IX
05:00am

Nueva Orleans, 14 de febrero de 1961, dos horas después

Después de muchos intentos de reanimación, el equipo médico había conseguido estabilizar a Saori, pero nadie tenía muchas esperanzas de que volviera a abrir los ojos alguna vez. El médico a cargo le había dicho a Sailor Amethyst que la bala había perforado la aorta y que Saori había perdido mucha sangre a consecuencia de ello. Como era predecible, Sailor Amethyst no dijo nada y se limitó a observar por la ventanilla de la puerta de la unidad de cuidados intensivos a Saori.

—Hemos hecho todo lo posible por salvarle la vida, pero ella no parece mejorar —decía el médico con una expresión sombría en su rostro—. Pese a que ya no está perdiendo sangre, sus signos vitales siguen decayendo. Una enfermera tomó una muestra de sangre y el laboratorio la está analizando mientras hablamos. Espero que con eso sepamos qué la está matando.

Sailor Amethyst quería llorar allí mismo, pero no podía hacerlo, no mientras estuviera transformada. Al final decidió tomar el ascensor, impidiendo que otras personas la acompañaran.

La puerta del ascensor se abrió en el primer piso, pero no fue una Sailor Senshi la que salió de éste, sino una mujer de cabello corto castaño que parecía estar al borde de las lágrimas. A paso derrotado, Violet subió las escaleras, llegó al piso en el que se ubicaba la sala de cuidados intensivos y preguntó por Saori, diciendo que era una amiga que acababa de enterarse de lo que le había pasado.

—La paciente está allí, en esa cama. Si gusta, puedo hacer que tenga un poco de privacidad.

—Gracias, doctor —dijo Violet débilmente y entró a la sala, sin fijarse en nadie más que en Saori. Una enfermera había entrado y corrido las cortinas para que nadie más pudiese interrumpirlas.

De pronto, Violet se estremeció y, sollozando suavemente, tomó una de las manos de Saori. No impidió que las lágrimas rodaran por sus ojos.

—No me dejes, Saori —dijo, arrodillándose al lado de ella—. No nos dejes. Por favor.

Saori no se movió. Era como si ella estuviera durmiendo. Violet, en medio de toda su tristeza, no dejó de notar la belleza de su rostro… y ese cabello gris tan peculiar. Lucía mucho más madura y sabia de lo que realmente era y, aunque fuese como era, Violet no podía dejar de pensar en las palabras de Scarlett sobre lo que sentía por Saori. Pero ni siquiera estaba segura de que lo que sentía era, en efecto, amor. No, no puede ser amor, no tan pronto. Pero, si no era amor, ¿qué demonios era?

—Ahora me crees, ¿verdad? —dijo una voz detrás de Violet. Ella giró su cabeza y vio a sus amigas, pero supo de inmediato que la voz le pertenecía a Scarlett.

—Por favor, no ahora —pidió Violet tristemente y las otras dos miraron con desdén a Scarlett.

—Violet —dijo Nicole con más ánimos que el resto—. ¿Adivina qué? Vino Sophie, tu amiga escritora. Cuando se enteró, vino desde Dallas para ver cómo estás.

—Hola, Sophie —dijo Violet con voz queda. La aludida no dijo nada y le dio un abrazo muy apretado, diciéndole sin palabras lo mucho que le apenaba verla en ese estado.

—No sé si Scarlett tiene razón sobre Saori y Violet, pero de lo que estoy segura es que a Violet le importa mucho Saori —dijo Nicole, quien también lucía afectada por el asunto—. Se volvieron muy unidas, aunque no lo parezca.

—Es la única que la puede convencer de algo —añadió Scarlett, esta vez con más tino—. ¿No necesitas nada, Violet?

—No, gracias. Ya me siento un poco mejor.

Pero eso no era cierto. Las lágrimas volvían a ella cada vez que veía a Saori con los ojos cerrados y la piel fría.

—Deberías venir con nosotras —sugirió Nicole en voz baja—. Estar aquí mucho tiempo te va a hacer mal.

—Ya no hay nada más que puedas hacer por Saori —añadió Sophie dulcemente—. ¿Qué te parece si vamos a casa de Scarlett y hablamos de esto con más calma?

—Es una buena idea —secundó Scarlett con más ánimo—. Mañana podremos venir todas a verla nuevamente.

Se hizo el silencio en el reducido ambiente que delimitaban las cortinas. Todo lo que se podía escuchar era la sinfonía típica de un hospital. Por un momento pareció que se había llegado a un acuerdo y las chicas hicieron movimientos como de irse de la sala, cuando Violet habló con una fuerza que ninguna de ellas le había escuchado antes.

—Yo no me voy a ir de aquí —dijo, irguiéndose en toda su estatura y crispando los puños—. No me iré hasta que Saori vuelva a abrir los ojos o los cierre para siempre.

Las demás chicas quedaron heladas ante las palabras de Violet. Era la primera vez que ella tomaba la iniciativa con firmeza y convicción, aunque a ellas no les agradara mucho la idea que Violet pasase día y noche acompañando a Saori, pues iba a enfermar y, posiblemente, se convierta en una paciente también.

—Violet —dijo Nicole, preocupada por ella—, entendemos cómo te sientes y que te preocupas por Saori, pero ya no hay nada que puedas hacer por ella, salvo esperar. Y creo que te hará más bien si estás con nosotras.

—¡No me digas lo que es mejor para mí! —gritó Violet y Nicole palideció de inmediato, jurando que había visto la sombra de Saori en sus palabras—. Yo soy dueña de mis decisiones y mis acciones.

—Pero vas a sufrir mucho si la sigues viendo en ese estado —dijo Sophie tristemente—. Nosotras no queremos que pases por un calvario.

—Pero será mi sufrimiento, no el tuyo —repuso Violet con más calma pero no con menos convicción—. Quiero enfrentar esto, aunque sea por una vez en mi vida.

Para sorpresa de Nicole y Sophie, Scarlett apoyaba completamente a Violet. Pudo haber tenido sus reservas antes, pero luego de darse cuenta de la fuerza con la que Violet se había expresado, juzgó que era mejor que fuese decisión de ella si permanecer junto con Saori o irse.

—Dejémoslas solas —dijo Scarlett, tomando a Nicole y a Sophie por los hombros—. Violet ya tomó su decisión. Si ella decide ir con nosotras después, no le vamos a decir que no, ¿verdad?

Nicole iba a protestar, pero Sophie le dirigió una mirada de advertencia. Como Scarlett, ella creía que Violet tenía todo el derecho de tomar sus propias decisiones.

—Vámonos —dijo Sophie escuetamente y las tres abandonaron la sala de cuidados intensivos, no sin mirar atrás, a Violet y a su dolor. Sin embargo, ninguna podía dejar de admirarla por lo que estaba haciendo, por la fuerza que estaba mostrando en aquel momento tan difícil y por enfrentar el dolor de manera tan estoica.

Violet buscó una silla y tomó asiento en ella, sin dejar de mirar a Saori, aunque sabía que no iba a conseguir que ella se recuperara con su mirada. Tal vez… tal vez Saori era como la hermana que nunca tuvo, tan opuesta a ella y a la vez tan similar. Pero, ¿qué significaban aquellas visiones? ¿Era un vistazo al pasado o al futuro? ¿Y por qué Saori y no otra persona?

No me iré hasta que abras los ojos, Saori. Quiero ser lo primero que veas cuando te recuperes.

Si Violet se hubiera visto a sí misma cuando se dijo esas palabras, se habría convencido que, definitivamente, no la veía como una hermana.

Afueras de Nueva Orleans, 15 de febrero de 1961, 02:00am.

El laboratorio era frío e invernal, a juzgar por las paredes blancas y los trajes blancos que usaba el personal. El gigantesco complejo era un domo subterráneo con cinco corredores principales que comunicaban con cinco domos más pequeños. Sin embargo, pese a que los experimentos ya estaban en progreso, el edificio seguía en construcción.

Lawrence Collins, el jefe del equipo de investigación, resultaba ser un hombre bastante curioso. Tenía sus buenos años, pero se mantenía bastante bien y nadie sabía por qué, pues no hacía ninguna clase de ejercicio y todo lo que comía era comida chatarra. También pasaba mucho tiempo afuera del complejo, aparentemente de viaje, y volvía justo para las etapas cruciales de los experimentos. Nadie sabía cómo era capaz de saber cuándo regresar al laboratorio y cuándo irse.

No obstante, lo que más intrigaba a los subordinados de Collins eran aquellos encuentros con el sujeto del sombrero hongo y el traje negro, casi siempre a bordo de un sedán negro costoso, de esos que parecían lanchas. Siempre que esas reuniones tenían lugar, el señor Collins venía con una nueva idea para sus experimentos. Sin embargo, el personal del laboratorio había aprendido a tragarse aquellas excentricidades y hacer su trabajo, el cual de por sí era fascinante.

Uno de los técnicos, que había tenido la desgracia de tener el turno nocturno, trabajaba obteniendo datos de un tanque lleno de un líquido que no era agua y en cuyo interior había algo que desafiaba la imaginación. Por supuesto, todo el mundo había comentado lo sucedido en 1947 con el incidente Roswell y el presunto hallazgo de extraterrestres, pero había resultado ser una total farsa, una operación destinada a enmascarar algo mucho más intrigante.

Y claro, cuando se insinuó que lo ocurrido en Roswell había sido algo digno de Broadway, nadie creyó que extraterrestres habían llegado a la tierra, lo que facilitó el ingreso de los especímenes que se estaban estudiando en ese laboratorio.

—¿Alguna novedad? —inquirió el supervisor del Domo 5.

—Sólo estoy analizando muestras de tejido —respondió el técnico, inclinado sobre un microscopio óptico, frunciendo el ceño—, pero no entiendo por qué la estructura de este ser es tan distinta a la nuestra. La tecnología necesaria para ver las diferencias no se ha desarrollado aún.

—Bueno, estoy seguro que al señor Collins se le ocurrirá algo —dijo el supervisor en un tono confiado—. Se supone que todavía estamos a décadas de tener instalaciones como éstas, cuando menos, pero aquí estamos, trabajando con tecnología adelantada a nuestro tiempo. Y, si más no recuerdo, fue el señor Collins quien nos dijo cómo armar este laboratorio.

—Si usted lo dice —dijo el técnico, quien estaba comenzando a creer que Lawrence Collins venía del futuro.

El técnico del que les he hablado antes siguió recopilando información sobre el ser que estaba analizando, pensando en la clase de planeta que albergaría semejante forma de vida.

Mientras tanto, en el domo principal, llamado Domo Cero, Lawrence Collins bebía un copa de coñac, viendo en las pantallas el progreso de los experimentos. Lo primero que notó, aparte de hecho que los técnicos parecían estancados en analizar los tejidos de los especímenes, fue que alguien le estaba llamando. Cuando Lawrence puso más atención a lo que ocurría en el Domo 3, se dio cuenta que iba a necesitar mejores dispositivos de contención.

Uno de los sujetos de pruebas había escapado del tubo en el que se mantenía suspendido y estaba haciendo un desastre en el laboratorio. Presagiando una potencial amenaza para toda la operación, Lawrence se puso de pie de inmediato y acudió al Domo 3 con el corazón en un puño.

Cuando tecleó la contraseña maestra, Lawrence supo que debía actuar rápido. Había un técnico de laboratorio gravemente herido y otros dos trataban de mantener a raya a la criatura alienígena con sillas. Cogiendo una pistola, Lawrence introdujo un dardo embebido con el más potente tranquilizante en la recámara del arma y, con manos temblorosas, apuntó al espécimen, buscando el mejor punto para que la toxina hiciera efecto más rápido.

Dos segundos más tarde, la criatura se había quedado de pie, inmóvil, babeando como si estuviera demente y, con un rugido del demonio, se derrumbó de boca al suelo. Sin embargo, los técnicos amenazados no estaban convencidos de que el monstruo había quedado, en efecto, inconsciente y siguieron protegiéndose con las sillas.

—¡Ya bajen las condenadas sillas! —gritó Lawrence y los pobres hombres le hicieron caso, todavía dando miradas de soslayo a la criatura que yacía en el suelo—. No usen sedantes para mantenerlo dormido. Pónganlo en un coma químico para que no vuelva a causar problemas. ¡Y llévense ese cuerpo a la enfermería! Yo me ocuparé de obtener cápsulas más resistentes para los sujetos de pruebas.

El silencio volvió al Domo 3 cuando Lawrence se dirigió de vuelta al Domo Cero, respirando profundamente y haciendo una nota mental para hacer una orden de requisición a aquel misterioso hombre en el sedán negro.

Nueva Orleans, 15 de febrero de 1961, 04:03am

—¡Saori! ¡No me hagas esto, por favor!

Violet gritaba y pataleaba mientras era llevada fuera de la unidad de cuidados intensivos, pues Saori había sufrido un paro cardíaco y el equipo de reanimación llevaba dos minutos tratando de estabilizarla, sin éxito.

—¡La estamos perdiendo! —gritó el doctor a cargo—. ¡Vamos, vamos, vamos! ¡No nos dejes!

Tuvieron que pasar tres minutos más para que el corazón de Saori volviera a latir y los médicos respiraran tranquilos. La observaron por diez minutos más para asegurarse que no volviera a pasar lo mismo y dejaron a una enfermera para que siguiera monitoreándola. Sólo después de todo eso, Violet pudo volver a entrar, no sin antes de ser abordada por el médico en jefe.

—La paciente sufrió un paro cardíaco, pero conseguimos estabilizarla. No sabemos por cuánto tiempo estaremos haciéndolo, pero le aseguro que el laboratorio está trabajando para descubrir qué le está pasando. Le mantendremos informada cuando tengamos una respuesta.

Violet todavía se mordía las uñas y temblaba de la cabeza a los pies cuando acudió con Saori. Apenas podía creer que luciera tan pacífica después de haber estado a punto de morir. Y, aunque sabía que no ganaba nada con hablarle mientras estuviera inconsciente, Violet lo hizo de todos modos.

—¡Eres mala, Saori! —bromeó, pero con lágrimas en los ojos—. No me vuelvas a hacer eso, ¿ya?

Saori seguía sin abrir los ojos. Era como hablarle a una pared pero, de algún modo, Violet hallaba un poco de consuelo en hacerlo.

—No te preocupes, ya encontrarán lo que te está haciendo esto y abrirás los ojos —dijo Violet tristemente, como si en realidad no estuviera convencida que Saori pudiera sanar—. ¡Vamos, Saori! Eres la mujer más fuerte que he conocido en toda mi vida y no quiero perderte. Quiero un poco de esa fuerza, la necesito… te necesito.

Pero Violet no sabía si estaba reaccionando de ese modo porque en realidad sentía algo por Saori o porque estaba tomando muy en serio las visiones que estaba teniendo. Porque en ellas, estaba convencida que Saori era su pareja, pero no podía explicarse por qué. ¿Acaso esa era una de aquellas profecías que se cumplían por su cuenta? ¿Estaba el destino, en efecto, conspirando para juntarlas? La idea, aunque era romántica, no tenía sentido. Violet no creía en los amores predestinados (3) sino en la idea que dos personas se aceptaban mutuamente para amarse. Y, hasta donde ella sabía, no había nada parecido al destino en eso.

De pronto, una oleada de cansancio hizo que Violet casi se quedara dormida. Consultó su reloj: las cuatro y cuarto. Violet juzgó que no le haría nada mal pegar una pestañada y se acomodó en la cama de Saori, recostando su cabeza cerca de su cuerpo y cerrando los ojos. No tardó en quedarse dormida, pero un par de minutos después, de manera involuntaria, Violet tomó una de las manos de Saori, murmurando algo que se parecía mucho a un "te quiero".

Nueva Orleans, 15 de febrero de 1961, 04:35am

Nicole, Scarlett y Sophie todavía estaban despiertas, discutiendo la carta que les había llegado a las tres como a eso de las ocho de la tarde. Bueno, técnicamente, a Violet también le había llegado una, pero como ella no estaba presente, Scarlett se había ocupado de recibirla.

—Bueno, creo que una de las Gemas está en Cuba —dijo Nicole, insegura—. Violet es la que sabe mejor cómo ubicarlas

—Pero pienso que la CIA está tras lo mismo que nosotras —dijo Scarlett por décima vez en lo que iba de la madrugada—. ¿O no hallan sospechoso que la CIA quiera invadir Cuba y nos llame a nosotras para ayudar con la misión?

—Scarlett, no sé cuántas veces te lo he dicho —dijo Sophie en un tono exasperado—. La CIA quiere invadir Cuba porque es un reducto del comunismo. ¿O tengo que darte una lección de sistemas políticos para que entiendas de qué va la Guerra Fría?

—¿Y JFK está de acuerdo con el plan? —quiso saber Nicole, curiosa por la postura del presidente sobre la invasión.

—Nicole, da igual si apoya la operación o no —repuso Sophie, quien parecía entender mejor de política exterior que las otras dos—. La CIA como que se manda sola cuando se trata de influir en otros países, ¿no crees?

—Tienes razón, Sophie —admitió Nicole—. Estaba pecando de ingenua.

—Si eso es verdad, entonces podríamos aceptar la misión de la CIA (4), pero no colaboraremos realmente con ella, porque estaremos buscando la Gema —sugirió Scarlett, para aprobación de las demás—. En todo caso, es más que probable que nos topemos con la milicia de Castro y tengamos que pelear. Los demás exiliados anticastristas nos verán y no podrán decir que somos traidoras.

—¿Y tendremos apoyo del ejército o la armada?

—Probablemente —dijo Sophie, aunque con un poco de escepticismo—. De todos modos, el ejército de invasión no podría penetrar en aguas cubanas sin ayuda.

Una vez decidido el plan a seguir, la discusión se fue por derroteros más o menos triviales, como por ejemplo, los sentimientos de Violet por Saori.

—¿No creen que Violet se está enamorando de Saori? —preguntó Scarlett.

—Violet tiene razón con respecto a ti. Ves romance en todas partes —dijo Sophie con desdén.

—Y tú no quieres ver el romance ni en pintura —replicó Scarlett, sabiendo que Sophie, junto con Saori, podrían fundar la Liga Contra el Amor Romántico (LARL en inglés).

—Ya basta, las dos —dijo Nicole, aunque en el fondo le gustaba que ambas discutieran porque siempre chocaban cuando se trataba de amor—. Lo único que sé es que Violet se preocupa mucho por Saori y quiere estar a su lado. ¿Acaso importa si es amor o no?

—Pero es una preocupación un poquito irracional —opinó Scarlett, recordando vívidamente cómo se había expresado Violet cuando le dijeron que fuese con ella—. O sea, ¿qué persona hace eso solamente por hacer compañía a alguien que lleva conociendo por un poco más de un mes?

—Una persona como Violet, tarada —dijo Sophie, quien podía ser muy mordaz y sarcástica cuando se trataba de tocar temas románticos—. La conozco mejor que tú y ella no es enamoradiza. Además, ¿quién se enamoraría de una mujer con el carácter del sargento promedio?

—Una persona como Violet, tonta —repuso Scarlett, quien no podía entender que había cosas que podían ser una mera amistad y ella lo veía como un potencial romance—. Podré no conocerla tan bien como tú, pero sé lo suficiente para notar cómo mira Violet a Saori. Está que se la come a besos y no quieres verlo.

—Y tú no quieres entender que nada escapa de la lógica —dijo Sophie—. No tiene sentido que dos personas se enamoren con tan poco tiempo.

—¿Alguna vez has oído del amor a primera vista?

—Sólo en la imaginación de demasiadas chicas. Se supone que el amor se crea a base de la experiencia y la aceptación de la otra persona (5). Es imposible que todo eso ocurra en dos segundos.

—Permíteme recordarte que el amor carece de lógica —repuso Scarlett, amparándose en uno de los clichés más aceptados de la historia—. Si te hubieras enamorado alguna vez, te darías cuenta que tengo razón.

—Confundes encaprichamiento con amor —dijo Sophie calmadamente—. Esa cosa que sientes cuando ves a un chico guapo es la consecuencia de la acción de unas hormonas. Me sorprende que alguien que dice valorar tanto el amor reduzca algo tan preciado a una mera reacción bioquímica.

Scarlett iba a protestar de vuelta cuando el teléfono sonó en la sala de estar y fue Nicole quien contestó.

La llamada había sido breve, pero fue suficiente para dejar a Nicole sin reacción. Tenía una expresión vacante en su rostro y pestañeaba como por inercia. Tardó varios instantes en recuperar la compostura, si es que era posible hacer eso frente a una noticia como la que había recibido.

—Chicas… será mejor que vayamos al hospital.

El reloj de pared junto a la puerta marcaba las cinco con cinco minutos de la mañana.

Nueva Orleans, 15 de febrero de 1961, 4:58am

Violet había sido violentamente arrancada de su sueño por las enfermeras que la sacaron de la unidad de cuidados intensivos. Saori había sufrido otro paro cardíaco y los médicos luchaban por estabilizarla nuevamente, aunque parecía ser que en esa oportunidad había muy pocas esperanzas de recuperarla.

Violet miraba todo desde la ventanilla de la puerta, con el corazón en un puño y mordiéndose las uñas, pendiente de cada acción que se llevaba a cabo para tratar de salvar a Saori una vez más. Estaba al borde de los nervios, sufriendo por Saori, por su futuro y por el hecho que podría no volver a hablar con ella jamás.

No, no debes pensar así, Violet. Saori es fuerte. Podrá con esto y con todo lo que destino le ponga por delante.

Al parecer, esa actitud hizo que se sintiera un poco más tranquila. Dejó de comerse las uñas y crispó los puños, como preparándose para pelear en una batalla.

Vamos, Saori. No te des por vencida. ¡Resiste! ¡Yo sé que tú puedes salir adelante! ¡Confío en ti!

Un minuto más tarde, la actividad cesó en la unidad de cuidados intensivos y el médico encargado salió de la sala con una expresión indescifrable en su cara. Violet esperaba con optimismo las palabras del doctor, pues Saori había resistido las otras dos veces en que su vida había corrido peligro.

—Señorita Taylor, lamento tener que decirle esto, pero la señorita Müller… ha fallecido. No pudimos identificar a tiempo lo que la estaba matando. La hora de su muerte fue a las cinco de la mañana.

El médico lucía bastante apenado por no ser capaz de haber salvado la vida de Saori, pero Violet se sentía vacía en su interior. Su confianza no había sido suficiente, los esfuerzos del equipo médico no había sido suficiente… nada había sido suficiente para evitar la muerte que acababa de ocurrir dentro de esa condenada sala. Sus puños se relajaron y su cuerpo perdió toda sustentación. Violet rodó los ojos hacia arriba y cayó de espaldas al suelo, quedando inconsciente.


(3) No sé si habrá sido el amor predestinado uno de los factores por las que Sailor Moon tuvo tanto éxito entre las chicas pero, viendo otras obras en las que aparece tal cosa, me parece que sí, por lo que trataré de conservar ese aspecto en este fic.

(4) Si bien la invasión de Bahía de Cochinos fue patrocinada por el gobierno de Estados Unidos, fue la CIA quien planificó la invasión, reclutando a exiliados anticastristas para derrocar el gobierno de Castro, principalmente para "rescatar" a Cuba del socialismo.

(5) Pues la verdad soy de la misma opinión que Sophie, en eso que el amor se construye en base a la experiencia y la aceptación. Lo que plantea Scarlett es ese encaprichamiento que sienten no sólo las chicas, sino que nosotros los chicos también, cuando idealizamos al extremo a la persona que nos gusta.