Esta es una adaptación del Libro "Algo Prestado" de Emily Giffin, con los personajes de mi Saga favorita.
Todos los personajes son propiedad de Suzanne Collins.
Capítulo 10
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No puedo dejar de pensar en Peeta. Sé que no acabaremos estando juntos, que se casará con Delly en el mes de septiembre. Pero me contento con vivir el momento y permitirme el placer diario de pensar solamente en él. Me digo que nada dura para siempre. En especial las cosas buenas. Aunque lo normal es que no te enfrentes a una fecha límite inamovible. Así que esto es lo que hago con Peeta. No voy a rumiar sobre el final a expensas del aquí y ahora.
Esta noche estoy en casa cuando me llama Peeta desde el trabajo para decirme hola y asegurarme que me echa en falta. Es la clase de llamada que un chico hace a su novia. Nada encubierto ni complicado. Hago como si estuviéramos juntos de verdad. El teléfono vuelve a sonar un segundo después de que hayamos colgado.
—Hola —digo, en voz muy baja, pensando que solo es una nueva llamada de Peeta.
—¿Qué voz es esa? —pregunta Delly, trayéndome de golpe de vuelta a la realidad.
—¿Qué voz? —pregunto a mi vez—. Solo estoy cansada. ¿Qué tal va todo?
Se lanza a darme los detalles de su última crisis en el trabajo, que no suele ser nada más importante que un atasco de papel en la fotocopiadora. Esta vez no es una excepción. Un error de imprenta en un folleto para la inauguración de un club. Resisto el impulso de decirle que el público al que va destinado no se dará cuenta de una falta de ortografía y, en cambio, le pregunto quién va a ir a los Hamptons este fin de semana. Noto que mis sentidos se agudizan, esperando oír el nombre de Peeta. Ya me ha dicho que va a ir y me ha convencido para que yo vaya también. Dice que será incómodo, pero también valdrá la pena, que tiene que verme.
—No estoy segura. Es posible que Joanna tenga amigos aquí. Peeta sí que viene.
—¿Ah, sí? ¿No tiene que trabajar? —pregunto, sonando un poco demasiado sorprendida.
Noto una punzada de preocupación, pero Delly no se ha dado cuenta de lo falso de mi tono.
—No, acaba de terminar no sé qué trabajo importante —dice.
—¿Qué trabajo?
—No lo sé. Un trabajo.
El trabajo de Peeta aburre a Delly. He observado la manera en que puede hacer que se calle, interrumpiéndolo en mitad de algo que está contando, para pasar a hablar de sus propios e insignificantes intereses. ¿Estoy gorda? ¿Me sienta bien esto? ¿Irás conmigo? Hazlo por mí. Tranquilízame. Yo, yo, yo.
Ahora se está riendo a carcajadas, contándome otra historia que le ha pasado. Me duelen los oídos. Me viene a la mente la palabra «estridente» y mientras estudio mi reflejo otra vez, decido que aunque estoy lejos de ser guapa, quizá tengo una suavidad de la que ella carece.
Es jueves, el día antes de irnos a los Hampton. Peeta está conmigo. Habíamos acordado esperar hasta la semana que viene para vernos a solas, pero los dos hemos acabado pronto de trabajar. Y bueno, aquí estamos, juntos de nuevo. Ya hemos hecho el amor una vez. Ahora estoy con la cabeza apoyada en su pecho. Cuando respira, su pecho me levanta la cara ligeramente. Ninguno de los dos habla durante un buen rato y luego, de repente, él pregunta:
—¿Qué estamos haciendo?
Aquí está. La Pregunta.
Lo he pensado cientos de veces, expresando la cuestión exactamente igual que él, con la misma entonación, el mismo hincapié en la palabra «haciendo». Pero cada vez le doy una respuesta diferente:
Obedecemos a nuestros corazones.
Corremos un riesgo.
Estamos locos.
Somos autodestructivos.
Somos lujuriosos.
Estamos confusos.
Nos estamos rebelando.
Él tiene miedo del matrimonio.
Yo tengo miedo de estar sola.
Nos estamos enamorando.
Ya estamos enamorados.
Y la más corriente: no tengo ni idea.
Esta es la que le ofrezco.
—No lo sé.
—Yo tampoco —dice él, en voz baja—. ¿Deberíamos hablar de ello?
—¿Tú quieres que hablemos?
—No mucho —contesta.
Me siento aliviada de que no quiera. Porque yo tampoco quiero. Me preocupa demasiado lo que podamos decidir. Cualquier elección es pavorosa.
—Pues no hablemos. Ahora no.
—Entonces ¿cuándo? —pregunta.
Por alguna razón digo:
—Después del cuatro de julio.
Suena arbitrario, pero esa fecha siempre ha sido una especie de punto de referencia. Aunque, después del cuatro de julio, todavía queda más de la mitad del verano, la parte que sigue es la mitad más rápida, la parte que pasa volando. Junio, aunque un día más corto, da la sensación de ser mucho más largo que agosto.
—De acuerdo —dice.
—Nada de examinar nada hasta el cuatro de julio. —Establezco la regla claramente, como lo haría al principio de un examen de derecho.
Mi voz es firme, aunque no estoy segura de qué acabamos de decidir. ¿Qué el cuatro de julio romperemos? O quizá... no, no puede pensar que lo que yo quiero decir es que será entonces cuando él le diga a Delly que no puede casarse con ella. No, esto no es lo que acabamos de decidir. Hemos decidido, sencillamente, no decidir nada. Eso es todo.
Sin embargo, haber elegido un día me asusta. Trato de calcular el número de horas que nos quedan antes del cuatro de julio. Cuántas noches tendremos juntos. Cuántas veces haremos el amor.
Me gruñe el estómago. O tal vez es el suyo. No lo sé porque estoy pegada a él.
—¿Tienes hambre? Podemos encargar comida —digo y lo beso en el pecho—. O puedo preparar algo.
Me imagino improvisando algo rápido y sabroso. No sé cocinar, pero aprendería. Sería una esposa excelente, que alimentaría el cuerpo y el espíritu de mi esposo.
— No quiero desaprovechar el tiempo, no ahora… No quiero perder este valioso tiempo comiendo — Dice mientras besa delicadamente mis labios — Tomare algo en camino —Ahora baja sus labios por mi cuello y yo me aferro a su espalda —Ahora solo quiero sentirte cerca.
Al día siguiente le pregunto a Peeta si tuvo algún problema cuando volvió a casa. Es una pregunta vaga, pero él sabe qué le pregunto. Dice que Delly no estaba en casa cuando llegó, así que tuvo tiempo de ducharse, eliminar mi presencia de él, a su pesar. Dice que Delly le había dejado un mensaje. «Son las once y no contestas al móvil ni al teléfono del despacho. Probablemente tienes una aventura.»
Es su habitual acusación, hecha medio en broma, cuando Peeta trabaja hasta tarde. Le pregunta si tiene un lío, sin creerse en absoluto que él hiciera una cosa así. Cambia de persona cada vez, seleccionando al azar un nombre de mujer de la oficina.
Pienso en Peeta volviendo a casa anoche. Toda una escena se desarrolla en mi mente; Peeta entrando sin hacer ruido, corriendo a ducharse y acostarse, esperando oír la llave girando en la cerradura, fingiendo estar dormido cuando Delly entre en la habitación. Ella se queda de pie junto a la cama, mirándolo.
—¿Qué tal tu cita? —le pregunta en voz chillona y seca.
Él se frota los ojos con los puños, como hacen todos en televisión cuando los despiertan de un sueño profundo.
—Hola —dice, cansinamente y luego finge que se ha vuelto a quedar dormido.
Delly se acurruca junto a él en la cama, diciéndole:
—Te quiero.
A él se le tensa la mandíbula, pero se lo dice también él. Se queda dormido pensando en mí. Pensando que la barbilla de Delly se le clava, demasiado angulosa, contra el pecho.
Los estoy mirando en la playa, junto al agua.
Delly y Peeta están juntos bajo el sol de junio, un sol no demasiado caliente. Este fin de semana es el primero que los veo juntos desde que Peeta y yo hicimos el amor, sobrios y conscientes. Llevo puestas las gafas de sol para poder estudiarlos, sentada en la toalla, sin que se note.
Peeta ha estado nadando un poco, aunque el agua está helada. Ahora están hablando, muy juntos. Quizá le está diciendo lo fría que está el agua. Ella se acerca, vacilando al borde del mar, justo lo suficiente para dejar que el agua le cubra los pies. Los dos sonríen. Peeta le tira agua con el pie contra las pantorrillas y ella chilla, se da media vuelta y se aleja unos pasos. Veo cómo se tensan los músculos de sus piernas largas y bronceadas. Lleva el biquini que la hace parecer desnuda. Tiene el cabello suelto y se le alborota alrededor de la cara. Él se ríe y ella levanta el índice como si fuera a amonestarlo; luego camina de nuevo hacia él. Están jugueteando, con todas las de la ley. Me duele mirarlos, pero no puedo dejar de hacerlo. No puedo apartar los ojos de ellos.
Me parece que están montando un espectáculo. Bueno, Delly siempre monta espectáculos. Pero Peeta participa de buen grado. Seguramente sabe que todos los estamos mirando. Que yo los estoy mirando. Siempre es así cuando formas parte de un grupo y alguien decide irse a nadar o camina hasta el agua. El mar es como un escenario gigante. Es natural que los demás miren, aunque sea solo un momento. Peeta debe de ser consciente de ello; sin embargo, está metido por completo en el juego de pareja. Debería estar en su toalla, rumiando, dormitando o leyendo una novela, algo sombrío, para darme la impresión de que está confuso, disgustado, desgarrado. Pero, en cambio, está salpicando a Delly y sonriendo.
Gale hace bocina con las manos y les grita:
—¿Está muy fría?
—¡Super fría! —anuncia Delly, acariciando la espalda de Peeta, mientras él da un informe muy masculino:
—No, está bien. ¡Ven, anda!
La ira se mezcla con el dolor. Es la primera vez que lamento haberme acostado con Peeta. Me siento estúpida; de repente estoy segura de que para él no significó prácticamente nada. Las lágrimas se me agolpan en los ojos mientras me obligo a darles las espalda y me pongo los auriculares. Me ordeno no llorar.
Antes de que pueda pulsar play, Gale me pregunta qué estoy escuchando. Solo lo he visto una vez desde nuestra cita y no fue más que un almuerzo rápido entre semana, cerca del despacho, pero hemos hablado varias veces y una conversación duró más de una hora. La única razón de que no haya habido una cita número dos, al menos que él sepa, son solo las circunstancias. Estoy ocupada, él está ocupado. El trabajo ha sido de locura. Lo habitual. Así que la puerta sigue abierta de par en par, algo de lo que me alegro mucho. Necesito concentrarme más en él. Es posible que llegue a sentir algo por él cuando deje atrás a Peeta. Sonrío y digo:
—Tracy Chapman. ¿Quieres oírlo?
Le paso los auriculares justo cuando Peeta y Delly se acercan a nosotros. Gale escucha unos segundos.
—Es bueno. —Me devuelve los auriculares y saca una Coca-Cola de la nevera—. ¿Quieres un sorbo? —pregunta, en el momento en que Peeta y Delly llegan.
Le digo que sí, cojo la lata y seco el borde con el filo de la toalla después de beber.
Él dice, con una mirada cómplice y bobalicona:
—No me importan tus gérmenes. Tú ya me entiendes.
Me río y muevo la cabeza, como diciendo, «Gale, pedazo de tonto».
Gale me guiña el ojo. Me río otra vez.
El momento es de lo más oportuno. Peeta oye toda la conversación. No lo miro. No lo miraré.
—¿Alguien más va al agua? —pregunta.
—Todavía no. No tengo el suficiente calor.
Gale dice que odia nadar, en especial en agua helada.
—Por favor, aclárame cómo puede ser divertido.
Delly suelta una risita.
—No es divertido. ¡Es una tortura!
Yo no digo nada; solo pulso el botón de play en mi Ipod.
—¿Y tú, Katniss? —pregunta Peeta, aún de pie a mi lado.
No le hago caso, fingiendo que el volumen está demasiado alto y no lo he oído.
Delly y él vuelven a sus toallas, al otro lado. Delly se quita la arena de los pies y los tobillos, mientras que Peeta se sienta, con las piernas cruzadas, mirando al mar. Veo su hombro y su espalda por el rabillo del ojo. Me esfuerzo en no pensar sobre su piel suave y la sensación que me produce su contacto. No volveré a sentirlo. Me digo que no es el fin del mundo. Es mejor así.
Aquella noche, antes de la cena, mientras me estoy vistiendo, Delly viene a mi habitación a ver si tengo un rizador de pestañas. Le digo que no, que no tengo rizador de pestañas. Se sienta en mi cama y suspira, mientras sus rasgos adoptan una expresión soñadora.
—Acabamos de hacerlo y ha sido fabuloso —dice.
Me esfuerzo por mantener la compostura.
—¿Ah, sí? —Sé que estoy abriendo la puerta para que me cuente más cosas.
La cara me arde. Espero que Delly no se dé cuenta.
—Sí, ha sido fenomenal. ¿Nos has oído? —Es típico de Delly dar detalles así.
Siempre ha sido explícita en sus informes sexuales. Te dice qué palabras se dijeron en el momento del orgasmo. Siempre la he escuchado, por lo general me he reído y, de vez en cuando, he disfrutado de sus historias. Pero hace tiempo que esos días se han acabado.
—No. Debía de estar en la ducha —digo.
—Claro. Nosotros también estábamos en la ducha. —Se peina con los dedos y luego mueve la cabeza de un lado a otro—. Wow. No habíamos tenido algo así desde hacía meses.
Pienso en sus cuerpos húmedos apretados uno contra el otro y no soy capaz de decidir a quién odio más.
Es tarde, más de las dos de la madrugada. He evitado a Peeta toda la noche, en casa y luego en la cena. Ahora estamos en el Talkhouse. Acabo de pedir dos cervezas, una para mí y otra para Joanna, cuando Peeta se reúne conmigo en el bar.
—Hola, Kat —dice.
Estoy bebida y llena de cinismo. El alcohol ha secado mi dolor, dejando solo resentimiento y rabia. Son emociones más fáciles de manejar, menos complicadas.
—¿Sí?
—¿Qué haces? —pregunta, tranquilamente.
—Nada —le suelto, dando media vuelta para marcharme.
—Espera un momento. ¿Adónde vas?
—A llevarle la cerveza a Joa.
—Quiero hablar contigo.
—¿De qué? —pregunto, con voz gélida.
—¿Qué te pasa?
—No me pasa nada —digo, deseando que se me ocurra algo mordaz y vengativo.
No tengo mucha práctica en cuanto a ser mala, pero parece que mi tono de voz funciona, porque Peeta parece dolido. No tan dolida como yo hoy en la playa o durante el informe sexual de Delly. No lo bastante herido. Enarco las cejas, mirándolo con una cierta aversión, como si dijera: ¿Sí? ¿Puedo ayudarte en algo?
—¿Estás... estás furiosa conmigo?
Me echo a reír... no, es más una risotada.
—¿Lo estás?
—No, Peeta, no estoy furiosa contigo —digo—. En realidad no me interesas lo más mínimo. Ni lo que hagas con Delly.
Ahora sabe que yo lo sé.
—Katniss... —empieza, aturullado — Yo… no… ella empezó todo… no se…
—Me ha dicho que había sido el mejor polvo de toda su vida —digo y me alejo, dejándolo solo en el bar— ¡Buen trabajo. Felicidades!.
Incluso aunque estoy ebria, sé que no tengo ningún derecho de enfrentarme a Peeta así. Lo único que ha hecho es acostarse con su novia. No me ha prometido nada; se suponía que no íbamos a hablar de esto hasta el cuatro de julio. No ha habido falseamiento material. En realidad no ha habido falseamiento material ni de otro tipo. Estoy en esta situación por mi propia decisión, no me han engañado. Pero sigo odiándolo.
Busco entre la multitud, tratando de encontrar a Jo. Peeta me sigue y me coge por el brazo justo por debajo del codo. Dejo caer una de las cervezas y la botella se rompe.
—Muy bien. Mira lo que has hecho —digo, mirando al suelo.
—Te traeré otra.
—No te molestes.
—Katniss, por favor... No pude evitarlo. Fue Delly, te lo juro.
De repente, Joanna aparece a nuestro lado.
—¿Qué pasa?
—Nada —responde Peeta rápidamente—. Katniss está furiosa conmigo por haberle tirado la cerveza.
—Puedes tomarte la mía —dice Joanna.
—No, ten, coge esta —digo, dándole la otra botella.
A regañadientes, la coge y pregunta dónde está Delly.
—Justo la estábamos buscando —digo.
Miro a Peeta. Está tratando de cubrir las apariencias delante de Joanna, pero no lo está haciendo demasiado bien. Tiene los ojos llenos de preocupación y los labios tensos. Apuesto a que no tenía esa cara en la ducha.
Se acabó, digo para mis adentros, con el dramatismo de una mujer ofendida. Luego miro alrededor, buscando a Gale. El encantador Gale, que me ofreció su Coca-Cola y que no está prometido a nadie.
Holas! me di un tiempito para actualizar. Gracias por leer, por dejar sus comentarios y por su apoyo!
Espero que esten Super Bien! Besos y aBrashos! =D
