CAPÍTULO X:

Un sentimiento parecido a la nostalgia invadió a Basch cuando entraron a la cabina de pilotaje, quedándose atrás mientras el pirata guardaba cuidadosamente los documentos. Se detuvo en la puerta, y después caminó lentamente pasando la mano por los sillones de piel donde antes se sentaban Vaan, Penelo, Ashe o él mismo. Balthier se sentó en el asiento del piloto y se quedó mirándole desde allí, sonriendo con ternura al ver la emoción del recuerdo adivinarse en su rostro. Al sentirse observado el guerrero carraspeó un par de veces.

-No hace falta que…

-Eh, eh, calma – rió -. Siéntate anda, no vas a estar ahí de pie mientras hablo contigo, ¿no? – le ofreció el sitio de Fran, a su lado. Basch accedió, mirando con curiosidad el paquete largo y ondulado que sostenía en su regazo. Tamborileaba sobre la tela alegremente, ocioso. -. ¿Sabes?, Lo tengo desde que empecé a buscarte por ahí.

-Entonces… fuiste tú solo – se atrevió a afirmar con suavidad. Balthier asintió, dejando de sonreír.

-Fran está en Golmore.

-¿En Eryut? – su perplejidad era evidente. Ya se había imaginado que Balthier había estado viajando solo… pero que Fran estuviera con las vieras no se lo había esperado. El pirata tampoco parecía estar muy satisfecho con ese dato, chasqueando la lengua. Dejó de juguetear con el cordel que cerraba el paquete, entristecido y molesto. Basch sabía que nunca había sobrellevado muy bien el desprecio velado con el que las vieras trataban a Fran. Su pregunta fue inevitable, la primera de tantas que deseaba hacerle. Se inclinó hacia él ligeramente al formularla, expectante -. ¿Por qué está allí? Vosotros siempre…

-En el Bahamut… – comenzó, revolviéndose el pelo distraídamente. Aquella era la oportunidad que había estado esperando -, tuvimos algunos… problemas para salir. Fran sufrió un accidente, y yo… – a Basch no le pasó desapercibido el que se acariciase inconscientemente el brazo derecho. Recordó los rastros de heridas y cortes profundos que había visto en su hombro aquella misma mañana, pero Balthier continuó sin dejarle hablar, levantando el rostro de nuevo -. Bueno, yo salí mejor parado. Conseguimos una de esas Rémoras para un ocupante y escapamos de allí. Cuando la fortaleza se estrelló contra el suelo, la deflagración casi nos alcanzó, como los escombros de cristal y hierro que caían entre llamaradas – echó la cabeza hacia atrás, recostándose en el sillón mientras seguía hablando -. Escapamos en dirección sur, por la Pradera de Giza… y acordamos ir a Golmore a recuperarnos – aquello era mentira, y si no, no era totalmente cierto. El guerrero pudo notarlo por la ansiedad de su voz.

-Fran debió estar realmente mal para que decidieras llevarla a la villa – el pirata le miró. Tenía los ojos un poco brillantes al asentir, manteniendo el aplomo.

-Fue por mí por quien se quedó, era lo mínimo que podía hacer y no tenía mucho tiempo para pensar – Basch supo que eso quería decir que no había tenido otra opción, y desde luego Fran no había estado en condiciones de detenerle -. La verdad es que nos recibieron más cordialmente de lo que me había esperado, aunque yo tuve que quedarme fuera de Eryut. Tampoco es que lo lamentase mucho – Balthier suspiró profundamente para sonreír de nuevo -. Poco a poco mejoramos, y ella sabía que yo… Fran notaba que quería marcharme ya de allí – reconoció, logrando que el guerrero también sonriese -. Llevábamos casi un año, y había tenido que dejar la Rémora a las afueras. Su hermana Mjrn estaba allí – continuó -. Nos dijo que iba a hacerse sanadora, y le pidió a Fran que fuese la guerrera que la acompañase para conseguir la cola del conejo de la muerte con la que fabricar el aceite ceremonial para iniciarse. La verdad es que se la veía bastante ilusionada, y aunque Fran no lo reconocerá jamás, también le hizo ilusión que se lo pidiese – de repente, se puso serio -. El caso es que ella me dijo…: "Si le quieres de verdad deberías ir a buscarle y decírselo. Hacerle el amor como nunca se lo has hecho a nadie en tu vida".

-¿…De verdad te dijo eso? – consiguió preguntar, intentando recuperarse del impacto. El pirata soltó una gran carcajada, comenzando a reírse incontrolablemente en el asiento para bochorno del guerrero, que seguía mirándole estupefacto y confundido. Estuvo un par de largos minutos así, y se le saltaron las lágrimas antes de poder ser capaz de detenerse, sin aliento.

-¡Pues claro que no! Bueno, al menos no así de directamente. Sólo quería verte la cara.

-Balthier… – rodó los ojos, tendría que haberse imaginado algo semejante.

-Lo siento, lo siento – se disculpó, conteniendo una risita -. En realidad me dijo que fuera a buscarte, que ella estaría bien allí y que aún tendría que quedarse algún tiempo. Ya sabes, por lo de Mjrn. En ese momento yo no sabía ni por dónde empezar, así que primero fui a por el Strahl y dejé la nota a Vaan y Penelo. Comencé por Landis, porque teóricamente es el lugar donde deberías haber vuelto. Evidentemente, no te encontré – puntualizó -. Y después de vagabundear por ahí… vine a Arcadia. No fue sólo por tu hermano – añadió -… A demás, necesitaba alguno de los planos del prototipo del Strahl para hacerle mejoras y…

-Si intentas disculparte por no haber venido antes – intervino suavemente, comenzando a pensar que aquél paquete era más que nada una excusa -, no tenías que comprar nada para explicarme por qué no…

-Yo no te he comprado nada – replicó, apartando la mirada. Le tendió el paquete contrariado mientras añadía -. Un mercader me debía un favor, eso es todo.

-Ya – comentó Basch con una sonrisa condescendiente.

-Ser sarcástico no te sienta bien, mejor déjamelo a mí – zanjó, levantándose -… A demás, sólo creía que te gustaría saberlo – Basch sujetó su muñeca con el brazo libre, reteniéndole.

-Y me alegra saberlo – afirmó con sinceridad, capturando su mirada -. Me alivia saber que conseguisteis salir de allí y que habéis estado bien todo este tiempo.

-…Ábrelo ya – farfulló.

-¿Estás rojo?

-No digas tonterías, capitán – hizo un gesto desdeñoso con la mano libre, rehuyendo su mirada -. He estado toda la mañana debajo de una turbina en una sala sin ventilación. Estoy cansado, acalorado, sudado y preocupantemente sucio, ¿y lo que te llama la atención es que esté rojo?

-Hace un momento no lo estabas – Balthier le dirigió una mirada furibunda.

-Deja de joderme y abre ese maldito paquete.

Basch disimuló una sonrisa, empezando a deshacer el nudo que lo cerraba. Fastidiar a Balthier podía ser terriblemente entretenido.

Contempló maravillado los reflejos oro que el sol arrancaba a la serpenteante hoja rúnica que había desenvuelto. Era fina y larga, quizás demasiado estilizada para ser una espada de dos manos, con una rosa de los vientos sobre la empuñadura en forma de girasol. Se levantó para sopesarla, y le resultó muy ligera y fácil de manejar. Era una verdadera maravilla, un trabajo realmente impresionante. No podía encontrarle ningún defecto. Miró al pirata que le contemplaba con una sonrisa de satisfacción desde el último asiento junto a la puerta, aquél que él mismo solía ocupar. No sabía cuándo se había ido allí.

-Balthier, es…

-Un milagro, prácticamente – comentó, sonriente -. No sabes el privilegio que es tener una de ésas.

-¿Qué clase de favor te debía ese mercader? – preguntó, aún estupefacto -. ¿Y qué clase de comerciante era para poder hacerse con una Tornasol?

-Uno con muchos recursos, supongo – rió, eludiendo descaradamente la pregunta mientras se levantaba.

-Tiene que haberte costado una fortuna.

-Si así fuera – intervino, ladeando la cabeza -, seguiría siendo un regalo.

-No puedo aceptarla – le tendió la espada visiblemente abrumado. Balthier parpadeó un instante, perplejo, antes de acercarse sin cogerla, preguntando junto a su oído.

-¿Y cómo piensas pagármela, entonces? – sonrió al notar que Basch se estremecía, y su mano libre rodeaba su cintura atrayéndole más.

-Te daré lo que quieras.

-Dame un cielo a tu lado – pidió al cabo de unos segundos, acariciando su barba rala para después pasar sus dedos por el pelo rubio -. Ven conmigo una semana. Deja esto y ven.

Un rastro de pesar cruzó los ojos azules, diciéndole que aquello no era posible. Balthier suspiró un instante, resignándose y dejando la cabina en silencio. En realidad ya lo sabía, pero no lo aceptaba. El aturdido capitán tardó unos segundos en seguirle, aún con el sable en la mano, dispuesto a hablar con él. La puerta automática se abrió de nuevo para dejarle pasar, y entonces una fuerza irresistible tiró de él y le estrelló contra la pared, deslizando la espada de sus dedos y dejándole momentáneamente sin aliento. Miró los enormes orbes miel que estaban a unos centímetros de los suyos, deslumbrantes.

-Tenía que intentarlo, ¿verdad?

-Supongo que sí – musitó.

-Al menos, ahora te tengo aquí – los brazos de Basch le rodearon, esbozando una sonrisa sincera.

-Eso no lo dudes – le acalló, besándole.