Madame Aloy permanecía en silencio contemplando el tejido, que se empeñaba en torcerse en los sitios más inesperados desobedeciendo sus magistrales directrices. No era un buen día para elaborar punto. No lo había sido desde la visita de George, semanas atrás.

Sus ojos, cansados y agobiados, se posaron sobre el retrato familiar que, situado en el muro posterior, dominaba la espaciosa estancia. No quería que el pánico la dominara; pero sabía que no resistiría una tragedia más. No cuando la creación artística que contemplaba casi podía considerarse ya, evidencia histórica del malogrado linaje Ardley.

─¡No pueden llevárselo también! ─espetó en un tono que habría sorprendido incluso a Mary Jane, su doncella de confianza, debido a su vehemencia─. ¡No pueden permitir que todo termine de esa forma! ¡Malditos sean!

Las figuras del retrato hicieron caso omiso de la amenaza y continuaron sonriendo, demostrando con ello que los acontecimientos no eran rubro de su competencia y que, como poco pudieron hacer por su propio destino, jamás podrían corregir el rumbo de las vidas ajenas, por muy amadas que fueran.

Inmersa en sus oscuras reflexiones, la mente de Aloy conjuró la imagen que deseaba olvidar: la de la pupila, la del capricho que William se había empeñado en incorporar a la familia. Si las cosas proseguían el peor de los cursos, la ladronzuela estaría en la mejor posición para convertir las vidas de todos en un infierno peor que el actual.

Extraños giros del implacable y cínico destino. Maldiciones acumuladas a través de los siglos por notables miembros de la familia y también por desconocidas ovejas negras borradas para siempre de los anales de la historia Ardley.

Inevitablemente, la figura del águila de alas desplegadas se dibujó ante los ojos de su imaginación, brillando con el fulgor de lo sobrenatural, recordándole el apócrifo secreto custodiado por décadas, enfrentándola a la posibilidad de que la leyenda que había llegado a considerar poco menos que una fantasía esquizofrénica, fuera verdad:

El águila elegía a sus dueños.

*.*.*.*.*.*.*
Talismán
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Ha llorado, lo sabe nada más verla: agobiada, fatigada y derrumbada hasta lo indecible.

Los periódicos desperdigados por la habitación resaltan como inequívoco signo de la impotencia convertida en lágrimas. Del amargo momento que ha vivido, pese a los esfuerzos del hombre por postergarlo.

Acaso un reflejo de anhelos impronunciables, en el silencio del dolor, un sentimiento sincero aflora del corazón masculino:

Yo deseo que seas feliz...

*.*.*.Talismán.*.*.*

Las emociones vuelan, silenciosas, surgiendo de un corazón para instalarse en el otro.

El suave tacto de unas manos consigue lo que mil frases adecuadas no lograría: alejar el dolor, aunque sea por un instante. La certeza de la no soledad golpea con la fuerza suficiente para conseguir una promesa que, sin saberlo, no es nueva, sino reafirmada, porque ha viajado en el tiempo y la distancia, desde una querida colina, pasando por un portal lleno de rosales que al presente luce solitario:

No lloraré más...

*.*.*.Talismán.*.*.*

Oculto tras la puerta, el hombre contempla el resurgir de un espíritu. El brote tierno del capullo que se convertirá en una floreciente rosa.

Ella es fuerte. Siempre lo ha sido. La desgracia la ronda a cada paso, pero siempre consigue sobrevivir, y él sabe que ahora no será diferente. Ya puede ver su sonrisa dibujarse de nuevo, llena de la plenitud y la esperanza que le caracterizan.

Candy...

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Talismán
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