e infeliz porque nunca conoció a sus padres, pero que había tenido la fortuna de encontrar esperanza cuando el destino puso ante ella a un muchacho al que llamó "el príncipe de la colina". La historia narraba la forma en la que esa niña vivió muchas aventuras y encontró muchos amigos a lo largo de su vida, y de su gran deseo de volver a encontrar a ese muchacho que tan impresionada la había dejado. Lo que ella no sabía era que él siempre se había mantenido a su lado, que siempre estuvo pendiente de ella y que, gracias a él, había llegado a ser la mujer en la que se convirtió. Finalmente, después de muchos años, cuando la niña ya era mayor, las tres malvadas brujas del cuento intentaron casarla con un ogro, pero el príncipe reapareció para al fin librarla de sus tormentos. Y que sorpresa tan grande se llevó la niña al darse cuenta de que su príncipe era, ni más ni menos, que un joven que se había convertido en su mejor amigo. Poco tiempo después, las brujas malvadas fueron desterradas del reino, el ogro dejó en paz a la niña, y ella y su príncipe se casaron y fueron felices por siempre.
Se durmió – dijo Albert sonriente.
Los cuentos tienen ese efecto en los niños – susurró Candy para no despertar a Lilly.
Pero soy muy malo con ese método.
Claro que no. Esa fue una bella historia.
Es la historia de mis tatarabuelos.
Un cuento de hadas real – murmuró Candy, Albert sonrió – te ves muy cansado. Será mejor que me vaya.
Ambos se pusieron de pie, salieron de la recámara de Lilly y bajaron las escaleras en dirección al vestíbulo. Ninguno de los dos dijo nada en ese corto trayecto. Albert iba a abrir la puerta de acceso, pero aún con la mano en el pestillo dijo:
Lamento haberte tratado con tan poca…
Shh – interrumpió Candy – no tienes que disculparte por haber tenido un mal día.
Pero si debo disculparme por haber desquitado un poco de mi rabia contigo.
Intentaste no hacerlo, pero yo me quedé.
Aún así…
No lo hagas – él sonrió - ¿te sientes mejor?
No lo sé.
¿Qué haces por las noches después de un día de estos? – él caminó hacia uno de los salones y después de entrar señaló una botella de whisky que había sobre una mesita.
No creo que el alcohol sea la respuesta.
No me cura, pero me entumece – fue su respuesta.
Tengo una mejor idea – dijo ella tomándolo de la mano para guiarlo a algún lugar.
¿A dónde vamos?
La verdad, no lo sé… ¿dónde queda la cocina? – el volvió a reír y la guió.
Una vez adentro de la cocina, y después de que Candy lograra cerrar la boca por la impresión, comenzó a hurgar en la alacena y el refrigerador.
¿Curas todo con comida? – preguntó él.
No, es sólo la primera parte… ya sabes lo que dicen "barriga llena…"
"corazón contento" – completó él.
Además si tuviste un día amargo, un poco de dulce debe ayudar.
Un poco, quizá, pero eso es demasiado dulce – dijo él al ver a Candy poner sobre un plato una rebanada de pastel, cubrirla de crema batida, esparcirle dulces de colores y rematar su creación con algunas frutas en almíbar.
No me digas que no se te antoja.
De hecho… – dijo él haciendo una mueca de desagrado ante la cual ella se llevó a la boca un gran bocado. Albert sonrió con ganas y decidió comer también. Candy tenía razón, la comida ayudaba. Una vez que hubieron terminado su "medicina compartida" preguntó – ¿con qué sigue la curación?
Sería mucho más fácil si conociera bien la casa – dijo ella – el lago – él volvió a guiarla.
Salieron de la casa y caminaron un poco hasta llegar a orillas del lago. Era una noche hermosa, sin luna, lo que hacía que el manto de estrellas resplandeciera de forma increíble.
¿Alguna vez has pensado en lo grande que es el universo? – dijo Candy mirando al cielo.
¿Eso qué tiene que ver? – preguntó él.
Esas estrellas – continuó Candy señalando una constelación – están a millones de años luz de nosotros. Se ven tan pequeñitas y es tan difícil verlas… pero en realidad son inmensas.
No te estoy entendiendo.
Lo que quiero decir, es que nosotros somos muy pequeños y nuestros problemas… bueno, ellos son mucho más pequeños de lo que creemos. Los humanos somos tan egocentristas que nos sentimos el centro del universo y vemos a nuestros problemas tan inmensos… pero realmente somos diminutos y nuestros problemas… esos lo son aún más – Albert se tiró en la hierba colocando su cabeza sobre los brazos cruzados.
Yo solía ser diferente ¿sabes? – Candy volteó a verlo, pero no dijo nada, él continuó hablando – pocas veces dejé que los problemas me sobrepasaran… tenía mucho tiempo que no hacía esto… salir por las noches a ver las estrellas.
Tienes un paraíso propio, deberías intentar disfrutarlo más – dijo finalmente ella sentándose a su lado.
Tanto espacio en ocasiones me asfixia… preferiría vivir en un departamento pequeño.
Con gusto te cambio el mío por esto – ambos sonrieron.
El reflejo del lago es hermoso… el cielo se ve incluso más grande de lo que es… cuando era más joven solía salir aquí con mis padres o con mi hermana… pasábamos horas disfrutando el murmullo de la naturaleza. Por increíble que suene, yo era un artista. No lograba vivir sin un poco de esto… pasé la mitad de mi vida al aire libre, viendo amaneceres en la montaña, atardeceres en la playa, noches como ésta.
¿Y qué pasó?
Supongo que el destino me alcanzó. Tengo tantas obligaciones ahora, que poco puedo hacer para disfrutar momentos como éste.
¿Qué solías hacer antes cuando pasabas días como el que tuviste hoy?
El día de hoy me lo gané por bajar primero el pie izquierdo – Candy sonrió.
Las supersticiones no son buenas, suelen atormentar a la gente…
Empezar el día con el pie izquierdo y pasarla tan mal, no es una superstición, es la realidad.
No creo que haya sido tan malo…
¿No? Sólo faltó que un perro me viera cara de árbol – Candy sonrió.
El día aún no termina… pero, vamos, aún no respondes mi pregunta.
Cuando no hacía algo como esto, solía pintar o pasar horas con Orfy.
¿Ya no lo haces?
No – respondió él con melancolía – mis oleos se secaron y las cuerdas de Orfy se rompieron.
Es una lástima – fue la escueta respuesta de Candy. Ella sabía que a él le dolía mucho hablar de su pasado, y también de su presente, así que dejó que las estrellas hicieran su parte y se mantuvo en silencio, mirándolas con atención, dejando que sus pensamientos viajaran libres y Albert hizo lo mismo.
Poco a poco, los minutos siguieron su camino. La noche comenzó a enfriar pero ninguno de los dos parecía darse cuenta. O al menos eso aparentaban. Fue hasta que Albert volteó la vista hacia Candy y la vio abrazarse a sí misma para protegerse un poco del frío que decidió que ya era tiempo de regresar adentro. Pero antes de hablar la contempló unos momentos. Se veía realmente hermosa y tan en paz, con la mirada perdida en algún lugar del infinito y su mente, seguramente, volando mucho más lejos que su mirada. Lo que él no sabía, era que los pensamientos de Candy al principio habían salido en busca de Tony, pero en determinado momento, regresaron al lado suyo, a donde estaba ese hombre tumbado boca arriba, con la cabeza sobre los brazos, contemplando las estrellas.
Creo que debemos regresar – ella dio un pequeño respingo al escuchar la voz de Albert – hace un poco de frío.
Tienes razón… ¿qué hora es?
Casi la una – respondió él después de mirar el reloj en su mano izquierda. Las últimas horas del día habían pasado mucho más rápido de lo que esperaba.
¿Podrías pedirle a uno de tus chóferes que me lleve a casa?
Te llevaré yo, es lo menos que puedo hacer.
Deberías descansar.
Lo haré cuando regrese, ahora vamos.
Pero…
Pero nada. Vamos – dijo. Candy se levantó sonriendo, pero aún abrazando su cuerpo, entonces Albert se quitó el saco y se lo puso sobre los hombros – hace frío, llévalo puesto, me lo regresarás cuando estés en casa.
Gracias.
Antes de partir, Albert entró rápidamente a la casa para dejar una nota y avisar que iría a dejar a Candy y regresaría pronto. Pasaron casi todo el camino en silencio, pero, para ambos, incluso ese silencio se sentía bien. No era necesario llenar el aire de palabras sin sentido, se sentían muy cómodos así como estaban, acompañados, sin una sola palabra que interrumpiera su entendimiento.
Finalmente llegaron a su destino. Albert bajó del coche para abrir la puerta de ella y la acompañó hasta la entrada de su edificio.
De nuevo gracias por todo lo que haces por nosotros Candy, no sé cómo voy a hacer para pagar todas tus atenciones.
No necesitas pagar nada Albert, tenía tiempo que no me sentía tan bien – ambos sonrieron.
Bien, es momento de regresar a casa.
Gracias por traerme.
Descansa – dijo él inclinándose para despedirse de ella. Candy entonces lo abrazó. Fue un abrazo que él agradeció profundamente. Al parecer ella tenía razón y la superstición era algo absurdo. Un día que había empezado mal no tenía porqué terminar así, pero entonces…
Ejem… ¿interrumpo algo? – ambos se soltaron, voltearon y al unísono dijeron:
¡Terry!
