Y la luz se hizo despacio, como un pequeño punto anaranjado que crecía entre cada pestañazo.

Al principio fue solo una imagen fuera de enfoque, quizás la vaga idea de estar soñando. Pero entonces llegaron hasta ella otras sensaciones. La calidez del fuego que dibujaba destellos rojos en su piel, el aroma a cedro, vainilla, tabaco... y la suavidad del tapiz mullido del sofá.

Desorientada, recolectando los pedazos de recuerdos, Ginny se incorporó de prisa... y sus ojos tropezaron con el cuerpo del joven que yacía a su lado, sentado a escasos centímetros de ella, enteramente vestido de negro y con una botella vacía a sus pies.

Por un instante, la pelirroja se distrajo observando al Slytherin dormido. Su piel lívida fulguraba como la cera iluminada por las llamas. Su mano derecha, aquella que portaba el anillo con el emblema Malfoy, descansaba sobre sus ojos cerrados, ocultando en parte los círculos negros que se habían hecho más notorios desde el triunfo del Innombrable. Aún dormido, Draco conservaba su elegancia legendaria. Pero Ginny no lo pensó. Saliendo de aquella ensoñación momentánea, recordó los días prisionera en aquella torre y la voz que comandaba su mente, recordó el beso nauseabundo de Blaise, el momento en el cual el miedo prevaleció al asco, recordó el hielo bajo sus pies, y la luz de la luna bañando el rosario de cruces sobre las tumbas de los muggles. Todo lo demás estaba en brumas.

Se apretó la cabeza con ambas manos y dejó escapar un suspiro de desesperación. Levantó la vista, divisando los techos altos y la decoración victoriana que solo podían pertenecer a Malfoy Mannor.

-Piensa Ginny..piensa- se dijo a sí misma aturdida. Estaba en la casa de Draco Malfoy, conocido mortífago e hijo del hombre que hacia pocas semanas había muerto desangrado en frente de sus ojos. Era muy probable que él la hubiera llevado a ese lugar en complicidad con Zabini.

El pulso de la chica empezó a acelerarse. Evaluó sus pies descalzos, su falta de varita, y el sol que se asomaba por las grandes ventanas de cristal, iluminando los vastos campos teñidos de nieve blanca que se divisaban a lo lejos. No llegaría muy lejos, si acaso podría salir de allí sin ser descubierta.

Por puro instinto, Ginny se echó el cabello hacia atrás, se acercó con mucho cuidado al rubio, reprimiendo el aliento para no despertarlo. Palpó los bolsillos del Slytherin, rogando a todos los magos encontrar su varita y así matar dos pájaros de un tiro: desarmarlo y resolver el problema de su propio método de escape. Con dedos agiles, localizó la vara de madera entre el doblado de la chaqueta negra de Malfoy. La extrajo en silencio, rogando no ser delatada por los latidos desesperados de su corazón. Cuando por fin lo logró, sus ojos esperanzados se iluminaron con el sol que entraba por la ventana, y en ese mismo instante Draco Malfoy abrió los suyos.

Por unos breves segundos, ambos contuvieron la respiración.

El se quedó inmóvil, contemplando desde el sopor la luz reflejada en aquellos rizos de fuego, creyendo que aquello era una alucinación producida por el alcohol.

Pero ella no le dio tiempo a pensar en nada más. Ginny Weasley contrajo en un puño su mano derecha y lo estrechó contra la nariz del joven heredero.

-¡Maldición!- escupió él, mientras se llevaba ambas manos a la cara, y echaba la cabeza hacia atrás tratando de contener la sangre que manaba de su nariz. Sacó su varita desde el bolsillo de su chaqueta y se levantó de un salto del sofá, buscando a la chica que había desaparecido aprovechando el momento de distracción.

Ginny corrió por el pasillo central, despertando con sus pasos apresurados la hilera de magos y brujas que dormían en los retratos del corredor. El vestido de seda francesa era abultado e incómodo, delatándola con su crujir de tela sobre tela, e imposibilitándole respirar a la par.

Bajó las escaleras de prisa, estrellándose al doblar con una urna antigua. El objeto cayó al suelo, rodando entre los escalones, quebrándose en mil pedazos y creando un ruido espantoso , que alertó al dueño de la casa. Draco escuchó el sonido, y emprendió la marcha en la dirección correcta.

-¡Niña estúpida!- gritó para hacerse escuchar antes de llegar a las escaleras. Era rápido, y estaba en forma, pero los restos de la resaca lo habían dejado en ascuas, y para rematar el golpe en la nariz habían terminado por trastrocarle las ideas.- ¡No te voy a hacer daño!-

Ginny lo escuchó, y se levantó del suelo de inmediato. Un pedazo de la barro de aquella urna se había clavado en la base de su mano izquierda, haciéndola sangrar . Pero la voz de Malfoy la alertó. Siguió corriendo hacia adelante, sin mirar atrás, rogando por encontrar la puerta principal, pero aquella casa parecía un laberinto de pasillos oscuros y los muebles eran imposibles de reconocer , amortajados entre sábanas blancas.

Al fin, divisó lo que parecía ser la puerta de salida, y con la varita que se había robado apuntó hacia la cerradura.

-Alohomora- susurró en un hilo de voz para no ser delatada .

Nada. No funcionó. Desesperada, Ginny volvió a intentar una y otra vez, hasta que se rindió con la magia y sujetó con sus dos manos sangrantes la perilla, forcejeando, rogándole a todas las fuerzas del bien que le ayudaran a abrir la puerta y correr entre la nieve lejos de Malfoy y sus secuaces. Pero la voz cansada, somnolienta y con un tinte de exasperación del Slytherin a sus espaldas la detuvo en seco.

-Expelliarmus- murmuró él, y la varita voló entre los dedos de Ginny. Confundida y asustada, la Gryffindor se volvió para enfrentarlo cara a cara. Su piel transpiraba por el esfuerzo, y sus ojos estaban muy cerca de las lágrimas, pero él se veía más derrotado que ella.

El rubio guardó su varita, mientras la chica lo observaba, inmóvil y expectante, con la expresión de un animal acorralado.

-No te voy a hacer daño- repitió el con voz cansada. Con un accio silencioso recuperó la varita de su padre, que ella había sustraído de su chaqueta, y la guardó.

Ginny no entendía, pero aún así se mantuvo alerta, sintiendo la madera de la puerta contra su espalda. Sus pies le escocían a rabiar por las quemaduras del hielo y la nieve. No tenia salida, de eso estaba segura, pero no le daría el placer a Malfoy de verla llorar, así que se secó las lagrimas de prisa sin abandonar su estado alerta.

Draco se pasó la mano por el cabello. No tenía ni la más mínima idea de que haría ahora, y el dolor de cabeza agravado por el golpe de la chica Weasley no le ayudaba a pensar. Ella estaba ahí, mirándolo con esos grandes ojos desafiantes, esperando que él decidiera su próximo movimiento.

-¿Qué quieres de mi?- musitó ella con la voz más fuerte que pudo encontrar.

Él resopló. Pensó en todas las posibilidades, desde esconderla en el sótano, hasta enviarla a América y borrarle la memoria para que nunca lo delatara. En esas estaba, cuando las llamaradas verdes de la chimenea relampaguearon, y el sonido clásico de que alguien acababa de llegar por la línea floo lo sacó de sus pensamientos. Sin darle tiempo a protestar, ni a defenderse, tomó a la Gryffindor y la arrastró hacia debajo de la escalera.

-No te muevas- susurró en su oído, y acto seguido sacó su varita como pudo, mientras ella se retorcía forcejeando.

-Petrificus Totalus- susurró. Ginny Weasley sintió como su cuerpo se volvía de piedra. Sus grandes ojos quedaron inexpresivos ante la vista del chico que abrió la pequeña puerta de una alacena, y la colocó en un rincón. Él le hizo una señal para que guardara silencio, y luego cerró la puerta, abandonándola a su suerte.

Y la oscuridad creció. Ginny sentía cada fibra de su cuerpo tensa como una tabla. En largos minutos intentó mentalmente deshacerse del hechizo, pero le fue imposible. Sin su varita era muy difícil canalizar la magia requerida para hacerlo. Vencida, se dispuso a esperar lo que fuera que llegara.

El cerró la puerta en silencio. Se limpió los restos de sangre del rostro, peinó su cabello de prisa y trató de recobrar la calma, mientras subía las escaleras. Las personas de los retratos se volvieron a dormir, ignorando los pasos elegantes del último de sus descendientes. Demasiadas cosas habían sucedido en Malfoy Mannor en los últimos años, terribles y magnificas, para asombrarse por una niña escandalosa vestida de cortesana, que corría descalza por los pasillos. Con prestancia, haciendo gala de sus dotes de oclumancia para esconder los sucesos recientes, Draco entró al salón principal.

Bellatrix Black Viuda Lestrange curioseaba con los objetos colocados encima de la chimenea. Había cambiado mucho meses después de aquella victoria apabullante. Su cintura se había perdido y sus caderas se habían ensanchado en un vientre prominente, albergando el único anhelo que tuvo desde la juventud: un hijo del Señor Tenebroso. Aun en el estado avanzado de gestación, usaba los mismos vestidos ajustados al estilo victoriano, y su rostro mantenía aquella forma de calavera que había tomado por los años de encierro en Azkaban.

El problema de su marido se había resultado relativamente fácil con una muerte justo tiempo, como "´por arte de magia". A partir del momento en que el ministerio cayó bajo las manos del Señor Oscuro, no había otra ley que no fuera la suya, y nadie extrañaría a un hombre sin ambiciones como Rodolphus Lestrange, que se dejaba atropellar por los descaros de su mujer, soportando estar casado con alguien que solo vivía para otro.

-Draco- susurró ella con esa voz pueril, fría y escalofriante. Su frente se arrugó, y sus labios se fruncieron como en el gesto que hace una madre para consolar a un bebe. Se acercó a su sobrino y lo abrazó durante unos segundos.

El no la abrazo de vuelta. Se quedó allí, con la vista perdida, sin responder, pero sin poner resistencia, como quien recibe las condolencias de un extraño. Su tía siempre le había provocado una sarta de sentimientos contradictorios.

De niño solo conoció las imágenes por el árbol familiar, y lo poco que pudo escuchar de boca de su madre. Los Malfoy no querían saber de nada que tuviera que ver con El Señor Tenebroso luego de su caída, de milagro se había salvado Lucius de una pena de por vida en Azkaban. Y se le había parecido a su madre, con aquel porte de elegancia innata en los Black, aun cuando el encierro le había robado su belleza. Pero eso era lo único, Narcissa era de baja estatura, de voz suave y cabello tan rubio como el de su hijo. Sus ojos eran altivos, pero amorosos para los suyos. Habría dado su propia vida por su hijo o por su esposo, y aunque compartía los ideales de pureza y ambición, de status y clase, ella no era capaz de cualquier cosa, como Bellatrix.

Su tía era una sociópata, así lo había entendido desde que se le pasaron los humos y enfrentó la realidad del Señor Tenebroso. Ella era capaz de exterminar su propia sangre por el objeto de su obsesión, y para Draco nada era más importante que su familia, ni siquiera la pureza de sangre.

-Lo lamento mucho- mintió ella con voz condescendiente. El no respondió nada. La invitó a sentarse en un sillón con un gesto de su mano, y se dirigió a buscarle un trago. Mientras servía el vino en una copa la vigiló furtivamente. Debía ser muy cauteloso, no dar muestras de nerviosismo alguno. Bella era como los animales, capaz de oler el miedo, la angustia o simplemente las mentiras en los ojos de los demás. Ella le había enseñado oclumancia, y por muy bueno que se hubiera dado, no era rival para ella.

-¿Ya decidiste cuando será el funeral?- preguntó ella cuando él le entregó la bebida. Draco se sentó al frente. Miró el trago que el mismo se había servido y lo volvió a colocar sobre la mesa sin probarlo.

- No habrá funeral- contestó él, lacónico y taciturno- Anoche mismo lo enterré-

Bellatrix lo observó detenidamente. Trato de buscar algo extraño en su sobrino, pero al final pensó que el chico había tenido demasiado en los últimos tiempo. No sabía que decirle, ni planeaba intentarlo, no tenía un solo hueso de madre en su cuerpo, Merlín lo sabía. Lo que llevaba en el vientre era solo su manera de adquirir poder sobre el Señor de las Tinieblas. Y Narcissa nunca le había pedido que velara por su hijo porque sabía que ella no daba para tales cosas. Volvió a sorber su trago, pensando que Draco ya era un hombre, y no necesitaba más que lo que le habían dejado. Dada la gran cantidad de mortífagos que había recién reclutados no eran necesarios su servicios-por lo menos durante el momento-.

-Si necesitas algo...-empezó con aquel tono de voz condescendiente que reservaba solo para su familia.

-No- la interrumpió él con los ojos grises fijos en el fondo del vaso- Lo único que quiero ahora es tener tiempo para mi mismo-

Ella se levantó del asiento con algo de dificultad. - No se diga mas- sonrió- Si necesitas hablar...- las palabras murieron en sus labios. Ella no era la persona adecuada para hablar de nada, pero al fin y al cabo, entre ellos dos existían un vinculo. -Ya eres mayor para estas cosas-finalizó.

Draco asintió algo ausente, la acompañó hacia la chimenea. Bella desapareció entre las llamas verdes con un guiño de complicidad. Un minuto más tarde, él bloqueó la línea floo por completo. No podía arriesgarse de nuevo, así que se dirigió al baño y metió la cabeza debajo el grifo. El agua fría calmó el dolor, por lo menos lo suficiente para pensar con mayor claridad. Se miró al espejo. Las ojeras lo hacían ver mayor, más parecido a su padre. Se secó las manos y busco un vial de poción en el gabinete. Se lo bebió de un solo trago, y el dolor de cabeza desapareció. Ahora sabía lo que tenía que hacer.

Bajó al primer piso, y abrió la puerta de la alacena donde se encontraba la chica. Luego deshizo el hechizo que la mantenía inmóvil. Ginny Weasley se levantó del suelo, mirándolo fijamente. Quien la hubiese visto pensaría que estaba convencida de que el Slytherin la mataría. Draco la seguía apuntando con la varita, mirándola en silencio. Parecía como si aun no se decidiera que le iba a decir.

-No sé qué hacer contigo, Weasley- admitió luego de unos minutos. Ginny tragó saliva. Se acababa de dar cuenta de que Draco no la mataría. Recordaba la historia que Harry le contó, como él se quedo inmóvil frente a Dumbledore, incapaz de cumplir las órdenes de Voldemort.

-Déjame ir- suplicó esperanzada.

Draco chasqueó la lengua. La idea le resultaba tentadora, pero no era para nada rentable. Si la atrapaban descubrirían que la había ayudado, y aliarse con algún traidor equivalía a la muerte entre el código de los Mortífagos. Sonrió mordazmente, pensando en que sucedería después. Quizás el destino de su casa era que todos murieran a temprana edad.

-No- contestó- Te quedaras aquí hasta que decida que hacer contigo- estableció.

Ginny frunció el ceño. Quiso gritar, rogarle y volverle a suplicar que le dejara ir. Pero en vez de eso, entrecerró los ojos en una mirada fría de odio.

-Mi familia está muerta-escupió ella- Harry..mis amigos.. no sé que han hecho con Hermione.. Si no sabes que hacer, yo te lo diré...- tragó saliva-... mátame... o déjame ir. -

Draco sonrió con arrogancia.

-Te quedaras aquí- reafirmó- No tienes otra salida-. Y acto seguido cerró la puerta dejando a Ginny en la alacena.

Xxx

Perdón

Sé que durado muchísimo para actualizar, pero he estado algo ocupada. Espero que me disculpen. El próximo capitulo es de Sev y Herms, y se viene muy pronto- lo prometo-.

Un beso, mil gracias por comentar la historia. Draco está un poco OoC, pero recuerden que ha perdido a sus dos padres, y que está solo en Malfoy Mannor. Bella no se ve tan loca como de costumbre, y es porque en este capítulo la vemos desde el punto de vista de Draco. Y lo único bueno que tiene Bella -Merlín perdóname por poner Bella y Bueno en una sola oración.- es que le importa algo su familia.