¡Hola! Me he tardado un poco en actualizar, pero al fin he aquí el siguiente capítulo. Debo volver a agradecer a todas por sus comentarios y su paciencia con el fic, que sé va lento. Para compensar, esta vez les dejo un capítulo largo.

Espero disfruten de la lectura.


No había límites en el cielo despejado en ese mediodía. Todo estaba pintado de un cerúleo impecable. Casi novelesco. Las calles eran transitadas por miles de transeúntes locales y extranjeros, como ellos, que a diferencia del resto, quienes se observaban conversando entusiasmados, por vaya a saber qué cosa, caminaban en completo silencio. La inicial tensión entre el francés de rojos cabellos y Mu había disminuido conforme avanzaban, pero ninguno daba señales de entablar una conversación. Mu quería, pero no sabía cómo comenzar sin molestar al aparente francés arisco. A Camus simplemente no le interesaba una charla con el tibetano.

Shaka había estado callado desde que comenzaran a caminar, ajeno a la antipática convivencia de su hermano y el de cabellos lilas. Deseaba por una vez, tan sólo por una vez, que Camus no se comportara como su padre. Sabía de sus miedos, él también los tenía, era la primera vez en años que caminaba por una calle tan concurrida, que estaba tanto tiempo al contacto con el aire libre. Y se sentía de maravilla. Se sentía de maravilla tener decisión propia.

Pronto comenzaría con los tratamientos, y si todo salía como el doctor así lo había prometido… le temblaron las manos al pensar en una vida fuera del agobio familiar, una vida con el poder de elegir y decidir por sí solo.

El hotel – como siempre – se encontrada concurrido, varios de sus huéspedes se hallaban en el lobby o el comedor, donde ellos se dirigían. Shaka frunció el ceño al ver que Camus se dirigía hacia las escaleras, evidentemente con intenciones de ir a su habitación, por lo que lo detuvo de un brazo. El pelirrojo no volteó pero aguardó a que su hermano hablara. Mu se sentía bastante incómodo con la situación. De reojo observó a Shaina, quien se encontraba en el receptáculo de recepción, siendo testigo indirecta de la discusión entre ambos hermanos.

—Creo que habías dicho que almorzaríamos primero—inconscientemente y para sorpresa de Camus, apresó su brazo con rabia.

—Lo sé… sólo iré a comunicarle a nuestro padre las noticias. Adelántense—se soltó del agarré y observó esta vez con severidad a su hermano—, haz que higienicen la mesa y los cubiertos antes de que te sientes.

Subió las escaleras, dejando a Shaka furioso en medio del salón.

—Discúlpame, Camus no suele ser así, generalmente es una persona correcta—se disculpó con Mu.

—Descuida, también comprendo su situación, sólo se preocupa por ti…

—Demasiado, espero que aún estés de ánimos para almorzar juntos—Mu sonrió mientras sus mejillas se coloraban un poco.

—Por supuesto.

Juntos cruzaron el lobby saludando amablemente a Shaina, siguiendo de largo hasta entrar al comedor del hotel, no tardaron en ubicarse en una mesa cerca de un gran ventanal, por donde entraba la cálida luz del sol. Mu para evitar futuros enfrentamientos hizo lo que Camus había recomendado, pidió que higienizaran la mesa y las sillas, así, como los cubiertos.

Kanon había visto ingresar a sus clientes, por lo que decidió acercarse y saludar, era muy dado a conversar con los inquilinos, cosa que Saga evitaba a toda costa.

—¡Buen día!—dijo cuando estuvo a escasos pasos de la mesa que habían elegido.

—¡Buen día Kanon!—devolvió el saludo Mu alegre de verlo, en el tiempo que llevaba en el hotel, le había tomado confianza a la pareja.

—Señor Argyropoulos, buen día—dijo cortésmente Shaka.

—Mu, veo que tienes una capacidad increíble de hacer amistad… la otra noche te vi cenando con Shijima—Otra cosa que no tenía Kanon, era, filtros al hablar.

Mu se sonrojó furiosamente. No pensaba que Kanon sacaría ese tema, tal vez Shaina no le había comentado el mal rato que había pasado con el pelirrojo.

—El señor Becher fue muy amable en invitarme a cenar—habló con más seriedad de lo propuesto, dando por entendido que no hablaría más del asunto. Al menos Kanon y Shaka así lo entendieron—.Al igual que Shaka y su hermano.

Kanon observó al joven rubio con detenimiento, todavía resonaba en su cabeza aquella extraña escena que había protagonizado Shijima en la mañana. Se fijó al mismo tiempo – no tan discretamente – en el barbijo que llevaba puesto. Tal descaro muy por el contrario de avergonzar a Shaka, le enfadó, Kanon lo notó enseguida, por lo que se apresuró a hablar.

—He notado que llevas un barbijo, soy algo curioso… no quiero incomodarte pero en este lugar no es necesario que lo lleves.

—Kanon—Mu quiso interrumpir, pero Shaka se adelantó.

—De todas formas deberé quitármelo para almorzar—dijo seco.

—El hotel cuenta con un sistema de purificador de aire. Fue idea de Milo—comentó sin importarle el hecho de que muy probable, ellos no conocían a su primo.

Pero si lo conocían, al menos Shaka.

—¿Milo? ¿El Doctor Caristeas?

El rubio se arriesgó a preguntar. Y es que hacía un buen rato que la fisonomía de Kanon le recordaba a su nuevo médico.

El griego sonrió un momento, recordando la pequeña conversación que había mantenido con Milo por teléfono hacia escasas horas. La emoción del reto que le suponía la enfermedad de su nuevo paciente y del – a palabras de Milo – "escandalosamente bello" de su pelirrojo hermano. ¿Era demasiada casualidad? Vaya que sí.

—Sí el mismo. Eres el paciente de quien me habló esta mañana ¡pero qué pequeño es el mundo! ¿No lo crees?

—Al parecer…

Camus llegó en ese momento, algo contrariado por los rostros presentes; el cínico de Kanon, el indiferente de su hermano… y Mu.

Ahora que lo observaba detenidamente, Kanon tenía que reconocer el exquisito gusto de su primo, Camus era una criatura perfecta.

—¿Ya ordenaron?—preguntó, ignorando deliberadamente al dueño del lugar.

Viéndose ignorado, frunció el ceño. Cuando se percató de que algo había llamado la atención de los demás. Camus giró para ver a Shijima y Sísifo ingresar al comedor. Observó de soslayo a Mu, quien no quitaba la vista, algo compungido, del otro pelirrojo.

Fue Shaka quien cortó con el enrarecido silencio, ignorante de cuanto sucedía a su alrededor. Sobre todo con Mu.

—¿Qué sucede?

Camus dio un ligero respingo antes de ubicarse a su lado.

—Deberíamos regresar a la habitación, nuestro padre desea hablar contigo, a pesar de que le repetí varias veces que te hallabas bien, no estará tranquilo si no eres tú quien se lo dice—dijo con desgano.

—Acaso no puedes esperar a que…

—Shaka.

El rubio suspiro frustrado, incorporándose del asiento.

—Disculpa Mu, postergaremos el almuerzo.

—Sí, está bien—el rubio arrugó su ceño algo ofendido por el aparente desinterés del peli lila.

Tomó el brazo de Camus y caminó de regreso a su habitación, viendo efímeramente a las dos personas que se hallaban en la entrada al comedor.


«¿Será niño o niña?»


La magnitud, la intensidad de sus iris le atrajeron, como si sus ojos fueran conectados a ese campo magnético que era la mirada del mayor.


«¿Por qué lloras?»


Shaka sintió algo extraño. Algo profundo. Sintió la conmoción, el desespero en aquella mirada, que no aparataba su azul de él. Una incomodidad le recorrió el cuerpo, como algo lejano e intenso.


«¿No estás feliz con el bebé?»


Tuvo que desviar la atención que indirectamente le había incitado ese extraño. Y por algo ajeno a su comprensión deseo salir de ese lugar cuanto antes.

—Oye Camus—habló casi en su oído para que sólo el francés lo escuchara—¿No te parece que ese hombre se parece a ti?

Camus observó a su hermano sorprendido por lo dicho. No creía parecerse en nada al sujeto ese, salvo claro está, en el rojo de los cabellos.

—Ha de teñirse—ironizó el francés, sacando una leve sonrisa a su hermano. Al parecer ya no estaba molesto con él.

Shijima sintió como poco a poco el aire comenzaba a dejar de entrar en su organismo, como su pecho se agitaba y su cuerpo temblaba. Sísifo sujetó su brazo temeroso de que perdiera el conocimiento, el inglés estaba alarmantemente pálido. Si bien, entendía a su amigo, todavía no estaba muy convencido de que sus sospechas fueran ciertas. Esos jóvenes ciertamente eran particulares, pero ya había visto infinidad de veces la misma historia, la misma reacción en su amigo y la decepción después. Incontables veces pareció hallar a su querido hermano, incontables veces se enfrentó a la amarga realidad, a niños parecidos a él, sólo apariencia, pues de sangre, nada tenían en común. No quería verlo sufrir otra vez.

—Con permiso—la voz de Camus pidiendo pasar los bajó nuevamente a la realidad. Ellos seguían en la entrada, bloqueándola.

Sísifo sujeto a su amigo y caminó retirándose del paso, disculpándose con los jóvenes. Camus asintió sin mucho interés para seguir su camino, mas Shaka al ver al hombre tan pálido se detuvo.

—¿Se encuentra usted bien?—generalmente cuando hablaban con extraños lo hacían en inglés, pues no estaban tan seguros de que todos conocieran griego.

Pero Shijima no habló, se detuvo a retratar en su mente cada rasgo del rubio, cada gesto, por escueto que estos fueran. Debía memorizar su rostro.

—Shaka, date prisa.

Shaka…

Era un nombre bastante curioso para una persona. Y sabía perfectamente que su origen, era hindú.

—Él se encuentra bien, hemos tenido una mañana bastante agitada, disculpa a mi amigo—dijo Sísifo con una sonrisa, la cual Shaka no devolvió.

Se limitó a asentir y observar a Mu por un momento antes de retirarse. El peli lila estaba sorprendido por todo lo ocurrido, no habían sido más que unos segundos, pero juró ver en el rostro del mayor una felicidad enorme, una ilusión que lo dejaba sin habla. Se tensó ligeramente cuando notó que el pelirrojo se dirigía a su mesa.

—Señor Argyropoulos, ¿me permite unos minutos con Mu?

Kanon que no entendía nada de lo que ocurría, se incorporó de la mesa dejando a los dos solos. Sísifo también había optado por dejar a su amigo un momento a solas, mientras retomaba el camino hacia el cuarto de encomiendas, siendo guiado amablemente por el gemelo.

Por un instante que a ambos le pareció enorme, el silencio imperó en la mesa. Mu quería saber qué buscaba ese sujeto con él, después de lo ocurrido entre ellos, prefería evitarlo, pero si Shijima venía con intenciones de disculparse, aceptaría hablar con él.

—¿Qué deseas hablar conmigo?

Shijima aguardó un instante más, mientras sus facciones volvían a tomar esa ya característica inmutabilidad.

—Cuando ingresé te vi conversando con esas dos personas que acaban de salir. Dime—Mu, sentía que la sangre poco a poco comenzaba a bullir—;¿Qué tienes tú que ver con ellos? ¿De dónde los conoces?

Mu siempre había sido un joven sereno, pocas veces algo en la vida logró sacarlo de su templanza, pocas cosas pudieron desequilibrar aquel armónico interior que poseía. Pocas. Y ésta, fue una de ellas.

Cerró sus ojos, mientras internamente contaba hasta diez. Jamás haría un escándalo en público, y si dejaba que su furia hablara en ese momento, estaba seguro que – incluso – lo golpearía.

—Son huéspedes del hotel que amablemente me invitaron a almorzar.

El tono monocorde de su voz, hizo que Shijima sintiera pena, seguramente se había sobrepasado, pero su desesperación clamaba y se alzaba victoriosa en ese momento. Suspiró dispuesto a dar por concluida la charla. Mu notó la decepción en su rosto, supo que su respuesta no era la que esperaba. Pero él tenía sus propias preguntas que urgían respuestas, no lo dejaría ir tan fácil. Sujetó el brazo del de cabellos rojos, mientras aguardaba por su atención.

Pero a él las palabras tampoco le salieron. ¿Qué decir? Dio un suspiro al tiempo que soltaba el brazo de su agarre. Shijima tragó algo de saliva, todavía avergonzado de lo ocurrido.

—Me gustaría que habláramos, creo que te debo una disculpa por mi comportamiento, pero también debo resolver un asunto importante—.Mu mantuvo su mutismo, su semblante sereno no exteriorizaba lo que realmente sentía, pero tampoco se sentía con ánimos de responder—.Permíteme compensar mi fallo y acepta una nueva cita.

—De acuerdo…


Noroeste indio, dieciocho años atrás.

Era su trabajo. Era para lo que lo habían entrenado, en lo que era bueno. Para lo que servía.

Era una inmundicia.

Cada vez que efectuaba con precisión y maestría dichos trabajos, los jugos dentro de su estómago, bullían, haciendo que el fuego ascienda por su garganta. Su rostro jamás lo reflejaba, nunca variaba la austeridad en sus facciones.

Pero ya estaba harto.

«Sólo un poco más, tan sólo un poco más»

Su mente repetía una y otra vez esa frase. Por fin, después de tantos años en la clandestinidad de las cloacas, resurgiría y se llevaría a su esposa lejos, donde ya nadie lo moleste y poder vivir así, una vida tranquila. Ya no deseaba manchar sus manos, ya no deseaba escuchar las suplicas de los condenados, de las víctimas de turno, aquellas que le encomendaban al infierno.

Pensó que sería fácil, pensó que podía aniquilarlo y dejar el cadáver olvidado en esos pueblos sin nombre. Pero la realidad fue otra.

El cuerpo sin vida de la mujer yacía en el sucio suelo de esa casilla, los fluidos amnióticos y restos de placentas a su alrededor, combinado con la sangre que manaba de la herida en el corazón, producto de su arma, eran un espectáculo que lo devastó. Esa mujer había dado a luz recientemente, y la habían abandonado allí, a que muriera desangrada del parto. Él sólo había tenido un acto de misericordia al dispararle y terminar así con la agonía, que reflejaba en su mirada.

—Maldición—espetó, dando vuelta y saliendo de ese espantoso lugar.


El niño se quejó cuando una rama espinada le rasgó la piel. Las piernas le dolían dado que no podía seguirle el ritmo a su padre que prácticamente lo arrastraba por unos campos oscuros y llenos de piedras que lastimaban sus desnudos pies.

Era una casona enorme. Parecía perdida en medio de las laderas y montañas de la zona. Pues los rastros de urbanización más cercanos estaban a kilómetros de distancia. Apenas y te hallabas con su fachada, era inevitable sentir algo de escalofrío, las paredes enmohecidas, los arcos de entrada repletos de maleza y enredaderas silvestres, más los amplios campos de pastizales altísimos a su alrededor, le daban el aspecto de abandonado

Una alta y oxidada cruz resaltaba en su techo, el nombre de San Judas estaba tallado en una placa roída a la entrada, en uno de los arcos principales.

El hombre golpeó la enorme puerta, mientras callaba al bebé que lloraba en sus brazos, el niño temblaba, el frío, el hambre, y las heridas le estaban produciendo fiebre.

Una mujer entrada en edad los recibió, intercambiando palabras con el hombre, que a gritos pedía refugio. Los ojos ya cristalinos por el llanto del niño llamó la atención de la mujer. Era tan extraño, con los cabellos rojos como el atardecer, la inusual blancura de su piel y el aún más raro azul de sus ojos, le impresionaron.

—El niño puede quedarse, pero no podemos recibirlo a usted ni al bebé, no contamos con espacio ni quien pueda hacerse cargo de un recién nacido—la voz áspera para una mujer, le produjo terror.

Asmita se arrodilló ante su hijo, era eso o nada, tal vez podría esconderse en el campo, mientras dejaban de buscarlo. Observó al recién nacido, muy dentro suyo le dolía pensar que podía llegar a morir, pero no tenía muchas opciones, y de salvar al menos a uno de sus hijos, lo haría, el infierno se encargaría luego de impartirle su merecido castigo.

—Debes quedarte aquí, mientras yo busco un lugar más seguro, no tengas miedo, volveré por ti.

El niño se aferró a su padre, decidido a no dejarlo ir.

—Shijima, debes ser un buen chico, debes quedarte aquí.

Se apartó bruscamente y le entregó al desesperado niño a la mujer, cuya identidad desconocía, al igual que el lugar donde lo estaba dejando. Dio media vuelta y salió corriendo de ese lugar. Esa sería la última vez que vería a su hijo…


Actualidad.

Sísifo llegó en el momento que Mu se despedía del pelirrojo, dirigiéndose a su habitación. Se sentó a su lado.

—Toma—.Le entregó un pequeño paquete.

Shijima observó el paquete indiferente.

—Crees que es una locura, ¿verdad?—su misma mirada cargaba frustración.

—Me preocupo por ti, y lo sabes—habló después de un profundo suspiro, a sabiendas a qué se refería su amigo—; llegas a Grecia, te topas con dos jóvenes de los cuales no sabes nada, mandas a investigarlos y sacas conclusiones apresuradas… tú no eres así. ¿Qué tienen ellos de diferente a los demás?

—Qué tienen…—repitió.

La objetividad sobre la ilusión. Poco a poco los años transformaron aquella prudencia con la que se formó, para arrancar de sí toda lógica. Cada año enterraba más profundo en su pecho aquella voz de sapiencia, para abrigarse capa tras capa de amargura y desesperación. Dejando en él, la hiel.

—Pronto lo sabremos…


La hora había llegado, el pulso se disparó dentro de él. Sísifo conducía el auto, mientras el silencio figuraba como una tercera persona dentro del vehículo. Nunca había estado tan cerca de su pasado dentro del orfanato donde su padre lo había abandonado. Nunca pensó siquiera que tuviera que revivir aquel terrible año. E inevitablemente recordó ese espeluznante y abandonado lugar. El tiempo que vivió allí, pensó que en realidad, ese era su objetivo, pasar por abandono para que nada ni nadie perturbe lo que allí dentro se manejaba – Como había sido la pequeña casa que habitó con su familia antes de llegar a ese lugar – Adentro no eran más que amplios salones destinados a servir de habitaciones para los casi cien niños allí.

Él era uno de ellos… uno más de los cientos de huérfanos abandonados por aquellas zonas.

—Es ahí—señaló el pelirrojo.

La casa era de una fachada más bien antigua, pero bastante imponente, con un jardín frontal extenso, el cual cubría gran parte de la estructura. Shijima no pudo dejar de comparar esa casa con el orfanato, un fuerte escalofrió recorrió su espina dorsal mientras el auto se estacionaba en frente.

La mujer que allí vivía, era la esposa de quien fuera el Director del hogar. Él con cuatro años por aquel entonces, y el corazón destrozado por el abandono de su padre, no dudó en tomar la oportunidad que le ofrecían ese par de personas que se convertirían en sus padres. A los cuatro años no entendía como se manejaba el mundo, como la corrupción y la desesperación, jugaban en las personas.

Fue criado con amor y respeto, en el seno de una familia acomodada en la sociedad inglesa, fue criado para ser un hombre de bien, y jamás se lamentó de su decisión. Pero detrás de todo ese amor, venía una historia que no supo sino después de la muerte de su padre. Y fue su madre, quien en sus últimos días, le contó sobre él.

Que el lugar donde estaba no era más que una casa clandestina que se dedicaba a vender niños, los cuales, en su mayoría, habían sido raptados de sus verdaderos hogares. Pero otros, como él, eran abandonados.

El tiempo había hecho que las memorias de esos días, casi desaparecieran, que sólo se convirtieran en espejismos. En vagos recuerdos, visitados en sueños. Pero si cerraba los ojos, aun podía ver a las mujeres que trabajaban en su "cuidado". A los demás niños, algunos trabajaban allí, pues ya habían perdido la esperanza de que alguien los comprara.

En todo el tiempo que vivió en ese lugar, nadie conoció su voz, era tratado como enfermo, y apartado de los demás niños, castigado por su rebeldía al no intentar comunicarse. Sus ojos azules siempre estaban húmedos y fríos. Algunos niños temían que él sea un demonio, pues sus cabellos rojos eran demasiado extraño por esos lados. Y en cierta forma, las mujeres también pensaban así.

No era de extrañarse ver a personas que a simple vista aparentaban distinción, en la casa, deambularan por los salones y observaran la mercadería.

Un hombre entrado en edad lo observó, llevaba un pulcro traje color marrón, su cabello oscuro estaba ya cubierto casi en su totalidad por canas. Pero su rostro era afable a pesar de la fría mirada grisácea. A su lado una mujer que también se veía mayor, aunque su cabello castaño no presentara ningún signo de canas, le sonrió.

Pudo notar como los ojos azules de la mujer se humedecían al tiempo que lo señalaba con ilusión. No entendía que decían en ese extraño idioma, pero no sintió miedo, es más el abrazo cálido que le regalo la mujer le hizo sonreír por primera vez desde que se hallara en ese horrible lugar.

El tiempo se encargó de borrar hasta donde pudo las huellas del abandono, con una vida digna de un duque. Unos padres cariñosos y comprometidos. Llegando a odiar y agradecer al mismo tiempo a quien lo engendrara, por haberlo puesto en el camino de ellos.

—Shijima…

El de origen hindú, dio un ligero respingo al tiempo que volvía a observar a su amigo, se había perdido completamente entre sus recuerdos y pensamientos. Pero ya era momento de dar una última mirada hacia el pasado, para así – por fin – caminar sólo hacia el futuro.


Shaka había terminado con la conversación con su padre. Mientras Camus tomaba una ducha. Le había costado horrores convencerlo de que se hallaba bien. Algo frustrado por todo lo que había ocurrido ese día, en especial en el almuerzo – que no fue – deseaba descansar y tan sólo aguardar al siguiente día donde comenzaría con el nuevo tratamiento. Se recostó en la cama, no podía negar que a pesar de todo, se sentía bastante cansado, algo que molestaba completamente su persona, no había hecho más que ir al médico y caminar por la ciudad, pero se sentía como si hubiera participado de una carrera de velocidad. Sintió la puerta del baño abrirse, giró su cuerpo y fingió dormir, no tenía ánimos para siquiera, hablar con su hermano.

Camus salió en ese momento, con tan sólo una toalla envuelta en su cadera, mientras con otra secaba su largo cabello. Observó a Shaka en la cama aparentemente dormido, por lo que hizo el menor ruido al vestirse, él, al contrario de su hermano, estaba hambriento además de fastidiado.

—Shaka—lo llamó, pero no obtuvo respuesta—.Shaka—insistió.

Al ver que su hermano no hacía ademan alguno por despertarse, se incorporó, peinó un poco su cabello y salió de la habitación.

Descendió por las escaleras, un tanto indeciso si sentarse en el comedor del hotel o salir por algo de comida y así también, despejar un poco su cabeza. Cuando cruzaba el lobby, decidido por esto último, se tensó de cuerpo entero al ver al descarado doctor de su hermano, conversando muy animadamente con la chica en la recepción, de la cual no recordaba el nombre.

Milo, por su parte, al verlo sonrió ampliamente, no creyendo que encontraría a su nueva fijación en el hotel de su primo. Pero si la suerte le saludaba, él no iba a rechazarla. Se acercó al joven, quien no sabía si salir corriendo o quedarse.

—Es una sorpresa encontrarte aquí—fue la manera de saludar del griego—¿Cómo te encuentras Camus?

—Muy bien Doctor Caristeas, ¿y usted?

—Puedes llamarme Milo, sólo pasaba a recoger algo que Kanon tenía para mí. No sabía que se hospedaban en este hotel, ¿Shaka está aquí? ¿Cómo se encuentra?

—Él se encuentra descansando, no quise despertarlo y baje por algo de comida.

—¿No has almorzado? ¡Pues yo tampoco! ¿Qué dices si me acompañas? Conozco un lugar cerca, donde hacer una excelente comida ¿ya has probado los platillos griegos?

Camus cerró sus ojos y suspiró, ese hombre era tan impulsivo, hacia una y mil preguntas al mismo tiempo. Pero ya que más daba, tenía hambre y la compañía del doctor no le desagradaba del todo. En realidad, no le desagradaba en lo absoluto, pero eso se lo guardaba para él.

—Acepto su invitación—dijo algo adusto. Pero a Milo, eso le bastaba.


Shaka, despertó después de media hora, a fin de cuentas, el cansancio le había pasado factura, y había caído presa de un sueño profundo. Se incorporó de la cama, mientras observaba a su alrededor, no había señales de Camus, por lo que, a sabiendas de que luego su hermano se enfadaría, decidió salir de la habitación. No se sentía bien después de lo ocurrido con Mu y deseaba disculparse. Luego de meditar un momento, el enfado anterior se había esfumado.

Bajó buscando a Shaina, a quien le pidió el número de habitación del peli lila, la mujer, dudó un poco, pero no creía que el joven rubio fuera a provocar algún disturbio con Mu, por lo tanto le indicó el número. Shaka fue al comedor, pidiendo algo de ensalada y carne, frutas y jugo. Se lo entregaron en un estuche y subió decidido hacia la habitación del tibetano, rogando que se hallara en ella.

Cuando halló por fin la habitación, golpeó suavemente un par de veces y aguardó.

Mu se encontraba, hablando vía internet con su amigo Aldebarán, contándole todo lo que había visto y vivido en tierra helena, cuando escuchó su puerta sonar. Se sorprendió, pues no esperaba a nadie en particular, por un momento llegó a pensar que podía tratarse de Shijima, con quien había acordado tener una cita. Pero también dudaba de ello.

—Debo desconectarme, no olvides decirle a mi madre que estoy bien, he tratado de comunicarme con ella pero al parecer no se encontraba en casa—dijo Mu a la pantalla.

Se despidió de su amigo y caminó rumbo a la puerta. Nunca pensó encontrar a Shaka allí.

—Como no pudimos almorzar, me tome el atrevimiento de pedir algo de comida. Sí aún estas dispuesto, me gustaría compartirla contigo.

Mu sonrió por la invitación.

—Muchas gracias por la invitación Shaka, me encantaría.

En ese momento, era demasiado pronto como para saber que en su interior, algo enorme y profundo comenzaba a gestarse. Shaka sólo sintió felicidad. Pero no lo diría, por lo pronto.


¿Y el romance? Bueno, al menos hay encuentros entre ellos (¡No me maten!)

Hubo mucho misterio en el capítulo, sobre todo con los acontecimientos del pasado, pero poco a poco se irán revelando.

Shaka comenzará su tratamiento, Shijima estará más cerca de descubrir su pasado.

Espero hayan disfrutado la lectura. Será hasta el próximo capítulo. Muchas gracias por leer.