Si algo puede fallar, fallará

Había que admitir que encontrar una solución a aquel nuevo contratiempo, parecía considerablemente más complicado. O nos quedábamos ahí por tiempo indefinido, o salíamos y nos convertíamos en un par de gatitos inofensivos. Fuese como fuese, no hicimos nada más durante esa jornada.

Al día siguiente, en cuanto ambos estuvimos despiertos, volvimos al trabajo. Gold reconocía la similitud del hechizo con algunos que él mismo había realizado. Incluso yo recordaba cuando el propio Rumplestiltskin me los había enseñado. Pero había diferencias importantes a tener en cuenta, y las posibles consecuencias imprevistas nos mantenían atados de pies y manos. O eso pensaba yo...

- No sé si es buena idea... - rebatí.

- Llevamos dos días teorizando – me replicó cansado. - Y por muy gratificante que sea la charla contigo - dijo en tono de sarcasmo - en algún momento habrá que probar con algo.

- Vale, quieres abrir un agujero. ¿Puedo preguntar cómo?

- Seguro que recuerdas que una vez estuve en prisión. Así que... digamos que uno aprende a ser previsor – explicó sacando una pluma estilográfica del bolsillo de su chaqueta.

Pese a mis esfuerzos mi cara debió de ser un poema. Traté de rehacerme. La magia podía esconderse en los lugares más insospechados. Si Gold tenía fe en aquello, yo también la tendría.

- Una pluma – me limité a pronunciar.

- Siempre la llevo encima. Es algo discreto que no levanta sospechas – aclaró con naturalidad.

- Y si la has tenido todo este tiempo, ¿por qué no la has usado?

- La guardaba para un caso de urgencia. Sólo puede ser usada una vez.

Aún sorprendida le dejé prepararse y actuar. Contemplé como la pluma levitaba hacia la barrera que se interponía entre nosotros y el exterior. Automáticamente, la cascada se abrió para permitir que el objeto la atravesara sin tocarla. Y el agujero se hizo más y más grande. Sonreí impresionada. No parecía gran cosa pero ciertamente había dado resultado.

De repente, cuando la situación parecía estar mejor, todo se complicó de mala manera. La pluma fue repelida y salió disparada hacia algún lugar de la sala. Después, un rayo del mismo color que la barrera, se dirigió directamente hacia Gold. Su cuerpo se desplomó al instante.

Me quedé quieta, casi petrificada, como si mi mente no entendiera del todo qué había ocurrido. Cuando reaccioné, corrí hacia él y me incliné sobre su pecho. Nada. No se escuchaba nada. Su corazón no latía.

Sentí angustia. Me había quedado sola en esa casa. Estaba encerrada y perdida sin saber qué haría o cómo resolvería aquel acertijo. Negué mentalmente con la cabeza. Tenía que intervenir. Era imposible que con mi poder no pudiera salvarle. ¿Pero cómo? Me serené y pensé con frialdad. Desabroché su camisa y puse mis manos sobre él. Di una descarga y luego otra, pero no surtió efecto. Repetí el proceso rogando por algún resultado. Y entonces... respiró.

- ¿Gold? - le llamé sujetando su rostro. Abrió los ojos y se incorporó ligeramente. Motivada por el alivio y el agradecimiento a ese hombre que no me había abandonado, sentí el impulso de abrazarle. Me frené a tiempo. Por desgracia, no lo bastante pronto para que él no se percatara.

Me miró entre extrañado y confuso. Aunque no pude distinguir si más por haberle salvado, o por ese amago de abrazo. ¿Qué demonios iba a hacer? Ni siquiera éramos amigos. Sólo un par de aliados obligados por las circunstancias.