Estimados lectores,
Sí, sé que me he demorado demasiado —no me refiero a los tres años en actualizar, sino en los casi tres meses en subir este capítulo—. Y me disculpo. La vida es dura, dicen por ahí. Pero aquí estoy con este canapé.
¿Canapé? Sí, porque es un capítulo corto; no se enojen conmigo, por favor. Lo necesitaba así. Primero, porque mis habilidades para escribir están demasiado oxidadas y, segundo, porque necesito establecer un "punto de partida" para esta especie de "Segunda Temporada" del fic. Y sí, precisamente porque quiero sus opiniones de todo esto que recién está comenzando.
Sin más preámbulos, y agradeciendo su enorme y constante apoyo, se despide,
Iuris Doctor
El consejo de Ginny
por
Iuris Doctor
Salió del salón de clases con la respiración agitada, enfilando en línea recta hacia las escaleras que la sacarían de las mazmorras. Todavía sostenía en una mano el amarillento pergamino con aquella negruzca y gruesa «S» que le había hecho hervir la sangre.
—¿Por qué? —resonaba una vocecilla en su cabeza a medida que aceleraba el paso con decisión—. ¿Por qué, Hermione…?
«No sé…».
Dobló en una esquina, vagamente iluminada por las antorchas que decoraban las oscuras mazmorras del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. La cabeza le daba vueltas, pero la rapidez de su tranco le impedía tener siquiera un segundo de tranquilidad para lograr dilucidar esa ebullición de emociones que se agolpaba violentamente dentro de su pecho.
Tanto fue así que no logró ver las dos siluetas que se recortaban sobre la tenue iluminación del pasillo.
«¡Pam!»
—¿Qué demonios, Hermione?
Ron Weasley logró detenerla antes de que chocara a la velocidad de la luz contra él y Harry Potter quien, a su lado, observaba con extrañeza a la castaña.
—¿Pasa algo, Hermione? —preguntó Harry, sin disimular la mueca de preocupación que se apoderó de su rostro—. Te ves fatal.
—Gracias por el cumplido, Harry —ironizó Hermione con sorna, alejándose con delicadeza de las manos de Ron—, realmente lo necesitaba para comenzar la mañana.
Harry y Ron se miraron.
—¿Estás bien, Hermione? —insistió Ron.
—De maravilla —ironizó nuevamente la chica.
—Vamos, Hermione…
—No pasa nada, en serio. —Esbozó una mueca que pretendía emular una sonrisa, pero no lo logró—. ¿Vamos ya a Encantamientos…?
Pero ambos muchachos habían posado sus ojos sobre lo que sostenía Hermione en su mano izquierda.
—¿Y eso? —inquirió Ron, extendiendo la mano hacia el pergamino.
—¡Ni-lo-sueñes! —escupió ella, logrando que Ron retrocediera dos pasos, cara de espanto incluida. La muchacha bajó levemente la voz y espetó—: Nada relevante, sólo los deberes de Pociones.
Harry y Ron intercambiaron miradas de confusión. El pelirrojo se encogió de hombros.
—Bueno, tampoco me interesaba ver otra de tus «E», la verdad.
Hermione bufó. Harry abrió la boca pero no dijo nada. Ron, para variar, no captó el mensaje.
—¿Encantamientos, entonces? ¡Espero que Flitwick no nos mande otra pila de deberes!
Hermione puso los ojos en blanco y siguió a Ron, resignada.
Lo que restaba de mañana fue un incordio. Hermione estuvo gran parte de la clase de Encantamientos rasgando el pergamino en blanco que tenía frente a ella, con la pluma sin entintar y la cabeza llena de preguntas sin respuesta.
«Enfréntalo».
—No —murmuró ella, sin despegar la vista del pergamino—. No.
—¿Dijiste algo?
La mirada inquisidora de Ron se posó sobre la castaña, quien no se dio por aludida. Siguió rasgando el papel con la pluma, como si intentase esbozar algún tipo de respuesta ininteligible a todas las incógnitas que se iban abriendo ante ella, sin claridad suficiente como para enfrentar siquiera una. Podía escuchar, a lo lejos, la voz de Flitwick intentando explicar cómo utilizar el Encantamiento Aturdidor y sentía, vagamente, cómo Ron le picaba el brazo con el dedo.
—¿Hermione?
Pero ella no respondió.
—¿Señorita Granger?
Flitwick apareció, de pronto, a su lado. Pese a su pequeña estatura, pudo percatarse sin problema del extraño comportamiento de la chica: seguía, por inercia, rasgando el pergamino con la pluma sin tinta. El profesor no tardó en darse cuenta de lo que ella estaba haciendo, pero prefirió ignorarlo y carraspeó. Acto seguido, levantó la mirada y preguntó:
—¿Podría indicarme, por favor, cómo se puede repeler un Encantamiento Aturdidor?
Hermione soltó la pluma sin previo aviso y, torpemente, golpeó su tintero. Un pequeño «clink» recorrió el salón, al tiempo que la tinta bordeaba amenazadoramente la curvatura interna de su contenedor. La chica tragó saliva; sentía cómo su corazón latía, según parecía, a más de un millón de revoluciones por segundo.
—¿Y bien?
Flitwick enarcó una ceja y se cruzó de brazos, mientras golpeteaba su varita contra su antebrazo izquierdo.
—Ehm, bueno… —balbuceó Hermione. Sentía cómo el rubor se esparcía por sus mejillas pálidas. Decenas de ojos estaban posados inquisitivamente sobre ella—. Se me ocurre… ¿Un Encantamiento Escudo, quizá?
Flitwick dio un saltito.
—¡Excelente, señorita Granger! Cinco puntos para Gryffindor. Ahora, como dice la señorita Granger correctamente, el Encantamiento Aturdidor puede repelerse mediante un Protego… En cualquier caso, estamos hablando de casos en los cuales uno se enfrenta a dicho hechizo en un duelo, naturalmente…
El pequeño profesor comenzó a alejarse lentamente del pupitre de Hermione, a quien el corazón apaciguó lentamente. La muchacha suspiró con alivio y se hundió en su asiento, exhausta, como si hubiese tenido que correr dos veces la maratón de Londres.
—Nunca entiendo cómo lo haces, ¿sabes? —se quejó Ron.
—Yo tampoco —musitó ella en un tono casi inaudible.
Y así se fue dando toda la mañana. Hermione Granger estaba distraída como nunca, oyendo rara vez las preguntas que le hacía Ron o los comentarios de Harry sobre las clases. La vocecilla que se había apoderado de su cabeza la tenía desesperada, como si tuviese el desagradable zumbido de una abeja detrás de sus oídos constantemente. Como si algo —o alguien— se estuviese empecinando en hacerle la vida a cuadritos.
«Malfoy, quizá».
Por enésima vez, decidió ignorarla.
Harry y Ron habían salido a los jardines del Castillo a pasear a orillas del Lago Negro con Neville y Dean, por lo que Hermione decidió quedarse en la acogedora Sala Común de Gryffindor (el frío de aquel invierno no ameritaba un paseo junto al lago, muchas gracias), sentada junto a la chimenea con un enorme libro de Transformaciones sobre el regazo. Crookshanks, que la miraba de reojo de tanto en tanto, estaba acurrucado junto al fuego y, con la desidia de siempre, se dedicaba a gruñirle a cada ser humano que osase cruzarse frente a él. Un gruñido de Crookshanks, una risita nerviosa de Hermione.
Pasó la última página correspondiente al capítulo sobre animagos y se estiró con pereza. Ahogó un bostezo rebelde —«¿Qué pasa, Hermione? Son recién las tres de la tarde…»— y cerró el libro con estruendo, dejándolo reposar sobre sus rodillas. Miró a Crookshanks un instante, quien ronrroneó con recelo al corroborar que, como durante la última hora y media, el libraco de color rojo ocupaba el lugar que, por derecho, le correspondía al gato. La chica no pareció recibir el mensaje: hundió todo el peso de sus puños sobre el libro, encogiéndose en un extraño bostezo que exhudaba cansancio.
—Estoy cansada, Crookshanks. —Su voz trémula resonó fuertemente en la Sala Común que, por supuesto, estaba vacía. Crookshanks la ignoró—. Bueno, de vez en cuando podrías prestarme un poco de atención, ¿no?
El gato, quien pareció haber entendido el mensaje, se rearmó como pudo y enfiló hacia su ama. Se restregó contra sus delgadas pantorrillas un par de veces al compás de su ronrroneo y, finalmente, se acostó a los pies de Hermione. Ella esbozó una sonrisa.
—Veo que te estás tomando un descanso.
Hermione se echó hacia adelante bruscamente. Según sus cálculos no había pasado ni media milésima de segundo desde que Crookshanks se había acomodado junto a ella, pero la ceja alzada de Ginny Weasley parecía indicar todo lo contrario.
—Yo… Ehm… Ginny, estaba…
—Tranquila, Hermione —replicó la pelirroja alegremente, haciendo un gesto de desinterés con la mano, para luego sentarse en la butaca ubicada a la derecha de su interlocutora—. Veo que los TIMOs te tienen destruida. ¿Segura que duermes bien por las noches?
La chica se sobresaltó. ¿Dormía bien por las noches? Claro… Bueno, quizá de vez en cuando se despertaba por uno que otro sueño fuera de lo común. ¿Pesadillas? En lo absoluto.
—Por supuesto —contestó la castaña, alicaída—. ¿Cómo estás, Ginny?
La muchacha se encogió de hombros.
—Yo como siempre. ¿Y tú? ¿Cómo te tratan mi hermano y Harry?
—Todo como siempre, Ginny. Ahora me dejaron sola porque fueron…
—A dar un paseo, lo sé. Vi a Ron salir del Castillo con Dean.
La repentina mención del nombre de Dean Thomas no pasó desapercibida para Hermione, pero decidió ignorarla por el momento.
—¿No descansas ni un segundo, Hermione? —Ginny extendió un brazo y, con dificultad, retiró el pesado libro que yacía sobre las rodillas de su amiga—. ¿"Transformación Intermedia"? ¿Este todavía se usa en quinto?
—Ajá.
—¿Pasa algo? —Hermione no pudo discernir cuántas veces había escuchado esa pregunta ese día—. Te ves… ¿Cómo decirlo…? Como preocupada. O ansiosa por algo. No sé, es raro.
Hermione se mordió el labio inferior, perdiendo su mirada en el fuego de la chimenea.
—Estoy bien, Ginny. Nada de qué preocuparse.
—A mí no me engañas, Hermione Granger. Podré ser Weasley, pero no soy como Ron. Soy una Weasley, si entiendes a lo que me refiero.
—Lo sé. Sé que no eres Ron, pero no intento tomarte por tonta, Ginny. Estoy bien.
—Que conste que eso lo has dicho tú y no yo, eh —dijo Ginny, levemente ofendida—. Vamos, escúpelo. Soy toda oídos.
Hermione se sintió, de pronto, muy incómoda. Sus músculos se crisparon y tuvo que acomodarse en la butaca de forma brusca para no sentir que su cuerpo se dormía —tanto así que Crookshanks pegó un saltito y se quejó—. Los ojos castaños de Ginny se entornaron y, ladeando la cabeza, insistió:
—¡Vamos, Hermione! Cuéntame.
—Lo que pasa, Ginny… Es que… La verdad, no…
—¿Mmm…?
—No es nada, Ginny, en serio. Sólo son los TIMOs, es eso.
La pelirroja arcó una ceja, con suspicacia.
—Falta bastante todavía para los TIMOs, Hermione. A mí no me engañas. Además, te estás mordiendo el labio.
Y era verdad. El nerviosismo delataba a Hermione: estaba haciendo lo posible para ocultar cualquier detalle que pudiese generar algún tipo de sospecha de que estaba mintiendo o, al menos, de que efectivamente ocultaba algo. Intentó aflojar la presión de sus dientes sobre su labio inferior, pero no pudo hacerlo sin conseguir otro efecto: un escalofrío recorrió la parte baja de su espalda y, como acto reflejo, su cuerpo se estremeció.
«¿Por qué no contarle?»
—Es irrelevante —contestó ella. En voz alta. Ginny esbozó una sonrisita.
«Te preocupa tanto que hablas en voz alta, niña», musitó, triunfante, aquella vocecita.
—Entonces sí te pasa algo. Vamos, ¿vas a decírmelo o tendré que utilizar algún método poco ortodoxo para sonsacarte la información?
Ginny señaló el bolsillo interior de su túnica. Hermione entendió inmediatamente la amenaza: no, mocomurciélagos no, por favor.
—Está bien —concedió la castaña, luego de suspirar resignada—. Te contaré qué pasa.
Hermione hizo un paneo general respecto de lo que había pasado desde que le habían asignado hacer el ensayo con Malfoy. Convenientemente, omitió todos los sucesos anteriores —particularmente el humillante suceso del castigo en la Sala de Trofeos— y, por sobre todo, no dijo ni una mísera palabra sobre aquella vocecilla que surgía de la parte trasera de su cabeza para atormentarla de vez en cuando.
Ginny la escuchaba atentamente, sin despegar sus ojos del rostro de la castaña quien, a toda costa, evitaba mirarla directamente por si ello podía significar delatar las omisiones y recortes que estaba efectuando a la historia a su conveniencia.
Luego del último respiro, habiendo transcurrido al menos cuarenta minutos desde que Hermione se rindió, la chica terminó su historia haciendo hincapié en la rabia que sentía por la calificación que había obtenido en Pociones.
—Entiendo —dijo Ginny, pensativa. Se llevó el índice y el pulgar al mentón. Arrugó la frente y resopló—. Básicamente, tu problema es Malfoy siendo Malfoy, ¿me equivoco?
Hermione asintió, contrariada, como deseando que todo lo que estaba pasando fuese uno de esos raros sueños que estaba teniendo últimamente.
—Bueno, ¿y cuál sería la novedad en todo esto? No, no, no te lo tomes a mal, Hermione —se disculpó Ginny, quien tuvo que comerse una mirada asesina por parte de su interlocutora—, a lo que me refiero es que Malfoy siempre ha sido así. Quizá lo que te molesta es que, por primera vez, afecta tus calificaciones. Si entendí bien.
—Sí, eso debe ser. —Hermione masticó las ganas de contarle la verdad a Ginny, de decirle que todo esto iba mucho más allá y que estaba tomando tintes insospechados incluso para ella misma, provocándole una inseguridad que le carcomía las entrañas—. Pero creo que es normal, ¿no?
Ginny pegó un grito.
—¡No! No es normal, Hermione, no lo normalices. Malfoy es un pelmazo, siempre lo ha sido y siempre lo será. Pero no por eso tienes que conformarte con que se salga con la suya. Lo que le hace falta a ese niño mimado —puso especial énfasis en las últimas dos palabras, saboreándolas maliciosamente— es que lo encares.
—¿Encararlo, dices?
—Por supuesto —recalcó Ginny—. Sé que lo has hecho varias veces, sé que hasta le has dejado la nariz hecha un tomate, pero creo que esta vez es diferente. Digo, las cosas son diferentes.
Hermione captó el mensaje inmediatamente. Malfoy no estaba en la misma posición ahora que en tercero. Voldemort había vuelto. Quizá eso le daba una mayor seguridad y un mayor respaldo para actuar así. Y ahora, con Umbridge…
—Entiendo a qué te refieres, Ginny, pero… ¿A qué te refieres, exactamente…?
—Me refiero a enfrentarlo. A solas. A oscuras, si es posible. Tomarlo desprevenido.
Hermione estuvo a punto de contarle a Ginny que eso ya lo había hecho hace un tiempo, y no había funcionado. Pero la muchacha, como si se tratase de la más hábil experta en legilimancia, le contestó:
—No basta con enfrentarlo con palabras, Herms. Tienes que hechizarlo. Atacarlo. Un duelo, si es que me explico. Tienes que asustarlo. Demostrarle quién eres, más allá de tu sangre.
Hermione negó con la cabeza.
—Los duelos en los pasillos están prohibidos, Ginny. Imagínate alguien se entera, o si Malfoy me acusa…
Ginny soltó una risotada que asustó hasta a Crookshanks. La muchacha se echó hacia adelante, dejando su nariz a centímetros de la boca de Hermione.
—¿Acusarte? Imposible, Hermione. Piénsalo. Está claro que lo derrotarás en el duelo. No sólo eso: lo humillarás. ¿Crees que podría ir a lloriquearle eso a Snape o a Umbridge? Le daría vergüenza. Jamás lo haría. ¡Además, con todo lo que hemos aprendido en el ED!
Sintió que algo se relamía en la parte posterior de su cabeza, como si la vocecilla hubiese adquirido corporalidad y pudiese excitarse ante la sola imagen de humillar a Malfoy e, incluso, de hacerle daño. Hermione sacudió la cabeza, nuevamente confundida, y espetó:
—No lo haré, Ginny. Sería romper las reglas, y ya sabes…
Una nueva carcajada de la Weasley rompió con el silencio de la Sala Común.
—¿Hermione Granger preocupándose por «romper las reglas»? ¡Por favor! ¡A ti te deberían haber expulsado ya hace muchos…!
—¡Shh! —la reprendió Hermione, histérica, mirando de un lado a otro por si había alguien más en la sala. Nerviosa, su respiración se agitó y musitó a duras penas—: No… digas… nada de eso, Ginny. ¡Imagínate si alguien lo escucha…!
—Yo sólo decía —se excusó la interpelada, despreocupada. Miró su reloj de pulsera y se pusó de pie de un salto, roja como un tomate—. ¡Por las barbas de Merlín! ¡Son las cuatro de la tarde! Me están esperan… Bueno, ya nos vemos, Hermione. ¡Piénsalo!
El último grito de Ginny fue amortiguado por el retrato de la Señora Gorda una vez que éste se cerró tras ella. La pelirroja salió como un bólido desde su butaca hacia el retrato, como si su presencia en quién-sabe-dónde fuera de vida o muerte.
Hermione se estiró en la butaca, haciendo oídos sordos a las provocaciones que venían de detrás de su cabeza.
«Hazlo. Esta noche».
Como siempre, palabras al cierre:
(i) ¿Corto, verdad? Sí, muy corto. Pero necesario. Como ya les dije, necesitaba hacerlo así. Necesitaba practicar, plantear lo que se viene y leerlos a ustedes.
(ii) Ahora me cranearé cómo enfocar lo que se viene. Me explico: sé lo que se viene, pero no sé cómo enfocarlo. ¿Hermione o Draco? Puntos de vista, I mean… Los leo!
Un abrazo y muchas gracias.
