Sus ojos azules lo miraron cálidos, como siempre, y él movió la cabeza con alegría haciendo tintinear los cencerros que colgaban de su sombrero. Dio un par de saltitos y la condujo de la mano, intentando no temblar ante la espectación.
-Las sirenas dejaron un regalo en el jardín, lo sé, je, je –Canturreó con vocecita algo tímida. Shireen rió y se agarró fuerte a él para no perderlo de vista. Llevaba un hermoso vestido azul que convinaba con el tono de sus ojos, y el cabello negro le ondeaba suelto por la espalda hasta la cintura infantil, preciosa, perfecta.
Cuando ella miró lo que había en el suelo del jardincillo, se le iluminó la mirada y abrazó con fuerza a su amiguito el bufón, mientras mascullaba cosas inconexas sobre lo bonito que estaba decorado y lo rico que sería su sabor si no fuera de barro. Hablaron de sirenas y cangrejos mientras jugaban a devorar el pastel, manchándose las manos de tierra. Él estaba sonriendo. Le había mentido a su amiga, por supuesto, porque en el décimo día de su nombre, quien se había levantado temprano para preparar el regalo no habían sido las sirenas, si no él mismo.
