Título: Despertando a una nueva realidad

Fandom: LHDP

Pareja: Pepa/Silvia

Disclaimer: La mayoría de los personajes presentes en esta historia pertenecen a Antena 3 y Globomedia, yo sólo los he cogido prestados durante un rato para escribirla.

Los comentarios y opiniones de cualquier índole son simpre bienvenidos. :)


Capítulo 10 – Despertando a una nueva realidad.

Los ojos de Silvia no se apartaban de los de Pepa, que no hacía si no mirarla, llenándose la una de la otra, tratando de curar con esa visión las heridas de las últimas semanas que, de diferente forma las habían dejado a ambas emocionalmente exhaustas.

Pepa necesitaba hablarle, decirle algo para calmar las lágrimas que no paraban de brotar de los ojos de una Silvia que no parecía darse cuenta de que seguía llorando a pesar de la sonrisa inmensa que adornaba su cara.

Pero cuando la morena intentó pronunciar su nombre, las semanas de desuso de su garganta le pasaron factura, y la sequedad le impidió pronunciar palabra. Silvia pareció despertar del sueño en el que se encontraba en cuanto vio la cara de dolor de Pepa y se levantó corriendo para buscar algo con lo que calmar la garganta sedienta de su mujer. La cabeza de Silvia, después de la alegría inicial empezó a funcionar a mil por hora, y decisiones dispares empezaron a acumularse en su mente.

Tenía que llamar a un médico, Pepa acababa de despertarse de un coma de varias semanas y necesitaba que alguien la examinara, ¿y si su cerebro presentaba alguna lesión permanente?, no podía correr riesgos, no iba a volver a cometer el mismo error que semanas atrás cuando por culpa de sus emociones casi la había perdido. Así que dejando su corazón en un segundo plano permitió que la razón tomara el mando, y antes de coger el vaso de agua que se encontraba al otro lado de la cama de Pepa pulsó el botón de emergencias que se encontraba sobre el cabezal. Sus actos eran calculados y demasiado fríos, y Pepa no pudo evitar sentirse herida ante la actitud de Silvia. ¿Qué demonios le pasaba?, debería estar comiéndosela a besos, y no comportándose como una maldita enfermera.

Intentó llamarla de nuevo, pero su voz parecía haberse gastado con las últimas palabras que había pronunciado nada más despertar, y sus extremidades no parecían querer responderle mucho más de lo que su voz lo estaba haciendo. Frustrada con la situación, se limitó a beber de la pajita que Silvia le acercó a los labios. Y cuando la primera gota de agua tocó el desierto en el que se había convertido su boca, quiso bebérsela toda de golpe, pero Silvia apartó el vaso y negó con la cabeza.

–Sorbos pequeños, ¿vale? –le dijo mientras volvía a acercar la pajita a sus labios.

Y Pepa asintió como pudo sin dejar de mirar a la pelirroja con aire de extrañeza por su comportamiento. ¿Sorbos pequeños? ¿esas son las primeras palabras que vas a dirigirme, pelirroja?

Pepa no tuvo tiempo de seguir lamentando la situación, ya que en ese preciso momento una enfermera abrió la puerta de la habitación, sonriendo al entrar y ver a las dos mujeres despiertas. Tras ella entró el médico, sonriente también al comprobar que lejos de tratarse de una urgencia, la paciente se encontraba consciente y bebiendo. Su mirada se dirigió hacia Silvia.

–Bueno, Doctora Castro, al final ha conseguido demostrar que su terapia funciona mejor que ninguna otra que hayamos probado en el hospital –sus palabras no podían esconder la satisfacción por ver a Pepa recuperada–. Pero no lo vaya comentando por ahí, ¿eh? A ver si se me va a convertir la UCI en la sala de orgías.

El Doctor Prieto le hizo un último guiño a Silvia antes de centrar su atención en Pepa. Un guiño que la pelirroja entendía por lo que era, un reconocimiento a su perseverancia y a un sufrimiento que finalmente había terminado. Un, ya la tienes de vuelta, ya se acabó.

–Buenas tardes, Pepa, soy el Doctor Prieto. En cierta manera ya nos conocemos, aunque deduzco que sólo yo recuerdo el encuentro –el Doctor extrajo una pequeña linterna del bolsillo de su bata y se acercó un poco más a Pepa, centrando el haz de luz sobre sus pupilas para comprobar la reacción–. Supongo que ahora mismo te sentirás algo desorientada, pero no te preocupes, es normal. Bienvenida de vuelta al mundo de los conscientes.

Pepa no se encontraba desorientada, lo que se encontraba era totalmente atónita ante la situación. Silvia se estaba comportando como si no la conociera de nada y su médico parecía salido del Club de la Comedia. ¿Qué mierda es esto? Salgo de Guatemala para entrar en Guatapeor. La morena intentó apartar con su mano la linterna que estaba incomodando todavía más su ya maltrecha vista, pero pronto se dio cuenta de que el intento iba a ser fú de nuevo ante su situación, Pepa intentó probar suerte con el habla una vez más, pero lo único que escapó de su garganta fue un áspero sonido gutural que no consiguió si no acrecentar más aún su enfado y su malestar.

–Le va a costar un poco recuperar sus funciones cotidianas, Pepa –le dijo el médico al ver el estado de agitación en el que estaba entrando su paciente–. Pero no debe preocuparse, en principio todo parece normal –añadió guardando de nuevo la linternita en su bata–. Debe darse tiempo para volver a estar al cien por cien, la prisa nunca ha sido buena compañera de nadie.

Silvia asentía con cara de preocupación y duda a cada una de las palabras del Doctor, y Pepa los miraba a ambos, no dando crédito. De puta madre, estoy aquí encerrada con Leoncio y Tristón y ni siquiera puedo moverme para defenderme. Su vista se dirigió momentáneamente hacia la enfermera, que se encontraba apuntando un montón de cosas en una carpetilla, los momentos en los que no apuntaba los empleaba en tomarle la temperatura, comprobar su tensión o asegurase de que la vía estaba debidamente colocada en el brazo de Pepa.

A esta le entraron de nuevo ganas de arrancarse todos los cables enganchados a su cuerpo y levantarse de la cama para mandar al Doctor Leoncio y a su enfermera con cajas destempladas de la habitación. Pero ni siquiera le quedaban fuerzas para mantener sus párpados abiertos, mucho menos para echar a nadie de su cuarto y así poder quedarse a solas con su princesa para hablar, eso es lo único que Pepa quería, hablar con Silvia. Y si su garganta no funcionaba aún, se contentaría con mirarla, con ver su sonrisa y saber que estaba ahí.

Pero no iba a poder ser, su pelirroja estaba acribillando al Doctor a preguntas que Pepa ni siquiera entendía, llenas de términos que escapaban a su conocimiento. El cansancio terminó haciendo mella y Pepa dejó que el sueño se apoderase de ella. Su último pensamiento consciente fue el deseo de que Silvia estuviera allí cuando volviera a abrir los ojos, y que esa mirada perdida con la que se había encontrado esa tarde ya no estuviera en los ojos de su mujer.

Continuará...