DISCLAIMER: los personajes de Once Upon a Time no me pertenecen.
N/A: Dios, cuánto tiempo. Juro que hasta yo me dí cuenta. Me da un poco de miedo el poco tiempo que tengo para hacer esto y también las ganas de no solo terminar esta historia, sino de comenzar la traducción de otra!
Pero como se que el que mucho abarca poco aprieta, primero terminaré Trece Horas antes de empezar con cualquier otra cosa :)
Por otro lado ¡Ya hemos llegado a la hora trece! Pero eso no significa el final de esta historia, todavía falta un poco!
Les agradezco muchísimo los comentarios, y ya las dejo leyendo :) Un saludo!
HORA TRECE - 7:00 A.M.
Regina entraba y salía de la conciencia durante bastante tiempo antes de terminar de despertar por completo. No podía decir que se sentía despejada y sabía que no podría dormir demasiado tiempo en el duro suelo. La incomodidad y el calor familiar de Emma en su brazo conspiraron para ponerle fin a la siesta, no mucho después de que comenzara. La cabeza se Emma se apoyó pesadamente en su pecho y su brazo todavía seguía apoyado sobre la cintura de Regina. Sus pechos se apretaban al costado de la morena, lo que provocó un destello del recuerdo de su amor. Regina se estiró para poder depositar un suave beso en la parte superior de la cabeza de Emma. Aspiró la dulce fragancia de su champú mezclado con su sudor.
–¿No puedes dormir?– murmuró Emma.
Regina se sacudió un poco al sonido de su voz, se sorprendió al verla despierta. Ella le dio un abrazo suave.
–No, lo siento si te desperté.
Emma levantó la cabeza del pecho de Regina, parpadeando hacia ella con ojos cansados.
–No lo hiciste. –dijo.
–Lo siento, si te moleste así. Esto tomó mucho de mí.
–Vamos a ser rescatadas pronto.
Regina miró su reloj de pulsera. Eran las siete. Leroy estaba sin duda de camino al trabajo.
–Incluso si se tratara de una cómoda cama, no sé si pudiera haber dormido. Creo que todavía estoy un poco excitada.
Emma aliviada en una sonrisa tierna.
–¿Sobre hacer el amor?
–Sobre todas las cosas. No puedo dejar de pensar. Y no estoy acostumbrada a estar tan cerca de alguien más. Sólo quiero tocarte todo el tiempo.
Emma acarició la mejilla de Regina con el dorso de su mano, acercándose para darle un breve beso.
–Entiendo.
–¿Y tú? ¿Es eso lo que sientes, también?
Regina cubrió el oído delicado de Emma con la mano. Ella era tan suave.
–Si.– dijo Emma. –Estoy emocionada, también.
–No puedo creer que sólo hemos estado aquí durante doce horas–, susurró Regina. –Me siento como una persona completamente diferente.
–Eres la misma persona. Sólo... más valiente.
–No, soy diferente.
Regina se adelantó, tomando los labios de Emma en un beso ligeramente más largo, más profundo. Quiso quedarse en aquel beso para siempre. Emma se sentía como un milagro, poniendo su vida patas arriba toda la noche. La idea de volver a sus viejos hábitos hacía sentirse mal del estómago.
–Estoy mejor por haberte conocido.
Emma Inició, otro beso, sin embargo éste se prolongó durante un par de minutos. Terminó con un gemido de satisfacción, echándose hacia atrás para sonreír a Regina.
–Así que, ¿cuáles son tus planes para después de salir de aquí? –preguntó Emma.
–¿Esta mañana? –Ella esperaba que la incluyeran. Incierta, Regina pretendió cubrirse. –¿Cuáles son los suyos?
Emma miró hacia abajo en el pecho de Regina.
–¿Crees que estarás trabajando en esa propuesta tuya?
–¿Qué propuesta? –preguntó Regina.
Al instante, la tensión de Emma se alivió y lanzó una carcajada. Alzó la vista a Regina con ojos brillantes.
–Maldita sea, aquella "propuesta importante" parece que fue degradada rápido.
–Oh sí, aquella propuesta.
En este punto, el trabajo que había estado haciendo cuando Emma irrumpió en su oficina la noche anterior no tenía sentido. O al menos, no estaba en su programa para el resto del día. Sonrió a Emma.
–La propuesta puede esperar definitivamente. Cambiaron mis prioridades, ¿verdad?
La cara de Emma brilló con el placer tranquilo.
–Creo que algo acaba de convertirse en algo más importante que la gestión de proyectos.
La sonrisa de Emma le mostró a Regina que cada momento que había vivido alguna vez, antes de aquel instante, había sido incompleto. Porque ninguno de ellos incluía aquella mirada de alegría pura en la cara de su amante. Aturdida, tomó la mano de Emma casi con miedo de dejarla ir. El miedo puso en duda todo lo que sentía. De alguna manera no parece posible que puedan abandonar esta mágica burbuja suspendida entre pisos para pronto volver a la vida cotidiana, dejando todo atrás. Sus ojos se encontraron con los de Emma, en busca de algo más que la pasión y ternura que veía.
–¿No se sientes abrumada? – le preguntó a Emma.
Regina sacudió la cabeza, negándose a echar a perder aquel estado de ánimo sin preocupaciones. Tal vez no era más que una pesimista nata. La mañana se acercaba a ellas y con todo lo que traería, empezó a pensar como la Directora de Proyecto que era. ¿Cómo funcionaría esto? Eran dos personas muy diferentes. Emma era extrovertida y cálida, y trabajaba como bailarina en clubes de hombres. ¿Era algo con lo cual Regina podría enfrentarse si comenzaban una relación? Una cosa era no tener prejuicios acerca de cómo los extraños se ganaban la vida pero ¿su novia? Regina tenía que ser honesta consigo misma, la idea la hizo sentir muy incómoda. Emma le tocó el brazo.
–¿Lo estás tú?
–¿Abrumada? Sí, un poco, pero de la mejor manera posible. –respondió Regina. –Ya era hora de que le dé una buena mirada en mis prioridades.
Esa era la verdad. Independientemente lo que pasara cuando dejaran aquel ascensor, nunca se sentiría igual respecto a su vida. Emma asintió inclinando la cabeza.
–Y el sexo es más importante que las propuestas, he reorganizado la lista. –Regina se echó a reír. –Bueno, el sexo es más importante que la presentación de propuestas. Pero pasar tiempo contigo es más importante que el sexo.
–Buena respuesta.
–Gracias, me di cuenta que tipo de respuesta era una manera segura de tener sexo de nuevo en poco tiempo.
Emma se rio en voz alta, ofreciendo una divertida bofetada al brazo de Regina.
–Qué mala eres.– Cuando la risa se calmó, le dijo: –Para que conste, no es necesario ninguna respuesta inteligente para echar un polvo de nuevo. Trae esas manos, esa lengua, y tu hermoso cuerpo, y me tendrás siempre que quieras.
Regina apretó su brazo alrededor de Emma. Las promesas llegaban tan fácilmente mientras estaban sentadas aquí en el post-resplandor de su relación sexual. Se preguntó cómo se resistirían a la cruda luz del día.
–Sobre lo de esta mañana, ¿tienes algo en mente?
Emma asintió con la cabeza.
–Me preguntaba si estarías interesada en unirte a mí para el desayuno y la ducha que hablabas antes.
Al igual que ella, incluso tenía que preguntar.
–Por supuesto que sí. –respondió Regina. Emma se iluminó.
–Está bien. ¿Qué quieres hacer primero?– Regina arrugó la nariz, respondiendo sin dudar.
–Ducha.
–Tú, yo, una ducha... no podemos garantizar que vamos a hacer para el desayuno.
El estómago de Regina gruñó. Puso una mano sobre su vientre, sintiendo agudamente su falta de nutrición en las últimas veinte y cuatro horas.
–Oh, vamos a conseguir el desayuno. De una forma u otra.
Se inclinó hacia delante y mordisqueó el labio inferior de Emma.
–Incluso si tengo que comer fuera de tu cuerpo desnudo.
Emma rió disimuladamente.
–Ahora tengo una idea.
–Estás llena de ellas. –Esbozó una sonrisa Emma menos que modesta. –Estás llena de algo.
El afecto genuino en los ojos de Emma envió una oleada de calor a través del vientre de Regina.
–Y sobre ese tema… –Emma le acarició el abdomen con cautela. –Tengo que hacer pis.
En una respuesta pelviana a la mera sugerencia, Regina sintió un dolor responder en su bajo vientre.
–Uh-oh.
–¿Tú también?
–Por supuesto.
Regina rizó el cuerpo en una bola incómoda.
–¿Por qué tuviste que recordármelo?
–La miseria ama la compañía.
Emma se volvió de lado una vez más, lo que refleja la posición de Regina.
–Estoy deshidratada. También debes estarlo.
La boca de Regina se transformó en un árido desierto con la observación de Emma. Ella chasqueó los labios, tratando de tragar. Dios mío, ¿cuánto tiempo pasó desde que bebido algo? Y después de todo ese líquido que había perdido antes con Emma. Su garganta se sintió sumamente áspera.
–Detente–, rogó. –Déjame que flote en la euforia post-coito felizmente ignorante un poco más.
–'Lo siento' –Emma reprimió su alegría, haciendo una mueca y cruzando el ambos brazos sobre su estómago. –Oh, Dios, no me hagas reír. Por favor.
–Estás loca. –comentó Regina, admirando el cuerpo delgado que convulsionaba de risa. –¿Es así como te pones cuando estas cansada?
Emma se secó los ojos llorosos con el dorso de la mano.
–Una combinación de agotamiento y satisfacción sexual profunda.
–Es lo deseado. –dijo Regina.
–Payasa.
Regina por casualidad escuchó un clic y la luz brillante la hizo entrecerrar los ojos y parpadear en la sorpresa. Emma se sentó, contemplando el techo con ojos enrojecidos.
–Oh, Dios mío, ¿es la electricidad de nuevo?–
Regina miró a la pantalla por encima de la puerta del ascensor, y las filas de botones en el lateral.
–No sé. –Emma lanzó otro gemido ahogado de la risa. –Lo siento. –jadeó.
–Tu rostro.
Con sus hombros temblando, finalmente se incorporó y se apoyó contra el cuerpo de Regina para mantenerse.
–Oh, ayúdame. Me voy a hacer pis en los pantalones.
Ella estaba adorable cansada y satisfecha sexualmente. Regina le dio un codazo al aire.
–No te acerques más. No necesito estar cerca de ti para que uno–
Ambas se quedaron en silencio cuando el elevador se sacudió un poco y comenzó a moverse. El pánico se apoderó del estómago de Regina.
–Oh, Dios mío. – Se puso de pie, ofreciendo su mano a Emma.
–Tenemos que limpiar este lugar. Por lo menos un poco.
–Nunca voy a lograr meter de nuevo la manta en esa estúpida bolsita antes de llegar a la entrada. –se quejó Emma.
–Sólo tienes que meterla en tu mochila.
Regina tomó la esquina de la manta y la juntaron en un bulto relativamente ordenado. Dejó que Emma metiera la manta en la mochila y ella se inclinó para examinar el resto del suelo.
–¿Qué más tenemos aquí? Aquel libro de literatura erótica lésbica no estará por ahí, ¿verdad?–
–No, y mi tanga pegada a la pared, tampoco.
Las mejillas de Regina se inundaron de calor cuando ella inhaló el aroma que se aferraba a ella.
–Huelo a sexo–, susurró ella. –Emma, apesto a tu sexo.
–Y yo al tuyo, también.– Emma subió la cremallera de su mochila y se la echó por encima del hombro.
–Que lo disfruten. –Levantó la mano derecha a la nariz y aspiró profundamente, rompiendo en una amplia sonrisa. –Yo lo hago.
Regina no pudo evitar sonreír.
–No sé cómo voy a afrontar a Leroy Debo parecer una mierda.–dijo Regina.
Levantó la vista hacia la pantalla en la puerta del ascensor, tomando nota de que ya estaban en el piso doce.
–Te ves hermosa. –Emma vaciló sólo un instante, y luego agregó: –No puedo esperar a tenerte otra vez.
El corazón de Regina comenzó a golpear con tanta fuerza en su pecho que estaba segura de que Leroy lo oiría en el instante que se deslizaran las puertas del ascensor y se abrieran. Si el olor a sexo no lo tumbaba en primer lugar.
–Emma– dijo. –Compórtate.
Emma tenía una sonrisa serena mientras se inclinaba para recoger a su iPod.
–Despreocupada, cariño. Se indiferente.
Sí, claro. Regina enganchó el dedo en el cuello de su camisa, tirando la tela lejos se su cuello.
–Despreocupada. – repitió. –Por supuesto. No hay problema.
–¿Puedo tomar tu mano?– Emma preguntó con una voz dulce.
–No cuando huele a sexo.–
Segundo piso.
–Ahora vamos a actuar con naturalidad.
Luego de un instante, las puertas del ascensor se deslizaron abriéndose para revelar a un hombre de unos treinta años, con espesa barba y usando un uniforme de color azul oscuro. Parpadeó ante la vista de ellas. Su nariz se movió nerviosamente un momento después y miró a Regina y a Emma. De hecho, sus ojos se detuvieron en el pecho de Emma, y luego echó un vistazo rápidamente a Regina otra vez.
–¿Estás bien, Srta. Mills?
–Sí, estamos bien, gracias, Leroy.
–¿Cuánto tiempo han estado atrapadas ahí dentro?
La mente de Regina quedó totalmente en blanco. Está escrito en la cara ¿verdad? Trató de sonreir abiertamente a Leroy y se encontró que él ya sonreía.
–Aproximadamente desde las siete ayer por la tarde. –Miró su reloj de pulsera. –Casi trece horas.
Los ojos de Leroy se alzaron por encima del hombro de Regina, en busca de la cabina del ascensor por detrás de ellas.
–Me alegro de haber encontrado a ambas. La cámara parece no estar funcionando correctamente. Pensé que debía venir a comprobar...
Regina se aclaró la garganta, la cara se le inundó de calor. ¿Cómo diablos podía explicar la lente de la cámara cubierta de crema batida? Bajó la mirada a sus pies, deseando que el ascensor la tragara.
–Lo siento, Leroy. –Emma le dio al joven una sonrisa encantadora. –Tuve un pequeño accidente con la cámara. Pero creo que no causó ningún daño permanente.
Leroy le dio una sonrisa amistosa.
–No hay problema, señorita. Me alegro de que estés bien.
Volvió a mirar a Regina, a quien el labio inferior le tembló por un instante.
–Y bien–, agregó. –Um... tengo que volver a subir a mi oficina para tomar mi bolso–, dijo Regina.
–Ah. –Emma miró de Leroy y a Regina –Bueno, supongo que iré con… ella, –sucumbió a una tímida sonrisa. –Para hacerle compañía.
Regina luchaba para reprimir una carcajada.
–Suena bien.
–Muy bien, señoras.
Leroy se apartó de la puerta del ascensor con una sonrisa satisfecha pegada en su rostro.
–Ustedes dos tienen un viaje seguro hacia arriba. Y un viaje sin incidentes hacia abajo.
Por un momento, Regina creyó ver una genuina empatía en sus ojos. El calor y la amabilidad a cargo de los intercambios diarios de –buenos días– y el intercambio informal de cabezadas cuando salía de trabajar cada noche, le hicieron pensar por un instante que tendría piedad de ella.
–¿Qué vas a darme por la cinta? –preguntó él sin un parpadeo.
Regina suspiró, apoyándose en el marco de la puerta del ascensor y dando a Leroy una mirada cansada.
–Bastardo oportunista. ¿Cincuenta dólares y una carta de felicitación para el administrador del edificio?
–Además de uno de esos panecillos que lleva todas las mañanas durante la próxima semana o algo así, y tenemos un trato.
Regina dio una palmada en el botón de su piso.
–Tenla preparada para cuando llegue a la planta baja.
–Por supuesto–, dijo Leroy, cuando la puerta comenzó a deslizarse cerrándose. –Y no la voy a ver. Te lo juro.
Indiferente, Regina recordó.
–No hay nada en ella, de todos modos. –dijo en voz alta, pero la puerta ya estaba cerrada.
Ante su propio reflejo en la puerta del ascensor, dejó caer su rostro entre las manos y gimió. Emma le dio un rápido abrazo.
–Pensé que iba bien.
Regina movió la cabeza, respirando profundamente. Cristo, tenía que lavarse las manos. ¿Cómo lo hemos hecho?
–Creo que no fuimos muy indiferentes. –murmuró.
Como siempre, espero que no haya demasiados errores –este capítulo en particular lo he hecho en tiempo record, aunque ustedes no lo hayan notado- y si hubiese, me avisan =D
Un abrazo!
