Capítulo Nueve

Pensé que me iba a dejar encadenada ahí por largo tiempo, incluso lo desee. Comencé a darme cuenta de lo horrible que era, de la bestia que había quedado en mi interior, y si por una parte, esa parte oscura, no me importaba, por aquella que jamás moriría ni siquiera al venderla en un pacto, me estaba muriendo.

Me odiaba a mi misma.

Él no se fue, aunque debió de hacerlo. Salió de su habitación y me dejó encerrada ahí una hora, pero al cabo de ese tiempo volvió. Y a pesar de la pálida luz de la noche, noté su expresión de angustia, la blancura en sus mejillas, y el ligero pero perceptible temblor en sus manos.

Recargó la espalda en la puerta cerrada y se deslizó hasta el suelo soltando un suspiro fuerte que me hizo sentir mil veces peor. Pasó sus fuertes manos por sus negros cabellos, tan frustrado, como buscando algo. ¿Palabras? ¿Soluciones? No las había, ¿cierto? No quedaba nada de mi.

-Tu eres Akane –dijo de pronto, y con su voz profunda se me erizó la piel-. ¿Verdad?

-Si.

-Entonces, ¿por qué no lo eres?

-Lo soy –la muñeca ya me dolía, el brazo comenzaba a entumirse, pero eso era apenas una mísera parte del castigo que merecía por mi gran error.

-Tan hermosa –continuó, como si no me escuchara-. Demasiado. No es natural. Tengo miedo.

-¿Por qué?

-Si antes… si antes era difícil y una pesadilla… -volvió a guardar silencio, yo no entendía nada, pero temía que se me salieran las palabras de mi alma negra y arruinara el hecho de que al menos me hablara-. ¿Akane?

-¿Si?

-¿Te acostaste con Mousse? ¿Te has acostado con alguien?

-No, Ranma. Nunca.

-No podría soportarlo, ¿entiendes? Tienes que decírmelo ahora que todavía hay tiempo.

-¿Tiempo de qué? –su voz era inestable, subía y bajaba, no dejaba de mover las manos a pesar de que el resto de su cuerpo permanecía estático. Tenía las rodillas flexionadas y los codos sobre éstas, pero no paraba de tocarse la frente, los labios…

-De no volverme loco. Me vas a volver loco, estoy seguro.

-Te dije que te fueras, que me dejaras. ¿Por qué no lo has hecho?

-¡Dime cómo! –alzó la voz a medias, no me miraba y yo no podía dejar de verlo.

-Empiezo a comprender cómo detener esto.

-Qué bien, Akane, porque yo no tengo ni idea de qué está pasando desde un principio. ¿Por qué no me lo dices? De pronto te encontré semiconsciente y luego eras hermosa. Y cada día más y más.

-Así ya no podrás quejarte de eso. Ya no soy la poco sexy, marimacho, nada atractiva chica que tanto detestabas.

Y entonces me miró, fue como si una mano invisible que saliera de mi lo jala de la barbilla para voltear bruscamente. Me quedé muda ante la intensidad de sus ojos azules. Se puso de pie y subió a la cama gateando, como un feroz felino de caza, apoyándose en sus brazos como de acero, que con cada movimiento marcaban cada uno de sus músculos. Yo estaba sentada con una pierna flexionada y la otra estirada, y él se colocó encima de mí, con ambas piernas a ambos lados de mi cadera, pero sin dejar caer su peso. Luego tomó mi rostro entre sus cálidas manos, con tanta ternura, que a pesar de la oscuridad que me comía por dentro, sentí unos terribles deseos de soltarme en llanto de nuevo.

Llanto del más lastimero arrepentimiento.

Ya no quería herirlo. Ya no podía soportarlo.

-¿Crees que te detestaba?

-¿Ahora me vas a decir que no es verdad?

Negó varias veces con la cabeza, con un gesto de agonía que me hundía en la desesperación.

-Jamás. Jamás, Akane. Fui un estúpido, soy demasiado estúpido. Siempre con miedo, a la defensiva. A todos en la Universidad los amenacé con que no se te acercaran, ¡nunca!

-¿Qué?

-Pero no todos me hacían caso, y entonces tenía que controlarme, como nunca antes había experimentado en mi vida, para no hacerlos pedazos. Sin embargo, el que tú les dirigieras la palabra, que les permitieras caminar a tu lado, acompañarte en la cafetería, en la biblioteca… Me sacaba de mis casillas, Akane.

-¿Por qué? –pregunté apenas creyendo sus palabras, inundada por su tono sincero y su voz que era la más bella de todas las melodías.

-Porque, cuando te tuve en mis brazos, creyendo que habías muerto, algo en mi murió. Algo se desgarró con un dolor tan real que casi me vuelve loco en ese momento. No vi futuro si no era contigo, sencillamente no podía concebir el hecho de que tu estuvieras muerta y yo vivo. El sólo pensar en los siguientes minutos, en que faltaban horas para el siguiente día, y en que tendría que vivir esas horas con ese maldito dolor, me desequilibraron. Dejé de ser el mismo. Aún cuando volviste a mi, yo ya había cambiado. Ya no me entró en la cabeza, aún ahora, que pudieras dejarme. No es una posibilidad, Akane, para mi no hay más. Si me dejas…

-Ranma –alcé mi mano libre, de nuevo hacia su mejilla tersa y morena-. ¿Por qué no me lo dijiste?

-Por cobarde. Porque ni la muerte, ni las heridas, ni el dolor físico, me asustan tanto como tu rechazo –me quedé sin palabras, y habría dado todo lo que quedaba en mi para haber tenido el poder de detenerme, de no herirlo más, de no ansiar su sufrimiento. Sí, lo habría dado todo, pero en ese momento ni siquiera la oscura Akane tenía el valor de romperle más el corazón, a un príncipe roto como él.

Por primera vez, Ranma se estaba abriendo delante de mi con una desesperación y a la vez una calma, que me aturdieron, me dejaron impactada y rebosante de felicidad.

¡Me quería, sin duda alguna, me quería!

Pero me asustaba también.

-Los insultos… -murmuré.

-¡Por idiota, Akane! Porque al imaginar que me podías dejar por alguien más, me asustaba tanto, tanto que era terror puro, escalando desde mis piernas, clavándose en mi corazón, que sólo se me ocurría lastimarte. Miedo, siempre el miedo.

-Ranma… ¿Me amas?

Se quedó callado, profundizando en mi mirada con una fuerza absorbente e irresistible. ¡Qué hombre! ¡Tan fuerte, tan maduro, tan bello en todos los sentidos!

-Te amo. Te amo así, tan distinta, tan no tú, tan peligrosamente hermosa. Te amo a pesar de haberte perdido, a pesar de tu asqueroso intento por tenerme. Quisiera no amar a esta nueva Akane, pero sencillamente no puedo. Está tu esencia en todo lo que haces, eres tú y a la vez no, y yo soy tan idiota que te seguiría amando así me hicieras pedazos. Pero… -mi corazón se detuvo, ¿o se había detenido desde antes, cuando sin un solo ápice de duda y temor me confesó todo eso?-. También amo a la que eras antes, la amo tanto que me desgarra el alma ya no verla. Necesito todo lo que eras, Akane, tus rabietas, tu inocencia, tu inmadurez. Antes eras niña y mujer, y yo me desvivía por estar contigo cada segundo; ahora eres mujer y monstruo y…

Se quedó callado, aún con sus manos en mi rostro y yo, sin haberme dado cuenta, había dejado su rostro para posar mi mano sobre su pecho, a la altura de su valiente corazón.

-¿Y? –lo incité con la voz temblándome de pánico, ¡pánico de que me dejara, de que sus siguientes palabras fueran una despedida!

-Y no puedo vivir sin ti, me has hecho adicto a cada cosa que haces, a pesar de no aprobarlo, a pesar de que me mata que no seas la de antes y no entender por qué, y de que sé, porque lo sé Akane, que sólo cambiaste para vengarte de mi, soy incapaz de dejarte. No puedo, no sé qué hacer. Me tienes en tus manos. ¿Qué tengo que hacer para salvarte?

-¿Salvarme? –y sentí de pronto como las primeras lágrimas abandonaban mis ojos para rodar como diamantes por mis mejillas. La vieja Akane, esa que aún no terminaba de ser arrancada de mi, sufría de una terrible tristeza.

-Sí, llora. No lo soporto, pero tampoco tu frialdad. Llora, y dime, ¿qué tengo que hacer para salvarte de ti misma?

Con sus dedos me limpió las lágrimas, pero brotaron más y más. Estaba aterrada, y temblaba debajo de él, temblaba ante su mirada comprensiva, de hombre poderoso, de hombre que sabe lo que hay que hacer y no le teme a la tempestad. ¿Qué había hecho para merecerlo?

Nada.

Cerré mi puño sobre la tela de su camiseta, sintiendo a través de ésta la dureza de su pecho, e intenté respirar porque de pronto me parecía lo más difícil y doloroso. Yo sabía qué debía de hacer para salvarme. ¡Lo sabía! ¡Lo sabía y estaba aterrorizada como nunca antes en toda mi vida! Y no por mí, oh no, jamás por mí. Sino por él, porque después de todas sus palabras, ahora más que nunca sabía lo mucho que iba a lastimarlo con la maldita solución a mi increíble estupidez.

-Akane, dímelo. Dímelo porque ya no puedo seguir viendo cómo te mueres por dentro. ¡Dímelo! ¡Hare lo que sea, lo que sea, sólo confía en mí! Dímelo…

-Mátame.