Ya era jueves. Brainy la había rechazado un sinfín de veces y no entendía por qué seguía doliéndole de esa manera. Helga bajó los escalones de su casa con pesadez y tristeza.
Allí estaba de nuevo, esa pared tapizada de fotografías que le acuchillaban una a una el corazón. Deslizó las yemas de los dedos por el barandal de las escaleras con pereza. Se sentó en la cocina vacía, con un plato de cereal lleno de leche y el cuerpo vacío de ánimos.
Cómo extrañaba a sus padres. Cuando su madre le atendía el desayuno y su padre bajaba detrás de ella diciéndole lo hermosa que era y que se parecía tanto a su madre cuando era joven, aunque ella supiera que era mentira porque era idéntica a Bob. Cuando sus padres se besaban y la dejaban en la escuela antes de irse a sus respectivos trabajos. Cuando jugaban juegos de mesa y corrían maratones en familia.
Llovía fuera de casa con estruendos, llovía dentro de ella en silencio.
Los ronquidos de Bob hacían retumbar las ventanas. Se dirigió a la habitación de sus padres y les dio un tierno beso antes de salir por la puerta, con la voz de su madre diciendo "Olga" en un suspiro detrás de ella.
Olga. Olga. Olga.
Salió de casa con un impermeable de color rosado y se colocó los audífonos después de ponerse la capucha de plástico sobre la cabeza. Nancy Spumoni cantaba con desgarradoras letras que le estremecían el alma mientras saltaba en los charcos de la calle con sus altas botas para lluvia.
Bang bang.
Bien, no podía ser tan malo ¿Cierto? Estaba en un lugar donde todo lo que parecía conocer se había esfumado. Donde su bully personal le había robado el lugar que tomaba en la sociedad y donde la gente parecía huir de ella y de sus palabras.
No podía olvidar siquiera la conversación que había tenido el día anterior con su profesor, después de clases.
-¿Sigues yendo con al psiquiatra, Helga? Me alegra que estén teniendo resultados pero me parece un tanto extraño que el cambio se efectuara de un día para otro… ¿Todo bien en casa?
He shoot me down, bang bang.
Ahora caminaba con el estómago encogido y la espalda mojada porque no quería subir al bus que la llevaría salva y seca hasta su destino. No quería ver a todos esos desconocidos. No quería ver a Gerald, ni a Phoebe, ni a Stinky. No quería ver a Brainy después de que la rechazó por enésima vez en la vida. No quería ver a Lila, pero especialmente, no quería siquiera tener que mirar a Arnold.
Helga creía en el destino, creía en la belleza interior de las personas. La culpaban de soñadora y optimista empedernida pero era difícil buscarle el lado bueno a una situación tan desconcertante y extraña. Tan poco probable. Tan mágica.
La tormenta azotó con más fuerza y el viento la meneaba mientras su garganta pedía a gritos librarse de todo eso.
Tuvo que acceder a un supermercado porque estaba completamente empapada. No quería llegar a la escuela pero no podía volver a casa. No por el posible regaño de sus padres, seguramente ni siquiera notaría que estaba allí, pero no sabía si podría soportar una vez más que la llamaran Olga sin desmoronarse en su lugar.
La campana sonó y el vendedor la miró con la ceja alzada. Era obvio que no iba a comprar nada y eso la hizo sentir incómoda pues la gente no dejaba de echarle una mirada rápida desaprobatoria.
-¿Cómo es posible que no venda carne de ornitorrinco, caballero?- se quejaba una señora mayor que tenía el cabello blanco y le faltaban varios dientes. Su entusiasmo y fortaleza le daban la vitalidad que sus arrugas le quitaban y los lentes frente a sus ojos le daban un aire familiar.
-Señora, es la tercera vez que viene en la semana, ya le he dicho que no vendemos carne de ornitorrinco y que probablemente no encuentre ningún lugar en el país donde se venda- mascullaba la encargada de refrigeradores dentro del local.
-Pero qué insulto, la reina Isabel irá a visitarme esta noche, me lo dejo saber la esposa de Tesla, esa, la paloma ¿No sabe la importancia que eso tiene?
-Señora, no quiero tener que llamar a la policía.
-¡Ande, llámelos! He escapado de prisión tantas veces como mi esposo ha comido pasas, ¡Soy un alma libre!
-Hola, disculpe ¿Se encuentra bien?-Intervino la empapada Helga, sin poder evitarlo.
-¡Eleonor!- gritó la anciana con entusiasmo- qué bueno que te encuentro, la reina estará feliz de verte de nuevo.
-¿La conoces?- inquirió la empleada a punto de explotar.
-Este...
-Por supuesto que me conoce, cabeza de nabo. Iré a buscar la carne en otro lugar, gracias por nada- se dispuso a irse con varias bolsas de mandado en manos.
-Déjeme ayudarle- se ofreció de nuevo Helga.
-Oh, cariño, muchísimas gracias- sonrió.
Ambas mujeres salieron del local, con la lluvia arremetiendo contra ellas. Se acercaron al auto de viejo estilo y metieron en los asientos de atrás el mandado.
-Vamos, Eleonor, tenemos tantas cosas que prepara para esta noche.
-No, señora, muchas gracias- sonrió Helga, sabiendo que no conocía a esa mujer en lo más mínimo y que probablemente le faltaba un tornillo, a la defensiva.
-Vamos, sé que a Kimba le dará gusto verte.
-¿Quién?
-Kimba, lindura. Mi cazador estrella, el chico excepcional con la cabeza como una sandía.
-¿Habla de Arnold?
-Sí, bueno, los mortales le dicen así.
-¿Conoce a Arnold?
La sonrisa de la mujer se engrandeció y un sabor picante en los labios hizo que la rubia ingresara en el auto. Con miedo, curiosidad y ansias de saber de qué se trataba todo esto abrochó su cinturón de seguridad, justo a tiempo para que Gertie arrancara el automóvil a toda velocidad.
-¿Tiene licencia de conducir?- inquirió la niña, sujetándose del asiento, entrando en pánico, recibiendo solo una sonora carcajada de la mujer como respuesta.
El auto se detuvo. Helga conocía esa casa. Era la casa de Arnold, era obvio. Había estado allí en ocasiones variadas. Como esa vez que el chico creía que moriría de una enfermedad antigua relacionada con los monos.
-Creo que estás bien, Helga.
La chica sonrió. Cómo extrañaba a ese tonto. Se sacudió en su lugar y ayudó a bajar las bolsas del auto, entrando con pasos débiles y temerosos a la que ella recordaba era la fría y vieja casona que Arnold compartía con su viudo abuelo. Las piezas comenzaron a juntarse en su cabeza de a poco. Quizá el abuelo de Arnold tenía una nueva relación y eso había cambiado radicalmente el estado de ánimo del chico. Tendría sentido tratándose de él, tan emocional como era.
Ambas dejaron todo sobre la mesa de la cocina y Helga pudo inspeccionar el interior. Estaba iluminada y limpia. Todo acomodado y desprendiendo un aura hogareña, cálida. La chimenea estaba encendida. Afuera seguía lloviendo y el piso de madera sonaba esponjoso bajo sus pies. Se sentó en la sala, dejándose envolver por esa vibra familiar que había perdido hacía casi una semana atrás.
-¡Pookie!- se escuchó una graciosa voz adulta detrás de ella-. Santo cielo, no me digas que has tomado el auto de nuevo para hacer las compras- le reclamaba azorado- sabes que es peligroso que andes allá afuera con este clima, más aun siendo que no tienes licencia de conducir.
-Es peligroso que ande afuera, con o sin auto abuelo- se coló un hombre corpulento de baja estatura a la conversación bajando los escalones.
-Más que peligroso para ella, es peligroso para la sociedad- agregó un europeo de voz ronca.
-Tú cállate, Kokoshka- le riñó el abuelo. Helga se asomó con lentitud por la parte de arriba del sillón, mirando la escena entusiasmada y aterrada al mismo tiempo ¿Quién era toda esa gente y porqué estaban en la casa de Arnold como si fuera propia?
-Fui de compras con Eleonor, hoy viene Isabel a cenar, me lo ha dicho…
-Déjame adivinar ¿La paloma esposa de Nikola Tesla? Ay, Galletita, no vuelvas a asustarme de esa manera- suspiró el hombre mayor regalándole una sonrisa a su esposa. Bastó un par de segundos para que, con interés, centrara su completa atención en Helga-. Oh, así que tú eres la famosa Eleonor- se rio como la rubia jamás había visto que lo hiciera.
Si el abuelo de Arnold podía caracterizarse por algo en específico era su pésimo humor y el poco interés que prestaba en su nieto, o en la vida en general. Él y el padre de Helga tenían peleas constantes pero nada del otro mundo. Su relación se estrechó un poco aquella vez en la que hicieron explotar un edificio intentando volar las maquinarias que destruirían el vecindario, gracias a la empresa de Industrias Futuro.
-¿Cuál era tu nombre, pequeña?
-¡ELEONOR!- se escuchó desde la cocina.
-Helga…-suspiró abochornada la rubia.
-Claro, claro, eres la amiguita de Arnold ¿Cierto? No tuve oportunidad de felicitarte pero esa broma de día de los inocentes con el pudín de chocolate- se rio divertido-. Oh, santos caracoles, estás empapada- exclamó al tenerla un poco más cerca-. ¿No quisieras darte un baño, amiguita? Podría darte un resfriado.
-Bueno, no… Yo, gracias… Pero estaba por marcharme.
-Pero el cielo se está cayendo a pedazos… Vamos, ve a bañarte, le diré a Suzie que te pase una muda de ropa. En cuanto estés lista si quieres puedo llevarte a tu casa en el auto- Helga hizo una mueca un tanto incómoda pero el hombre le guiñó el ojo- no te preocupes, pequeña, yo sí tengo licencia de conducir, no como esa loca- señaló a la señora que partía sandía con poses karatecas-. Además, es amabilidad Shortman por ayudar a traer a mi esposa a casa sana y salva.
Entonces sí era su esposa y podía que su teoría fuese real. Pero ¿Por qué Arnold jamás lo mencionó? No era común en él difamar su vida personal, pero alguien debió enterarse en la escuela ¿No? Además, una pregunta que seguía en pie en su cabeza era ¿Quién era toda esa gente desconocida? Bueno, al menos sabía que "Pookie" no era más una desconocida como tal.
Al final, accedió.
