CAPITULO 10

–Cuánto me alegra que estés aquí, Sakura querida. Estaba empezando a desesperar.

Aquel cálido abrazo y el tono afectuoso que había empleado hicieron que a Sakura se le hiciera un nudo en la garganta.

–Tengo que admitir que no me gusta verte enchufada a todos estos aparatos –murmuró–. ¿Cuándo te darán el alta?

– ¿El alta? –exclamó Sasuke, mirándola indignado–. Mi madre acaba de...

–Pronto, espero –lo interrumpió Mikoto–. No pienso quedarme en este lugar ni un minuto más de lo necesario. No me gustan los hospitales.

–A mí tampoco –murmuró Sakura, bajando la vista.

Cada vez que tenía que pisar un hospital la asaltaban los recuerdos de aquél en el que su hermano, Naruto, había estado ingresado varias veces antes de morir. Todas las personas a las que había querido le habían sido arrebatadas por la muerte: sus padres, su hermano, Kakashi, Hinata. Naruto era lo único que le quedaba.

–Sakura, ¿estás bien?

La voz de Mikoto la sacó del agujero oscuro y frío de sus más tristes recuerdos.

–Sí. Sí, estoy bien –se apresuró a contestar.

–Tenemos mucho de qué hablar –le dijo la mujer, apretándole suavemente la mano–. Sasuke, ¿por qué no vas a por un café para Sakura y otro para ti? –le pidió a su hijo.

Sasuke puso mala cara y farfulló algo entre dientes, pero finalmente salió de la habitación y las dejó a solas.

Minutos más tarde, cuando Sasuke regresó, su madre y Sakura estaban, según parecía, tan absortas en su conversación, que ninguna de las dos lo oyó entrar.

Sakura estaba pintándole las uñas a su madre, le había arreglado el cabello, aplicado un poco de colorete en las mejillas y le había pintado los labios.

En ese momento su madre se echó a reír, y el sonido de su risa dispersó las negras nubes de desánimo que se habían cernido sobre él en las últimas horas. De pronto su madre parecía relajada y feliz, y él volvía a tener esperanza. Presentía que su madre se iba a reponer, que viviría aún muchos años. Y era a Sakura a quien le debía aquella transformación.

Como tenía las manos ocupadas empujó la puerta con el pie, y las dos giraron la cabeza al oírla cerrarse.

La expresión de Sakura se tornó tensa, pero su madre esbozó una amplia sonrisa.

–Ah, ya está aquí Sasuke –dijo.

Sasuke se acercó, le dio a Sakura su café y dejó el suyo un momento sobre la mesilla para acercar una silla a la cama y sentarse.

–Pues sí, la verdad es que Ino me preocupa un poco –dijo su madre, volviendo el rostro hacia Sakura–. No sé si será capaz de sobrellevar la presión de casarse con un miembro del clan Uchiha. Es una chica tan...

– ¿Vivaz? –Sugirió Sakura con una sonrisa–. No creo que debas preocuparte, Mikoto; mientras Itachi y ella se quieran estoy segura de que lograrán superar cualquier problema.

–Eso espero –respondió su madre con un suspiro–. No sé, no se lo digas a ella, pero a veces pienso que no es muy femenina porque no parece nada ilusionada con la organización de la boda; cuando empecé a hablarle de todo lo que habría que hacer me dijo que las decisiones que yo tomase estarían bien.

–Bueno, a algunas mujeres no les va eso de hacer una boda por todo lo alto –contestó Sakura, encogiéndose de hombros–, pero eso no significa nada.

–Tiene otras cualidades –intervino Sasuke–: es una persona muy paciente y comprensiva.

–Es verdad, sí que lo es; y además le gustan los niños –asintió su madre–. Estoy deseando que me dé un nieto. Esperaba que mi primer nieto fuera de Sasuke, pero... en fin, no pudo ser.

Sasuke no podía creerse que su madre hubiera sacado aquello a colación.

Sakura bajó la vista, tan incómoda como él, y se puso de pie.

–Hablando de niños, tengo que volver a la casa –murmuró–; Naruto estará preguntándose dónde estoy.

–Estoy deseando conocer a tu hijo, Sakura. ¿Se parece a ti?

–Hum... no. En realidad... –respondió Sakura, algo titubeante–. Bueno, sus ojos son exactos a los de... a los de...

Sasuke frunció el entrecejo, preguntándose por qué se había puesto tan nerviosa ante una pregunta tan inocente. ¿La avergonzaba el hecho de ser madre soltera? ¿La incomodaba tener que hablar del padre del niño?

–Tienen sus mismas facciones –intervino, apiadándose de ella.

–Sí; sí, es verdad –se apresuró a asentir Sakura–. Bueno, debo irme; volveré a verte, Mikoto–le dijo a su madre, dirigiéndose de espaldas hacia la puerta.

Al llegar a ella hizo un gesto de despedida y salió.

Sasuke, que se había quedado allí plantado, perplejo con su reacción, se despidió de su madre con un beso y fue tras ella.

–Vamos, vamos –masculló Sakura, apretando impaciente una y otra vez el botón del ascensor.

Al ver por el rabillo del ojo a Sasuke, acercándose a ella por el pasillo, metió las manos en los bolsillos y bajó la vista.

– ¿A qué tanta prisa? –inquirió Sasuke al llegar a su lado.

–Naruto no está acostumbrado a pasar mucho tiempo sin mí.

– ¿Y qué me dices de cuando estás en el trabajo?

–Eso es distinto. Cuando me voy a trabajar lo dejo con Chiyo, una mujer que lleva cuidando de él desde que era un bebé, mientras que a Ino no la conoce y está en una casa extraña.

Sin embargo, más que por Naruto, si quería irse, era porque necesitaba salir de allí, alejarse de Sasuke y de aquel hospital, de los terribles recuerdos que le evocaba.

– ¿Y te ibas a marchar sola?

–Pensé que querrías quedarte un poco más con tu madre, así que decidí que tomaría un taxi.

–Pues como ves no será necesario; de todos modos tengo que pasar por casa antes de volver a la oficina.

Cuando por fin llegó el ascensor, ya estaba ocupado por una enfermera y un joven al que llevaba en una camilla. Éste tendría poco más de veinte años, y además de un brazo escayolado tenía el rostro lleno de moratones y cortes y el pecho vendado. Parecía que había sufrido un accidente de coche.

Vacilante, Sakura entró en el ascensor, seguida de Sasuke. Bajó la vista, pero el joven gimió, dolorido, y giró la cabeza hacia ella, que, horrorizada, apartó el rostro.

El ascensor se detuvo, las puertas se abrieron, y la enfermera se bajó en esa planta con el joven herido. Sakura se sentía mareada y la angustia la atenazaba.

Las puertas se cerraron de nuevo y continuaron bajando.

–Tengo que salir de aquí –musitó en un hilo de voz.

–Es este sitio, ¿no?

Sakura asintió.

–Odio los hospitales.

– ¿Tuviste un parto difícil con Naruto? –aventuró Sasuke.

Sakura tragó saliva. Difícilmente podía decirle la verdad.

–Todos los partos son difíciles, pero un hijo lo compensa todo –murmuró, rehuyendo su mirada–. Naruto es lo mejor que me ha pasado.

–Tiene mucho mérito que estés criándolo tú sola, y parece un chico estupendo. Deberías estar orgullosa de ti misma.

–Gracias –murmuró Sakura, sintiéndose horriblemente culpable.

Las puertas del ascensor se abrieron. Habían llegado al aparcamiento. Sasuke salió del ascensor y Sakura lo siguió, cabizbaja. No podía dejar de pensar en Naruto, su hermano, en las veces que había ido a verlo al hospital, en el terrible final que había tenido. También acudió a su mente el recuerdo de la noche en que Hina murió, de cómo poco a poco se le había ido escapando la vida.

Ver a Mikoto enferma y envejecida también le había afectado, le había recordado su propia mortalidad. ¿Qué sería de Naruto si le ocurriese algo? De pronto sintió que estaba mareada, que le faltaba el aire y que la invadía una angustia tremenda. Se detuvo, apoyó la espalda en una columna y cerró los ojos con fuerza en un esfuerzo por evitar que la dominara el pánico.

–Sakura, ¿estás bien?

Abrió los ojos sobresaltada al oír la voz de Sasuke y sentir sus manos sacudiéndola por los hombros. Si se hubiera dejado llevar por sus impulsos, habría apoyado la cabeza en su pecho y derramado las lágrimas que llevaba guardándose tanto tiempo, pero no quería mostrarse débil delante de él.

Alzó la cabeza y esbozó una débil sonrisa.

–Estoy bien; o al menos lo estaré cuando hayamos salido de aquí.

–Entonces vayámonos –murmuró él. Pero no se movió.

La expresión en el rostro de Sakura hizo que Sasuke sintiera deseos de abrazarla. Había una tristeza infinita en sus facciones, una vulnerabilidad que no había visto antes.

¿O sería tal vez que siempre se había negado a verla, que se había negado a admitir que no era la clase de mujer que creía que era?

Movido por una impulsividad repentina nada acostumbrada en él, inclinó la cabeza para besarla. No había pretendido que fuera otra cosa más que un beso breve y casto, un beso para reconfortarla, pero cuando sintió el aliento de Sakura sobre sus labios lo invadió una ola de deseo.

Quería empujarla contra la columna, sentir su cuerpo apretado contra el suyo, hacerla suya y no dejarla ir jamás. Únicamente la confusión en sus ojos logró detenerlo.

Se irguió y le puso una mano en la mejilla, posando durante un largo instante la mirada en sus labios entreabiertos, que no podían resultar más tentadores. Tuvo que hacer acopio de toda su capacidad de autocontrol para apartar los ojos de su boca. Finalmente depositó un leve beso en la punta de su nariz, y Sakura se rio suavemente.

–Eso hace cosquillas.

– ¿Ah, sí?

Sasuke se derritió por dentro. En ese día había descubierto a una Sakura tierna y compasiva que hasta entonces había desconocido; una Sakura muy distinta de la mujer egoísta por la que la había tenido hasta entonces. Se había mostrado tan paciente y cariñosa con su hijo, y tan dulce con su madre; animándola, apartando sus temores.