LAS ALAS DEL CISNE

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CAPÍTULO 8

THE LONELY

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Isabella despertó un día más y suspiró. Con la conciencia venía el dolor, la resignación y su corazón apretujado en sentimientos.

El verano del accidente pasó rápidamente entre medicaciones, intensos dolores, eternos calambres, terapias, citas con un psicólogo y días lentos y depresivos. Todos los días parecían correr tan lentos como toda una vida, la rutina, el cielo que se veía más gris conforme pasaba el tiempo, el sol, el viento, la lluvia. Para Isabella sólo había amargura en su corazón. Todo lo que tenía que ofrecer se había ido, se sentía vacía.

—Hablemos de tu fisioterapia de hoy— trató de hacerla hablar la psicóloga. Por la naturaleza del accidente y su mutismo, Charlie y Reneé habían decidido que su hija visitara a una terapeuta una vez a la semana.

Todas las sesiones era lo mismo: discursos sobre resignación, lecturas sobre superación personal, historias de personas inválidas y exitosas y un profundo silencio por parte de Isabella. Cristina, la psicóloga, sabía que Bella no iba a hablar hasta que su voluntad la dejara; pero no era tan grave como para mandarla a un psiquiátrico.

— ¿Quieres que leamos el libro del que hablamos la semana pasada? — dijo Cristina.

Sin decir nada se puso de pie, fue hacia el estante donde estaba el libro y regresó para sentarse frente a Isabella.

—Aquí nos quedamos— señaló Cristina la página.

—No lo necesito— murmuró Bella, después de tantos meses eran las primera palabra que Bella decía frente a la terapeuta.

— ¿Disculpa?

—No necesito su estúpido libro— espetó Isabella ante la curiosa mirada celeste que la observaba.

— ¿Quieres que charlemos, entonces? — preguntó Cristina, tratando de disimular su asombro mientras cerraba de nuevo el libro.

—No. Y no entiendo qué es lo que hago aquí— farfulló Bella.

—Tus padres han sido muy insistentes, a pesar de que no has querido mostrar cambios. Sé que todo esto es muy difícil para ti…

— ¡Usted no sabe nada! No es usted la que se siente podrida por dentro, ni la que es una inútil que no puede dar un paso sin ayuda. Tampoco es usted la que vio su vida pasar como un estúpido circo frente a sus ojos ni fueron sus malditos sueños los que se hicieron mierda. Así que no, no sabe nada— la furia y la amargura en las palabras eran mucho más de lo que jamás imaginó. Cristina sabía que no debía darse por vencida con Isabella, sabía que podría ayudarla.

—Tienes razón. Yo no sé nada sobre todas esas cosas. Pero sí conozco la pérdida, el dolor, la tristeza y… el coraje— con la última palabra Isabella alzó la vista y mantuvo el contacto por unos breves segundos.

—Ya no quiero volver.

— ¿Por qué?

—No le encuentro sentido a sentarme aquí y escuchar sus idioteces. No me sirve de nada. Yo quiero ser así, es mi decisión actuar así. ¡Es mi puta vida! No tengo por qué decir lo que siento a una maldita extraña.

—De acuerdo. Habla con tus padres y diles lo que quieres— Isabella giró su rostro, como si no hubiera escuchado las palabras de Cristina—. Yo estaré aquí de todas maneras— dijo inclinándose hacia Isabella para tomar sus manos.

Bella se sobresaltó por el contacto pero lo encontró reconfórtate, al igual que la voz de Cristina en cada terapia, le hacía sentir los pies sobre la tierra; a pesar de lo que su boca había dicho, sus pensamientos eran claros, aunque a veces turbios.

—Puedes regresar cuando quieras, yo estaré aquí para ayudarte en lo que pueda. De verdad. Si quieres podemos dar por terminada la sesión de hoy.

Bella asintió y se deshizo del agarre de la psicóloga con un movimiento un tanto brusco.

—Por cierto, felicidades. Veo que la fisioterapia va más que bien— dijo Cristina observando la evidente mejoría de Isabella.

Minutos más tarde Charlie llegó por ella y fueron a casa en un silencioso viaje.

Después de la cena de ese viernes invernal, Charlie y Reneé se encaminaron al estudio mientras que Emmett acompañaba a Bella a su recámara, aún en la planta baja. Emmett se encaminó hacia sus padres después de dejar a Bella exhausta sobre su cama, pero antes de entrar escuchó la discusión a través de la puerta entreabierta.

—Ya deja de tomar, Charlie. Por favor— pidió Reneé.

—Sólo una copa más, mujer. Sólo una— contestó Charlie

—Eso no va a arreglar nada.

—Ya lo sé— ¿De qué hablaban sus padres?

El silencio se extendió por un par de largos minutos, en los cuales, Emmett seguía tras la puerta sin saber si entrar o no.

—Tenemos que pensar cómo vamos a hacer— murmuró Reneé.

—Justo ahora se tenía que complicar todo— se lamentó Charlie—. Es que… ¡no lo puedo creer! Amor, te juro que en ningún momento pensé que esto fuera a pasar.

—Lo sé, de haber sabido que esto ocurriría jamás hubiera dejado mi trabajo para atender a Bella y estar al pendiente de su recuperación.

—Todo iba bien. Pero nunca pensé que el seguro médico tuviera un límite.

—Explícamelo de nuevo, por favor— pidió Reneé con preocupación. Tras un minuto de silencio Charlie comenzó a hablar de nuevo.

—La aseguradora contactó conmigo para darme la notificación de que las fisioterapias de Isabella estaban por rebasar la cobertura del seguro. Los gastos del hospital quedaron cubiertos, al igual que los medicamentos y las consultas posteriores al accidente; incluso quedaron cubiertas las rehabilitaciones, hasta ahora… pero por tratarse de una clínica especializada, al estar atendiendo a Bella con las técnicas más modernas… llegó el punto en el que el seguro llegó al tope y a partir del siguiente mes cubrirá sólo una parte.

—Pero el porcentaje que ofrecen es muy bajo y las rehabilitaciones son caras…

—Lo sé, lo sé, Reneé. Y a eso suma los recibos de la casa, la mensualidad, la escuela de Emmett, los coches, los gastos diarios, la despensa, las terapias con Cristina, las señoras de la limpieza…— dijo Charlie con frustración.

—Ni lo pienses, Charlie— habló la voz de Reneé con reprimenda—. No nos vamos a mudar ni vamos a vender la casa de Santa Mónica. Ese es el patrimonio de nuestros hijos, por lo que tanto hemos luchado y no vamos a renunciar a él por un problema como éste. Vamos a salir de esta, ya verás— cuando Emmett asomó la cabeza vio a sus padres abrazados.

Justo en ese momento una idea iluminó a Emmett, así que corrió escaleras arriba, a su habitación y preparó todo para salir de su casa.

— ¡Ya sé! — Exclamó Reneé separándose del abrazo de su esposo—. Puedo tomar mis ahorros.

—Reneé…— Trató de advertir Charlie.

— ¡No, espera! Escúchame. Tomo mis ahorros para cubrir gastos pequeños de la casa y lo demás lo invierto.

— ¿Invertir?

—Sí, Charlie. Invertir. Puedo poner un pequeño despacho de consultoría financiera, sabes que los honorarios por ese tipo de servicio son muy buenos… y tú podrías apoyarme con consultoría fiscal los fines de semana. Así recuperamos poco a poco el dinero de mis ahorros y pagamos todo lo demás.

—Sí, puede ser. Me agrada la idea. Pero…

—No le pongamos "peros" — Suplicó Reneé—. ¿Confías en mí? — Charlie le sonrió.

—Vamos a hacerlo— acordó con una sonrisa. Para "sellar el trato" se dieron un dulce beso en los labios y sonrieron al tener una grandiosa oportunidad para seguir adelante.

Cuando se encaminaban hacia su habitación se encontraron con Emmett a punto de salir.

— ¿A dónde vas, hijo? — preguntó Reneé.

—Voy por…. ahí— se limitó a contestar.

— ¿Y a dónde llevas tu guitarra? — preguntó Charlie al notar el estuche entre las manos de Emmett.

—Está bien— dijo dando una paso de regreso—. Los escuché, ¿de acuerdo?Escuché lo que decían sobre los problemas con el dinero. Recordé que esto es valioso así que… la iré a vender— explicó Emmett.

—No, hijo. Nosotros sabremos salir de esta. Además, amas esa guitarra— Dijo Reneé acercándose más a Emmett.

—Pero amo más a mi hermana— murmuró Emmett con la voz amortiguada por el nudo de llanto que oprimía su garganta.

—Emmett— susurró Reneé alargando una mano para posarla sobre la mejilla de su hijo.

—También buscaré un empleo de medio turno para pagar la escuela y mis gastos, pediré una beca en la universidad y trataré de correr con los gastos de mi hermana, ropa y todas esas cosas. No se preocupen por mí. Y tampoco traten de detenerme porque lo voy a hacer— Emmett se despidió dándole un beso en la frente a Reneé y una palmada en la espalda a Charlie.

Sabían que después de eso vendrían momentos difíciles, pero no imposibles.

Isabella estaba tan ligada al dolor que ya ni siquiera le importaba.

Los días caían junto con el sol, el calendario consumía sus días, las festividades navideñas quedaron atrás y un nuevo año entró casi en silencio a la vida de Isabella.

Ya habían pasado catorce días desde el 31 de diciembre, meses de dura rehabilitación, ya habían quedado atrás los intensos tratamientos con medicaciones y faltaban diez horas para que le quitaran la última escayola del pie. Después de tanto tiempo vería cómo es que caminaría, dejaría la muleta que le servía de apoyo, andaría con sus propios pies sin apoyo alguno; aunque no lo pareciera, eso le daba un poquito de ilusión a Isabella. Sólo un poco.

Como siempre, Isabella estaba despierta mirando la oscuridad, llorando en silencio, lamentando todo lo que perdió y sintiéndose cada vez más sola. ¿Dónde estaba la chica sonriente y alegre? ¿Dónde había quedado la Isabella que todo mundo amaba? ¿A dónde había ido la chica que todos admiraban? ¿Cuánto tiempo más tenía que soportar ese dolor en su alma? Ni siquiera ella misma sabía quién era, no se reconocía. Cerró los ojos, dejándose llevar otra vez, deseando no despertar a sufrir.

En sus sueños se repetía una pesadilla que la atormentaba, ella bailando y cantando al centro de un salón de baile vacío, girando y girando hasta que se quedaba a oscuras y volvía a despertar.

Al despertar se dio cuenta de que ya no era una persona completa, era sólo un solitario fantasma, alguien que no quería ser, alguien que no podía ser.

Reneé miraba expectante al médico que trabajaba sobre el pie de Isabella, ese día se verían los resultados de tanta medicación, de tantos aparatos ortopédicos y de tantas sesiones de rehabilitación.

Cuando Isabella quedó por fin libre se sintió gloriosa, se sintió bella de nuevo y casi se sintió feliz.

—Vamos a ver qué tal— dijo el doctor apartándose de la camilla en la que estaba sentada Isabella, dándole su espacio.

Isabella respiró profundamente, se agarró con fuerza al borde de la cama y recargó las manos contra el mullido colchón, tomó otra respiración profunda y apoyó ambos pies en el piso. Isabella se fue incorporando lentamente, probando la resistencia de su tobillo. Después de un par de minutos Bella pudo erguirse completamente por sí sola, sonrió levemente y alzó el rostro hacia su madre; que la veía con una enorme sonrisa, las madres juntas y frente a los labios y un par de silenciosas rodando por sus mejillas.

Dio un paso titubeante pero algo no salió como lo esperado, por lo que trastabilló un poco, deteniéndose de los brazos extendidos del doctor.

— ¿Qué pasó? — bramó Isabella.

—Da otro paso, vamos— incitó el médico.

Así lo hizo.

Dio uno, dos, tres, cuatro pasos… y el resultado era el mismo. Isabella se elevaba y caía, dando brinquitos en cada paso.

—Esto es pasajero, ¿verdad? — preguntó Isabella sombríamente.

—Podría ser. Aunque, voy a serte sincero, lo más probable es que no lo sea y tengas este efecto secundario— explicó el doctor.

— ¿Me pueden operar otra vez? ¡Debe haber algo! — preguntó ella con desespero.

—Lo siento, Isabella— se disculpó el doctor. Alargó el brazo y le tendió un bastón.

Era devastador. Isabella no podía soportar que por el resto de su vida quedara un testigo visible de lo que había pasado, además de la horrible cicatriz que deformaba su piel y que ocultaría a toda costa. Quería tener el poder de pretender que nada había pasado, de sentirse normal de nuevo; pero esa esperanza se había esfumado con su cojera.

El mutismo regresó a Isabella.

Ya por la tarde, Reneé entró a la habitación de Emmett.

—Hijo, iré a comprar unas cosas para la cena. ¿Podrías estar al pendiente de tu hermana? — él estaba sentado de espaldas a ella, mirando por la ventana al patio trasero. Emmett asintió—. Más tarde vuelvo— dijo cerrando la puerta tras ella.

Emmett creyó escuchar algo, dio vuelta a la silla giratoria y se quitó los audífonos con música a todo volumen que tenía puestos. Con un suspiro se puso de pie y bajó a la sala, se asomó por la ventana y no vio el coche de su mamá, por lo que supuso que ella y su hermana no habían llegado de la consulta del doctor Tramell. Decidió salir a probar suerte con un par de empleos y llegar de paso a algún bar y tomar un par de tragos.

Emmett regresó al anochecer, un par de horas después. Curiosamente se encontró con sus padres en la entrada de la casa.

— ¿Mamá? ¿Dónde está Bella? —preguntó preocupado.

—Emmett, te pedí que te quedaras con ella. Yo fui al mercado y por tu papá— dijo Reneé alarmada.

Los tres se miraron asustados y caminaron a toda prisa al interior de la casa. Se separaron para buscar, cuando coincidieron de nuevo se dieron cuenta de que Isabella no estaba por ninguna parte. Emmett dio un par de pasos escaleras arriba y escuchó un sonido.

— ¿Escuchan eso? — preguntó él a sus padres.

— ¿Es música? — preguntó Charlie.

—No sólo es música… es…— los ojos de Reneé se abrieron mientras reconocía la melodía—. ¡Es una canción clásica de ballet!

Los tres corrieron por las escaleras hasta la habitación de Bella. Conforme se acercaron pudieron escuchar cómo el volumen de una de las piezas del lago de los cisnes retumbaba desde el interior de la habitación de Isabella. Reneé fue la primera en llegar, giró la perilla pero la puerta no cedió.

— ¡Está cerrada! — Gritó golpeando la puerta con fuerza—. ¡Bella, cariño, abre! — pidió con desespero. Por el volumen de la música, era muy poco probable que Bella la escuchara.

—Voy por la llave— se apresuró a decir Charlie, corriendo hacia el primer piso.

— ¡Abre la puerta, Bella! ¡Vamos, cariño, ábreme! — Rogó Reneé sin obtener respuesta.

—Mamá, hazte a un lado— pidió Emmett desesperado. Él tomó impulso y golpeó su hombro con fuerza contra la puerta.

La cerradura crujió en un solo movimiento y justo para el final de la pieza de música Emmett y Reneé estaban dentro de la habitación, un segundo después Charlie también se precipitó dentro.

— ¿Qué pasó aquí? — murmuró Charlie tosiendo y alejando el humo con una mano.

Isabella estaba sentada frente a la ventana, con un montoncito de cigarros en la mesita de al lado y una botella casi vacía que de seguro había tomado del estudio. Bebió y fumó por todo lo que la inquietaba: los constantes arreglos florales de Paul, su familia triste, su pasado, su futuro, su vida gris.

Sin decir una palabra se puso de pie, tomó su bastón, pasó de largo a su familia y entró al baño. Poco después salió, siguió caminando y se dejó caer en la cama pesadamente ante la mirada atónita de sus padres y de su hermano.

Ella era sólo la sombra de lo que solía ser, era la chica solitaria que no quería hacer nada más, que no encontraba un motivo que la hiciera continuar.

Actitud que pronto tenía que parar.

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Y seguimos avanzando

Gracias a todos/as por todo!

Nos vemos en la próxima

(Facebook: VickoTeamEc)

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Por: VickoTeamEC