La puerta de la habitación de su padre fue golpeada con firmeza.

—Padre —La voz de Félix se escuchó detrás de la puerta.

—Pasa.

Él así lo hizo. Entrando en un lugar que hace bastante tiempo no pisaba; su padre estaba a lado de la ventana, de espaldas, manos cruzadas detrás y su vista afuera.

—¿Terminaste con la chica?

—Eso es lo que he venido a hablar —comenzó, su voz sonaba quebradiza. En un intento de darle firmeza, tragaba saliva constantes veces— No lo hice y no lo haré.

Gabriel se dio vuelta, sus ojos fríos mirándolo fijamente. Esa mirada que lo congelaba en un instante, pero no esta vez. Dio un paso al frente con valor.

—La amo.

Una palabra que todavía no le dijo, pero una palabra que cuando su corazón se descongelo y volvió a latir, estaba seguro que produjo.

—Termina con ella.

—¿Por qué? —Su voz era furia contenida, sus puños apretándose fuertemente. ¿Por qué no lo apoyaba?

—Ya te lo dije, esa persona...

—¡No la conoces! —Su hijo estalló, su ceño arrugado. Sus ojos dolidos en indignación— Si la conocieras...

—No discutas... ¡Termina con ella!

—¡No! —Negó con fuerza, su expresión en estado de confusión. Enojado, triste y frustrado con él— ¿Por qué no me dejas ser feliz? ¿Por qué no me amas?

Los ojos de su padre se dilataron en sorpresa. Félix se sorprendió que esas palabras salieran de sus labios, pero eso era lo que sentía. Hace tiempo venia sintiendo que su propio padre lo trataba como un empleado y no como su hijo. Un hijo que se sentía completamente solo y que solo buscaba el amor de su padre, esperando en su interior que no lo odie. Por eso obedecía sin rechistar. Por eso.

—¿No me amas para nada? —quería llorar, dejando salir lo que había en su congelado corazón— Obedecí todo, hice todo lo que me pediste, todo... —sus ojos se cerraron en dolor— Pero no puedo obedecer esto. No lo único que me hace feliz...

—Félix...

—No soy perfecto, lo siento por no ser perfecto. Me canse de esforzarme y que no valga nada. Tu ausencia de palabras lastima —dejó salir— vivo congelado por tu culpa, obligándome a no sentir nada, sin poder sentir nada —espetó levantado su cristalizada mirada— Eres lo único que me queda, pero si tu no me dejas vivir... entonces —gotas saladas deslizándose por su mejillas, labios apretados y con la mirada baja— Ya no tendré padre.

Finalizó, una palabra que dejó impactado a Gabriel Agreste y sin poder decir palabra dejó marchar a su hijo, quien se dio la vuelta y cerro con fuerza la puerta, el mismo que bajo las escaleras, sintiéndose roto, sin poder creer lo que había hecho.

Porque, al final de cuentas, se había arrancado el pedazo de hielo que tenía incrustado en su corazón con tanta fuerza que en el proceso, lo daño. En busca de libertad, de volver a sentir. Y ahora lo que sentía, era dolor. Un dolor que le permitía llorar como un niño pequeño en busca de los brazos de alguien.

Sin embargo, no había nadie. Se detuvo en medio del salón, sus palmas cubriendo su cara y queriendo caer arrodillado, derrotado. Pero la voz de su padre lo detuvo de esa acción, quien pasados pocos segundos lo había seguido. No iba a perderlo. Él no tenia intención de perder, lo único que le quedaba.

—Escucha, hijo... yo...

Sus ojos tristes viendo la espalda de Félix. El aludido se quedó quieto ante ese tono débil y dudoso realizado por su padre.

—Desde que tu madre se fue, pensé... —su voz saliendo media quebrada— Que era mejor no mostrar mis emociones, estas pueden derribarte, no quería abrir el dolor —suspiró melancólicamente— No quería que salgas con esa chica porque el amor puede ser hermoso, pero en un instante puede destruirte —hizo una pausa— No quería que pases por eso. Pero... —dio un paso más para acercarse a su hijo— Si en algún momento mis acciones, te hizo pensar, creer o dudar que no te amo. Me equivoque en todo.

Ante esas palabras, Félix giró su cuello para ver a su padre mirarlo a través de las lágrimas. Estaba llorando ¡Su padre!

—Te amo mucho, hijo —declaró— Más de lo que imaginas. Eres todo para mí, yo nunca busque la perfección en ti, solo quería lo mejor para ti, solo quería que me demuestres lo maravilloso que eres. Porque para mí eres perfecto, eres el mejor hijo que pude haber tenido.

En eso sintió como los brazos del progenitor lo rodeaban. Era cálido, reconfortante y cariñoso.

—Papa...

Su voz salió en un hilo de voz, atónito.

—Perdóname por cómo te hice sentir... por todo...

Y Félix quien no pudo aguantar las lágrimas, lloró en su hombro mientras se aferraba a la figura paterna, pero por primera vez no sentía que derramaba lágrimas de hielo, eran cálidas.

Su papá lo amaba. Su papá creía que ya era perfecto, el mismo que se estaba descongelando en su presencia. El castillo también y en los brazos de su progenitor... el príncipe de hielo, finalmente se ha derretido.

.

.

.

[Fin]