Disclaimers: Final Fantasy no me pertenece, así como sus personajes, algo que sus fans probablemente agradecerán aunque no lo sepan.
Comentarios:
—Bla bla bla Diálogo.
«Bla bla bla» Pensamientos.
Bla bla bla Recuerdos, palabras dichas con remarcada ironía y Jenova.
Final Fantasy IIIX
por Ayumi Warui
Capítulo 10. Las mezclas nunca fueron buenas.Nuestros valientes y abnegados "héroes", tras sobrevivir a duras penas el bosque de las ranas y gastar todos sus éteres en la zona rocosa que siguió, al fin podían ver, a lo lejos, Nibelheim, más allá de un río.
—¡Uff! Eso está tan lejos... —se quejó Yuffie durante la paradita que habían tenido que hacer pasa sacarse las roquitas que se habían quedado clavadas en la suela de sus botas—. ¿No podríamos pasar la noche en esa cosa de ahí y continuar mañana? —les señaló un pueblo que había a menos de veinte pasos de ellos, sobre un pico.
—La verdad es que podríamos comprar éteres de paso —apoyó Tifa, que ya casi había olvidado lo que se sentía al dormir en una cama y no le importaría recordarlo.
—¡Sí, vayamos! —se animó Redypuchi—. ¡Es Cañón Cosmo, mi casa! ¡Si vamos, os presentaré a mi abuelito! ¡Tengo tantas ganas de verlo...!
—No podemos perder el tiempo con reencuentros familiares —cortó Aerith—. Ya lo visitarás cuando hayamos salvado el mundo, ¡que Sephiroth nos espera! —señaló, felicitándose mentalmente por haber dicho el nombre completo a la primera.
—Aerith... —susurró Cloud, estirando de ella para apartarla un poco del grupo. Cuando lo hizo, mientras los otros los miraban con curiosidad, él continuó en voz baja—: Creo que deberíamos concederles el capricho, no creo que Sephiroth se vaya porque tardemos un día más.
—Es extraño que tú precisamente digas eso, con la prisa que te corre por acabar con él... —murmuró con desconfianza.
—Bueno, sólo recuerda lo que Redypuchi le dijo a Barret cuando estábamos en Corel...
—¿En Corel?... —se dijo la cetra, poniendo los ojos en blanco mientras repasaba en su memoria todo lo dicho, por si algo sonaba interesante. Entonces encontró aquello a lo que el ex–SOLDIER hacía alusión, y las palabras, pronunciadas con la voz de Redypuchi, resonaron en su mente: Los habitantes de un pueblo deberían recibir a sus compañeros con los brazos abiertos y una fiesta llena de música, alcohol, sexo y drogas... alcohol, sexo y drogas... alcohol, sexo y drogas... alcohol, sexo y drogas...—. Sí, Cloud —asintió tras regresar al presente—. Por esta vez, y que no sirva de precedente, estoy de acuerdo contigo.
Dicho esto, los dos regresaron con el resto, luciendo amplias sonrisas.
—Redypuchi, podrás presentarnos a tu abuelo —anunció Aerith—. Nunca permitiríamos que te sintieras triste por echarlo de menos si podemos visitarlo.
—¡Gracias, Aerith! —exclamó Redypuchi, con los ojos llorosos—. ¡Qué buena eres!
—¡Sabía que sólo te hacías la dura porque estás preocupada por el Planeta! —se sumó Tifa—. ¡Pero se nota que eres una mujer de gran corazón!
—Lo sé, lo sé... —asintió con orgullo, mientras Cloud se abstenía de comentar.
—Entonces está decidido —concluyó Barret, como si tuviese voto en las decisiones del grupo—. Esta noche la pasamos en el pedrusco este.
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El grupo no había subido ni cuatro escalones cuando los asaltó un par de pueblerinos.
—¡Bienvenidos a Cañón Cosmo, la ciudad de los petas, los adivinos, los astrólogos y los historiadores acabados! ¡Tomen su mapita temático y un llavero de regalo! —declaró uno mientras la otra les repartía unos papeles donde un niño de cuatro años había hecho una especie de dibujo del lugar con rayajos que seguramente representaban lo que había en cada sitio, sólo que en el idioma inventado por el mocoso en cuestión.
—¡Gracias, es muy chulo! —respondió Tifa aceptando el llavero en forma de hoja de marihuana.
—¡Eleesedé, María, soy yo! —hizo notar Redypuchi, al ver que intentaban darle también un llavero—. ¡He vuelto a casa!
—¡Eeeeeeey! ¡Si es el pequeño Nanaki! —reconoció Eleesedé. Dicho esto, se dio media vuelta y gritó a pleno pulmón—: ¡BUUUUUUUGEEEEEEEEN! ¡NANAKI HA VUEEEEEELTO!
—¿Quién es Nanaki? —preguntó Yuffie, desorientada. Pero, antes de que pudiesen responder, vieron acercarse a un anciano calvo y barbudo que levitaba sobre una bola de cristal verde.
—¡Anda! ¡Como la adivina de Dragon Ball! —señaló Cloud, ilusionado.
—¡Wow, wow, vuela sin materia! —se asombró Tifa.
—¿Seguro que no tiene una oculta en la bola de cristal? —añadió Yuffie, evaluando cómo robársela, dándole el cambiazo con una piedra, sin que el anciano se percatase.
—¡Ho, ho, ho, ho! —rió el vejete—. Qué amiguitos tan dicharacheros te has traído, Nanaki. A todo esto... ¿cuándo te has ido del pueblo que no me he enterado?
—¡Pero abuelito! —exclamó indignado—. ¡Si ya hace más de medio año que salí a buscar unas hierbas para tus canutos y me atraparon los Shinra!
—Ho, ho, ho, ho. ¿En serio? —se asombró—. Bueno, es que esta mañana acabo de regresar del viaje astral que me ha tenido entretenido los últimos meses.
—Un momento —pidió Barret—. ¿Este viejo es tu abuelo? —quiso cerciorarse.
—¡Claro que sí! —asintió con orgullo—. ¿No se nota el parecido?
—Pues... —corearon, sin saber si sería prudente decir que no.
—Vaya, así que tú también eres adoptado —comentó Aerith, con su frescura habitual.
—¡¿QUÉ?! —gritó Redypuchi, con los ojos muy abiertos. Luego se giró hacia el anciano sonriente—. ¡Eso no es verdad, ¿cierto?! ¡A que no soy adoptado, abuelito!
—Ho, ho, ho, ho, pues no pensaba confesártelo hasta que cumplieras los setecientos años, pero ya que esta chica te ha abierto los ojos, ho, ho, ho... ¡Te he de confesar que no soy tu abuelo biológico!
—¡No puede seeeeeeeeeeer! —exclamaba el rojizo animal, viendo que toda su infancia era destruida por la inesperada revelación.
—Ho, ho, ho, ho —respondió al grito desesperado de su nieto.
—Pero, una cosa que aún no he entendido —intervino Yuffie—. ¿Quién es Nanaki?
—Redypuchi, supongo —dedujo Aerith.
—¿Redypuchi no se llama Redypuchi? —preguntó, como si alguna madre pudiera hacer algo así a su hijo.
—No, qué va —negó Tifa—. Claro, es que tú aún no estabas con nosotros cuando lo conocimos... Cuando lo encontramos en el edificio de Shinra, nos dijo que lo llamásemos como quisiéramos, y Aerith eligió Redypuchi. ¿A que es un nombre adorable?
—Pero por supuesto —intervino la cetra—. Lo elegí yo.
—A mí también me gusta más que Nanaki —opinó Barret.
—¡Pero me llamo Nanaki! —indicó éste, tras recuperarse del trauma por el reciente descubrimiento familiar—. ¡Y ahora que lo sabéis, ya podéis llamarme por mi nombre de ahora en adelante!
—Yo paso de llamarte Nanaki, Redypuchi suena mejor —sentenció Aerith—. ¿Verdad, viejo?
—¡Ho, ho, ho, ho! ¡Me gusta Redypuchi! ¡CHIIIIIICOS! —gritó, y todo el pueblo salió a la plaza o se asomó a las ventanas, para oír las sabias palabras de su guía espiritual—. ¡Acabo de tomar una decisión! ¡A partir de ahora, Nanaki ha quedado rebautizado como Redypuchi!
—¡Nooooooooooooooooo! —suplicó éste mientras el resto gritaba con alegría que estaba de acuerdo con el cambio.
—Ho, ho, ho, ho, ya es oficial. Y, para celebrar que Redypuchi ha vuelto al pueblo, ¡haremos una fiesta desenfrenada!
—¡Síiiii! —corearon todos menos Redypuchi, que aún intentaba superar su desgracia personal.
—Ho, ho, ho, ho, por cierto, jóvenes, aún no sé cómo os llamáis. Yo me llamo Bugenhagen y soy el jefe de Cañón Cosmo y su guía espiritual. Pero podéis llamarme Bugen, ho, ho, ho, ho.
—¡Pues nos alegramos de que nos preguntes! —saltó Cloud por costumbre—. ¡Mi nombre es Cloud Strife, 21 años, nacido en...!
—Y ha estado en SOLDIER —interrumpió Aerith, para acabar con su discurso.
—¡Ey, Aerith, eso no es justo! ¡Esa es mi línea!
—Yo soy Aerith Gainsborough, la última cetra sobre el Planeta —se presentó con aire místico.
—Oooooooh... —se impresionó—. Quiero un autógrafo, ho, ho, ho, ho —pidió, sacando un papel.
—Y el resto —explicaba Tifa mientras su compañera escribía— somos Tifa, Barret y Yuffie.
—Ho, ho, ho, ho, bienvenidos. ¿Acompañabais a Redypuchi a casa? ¿Veníais a colgar un rollo de los deseos? ¿A comprar un amuleto? ¿A visitar una tarotista? ¿A consultar la biblioteca?...
—En realidad a comprar éteres —admitió Tifa—. Nuestro objetivo final es encontrar a Sephiroth.
—Ho, ho, ho, ho, muy interesante.
—Oíd, chicos —empezó Cloud—, ya que parece que por aquí hay adivinos, ¿no podríamos consultarles cuál es el punto débil de Sephiroth o cuales son sus verdaderos planes?
—¡Buena idea! —apoyó su amiga de la infancia.
—No me digáis que os creéis esas patrañas... —se admiró Aerith.
—Ho, ho, ho, ho, si queréis, yo os lo puedo decir —propuso Bugenhagen, sobresaltando a la cetra. Mira que si no era un charlatán y descubría su plan con Sephiroth...—. Pero más tarde, ho, ho, ho, ho. Primero os quiero enseñar mi gran orgullo: mi planetario.
—Genial, vayamos —se apuntó Barret.
—Ho, ho, ho, ho, bueeeeeno... Primero mejor dad una vueltecita por ahí y yo ya os llamo —sugirió, recordando que tenía que retirar las revistas y pósteres porno y que abrir las ventanas para ventilar la sala—. Podéis aprovechar que, casualmente, vuestra visita ha coincidido con la fiesta del Árbol de los Rollos de los Deseos, esa que se celebra una vez cada sopocientosmil años, ho, ho, ho, ho.
—¡Qué suerte, ¿no?! —se animó Tifa, aunque ignoraba por completo el significado de la fiesta o cómo se celebraba.
—Oki, entonces haremos un poco de turismo —aceptó Cloud por todos.
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Mientras nuestros protagonistas eran asaltados por adivinos que les pronosticaban tragedias para luego venderles amuletos que las contrarrestasen, un nuevo visitante traspasó el umbral de entrada de Cañón Cosmo. Los pueblerinos de la puerta iban a ofrecerle el mapa y el llavero, pero, al ver que era una muñeca de gatita que caminaba, no estuvieron muy seguros de que llevase dinero suficiente para merecer la bienvenida.
—Ey, tú, chica —llamó Cait Sith a María—. Ha entrado un grupo de viajeros liderados por un tipo rubio con peinado imposible, ¿cierto?
—Sip, ¿eres su compañero? ¿Quieres que los avisemos?
—¡No! —se apresuró a responder—. Lo que quiero es que me hagas un favor, uno muy bien remunerado —añadió y, al ver el brillo y el signo del gil en las pupilas de la chica, supo que ya era su aliada—. Verás, ahora te cuento mi maravilloso e infalible plan...
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Las tres chicas paseaban juntas, después de haberse separado de los chicos cuando Bugenhagen los hizo llamar para que lo ayudasen a mover unos trastos pesados del desván. Yuffie ya casi había conseguido comprar todo lo que necesitaba para montarse un puesto de adivinación en la plaza y predecir a todo el que se presentase que debía abandonar su materia para ser felices (ella se ofrecería amablemente a deshacerse de la materia por ellos). Sólo le faltaba el velo para no ser reconocida.
—Este velo te irá bien, Yuffie —imaginó Tifa, cogiendo uno de los que se vendían—. La verdad es que me ha sorprendido que quisieras disfrazarte —admitió.
—Bueno, es que una buena fiesta no es una fiesta de verdad si no es de disfraces —tapó sus verdaderos y oscuros propósitos.
—Igual deberíamos disfrazarnos nosotras también —propuso la morena a Aerith.
—Nah, yo nunca compro ropa —negó ésta—. O hago que me la compren, o la rob... quiero decir, o me la confecciono yo misma —inventó.
—¡Vaya, ¿sabes hacer vestidos?! —se asombró Tifa—. ¡Oh, eres genial! ¡Tienes tantas virtudes!
—¡Muahahaha! Lo sé...
—¡Ya tengo el velo! —anunció Yuffie, tras gastar los giles que previamente había sustraído de la bolsa de dinero de Barret.
—¿Qué tal si vamos a ver qué es eso del árbol que decía Bugen? —propuso Tifa.
—Buena idea —aprobó la cetra—. Algo que sólo celebran cada sopocientosmil años tiene que ser bueno de verdad.
Eso pensaba ella, pero no estuvo muy convencida cuando se encontró ante el famoso árbol, que no era sino un gran árbol normal y corriente que no tenía nada de especial. Bueno, eso si no se contaba que de sus ramas pendían cuerdecitas que tenían anudados pequeños pergaminos.
—¿Alguien me puede explicar qué tiene esto de especial? —pidió Aerith.
—A mí me parece bonito —opinó Tifa—. ¡Ey! —exclamó al reconocer a alguien—. ¡Son nuestros amigos! —señaló un grupo de clones vestidos con capas negras que compraban souvenirs y hacían fotos.
—Oh, vuestros amiguitos —dijo la mujer de ojos verdes, con desinterés, instantes antes de reparar en los guías hawaianos—. Espera, ellos sabrán qué tiene de especial el árbol.
Como si hubiesen leído la mente de la cetra, algo que nadie en su sano juicio haría, empezaron a declamar:
—¡Y éste es el famoso y legendario Árbol de los Rollos de los Deseos! ¡Las leyendas ancestrales y los estudios científicos más sólidos han contado y demostrado, respectivamente, que si durante el día de la fiesta del Árbol de los Rollos de los Deseos se escribe, con tinta rosa, en un pequeño pergamino, lo que deseas que te depare el futuro, y luego se cuelga del árbol, esto se cumple sin margen de error y seguridad de un 400 por cien!
—¡Oooooooh! —corearon todos.
—¡Probemos! —exclamó Tifa.
—¿En serio te crees eso? —dudó Yuffie, que consideraba que le sería más productivo gastar el tiempo en estafar turistas.
—Si está demostrado científicamente, yo sí —asintió Aerith, curiosamente quien, al pertenecer a una raza legendaria, más debería creer en ese tipo de cosas y, sin embargo, era la más escéptica de las tres—. No perdería por nada del mundo la oportunidad de escribir mi propio futuro para que no sea tan miserable como será si lo dejo escribirse solo. ¿Dónde hay tinta rosa?
—Ahí venden botes y pergaminos —indicó Yuffie.
—¡Vamos a comprar!
En pocos minutos las tres estaban apoyadas en una gran mesa que todos usaban para escribir sus deseos en los pergaminos, antes de colgarlos. Aerith, mientras pensaba en el modo de escribir de forma clara lo que quería para que luego no hubiesen dobles interpretaciones que le destrozaran la vida, cotilleó lo que escribían los clones, con curiosidad por lo que podían querer esos seres tan raros. No se sintió nada tranquilizada cuando vio que todos ellos pedían lo mismo: "Unirme a Sephiroth" o "Fusionarme con Sephiroth".
«Espero que no se refieran en el sentido más crudo de la palabra —deseó Aerith, por el bien de la salud mental de su amigo—. Hay que ver cómo son los fans obsesivos, ya podrían conformarse con un autógrafo», se dijo antes de empezar a escribir su deseo. Cuando acabó, lo releyó y sonrió satisfecha.
—Ya está —anunció Tifa—. Me ha costado meterlo en un papel tan pequeño.
—¿Tantas cosas has pedido para tu futuro? —se sorprendió Yuffie, ya que lo suyo se resumía en dos frases.
—Tal vez me he pasado un poquito —admitió con un mohín adorable que Aerith se alegró de que Cloud no hubiese visto.
—¿Por qué no los leemos antes de colgarlos? —propuso la cetra, con curiosidad por lo que pudiese querer una chica tan simple y otra tan interesada—. Empieza tú, Tifa.
—Pues... He pedido: "Quiero pasar el resto de mi vida con el hombre que amo, montar una tienda de comida casera a domicilio y que él trabaje como repartidor de nuestra tienda. Ambos adoptaremos a un niño tan mono que darán ganas de secuestrarlo, y que adorará a su nuevo "papá". Y viviremos sanos y felices para siempre, nosotros tres y los hijitos nuevos que vengan".
—¿En serio quieres una vida tan...? —empezó Yuffie, decidiendo omitir en ultimo momento la palabra cutre—, ¿normal?
—La mejor felicidad es la felicidad sencilla —opinó.
—Si ese es el sueño de tu vida... —concedieron las otras dos, sin entender que quisiera pasar su vida cocinando para los demás para poder dar de comer a sus hijos.
Aerith, sabiendo que el hombre que iba a ser repartidor, según el deseo de su compañera, era Cloud, se planteó si sabotear el deseo de Tifa. Sin embargo, finalmente decidió que no valía la pena el esfuerzo. Total, le importaba un comino cómo rehiciese su vida Cloud luego de que ella hubiese logrado seducirlo y lo hubiese plantado, después de que el ex–SOLDIER le jurase amor eterno.
—Ahora os toca a vosotras, chicas —les recordó Tifa.
—Pues yo he pedido —dijo Yuffie—: "Quiero casarme con un tío bueno y tener un hijo tan genial que sea la envidia de todas las madres del mundo. Eso y toda la materia del mundo, claro".
—¡Vaya! No sabía que tenías aspiraciones matrimoniales —se sorprendió gratamente Tifa, que consideraba muy positivo que la ninja pensase en sentar la cabeza y formar una familia.
—Bueno, tengo que contribuir a perpetuar la especie y conseguir a alguien que me alegre la vista cuando haya reunido toda la materia —se excusó.
—Hay que ver lo modestas que sois —sentenció Aerith—. Escuchad lo mío y aprended: "Deseo casarme con el hombre más guapo, poderoso, rico y bueno en la cama del Planeta, quien me adorará y servirá por siempre, sin rechistar. Aparte, seré famosa y viviré como una reina sin dar palo al agua en lo que me reste de vida".
—Wow, Aerith, me has impresionado —admitió Tifa—. No sabía que quisieras ser famosa.
—Yo tampoco, pero pensé que no estaba de más —admitió.
—Bueno, pues colguemos nuestros deseos pronto que tengo un puesto de adivinación que montar —dijo Yuffie, cogiendo la cuerdecita.
—Nosotras podemos ir a tomar algo en el bar hasta que el vejete se digne a llamarnos —propuso Aerith.
—¡Vale! —se apuntó Tifa, sin poder evitar añorar el ruido de las cocteleras y el sonido de las máquinas tragaperras del Séptimo Cielo.
Una vez cumplido el ritual del Árbol de los Rollos de los Deseos, y tras haberse despedido de sus amigos clones, las dos jóvenes fueron al bar y se acomodaron en una de las mesas, donde se dedicaron a hablar de Cloud, único tema de interés común de ambas.
—¡Hola, chicas! —las saludó María—. ¡Qué casualidad encontraros! —mintió con descaro, ya que se había molestado en averiguar dónde estaba su víctima, es decir, Tifa.
—¡Hola, María! —respondió Tifa con una sonrisa.
—¿La conoces? —se sorprendió Aerith, que tenía por costumbre no recordar a gente que no pudiese serle de utilidad.
—Claro, es la chica que nos recibió, ¿recuerdas?
—Pues... no —negó antes de dar un trago a su vodka.
—Te llamabas Tifa, ¿verdad? —preguntó María, como si Cait Sith no se lo hubiese repetido treinta veces para asegurarse de que no se equivocaba de chica. Eso era especialmente trascendental para el éxito del plan del espía, ya que, tras un arduo estudio a base de vigilarlos de lejos mientras viajaban, había llegado a la conclusión de que la morena de ojos color rubí era la única con corazón de todo el grupo (tal vez con la excepción de Redypuchi, pero no estaba muy seguro de eso)—. Tengo algo que puede interesarte.
—¿A mí? —se sorprendió.
—Sí. Vendo amuletos, y tengo uno que parece hecho para ti —afirmó, rebuscando en su bolsa, mientras las chicas la observaban, Tifa con curiosidad y Aerith con desinterés—. ¡Este! —declaró, mostrándole un peluche en forma de gatita con una corona sobre la cabeza—. ¡Es el amuleto Cait Sith! —anunció, mientras Cait se esforzaba en parecer inanimado.
—¡Qué mono! —exclamó Tifa al tiempo que Aerith murmuraba:
—Que cosa más fea.
—Pero no debería gastar más dinero, que hoy ya me he pasado del presupuesto con lo de la tinta rosa, y aún tengo que comprar los éteres... —lamentó.
—¡Espera, no tan rápido! —pidió María—. ¡Aún no te he dicho para qué sirve! ¡Seguro que cuando lo oigas no podrás evitar comprarlo!
—Ilumínanos —sugirió Aerith.
—¡Es un amuleto de la suerte que asegura la felicidad junto a amigos de la infancia, rubios y ex–SOLDIER! —recitó lo que Cait Sith le había pedido, algo que la pueblerina consideraba una estupidez pero que el espía sabía que, junto con el pequeño detalle final, haría que Tifa no pudiese resistirse a comprarlo—. ¡Y no sólo eso! ¡El dinero de la compra va destinado a una asociación que se dedica a quitar piedrecitas y pinchos de las patas de los chocobos silvestres!
—¡Oh, bueno, si es por una buena causa...! —se convenció Tifa a sí misma, ya que deseaba tener el peluche desde que lo vio—. ¡Lo compro!
—¡Buena elección! —aplaudió María.
«Vaya —pensó Aerith—. Sí que les ha costado poco en este pueblo calar a Tifa para saber cómo estafarla mejor...».
—¡Muchas gracias por su compra! —se despidió María al finalizar la transacción.
—No sé cómo puedes haber tirado el dinero por un muñecajo tan horrible como ese —se admiró Aerith.
—A mí me gusta —opinó la morena, metiendo el cuerpo de Cait Sith en una bolsita marrón a excepción de la cabeza y las patas delanteras, que las dejó fuera, como si el peluche se estuviese asomando desde el interior. Luego colgó la bolsa en la parte delantera el cinturón, un poco hacia la derecha—. ¡Ya está!
—Tú misma... —suspiró la cetra, pensando que Tifa todavía era una cría.
«Muahahaha —se regocijaba Cait Sith, mentalmente—. Mi plan ha sido un absoluto éxito. Ya he logrado infiltrarme en el grupo de manera sofisticada y sigilosa. Ahora podré estudiarlos bien para planear mi cruel venganza sobre ellos por dejarme tirado en el Gold Saucer, ¡muahahahaaha!».
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—Aquí estamos —anunció Aerith cuando ella y Tifa se reunieron con el resto del grupo y Bugenhagen, tras recibir el mensaje de que ya podían visitar el famoso planetario del viejo—. ¿Ya estamos todos?
—Eso parece —asintió Cloud. Luego gastó unos instantes en su sagrada admiración de Tifa, propia de cada vez que se reencontraba con ella tras haberse separado. Esto provocó un nuevo comentario—: ¿Qué es eso que llevas en la cintura, Tifa?
—¿Esto? —señaló a Cait—. Es una gatita de peluche de la suerte. ¿A que es mona?
—Claro que sí —le dio la razón para hacerla feliz.
—Ho, ho, ho, ho —llamó la atención sobre sí Bugenhagen—. Ya podemos ir al planetario.
Los ocho subieron en una plataforma que resultó ser un ascensor y los llevó a la sala superior, la cual estaba completamente a oscuras hasta que Bugenhagen le dio a un botón que hizo aparecer, como por arte de magia, un sin fin de estrellas alrededor de todos. Era como si estuviesen de pie en medio del universo.
—¡Qué bonito! —exclamó Tifa.
—Creo que me está dando vértigo... —confesó Cloud con el rostro verdoso por la sensación que le provocaba no ver un claro suelo firme donde tenía los pies apoyados.
—¡Ey! —se quejó Aerith cuando un planeta casi la atropella al pasar por su lado.
—¡Materias! —exclamó Yuffie, con ojos relucientes, al ver cuatro materias, una azulada, otra roja, una tercera verde y la cuarta amarilla—. ¡Y muy gordas!
—¡Ho, ho, ho, ho! Esas son materias enormes, únicas en el mundo —explicó Bugenhagen—. Shinra nos las cedió amablemente para nuestra exposición a cambio del trescientos por cien de los beneficios que obtengamos con ellas, ho, ho, ho, ho.
—Sí, qué amables... —murmuraron Cloud y Aerith.
—¡Esos #&ç#+#& Shinra, utilizando la vida y sangre del Planeta sólo para lucrarse! —exclamó Barret fuera de sí.
—Viejo, viejo —llamó Yuffie—. Explíquenos cuáles son esas estrellas de allí.
—Ho, ho, ho, ho. Esas estrellas son la constelación de... —empezó con su discurso, mientras la ninja, aprovechando que ya no la miraban, cambiaba las materias enormes por réplicas en papel maché que había comprado en la tienda de elementos en previsión a que sucediese algo así.
Cinco horas de charla después...
—Tengo pis... —musitó Yuffie.
—Y yo, pero no está bien interrumpir al pobre anciano —opinó Tifa, hablando bajito—. Con la ilusión que le hace...
—Creo que me voy a desmayar del hambre —confesó Barret en un murmullo.
—Total, por otro más —indicó Aerith, dando un vistazo de soslayo al verdoso Cloud, tirado en el suelo.
—... y con eso ya os he contado todo lo que sé de las constelaciones, ho, ho, ho, ho. ¿Queréis que os repita algo?
—¡No! ¡No!
—Gracias, pero no hace falta que se moleste —aseguró Tifa.
—Ho, ho, ho, ho, si no es molestia...
—¿No iba a predecirnos algo de Sephiroth?... —se oyó desde el suelo que decía Cloud.
—Vaya, ¿estabas consciente? —se sorprendió la cetra.
—Ho, ho, ho, ho, es verdad, os prometí que os ayudaría a averiguar cosas de ese hombre —recordó, instantes antes de apagar el planetario y dar al ascensor para que bajase—. Pero hay un pequeño problema...
—¿Cuál?
—Para hacer mis predicciones, necesito ciertas hierbas para... ehm... inspirarme y entrar en comunión con el Planeta, ho, ho, ho, ho.
—Vamos, para colocarte —tradujo Cloud, empezando a incorporarse y a recuperar un tono humano de piel—. Pues dinos dónde hay, y te las conseguimos. ¡No podemos desaprovechar la oportunidad de sacar ventaja a Sephiroth!
—Ho, ho, ho, ho, Cañón Cosmo ha sido reconocida durante generaciones por su inmensa plantación subterránea de vegetación alucinógena y por su producción de la totalidad de sustancias psicotrópicas que corren por el Planeta. Tal es nuestra fama que incluso llegaron a pensar que podía ser la Tierra Prometida, pero descartaron la posibilidad porque la gente de aquí no va semidesnuda —explicó—. Lo que sucede es que la cueva de la plantación ha sido tomada por monstruos con síndrome de abstinencia, y aún no han llegado los exterminadores, ho, ho, ho, ho.
—¡No hay problema! —exclamó Cloud, con su pose chulesca—. ¡Yo estuve en SOLDIER, puedo despachar a todos los monstruos que haga falta, por colocados que estén! ¡Ya tardamos en ir a la cueva!
—Ho, ho, ho, ho, os guiaré.
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—No me puedo creer que me haya quedado sin puntos de magia —se decía Sephiroth mientras subía la escalera, ignorando las sugerencias de su madre de que destruyese el mundo—. Hacía años que no me pasaba, tantos que ni recuerdo el color de los éteres...
—¡Bienvenido a Cañón Cosmo, la ciudad de los petas, los adivinos, los astrólogos y los historiadores acabados! —los asaltó Eleesedé, sobresaltando al ex–general de SOLDIER—. ¡Tome su mapita temático y un llavero de regalo! ¡No desaproveche la oportunidad de comprar amuletos y colgar su rollo en el Árbol de los Rollos de los Deseos!
—¿El qué? —balbució Sephiroth.
—¡Y como es el visitante número cien de la semana, tendrá a su guía particular!
—¡Hola! —saludó una ancianita, que Sephiroth juraría que había salido de la nada—. ¡Pero que chiquillo tan alto y tan guapo! —empezó, con voz acaramelada, antes de pellizcar las dos mejillas del guerrero, sin pedir permiso, por supuesto—. ¡Ayyyyyyy! —emitía la viejecita, como si disfrutara especialmente con aquella tortura facial—. ¡Ya verás lo bien que lo pasas con la vieja Morfina! —aseguró, soltándolo al fin—. ¿Y tú cómo te llamas, mocetón?
—Esto... —emitió, acariciando su enrojecida mejilla, mientras llegaba a la conclusión de que lo más prudente era dar un seudónimo—. Leovigildo —improvisó.
—¡Qué nombre tan bonito! —mintió sin vergüenza alguna—. ¡Ven, ven, que te voy a enseñar las destiladoras de alcohol! —invitó mientras lo arrastraba del brazo y él, por no ser maleducado, la seguía sin rechistar—. Y el invernadero de setas alucinógenas de colores es una maravilla increíble. Y bla bla bla bla...
«Apuesto a que a Aerith y a Zack les habría encantado este sitio...», se dijo, sabiendo que su amabilidad le impediría despistar a Morfina, por lo que tendría que aguantar estoicamente hasta que la anciana diese por terminada la ruta. Con un poco de suerte, le recomendaban un sedante más fuerte que las hierbas de morfeo, para cuando quisiese mandar a la cama a Jenova.
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—¿Seguro que no os puedo esperar en la plaza? —insistió Yuffie, mirando el negro agujero que había tras la puerta sellada que Bugenhagen acababa de abrir para que llegasen al subterráneo.
—No, te vienes con nosotros —sentenció Cloud—, que eres capaz de fugarte llevándote tu equipo.
—¡Es mío! —se quejó.
—Está comprado con el dinero del fondo común, así que es nuestro.
—Ho, ho, ho, ho, bajad vosotros primero, yo os sigo.
—La escalera de cuerda no tiene muy buen aspecto, ¿no? —observó Aerith.
—Ho, ho, ho, ho, no sé, como yo levito sobre la bola, nunca la uso. Pero la última vez que alguien la usó, hace ciento treinta años, aguantó sin problemas.
Los jóvenes se miraron entre sí.
—De acuerdo, voy a por algo de cuerda nueva —decidió Cloud, intuyendo en la mirada del resto que si no lo hacía lo obligarían a bajar a él en primer lugar, con la excusa de que era el prota, para ver si se partía la crisma.
El rubio ex–SOLDIER, tras una búsqueda intensiva en la que se cruzó más de diez veces con Sephiroth sin que ninguno de los dos reparara en el otro, llegó a la conclusión de que, tal y como Bugen había advertido, habían cortado todas las cuerdas de la ciudad en pequeños trozos para colgar los rollos esos del árbol. No les quedó más opción que atar las sábanas de las camas y rezar por que la lejía no hubiese hecho demasiados estragos en ellas.
—¿A nadie se le ha ocurrido bajar una lámpara? —murmuró Barret al sentir que lo pisaban en la oscuridad por décima vez desde que habían bajado a la cueva.
—Tenemos que buscar el modo de vernos antes de que mi tamagotchi se muera de hambre —sentenció Cloud.
—Ah, ¿ese pitido insistente es tu tamagotchi? —preguntó Redypuchi.
—Últimamente se queja muy de seguido —indicó Aerith—. Eso es que ya es demasiado mayor. Lo mejor que puedes hacer es dejarlo morir.
—¡Eso es muy cruel! —corearon Cloud y Tifa.
—Consideradlo eutanasia —sugirió ella.
—Ho, ho, ho, ho, ¿que queríais luz? —preguntó Bugen—. Yo creía que íbamos a oscuras porque os gustaba, ho, ho, ho, ho —rió antes de que la bola sobre la que estaba se iluminase, llenando de sobras el lugar que ahora veían y reconocían como una cueva, todo al mismo tiempo que Barret identificaba lo que lo pisaba como el pie derecho de Yuffie, la pata trasera izquierda de Redypuchi y la bota de Aerith.
Los jóvenes estaban a punto de preguntar al anciano por qué no había hecho eso antes, cuando repararon en que a menos de cinco pasos ante ellos había una horda de monstruos con ojos inyectados en sangre que, hasta instantes antes, no se habían percatado de su la presencia.
—Huir no es opción, ¿verdad? —sugirió Redypuchi mientras Yuffie se escondía tras una roca no muy lejana, más que nada por si los otros luchaban, poder ganar la mitad de la experiencia.
—¡Un ex–SOLDIER nunca huye! —declaró Cloud, levantando su enorme espada—. ¡Yo acabo con todos estos solito, sin usar materias ni elementos, ni el límite y desequipándome los accesorios y los aaaaargh! —exclamó cuando la primera docena de begimos se le echó encima (literalmente).
—Mejor apoyémosle antes de que lo maten —dijo Aerith a Tifa, preparando una cola de fénix.
Fue una lucha épica en la que las dos chicas sacaron las castañas del fuego al prota, gastando uno de cada dos turnos en levantarlo del suelo o echarle un cura, todo ello mientras el resto bebía shinra–colas. Cuando al fin Tifa tumbó al último con su límite, Cloud aun tuvo la desfachatez de poner la pose de victoria, como si hubiese cooperado en algo más que en recibir golpes por ellas.
—Ho, ho, ho, ho, sois buenos.
—¡Pero por supuesto! ¡Yo estuve en SOLDIER! ¡Planto cara hasta al más gigante y horrible de los monstruos que haya nacido, aunque sea bajo el agua y sin materia subacuática! ¡Absolutamente nada es capaz de hacer flaquear mi increíble valor, mi arrojo, mi coraje, mi audacia, mi aaaaaarghh! —gritó, presa del pánico, al tiempo que de un salto se subía a los brazos de Barret, que lo cogió al vuelo—. ¡Una cucaracha!
—¡Aaargh! —coreó Tifa, escondiéndose tras Aerith mientras el inocente insecto seguía su camino sin prestarles atención.
—¡Ho, ho, ho, ho!
—Debería daros vergüenza, chicos —opinó la cetra.
—¡E–es que...! —empezaron a excusarse.
—Nada de "es ques" —cortó Aerith—. Que ya sois mayorcitos —añadió mientras Barret soltaba al rubio, que cayó duramente al suelo lleno de piedras puntiagudas.
—Menudo ex–SOLDIER —se mofó el hombre del brazo–arma, con una sonrisa de lado a lado.
—Vosotros seguid subestimando a esas bestias del averno ¡y algún día lo lamentareis! —clamó Cloud.
«Que protagonista tan patético... —se dijo Cait Sith—. Esa reacción en Tifa queda adorable, pero en un guerrero ex–SOLDIER...».
—¡Tifa, dile a tu peluche que deje de mirarme mal! —se quejó Cloud, notando el desprecio en los ojos artificiales.
—Pero, Cloud, ¿cómo va a mirarte mal una gatita de peluche? —le hizo notar Tifa.
—No es por interrumpir esta estúpida conversación —empezó Redypuchi—, pero ya hemos llegado a la plantación —señaló con la cabeza una amplia zona de cuevas más pequeñas, con el suelo lleno de hierbas y setas de origen sospechoso.
—Entonces que el viejo recoja las que quiere y nos damos el piro antes de que vuelva otra cucaracha —declaró Cloud, considerando aquella, con diferencia, la mayor amenaza que habían encontrado.
—Ho, ho, ho, ho, ya que estamos aquí, podríamos seguir un poco hasta la salida trasera de la cueva. Hay algo que quiero enseñaros, ho, ho, ho, ho...
—Supongo que no nos matará —aceptaron.
Tras pisotear la mitad de la plantación y gastar media hora extra en despegar todos los pelos de Redypuchi de una tela de araña gigante mientras la araña se cebaba en Cloud, llegaron a la salida de la que Bugen les había hablado. Daba a la zona trasera de la montaña, y, aparte de una bella vista nocturna de la zona, no encontraban nada muy especial.
—Sí, una vista muy bonita —murmuró Aerith con un tono que daba a entender que le importaba un rábano que hubiese un hermoso manto estrellado sobre su cabeza o la oxidada placa superior de Midgar—. ¿Podemos volver ya?
—Ho, ho, ho, ho, no es la vista lo que os quería enseñar, ¡sino eso! —señaló hacia un saliente de la montaña parecido al que ellos ocupaban y al que se podría acceder subiendo por unas cuantas rocas. Allí había lo que parecía una estatua de Redypuchi o alguien muy parecido, adornada por unas cuantas flechas clavadas.
—Sí, sí, muy bonito, ¿nos vamos ya? —insistió la cetra.
—¡Oooh, abuelito! —exclamó Redypuchi, con lucecitas en los ojos—. ¡Me has mandado construir una estatua!
—Ho, ho, ho, ho, Redypuchi, eso no es una estatua —rió, no se sabe si porque le había hecho gracia la confusión o porque siempre lo hacía—. Eso... ¡es tu padre!
—¡¿Qué?! —corearon todos.
—¿El padre de Redypuchi es una piedra? —añadió Cloud, confundido—. Y yo que creía que el padre más raro del mundo era el mío...
—¡Pero, abuelito! —empezó el rojizo animal, ignorando a Cloud—. ¡Si siempre me has dicho que mi padre, después de deshonrar a Cañón Cosmo y robarnos, se fugó con una pelandusca, dejándonos tirados con una deuda multimillonaria!
—Ho, ho, ho, ho, eso te lo dije para que no sufrieras —explicó, aunque los otros no veían aquello muy claro—. La realidad es muy distinta. Pensaba esperar a que cumplieses los setecientos ochenta y nueve años para revelarte la verdadera historia de tu padre, el gran héroe Seto, pero ya que estamos aquí, te la contaré, ho, ho, ho, ho. Encontré a tu padre una noche de tormenta y tifón, en la que había pronosticado un terremoto, y el volcán cercano empezaba a dar señales de resurrección. Él estaba metido en una caja de zapatos, flotando en el río que nos separa de Nibelheim, y lo pesqué por casualidad con mi caña, ho, ho, ho, ho.
—¿Qué hacías pescando en un día como ese? —se sorprendió Cloud.
—No lo interrumpas con preguntas que no interesan a nadie —murmuró Aerith.
—Ho, ho, ho, ho, como daba la casualidad que el día que lo encontré era el día de la recolecta de setas alucinógenas, le puse de nombre Seto —continuaba el anciano con la historia—. En principio yo pensaba que Seto era un chucho, luego llegué a la conclusión de que era un gato, y cuando empezaba a plantearme que fuera una cocatriz, se le encendió la punta de la cola, así que supe que era simplemente un bicho raro. Lo crié con afecto, como si fuese mi propio hijo, enseñándole a leer y a distinguir las setas alucinógenas entre sí... Qué hermosos recuerdos, ho, ho, ho, ho...
—Que historia tan aburrida —se quejó Yuffie—, ¿cuándo llega lo emocionante?
—Ho, ho, ho, ho, Seto tenía una suerte muy extraña. Todos los adivinos del pueblo decían que estaba maldito y que era un milagro que no hubiese muerto todavía, aunque nunca supe si se referían al día en que lo encontré en la tormenta, al rayo que le cayó después, a cuando se me cayó de los brazos en el planetario e hizo un picado de varios metros hasta la plaza, a cuando se quedó la noche encerrado dentro del váter con la cadena enganchada, a cuando se electrocutó mientras lo duchaba, a cuando se le resbaló de los brazos a la cocinera dentro de la sopa hirviendo...
—¡Seguro que fue a lo de la tormenta! —intentó cortar Aerith, con esa práctica que estaba adquiriendo gracias a los discursos de autoensalzamiento de Cloud.
—Pobrecito... —lamentó Tifa, con un pañuelito en la mano, para secarse las lágrimas.
—Su infancia empieza a recordarme a la mía —admitió Cloud, con añoranza.
—Ho, ho, ho, ho, pero pese a su mala suerte, él nunca se desanimaba. Por aquel entonces, una plaga misteriosa acabó con todas las hembras de su especie, casualmente cuando había llegado su primera temporada de celo; una lastima, ho, ho, ho, ho...
—Un momento —interrumpió esta vez Barret—. Si todas las hembras murieron, ¿cómo nació Redypuchi?
—¿Se lió con una cabra? —sugirió Yuffie.
—¡Por favor, Yuffie! —se escandalizó Tifa.
—Ho, ho, ho, ho, no, las cabras no querían arriesgarse a acercarse a él por si les pasaba una desgracia —explicó Bugenhagen—. Pero, como os he dicho, Seto era muy tenaz y optimista, y tras muchos esfuerzos logró hacerse hermafrodita y dejarse embarazado a sí mismo.
—¡¿QUÉ?! —gritaron todos, poniendo caras raras.
—Empiezo a ver por qué la otra historia era para evitarle traumas a Redypuchi —añadió Barret.
—Seto crió con orgullo, amor y dedicación a su hijo Redypuchi durante los veinte minutos que estuvieron juntos antes de que sonase la alarma en la ciudad, ho, ho, ho, ho —explicó—. Un ejército compuesto por todos los miembros del clan Gi se acercaba a Cañón Cosmo. Ellos eran nuestros ancestrales enemigos, un clan compuesto por todos los individuos que se oponían fervientemente al consumo propio o no propio de cualquier tipo de psicotrópico, incluyendo las pastillas para el dolor de cabeza, tal era su odio hacia nuestros productos. Venían con la intención de destruir nuestras máquinas sintetizadoras y destiladoras, pero no sólo eso, sino que el subgrupo más fiero se acercaba por la retaguardia (algo que se veía muy bien desde la montaña de mi planetario), con cócteles molotov, dispuestos a quemar las plantaciones. Nos preparamos para detener a los que se intentaban meter por la puerta delantera, pero necesitábamos valerosos voluntarios que fuesen a defender la plantación. Seto se prestó voluntario al instante, ya que amaba nuestras setas casi tanto como yo, pero entonces tuvo que ir solo, ya que nadie quería arriesgarse a juntarse mucho con él, por si su suerte era contagiosa, ho, ho, ho, ho. Seto se plantó aquí donde estamos y luchó con valor, él solo, contra los más de tres mil Gi armados hasta los dientes. Lo hizo sin flaquear, sin retroceder ni un paso, sin soltar ni un aullido de dolor ante las heridas (aunque eso sospecho que era porque perdió la sensibilidad del cuerpo cuando lo fulminó el trigésimo séptimo rayo cuando tenía cinco años), sin dejar que los Gi ni se acercasen a la montaña, sin esquivar los proyectiles... Y así, uno a uno, fue tumbando a todos los enemigos hasta acabar con ellos, algo que sin duda logró con la fuerza que conseguía de su ferviente deseo de proteger cada una de nuestras hierbecitas. Entonces alzó la mirada nublada por el cansancio y la pérdida de sangre al cielo nocturno, y dio gracias al Planeta por permitirle luchar hasta su último aliento por aquello que amaba y salir victorioso, ho, ho, ho, ho.
—Sniff, snifffff —lloriqueaban emocionados por el relato todos ellos menos Aerith, que echó otro vistazo a su reloj.
—Hay una cosa que no entiendo —dijo ésta mientras Barret se sonaba ruidosamente—. Si venció y tal, ¿qué hace ahí petrificado?
—Ho, ho, ho, ho, pues verás. Como nosotros ya habíamos despachado a los veinticinco Gi que venían por la entrada principal y nos aburríamos, decidimos ir a la montaña del planetario y desde allí disparar a los de la retaguardia flechas petrificantes, para ayudar a Seto sin acercarse mucho, ya sabéis. Todo con tan mala suerte que todas las flechas cayeron sobre el propio Seto, ho, ho, ho, ho —lamentó—. Cuando vine aquí levitando a preguntarle a quien le dejaba de herencia su colección de pipas, él, con la mitad del cuerpo ya de piedra, me pidió que cuidase de Redypuchi como él desearía hacerlo hecho, y que le diese todo el amor que él no podría. Que estaba seguro de que sería un gran guerrero y que, en cualquier caso, siempre estaría orgulloso de él y lo cuidaría, desde allá donde estuviese... —declaró con tono dramático, logrando que nuestros héroes intensificaran su llanto.
—Pero —empezó Aerith, desconocedora de ese sentimiento llamado compasión—, si te dio tiempo a que te contara todas esas sandeces, ¿por qué no usaste una panacea, aguja de oro o la magia esna sobre él para detener la petrificación?
—Porque se nos habían acabado y el repartidor no vino hasta el mes siguiente, cuando Seto ya hacía semanas que había muerto de hambre dentro de la roca, ho, ho, ho, ho —explicó con solemnidad.
—ESO sí es mala suerte —admitió Aerith. Al ver que la historia había llegado a su fin, se giró hacia sus compañeros para decirles que ya se podían ir, y se sorprendió al descubrir entonces que todos estaban llorando a moco tendido. Incluso juraría que el peluche de Tifa también—. ¿Y a vosotros qué os pasa?
—Oh, es una historia tan trágica —lamentó Tifa.
—No lloraba así desde que se me murió el gato —confesó Yuffie.
—Y yo desde que Marlene se gastó mis ahorros en un bolso de Louis Vuitton —añadió Barret.
—Puedes sentirte orgulloso del gran padre que tuviste, Redypuchi —declaró Cloud, con solemnidad, al tiempo que apoyaba una mano en la cabeza de su rojizo compañero.
—¡Sí! ¡Soy el hijo del gran héroe Seto! —gritó, para nadie en particular, alzando la mirada al cielo estrellado. Entonces le cayó en un ojo una gota—. ¡Au! ¿Chispea?
—Pues no —respondió Cloud, poniendo las palmas boca arriba.
—¡Mirad! —señaló Yuffie hacia la estatua, y todos vieron que de los ojos de aquella piedra que un día fue Seto surgían gotitas.
—¡Un milagro! —expresó Barret.
—Será el alma de Seto, que está feliz de ver a su hijo tan mayor —opinó Tifa, sin dejar de llorar.
—¡Auuuuuu! —aullaba Redypuchi.
—Le brillan los ojos —se percató Yuffie—. ¿Seguro que no es porque tiene materia ahí? ¡Comprobémoslo!
—Esto... —empezó Aerith, girándose hacia Bugenhagen—. ¿Seguro que se murió de hambre ahí dentro? —inquirió, planteándose la posibilidad de que estuviese todavía vivo sin que nadie se molestase en despetrificarlo.
—Ho, ho, ho, ho, deberíamos ir volviendo, que si no nos perderemos la fiesta.
—¡Ale, ya habéis oído todos! —exclamó Aerith, desentendiéndose del destino de Seto—. ¡Marchando!
Todos empezaron a desfilar hacia la cueva, a excepción de Yuffie, que se acercó a las rocas con intención de escalar hacia la estatua.
—¿Qué haces? —preguntó Aerith al verla.
—No tardo nada en romper la cabeza para comprobar que no tenga materia —sentenció.
—Déjate de tonterías y ven —ordenó. Luego la cogió del tobillo y se la llevó a rastras antes de que perdiese el tiempo profanando la estatua del padre de Redypuchi.
o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o
—Ho, ho, ho, ho, ¡y aquí está la sala más importante de Cañón Cosmo! ¡La Generadora! —exclamó, poco antes de abrir una puerta que les mostró una gigantesca sala llena de rarísimas máquinas que trabajaban sincronizadas para, a partir de los distintos elementos que les entraban, sacar como resultado las más variopintas sustancias psicotrópicas, desde simples botellas de vino hasta LSD de última generación; por no decir que también había una sección dedicada a desalinizar agua, preparar purés de patatas y sándwiches de mortadela sintética.
—¡Wao! —corearon.
—¿Y todo esto va solo? —se interesó Tifa.
—Ho, ho, ho, ho, bueno, nosotros sólo tenemos que colocar los ingredientes básicos, que las propias máquinas separan y organizan, y que programar la supermegaarchicomputadora para que lo haga todo —dijo señalando una pared con decenas de monitores, todos con el salvapantallas de windows, y muchísimos botones de colorines, ruedas, palancas y diversas pantallas mostrando números que debían ser importantes, sobre todo porque se habían molestado en dejarles varias decenas de decimales sin redondear.
—¡Ey! —se quejó Cloud cuando notó que todos sus compañeros lo sujetaban, inmovilizándolo—. ¡¿Qué hacéis?!
—Coartar tu libertad de movimiento para que no encuentres el botón de autodestrucción —explicó Barret, apretándolo más de la cuenta por el simple placer de ver las muecas de dolor del rubio.
—Ho, ho, ho, ho —rió Bugen—. Bueno, ahora que os lo he enseñado, dejemos a las máquinas trabajar y cenemos. Cuando terminemos, seguro que ya se ha acabado lo que necesito para poder responder a vuestras preguntas sobre Sephiroth.
—¡Cenemos entonces! —se animaron, muertos de hambre. Aerith, sin embargo, no estaba tranquila. Si el viejo de verdad tenía habilidades adivinatorias, podía sacar a la luz su plan maquiavélico de seducción de Cloud, descubriendo que Sephiroth en realidad trabajaba a sus órdenes.
«No puedo consentirlo —se dijo—. Tengo que hacer algo».
—¿Aerith? —llamó Tifa desde la salida, al ver que la cetra se había quedado parada ante la supermegaarchicomputadora.
—Id adelantándoos, que me tengo que atar los cordones de las botas, que se me han soltado —improvisó, agachándose—. Cógeme sitio a tu lado —añadió para asegurarse de que la morena no se quedaba a esperarla.
—De acuerdo —accedió—. Hasta ahora —se despidió, dejando sola a la pérfida mujer.
—Bueno —empezó Aerith, plantándose ante la máquina—. Supongo que bastará con que lo que sea que va a tomar no esté bien hecho —se dijo—. Pero... ¿cuál de todos los botones será?... Da igual, los tocaré todos —decidió.
La joven de ojos verdes fue pulsando botones, dando a palancas, girando ruedas, hasta que se dio por satisfecha al ver que los números de todas las pantallitas eran negativos.
—Con esto bastará —opinó—. Y, con que no beba nada que haya salido de aquí, no habrá problemas —canturreó, poco antes de abandonar la habitación.
o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o
—¿Hacía falta salir a la plaza, a la roca de la gran hoguera, para que nos adivines lo que necesitamos saber? —insistió Cloud, alzando la voz para que Bugen, sentado a su lado, lo oyese entre el vocerío de los pueblerinos, que ultimaban los detalles de la fiesta descontrolada que iniciaría cuando Bugenhagen acabase de hacer aquel trabajito a los amigos de Redypuchi.
—Ho, ho, ho, ho, es para dar ambiente —declaró, apoyando su bola de cristal en el suelo al tiempo que todos se sentaban alrededor del fuego—. Yo ahora me tomaré mi brebaje especial y cuando haya alcanzado la concentración suprema, me hacéis las preguntas, ho, ho, ho, ho —explicó, quitando la tapa al bote que había sacado de La Generadora—. Ho, ho, ho, ho, qué curioso, normalmente es verde, pero hoy es amarillo limón —comentó mientras una sonrisa afloraba en los labios de Aerith—. Bueno, ¡salud!
Bugenhagen se bebió de un trago el contenido del bote. Luego se le subió la sangre a la cabeza, dejándola más roja que un tomate, para instantes después quedar mortalmente pálida. Lo siguiente fue que le salieron ronchas verdes y rayas amarillas, topos naranjas, rombos lilas y finalmente claves de sol fucsia. Los ojos se le salieron de las órbitas y luego empezaron a girar en distintas direcciones, el derecho describiendo espirales y el izquierdo dibujando elipses.
—¿Seguro que esto es normal? —preguntó Cloud, con la piel de gallina por el espectáculo que veía en primera fila, mientras que la sonrisa de Aerith se ensanchaba.
—No sé, nunca antes le había pasado —confesó Redypuchi.
—La espuma azul que le sale por la comisura de los labios me da grima —comentó Yuffie.
—Mirad, sus convulsiones son más suaves —señaló Tifa—. ¿Habrá alcanzado ya la concentración esa?
—Al menos ha dejado de cambiar de color, así que probemos a hacerle las preguntas —sugirió Barret.
—Ejem —se aclaró la garganta el ex–SOLDIER—. Bugen, ¿podrías decirnos si Sephiroth ha llegado ya a Nibelheim? —preguntó por probar.
—¡Juajijú, juajijú, juajijú, juajijú! —respondió Bugen con expresión extraviada.
—Perdona, ¿qué dices?
—¡Juajijú, juajijú, juajijú, juajijú!
—Tal vez sea algún tipo de lengua clave —señaló Barret, con el ceño fruncido por la concentración—. Igual si desordenamos las sílabas o cambiamos las vocales...
—Me estoy mareando con los giros de sus pupilas —se quejó Yuffie.
—¡Juajijú, juajijú, juajijú, juajijú!
—Puede que todavía no haya alcanzado la concentración suprema —sugirió Cait Sith, olvidando que no debía hablar.
—¿Cómo dices, Tifa? —preguntó Cloud, girándose hacia ella.
—¿Eh? Yo no he dicho nada.
En aquel momento sonó un redoble de tambores seguido del estridente sonido de unos platillos gigantes y empezó a llover confeti y serpentinas sobre la plaza, segundos antes de que la orquesta de tres docenas de equipos de música, cada uno de ellos con su propio encargado para que cambiase el CD cuando tocara, entonara las primeras notas. Los fuegos artificiales completaron el escenario, escribiendo en el cielo el mensaje: ¡Comienza la juerga!
—Parece que la fiesta ha comenzado —indicó Cloud lo evidente.
—Pues yo no pienso perdérmela esperando a que el viejo deje de reír —declaró Barret, levantándose—. Tú te encargas de esto Cloud, que para algo eres el prota. ¡Chau!
—¡Espérame! —se apuntaron Yuffie y Redypuchi, dejando con Bugenhagen a los otros cuatro (porque, aunque quisiese, Cait Sith no podía irse).
—¿Qué hacemos, Cloud? —quiso saber la morena.
—Esperemos un poco.
Diez minutos después...
—¡Juajijú, juajijú, juajijú, juajijú!
—¿Seguro que no es una clave? —se acogió Cloud a la idea que antes había tenido Barret.
—No sé... —musitó su amiga, todo mientras Aerith bostezaba aburrida, lamentando no poder agenciarse una de las botellas que corrían por ahí, por temor a que fuese una de las que habían sido generadas después de que ella "personalizase" el programa de La Generadora. Sin nada mejor que hacer, se puso a dar de comer al tamagotchi de Cloud.
—¿Qué hacéis ahí sentados sin bailar, fumar ni beber? —les preguntó Eleesedé, al pasar junto a ellos llevando un carro lleno de botellas—. ¡Anda, tomad un par de éstas! —les entregó dos—. ¡Recién salidas de La Generadora!
—¡Gracias! —respondió Cloud, cogiéndolas, mientras Tifa aceptaba tres vasos.
—Supongo que no hará mal beber un poquito mientras esperamos —se dijo Tifa—. ¿Qué clase de bebida es esa púrpura de ahí?
—Pues en la etiqueta dice que es whisky —leyó Cloud con dificultad, dado su casi analfabetismo—. Creo.
—Igual es algún tipo nuevo o algo —se dijo ella mientras el rubio llenaba los vasos—. Toma, Aerith —le ofreció uno.
—¿Eh? —preguntó la cetra cuando salió de la profunda concentración que necesitaba para ganar al tamagotchi en el piedra, papel o tijeras—. ¿Me decías algo? ¿Qué es esto? —preguntó al ver el vaso.
—Whisky, se supone —respondió Tifa mientras Cloud daba un trago del suyo.
—Sabe raro —comentó él.
—¿Ah sí? —La morena probó el suyo—. Pues un poco sí...
—Chicos... —empezó Aerith, sin ocurrírsele el modo de argumentarles que mejor dejasen de beber eso mientras aún no fuese demasiado tarde, todo ello sin descubrir su acto saboteador.
—Sabe un poco como a patata, ¿no? —opinó Cloud antes de dar otro largo trago.
—Ahora que lo dices... Voy a ver a qué sabe lo de la otra botella.
«Muy venenoso no parece —pensó Aerith, instantes antes de que el tamagotchi volviese a pitar—. ¿Qué quiere éste ahora? ¡Argh! ¡¿Otra vez con hambre?! Pues lo engordaré con unos pasteles, a ver si le sube el azúcar y se muere ya».
Cuando la cetra acabó con la "eutanasia" de la mascota electrónica de Cloud, alzó la mirada y un escalofrío recorrió su espalda al encontrar que la habían dejado sola con Bugen, que aún reía como un loco.
«¿Adónde se han perdido esos dos?», se dijo, levantándose.
Al girarse de cara al gentío pudo ver que todos los festeros parecían haber consumido cincuenta litros de bebida energética y bailaban de un modo que parecía que se sacudiesen víctimas de convulsiones, si es que no era eso lo que les sucedía. Eso sin contar los que habían adquirido colores raros, los que reían como locos, los que giraban sobre sí mismos como peonzas, los que se lanzaban desde las copas de los árboles intentando volar...
Después de casi ser atropellada por doce clones con capa negra que jugaban al trenecito, localizó a Yuffie, que intentaba arrancar con los dientes una bombilla de farola asegurando que era una materia gesto, y a Barret, que se había disfrazado de reina mora y hacía la danza del vientre para varios pueblerinos, que lo vitoreaban, claro síntoma de que también estaban intoxicados hasta las cejas. Aerith decidió desentenderse de ellos dos y continuar buscando. Pocos minutos después al fin dio con Tifa, con la que intentó mantener una conversación, pero lo único que sacó en claro fue que la morena estaba demasiado ocupada intentando cazar mariposas mágicas de colores que sólo ella veía como para saber dónde estaba Cloud. Y entonces, cuando Aerith empezaba a pensar que lo mejor que podía hacer era alejarse de esa panda de locos hasta que se les pasara el efecto de lo que habían consumido (si es que se les pasaba), dio con una escena que la hizo palidecer: Redypuchi abrazado a Jenova, a la que confundía con su ¿madre?
«¡Oh, no! ¡Oh, no! ¡Oh, no! —repetía la mente de Aerith—. ¡Si Jenova está aquí, eso significa que... ¡Sephi, también! De acuerdo, Aerith, cálmate —se dijo, respirando profundamente al notar un principio de crisis de ansiedad—. Vale, no pasa nada... Nada grave... ¡Aaaargh! ¡A la mierda con todo! ¡Cambio de prioridades! ¡Olvidemos a Cloud y busquemos a Sephiroth!», decidió instantes antes de empezar a dar vueltas, empujando a quien la molestase, mientras gritaba el nombre de Sephiroth con la esperanza de que la oyese.
—¡Seeeeeephi! ¡Por tus muertos, no bebas nadaaaaaa! —gritaba cuando al fin vio por el rabillo del ojo una inconfundible cabellera plateada—. ¡¿SEPHIROTH?! —gritó tan agudo que casi pierde la voz del sobreesfuerzo.
—¡Presente! —respondió el guerrero, levantando el brazo derecho y soltando accidentalmente a su compañera de baile, Morfina, en medio giro, de modo que la anciana salió disparada en otra dirección.
—¡Sephiroth! ¡¿Qué hacías bailando con una momia?! —se indignó y, tras fijar su mirada en las pupilas dilatadas del hombre, añadió—: ¡Estás borracho!
—¡No, no, no, no, no, no, no! —negó, moviendo el dedo índice para reforzar sus palabras—. Yo no estoy borracho, ¡sólo he bebido un vaso de agua! —aseguró, tambaleándose.
—De acuerdo ¡pues estás colocado! —se corrigió ella, imaginando que, tras su experimento con las palancas de La Generadora, incluso el agua estaría adulterada.
—¡A mí no me han colocado en ningún lado! —sentenció convencido de lo que decía.
—Lo que tú digas, cariño —le dio la razón—. Sólo dime, ¿te encuentras bien? ¿Me reconoces?
—¡Por supuesto que estoy bien! ¡Estoy genial! ¡Supergenial! ¡Ahora mismo podría ponerme a bailar la macarena!
—¡Dios, no bromees con esas cosas! —se espantó.
—¡TÚUUUU! —oyeron de pronto una voz pastosa que, al darse la vuelta, pudieron comprobar que pertenecía a Cloud. El rubio se encontraba a menos de cinco pasos de ellos, señalando a Sephiroth con un dedo y frunciendo el ceño en un rictus amenazador—. ¡TÚUUUU!
—¡TÚUUUU! —repitió Sephiroth, imitándolo, y la cetra supo que no era para burlarse de Cloud, precisamente.
—¡SEPHIROOOOTH!
—¡CLOOOOOOOUD!
«¡Oh, Dios mío! No se irán a pelear ahora, ¿verdad?», deseó, sabiendo que, si Sephiroth intentaba desenfundar la Masamune en esa situación, habría una catástrofe.
—¡Chicos, esper...! —empezó, pero el grito común de los dos la cortó a media frase:
—¡Lo siento!
Aerith vio estupefacta como los dos se abrazaban y empezaban a llorar sin razón aparente.
—¡Lo siento mucho!
—¡¿Qué se supone que sentís tanto?! —exclamó ella, mosqueada y exasperada.
—¡Perdóname por quemar tu pueblo!
—¡No! ¡Perdóname tú a mí por intentar atacarte con la espada de Zack!
—¡No! ¡Perdóname tú a mí por no detener a Zack cuando te emborrachaba adrede! —insistió Sephiroth.
—¡No! ¡Perdóname tú a mí por perder la bolsa de equipaje donde tenías tu gabardina favorita!
—¡No! ¡Perdóname tú a mí por dejar que Zack te pusiese polvos pica–pica en el uniforme!
—¡No! ¡Perdóname tú a mí por no avisarte de que Zack te había metido mermelada en las botas! —replicó Cloud.
—¡No! ¡Perdóname tú a mí por...!
—¡¿Queréis parar de una vez?! —gritó Aerith y, al ver que aquella estrategia no servía, empezó a estirar de los pelos de Cloud para llevárselos a los dos fuera del gentío, hasta el único lugar desierto de la plaza: la roca de la hoguera.
Cuando al fin llegó, soltó al protagonista, apartó de una patada a Bugenhagen para tener más sitio, y volvió a prestar atención a lo que los dos hombres se decían:
—¡Jo, Cloud, eres un gran amigo!
—¡No, yo sí que tengo suerte de tener un amigo como tú, Sephiroth!
—¡Tío, te quiero!
—¡Yo, también!
«Dios, ahora han entrado en la fase de la exaltación de la amistad —pensó, con los nervios de punta—. ¡Míralos, tan amiguitos! ¡Y eso que Cloud siempre dice que quiere matarlo! Y Sephiroth... ¡mira qué amigablemente habla con Cloud pese a que sabe que estoy intentando ligar con él! ¡No está ni un poquito celoso!».
Con cada vez peor humor, los escuchó decir tonterías. Tras un rato, cambiaron de actitud y a Cloud le dio por abrazarse a una botella vacía y llorar, sumergido en una fase depresiva, mientras le preguntaba al recipiente de vidrio por qué Tifa no reparaba en él. Sephiroth, por su parte, había sacado su PHS y estaba marcando números.
—Sephi —empezó Aerith al percatarse—, ¿a quién lla...? —El sonido de su propio PHS la interrumpió. La muchacha lo sacó y descolgó—. ¿Quién?
—¿Aerith? —oyó ella tanto al otro lado del PHS como a su derecha.
—¿Sephiroth? —preguntó ella, mirándolo—. ¿Qué haces llamándome por PHS si me tienes al lado?
—¡Ya sé que es muy tarde, pero necesitaba hablar contigo! ¿Te he despertado?
—¡¿Es que no me ves a tu lado?!
—¡No te enfades! ¡Es que necesitaba oír tu voz!
—¡Para eso no necesitabas gastar saldo, estúpido! —contestó, sin darse cuenta de que aún lo hacía a través del PHS que no había apartado de su oreja.
—¡No me desprecies, Aerith! ¡Con todo lo que yo te quiero! ¡¿Cómo puedes ser tan cruel conmigo?!
—¡¿Qué te he hecho ahora?! ¡Si estoy vigilándote para que no cometas una locura como revolcarte con una momia o algo así!
—¡¿Ya estás otra vez con tus celos sin sentido?! —se quejó él—. ¡Si yo siempre te he sido fiel! ¡Tú eres la única para mí!
—¡No me mientas! ¡Que bien le mirabas las tetas a las chicas de tus tropas!
—¡Tenía que ver sus medallas para saber sus rangos!
—¡No me vengas con excusas baratas!
—¡¿Cómo puedes decirme eso después de ponerte a salir con mi mejor amigo?! —le recriminó.
—¡Porque él me lo pidió, no como tú que sólo me querías de revolca–amiga! ¡Acepté a salir con él para que lamentaras no haberme tomado en serio y te murieras de rabia!
—¡¿Cómo puedes ser tan cruel?! ¡Y yo que aguantaba sin decir nada por respeto a los dos! ¡Y los dos os estabais riendo de mí! —reprochó, empezando a sollozar.
—¡¿Pero qué hago intentando razonar contigo en este estado?! —se preguntó Aerith, recordándolo al oírlo lloriquear, algo que, sereno, no haría sólo porque hubiese pisoteado sus sentimientos sin compasión—. ¡Y deja de llorar como un crío, que pronto cumplirás los treinta!
—¡¿Es por eso?! ¡Piensas que soy demasiado viejo para ti!
—¡Argh! ¡Olvídame! —gruñó, cortando la llamada.
—¡¿Aerith?! ¡¿Aerith?! —preguntaba él al aparato, mientras ella le daba la espalda, desentendiéndose—. ¡¿Aeeeeeeeeerith?!
o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o
A la mañana siguiente... bueno, más bien al día siguiente, a las cuatro de la tarde, todavía nadie había despertado, por lo que el suelo estaba lleno de gente durmiendo la mona, botellas, vasos, basura y cosas aun más desagradables. Aerith, tras salir de una de las tiendas, donde se había estado entreteniendo apropiándose de trajes, volvió a suspirar ante el panorama.
«Creo que va siendo hora de que lo despierte», se dijo, haciendo camino hacia la hoguera, donde todavía estaban Cloud, abrazado a una botella, y Sephiroth, enganchado a su Masamune.
Cuando la chica estuvo frente a su objetivo, su amigo de la infancia, utilizó la magia esna sobre él para interrumpirle de forma abrupta y antinatural su estado sueño.
—Aaaaaaargh... —gimió Sephiroth, llevándose ambas manos a la cabeza—. Dios... qué migraña...
—Normal, con el pelotazo que pillaste ayer... —susurró Aerith, arrodillada a su lado.
—¡Ah!... No grites... —pidió, recibiendo una mirada irónica—. ¿Aerith? —la reconoció—. ¿Qué haces tú aquí?
—¿Es que no recuerdas lo de ayer en la fiesta? —se interesó.
—Pues... —empezó, incorporándose lentamente hasta quedar sentado, todo ello sin apartarse la mano de la frente—. Morfina me estaba enseñando los sándwiches... me entró sed, bebí un vaso de agua... y ya no recuerdo nada más. ¿Pasó algo malo? —temió—. ¿Estropeé tu plan? —entró en pánico.
—No, tranquilo, supongo que no —imaginó—. Sólo te vio Cloud, y no creo que me cueste hacerle creer que fue una alucinación —se dijo—. Pero, eso sí, deberías irte ya con tu madre, antes de que se despierte el resto.
—¿El resto? —repitió, mirando a su alrededor y descubriendo el panorama—. ¿Qué diantres ha pasado aquí?
—Nada que deba quitarte el sueño —cortó—. Vamos, levanta y ve a por tu madre. Yo te acompaño, que sé por dónde cae.
—Bueeeeeno... —accedió, ayudándose de la Masamune para incorporarse—. Dios... No tendrás un analgésico o algo así, ¿no?
—No, y yo que tú no tomaría nada hasta que te asegures de que estás limpio de sustancias nocivas.
—Offff... Este dolor de cabeza es peor que el que tuve cuando Hojo me tuvo dos semanas encerrado en una piscina de Mako cuando tenía cinco años... —gimió, siguiéndola.
—Ya se te pasará. Mira, ahí está —señaló la cabeza que dormía felizmente con sus dientes clavados en el lomo de Redypuchi. Sephiroth la arrancó de ahí y, cómo ni así la había despertado, la metió en la mochila—. Pues, nada, vete, que tienes que llegar a Nibelheim antes que nosotros, ¿recuerdas?
—De acuerdo —suspiró, poniendo rumbo a la salida, con la muchacha caminando a su lado—. Bueno —empezó, con tono alicaído, al llegar al principio de la escalera—. Hasta otra.
—Chao.
Aerith lo observó empezar a bajar los escalones con desgana y, tras unos instantes de meditación, dijo, empezando a seguirlo:
—¡Espera!
—¿Sí?
Sephiroth se detuvo y se dio media vuelta para encararla, preguntándose si se habría olvidado de darle alguna instrucción. Apenas lo hubo hecho, sintió que los brazos de la joven le rodeaban el cuello para atraerlo y así poder juntar sus labios con los de él. Ni la sorpresa, ni la espantosa migraña que lo torturaba impidieron a Sephiroth abrazarla con fuerza y responder al beso que Aerith había iniciado.
Cuando se separaron, ella le sonrió y dijo:
—Cuídate. Y recuerda... —añadió, colocándose junto a la oreja derecha la mano, con sólo el pulgar y el meñique extendidos—, permaneceremos en contacto.
—Descuida —le devolvió la sonrisa, imitando el gesto de ella—. Para lo que quieras, llámame y correré a tu lado —prometió, antes de reemprender su camino.
Tras verlo desaparecer en la lejanía, Aerith, tarareando una canción, regresó a la plaza, sin dejar que aquella horrible visión alterara su buen humor. Colocó una materia todos junto a la esna y de una levantó, sin miramientos, a todos. Aun así tuvo que esperar un rato a que sus compañeros reaccionasen, empezasen a pensar, y se reuniesen con ella junto a los restos de la hoguera, todo ello mientras llegaban las ambulancias para llevarse a muchos pueblerinos y turistas a lavarles el estómago.
—Mi cabezaaaaa... —gemía Cloud.
—Siento como si fuese a explotar... —añadió Tifa.
—Tengo nauseas... burp... —dijo Redypuchi.
—¡Barret! —exclamaron Cloud y Tifa, instantes antes de que todos, incluyendo ellos dos, hiciesen una mueca de dolor. Bajando el volumen, Tifa añadió—: ¿Qué haces disfrazado de bailarina del vientre?
—Sinceramente, no me acuerdo... —confesó.
—Ydo damboco me aduerdo de nada —declaró Yuffie.
—Yu–Yuffie... ¡te has operado los labios! —corearon los tres al ver que los labios de la joven ninja eran tres veces más grandes que la noche anterior.
—Dé va, es de me bos he demado, no dé bomo, y de me han hindado.
—¿Quéee?
—Que dice que se los ha quemado y se le han hinchado —tradujo Aerith—. En serio, chicos, qué caretos tenéis...
—Debió de ser una juerga muy loca, porque juraría que incluso aluciné con que Sephiroth me pedía perdón por algo —confesó Cloud.
—Pues yo no me acuerdo de nada —confesó Tifa, mientras Cait Sith se decía que mejor para ella.
—Lo que pasa es que tenéis muy poco aguante para el alcohol —sentenció Aerith. Sin embargo, pensaba: «Hay que ver qué duros son, que después del colocón de ayer ninguno tiene secuelas...».
—Tú, sin embargo —decía Tifa—, pareces estar genial, ¿no?
—Bah, es que yo soy muy dura —se jactó—. Hace falta mucho más que una fiesta desenfrenada para tumbarme.
—Bueno... A ver si Bugen ya ha alcanzado la concentración —empezó Cloud. Todos se giraron hacia el anciano, que seguía exactamente igual que la última vez que lo habían visto.
—¡Juajijú, juajijú, juajijú, juajijú!
—Nada, sigue igual —observó Barret, mientras Aerith empezaba a plantearse que igual lo había dejado tonto de por vida—. Puede que necesite mucho tiempo.
—El abuelito normalmente pasa mucho tiempo en sus viajes astrales —les comentó Redypuchi.
—Pues no podemos esperar tanto —sentenció Cloud—. Sephiroth nos espera en Nibelheim. Supongo que, de todos modos, no perdemos nada: dudo que Sephiroth tuviese puntos débiles.
—Entonces tendremos que ponernos en marcha —lamentó Tifa, que sentía que lo que realmente necesitaba era un día sabático y varias aspirinas.
—¿No podemos desayunar primero? —suplicó Barret.
—¡Nada de eso! —cortó Aerith, temiendo que volviesen a envenenarse—. ¡Ya desayunaremos por el camino, que el Planeta me ha dicho que debemos apresurarnos si no queremos que Sephi se nos escape!
—Vaaaaaale... —accedieron de mala gana, demasiado fastidiados por la resaca como para percatarse de cómo Aerith había llamado a su gran enemigo.
Fin del capítulo 10
Notas de la Autora (versión original): Tee–hee! Siento la larga espera. En este capítulo me he rayado un poco, pero me apetecía xD En el próximo al fin Nibelheim, que sé que estáis deseando que lleguen ahí (aunque no sé por qué). Sobre lo que más de uno me ha preguntado sobre si Cait Sith era un gato o una gata, la verdad, teniendo en cuenta que los peluches de animales son asexuados, y que Cait hablaba de sí en femenino durante lo que sucede en el Templo de los Ancianos, pues he puesto que era gata (en realidad da lo mismo, lo importante es que Reeve, quien la maneja, es hombre). Aclarado este punto, y sin inspiración para soltar burradas aquí, paso a las aclaraciones.
Aclaraciones:
Cait Sith — Simplemente aclarar para los que conocen el juego que en el fic el peluche de gatita es bastante más pequeño que en el juego, por razones argumentales obvias (que Tifa pueda llevarlo cómodamente encima).
Begimos — Unas bestias grandes y feas, de color morado, que tienden a lanzar artema o meteo antes de morir. Encantadores...
Cocatriz — Son unos animales de granja del FF12, una especie de pájaros gordos, de plumas oscuras, con pico pequeño y que no vuelan. Cuando las ves la primera vez piensas que son horrendas, pero con el tiempo uno se acostumbra y hasta las ve monas.
Pues eso es todo por hoy. Como parece que no hay mucha gente que lea este último párrafo, lo aprovecharé para meterme con todos impunemente ¡muahahaha! Va, bromas aparte, ya sabéis lo que toca ahora, cumplir con vuestro sagrado deber. No, no me refiero a que vayáis a misa y llenéis el cepillo, sino a que pinchéis al botoncito de los review y ahí me dejéis escrita cualquier tipo de duda, crítica, comentario, amenaza de muerte, abucheo, donuts bomba... Vamos, como siempre xD. ¡Nos leemos!
