Yu-Gi-Oh! es propiedad de Kazuki Takahashi

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Hasta ese momento, no había conocido lo que era la verdadera emoción. Era libre. Entre su mejor amigo y él, había conseguido a la más poderosa de las aliadas existentes dentro de su propio deck: el Silent Magician. Lo admitía, ella seguía en un nivel bastante bajo —nivel cero con mil puntos de ataque nada más— no obstante, mientras reposara ese monstruo en su interior —la representación de su alma, adquiriendo la fuerza no conocida hasta ese momento con todos los entrenamientos pasados lado a lado de la familia Hor-Ajti— crecería hasta volverse de máximo nivel posible.

En el juego, sus habilidades dependían mucho de las cartas que su oponente robara y en ese punto, ¿cómo podría definirla? Solo la vería crecer, vería una evolución independiente al juego en el que la conoció. Pronto, la emoción dio paso a la duda. ¿Su monstruo era el Silent Magician? Revisó su propia memoria, tratando de encontrar alguna relación que pasara por alto en un momento tan lleno de dudas. ¿Cómo era posible eso? Un momento bastó para hacerle dudar de manera grande.

¿De dónde provenía en verdad el Duelo de Monstruos? A pasos cortos y dubitativos, continuó el camino lado a lado de la pared, la cual no había generado una sola pared en donde dividirse de ella. Nunca, seguía tan recta como en un inicio a menos de hacerlo tan lento e imposible de sentir en tan largas distancias. Tragó en seco, empezando a preguntarse en aquellas cosas que el padre de Atem mantenía ocultas incluso a su propio hijo o si, por el contrario, su mejor amigo le escondía alguna que otra cosa.

Movió la cabeza, pensando en algún otro punto. Quizá debería recordarse lo que había pasado esa misma mañana —si es que seguía siendo el mismo día— con el Juego Oscuro. Debería sentirse furioso con Atem, no calmarlo tal cual lo hizo al inicio del recorrido en aquel laberinto. Su mente le dictaba que debía mantenerse a él y a su mejor amigo en un limbo, la confianza que tanto tiempo tardaron en construir era capaz de romperse en un acto tan frágil como aquel.

Sin embargo… en su corazón no se le permitía tener esas dudas. En lo más profundo de su territorio mental, aquel lugar donde ponía sus relaciones personales, le impedía dudar del moreno. A pesar de todos sus esfuerzos por mantenerse molesto, las acciones del mismo encontraban un punto de justificación en todo el asunto: Yugi no deseaba morir. No obstante, estaba completamente dispuesto a ello si los demás salían beneficiados del mismo asunto.

Talló su nuca, sintiendo la costra de sangre contra su cuello. Tanteó la zona, buscando el mismo lugar donde el dolor empezaba.

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—¿Alguna vez has tenido curiosidad sobre el espacio? —preguntó la voz. Las voces, corrigió su mente. La del hombre y la mujer, quienes los habían encerrado y separado, provocándole la ceguera. Contuvo las ganas de responder, sabiendo lo inútil que sería—. ¿No? ¡Qué lástima! Habrías sido alguien excepcional de solo estar interesado en esos misterios que nadie más desea ver —continuó, con un tono lleno de drama, incluso causándole gran malestar al sentirlo muy sobreactuado.

Atem ignoró a la voz y sus quejas largo rato, preguntándose si no sería otra ilusión, como la de su ceguera y Honda, tratando de usar los pensamientos más profundos dentro de su mente. Unos pensamientos que no compartiría por nada del mundo, ni siquiera con Yugi.

—¡Incluso tu otro yo está más interesado! —exclamó, en tono de tragedia. Por primera vez, el moreno cayó en el juego, generando un sonido que expresó su duda total. El ser entonces se rio de él un solo momento—. ¡Qué digo! Si tu otro yo siempre ha sido Yugi —canturreó. El mestizo apretó sus palmas, no entendiendo absolutamente nada de las cosas que ese ente del éter le decía—. No, mi querido Rey, ¡no estoy hablando de Yugi! Hablo del otro tú que no es él —ese ser generó un sonido de pura decepción al notar lo complejo que se le hacía explicar las cosas.

El moreno jadeó, no comprendiendo nada. Recordó su sueño extraño, donde él había estado parado viendo a sus amigos pelear por las ciento ochenta y siete derrotas de Jonouichi contra Yugi, cuando todo se le volvió oscuro. Sus ojos se abrieron en sorpresa, recordando la forma en que ellos mismos interactuaron. Su mejor amigo allí, apareciendo a su lado y después el Cambio. Un segundo era él de manera física, al siguiente estaba encerrado en un laberinto que desafiaba las leyes de la física en sí mismas.

Otro yo. Así había dicho en su sueño a Yugi.

—¡¿De qué hablas?! —exigió, buscando con los ojos en el aire y en las paredes del laberinto, incapaz de encontrar absolutamente nada. No se apartó del muro, temiendo sufrir un lapsus momentáneo en su mente, causando que se internara lo más lejos posible de esa zona segura. Perderse significaría… quedar en un limbo.

—Es cierto —gruñó de pronto—. ¡No estás interesado en la historia de tu propia alma! Tu padre muchas veces intentó contártela, pero siempre encontrabas una excusa para escaparte de la historia de tu familia —canturreó. El moreno no supo a qué se refería, hasta ese momento, nunca habían tocado el tema de la historia dentro de sus antepasados como para generar ese tipo de consecuencias.

Apartó el pensamiento de su cabeza, recordando las propias palabras que había dicho a la ilusión de Honda: su memoria era voluble, capaz de ser manipulada con tirar de un solo hilo.

—¡Te daré una pista, señor todo poderoso! —exclamó, con tintes traviesos—. ¡En este mundo, tu apellido es la clave! ¡La clave para liberar a tu monstruo Ba!

Hor-Ajti. ¿Su apellido era la clave para liberar a su representación del alma? No tenía lógica. Era una alusión más cercana al Dios Horajti. Las pocas leyendas que su madre le contó respecto al origen de su apellido se remontaban hasta esa divinidad, siendo nombrada de esa manera la posición del sol al momento de tomar el horizonte. Lo más cercano posible que estaría de las divinidades de la antigüedad del país natal de su padre: Egipto. Lo más posible que sobrevivió a las distintas luchas de poder, a las guerras que asolaron el mundo.

Tocó la pared, sintiéndola extraña. Dio un paso para apartarse, notando lo que parecía un espejo de agua debido a las ondulaciones restantes donde colocó su mano. Volvió a hacerlo. La sensación que quedó en sus dedos era similar a la viscosidad del aceite. No obstante, las ondulaciones generadas eran las mismas del agua, creciendo y apareciendo en gran cantidad hasta adaptarse al más leve movimiento de sus músculos, por más insignificante que fuera.

Entonces, se vio a sí mismo reflejado otra vez… pero distinto. Las vestimentas eran las mismas que las de su uniforme escolar, ese con el cual rara vez estaba. El saco azul reglamentario junto a los pantalones del mismo color. Siempre contra la norma, demostrando una camisa negra bajo el saco y un collar lo más pegado posible a su garganta y ¿esas eran muñequeras de metal? Sosteniendo el pantalón, un cinturón y rodeando su cadera otro más, donde un porta cartas se encontraba.

Su apariencia era tan similar a la que usaba en clases, la misma cabría decir excepto por una cosa: el tono de su piel. Lo moreno era reemplazado con la característica —e incluso envidiable— piel de los japoneses. Blanca o amarilla, como los países de Europa, África y América los definían. Sus característicos rasgos faciales permanecían. Quitó la mano, quedando de manera residual la sensación de la viscosidad del espejo al otro lado.

Los veía de frente, a esa otra persona que usaba su cara en una piel blanca y a Yugi. Su mejor amigo estaba recargado sobre un barandal y a su espalda notaba a unas enfermeras hablando mal de él. Sintió una rabia subirle por el cuerpo, queriendo… hacer algo. Su rostro tenía unas bandas blancas cubriendo sus heridas, a la par que veía hacia el cielo despejado de Ciudad Domino. Los escuchó hablar respecto a lo ocurrido —al parecer, un incendio donde Yugi se quedó atrapado armando el Rompecabezas… el mismo que él era el heredero—, dándole todo el crédito a Jonouichi. No obstante, cuando todo parecía querer volver a sumirse en el silencio, su mejor amigo habló.

—La personalidad de Bakura de la Sortija del Milenio dijo algo como… "el único que sea capaz de resolver el Rompecabezas del Milenio tendrá el destino de despertar las memorias del faraón" —dijo, bajando la mirada, tal vez por sentirse como un tonto. Atem tragó en seco, confundido ante esta visualización de… quién sabe dónde—. ¿Eres… un rey?

Lo vio girar el rostro con el único propósito de mirarlo. Incluso así, esa visión de él mismo con piel idéntica a la de su mejor amigo apartó la mirada, del mismo modo que la cara, observando hacia el cielo, pensativo a su reservada manera.

—No lo sé. No recuerdo de dónde vengo… o incluso mi nombre —respondió el espíritu. Los ojos del muchacho a quien le depositó su más entera confianza abrió los ojos, helado por completo. Sus ojos transmitían la duda e incluso el miedo de conocer más de lo que fuera a contarle—. Solo sé que puedo existir a través de ti, cuando usas el Rompecabezas del Milenio…

Sus pensamientos quedaron reservados, evitando ser compartidos mientras la mirada de Yugi se volvía ligeramente oscura. Pronto, empujó el barandal, saliendo disparado hacia atrás gracias a su intención. Tenía los ojos cerrados y movió sus brazos, tratando de dar a entender algo.

—¡Es suficiente! ¡No volvamos a hablar sobre eso nunca más! —se giró, con una sonrisa en el rostro, fingiendo que todo estaba bien dentro de su propio corazón.

El moreno sintió la descarga de emociones impresas, acordándose de su propia pelea con Yugi ese mismo día. Esa expresión le era tan conocida gracias a sus intentos de calmarlo, siendo rechazado hasta internarse en una habitación, aludiendo a que todo se quedaría bien mientras las cosas se mantuvieran del mismo modo, ninguno intercambiando palabras con el otro.

—Pero… otro yo… —volvió a hablar su versión espiritual. La expresión de su mejor amigo se congeló, deformándose de la alegría a la duda, a la tristeza que comenzaba a crecer en su interior—. Quiero estar contigo para siempre… No importa si nunca encuentro mi memoria.

En la visión del espejo, su mejor amigo empuñó las manos, tensando todo su cuerpo a la vez que lágrimas empezaban a escapar de sus ojos. Temblaba queriendo no hacerlo por considerarlo un acto poco digno de un hombre.

—Yo también… Yo también… para siempre —dijo, reuniendo el valor de tomar entre sus manos el Artículo del Milenio. Bajó la cabeza, soltando pequeños quejidos debido a la tristeza en el interior de su corazón—. P-Puedes tener mis memorias… así que…

La ilusión desapareció de la pared, regresándola al espejo del inicio. Se acercó al mismo, dejando su palma abierta contra el frío muro. Era incapaz de relacionar correctamente las cosas sucedidas en esa visión. Las palabras del ente salido del éter le avisaron de varias cosas, confundiendo más su mente de lo que ya estaba. Su corazón palpitaba tan lento y doloroso dentro de su cuerpo, haciendo estremecer cada partícula del mismo.

Pesadas lágrimas aparecieron, lágrimas de frustración. No podía controlar las reacciones que tenía. Solo temblaba, dejando al peso de su cuerpo ganar. Pegó la frente al espejo, sintiendo su frío tacto como una burla a la escena que le fue mostrada. ¿Qué podía significar? No reaccionaba para nada ante las emociones dejadas, no le importaban. Necesitaba una respuesta… a la vez que su corazón latía con un doloroso recordatorio de estar vivo y… de algo más. La sensación de vacío que creció en su interior de solo ver las lágrimas en su mejor amigo, lágrimas causadas por desesperación, tristeza y angustia. Por la culpa de un ente con su cara y parcial actitud.

Limpió sus ojos antes de derramar una sola de las lágrimas, tratando de pensar con más claridad las cosas. ¿Qué tenía que ver la investigación del espacio? Además, la mención de la historia de su propia alma. Su propia creencia le llevaba a no tomar en consideración esas palabras debido a la inexistencia de algo parecido al alma. No obstante, en esos momentos aparte de sentirse mal, también confundido respecto al montón de incógnitas de su cabeza.

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La tercera pantalla se iluminó, revelando la misma escena entre Atem —con una increíble piel blanca, incongruente debido al enorme tiempo conociéndolo— y Yugi. Todo parecía tan natural a la vez que extraño. ¿Por qué hacían alusión a un incendio que jamás pasó? Además, el colgante del muchacho apoyado contra el barandal debería ser más pequeño y pegado a su propio cuello con una cuerda, no una cadena. Fue demasiado extraño notar una conversación ocurrida en un hospital.

Una conversación nacida y existente en la intimidad de ellos dos, al parecer, cuando llegaron sus amigos —Jonouichi mencionado desde el inicio, siendo el salvador del cuerpo y del artículo del milenio— para hacerle compañía, respecto al día de su dada de alta del hospital. Ninguno de los tres cabía en sí de las preguntas hechas dentro de todo el contexto. ¿Qué significaba ver aparecer y desaparecer a Atem? O el hecho de encontrarlo allí, como un ser más oscuro de lo que ya era en su propia vida. Más lleno de secretos, más reservado, incluso con un miedo palpable en su voz como para llegar a hacer esa promesa.

Al terminar la cinemática, ocurrió algo extraño. Ambos estaban en el dormitorio del muchacho de ojos grandes, Yugi sentado sobre su cama mientras el espíritu de Atem —decidieron llamarle solamente espíritu— aparecía de pie frente al armario. Ambos inmersos en una conversación con un solo objetivo: cuestionar. ¿Quién era ese espíritu? La desesperación de su mejor amigo se sentía palpable, exigiendo esa respuesta.

En cambio, el espíritu respondió con un sencillo ¿Por qué?, causando una duda en el otro muchacho, quien trató de encontrar la explicación a su demanda. Lo encontraron hasta curioso por lo rápido que la frustración dio paso a la confusión. Al espíritu eso le causó hasta gracia, provocando cerrar sus ojos, a la par de la más grande de las revelaciones: desconocer por completo todo. Agregó el conocer a Yugi lo suficiente como para saber que cualquier día, él preguntaría respecto a eso.

Después el mismo diálogo de la visión anterior, donde Atem le explica que no tiene idea de dónde viene o su propio nombre, causando una reacción distinta en su mejor amigo. Se quedó absorto en las palabras del espíritu. Al pasar los minutos, el espíritu desapareció un momento, mostrándose de nuevo solo que contra el escritorio del cuarto de Yugi. Por un motivo u otro, este se deslizó hasta quedar sentado en la orilla de la cama, con sus piernas colgando por el costado. Notaron su deseo de pararse cuando decidió mejor solo tomar el Rompecabezas enorme.

Yugi se disculpó con el espíritu ante sus preguntas, al asediarlo de una manera tonta. Sus ojos estaban puestos en el colgante, ignorando por completo a su mejor amigo, quien no estaba del todo de acuerdo. Volvió a hacer alusión de su existencia en el mundo terrenal gracias al uso del Rompecabezas por parte de su amigo. No obstante, esta vez, fue un poco más grosero el muchacho con dicho colgante, diciendo que era suficiente.

Al no ser escuchado y el espíritu continuar, en un brusco movimiento se puso de pie, exclamando su punto de vista: ya basta. En mucho tiempo, vieron sorpresa en ese rostro conocido por solo demostrar una expresión distinta durante sus juegos contra el muchacho con el cual compartía en esos momentos una conversación más íntima. La forma en que su cuerpo relajada se movió al escuchar la súplica… no recordaban nada parecido, ni siquiera la mañana en donde descubrieron la verdad.

Luego Atem cerró sus ojos, cambiando la expresión a una más calma y confiada, una más parecida a la que ellos conocían, recitando el mismo diálogo de su deseo de estar juntos por siempre. Yugi avanzó solo dos pasos, repitiendo lo que había dicho antes, su anhelo de compartir la eternidad juntos, durara lo que durara esta misma. Del mismo modo, repitió las palabras que el otro Yugi dijo, respecto a entregarle sus memorias. Al tiempo de decir esto, empezó a llorar de verdad, bajando el rostro con sus ojos cerrados.

El espíritu hizo algo extraño, algo muy común en su Atem, pero a la vez, algo con tintes distintos. Acercó sus manos, colocándolas encima de las del humano mientras este sollozaba. Con su tacto —¿podría alguien en una situación como esa tener tacto?— transmitió ciertas emociones, logrando abrirle los ojos y ser mirado de vuelta. Ninguno habló, quedándose absortos en prestar atención al otro.

Atem parecía más convencido de aguardar a la calma de Yugi mientras este ansiaba una respuesta en el espíritu. La pantalla se apagó, regresándoles al laberinto.

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Yugi parpadeó, completamente confundido ante las cinemáticas mostradas a él. En cierto modo, se sintió acorralado de la existencia de una cinta de ese tipo, recordando ese mismo día donde su mejor amigo encerró sus propias manos entre las de él con el único fin de sanarlo. Se preguntó sobre el verdadero dueño del Rompecabezas en esa visión, encontrándolo en su cama, además de ver al moreno como alguien de piel blanca, además de hacer un énfasis en su inexistencia, manifestándose como un ente más.

Miró hasta el momento en que la reproducción de eso desapareció, regresándole la visibilidad de la pared espejo en la que se había aferrado con el único propósito de avanzar. No pudo regresar su andar al estar absorto en esas incógnitas.

—¡Yugi! —saludó la voz del ente nacido del éter. Giró su rostro, en busca del mismo—. ¡No me digas que tú tampoco comprendes lo que esto significa! —sollozó, bastante desdichado ante su posible respuesta—. ¡Dime por favor que tienes una teoría al menos!

El joven Moto parpadeó, tratando de encontrar una relación entre esa escena en su habitación y la realidad. Nunca había existido, tampoco iba a existir. Dentro de todo, las cosas para permitir la existencia del mismo eran nulas. Él tendría que ser el dueño del Rompecabezas si se guiaba por lo visto, cosa que nunca sucedería al no ser el heredero; podía tocarlo mas no usarlo, al ser un aprendiz elegido por su verdadero dueño. La segunda condición… Atem debería estar muerto y quedar atrapado dentro del artículo con el único fin de llegar a un punto como ese.

—¡Joven Yugi! —sollozó de nuevo el ente, bastante abrumado por las cosas en las que se metía sin el conocimiento de los otros—. ¡Hasta tus amigos llegaron a esa conclusión desde hace años!

¿Qué?

Jonouichi Katsuya, Honda Hiroto, Anzu Mazaki, Bakura Ryo, Ryuji Otogi y Atem Hor-Ajti. Sus mejores amigos, ¿ellos conocían la respuesta a la cinematografía que acababa de ver? Giró la cabeza, recordando la dirección que su Silent Magician mencionó.

—¡Yo no hablo de los inmundos humanos! —exclamó, adquiriendo un tono bastante alegre. Volvió su vista al techo del laberinto, mirándola con desesperación. Ansiaba encontrar algo que indicara su naturaleza—. ¡Yo hablo de otros seres, quienes entran ya en la categoría de la divinidad luminosa!

Oyó un gruñido a la par que un suspiro. Estaba frustrado, también se mostraba humillado en cierto punto. Por un momento temió lo que fuera a hacerle en ese punto, temiendo incluso por los que lo vigilaban desde las sombras, incapaces de poder comunicarse otra vez si el éter no lo permitía. Creía que era sí, conocía lo suficiente a Jonouichi como para saber su deseo de ayudar a ambos dentro del laberinto… a menos que algo les haya pasado.

—¡Esos humanos están bien! —exclamó, todavía molesto con su silencio. Yugi no podía comprender del todo las cosas—. ¡Me refería a los más cercanos a ti antes que cualquier humano! ¡Son esos seres en quienes nunca verán nada debido a su apariencia débil!

Silent Magician.

Su monstruo apareció frente a él, más grande y poderosa que la primera vez, donde, por despertar a penas, no podía estar al máximo más allá de eliminar una ilusión pequeña como la de Jonouichi. Ambos escucharon la risa del ente, bastante animada de haber resuelto una pequeña parte del enigma que comenzaba a crecer. El joven Moto se preguntó de dónde venía esa habilidad de pasar de ser una niña con enormes ojos y mirada seria a lo que parecía una muchacha.

—¡Sí! ¡Ella es quien lo sabe! También otra persona, una divinidad del tipo Dios creador y una divinidad camuflada bajo el fuero de los guerreros.

El Silent Magician levantó el báculo, dejando salir una onda blanca y azul a través de este. La voz fue callada, desapareciendo por largo rato mientras ella, con sus largos cabellos plateados se giró, quedando cara a cara con su dueño. Adelantó su pie izquierdo, haciendo una reverencia ante el joven de origen japonés. Ella se puso de pie después de eso, mirándolo con una intensidad tremenda con sus ojos azules, muy a pesar de solo ser capaz de ver uno de ellos.

Por largo rato, se mantuvieron en silencio, ella analizándolo por completo y él ansiando una respuesta. ¿La representación de su alma era ella? ¡Un monstruo de duelo nada más y nada menos! La conocía desde el momento en que el Duelo de Monstruos se popularizó y ella salió en una de sus expansiones. Verla significó algo especial en su corazón al grado de no importar las palabras de sus amigos respecto a lo débiles que eran ella y su compañero, el Silent Swordsman. Solo le interesó verla y comprendió al usarla en varios duelos que no se equivocó en su movimiento debido a la gran fuerza nacida en el interior de estos por responder a sus deseos. Eliminarlo iba a ser imposible.

Cuando tenía a su Silent Magician en el campo, las probabilidades de perder contra Atem eran reducidas significativamente. Su mejor aliado junto a su compañero.

—Maestro —dijo ella, teniendo una voz dulce en su mayoría, con impresiones de ausencia de emociones verdaderas—. No debe detenerse, continúe con su deseo de salir de este laberinto y no crea nada de lo que pueda ver.

Asintió, empezando otra carrera. El monstruo se quedó solo un momento allí, moviendo su cabeza para ser enfocada por el lugar donde los demás estaban atrapados. Una dimensión exclusivamente conectada de manera leve hacia donde estaban. Un lado del laberinto podía llegar hasta ellos y sacarlos mientras que el otro significaba salir definitivamente, sin embargo, existía una trampa. Levantó su brazo con el báculo entre sus dedos y escribió en las paredes. No una frase que significara algo para nadie excepto a los muchachos encerrados en la cámara, quienes habían visto la misma escena entre ellos. La escena dada hacia el moreno, del otro lado de esa misma pared, además de la escena presentada para su dueño. A pesar de ser la representación del alma de Yugi, no estaba completa, tampoco era él en su totalidad. Solo lo representaba.

Apartó el báculo, desapareciendo después de ello.

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Debo decirlo, me siento estúpida por no poder mantener un ideal que tenía, ahora las cosas se han puesto hasta predecibles si se analiza a profundidad lo que he hecho de un modo más extraño ya que el ente del maldito éter lo deja en claro, además de los "espejos" que son la pared que han estado siguiendo. Soy demasiado obvia si me dejo analizar bien este capítulo.

En fin, ¿qué les puedo decir? ¡Malditas teorías de mi cabeza respecto a los factores! Espero pronto las cosas se resuelvan porque la trama se fue en una dirección opuesta a la que esperaba que fuera. Como quienes leen mi convenio de lectura se espera una relación con poca magia y/o fantasía dentro de los aspectos para ir con el romance que no se me da bien.

Pero como dije, mi cabeza está llena de giros en especial cuando la astronomía viene a colación en temas donde me gusta ser muy cauta. Mayormente dejo que las personas se vayan con ciertos conceptos que ya traen de defecto porque no me gusta pelear en esos aspectos. Puedo defenderme en caso de ser necesario pero si quieren corregirme, allí es donde me molesta porque es una rama que me gusta mucho. Llevo meses teniendo cosas en mi cabeza y algunas se unen y las indago.

En fin, ¿algún comentario?