CAPÍTULO 9
46
El ANBU se desplomó como un castillo de cartas, manchándolo todo de sangre. Su máscara se soltó del cinto y fue a parar unos metros más allá, ahora con una grieta dividiendo el dibujo en dos partes más o menos iguales. Kurenai bajó su arma. Un sudor frío le recorría la espalda.
Aquel tipo había estado a punto de matarle. ¡Joder! Si no hubiera sido capaz de atraparle en un genjutsu en el último segundo, le habría hecho pedazos. Esa fuerza y esa velocidad no eran normales, ni siquiera para un miembro de las fuerzas especiales. Y esas intenciones asesinas…tenía que admitir que le habían revuelto el estómago.
Pero lo que más le preocupaba era la agresión en sí. En esa situación —y asumiendo que él dijera la verdad— entendería que intentase detenerle, o incluso que la redujese de manera más o menos pacífica, pero un intento de asesinato estaba fuera de toda cuestión. Ningún ANBU actuaba así, ni siquiera los más problemáticos.
«¿Un agente enemigo?», se preguntó. «¿Aquí?»
Tenía que serlo. Y luego estaban esos gritos y esos golpes ahí dentro. No había tiempo que perder: Kurenai echó a correr hacia el interior de la Academia, con el corazón en un puño, y el último ataque a la aldea —el intento de asesinato a su Asuma— dándole vueltas en la cabeza.
El piso inferior estaba desértico. No había nadie en la recepción, ni en las aulas, ni en ninguna parte. Ella se preocupaba más y más por momentos. Subió las escaleras hacia el primer piso, saltándose tramos enteros…y casi estalla por los aires cuando se detuvo, por suerte, a escasos milímetros de la trampa que habían colocado en la entrada.
Era una red de hilos finísimos, casi invisibles, que conectaban a dos sellos explosivos bien camuflados a ambos lados de las paredes. Una gota de sudor resbaló por la punta de la nariz de Kurenai. Estaba tan preocupada, y había corrido tan rápido, que no la había visto hasta el último segundo. «Ya van dos veces», pensó. «Dos veces en las que casi me muero por actuar sin pensar.»
No podía evitarlo. Desde el ataque a Asuma, perdía los nervios con demasiada facilidad. Se sentía tensa, siempre tensa, y era fácil hacerle enfadar. Y con el historial que llevaba la aldea últimamente, y teniendo en cuenta la situación…tenía todas las razones del mundo para estar preocupada.
Aún así, Kurenai no dejaba de ser una jonin. Respiró profundamente, buscando calmarse, y analizó la trampa; cómo eran los hilos, cuál era su material, qué tipo de sellos conformaban la trampa…Pasó unos buenos veinte segundos dándole vueltas al asunto cuando un segundo grito, más bien un aullido, sonó tan fuerte que casi sacudió las paredes. Venía del piso superior, o eso parecía, y le hizo sentir un gran vértigo al notar que, sin duda, aquel grito era uno de dolor. «Vamos, Kurenai», se dijo a sí misma. «Tenemos que irnos, ¡YA!»
Se puso a murmurar para sí misma:
"A ver, es una trampa básica de tipo explosivo. Los hilos activan a los sellos, y los sellos estallan. Pero no tiene sentido utilizar tantos hilos, ni dos sellos. Es un desperdicio de tiempo y recursos, y además la explosión sería tan fuerte que podría afectar a la estructura del edificio. ¿A menos que eso es lo que quieran? No, no tendría sentido. Es una trampa para impedir el paso, ergo hay alguien más ahí arriba; no pueden arriesgarse a que alguien active esto por accidente. Con tanto hilo, hasta un gato podría activarla. Y los sellos deberían estar en la parte de atrás, no aquí, que los puedo desactivar fácilmente. Nadie se esfuerza tanto en hacer una chapuza como esta. No tiene sentido. No…"
Entonces se dio cuenta.
Mierda.
Kurenai formó un sello. "¡Disipar!"
La trampa desapareció ante sus ojos. A ambos lados, los sellos se arrugaron por sí solos hasta quedar inservibles. Ella parpadeó, y miró a sus pies: a ambos lados, estaban los restos de un hilo, esta vez real, mucho más discreto y mejor colocado que los otros. Se ocultaba entre las sombras de los escalones, y se activaba al pisarlo, así que era imposible de notar a menos que uno fuera descalzo. ¿Una trampa ilusoria?
Y una muy bien hecha. Tenía que ser obra de alguien muy hábil: ese tipo de trampas eran muy difíciles de montar, por lo que se usaban muy poco, pero podían engañar incluso a los ninjas más experimentados. Eran útiles, peligrosas, y lo que era más importante: muy, muy discretas. La maldita trampa le había hecho perder dos minutos, o tres, y para un ninja, eso era demasiado. Eso podía significar muchas muertes.
Así que la jonin apretó los dientes y subió de un salto los escalones que le separaban del primer piso, y de pronto una mano le agarró el tobillo, y tiró de ella hacia atrás con tanta fuerza que su nariz chocó contra el último escalón, y ahora todo olía a sangre, y una punzada de dolor le recorría todo el rostro, y todo en su cuerpo chillaba ya no de dolor, sino de alarma, porque lo que había detrás de ella sólo transmitía una sensación: ansias de matar.
El hombre de la máscara del tigre reía con una sonrisa que ella no podía ver.
47
(Unos minutos antes)
El suelo estaba caliente. Tigre abrió los ojos de golpe, y su visión estaba borrosa por haberlos cerrado demasiado fuerte. Notaba una intensa presión en el cuello, que momentos antes había quemado como fuego. De todos modos, poco importaba eso ahora: en unos momentos, su herida estaría completamente curada.
"Esa bruja…", gruñó.
A decir verdad, más que molesto, estaba impresionado. Él sabía muy bien lo rápido que podía llegar a ser, e incluso un jonin experimentado habría tenido problemas a la hora de esquivar uno de sus golpes a bocajarro: durante la invasión, los ninjas de la Arena no le duraban más de dos golpes. Los partía como si fueran un par de palillos. ¡Y ella no sólo le había evitado, sino que encima le atrapó en un genjutsu! ¡A él, un aspirante a Guardián! Era humillante…a la par que sorprendente. En otra situación, habría estallado de rabia, pero lo cierto es que, después de esto, aquella mujer le gustaba incluso más.
Y por eso mismo iba a ir a por ella.
Tigre recogió la máscara del suelo y se la puso sobre la cara. Ahora, con la grieta dividiéndole el rostro, tenía un aspecto mucho más amenazador. A estas alturas, Kurenai estaba intentando descifrar los secretos de la trampa al final de las escaleras. Él no se dio prisa: estaban cerca, y tenía tiempo de sobra, así que andó con paso tranquilo hacia ella. Después de todo, las trampas de Araña, su compañera, siempre funcionaban. Y teniendo en cuenta lo eficiente que era, seguramente ya habría limpiado el piso superior, y quizá incluso el siguiente…
Mientras caminaba, la herida en su cuello terminaba de cerrarse, y él se rascó la pequeña cicatriz que quedó detrás. Al día siguiente, no estaría ahí.
Subió las escaleras muy despacio, y teniendo cuidado de no revelar ni un ápice de su presencia. Fue sencillo. Todos pensaban que era un bruto, pero lo que realmente se le daba bien era el espionaje. ¿Te sorprende? No debería. Que pueda doblar barras de acero con las manos no significa que no sea capaz de mayores sutilezas. Después de todo, es un ANBU. Y uno de los buenos. Un verdadero asesino, fiel al clan. Fiel al Líder. Y jamás ha fallado en una misión.
Tampoco fallaría ahora.
Cuando por fin estuvo tras ella, apenas pudo contenerse. Su bella figura, su largo cabello, sus músculos tensos bajo la piel; el aroma a albaricoque y a sudor y a la sangre, a la suya, que aún llevaba en el kunai…necesitó de toda su fuerza de voluntad para no lanzarse contra ella en el acto. Pero eso habría sido una mala idea. Es mejor esperar, esperar al momento preciso, cuando sea vulnerable, cuando tenga la mente en otra parte…
¡AHORA!
En el mismo instante en el que ella echó a correr, Tigre extendió su brazo derecho y sus dedos se sentían tan bien al aferrarle el tobillo, la carne, la carne y los huesos, al agarrarle a ELLA, que empezó a reír de puro deleite. Ella chocó contra las escaleras, y se le ensangrentó la cara, y le miró con dolor en la nariz roja y horror en los ojos rojos y él le agarró más fuerte hasta que le dejó marca, hasta que le hizo gruñir de dolor. Luego le saludó con la otra mano, le saludó alegremente, como quien saluda a un viejo amigo, o a un futuro amante. Ella le lanzó una patada con la otra pierna, su cara distorsionada de asco y miedo, pero falló, y él volvió a reír y tiró de ella mientras bajaba las escaleras hacia atrás; a ella le chocaba la parte de atrás de la cabeza con los escalones y le rebotaba de una manera muy graciosa, y al doblar la esquina al siguiente tramo de las escaleras, él tiró muy fuerte de ella y le estrelló contra la pared, muy alto, como si fuera un saco de paja y nada más. Ella escupió sangre mientras gritaba de dolor, y con esos gestos tan hermosos, no hacía sino gustarle más y más.
De un último tirón, lanzó a Kurenai a través de las escaleras restantes y hacia la pared de enfrente, de vuelta al piso inferior, su territorio. En esta misión, su rol consistía en que nadie, bajo ningún concepto, llegase al primer piso, y él se tomaba muy en serio su trabajo.
La mujer estaba apoyada contra la pared, sentada, sus brazos derramados a ambos lados. Jadeaba fuertemente. No le había hecho demasiado daño, pero estaba aturdida y mareada por los últimos golpes. Algunas astillas de madera se le clavaban en la espalda, y le manchaban de rojo la túnica blanca. Estaba preciosa en su dolor, pensó él. Le habría gustado admirarla un poco más, pero hacerlo sería tomar riesgos: aunque él era fuerte, ella también lo era, y se negaba a subestimarla.
"Vamos a jugar un poco, pequeña", y su voz sonaba cruel como el veneno de un escorpión.
Ella no respondió. Estaba demasiado ocupada recuperando el aliento.
Así que bajó los últimos escalones con el corazón decidido a terminar con su vida, y la verdad es que le dolía un poco tener que hacerlo, y al mismo tiempo le latía fuerte el pecho de anticipación y placer por saber que sería él quien pusiera fin a su existencia; es difícil de explicar, pues era él una persona complicada, y malvada, y no se le daba bien diferenciar la atracción del deseo de hacer daño. Tigre crujió sus nudillos, y reunió una cantidad espeluznante de chakra en su brazo derecho. Tenía tanto chakra, que fácilmente duplicaba el de su víctima, y lo más inquietante de todo es que, si nos fijásemos un instante en sus reservas, podríamos ver que éstas se rellenaron a los pocos segundos, y de pronto volvían a estar como nuevas. Y es que el mayor poder de Tigre no era su fuerza, ni su gran habilidad para pasar desapercibido: la razón por la que el clan le había reclutado era por su capacidad de regenerar su cuerpo y sus energías de forma constante, y sin ningún esfuerzo aparente. Sus habilidades eran tales que estaba a un paso de entrar en los Guardianes, el cuerpo de élite del Clan, donde sólo había espacio para los mejores…
Tigre adelantó su pierna izquierda, doblándola, y dejando la derecha recta; su centro de gravedad bajó unos centímetros, y su brazo derecho, con el antebrazo boca arriba, se retiró a un lado de su cintura. El izquierdo, totalmente extendido y cerrado en un puño, marcaba el camino. El derecho lo seguiría, y al final de él sólo habría muerte. El asesino inspiró profundamente, y entonces, muy despacio, empezó a soltar el aire por la boca. A unos pocos metros, Kurenai se ponía en pie. Había perdido el kunai en las escaleras, así que sacó otro de su reserva, y se puso en guardia, respirando pesadamente. Sus hombros se movían arriba y abajo con cada respiración; en contraste, la de Tigre era controlada, y fluía muy despacio, esperando el momento indicado. Tenía la intención de fulminarle de un solo golpe, y créeme, era bien capaz de hacerlo.
Claro que Kurenai no iba a quedarse a esperar el golpe. Con un movimiento fluido, lanzó el kunai a su adversario mientras saltaba lejos de él, y a un lado, lejos de su alcance; el cuchillo voló rápidamente hasta el otro ninja, quien se agachó para esquivarlo, y en el mismo movimiento echó más hacia atrás su brazo derecho, cargando aún más chakra en él, y aprovechando sus piernas dobladas tomó impulso, y se lanzó contra Kurenai. Sus pies rompieron el suelo de madera tras de él, y su velocidad era tal que la kunoichi apenas pudo reaccionar: el puño de Tigre pasó a escasos centímetros de su cara, y la fuerza del golpe empujó su melena hacia atrás e hizo grietas en la pared tras de ella, a unos cinco metros de donde estaban. Con un nudo en la garganta, ella lanzó su propio golpe: un uppercut con el puño derecho, y por debajo del brazo de Tigre, que ahora quedaba a su derecha. El ANBU detuvo el golpe con la otra mano, y le soltó un codazo que le tiró de espaldas, pero cuando la mujer cayó al suelo, no era una mujer sino un montón de pétalos de flores. «¿QUÉ?» Alarmado, intentó retroceder, pero no le dio tiempo.
Una avalancha de dolor inundó sus sentidos cuando la kunoichi, ahora dividida en dos, tres, cuatro copias idénticas, le atravesó la piel con sus cuchillos.
"¡MALDITA ZORRA!", bramó Tigre, y agarró a dos de las Kurenais por el pelo, y de un solo movimiento chocó una cabeza contra la otra, y las dos copias se disolvieron en humo. Las otras dos hundieron más sus kunais en su carne, y el dolor era punzante y le hacía sentir muy furioso; haciendo acopio de su fuerza giró el torso, y a la vez que acumulaba chakra en su puño derecho, descargó un poderoso golpe contra una de ellas, volándole la cabeza…en otra nube de humo.
"Mala suerte", se burló Kurenai, y en la otra mano tenía otro kunai, y se lo hundió justo por encima de la nuez, apuntando hacia arriba.
El ANBU se llevó ambas manos a la garganta, y trastabilló hacia atrás hasta caer de culo en el suelo. Detrás de su máscara, su expresión era de un odio infinito, y aunque Kurenai no podía verla, sí que notaba sus horripilantes ansias asesinas. Pero esta vez no le hizo sentir nada. Es cierto que estaba hecha un desastre —la cara le dolía una barbaridad, y le sangraban la nariz y los labios— y también era cierto que tenía un aspecto terrible, pero a la jonin se le había pasado el miedo. Todo su ser había entrado en modo combate, y por fin podía volver a pensar fríamente. Y lo que le decía la razón estaba claro: «Mátalo. Ahora.»
Pero es difícil escuchar a tu cerebro cuando te estás asfixiando. Unos brazos le rodearon el cuello desde atrás y apretaron, apretaron muy fuerte, con más fuerza de la que tenían derecho a poseer. Ella abrió los ojos de sorpresa cuando su adversario, el que tenía en frente, dejó de retorcerse y se convirtió en un montón de tierra húmeda.
«¿Un clon de tierra? ¡No!»
"¡Yo también sé mis trucos, preciosa!" La voz sonaba muy cerca de sus oídos y le retumbaba dentro del cráneo. "¡Ahora, muere!" Y apretó con la suficiente fuerza como para partirle el cuello una y diez veces.
Se le mojó la ropa cuando Kurenai se derramó en un charco de agua (¡Joder!) y la de verdad estaba unos metros detrás de él, y de su mano salió disparado un nuevo kunai que el ANBU atrapó con su mano empapada.
"Mala suerte", dijo, imitándole a ella, pero entonces fue cuando el pergamino se activó.
Venía enrollado en la empuñadura del kunai, y era del mismo color amarillo que los pergaminos de descarga que exportaba Kumo. Eran un poco más difíciles de usar que los pergaminos explosivos, típicos del País del Fuego, y también eran mucho más caros, pero a cambio, tenían un tiempo de activación tan ridículamente corto que una vez en contacto con el kunai, era imposible evitar la descarga.
Un montón de voltios sacudieron el cuerpo de Tigre. El hecho de que estuviera empapado sólo lo hizo peor: sus miembros se sacudían vertiginosamente y el mango del kunai le quemaba la mano que lo sujetaba. Kurenai no perdió el tiempo, y mientras su enemigo estaba paralizado, ella le lanzó una decena de shuriken, que se clavaron en su torso, su cuello, y sus brazos. Estaba a punto de rematarle cuando el ANBU apretó los dientes y, con una velocidad inhumana, le devolvió el kunai, que se le clavó en el hombro hasta la empuñadura.
La jonin gritó de dolor, y sólo pudo protegerse cuando el asesino cargó contra ella, ignorando sus heridas y los shuriken clavados en ellas, ignorando sus músculos contraídos y entumecidos, y le derribó de un placaje que le tiró de espaldas. Él quedó montado a horcajadas sobre ella, y de inmediato comenzó una lluvia de puñetazos, a cada cual más terrible, que pronto superaron la guardia de Kurenai hasta llegar a su maltratada cara. Los golpes caían como meteoritos sobre su rostro y la sangre salpicaba el suelo, sus ropas, y también las de él. El ANBU hablaba con cada golpe.
"¡Ya…está…BIEN! ¡Muérete…de…una…VEZ...puta…zorra!"
Los golpes agrietaban el suelo bajo su cabeza, y con el último puñetazo se abrió un boquete de varios centímetros de profundidad. Kurenai había dejado de moverse, pero todavía respiraba, aunque muy débilmente. Él ya no pensaba en su belleza, ni sentía algún deseo por ella. No: lo único que quería era matarle, matarle y que además sufriera al morir. Tigre arrancó el kunai del hombro de su víctima, y lo volvió a clavar, esta vez en el otro; lo sacó, y lo clavó en el esternón, en el cuello, en las mejillas, en todas partes, lo clavó muchas más veces de las necesarias. Cuando hubo terminado, la kunoichi quedó irreconocible, y él estaba empapado en sudor. También estaba pletórico. La sensación de acabar con ella había sido indescriptible, maravillosa, como mil cisnes surcando un río cristalino. «¡QUÉ MARAVILLOSA SENSACIÓN!», pensaba para sus adentros. «¡Hoy me siento vivo!»
Kurenai le observaba desde la distancia, totalmente sobrecogida. Después de caer en su genjutsu —lo cierto es que ella no sabía hacer clones de agua; la ilusión comenzó en el instante en el que él le agarró por la espalda—, el ANBU se había liado a golpes con el aire, y había cargado contra una enemiga imaginaria. Hasta ahí, normal. Eso se lo esperaba. Pero no estaba preparada para ver cómo aquel desquiciado golpeaba el suelo, donde debería estar su cabeza, y lo hundía hacia adentro como si estuviera hecho de material blando; no se esperaba que apuñalase el suelo (con un cuchillo imaginado, invisible) decenas de veces, respirando tan fuerte que parecía una bestia rabiosa…
«Dios mío…está enfermo…»
La kunoichi apretó los dientes, y formó un sello, decidida a acabar con su oponente. Era demasiado peligroso como para acercarse a él: incluso ahora, un solo golpe resultaría fatal. No le quedaba otra opción que eliminarlo con su técnica más poderosa. El problema es que necesitaba unos buenos segundos para prepararla: por esa razón no la había utilizado hasta ahora. Simplemente, no había podido. Pero ahora que su rival estaba ocupado intentando matar una ilusión, era el momento perfecto para darle el golpe de gracia.
Su mejor técnica estaba compuesta de tres partes distintas. La primera de ella consistía en reunir todo el chakra posible, todo el que pudiera manejar; el de los brazos, las piernas, la tripa…el de todo su cuerpo; luego, una vez tuviera un firme agarre de todas esas energías, las canalizaba en un constante fluir hacia sus ojos, donde intentaba retener todo el chakra posible. Era algo muy difícil, y siempre desperdiciaba poder al hacerlo, pero dominaba la técnica lo suficientemente bien como para hacerla funcional. Una vez terminado este proceso, Kurenai formaba, a toda velocidad, los sellos necesarios para su jutsu. En total, eran treinta y ocho sellos, e incluso con su habilidad, completarlos todos llevaba unos segundos que podían resultar críticos. Si fallaba alguno de ellos, si no los ejecutaba todos a la perfección, no sólo fallaría la técnica, sino que habría desperdiciado casi todo su chakra. El error no era una opción. De lo contrario, moriría.
…Dragón, Rata, Liebre, Pájaro. Cuando hubo completado el último sello, se sintió un poco mejor. Ahora sólo quedaba la última parte, y pese a que era la más arriesgada de todas, estaba segura de poder conseguirlo. «Primero…reunir y canalizar chakra. Segundo…darle forma. Y ahora…toca llamar la atención.»
Cuando gritó, Kurenai adoptó un tono inusual en ella, grave y burlón, como de delincuente. Era el tono con el que hablaba en su juventud, pero eso…eso es un secreto para todo el mundo, excepto quizá para Asuma. Por si acaso, mantengamos esto entre nosotros.
"¡EH, TÚ, GILIPOLLAS! ¡MIRA HACIA AQUÍ!", le espetó, abriendo mucho la boca con cada palabra.
El ANBU giró la cabeza de golpe, librándose del genjutsu, y rápidamente comprendió su situación y el terrible rugido que comenzó a formarse en su garganta jamás dejó sus labios porque, sin saberlo, había caído en la trampa de Kurenai.
La trampa eran sus ojos, sus ojos rojos y brillantes, tan llamativos que eran como joyas, que era imposible no fijarse en ellos. Aquellos dos rubíes eran el catalizador de su técnica, y su técnica estaba a punto de activarse. Sólo faltaban estas palabras:
"¡Ninpo: Marchitar!"
Y desde los ojos de Kurenai hasta los de Tigre se formó un vínculo íntimo y profundo, un vínculo de chakra y pensamiento similar al que había utilizado Ino en el examen, sólo que éste fluía en una única dirección, y transmitía un único mensaje. Este mensaje era muy simple, y consistía en una sola palabra: DOLOR.
Fue entonces cuando todos los receptores que había en el cuerpo del ANBU se activaron al mismo tiempo, enviando la más alta señal de dolor que puede percibir el ser humano; sus músculos se apretaron contra el hueso y sus dientes de arriba contra los de abajo y sus órganos parecían derretirse en un mar de ácido y sentía, de verdad sentía que alguien le estuviera aplastando el corazón. Sus pulmones se vaciaron de aire y su visión se tiñó de rojo y de miles de colores, y la figura de Kurenai se difuminaba y se mezclaba con las paredes y las grietas en ellas, y llegó un punto en el que no sabía si estaba despierto o si todo eso era una pesadilla. Le salía espuma por la boca, y su cerebro comenzó a alucinar. De pronto, todo se detuvo, y Tigre cayó de espaldas, todavía vivo, pero completamente roto.
48
Antes del combate
Los pobres genin no sabían qué hacer. Algunos de ellos querían creerse la oferta de Ino, pero, ¿no era demasiado buena como para ser cierta? Aunque habían visto sus recuerdos, y dentro de ellos los de Hinata, ¿cómo sabían que no les estaban manipulando? Al mirar alrededor, veían que sus otros compañeros estaban tan confusos como ellos mismos. ¿Acaso había contactado con todos a la vez? ¿Era eso posible? ¿Cuánto poder tenía esa chica?
Eso mismo se preguntaban los ANBU que habían notado la técnica, es decir, todos. Había utilizado tanto chakra que se les habían saltado las alarmas; sin embargo, la técnica estaba sorprendentemente bien ejecutada, y pese a que podría haber sido más discreta, superaba con creces lo que se esperaba de un aspirante a chuunin. Por esta razón, sólo uno de ellos anotó algo en contra de ella, y si lo hizo, fue porque se trataba de un tipo muy amargado y estricto.
Por su parte, el Tercer Hokage apoyó las yemas de una mano en las de la otra, y se preguntó por qué demonios había notado el chakra del Kyubi en la técnica de Ino Yamanaka. Concluyó que sólo habían dos respuestas posibles: o bien Naruto había aprendido, de alguna manera y por su cuenta, a controlar el chakra del Zorro —lo que era muy preocupante—, o bien el Zorro había aprendido a manipular con su chakra lo que había alrededor de Naruto —lo cual era aún más preocupante—. Fuera cual fuera la respuesta, tendría que hablar con el joven Uzumaki según acabase el examen. Hay cosas que no pueden dejarse al azar.
Ino liberó la técnica, y sintió cómo el poder se le escapaba entre los dedos como arena de playa. Fue como volver de golpe a la realidad, como volver en sí misma: la conexión que le unía a sus compañeros, y al Zorro, desapareció, y se quedó sola y vacía de chakra. Después de haber tenido sus voces en la cabeza, el silencio que ahora experimentaba era hueco, sombrío, y hasta inquietante. Escuchaba un zumbido en alguna parte de su cerebro, pero sólo duró algunos segundos. Luego todo volvió a la normalidad, y todo este asunto le dejó pensando sobre el Kyubi, y su chakra, y Naruto, que lo llevaba dentro…
En otro asiento, Taishi terminaba de rellenar su examen. Había decidido confiar en el mensaje de la rubia, porque él mismo había visto que la respuesta estaba en código, y luego había decidido comprobar con su byakugan, las respuestas de Naruto y compañía. Mientras escribía la frase en su hoja, pensó que le sonaba a tonterías, pero ¿quién era él para juzgar lo que fuera que pensase el Tercero?
Otros, como él, confiaron en ella. Gaara ya había resuelto casi todo el enigma por sí mismo, y la ayuda de Ino le sirvió para completar los huecos que le faltaban. Así que se limitó a hacer una señal con su arena —una que sólo conocía su escuadrón— para indicar a sus hermanos que, en efecto, la chica tenía razón. Hinata no iba tan avanzada como él, pero llegó a una conclusión similar, y finalmente apuntó la frase. Shino se copió de su compañera gracias a sus insectos, y de la misma manera transmitió el mensaje a Kiba, y todos se quedaron tranquilos menos el Aburame, que seguía preocupado por la muerte de sus bichos. Fuera lo que fuera lo que acababa con ellos, sólo lo hacía si los acercaba demasiado a la mesa del Hokage…
Para Sakura, confiar en Ino era mucho más difícil. «Seguro que es una trampa», pensaba. «Busca confundirnos, reducir la competencia.» El rencor que sentía por su antigua amiga le hacía imposible admitir que ella podía tener, por la razón que fuera, alguna buena intención. Es más: en su cabeza, empezó a darle la vuelta al asunto, a retorcerlo y a moldearlo de pura rabia, y al final llegó a esta conclusión: «Lo ha hecho por mí. Para joderme. Todavía no ha superado lo que pasó en el hospital, la muy zorra. ¡Claro! Ha pasado la respuesta a todos para que no sospeche, para que me fíe…me quiere quitar de en medio. Eso es. Pues no lo va a lograr. No lo va a lograr…» Y de esta manera, tomó la firme decisión de resolver el examen por sí misma.
Como ella, algunos otros decidieron no fiarse del mensaje de Ino. Ken les observaba desde su asiento, aburrido: en otras circunstancias, le haría gracia verles debatirse entre una opción y otra (a él le daba igual, porque hacía un buen rato que completó el examen), pero al verle la cara a Sakura, se imaginó lo que estaría pasando dentro de su cabeza. «Es demasiado rencorosa para confiar en ella. Y ahora, aunque llegue a la misma conclusión, no la va a escribir, aunque sea por orgullo. Joder.» Le hubiera gustado decirle algo, es más, le hubiera encantado echarle la bronca, pero no podía hacer nada sin llamar atenciones indeseables. ¿Y ahora, qué? Lo que faltaba era que suspendieran por su culpa. Eso no podía pasar. Ken echó una vista al reloj, y tuvo que suspirar de pura frustración.
QUEDA UN MINUTO
49
Fue entonces cuando se oyó el grito. Fue un alarido de dolor, agudo y penetrante, y les puso la piel de gallina a todos. Algunos saltaron en el asiento, y se cayeron uno o dos lápices al suelo. Más abajo, el Hokage levantó la mirada hacia la puerta, y sus ANBU se miraron entre ellos, y a la señal del viejo —una mano apenas levantada—, cinco de ellos desaparecieron al instante. El sexto, cuya máscara representaba un animal imposible de adivinar, se quedó sentado en el sitio, con los brazos cruzados y la libretita sobre los muslos. La atmósfera quedó tan densa que podrías agarrarla con las manos, y ahí fuera se oían golpes y voces enmudecidas por las paredes y claro, los alumnos, nerviosos, empezaron a hablar entre ellos.
"Silencio", ordenó el Hokage. "El examen no ha acabado."
Así que todos se callaron y pasaron los siguientes veinticinco segundos, pues era el tiempo que quedaba, en absoluto silencio. Algunos de los que no habían confiado en Ino se empezaron a acojonar y al no tener más remedio, decidieron que era mejor confiar en ella que dejar la pregunta en blanco. De entre todos los genin destacaba Ken, quien fulminaba con la mirada a su compañera; por una vez, su rostro afable y tranquilo mostraba una sorprendente mala leche. Sakura escribió algo en el examen, pero él no podía ver el qué, y cuando el reloj por fin dio la hora, seguía igual de nervioso, y cabreado, que antes.
"El examen escrito ha finalizado", anunció el Tercero. "Por favor, pasen los exámenes a los compañeros que tengáis delante, y permaneced en silencio." Su voz seguía siendo perfectamente tranquila, aunque por los ruidos que había afuera, estaba bastante claro que alguien estaba peleando en los pasillos.
Los genin obedecieron. Naruto cogió los exámenes de sus dos compañeros y los pasó hacia adelante, más pendiente de lo que fuera que estuviera pasando ahí fuera que de cualquier otra cosa. ¿Qué estaría pasando? ¿Sería otro ataque de esos…encapuchados? ¿Tan pronto, y de día? Se estaba poniendo muy nervioso. ¿Era posible que Kyubi estuviera hablando de esto, antes, cuando les advirtió de que estaban en peligro?
«Kyubi», pensó. «¿Tienes alguna idea de lo que está pasando ahí fuera?»
"No", respondió el Zorro. Y luego añadió: "No bajes la guardia, niño. Podrían ser los de la otra vez."
En otra fila, Ken tocó el muslo de Sakura, y luego le extendió la mano, con una sonrisa.
"Trae, que ya lo hago yo."
Ella parpadeó un poco, le tendió el examen, y volvió a fijarse en la puerta. Fuera lo que fuera lo que estuviera pasando, no era nada bueno. Notaba cómo el corazón se le aceleraba poco a poco, mientras los recuerdos de los últimos ataques a la Aldea le acosaban el pensamiento. «Esta vez estás preparada, Saku…todo irá bien.»
Ken alineó ambos folios de un golpecito en la mesa, los apoyó un momento en ella, y antes de pasarlos a la mesa de adelante, había una línea más en el examen de Sakura. Una línea escrita con su misma letra, pues Ken era un joven de muchos secretos, y entre ellos había lugar para las falsificaciones.
Tras unos momentos de revuelo, todos los exámenes estaban pulcramente colocados sobre la mesa del Hokage. El anciano se tomó unos largos momentos antes de decir o hacer nada, y cuando lo hizo, su voz sonaba cansada.
"Muy bien. Con esto concluye la prueba. Esta misma noche, se pondrán los resultados en la entrada de la Academia."
Los genin ya volvían a hablar entre ellos, y la mayoría expresaba su preocupación sobre los ruidos en los pasillos. Se escuchaban más golpes, algunos muy cerca, y un segundo grito, más agudo que el anterior, sonó a lo lejos.
El Hokage volvió a levantar una mano. Todos volvieron a callarse, o al menos, casi todos.
"Como sabéis, quienes aprueben este examen pasarán a la segunda prueba, que se celebrará dentro de tres días en…"
Entonces la puerta se abrió de golpe, y uno de sus ANBU entró al aula. Parecía muy agitado, y tenía un largo corte que iba desde su hombro hasta casi el codo. Cerró la puerta tras de él y caminó, muy apurado, hasta la mesa del Hokage; se inclinó a su lado, y le susurró algo al oído. Nadie más pudo oír lo que dijo, pero no pudo ser nada bueno: a Hiruzen Sarutobi se le ensombreció el rostro, y de repente, fue como si todo el aula echara a temblar.
Deberías haberlo visto. Las mesas vibraban, la pizarra se sacudía, y se cayeron unas tizas al suelo. Los cristales de las ventanas empezaron a agrietarse, y cuando el Hokage se puso en pie, fue como si colocaran un peso sobre cada una de las otras personas que estaban en el aula.
«¿Es eso…su chakra?», se preguntó Naruto. Dentro de él, Kyubi soltó un gruñido de burla.
"Si te impresiona ese viejo, es que no tienes futuro en esto."
«Pero si es inmenso. Ni siquiera Jiraiya tiene tanto…»
"Pff. Deberías haber visto a Hashirama Senju. Su chakra era al menos tres veces más denso."
«¿Conociste al Primer Hokage?»
"Luché contra el primer Hokage, niño. ¿Es que no te enseñan nada en la Academia?"
«Vaya. ¿Y era fuerte?»
"Desde luego que lo era. Mucho más que tú o cualquiera de estos ineptos. No sé qué os dan de comer, pero los ninjas de hoy en día dais vergüenza."
«Si hasta tú admites que era fuerte, no me quiero ni imaginar cómo era…debió de ser temible.»
"No era…como te lo imaginas.. En cualquier caso, lo que importa es que era un oponente poderoso."
Luego añadió:
"Para un humano, claro."
Naruto le iba a preguntar quién había ganado la pelea, si él o el Primer Hokage, pero entonces el Tercero dijo algo a su ANBU, que volvió a desaparecer, y luego se dirigió a la clase entera:
"Escuchadme todos. La Academia se encuentra bajo ataque." Por su voz, sonaba realmente furioso. "Mientras hablamos, mis ANBU están rechazando a los enemigos."
Ahí fuera, un nuevo grito, y ¿una explosión?
"Quiero que todos mantengáis la calma. En unos instantes me uniré a mis hombres; la amenaza será reducida rápidamente. Hasta entonces, quedáis a cargo de mi capitán." El capitán, con su máscara abstracta, asintió con la cabeza. "Seguiréis cada una de sus órdenes como si fueran las mías. ¿Está claro?"
"Sí", respondió el grupo. ¿Qué otra cosa iban a decir?
"Muy bien. Vosotros tres, venid conmigo." Se refería a un grupo de dos chicos y una chica que estaban sentados en la primera fila. Eran los únicos genin que no habían hablado en ningún momento, y como no llevaban ningún protector a la vista, Naruto pensó que serían de otra aldea. Pero cuando les vio aparecer al lado del Hokage —de la misma manera que aparecían y desaparecían los jonin y los ANBU cuando tenían prisa— se dio cuenta de que los tres llevaban el símbolo de Konoha en diferentes partes de la ropa: uno de los chicos llevaba el emblema en el cinturón; el otro, en un collar, y la chica en un pendiente que a veces aparecía y a veces desaparecía tras su cabello, muy liso y muy negro. A Naruto le pareció guapa, pero luego se fijó mejor, y esa piel tan blanca y esos ojos extraños le trajeron unos recuerdos horribles…
Así que aquel era el equipo del Hokage. Ken los miró de arriba a abajo, y torció la boca en un gesto de decepción. La verdad es que llevaba tiempo pensando sobre ellos (le sorprendió ver que el Tercero volvía a tomar su rol de profesor), y su propio abuelo le había pedido —más bien ordenado, pero en el caso de Danzo, ambas cosas significaban lo mismo— que les vigilara de cerca. Y aunque les había buscado, no aparecían por ninguna parte; ni siquiera fueron a la ceremonia de presentación de los Exámenes. Mientras les miraba, su decepción no hacía más que crecer: había esperado que fueran fuertes, pero…no tanto. Cualquiera que tuviera un mínimo de experiencia se daría cuenta, sólo con echarles un vistazo, de que esos tres significaban problemas. Y la verdad sea dicha, Ken hubiera preferido unos exámenes más sencillos.
Tuvo que dejar de observarles cuando la chica le clavó sus ojos en los de él, y un escalofrío le recorrió la espalda.
Hiruzen desapareció de improviso. Su equipo le siguió, y de pronto en el aula sólo quedaban los genin y el capitán de la guardia del Hokage. Éste se levantó, dejó su libreta sobre la silla, y avanzó hacia el pupitre central. Una vez ahí, volvió a cruzar los brazos, y, como si dudara, volvió a separarlos, y se quitó la máscara, revelando que llevaba otra, negra y de tela, debajo.
El corazón de Shino dio un vuelco.
"Mi nombre es Torune Aburame. Escuchadme con atención."
50
Kurenai apoyó la espalda contra la pared, y dejó salir un enorme suspiro de alivio. «Ha funcionado», pensaba. «Se acabó…»
A unos metros de ella, Tigre recuperaba la conciencia. El dolor había sido insoportable, sin duda el peor que había sufrido en su vida, pero ya estaba disipándose. Lo notaba en los huesos, en los músculos, en los dedos, en cada rincón de su cuerpo; sentía cómo el dolor se marchaba, y le dejaba libre por fin. Por el Dios, jamás había imaginado que fuera posible experimentar tal nivel de sufrimiento. Se había sentido como…como si le cortaran, le atravesaran, le quemaran, le mordieran, le envenenaran, le molieran la carne, le arañaran por dentro de los órganos; se sintió como si le atravesaran flechas, agujas, espadas, balas, como si se ahogara, como si fuera ahorcado, como si estuviera enfermo, como si le arrancaran los dientes y los ojos y el pelo y las uñas, todo a la vez. Por un momento, pensó que todo ese dolor le borraría de la existencia, al igual que uno borra con el dedo las gotas de café que caen en la mesa. Pensó que asi sería mejor, que prefería desaparecer a existir, aunque fuera un segundo más, en semejante penitencia…pero entonces, tan rápido como había venido, el dolor se fue, dejando detrás un cuerpo que se sentía un cadáver.
Sin duda, cualquier otro hombre habría quedado destrozado. Pero él estaba hecho de una pasta diferente, de una mejor. Ya se estaba curando. Pronto, estaría bien. Lo suficientemente bien como para ponerse en pie y arrancarle la piel a tiras. Eso era lo que importaba. Eso, y nada más. Nada más. Nada más.
«Le…mataré», y sus pensamientos eran como fango, eran viscosos, lentos, estaban podridos. «Le haré…pedazos….»
Su cuerpo se regeneraba deprisa, pero no así su mente. La técnica de Kurenai había roto algo en su interior. Algo importante. Lo notaba en sus entrañas, en los abismos de su alma. Aquella tortura lo había cambiado. Pero, ¿sabes? A él no le importaba mucho: en esos momentos, su mundo se reducía a la posibilidad de robarle la vida a aquella kunoichi.
Ella sacó fuerzas de flaqueza, y caminó hacia el ANBU, que estaba tumbado boca arriba, y con los brazos en cruz. Se sentía agotada. Utilizar ese jutsu consumía casi todo su chakra, y le dejaba las piernas temblando. Marchitar era una de sus técnicas originales, y había sido clasificada como un genjutsu de rango S: era complicada de realizar, y exigía mucho esfuerzo, pero si acertaba, la pelea estaba ganada. Nadie podía soportar tanto dolor, tanto físico como mental: como mínimo, la persona en cuestión quedaría inutilizada durante días, normalmente semanas. En el peor de los casos, jamás volvería a ser la misma. Por esta razón, su técnica era, realmente, kinjutsu. Pero tenía permitido utilizarlo en situaciones de vida o muerte, y esa, sin duda, lo había sido.
Ahora sólo quedaba poner fin a todo esto.
Kurenai tomó uno de sus kunais y, sentándose sobre el ANBU, colocó la punta junto a su cuello. Ese tipo tenía una resistencia increíble, y, de alguna manera, era capaz de regenerarse a una velocidad sobrehumana. No bastarían las heridas normales: para matarlo, necesitaría hacerle mucho, muchísimo más daño del necesario. Necesitaba hacerle más heridas de las que pudiera curar.
La jonin apoyó la punta del kunai en el suelo, y tomó aire despacio, preparándose para cortar la cabeza de su enemigo.
Tigre se movió tan rápido que no pudo hacer nada para esquivarlo. Con una mano, tiró de su kimono, desestabilizándola hacia la izquierda y acercándola a él; entonces estrelló su puño derecho contra la mejilla de Kurenai, y del golpe se la quitó de encima y la hizo rodar por el suelo como un saco de carne y huesos.
La kunoichi tuvo suerte, porque Tigre seguía muy debilitado. De lo contrario, habría muerto con ese golpe.
Él se puso de pie antes que ella. El mundo le daba vueltas alrededor de su cabeza, y tropezó unas cuantas veces antes de poder estabilizarse. Tenía las piernas flojas, los brazos entumecidos, y jadeaba con fuerza, pero ya notaba cómo sus fuerzas volvían y llenaban, con su calidez, cada centímetro de su cuerpo. Sí, sí, sí. Él era inmortal. Él era invencible. Y ella no era nada, ¿me oyes? No era nada, y él lo iba a demostrar, lo iba a dejar bien claro…
Kurenai no pudo defenderse cuando él la levantó, agarrándole de la cabellera, y le vació los pulmones de un puñetazo en el estómago. Luego vino otro, y otro, y escupió sangre y casi pierde la conciencia cuando él la lanzó, una vez más, contra la pared.
«Tengo que mantenerme consciente», se decía ella, mordiéndose el labio hasta que llegó a sangrar. «Si no, voy a morir, ¡joder, tengo que seguir en pie!»
Y lo logró, si bien a duras penas, pues Kurenai era una mujer dura, y tenía una fuerza de voluntad prodigiosa, y también temía por su vida, así que se obligó a seguir despierta. Mientras el ANBU se acercaba a ella —caminaba despacio, muy despacio, devorándola con la mirada— ella aprovechó para coger aire, apoyada en la pared. ¡Si esto iba a acabar, tenía que hacerlo pronto!
La voz del ANBU sonó como la de un auténtico demonio.
"Vamos…suplica clemencia…"
Ella fingió una sonrisa.. Tenía los dientes manchados de sangre.
"Ven y oblígame."
Era imposible resistirse a algo así. En el espacio de un suspiro, el asesino acortó la distancia entre ambos y su puño atravesó la pared cuando Kurenai le esquivó, otra vez por los pelos; de hecho, estuvo tan cerca que se sobresaltó, y la jonin tropezó mientras se movía hacia su izquierda, que era la derecha del ANBU, buscando su costado expuesto. Él se giró al instante y le lanzó un poderoso gancho con la izquierda; intentó esquivarlo, pero se le acabó la suerte, y sólo lo pudo bloquear. El golpe le levantó del suelo unos metros, y al aterrizar —por fortuna, de pie— no notaba el brazo derecho. Por esa razón no pudo defenderse cuando Tigre le rompió dos costillas de una patada lateral, pero sí pudo mantenerse en pie, así que el siguiente golpe no llegó a su destino: un nuevo derechazo que pasó rozándole la piel, llevándose consigo la posibilidad de una muerte segura. Al puñetazo le siguió otro, con la izquierda, y ella lo bloqueó con ambos brazos, y ahora sí sentía el derecho, le dolía muchísimo, pero ya podía moverlo, menos mal, así que sacó un nuevo kunai —le quedaban dos— y cuando llegó el siguiente golpe, ella se inclinó peligrosamente hacia adelante, entrando en la guardia de su enemigo, y le clavó el kunai, hasta la empuñadura, en el estómago, por debajo de la armadura. Él apenas emitió un gruñido; con una de sus enormes manos le cogió la cara y, de un empujón, volvió a tirarle contra la pared. Luego se sacó el kunai de un tirón, y acto seguido aplastó la hoja bajo su puño. El metal cayó en trocitos hasta el suelo, y por un instante, Kurenai parecía muy indefensa.
"¿ESO ES TODO LO QUE TIENES?" Mientras hablaba, su herida había dejado de sangrar. Dentro de unos momentos ya no habría sangre, ni tampoco herida. "¡NO ERES NADA!"
Kurenai se incorporó con dificultad. Le dolía todo el cuerpo. El otro caminaba hacia ella, despacio, y su herida desaparecía por momentos.
«Es un monstruo», pensó ella. «Esa regeneración...no es humana»
Estaba claro que necesitaría mucho más que un kunai para acabar con él. Pero ella ya tenía un plan. Lo que no tenía era tiempo. ¿Cuánto había pasado ya? ¿Cuánto había perdido? ¿Qué estaría pasando ahí arriba?
«Tengo que acabar con esto en el próximo movimiento. De todas formas, no aguantaré mucho más. Si me da de lleno, estoy acabada.»
El ANBU se detuvo junto a ella. Vista desde abajo, su máscara parecía representar a un horrible demonio. Tras ella, había un rostro que volvía a sonreír para sí mismo. Iba a disfrutar con esto...
Tigre se acuclilló a su lado, y le tiró del pelo, echándole la cabeza hacia atrás. Él se acercó mucho a ella, hasta que su máscara rozó su barbilla, y le rodeó el cuello con la mano libre. Apretó.
Ella sacó su último kunai, y se lo clavó en el brazo.
Entonces todo se movió muy rápido. Tigre le soltó el pelo del dolor, y ella estrelló su frente contra la máscara, partiéndola definitivamente y revelando el feo rostro que había debajo. Sin perder un segundo arrancó el kunai de la carne del hombre y lo volvió a clavar otra vez, y luego otra, en rapidísima sucesión, en el brazo, el hombro, y en la axila, pero sólo logró que él apretara más su cuello. Estaba a punto de perder el conocimiento. Entonces él se alejó un poco de ella, y descargó su enorme puño contra la mejilla de Kurenai, y se oyó un terrible crujido antes de que la mujer estallase en una nube de polillas.
Tigre parpadeó, y antes de que pudiera recuperarse del genjutsu, la kunoichi le atravesó la boca de lado a lado con su kunai, y acto seguido hundió las uñas de sus pulgares en los ojos del asesino hasta dejarle ciego.
¡AIRE! Por fin le soltó; él se llevó las manos a la cara, y gritó de dolor, y ella le tiró de espaldas de una patada. Kurenai se levantó lo más rápido que pudo, y mientras su adversario se retorcía en el suelo, abrió sus cartucheras y sacó, de un gesto, cuatro shurikens en cada mano; sin perder tiempo los lanzó, y todos se clavaron en el cuerpo de Tigre, que volvió a gruñir, y trató de ponerse de pie, pero ella le pateó el costado hasta lanzarlo otra vez contra el suelo. Y le lanzó otros cuatro shuriken. Y otros. Y otros. Y cada vez que uno impactaba contra el ANBU, su sangre salpicaba el suelo, y volvía a gruñir, y a lamentarse, e intentaba defenderse, pero las heridas eran demasiadas, y se las hacía demasiado rápido como para regenerarlas todas. Tenía el cuerpo lleno de shurikens, de tal manera que parecía un puercoespín metálico y ensangrentado. Pero Kurenai no había terminado: una poderosa furia se había apoderado de ella, pues había estado a punto de morir tantas veces en tan poco tiempo, y había sufrido tantos daños, que todo el miedo y la frustración y la tensión estaban ardiendo a la vez dentro de ella. Y esos sentimientos no serían lo único que ardería aquí.
Al asesino se le desfiguró el rostro cuando Kurenai extendió la mano, le arrancó el kunai, y colocó un sello de papel en su lugar. Era un sello rojo y rectangular, del tipo que estalla en llamas cuando das la señal.
Y, dando un paso atrás, Kurenai dio la señal.
