El líder que hay en ti

La lluvia hace varios días que no arrecia. Lady Aeducan adora la lluvia, para ella todavía resulta extraño y a la vez milagroso que el cielo pueda derramar tanta agua.

Decide acercarse hasta la tienda de Morrigan. Como cada noche, desde hace tres días, la enana y la bruja mantienen el mismo ritual, ella suplica que le proporcione las hierbas que, en infusión aliviarán el resfriado de Leliana y Morrigan, a regañadientes, acepta dárselas.

Ambas interpretan un rol, pues Lady Aeducan sabe que la bruja por iniciativa propia acabaría facilitándoselas ella misma a la bardo, pero eso la haría sentirse débil.

No, así es mucho más sencillo para todos.

Morrigan resopla.

Sigue su mirada. Unos metros más allá, Alistair juega con el mabari dentro de la tienda.

─¿Qué ocurre Morrigan?

─¿Eres consciente de que él es el más veterano y aún así la responsabilidad del grupo recae sobre ti?

Unos segundos de silencio se imponen entre las dos mujeres.

─¿Realmente lo ves así? Somos un equipo. Todos aportamos y decidimos. Así al menos es como yo lo recuerdo.

Ha aprendido que Morrigan aprecia la charla, mas sólo cuando esta es sincera y pragmática. También gusta del silencio, el contemplativo y reflexivo silencio, no el constante y vacío como el que suele buscar Sten.

Ahora, completamente calladas, miran a Alistair, cada una desde su perspectiva. La una con desprecio, la otra bajo el prisma militar.

Se puede decir que no ha sido por mucho tiempo comandante de Orzammar, pero a pesar del corto período del cargo, su entrenamiento para tal fin duró años. Ha convivido con muchos soldados, ha aprendido a observarlos y analizarlos. Es una de las cosas que se esperaba que hiciese cuando dirigiese las tropas.

Alistair es un buen soldado, no hay más que verlo en el campo de batalla, pero es un soldado que sólo cumple órdenes y que necesita siempre dirección. Denota una gran falta de confianza, baja autoestima. Simplemente necesitan reforzar más esta parte de él. Con un poco más de arrojo está convencida de que será un gran líder.

Entre pucheros

─¿Por qué hay una piedra en mi comida?

Entre sus dedos, Leliana sostiene un pequeño guijarro.

─Quizás fuese en medio de alguna seta.

─Un momento, un momento, ¿cuándo hemos recogido setas?

Lady Aeducan advierte todas las miradas posadas en ella. Se siente enrojecer.

─Las recogí esta mañana, había muchas a lo largo del bosque.

─Poseo venenos mucho más benevolentes que esta comida ─. Morrigan es la primera en dejar su plato en el suelo.

El día para el grupo comenzó al rayar el alba. Durante el desayuno, Lady Aeducan propuso que Alistair saliese en avanzadilla con Sten. Pensaba que con estas tareas de exploración, el guardia gris conseguiría fortalecer la confianza en sí mismo.

Morrigan insistió en ir también pues no se fiaba del ex templario. En el campamento se quedaron ella y Leliana, la cual dormía, pues se hallaba en estado febril.

Sten le dejó la lumbre prendida, también un conejo. Alistair le explicó cómo guisarlo. Por primera vez en su vida iba a cocinar.

Fue más fácil de lo que en realidad creía. Tan sólo hubo de sacarle la piel al conejo, cortarlo y mezclarlo en la olla con los otros ingredientes. Lo más complicado fue mantener el fuego encendido, por más que lo intentó, éste no paraba de hacer humo.

Al ir en busca de agua vio montones de setas. En Orzammar existen muchos platos que llevan champiñones y setas. Así que no pudo evitar coger unas pocas. Los intestinos del conejo se deshicieron y comenzaron a pegarse al fondo del puchero, por suerte, pudo arreglarlo añadiéndole más agua al guiso.

A pesar del orgullo que ella misma sentía cuando vio la comida acabada, lo cierto es que debía darles la razón a sus compañeros, pues el resultado no había sido lo que esperaba. Y desde luego, distaba mucho de los delicados manjares que en Palacio había comido.

─No todas las setas pueden comerse. Las hay venenosas e incluso mortales. No puedes cogerlas para cocinarlas sin más. Al menos no sin supervisión.

─Aunque me duela decirlo, Morrigan está en lo cierto ─. Es la primera vez que ve a Alistair ponerse de parte de la bruja. Los demás asienten en silencio.

Excepto Morrigan, que apenas sí había probado bocado, aquella tarde todos se ven afectados por causa de lo ingerido.

Alistair había visto indicios del clan de los dalishanos aquella mañana. Al enfermizo paso que llevan, cuentan de alcanzarlos al alba. Con un poco de suerte, contarán entre ellos con alguien que posea dotes de curación, pues Morrigan comprende mucho de venenos pero apenas nada sobre antídotos o cataplasmas curativas.

Bienvenidos

Los dalishanos les ofrecen una gran bienvenida al dispararles flechas a los pies en cuanto los ven llegar. Y Morrigan no puede culparlos por ello, no teniendo en cuenta la crueldad a la que durante siglos los habían sometido los humanos; mucho menos cuando es consciente de la maldición que atenaza al clan y, el mal aspecto que ellos mismos traen debido a la intoxicación.

Han conseguido llegar con los primeros rayos de sol, tras apenas haber dormido dos horas. Leliana es la más afectada. Sten carga con ella. Morrigan, por ser la que con mejor estado de salud cuenta, dirige el grupo.

Se ha pasado la vida deseando salir de la espesura para ver ciudades y océanos, cuando al fin lo ha conseguido, irónicamente, acababa de nuevo rodeada de maleza y naturaleza salvaje, lidiando con tercos elfos a fin de que puedan ayudarse mutuamente.

No es fácil, además, ella no posee el don de la elocuencia, pero bastan unas palabras mágicas ─somos guardas grises─ para que decidan llevarlos ante el custodio del clan, un poderoso hechicero. Lo sabe nada más tenerlo delante.

El campamento elfo exhala el olor de la derrota y la desesperación. Tienen miedo, han dejado de creer en sí mismos. Puede leerse en sus rostros, incluso en el de los niños.

En aquellos días que hann de permanecer inactivos, recuperándose, Morrigan tiene tiempo de observar a los enfermos afectados por la maldición, también al custodio. Y sabe que allí se callaba más de lo que se cuenta.

Pero ella no es la más indicada para hurgar en los secretos o motivos de nadie. No, lo más prudente es ver, oír y callar. Pero por encima de todo, estar alerta, siempre alerta.

Apertura

Patas Rápidas le informa de que el clan de los dalishanos se aproxima a Brecilia.

La Dama del Bosque sabe que es hora de poner en marcha el arriesgado plan hace tantos años concebido. Un acto de desesperación sin lugar a dudas, pero necesita que el custodio Zathrian la escuche y, si para ello ha de infectar a inocentes elfos con la maldición, eso es lo que hará.

Los remordimientos y las dudas le asaltan. Si hasta ella ha podido desarrollar ese grado de conciencia, no duda de que Zathrian también pueda sentir inquietud por la barrera de odio entre humanos y elfos que tan generosamente ha contribuido a levantar.

Ya no hay marcha atrás, la infección de los hombre lobo debe continuar expandiéndose entre los elfos dalishanos si quieren erradicarla para siempre.

Zathrian ha de recorrer una vez más la dolorosa senda del pasado para comprender y perdonar.

Preludio

En silencio siguen las huellas de un jabalí. Acuclillado observa un helecho. Las gotas de rocío han desaparecido de sus hojas. Señal de que van bien encaminados. El animal ha pasado por ahí.

No hay nada más excitante que la caza. La adrenalina que recorre todo su ser le evoca la imagen de Rea bajo él. Sonríe al pensar en que quizás, esta noche, al igual que la anterior, puedan compartir tienda.

Los hombres que lo acompañan y él, regresan jubilosos al clan tras casi todo el día de caza. Pero al acercarse escuchan los lamentos de las mujeres.

Se miran unos a otros desconcertados. Aceleran pues el paso.

La custodia les espera para hablarles. Zathrian nota miradas lastimeras sobre él. Un desasosiego se instala en su interior. Desasosiego que ya jamás le abandonará.

Él y los otros cazadores escuchan lo sucedido: después de comer, algunos de los chicos han ido a nadar al río, a unos pocos pasos del campamento. Todavía no han vuelto. Las indagaciones que han hecho en el clan les han guiado hasta el asentamiento humano del bosque.

Anochece y un grupo armado de elfos sale en dirección al poblado shem.

Aria del sauce yermo

Cithra ha heredado los ojos azules de su madre, el cabello negro y la sonrisa de su padre. Como tantas otras veces, acompaña a su hermano y a otros chicos al río.

El agua está fresca, es cristalina. Juegan y ríen despreocupados. Sobre ellos, el brillante sol arranca destellos a sus cabezas.

Cithra se sumerge bajo el agua y, al salir de nuevo a la superficie escucha algo. No ha sido la única, pues ahora los muchachos callan oteando los alrededores.

Aparecen de repente, son shemlen y son demasiados. Los rodean e intentan obligarles a salir del agua.

Todos chillan al ver cómo disparan dos flechas a uno de los chicos, una en cada hombro.

Comienza entonces el caos. Algunas saetas vuelan clavándose en carne de elfo. Humanos que se introducen en el agua para arrastrarlos fuera, amigos que intentan socorrer a amigos tratando de evitar que se ahoguen.

Cithra chilla mientras tiran de ella sin piedad, sujetándola por el cabello. Ve a su hermano correr en su ayuda, pero una flecha le atraviesa certeramente el muslo impidiéndoselo.

Un oscuro manto cae sobre la vida de Cithra, del que ya no se podrá desprender. Esa tarde se alargará demasiado, algunos recuerdos se borrarán de su mente, otros permanecerán y, algunos persistirán borrosos en lo poco que le queda de existencia.

Una vez más volverá a cruzar la mirada con su hermano, cuando los dos no sean más que una sombra de lo que fueron, casi al ocaso, en el asentamiento shem. Él agoniza cubierto de sangre, con la cara hinchada, sin orejas, ─ las cuales, con seguridad, adornen un cuello humano─ y con la flecha todavía atravesándole el muslo. Probablemente tenga también huesos rotos, no puede saberlo con certeza ni tampoco preguntar. No es que ella se halle en mejores condiciones, tiene los labios amoratados, las lágrimas mezcladas con la sangre le han hecho surcos de suciedad en el rostro. Uno de sus tobillos está abotargado y, a esa hora, ya ha sido forzada al menos cinco veces; tras la quinta se desmayó perdiendo así la cuenta.

La agonía dista mucho de acabar, todavía han de pasar largas horas hasta que los del clan les encuentren. Los chicos que todavía respiran se hallan más al borde de la muerte que de la vida.

Rea es la primera en verla, se queda estática en la puerta, observándola enmudecida. Cithra puede ver el horror pintado en aquellos ojos que la miran, en su expresión facial. Tras ella aparece Zathrian, su padre. Se agacha a su lado y la cubre con una capa. Rea no cesa de murmurar:

─Es solo una niña, es solo una niña...

Cithra no puede avergonzarse por los pocos jirones que la mantienen medio desnuda, ni siquiera llorar. Sus lágrimas hace horas que se secaron, ha pasado de ser un sauce llorón a un sauce yermo.

Ni uno solo de los muchachos es allí abandonado. Todos son recuperados, ya sean cadáveres o simples cascarones rotos que otrora albergaron inocente vida.

En el campamento les aguardan para emprender la marcha hacia otras tierras. Tratando de evitar que los sigan incendian unas pocas chozas shem.

Una semana después, el agua le devuelve a Cithra el reflejo de una joven desconocida, con el labio partido, con unos ojos azules que destilan tristeza y vacío. Tiene dolor abdominal, al principio piensa que ese mes su menstruación va a ser muy dolorosa, pero tres semanas más tarde la sangre no llega y el dolor persiste, se hace más intenso. Es entonces cuando comprende. Un hijo crece en su vientre, está echando raíces en ella.

Se siente cansada, incapaz de luchar, de enfrentarse a lo que vendrá.

"No", se dice, "yo morí aquella tarde en el río, continuar mi peregrinaje por la vida terrenal es tan solo una agonía innecesaria".

Tocata y fuga

Por vez primera desde lo sucedido, Cithra abandona su mutismo, de sus labios escapa la canción que su hermano y ella cantaban las noches de tormenta antes de dormir. Así que, Zathrian sale del carromato, va a recoger manzanas, porque a pesar de lo que ha sucedido deben comer. La vida sigue.

Al regresar, su hija duerme sobre unas pieles.

Guarda las manzanas y luego se sienta al lado de Cithra. Aunque aparentemente de espaldas parece que duerme, al contemplarla de frente, sus ojos miran inertes a la nada. Un frasco con ponzoña reposa a su lado.

Zathrian la toma en brazos, chilla y la zarandea, pero la muerte no responde a estímulos de ningún tipo.

Pide a la custodia que le conceda una semana de soledad, para poder asimilar el dolor. Pero lo que realmente desea es venganza. Solo, sin nada que perder, porque ya todo lo que tenía lo ha perdido, regresa al bosque de Brecilia.

Ahora se arrepiente de haber quemado tan solo unas pocas casas, deberían haber arrasado con todo el poblado de esas bestias. Pero los humanos no son los únicos culpables, no, la culpa también recae sobre el espíritu del bosque. Es el responsable de vigilarlo, de cuidar de todas sus criaturas, en vez de esi ha permitido que el horror sucediese.

Contra él y contra los shem dirige su ira. No tiene piedad y es por ello que vierte su propia sangre para sellar el destino de Brecilia y de sus habitantes.

Nadie es testigo, tan solo él y el espíritu. El clan tardará muchos años en regresar por allí, para cuando lo hagan, ya él será el custodio y no quedará casi nadie vivo que recuerde la tragedia que allí ocurrió. Pero Zathrian, él se niega a olvidar.

Sonata de primavera

Apenas ningún recuerdo preserva de cuando todavía era un espíritu. Sabe que su misión consistía en cuidar la flora y fauna de Brecilia. Puede evocar situaciones concretas de la gente que allí vivió, pero, hasta que no tomó forma corpórea fue incapaz de sentir.

Durante los primeros siglos estuvo perdida, pues había nacido del odio de Zathrian, su lado más salvaje no dejaba lugar al raciocinio. Según el tiempo pasaba la ira fue menguando.

El deseo por recuperar su yo pasado se abrió paso en el corazón.

Si un espíritu nacido del odio podía comprenderlo ¿por qué Zathrian no? Inamovible es la terqueza que lo impulsa a continuar viviendo en el dolor y el rencor. La hojarasca de recuerdos lo envuelve en su interior, negándose a dejarlo partir.

Los guardas grises tratan de razonar con él, no conciben matarlo si pueden salvarlo. Por primera vez en siglos, Zathrian se viene abajo, permite que el alto muro que ha levantado en su interior se derrumbe.

Y por fin, la Dama del Bosque podrá volver a la nada de la que nunca debió salir.

Cierre

Es la segunda vez que ve a un padre sufrir. El primero ha sido el suyo, pero sin lugar a dudas, Zathrian se ve más perjudicado.

La desesperanza transforma a los hombres, moldeándolos con el barro del odio.

Y por primera vez desde su caída, Lady Aeducan siente que debe dar gracias a la Roca por ser tan afortunada. Ahora posee un lugar que, aunque itinerante, puede llamar hogar.

Observa en silencio a sus compañeros. Siempre ha tenido sirvientes, ahora depende de la gente con la que viaja, que en el poco tiempo que se conocen han demostrado ser más dignos que muchos familiares advenedizos que la han rodeado. Cocinan para ella, incluso Leliana la peina, pues ella es incapaz de mantener el cabello tal y como se lo cuidaban en la Corte.

No hay nada como convertirse en testigo de una desgracia para ser consciente de lo que se posee, de los errores que se cometen.

Alistair cierra los ojos de Zathrian.

─Me gustaría poder enterrarlo en el mismo lugar donde descansan sus hijos.

─A mí también ─dice mientras le coloca la mano en el brazo al guarda ─, desgraciadamente no sabemos dónde se hallan sus restos.

El ex templario la mira con desolación. Una punzada de culpabilidad la atraviesa. Ha perdido a Duncan en Ostagar, por lo que sabe era como un padre para él y ella, tan egoísta siempre y empeñada en reunirse con Gorim, ni siquiera ha tenido la decencia de hablar con él en profundidad sobre Duncan.

"Quizás, vaya siendo hora de que comience a comportarme como una auténtica hermana, pues ahora él es mi familia".