Disclaimer: Está historia no me pertenece al finalizar les diré a quien pertenece, los personajes no son míos yo solo juego con ellos, estos son de Stephanie Meyer.
CHICOS SE QUE LAS NOTAS ESTAN PROHIBIDAS PERO LA PRIMERA ES LAMENTO HABER SUBIDO EL CAPITULO REPETIDO GRACIAS A QUIEN ME LO HIZO NOTAR.
LA SEGUNDA HOY LES IBA A DAR DOS CAPITULOS PERO POR MI ERROR DARE TRES POR MI ERROR.
Edward, un rato después, aunque le parecieron horas, la abrazó con más fuerza, le apartó el pelo de la cara y le dio un beso en la sien, delicado pero posesivo.
—Ha sido fantástico, glikia mou.
—¿Qué quiere decir?
—Eres inteligente, Swan, averígualo.
—Te gusta mucho decir mi apellido. No pasa un minuto sin que digas «Swan esto o Swan aquello».
—¿Te extraña? —ella notó su sonrisa en su cuello—. Tu apellido me parece intrigante y sexy. —¿Sexy?
—Antes de conocerte, solo lo había oído en una película de espías.
—¿Y te pareció que ella era sexy?
—Muchísimo, y muy infravalorada.
—Estoy de acuerdo en eso, pero solían pasarla por alto a cambio mujeres más sexys y descaradas y, además, era la que nunca se quedaba con el hombre que le gustaba.
—Bueno, creo que hemos subsanado eso esta noche… Además, tenía una capacidad asombrosa para perdurar. Como tú. Nadie en su sano juicio te pasaría por alto, Swan, aunque te deslices como un cisne.
—¿Me deslizo como un cisne? —preguntó ella entre risas.
—Por fuera, eres serena y eficiente, pero, por debajo, agitas las patas con fuerza para impulsarte.
—Vaya, y yo que creía que nadie podía ver cómo agito las patas.
—Algunas veces, solo es un levísimo chapoteo. Como cuando hago algo mal y te mueres de ganas de ponerme en mi sitio.
—Entonces, ¿sabes que haces cosas mal? Supongo que el primer paso es reconocerlo.
—Como todos los hombres en mi posición, vivo al límite, pero algunas veces necesito un ancla y tú eres mi ancla —replicó él en un tono que hizo que a ella casi se le saltarán las lágrimas.
—Edward… Yo…
La besó lentamente hasta que ella quiso más y fue a protestar cuando él se apartó.
—Tengo que quitarme el preservativo, ¿el cuarto de baño?
Ella se lo señaló y observó su espalda mientras se alejaba. Tuvo que agarrarse a la almohada ante la idea de que iba a hacer el amor otra vez con ese hombre sexy y viril. Sin embargo, el miedo se adueñó de ella. ¿Qué iba a hacer? Edward, quizá involuntariamente, le había revelado cuánto la respetaba y valoraba. Era paradójico, pero cuando ya no tenía que temer por su empleo, sí iba a tener que dejarlo. No había alternativa. Nunca traicionaría a Edward como lo habían traicionado antes y James podía irse al infierno. Descartó la posibilidad de sincerarse. No podría soportar que la mirara y viera otro fraude, como su padre, alguien que no le había contado la verdad sobre su pasado. Solo podía dimitir y buscar otro empleo lejos de allí, donde no la alcanzaran ni las amenazas de James ni los reproches de Edward.
La tristeza y el dolor le atenazaron las entrañas y hundió la cabeza en la almohada.
Dio un respingo cuando una mano cálida le acarició la espalda.
—¿Debería ofenderme porque te has olvidado de mi existencia?
Se recompuso y se dio la vuelta. Era impresionante aunque la tensión de esos días se reflejara en sus ojos. Sin poder evitarlo, lo agarró del pecho para acercarlo más.
—No me he olvidado. Siempre sé cuándo estás cerca, Edward, siempre.
—No puedo creerme que haya esperado tanto para hacerte mía.
El tono posesivo hizo que el corazón le diese un vuelco de placer, pero era inútil. Nunca sería suya porque eso no duraría más de una semana. Sin embargo, dejó de pensar en eso.
—¿Aunque sea bastante dulce, pero no como para perder la cabeza?
—Aunque lo dijera, creo que los dos sabemos que fue una mentira descarada.
—Entonces, ¿cuál era la verdad?
La besó con indolencia, pero ella notó su erección y sintió una descarga eléctrica.
—La verdad era que quería tumbarte en la colchoneta del gimnasio y tomarte hasta que no pudieras hablar. ¿Qué habrías hecho si hubiese dicho eso?
—Habría dicho, adelante —contestó ella mordisqueándole el lóbulo de la oreja. Él se incorporó, se puso encima de ella y la reclamó de la forma más elemental posible. Al cabo de unos segundos, sintió un deseo tan incontenible que no supo si suplicarle que se apiadara de ella o que no parara nunca.
—Sa… Edward, por favor… —suplicó ella cuando le lamió un pezón.
—Me encanta que digas mi nombre. Repítelo.
Ella negó con la cabeza y él le mordió el pezón endurecido.
—Di mi nombre, Isabella.
—¿Por qué? —preguntó ella en tono desafiante.
—Porque es increíblemente sexy que grites mi nombre llevada por la pasión.
—Pero es… Pero parece…
—¿Demasiado íntimo? —él siguió el recorrido erótico por los pechos sin dejar de mirarla—. Hace que todo sea más intenso, ¿no?
Le separó los muslos con firmeza y empezó a acariciarla lentamente con un pulgar.
—Sí —contestó ella sin poder respirar y arqueándose.
—Muy bien, déjate llevar, Isabella…
—Dios…
—Es la deidad equivocada —comentó él riéndose.
Ese sonido dio otra dimensión a las sensaciones que la dominaban. Le pasó la lengua por el interior de un muslo y fue acercándose a donde el pulgar estaba desarbolándola. El placer la arrasaba y producía la reacción que quería él. Su nombre retumbaba dentro de ella y buscaba la salida. Sintió la tensión del clímax que se avecinaba y su lengua no cesaba, hasta que sustituyó al pulgar. Ella cerró los ojos y un gemido le brotaba de lo más profundo de su ser. Iba a tener un orgasmo como no había tenido jamás. Intentó agarrarse de las sábanas, pero encontró carne ardiente y musculosa. Abrió los ojos justo cuando él entró con toda su potencia.
—¡Edward!
—¡Sí! ¡Qué ardiente estás!
Repitió su nombre como una letanía mientras el clímax más arrasador que había tenido la deslumbraba cegadoramente. Él siguió el ritmo entre gruñidos de placer.
—Isabella, eros mou —introdujo los dedos entre su pelo mientras la besaba—. Eres
increíble.
Apretó los dientes para recuperar el dominio de sí mismo, pero sabía que era una batalla placenteramente perdida. El cuerpo cálido y sexy que tenía debajo lo enloquecía y, efectivamente, una parte de sí mismo decía que estaba loco por haber esperado tanto, pero otra se alegraba. Isabella nunca se habría entregado en circunstancias normales. No sabía qué había pasado esa mañana tomando café, pero algo había dado un giro inesperado y lo había aturdido. Sabía que ella también lo había sentido. No sabía si ese era el motivo para que hubiese acabado allí, pero no iba a desaprovechar la ocasión. Lo volvía loco, pero nunca, ni en mil años, habría soñado que el sexo con ella fuera a ser tan intenso.
Ella repitió su nombre, como si no pudiese dejar de decirlo una vez que se había dado permiso. A él le parecía bien, mejor que bien, porque era un afrodisiaco muy potente. Iba a besarla otra vez cuando entrevió la frase tatuada en su clavícula izquierda. Ella, impaciente por el beso, se incorporó un poco y el pelo se apartó. No voy a hundirme, decía la frase con un ave Fénix al lado. Él ya sabía que era increíblemente valiente e intuía que su pasado, quizá su infancia, no habían sido fáciles. Se dio cuenta de lo poco que la conocía en realidad. No obstante, sí sabía que su integridad se había mantenido intacta a pesar de las adversidades.
Eso hizo que le brotara algo profundo y desconocido en su interior y, asombrosamente, la deseó más todavía. Acometió otra vez y se deleitó con su respiración asombrosamente, la deseó más todavía. Acometió otra vez y se deleitó con su respiración entrecortada, pero quería más.
—Abre los ojos —le ordenó.
—¿Qué…? —preguntó ella con los ojos color turquesa velados por el deseo. —Quiero que me veas, Isabella, que sientas lo que haces conmigo y que sepas que te valoro más de lo que te imaginas.
Se quedó boquiabierta y él la besó hasta que el clímax se acercó con toda su fuerza. Le separó más los muslos y arremetió entre los gritos extasiados de los dos hasta que explotó con un placer arrollador.
Esperó a que hubiesen recuperado el aliento para separarle el pelo y pasarle los dedos por el tatuaje. Ella se puso rígida.
—Muy interesante…
Era evidente que estaba pidiéndole una explicación, pero ella no podía destapar la caja de sus demonios cuando ya se había abierto tanto que Edward podía ver a través de ella. Con solo unas palabras, él le había abierto de par en par el corazón.
Quiero que me veas… Eres mi ancla, Isabella… Te valoro más de lo que te imaginas…
—Isabella —insistió él en tono más tajante.
—Me lo hice… cuando dejé mi último empleo…
—La mayoría de las personas se toma unas vacaciones entre dos empleos. ¿Tú te hiciste un tatuaje? —le preguntó él con una curiosidad aterradora—. Y, además, muy elocuente. ¿Te sentías como si estuvieses hundiéndote?
—Supongo que no soy la mayoría de las personas —replicó ella con una risa forzada y deseando dejar de hablar—. Además, efectivamente, me sentía como si estuviese hundiéndome.
¡Lo había dicho! Él le pasó los dedos por el ave Fénix y luego lo besó.
—Sin embargo, saliste victoriosa.
—S… Sí… —balbució ella.
—Estamos de acuerdo en una cosa, no eres la mayoría de las personas. Eres única
—él bajó la mano, le acarició un pecho y llegó hasta la cicatriz—. ¿Y esto?
Ella volvió a contener la respiración. ¿Acaso había creído que no se daría cuenta? Había recorrido todo su cuerpo con un detenimiento que le había producido un placer infinito y, naturalmente, se había fijado en la señal que le había dejado el corte de la interna.
—Me… Me atacaron. Me atracaron.
Eso era verdad, pero no podía decir dónde sucedió. Él dejó de acariciarla y soltó un juramento.
—¿Cuándo?
—Hace dos años.
—¿Atraparon al atacante? —preguntó mirándola a los ojos.
—Sí, lo atraparon —contestó ella cerrando los ojos—. Incluso, se hizo algo de justicia.
Si podía llamarse justicia a seis meses de aislamiento para una interna con cadena perpetua. Edward, sin embargo, pareció quedarse satisfecho.
—Me alegro —replicó él acariciándola otra vez.
Isabella se despertó al oír movimiento en su dormitorio. Abrió los ojos y vio a Edward al pie de la cama poniéndose los gemelos. Su expresión le llamó la atención. Ya no era el amante que le había susurrado palabras apasionadas, era el magnate multimillonario y, a pesar de la máscara, vio que la tensión no se había disipado completamente.
—Tengo que marcharme. Hay noticias.
—¿Cuáles? —preguntó ella sentándose y apartándose el pelo de la cara.
—Se han encontrado los cuerpos de dos tripulantes.
—¿Cuándo te has enterado? —preguntó ella con asombro y dolor.
—Hace diez minutos. Los encontraron a diez millas y los investigadores creen que se ahogaron.
—Dame diez minutos para que me duche. Yo… Tenemos que ocuparnos de que los repatríen.
Él dio la vuelta a la cama, se quedó delante de ella y le acarició una mejilla.
—Ya se han ocupado. Desperté al director de Recursos Humanos. Esos hombres murieron trabajando para mi empresa y soy el responsable. Él está organizándolo todo, pero voy a reunirme con las familias esta mañana para expresarles mis condolencias.
—No es el resultado que queríamos —replicó ella con tristeza—. ¿A quiénes han encontrado?
—Al segundo de a bordo y al primer oficial.
—Entonces, ¿sigue sin haber rastro de Royce King?
—Sí.
Eso significaba que también seguían sin saber qué había pasado.
—Haré lo que pueda para mantener a la prensa al margen, pero no puedo garantizar nada.
Intentó poner cara de profesionalidad, pero fue casi imposible cuando él le rodeó la cintura con los brazos y el infierno del deseo la abrasó por dentro.
—Están ocupándose de todo. Foyle dice que hay un protocolo establecido para todo esto. No podemos hacer nada más.
—Entonces, en estos momentos, sobro.
—Nunca —replicó él—. Nunca sobrarás para mí.
Su respuesta la asustó. Podía engañarse otra vez y creer que Edward estaba empezando a necesitarla como una vez soñó que la necesitarían. Se soltó de sus brazos con una risa forzada.
—Jamás digas nunca. Voy a ducharme. Tardaré diez minutos. Si quieres, hay café en la cocina.
Él asintió con la cabeza y ella contuvo el aliento hasta que salió del dormitorio. Ocho minutos después, estaba poniéndose los zapatos de tacón mientras se hacía el moño.
Se miró al espejo, se estiró las mangas del traje de Prada, recogió el bolso con la tableta dentro y salió.
Edward estaba mirando por la ventana de la sala. Se dio la vuelta al oírla y le dio una de las tazas que tenía justo cuando sonó su teléfono avisándole de que el chófer había llegado. Dio un sorbo mientras miraba al magnífico hombre que iba de un lado a otro. Un hombre que había tomado su cuerpo y que se había abierto paso a zonas de su corazón que creía marchitas. Alejarse de ese hombre la desgarraba de dolor y cuando él la miró con esos ojos hipnóticos, tuvo que hacer un esfuerzo para disimular lo que sentía. Tenía que dejar el dolor de corazón para más tarde porque, naturalmente, ese dolor era innegable. Lo sabía desde antes de haberse acostado con él y esa mañana, al verlo luchar contra la nueva adversidad, esos sentimientos habían sido más intensos.
—¿Necesitas algo antes de que nos marchemos?
—Sí, ven aquí.
Fue, deseosa, y él miró alrededor antes de dejar la taza en el alféizar de la ventana. —Más tarde me explicarás por qué este apartamento no tiene casi muebles, pero, ahora, hay algo que me importa más.
—¿Qué?
—No te he dado los buenos días como Dios manda y es posible que no pueda hacerlo cuando salgamos de aquí —le dio un beso largo y profundo—. Buenos días, pethi mou.
—Bu… Buenos días.
—Vámonos o no nos iremos nunca.
Hicieron casi en silencio el trayecto hasta la oficina. Edward, absorto, solo respondía con monosílabos y ella intentaba recuperar la profesionalidad. Cuando entraron en el aparcamiento subterráneo de las torres Cullen, ella no podía soportarlo más.
—Si estás preguntándote cómo sobrellevar esto, no te preocupes. Nadie tiene que saber lo que pasó anoche. Sé lo que pasó con Giselle y…
—Es una historia muy antigua. Lo que pasa entre nosotros es distinto.
—¿Quieres decir que te da igual que alguien se entere? —preguntó ella con el pulso acelerado.
—No he dicho eso —contestó él poniéndose rígido.
El dolor que la atravesó fue tan insoportable como irracional. Se bajó del coche en cuanto se paró, pero Edward la agarró de un brazo y despidió al conductor.
—Espera, no quería decir eso. Quería decir que no quiero, por nada del mundo, que te encuentres en el centro de la diana por mi pasado. Es muy fácil que la persona equivocada saque conclusiones equivocadas. No te mereces sufrir por los pecados de mi padre.
—Él… —ella retrocedió—. Él no fue siempre tan malo, ¿verdad?
Era impensable que hubiesen pasado una infancia tan distinta por fuera y tan parecida por dentro porque el corazón se le desgarraba cada vez que él hablaba de su padre. Ella, en definitiva, había conseguido soportar que no hubiese tenido ninguna relación con su madre.
—Sí, lo era. Era un conquistador y un extorsionador corrupto hasta la médula que disimulaba muy bien su verdadera forma de ser. Cuando lo desenmascararon, nuestras vidas cambiaron por completo. Los empleados de nuestra casa descubrían cada dos por tres a periodistas que rebuscaban por la noche en nuestra basura para encontrar más inmundicias.
—Es espantoso…
—Era espantoso, pero yo, equivocadamente, creí que no podía ser peor.
—¿Qué… más… averiguaste?
—Que mi padre tenía amantes por todo el mundo, no solo la secretaria que, cansada de sus promesas vacías, echó a rodar la bola de nieve. Cuando salió a la luz la primera amante, aquello fue imparable. ¿Sabes por qué lo hicieron todas?
Ella negó con la cabeza a pesar de que el miedo le atenazaba las entrañas.
—Por el dinero. Cuando detuvieron a mi padre y embargaron nuestros bienes, ellas comprendieron que se había acabado el dinero que financiaba sus vidas glamurosas y empezaron a vender historias al mejor postor, aunque mi madre intentara quitarse la vida por eso.
—Dios mío, lo siento, Edward.
—¿Ahora entiendes por qué me cuesta confiar en los demás? —preguntó él con aspereza.
—Sí, pero no pasa nada por conceder el beneficio de la duda de vez en cuando. Se avergonzó al darse cuenta de que estaba abogando por sí misma y él la miró con un gesto implacable, hasta que, lentamente, se relajó, le tomó la cara entre las manos y la besó.
—Isabella, por ti, estoy deseando dejar de ser escéptico y de esperar lo peor. Te aseguro que, en este caso, quiero comprobar que estoy equivocado.
Sin embargo, a las tres en punto de esa tarde, Richard Moorecroft llamó para confesar su participación en el accidente del petrolero.
