Disclaimer: Harry Potter pertenece a Jotaka, derechos reservados. La historia es mía, derechos reservados.


Capítulo 10

Malas noticias

Querido Teddy,

Tu abuela está en San Mungo. Los sanadores están trabajando para su bienestar. Te iré a buscar en una hora más o menos.

Harry.

El corazón le latía fuertemente mientras caminaba hacia la planta de enfermedades mágicas. El temor a perder a su abuela era demasiado fuerte, demasiado horrible. Su abuela no debía morir, no… Ya no sólo perdería a su padre y a su madre, a los cuales no pudo conocer. Sino que perdería a su abuela, su pilar, la mujer a la que admiraba, la mujer por la que él haría cualquier cosa.

Se movía por inercia. Empujado por la mano de su padrino. Él no lo dejaría caer, sin importar lo que pasara. Harry siempre estaría ahí. Ginny también estaría ahí. Ellos no lo dejarían solo si… si su abuela… Se detuvo. No podía seguir. Era demasiado… No podía…

—Teddy.

Levantó la vista. Estaba a la misma altura que su padrino, pero en ese momento se sentía tan pequeño, tan débil.

—Yo… Ella… Si mi abuela…

No podía seguir hablando. No podía.

Harry lo abrazó con fuerza. Y Teddy se abandonó a los brazos de su padrino con la misma fuerza, con el mismo ímpetu. Porque era demasiado. Porque no podía hacerlo. Porque agradecía el apoyo de Harry. Pero… pero él quería que su abuela… Tan sólo quería que su abuela no…

Harry lo separó unos centímetros. Las lágrimas nublaban la mirada de Teddy. Harry no intentó limpiárselas. Él entendía por lo que su ahijado pasaba. Esa impotencia, ese temor de perder a un ser querido… Él sabía cómo era. Y sabía que sólo podía estar ahí, dándole a entender a Teddy que jamás lo abandonaría, que en él siempre encontraría apoyo.

—¿Seguimos?

Teddy asintió muy lentamente. Harry lo abrazó por los hombros y caminó con él, a su lado.

Andrómeda Tonks estaba en la cama del hospital. Su rostro relajado y en paz, sus manos posadas sobre su pecho la hacía lucir dormida, aparentemente dormida. Más pálida que nunca. Enferma…

Teddy no pudo evitarlo. Lloró, sollozó en el pecho de Harry. Harry sólo podía abrazarlo, abrazarlo como lo había abrazado Remus cuando Sirius murió, abrazarlo como lo había hecho Ginny cuando Dumbledore murió. Abrazarlo, tan sólo abrazar a Teddy mientras este contemplaba a su abuela. Mientras Teddy miraba a su amiga, su pilar, lo único que parecía quedarle de su madre.

De repente sintió los brazos de Ginny, los brazos de la esposa de su padrino, los brazos de su tía.

—Todo va a estar bien, ya lo verás… Ya verás cómo se pone buena… Dentro de poco estará con nosotros y nos dirá que llorar es una pérdida de tiempo…

Las palabras sonaban vacías, como si no sirvieran para nada. Teddy no las creía. Nunca había visto a su abuela tan mal. Tan enferma… Sin embargo asintió, asintió a las palabras de Ginny, como si creyera lo que ella decía.

—Tengo que ir a buscar los chicos…

—Ve, yo me quedo con Teddy.

—¿Estás seguro? No has descansado y…

—Estaré bien, Ginn, de veras… Estaremos bien.

De reojo Teddy vio como Ginny asentía. Luego besaba a Harry en los labios y después… después se acercaba a él.

—Volveré pronto, ¿está bien?

—Sí…

—Bien…

Ella se fue. Teddy siguió mirando a su abuela. Al mediodía habían llegado los sanadores y le habían pedido, no, exigido que se marcharan para trabajar con la paciente. Ginny se lo había llevado a almorzar. Bueno, la verdad es que había obligado a Teddy a almorzar.

—A tu abuela no le gustaría que no te alimentaras bien, y lo sabes.

Teddy se aguantó la réplica que pugnaba por salir: que si me abuela no se cura nunca más se molestaría porque comiera o no. Se aguantó lo que quería decir porque sabía que Ginny no se lo tomaría bien. Esta sin embargo pareció saber lo que él pensaba y bufó.

—No le gustaría, ni siquiera si por alguna razón no estuviese entre los vivos. Estoy segura que volvería como fantasma para atormentarte hasta que comas. Te visitaría en la noche y te halaría los pies fríos y entonces… entonces comerías porque no podrías con el susto. Pero eres un chico inteligente y no tienes que pasar por tooodo eso, ¿verdad?

Teddy esbozó una pequeña sonrisa, que era más de tristeza que de otra cosa.

—No, no pasaría por eso.

Ginny le pasó la comida, de la cual sólo la mitad pudo entrar en su estomago. Luego se le formaron varios nudos en el esófago y apartó el plato.

Hasta la noche, los sanadores no tuvieron ningún progreso. Iban de aquí para allá con sus carpetas bajo el brazo, hablando unos con otros y sin prestarles atención a Teddy o a Harry. Ginny llegó para relevar a su esposo.

—No voy a dejarte…

—No voy a estar sola. Voy a estar con Andrómeda y los sanadores. Y si hay algún cambio te enviaré una lechuza, ¿está bien?

—Pero…

—Harry, necesitas descansar—razonó ella —, tú y Teddy lo necesitan. Estaré bien, de veras.

—Yo no me moveré de aquí —dijo Teddy.

—Oh, sí, sí lo harás.

—No voy a dejar sola a mi abuela.

—No va a estar sola, va a estar conmigo.

—Teddy puede irse a descansar, y nosotros…—trató de decir Harry, pero fue interrumpido por Teddy:

—¡Yo no voy a irme!

Como ninguno de los dos se decidía a moverse, Ginny se irguió a todo lo que daba su altura (un metro setenta) y puso los brazos en jarras, al mejor estilo de Molly Weasley.

—Se van ahora.

Y aunque ellos eran con mucho más altos que Ginny, los dos hombres tuvieron que claudicar e irse. Teddy había sido muy claro en que no iría a Hogwarts mientras su abuela estuviese tan enferma, así que Harry lo llevó a la casa de los Potter.

James, Albus y Lily estaban ya dormidos. Así que Teddy cenó en la compañía de su padrino, y luego Harry lo acompañó a acostarse. El metamorfomago no creía poder dormir, no mientras su abuela se encontrara tan mal, pero el cansancio unido al estrés del día lo hizo quedarse dormido en cuestión de segundos.

—Teddy…

Teddy alzó la vista. Ahí, apoyada en el vano de la puerta se encontraba la mujer más bonita que había visto, con su cabello rosa chicle y sus ojos azules, además de ese rostro en forma de corazón que la hacía más singular si eso era posible.

—¿Mamá?

Ella le sonreía. Luego se acercó a su cama y se sentó.

—¿Mamá qué…?

—¿Quieres mucho a tu abuelita, Teddy?

—Sí, claro que… claro que sí…

—¿Sabes que ella tiene que irse, verdad?

—¿Qué? ¿Por… por qué?

—Porque está enferma y las personas enfermas deben ir al cielo, Teddy.

—Pero yo… yo no quiero quedarme solo.

—Todos estamos solos, de una forma u otra.

—Pero…

Ella lo miró fijamente, sus ojos azules más brillantes que nunca.

—Tendrás que acostumbrarte… Tendrás que tener… La soledad es una buena amiga, Teddy.

—Pero…

—Me la tendré que llevar pronto, a tu abuela, y es mejor que lo aceptes.

—No quiero… ¡No dejaré que te la lleves!

Al instante, supo lo estúpido de su comentario. Bajó la vista. ¿Cómo podía impedir la muerte? ¿Cómo…? Él sólo era un niño que…

Y ella, su madre, se lo recordó con una risa cantarina. Una risa que pronto se convirtió en inhumana… una risa de alguien desquiciado. Levantó la mirada y ya no era su madre quien le devolvía la mirada. Era una señora mayor, con el cabello negro, los ojos negros y los dientes negros. Una señora que tenía garras por dedos, garras que parecían acercarse a él y que…

—Teddy… Teddy…

Aquella no era la voz de su madre. Y tampoco era la voz de esa señora.

—Teddy, despierta, vamos…

Teddy lo hizo. Abrió los ojos y se encontró con una mirada esmeralda que trasmitía preocupación. Teddy lo abrazó con fuerza, con abandono.

—Todo está bien… Todo está bien, Teddy… Fue sólo una pesadilla, todo está bien…

—¿Papá?—preguntó James. Él estaba en el umbral del cuarto de huéspedes.

—Ve con tus hermanos, James, vamos…

James obedeció, pero volteó con curiosidad para ver la escena. Teddy era ya más alto que Harry, pero al ser el joven quien se sostenía del adulto, el momento adquiría el adjetivo de cómico.

—La vi, Harry… Vi a mi madre… Ella d-dijo que se llevaría a la ab-buela, que la ab-buela estaba enferma y que ella…

—Tu abuela está bien, Teddy. Ginny me dijo que…

—Y luego vi a la hermana de la abuela… a… a Bellatrix y ella se rió… Era… era horrible…

—Bueno, ella no era ninguna belleza… —susurró Harry. Separó a Teddy unos centímetros y mirándolo a los ojos, le dijo —. Tu abuela está bien, ¿ok? Los médicos han descubierto que fue un preinfarto mágico. Tardaron en descubrirlo porque bueno, no es muy común, dicen que de cada cinco magos de la edad de Andrómeda, uno puede sufrir de preinfarto. Pero ya la estabilizaron.

—¿Cc-cuándo… cuándo vuelve a casa?

¡Su abuela estaba bien! Estaba sana. Su madre no se la llevaría. No quedaría solo. Su abuela estaba bien.

—En dos o tres días, los sanadores quieren tenerla en observación por si sufre alguna recaída…

—¿Puede suceder?

¿Puede que su abuela sanara sólo para volver a enfermarse? ¿Todavía existía la posibilidad que pudiera morir?

—No lo saben—dijo Harry con cautela—, por eso quieren estar seguros. Es más fácil monitorear su estado en el hospital que en su casa, ¿no crees?

Teddy asintió. Cabía la posibilidad de que pudiese morir, pero también estaba el hecho de que su abuela estaba bien. En este momento estaba bien.


Querida Vic,

La abuela de Teddy sufrió una recaída. Está en San Mungo. Está estable, eso es todo lo que sé. Como comprenderás, tu tía Ginny no quiere divulgar el estado de alguien a quien considera prácticamente de la familia, como si fuera su suegra, o algo así. Si quieres saber algo más, imagino que podrías preguntarle a Teddy cuando lo veas. ¿O siguen sin hablarse?

Tu madre que te ama,

Fleur.

La carta de su madre estaba en francés, y eso a raíz de todos los libros que debía leer en inglés, era un fastidio. Aunque por otro lado estaba muy bien, de esa forma nunca perdía la práctica de entender el francés. Sin embargo, no era la manía de escribir siempre en francés lo que le molestaba de la carta, eran esas palabras llenas de desafío: "¿O siguen sin hablarse?" ¿Qué hay de malo en eso, mamá? ¿Qué hay de malo en no hablarnos? Es mucho mejor así. Mucho mejor.

—¿Y bien?—preguntó Jess.

—Sí, ¿qué te dice tu madre? ¿Por qué Teddy se fue en el desayuno de ayer y todavía no ha llegado?—preguntó Berenice.

—Dice que la abuela de Teddy está enferma. Supongo que Teddy fue a San Mungo…

—¿A San qué…?

—El hospital de los magos—contestó Vic de inmediato. A veces se asombraba de lo poco que sus amigas sabían del mundo mágico. Para ella que había vivido toda su vida entre magos era… era impensable vivir de otra forma.

—¿Cuántos hospitales mágicos hay?

—Sólo ese, y hay una o dos clínicas privadas.

—¿Cómo? Pero y todos los magos que…

—San Mungo atiende a los magos ingleses y a los que viven aquí, por supuesto. No atiende al mundo mágico en general.

—Lo mismo, ¿cómo puede haber sólo un hospital para tanta gente?

Vic la miró como si no la entendiera.

—Es que no hay… no hay tantos magos en Inglaterra como parece, ¿cierto? —aventuró Jess.

Vic asintió.

—Somos sólo 30.000 magos o algo así. No es como si necesitaras tres o cuatro hospitales, con el que tenemos es suficiente.

—Ah, ahora sí entiendo—dijo B.


—Sin Teddy esto es una mierda—dijo John no muy educadamente.

Alex pensó que no era el único que lo pensaba. Pero John era el que tenía la valentía para decirlo. Ella se limitó a lanzar un bufido exasperado. Llevaban horas intentando hacer una redacción para Transformaciones y no habían podido avanzar del primer párrafo porque no podían dejar de pensar en Teddy.

Le habían preguntado a la profesora Helena Hart por su amigo, pero ella no les pudo decir nada.

—Es una mierda porque no podemos concentrarnos, no porque él no está—dijo Jonathan. Se notaba que estaba fastidiado. Al punto del colapso porque no podía cohesionar todas las ideas que tenía en mente.

—Da lo mismo—gruñó John —. Sin Ted…

—Si él estuviera aquí, se burlaría de nosotros—dijo Alex.

Justo en ese momento apareció Kate. Llevaba el ceño más fruncido que de costumbre. La coleta con la que se había sujeto el cabello estaba deshecha. Sus mejillas presentaban un horrible color rojo. Y apretaba los puños con ira.

—¿Dónde está?

Alex alzó una ceja.

John esbozó una sonrisa burlona.

—Hola también para ti, Kate. Nosotros estamos bien, ¿y tú?

Jonathan se limitó a levantarse de su asiento y a mirar los libros de una estantería lejana. No pudo sin embargo, evitar escuchar a la chica rubia.

—¿Dónde está Teddy?

—No está aquí—dijo Alex.

—Ya sé que no está aquí, est… —Kate se interrumpió antes de insultar a la amiga de Teddy—. ¿Dónde está?

—No lo encontrarás aquí—le dijo John.

Kate lanzó un gruñido poco femenino.

—¿DÓNDE ESTÁ?

—¡Baje la voz, señorita Anderson!—rugió Madame Pince.

Su enojo en su cara de buitre mal alimentado hacía temblar al más valiente, y Kate no fue la excepción. Ella barbotó una disculpa mientras Madame Pince la hacía irse de la biblioteca, con órdenes expresas de volver sólo cuando hubiese aprendido modales.

—¿Ya se fue?—preguntó Jonathan, volviendo con unos cuantos libros que posó con cuidado sobre la mesa.

—¿Hablas de la banshee que presagiaba la muerte dolorosa de Teddy?—Preguntó John. Alex no pudo evitar sonreír y Jonathan puso los ojos en blanco—. Sí, ya se ha ido.


Notas de la autora:

Espero que hayan disfrutado del capítulo y que me dejen reviews.