Disclaimer: Los personajes y el mundo de Harry Potter pertenecen a J.K. Rowling.

CAPITULO 10

Mi vida era un auténtico infierno. Aquella estúpida lucha por matar a alguien a quien ni siquiera el señor tenebroso podía matar. ¿Es que no se había dado cuenta? Yo no era nadie comparado con él, no era más que un alumno de sexto curso, y él era un auténtico mago de la orden de Merlín. Estaba perdido, y conmigo mi familia. El señor tenebroso exterminaría a todos los magos que tuviesen algo de sangre Malfoy, y seguramente la muerte no sería nada agradable.

Las lágrimas caían por mi blanco rostro mientras mi cuerpo agazapado en un rincón de la sala de los Menesteres temblaba de miedo. Lo único que lograba que olvidase mi terrible destino eran las citas con Hermione en la casa de los gritos. Conseguíamos vernos allí a solas dos o tres veces cada semana, y ya me parecían pocas. Ella me había mostrado un pasadizo desde el castillo, a través del sauce boxeador, un camino un poco estresante de encontrar, pero mis fuertes ganas de huir de aquel castillo lo facilitaban todo. Cuando quería verla le dejaba notas en la biblioteca mientras fingía estudiar, y ella me contestaba de la misma manera, aunque estudiando de verdad. Habían pasado dos semanas ya, y nadie se había dado cuenta, a pesar de que no siempre me era fácil escabullirme, sobre todo desde que el profesor Snape me seguía por todo el castillo pensando que yo no le veía, ese maldito mirón.

Por otro lado, desde hacía dos semanas Astoria Greengrass había salido todas las noches después del toque de queda y yo no tenía ni idea de donde se metía, todo un misterio, a pesar de que era lo que menos me importaba en esos momentos.

Suspiré y volví a centrarme en mis propias desgracias. El señor tenebroso esperaba de mí que hiciese algo imposible. Estaba condenado.

. . .

- Draco – me llamó una voz a mis espaldas mientras caminaba por uno de los pasillos del segundo piso.

Me giré, hacía bastante tiempo que no escuchaba esa voz estridente, al menos dirigiéndose a mí. Pansy me miraba con aquellos ojos suyos oscuros y profundos. Estaba seria, más de lo que la había visto nunca.

- Hola Pansy - contesté intentando mostrarme indiferente. A pesar de lo mucho que la odiaba cuando la tenía cerca, era consciente de que la echaba de menos.

- ¿Cómo van las cosas?

Suspiré, como si no lo supiese.

- Bien. – Dije secamente. No le iba a dar pie, si quería arreglar nuestra situación sería mejor que se humillase ella, yo no estaba dispuesto.

- Ya veo – dijo la chica en un suspiro.

La observé con detenimiento, parecía al borde del llanto.

- Pansy, si quieres algo, dímelo – le espeté sin piedad.

- He esperado casi cuatro semanas a que me preguntases si me pasaba algo.

Me sorprendieron sus palabras. ¿Tanto tiempo había pasado?

- ¿Y? – le pregunté

Tardó unos segundos en contestar, buscando valor para decirme lo que yo sospechaba que había estado ensayando delante del espejo durante horas.

- Estaba enfadada. Contigo. –dijo como si no fuese obvio – Todo el mundo lo ve Draco, me ignoras.

Levanté una ceja, ¿tanto se notaba?

- He sido tu amiga desde primero, te he apoyado en todo lo que has hecho, absolutamente en todo. He soportado como te pavoneabas delante de esas estúpidas niñas durante años delante de mis narices, he aguantado tus insultos y tus borderías, mientras te ayudaba siempre a resolver tus problemas. He sido tu amiga cada día desde que nos conocimos Draco, a pesar de que tú no eras mi amigo. A pesar de que yo no te importaba en absoluto.

- Pansy… -la interrumpí, aquello que decía no era cierto, ella, ella si me importaba.

- Cállate – me gritó – estoy harta Draco. Estoy harta de darte todo lo que tengo, y no recibir nada más que desprecio por tu parte. Esto ha llegado demasiado lejos, y si tú no eres consciente de ello me temo que no podremos volver a ser amigos.

Me miró esperando a que contestase algo, supongo que quería que le pidiese perdón por todo lo que había hecho, por cómo se sentía ella, pero no supe hacerlo. Me quedé en silencio mirando sus húmedos ojos que intentaban contener las lágrimas a punto de brotar.

- Eres una estúpida Pansy – dije sin piedad – y si no quieres ser mi amiga no lo seas, no te necesito.

Me di media vuelta y desaparecí de aquel pasillo lleno de tensión que me oprimía por dentro, o quizás fueran mis propias mentiras la que me hacían sentir así.

. . .

Aquella tarde encontré una nota de Hermione entre mis apuntes de pociones.

Tenemos que hablar, es importante.

Esta noche, donde siempre.

H.

¿De verdad pretendía que me escapase de noche del castillo y me colase por el maldito hueco debajo del sauce boxeador para llegar a la casa de los gritos? ¿Estaba loca? Leí una y otra vez la nota, buscando algún truco, o alguna pista que hiciera cambiar el significado de la nota. Pero no, Hermione había sido clara. En primer lugar decidí no ir. Era una locura, y aquel año no podía arriesgarme a cometer más locuras de las que ya estaba intentando hacer. ¿Qué pasaría si me expulsaban? Todo el plan se iría a la mierda, mi vida se iría a la mierda. Pero, por otro lado, ella decía que era urgente, que tenía que hablar conmigo, conmigo y con nadie más. ¿De verdad la iba a dejar tirada?

Así pasó el resto de la tarde, hasta la cena, cuando decidí que arriesgaría todo por aquella cita, aunque tuviese muchas probabilidades de perder. Perdido en mis pensamientos apenas me di cuenta hasta el final del banquete que había dos personas que me observaban, Pansy, que seguía enfadada conmigo y esperaba que me disculpara, y Astoria, con aquella carita de suficiencia absoluta que me ponía de los nervios. Empezando a sentirme incómodo me levanté de la mesa y me largué de allí, después de todo últimamente tenía el estómago totalmente cerrado.

. . .

Aquella noche, esperé a que todos se fuesen a dormir, no quería hacer esperar a Hermione, pero no podía arriesgarme a que alguien me viese salir. Cuando me quedé sólo, esperé unos minutos, por si escuchaba bajar a Astoria Greengrass como todas las noches, pero esta no apareció, así que sin pensármelo más me levanté del sofá y desaparecí por el hueco del retrato de la sala común, hacia los fríos pasillos de las mazmorras. Subí las escaleras hacia el vestíbulo a oscuras, palpando cada escalón, intentando casi ni respirar, y rezando que ni el estúpido conserje ni su gata me pillasen. Sin embargo, cuando las escaleras se acabaron y llegué por fin a la amplia sala iluminada suavemente por la luz de las ventanas, una mano me agarró la camisa por detrás y me arrastró hacia un rincón más oscuro. Me habían pillado, estaba acabado.

- Soy yo – me tranquilizó una suave voz – Filch está en la puerta recogiendo unos jarrones rotos que ha destrozado Peeves hace unos minutos.

Cuando mis ojos se volvieron a acostumbrar a la oscuridad pude distinguir a Hermione Granger envuelta en una calentita bata terciopelo rojo. La miré esperando a que su inteligente mente trazara un plan perfecto.

- No nos podemos quedar aquí – dijo en un susurro.

- Lo sé – contesté – pero no podemos movernos si no queremos que nos vea.

- ¿Y las mazmorras?

Suspiré, era exponernos demasiado a ser descubiertos, pero no había otra salida. Pensé con todas mis fuerzas algún escondrijo en las profundidades del castillo donde pudiésemos estar a salvo de miradas indiscretas, del conserje y en el que no corriésemos el riesgo de despertar a Snape. Finalmente se me ocurrió un pequeño rincón lejos de la clase de pociones y de la entrada a mi sala común. Cogí la mano de Hermione y intentando no llamar la atención de aquel idiota squib volví a bajar por las escaleras oscuras y frías.

Caminamos lentamente durante unos minutos, silenciosos, y llegamos a una extensión del pasillo rodeado casi en su totalidad por columnas de piedra, y en su centro una imponente estatua de mármol negro de Salazar Slytherin sentado sobre un trono. Sus ojos, decorados con dos esmeraldas brillaban bajo la tenue luz de las pocas antorchas que quedaban encendidas por las noches. Caminé con Hermione hacia detrás de la gran estatua del fundador y nos sentamos en un pequeño escalón que quedaba prácticamente a oscuras. Fue entonces cuando pude mirar bien a la chica, su bonito rostro ensombrecido por la falta de luz, sus ojos brillantes, entre espesas pestañas, y su enmarañado cabello sujetado en una bonita trenza que dejaba al aire su blanco y largo cuello. Y se me olvidó todo. Sin pensármelo dos veces coloqué mi mano sobre la parte inferior de su cabeza y acerqué su rostro al mio, juntando nuestros labios en un electrizante y largo beso. Continuamos besándonos, una y otra vez, hasta que finalmente Hermione se separó de mi, y recordé porque habíamos quedado de forma tan precipitada.

- Draco tengo que hablar contigo.

- Lo sé- dije, aunque no muy convencido, me moría por seguir besándola.

A pesar de que apenas se veía, noté que me miraba con severidad. ¿Qué querría? ¿Iba a acabar nuestra relación? No, no habría tenido ningún sentido que nos hubiésemos besado para luego no volver a vernos nunca más. Además, ¿Por qué iba a querer cortar conmigo? Era guapo, de buena familia, inteligente, y había sido de lo más educado las últimas semanas.

- Verás, es complicado, porque Harry es mi amigo, pero - ¿En serio íbamos a hablar de Potter? ¿En serio? – y muchas veces ha tenido razón, y no se, no quiero saberlo en realidad..

- Por favor – dije un tanto mosqueado – si vamos a hablar de Potter ve al grano.

- De acuerdo - dijo muy seriamente – Harry sospecha algo de ti. No se si de verdad estás tramando algo Draco, porque me parece absurdo y..

- Espera, espera – dije olvidando que tenía que bajar la voz, y casi me sobresalté por el eco que las paredes devolvieron en los vacios pasillos. Volví a susurrar – ¿Potter sospecha de mi? ¿de qué?

- Piensa que eres Mortífago Draco.

Hermione siguió hablando, creo que intentaba quitarle importancia, pero yo ya no podía escucharla. No podía ser. Ese estúpido mocoso no podía llegar y intentar desbaratar todos mis planes, pero, ¿Cómo lo había descubierto? No podía tener pruebas, era imposible, no le había enseñado a nadie la marca, y tenía mucho cuidado de tenerla siempre cubierta, si alguien lo supiera, si Dumbledore lo descubriese, sería mi fin. Instintivamente llevé mi mano derecha a mi antebrazo izquierdo instintivamente, debió de ser ese el momento en el que Hermione Granger se dio cuenta, el momento exacto en el que su mente comprendió que pasase lo que pasase, jamás podríamos vivir una vida juntos.

. . .

A pesar de la terrible noticia sobre Potter que me había comunicado Hermione la noche no había acabado mal. Después de unos minutos de desconcierto y de odio profundo hacia "el elegido" había decidido volver a besar a la preciosa chica a la que tenía al lado. Y aquellos besos, caricias y susurros y risas habían alimentado mi imaginación durante el resto de la noche y el día siguiente. No podía dejar de pensar en ella, en sus labios, en sus curvas, si, Hermione Granger entraba cada vez más profundamente en mi mente, haciendo que todo lo demás desapareciese. Hasta Dafne me había llamado la atención aquella mañana dos o tres veces por mi mirada perdida y mi sonrisa sospechosa. Sin embargo, de vuelta a la realidad, el armario me esperaba. Había conseguido escaparme de mi equipo de Quiddich aquella tarde, que habían decidido seguirme a todos lados para que no me saltase otro entrenamiento. Y por fin, en la sala de los Menesteres intenté despejar mi mente de todas mis distracciones.

Me dediqué a pasearme durante unos minutos delante de aquel estúpido trozo de madera que me costaría la muerte, pensando en cómo arreglarlo, pero mis ideas se acababan, al igual que mi tiempo. Me acerqué y abrí las puertas, esperando que un milagro me salvase de la quema. Y sin poder creerlo, encontré el milagro. Una pequeña nota colgaba de una de las puertas. Estaba escrita en una bonita caligrafía, en tinta verde esmeralda. Asustando la leí más de diez veces para intentar averiguar quién me la había enviado, quien había descubierto mi secreto, y lo más importante, si era o no una trampa.

Finalmente, aunque un tanto asustado, decidí hacer caso a aquellas palabras:

Prueba con el collar de ópalo.

Y comencé a crear un plan perfecto y sencillo, que según creía, me salvaría la vida.

Siento no haber podido publicar los capítulos de forma más fluida, como prometí, pero durante el curso es complicado. Dicho esto, espero que os guste.