Cinco días después de la boda, cuatro tras el largo y fatigoso parto, estábamos reunidos todos en la habitación del hospital en la que se alojaba Alice, todos…

En la pantalla de un portátil, se veían los rostros de Emmet y Rose, que hacían muecas tiernas al ver a su pequeña sobrina, Esme, como buena abuela, la acaparaba en sus brazos, bajo el abrazo protector de Carlisle, mientras que Alice seguía tumbada en la cama, totalmente agotada.

Situada junto a Jasper, estaba en el otro extremo de la habitación, lo más alejada de Edward. No habíamos hablado en tres días, ni si quiera en el trabajo, que apenas habíamos pisado. Ni Alice ni Jasper habían hecho ninguna mención al respecto, aunque también era cierto que apenas les había visto con todo el lio de visitas que habían recibido.

—¡Es tan guapa como su madre!—Murmuraba Rose.—¡Tenía que tener los ojos azules, como su padre!

Los ojos de Jasper y Rose eran azul cielo, mientras que los de Emmet eran azul verdoso y los de Alice ámbar, herencia de Carlisle y Esme, sin embargo, Edward había heredado los ojos verdes, según tenía entendido, de su abuelo.

—Mi princesita es la más guapa del mundo.—Fardó Jasper, mientras sacaba pecho. Alice dejó escapar una risita.—Ya hemos decidido el nombre… No lo adivinaréis jamás.

Esme, Rose y yo, sin poder evitarlo, entramos en una competición de nombres, sin embargo ninguna de nosotras acertó.

—Marie.

Noté la mirada mal disimulada que me lanzó Alice, mientras contenía la risa. Emmet no fue tan discreto y prorrumpió en carcajadas. Rose le dio un capón mientras ella disimulaba su sonrisa. Carlisle y Emmet fueron tan amables de fingir una tos.

—¿Por qué me odiáis?

Esta vez Esme no contuvo la risa, aunque Carlisle se acercó a mí y me do un suave abrazo.

—Ignórales, son como niños... Saben que odias ese nombre y desean atormentarte el resto de tu vida.

Hice un puchero en su dirección, y comprobé que él también contenía la risa.

—¡Pues lo logran!

Carlisle me dio unas palmaditas en la cabeza de "consuelo" antes de volver junto a su esposa, que acababa de devolverle el bebé a Alice. Pocos segundos después, se despidieron de todos, con la promesa de volver al día siguiente.

—No te preocupes, pequeña Marie, tía Bella te encontrará un bonito apodo, ya lo verás…

Alice soltó una carcajada. Pero fue seguida de un silencio.

—Osito, ¿por qué no vas a la playa y recoges algunas cochas? Me encantaría hacerles un collar a Bella y Alice…

Emmet hizo una mueca de desagrado.

—Pero, mi flor…

—Hazlo.

Todos nos cuadramos ante el tono autoritario y helado de Rose, y Emmet desapareció de la pantalla del ordenador. Automáticamente, Rose miró fijamente a su hermano y a Edward, que no sabían dónde meterse.

—Jazz, cariño…—La dulce voz de Alice, contrastaba con su mirada determinada.—Se me antoja un helado, ¿puedes traérmelo?

Jasper asintió, y lanzó una mirada a Edward, que asintió y abandonó la habitación con él. Cuando cerraron la puerta, pudimos oír su suspiro de alivio.

Instantes después pude oír cómo se alejaban, y como sucedía desde lo acontecido en la boda, no respiré tranquila hasta que Edward estuvo lo suficientemente lejos.

Alice y Rose me miraban fijamente, Alice mecía suavemente al bebé, y la mirada de Rose era prácticamente un abrazo protector, no me recriminaban mi silencio, querían saber lo sucedido, pero no me presionaban, demasiado…

—Cariño…

—De acuerdo, Rose, a fin de cuentas, ha pasado mucho tiempo…

Pero nunca demasiado tiempo para que se borrase el recuerdo, nunca demasiado para recordar cada sensación.

La luna brillaba en cuarto menguante en el cielo, una vista preciosa desde la ventana de nuestra habitación, la habitación que compartía con Alice. No estaba, ni ella, ni probablemente Rose en su cuarto, estaban por ahí con Emmet y Jasper. No me molestaba, disfrutaba con su felicidad. Sin embargo, sí que estaba preocupada por alguien…

Edward…

Apenas fue un susurro, pero como si de un hechizo se tratase mi móvil empezó a sonar. Tardé apenas un instante en contestar, y más al leer e identificador de llamadas.

¿Edward? ¿Dónde has estado? ¿Por qué llevas horas sin dar señales de vida? ¿Crees que…?

¿Bella? ¿Eres Bella?

Esa no era la voz de Edward. Mi corazón se aceleró por la incertidumbre, y pese a la voz amable del otro lado, no pude evitar barajar la teoría de un secuestro.

Sí… Yo soy Bella, ¿Quién eres tú?

¡Oh, nadie, no te preocupes! Es que… Ummm, Edward ha estado bebiendo mucho, y no parece tener forma de llegar a casa, está muy borracho y muy… violento. No para de repetir tu nombre, solo por eso he aprovechado que se le caía el móvil para llamarte.

¡Oh, muchas gracias!

Sin pensármelo dos veces me encaminé directa al coche.

¿Eres su hermana o similar? ¿Su novia, quizás?

Quise reír pese al nerviosismo, aquel barman estaba ligando conmigo sin conocerme, siquiera.

Dejémoslo en que soy una buena amiga…

Oí su risa al otro lado.

Ummm. Me parece a mí que hay algo más que amistad por aquí, una lástima… Por tu voz puedo decir que eres una chica genial.

Arranqué el coche, mientras trataba de serenarme

Gracias, esto…

Alec, me llamo Alec…

Un jadeo ahogado detuvo mi relato, los ojos de Alice estaban abiertos de par en par y los de Rose brillaban.

—¿Así fue como conociste a Alec?

—Eso es otra historia, chicas… ¿Cuál queréis oír hoy?

—¡Las dos!—Fue la respuesta de Rose, rectificó ante mi mirada—La de Edward, la de Edward… Hija, que poco caritativa eres.

La ignoré y proseguí.

Gracias, Alec, ahora hazme el favor de dejar de filtrear conmigo y dime donde está Edward.

Oí su risa al otro lado, antes de que me diese la dirección. Diez minutos más tarde entré por la puerta como alma que lleva el diablo. Un chico de pelo rubio oscuro, y ojos cristalinos, me esperaba en la entrada Era casi tan alto como Edward, y lucía una sonrisa deslumbrante.

Tú debes ser Bella, tan hermosa como imaginaba…Le ignoré cuando encontré a Edward, gritando a unos hombres en la barra.

¡Edward!

Se volvió hacía mí, sus ojos verdes brillaron antes de acercárseme y rodearme con un abrazo.

Oh, ya estabas tardando, dulzura…-Me dedicó su sonrisa torcida, mi favorita.—Puedo explicarte esto, yo…

Le silencie con mi mano y un susurro dulce, sus ojos brillaron atormentados

No pasa nada, Edward, vayamos a casa…

Pero…

Allí hablaremos tranquilamente, te lo prometo...

Verle tan vulnerable por primera vez, me rompía el corazón, no dudé en rodearle con un brazo y guiarle hasta el coche. Alec me acompañó hasta el coche.

Una lástima, quizá en un futuro…

Le dediqué una escueta sonrisa.

Quizá… Pero lo dudo.

Le dediqué un movimiento de cabeza, antes de introducirme en el coche, en él, Edward miraba distraído por la ventana. Pese a su estado, decidí llevarlo a su apartamento, en vez de a la habitación que compartíamos Alice y yo.

Al llegar al apartamento de Edward, él estaba algo más sereno y no fue difícil ayudarle a llegar. Cuando cerré la puerta a mi espalda, sentí la tentación de correr a abrazarle, pero eso le espantaría, con Edward no podías ser demasiado afectiva. Sin embargo, al verle sentado en el sillón, con el rostro enterrado entre sus manos, cedí a la tentación de darle consuelo entre mis brazos.

Acomodó su cabeza en mi hombro, mientras mis dedos jugueteaban con su pelo.

Me tenías tan preocupada… Gracias a Dios que solo es un poco de alcohol.

Noté sus brazos rodear mi cintura.

Lo siento, Bella…Su voz fue en un susurro, casi extinguido.—Quería olvidar… Tan solo durante unas horas, olvidar.

Me detuve, había partes de la historia que Rose y Alice no debían saber, sin embargo, el recuerdo…

¿Olvidar?

Bella, mi abuelo… Es un monstruo.—Quise replicar, pero su mano tapó mi boca.—Es cruel, egoísta… Siempre ha hecho todo lo posible por hacer daño, a mis padres, a nosotros… Está enfermo, Bella, quiere que o herede su rancho porque… Soy igual que él.

Jadeé.

¡No es cierto, Edward! No eres un monstruo… No eres como él.

Se apartó de mí.

No le conoces, no lo sabes…

Le abracé, noté su rigidez, pero no le liberé de mi abrazo.

Te conozco a ti, Ed. Sé que no eres malo, estoy segura de ello. No eres como tu abuelo, simplemente eres Edward.

Noté de nuevo sus brazos alrededor de mi cintura, y su rostro enterrado en mi pelo. Aspiró profundamente.

Hago daño a todo el mundo, nadie es capaz de permanecer junto a mí.

Yo sigo aquí, Edward, y seguiré aquí. Esto no me asusta. Sé cómo eres, no eres un monstruo, solo necesitas encontrar tu sitio.

Alcé la vista, nos miramos, sus ojos brillaban intensamente pese al alcohol. Me besó, no dude en perderme en su abrazo, respondiendo a ese beso, no con pasión, sino con todo mi amor, mi amor no correspondido e incondicional.

Te…Dije entre besos.—Quiero.

Noté sus manos recorrer mi espalda, alcanzar el borde de mi camiseta y sacármela, lanzándola lejos.

No me asuste, no era la primera vez que Edward y yo acabamos excesivamente calientes, pero sin hacer nada. Sin embargo, con él borracho…

¡Oh, Bella!—Gimió cuando le arranque la camisa. Mis vaqueros desaparecieron y me vi prácticamente desnuda en sus brazos. El roce de la piel de su pecho contra el mío, me volvía loca, mientras que la sensación de sus vaqueros contra mis piernas me traían de vuelta a la realidad.

Edward, deberíamos…Sus besos y pequeños mordiscos a lo largo de mi cuello lograban que mis rases fuesen incompletas e incoherentes por mis gemidos.—Deberíamos…

Besó el valle de mis senos.

Bella, te necesito… Te necesito tanto, eres la única que me entiende. Gracias por todo.

Sus palabras hicieron que perdiese cualquier atisbo de cordura. Mientras se me inundaban los ojos de lágrimas, de amor y pasión contenida, le cedí mi cuerpo y me dejé arrastrar por la pasión… Y por el amor. Fue la mejor noche de mí vida.

—¿Bella?—La voz de Alice me sacó de mis pensamientos.

—Lo siento, chicas. La verdad es que me dejé llevar por Edward, estaba borracho y necesitado de cariño y yo cedí…

Rose frunció el ceño.

—Y…

—No, no me hizo daño, Rose, fue… Una de las mejores noches de mi vida. Total y absolutamente placentera. Nunca lo olvidaré.—Alice me dedicó una triste sonrisa, no quería su lástima. Las di la espalda.—A la mañana siguiente me levanté pletórica e hice café, me puse una de sus camisas. Cuando se despertó, pensé que se me saldría el corazón del pecho de la emoción, pero al verme pareció extrañado. No recordaba prácticamente nada…

—Bella, no tienes que…

—No voy a decir que no se me rompió el corazón… Pero le mentí, sabía que se fustigaría si le decía la verdad. ¿Tomar mi virginidad, borracho? Edward siempre se ha considerado un monstruo, eso habría alimentado su creencia. E dije que me quedé a dormir porque estaba preocupada y que lamentaba haber cogido su camisa. Y bueno… El resto ya es historia.

Hubo un silencio en la habitación. Sin darme la vuelta, la abandoné, dejando a Rose y Alice con todos sus comentarios de compasión. Nada más salir, me choqué con Jasper.

—Cielo, yo…

Sacudí la cabeza.

—No, Jasper, no quise vuestra lástima entonces, menos ahora. Me marcho, ya hablaremos mañana.

Ignoré la voz de Jasper que trataba en vano de retenerme. A fuera me esperaba mi coche. Conduje hacía el rancho Cullen envuelta en una neblina de recuerdos, casi me da un infarto cuando al entrar en mi pequeña casita, me encontré a Edward tirado en el sofá.

Mi jadeó le alertó. Se puso en pie y me encaró, por un instante, pareció nervioso. Sin embargo recompuso su gélida expresión enseguida.

—Tenemos que hablar…—Me dejé caer en el sofá en una muda aceptación, no me sentía con ganas de entablar batalla. Él se sentó algo más rígido en el sillón de enfrente. Nos miramos fijamente.—Yo… Siento haberte mentido.

—Aha.

—Siento mucho lo que pasó aquella noche.

—Ummm.

—Quisiera poder borrarlo todo, de verdad.

De nuevo emití un extraño sonido de afirmación mientras contemplaba mis uñas con indiferencia.

—¿Algo más?

El golpe seco que sonó consiguió que diese un bote del susto.

—¡Joder, Bella, finge al menos que te importa!

Alce la vista, por primera vez los ojos de Edward brillaban con auténtica rabia, por un instante, volvimos a ser dos jóvenes, volvimos a ser los que éramos antes.

—No puedo fingir que me importa… No puedo perdonarte por algo por lo que no te guardo rencor, Edward. Nunca lo entendiste, y nunca lo has entendido. Nunca te consideré un monstruo antes. No fue esa noche lo que te convirtió en un monstruo, Edward, fueron tus actuaciones posteriores. Nunca lo has entendido y nunca lo entenderás. Nunca podrás arrepentirte de ello, porque consideras que lo hiciste bien, y por consiguiente, yo nunca podré perdonártelo.

Hubo un silencio. Edward se puso rápidamente en pie, dispuesto a abandonar la habitación.

—Muy bien, Bella… Pero que sepas que esto no cambia nada, sigo deseándote, y yo siempre consigo lo que quiero.—Hice una mueca, me puse en pie, dispuesto a acompañarlo hasta la puerta.—Por cierto, querida… Últimamente pasas mucho tiempo con Mike.

Dibujé una sonrisa de desdén, mientras él, finalmente abandonaba la casa.

—Eso no es asunto tuyo.

—Mío no… Pero quizá sí de su amada esposa.

Apreté el marco de la puerta, en un intento de contener mi rabia.

—Mientes.

Su sonrisa ladina no había variado un ápice en siete años.

—Compruébalo.

La risa de Edward resonó por los alrededores tras el sonoro portazo. Lo comprobaría, sin ninguna duda…

A la mañana siguiente no desayuné en el rancho, para descontento de Carmen, y me puse con mis tareas desde que los primeros rayos del sol acariciaron la tierra. Mike, Eleazar, Eric, y Edward, se pasaron por los establos cuando yo ya llevaba dos horas de trabajo. Edward no comentó nada sobre mi ausencia en el desayuno, su sonrisa burlona era suficiente para saber que lo había notado.

El trabajo prosiguió de forma lineal toda la mañana, estuve revisando el ganado y sobretodo dedicando gran parte de mi tiempo a los caballos. Mike se me unió poco antes del descanso para comer.

—¿Sucede algo, Bella?

Respiré hondo, dándole la espalda.

—Mike, ¿estás casado?—Silencio.—¿Mike?

Me volví, su rostro era sombrío.

—Sí.—Contuve una maldición en la punta de la lengua.—No temo decir que fue el mayor error de mi vida.

—Eso no es escusa, Mike… Has estado tonteando conmigo desde que llegué.

Pateó un montón de paja.

—Lo sé, joder. Pero… Es tan frustrante…—Le miré, incitándole a seguir.—Me casé hace casi siete años, poco después de la llegada del señor Edward. Estaba tan enamorado de ella… Pensé que ella me correspondía, ella lo aseguraba así a pesar de solo tener palabras para Edward. Edward, Edward y más Edward. Al principio pensé que solo era admiración… Luego les veía juntos, ella era tan diferente cuando estaba con él… Un día les oí hablar, hablaban de un pasado común. Dios…

Traté de no dejarme arrastrar por la compasión, solo conocía la versión de Mike, su esposa no tenía por qué estar enamorada de Edward… No tenía porque estar siéndole infiel con Edward.

Sin embargo accedí a comer con él, dejando de nuevo tirada a Carmen… y a Edward. Sin embargo, apenas habíamos terminado de asentarnos, cuando Mike comprobó que se le había olvidado la comida.

Empezó a decir toda clase de blasfemias mientras yo me reía a carcajadas. Una voz, extrañamente familiar, nos sacó del lapsus.

—Mike, cariño te trago la comida se te olvidó en…

Alcé la vista para encontrarme con unos fríos ojos. Allí, rubia, exactamente igual que siempre, solo que con un aspecto más casero, estaba ella.

—Isabella Swan.

—Jessica Stanley.

Hubo un silencio.

—Ahora soy Jesica Newton.—Automáticamente su actitud cambió radicalmente, sus brazos rodearon de forma posesiva a Mike.—Él es mi marido.

Observé la escena mientras una mueca sardónica se dibujaba en mi cara.

—Se cree el ladrón que son todos de su condición… Lo siento Jessica, pero yo no caigo tan bajo como tú, no me lio con hombres comprometidos.

De nuevo silencio. Mike observaba la escena, estupefacto.

—Vosotros no teníais nada.

—Eso depende de a quién le preguntes.

Mike finalmente habló, se liberó del abrazo de Jessica y se acercó a mí. Para Jessica fue un gran golpe, para mí una amarga victoria.

—¿Os conocéis?

—Por desgracia… Ahora, si me disculpáis…

Sin nada más me di la vuelta y me encaminé hacia la casa. Entré en el salón-comedor, ignorando a Carmen y Eleazar, dirigiéndome directamente a Edward.

Él se mostró parcialmente indiferente.

—Eres un bastardo, hijo de perra. Ojalá que te pudras en el infierno. ¡Te odio!

Sus ojos verdes brillantes, se alzaron, clavándose en los míos.

—Aja… ¿Y se puede saber a qué debo esa retahíla de cumplidos?

Quise estrangularle.

—Pregúntaselo a tu amante, Jessica Newton. ¿No te conformaste con reírte de mí una vez, que lo haces dos?

—Bella…

—¡Ni Bella, ni nada! Ahora mismo presento mi dimisión, pedazo de escoria, y espero no volverte a ver nunca más.

Se puso en pie, su presencia conseguía empequeñecer la habitación. Carmen y Eleazar se habían escabullido en algún momento.

—No acepto tu dimisión, porque me parece pco profesional dimitir por celos.

—¿Qué? ¡Celos!

—Exacto, nena.

—¡Pedazo de…!

No pude terminar la frase. Nunca sabríamos que iba decir. Porque en el momento en el que sus labios devoraron con ferocidad los míos, perdí cualquier atisbo de razón.

Fuego. Juntos, nuestros cuerpos, juntas nuestras almas. Edward y yo jamás podríamos dejar de ser fuego.

Antes de darme cuenta, devolvía ese beso con toda la rabia que había en mi interior… Y quizás con todo el deseo reprimido, que luchaba por salir. Le deseaba. Demasiado. Siempre demasiado.