Saludos ^^
Paso a dejar el siguiente capitulo c: gracias a las personas que me dejaron sus reviews ^^
Capítulo 10
Varios días habían pasado. Kyogre no dejó de visitar a Groudon ni una sola vez, cada día más feliz y sintiéndose más apegado a él. Sus sentimientos por el pokemon de tierra habían echado profundas raíces en su corazón, y las visitas que le daba continuamente eran como el rocío que hacía crecer su cariño hacia Groudon dentro de él, tal y como ocurriera con la flora de la isla. El lugar se había convertido en poco en un verdadero jardín, y ya estaba rebosante de vida: plantas, flores, pasto y árboles de pequeños tamaños que ya habían dado sus primeros frutos. Inclusive habían llegado algunos "visitantes" no deseados a la isla: Wingull traídos por las corrientes que se detenían a descansar y picotear las bayas. Shelder, Corsola y Tentacool que varaban en la orilla durante la noche, y que Groudon se molestaba en recoger y lanzar al mar cada mañana.
El pokemon rojo ya no solo consumía las piedras, arena y rocas marinas que habían salido junto con la isla desde las profundidades del mar: ahora también tenía frutas y vegetales, los que por cierto, llenaban de curiosidad al pokemon más joven. Se quedaba viendo a Groudon masticar frutas de todos los colores preguntándose a qué sabrían: él no consumía más que peces y plancton, aunque no era el único que sentía curiosidad por ciertos tipos de comida.
Una buena mañana, Kyogre salió desde el agua como de costumbre, salpicando y con su ánimo afable y cariñoso.
— ¡Buenos días…!—estaba diciendo como cada vez, cuando al notar, dos extraños tentáculos salían de la boca del pokemon rojo. Kyogre se espantó— ¡G-Groudon!—exclamó.
— ¿Qué?—preguntó el otro con la boca llena y extrañado.
— ¿Es un Tentacool?—quiso saber. El aludido asintió con la cabeza— ¡Escúpelo, tonto!
— ¿Por qué?
— ¡Porque es venenoso!
Groudon se espantó igualmente y escupió el pokemon ya masticado y gelatinoso. Escupió además la saliva morada, se limpió la boca y tragó arena para librarse del posible veneno que le hubiera quedado. Kyogre lo observó con el semblante muy serio.
—No puedo creer que hayas intentado comer algo tan peligroso—le reprochó.
—N-no lo sabía…—respondió el mayor, avergonzado y mirando en cualquier dirección—Nunca he comido animales marinos.
— ¿De verdad?—preguntó Kyogre un tanto extrañado.
El pokemon rojo asintió. Kyogre de inmediato pensó en algo y sonrió con cierta malicia. Este gesto alcanzó a poner nervioso al otro, quien no pudo explicarse la razón.
—Yo podría recomendarte algunos—dijo el enorme pez azul, cerrando los ojos y sonriendo anchamente—, unos muy deliciosos y nutritivos, por cierto.
— ¿En serio?
—Ahá. He pasado toda mi vida comiéndolos después de todo, y sé cuáles son los mejores. Además, puedo conseguirlos con facilidad.
Groudon se mostró emocionado. Se acercó a la orilla mientras Kyogre se hacía el interesante y miraba en cualquier dirección, como no notando la emoción del mayor.
— ¿Y qué tipo de pokemon serían esos?—quiso saber. Tal vez algunos acabaran varados en su isla tarde o temprano.
Kyogre sonrió aún más. Se sumergió un poco y de un aletazo envió una gran ola a un lado apartado de la isla, cerca de donde estaban ellos. Ambos pokemon se acercaron a ver y Groudon observó sorprendido lo que había allí: grandes Krabby, Crawdaunt, Remoraid y Magikarp estaban dispersos en la arena, y trataban de regresar torpemente al mar. El pokemon rojo apuntó a las presas: Kyogre asintió con la cabeza. En cuanto el mayor fue a coger uno de los cangrejos, con una enorme sonrisa emocionada, una segunda ola arrastró a todos los animales de regreso al agua antes de que ninguno fuera atrapado. Groudon se quedó parado en su sitio y luego se volvió a ver furioso al otro que se burlaba de él.
— ¡Qué rayos…!—estaba diciendo, con las manos en alto y exigiendo una explicación.
Kyogre se deslizó por el agua con gesto despectivo y le miró de reojo.
—Si quieres comer carne del mar—dijo—, vamos a hacer un trato.
— ¿Qué trato?
Minutos luego, Groudon regresaba de haberse paseado por la isla y venía con los brazos cargados de frutas y vegetales. Esta vez era Kyogre el que se mostraba emocionado y tenía muy abiertos sus grandes ojos amarillos. El pokemon rojo depositó la comida en la orilla y puso los brazos en jarra. El pez azulado cumplió su parte del trato, y de un simple movimiento de su brazo, una gran ola depositó varios tipos de peces, moluscos y cangrejos. Groudon fue hasta allá y los recolectó de uno en uno, regresando a sentarse frente a su compañero para conversar mientras comían.
— ¿Y cómo se come esto?—preguntó Groudon, cogiendo un enorme Crawdaunt que lanzaba tijeretazos.
—Sé bueno y mátalo primero—dijo el menor—, no es agradable que te coman vivo.
Aunque claro, él en el océano se tragaba todo y mataba a las presas de un bocado. Imaginaba que Groudon tendría problemas para comérselo, así que consideró mejor el matar al cangrejo para no hacerlo sufrir lentamente.
El mayor obedeció, y de un golpe con su garra en la cabeza despachó al pokemon de mar. Luego y siguiendo las indicaciones del otro, le arrancó las pinzas y la estrella. Luego se lo echó a la boca y masticó.
— ¿Y bien?
—No está mal.
Kyogre sonrió mientras el otro seguía probando los nuevos bocados marinos. Los Remoraid le parecieron especialmente buenos: su carne era blanda y muy sabrosa. El pokemon azul mientras tanto, observó su pila de frutas y verduras durante un largo momento. Luego miró al otro sin que éste se percatara del inconveniente que había. Le sonrió y esperó pacientemente, sin querer interrumpir su merienda, hasta que finalmente el otro se percató de que el pez no estaba comiendo.
— ¿Qué no vas a comer?—preguntó extrañado.
El aludido miró en otra dirección, siempre sonriendo. Se sonrojó enteramente y se sumergió un poco para evitar que se le notara.
—No puedo—dijo, levantando su aleta.
Sus enormes brazos tan poderosos en el agua le resultaban un tanto inútiles fuera de ésta. No podía sostener las frutas con ellos, o eso fue lo que hizo notar. Groudon llegó en poco a la conclusión, por lo que se volvió hacia él, cogió algunas frutas y se las ofreció. Kyogre se sonrojó todavía más: era algo demasiado sencillo, y sin embargo para él era especial. Y complicado…algo en su orgullo le hacía sentirse mal de que lo estuvieran alimentando en la boca, pero ese otro lado suyo, ese que pasaba casi todo el día pensando y acordándose de Groudon, extrañándolo y buscando tenerlo cerca estaba emocionado. Feliz. Ese lado había sido el que había planeado todo eso desde que viera el par de tentáculos saliendo de la boca del mayor. Había ideado todo aquello y se había fingido inútil para coger la fruta con su boca solo para tener ese momento.
Levantó con cuidado su cabeza y comió lo que el otro le había ofrecido. Masticó lentamente, tratando de concentrarse en el sabor nuevo de las frutas pero prestando más atención al leve y cálido contacto que había tenido con la mano del pokemon rojo. No podía dejar de sonreír y sentirse lleno de una alegría peculiar y nueva que quería salir de él, deseando subirse a Groudon y quedarse pegado a él el resto del día si fuera posible, aunque el sol le quemara la piel. Nunca antes había tenido esa sensación tan grande de buscar el tacto de alguien, mucho menos de un ser de la tierra. Cerró los ojos y trató de apaciguar las fuertes emociones que lo inundaban.
— ¿Y bien?—preguntó Groudon esta vez.
El aludido lo miró hacia arriba, haciéndole llegar sin querer toda la felicidad que traía por dentro. El pokemon rojizo la sintió, y se estremeció un poco sin saber por qué.
—Es delicioso…—respondió el menor.
Groudon volvió la cabeza, sintiendo algo raro. Intentó concentrarse de nuevo en su comida, pero a cada momento la sonrisa apacible y los ojos del otro lo distraían, como si repentinamente fuese otro el pokemon que tenía en frente. Kyogre lucía diferente por alguna extraña razón, y no era nada en su color azul o en las rayas rojas de su cuerpo. Era solo su sonrisa y sus ojos. Estaban cargados de alguna rara felicidad que él desconocía y le desconcertaba. Hubiese querido mirarle más de cerca o fijamente para descubrir qué era, pero eso hubiera resultado bastante incómodo.
Siguió comiendo y estirándole su mano con frutos al pokemon azul. Éste los comía con cuidado, frotando su cabeza al momento de coger la comida con la mano del otro, casi como si buscara una caricia. Groudon era muy ciego para esas cosas, pero aun así lo pudo notar, aunque no se atrevió a decir nada.
Cuando le estiró finalmente el último puñado de frutas, Kyogre las tomó en su boca y dejó su cabeza en la mano del pokemon mayor. Groudon dio un leve respingo y se volvió para mirarlo: el gran pez tenía los ojos cerrados y lucía muy avergonzado. Le estaba expresando de lleno que quería su tacto y le gustaba, y era por esta razón que le costaba abrir los ojos para mirarle, dejar de temblar o quitar el rubor de su rostro. Dentro de sí temblaba de miedo y de emoción, y rezaba porque el otro no se enfadara. No le rechazara. Se partiría en pedazos si algo así ocurría.
Pero Groudon no lo rechazó, aunque tampoco reaccionó de alguna forma. Se quedó con su mano estirada largos segundos, sintiendo la piel fría de Kyogre hasta que el otro dejó de temblar y finalmente se relajó, convencido de que nada malo pasaría. Lentamente abrió los ojos y le miró, lleno de duda y ansiedad. En su interior bullía en preguntas: ¿se habría molestado Groudon? ¿Le habría agradado, por el contrario? ¿Se habría dado cuenta por fin, como Kyogre, de lo que estaba sintiendo por él? ¿Sentiría él algo parecido?
Ninguna pregunta salió de su boca, pero necesitaba dolorosamente las respuestas. Se quedó viendo con el mayor en silencio y largamente, hasta que éste retiró su mano al fin, volvió la cabeza y siguió comiendo, guardándose él también las dudas que lo habían asaltado por aquel extraño gesto. Ninguna suposición que hiciera en el momento respondía a la duda principal: ¿por qué Kyogre había hecho eso? Pensó en todo, pero ni aún la más tonta de las suposiciones pudo responder a la pregunta, por lo que simplemente se calló y pretendió que nada había ocurrido.
Kyogre le esperó largamente, sintiendo un frío fatal invadirle por dentro. Hubiera deseado que el otro le dijera algo: cualquier cosa. Incluso un "por qué hiciste eso" o "no vuelvas a hacer eso" hubiera estado bien. Él hubiera podido lidiar con eso al final. Pero aquel silencio…
—Ya tengo…que irme…—soltó el más joven, retrocediendo y perdiendo por entero el brillo intenso que había tenido su mirada llena de felicidad y su rubor.
El otro asintió con la cabeza sin volverse a verlo.
—Gracias por los peces—dijo secamente y alargando la mano para alcanzar otro.
—Gracias por las frutas…
El pokemon azul se sumergió inmediatamente y desapareció en un instante, alejándose de la isla. Groudon hubiera apostado su cabeza a que el otro se había ido con los ojos humedecidos, a juzgar por el gemido dolido que salió de su última frase.
Continuará...
