Hola! Tuve la intención de subir este capítulo ayer, pero ver las 6 películas de Star Wars en un día toma bastante tiempo... De cualquier manera, feliz día de Star Wars atrasado para todos :)
Disfruten el capítulo y me avisan si encuentran algún error...
Ah, ni glee ni la obra de Jennifer E. Smith me pertenecen y tooodo ese bla bla bla...
7:52 HORA DEL ESTE DE ESTADOS UNIDOS
12:52 HORA DEL MERIDIANO DE GREENWICH
Una vez, hace un millón de años, cuando Rachel era pequeña y su familia seguía unida, en una tarde de verano como cualquier otra estaba con sus padres en el jardín delantero de su casa. Hacía tiempo que había anochecido, a su alrededor chirriaban los grillos y su madre y su padre estaban sentados en las escaleras del porche con los hombros muy juntos, riendo mientras veían a Rachel perseguir luciérnagas hasta los rincones más oscuros del jardín.
Cada vez que lograba acercarse a ellas las brillantes luces amarillas desaparecían, así que cuando por fin logró atrapar una le pareció casi un milagro, como tener una joya en la mano. La sostuvo con cuidado mientras caminaba de regreso al porche.
— ¿Me pasas la casa de los bichos? —preguntó, y su madre alargó el brazo hacia atrás para coger el frasco de mermelada. Le habían hecho agujeros en la tapa, de manera que ahora estaba perforada por pequeñas aberturas no mayores que las estrellas en el cielo, y la luciérnaga se agitaba furiosa detrás del cristal batiendo las alas con fuerza. Rachel acercó la cara al frasco para verla mejor.
—Bonito ejemplar —dijo su padre con voz convencida y la madre asintió.
— ¿Por qué se llaman gusanos de luz si los gusanos no vuelan?
—Bueno... —dijo su padre con una sonrisa—. ¿Por qué se llaman ciempiés los ciempiés si no tienen cien patas?
Su madre puso los ojos en blanco y Rachel rio mientras los tres miraban al pequeño insecto chocar contra las gruesas paredes del frasco.
— ¿Te acuerdas de cuando fuimos a pescar el verano pasado? —le preguntó más tarde su madre, cuando estaban a punto de irse a dormir. Agarró la espalda de la camisa de Rachel y tiró de ella con suavidad obligándola a retroceder unos pasos para sentarla en su regazo—. ¿De que tiramos todos los peces que habíamos cogido?
—Para que pudieran seguir nadando.
—Exacto —dijo su madre apoyando la barbilla en el hombro de Rachel—. Me parece que este bichito también sería más feliz si lo dejaras libre.
Rachel no dijo nada y se limitó a acercar el frasco a su pecho.
—Ya sabes lo que dicen —intervino su padre—: si quieres a alguien, debes darle libertad.
— ¿Y si no vuelve?
—Algunos lo hacen y otros no —contestó su padre dándole un pellizco cariñoso en la nariz—. Yo siempre volveré cuando me necesites.
—Pero tú no tienes luz —señaló Rachel, y su padre se limitó a sonreír.
—Cuando estoy contigo, sí.
Para cuando ha terminado la ceremonia casi ha dejado de llover, pero fuera hay un montón de paraguas negros a modo de escudos contra la persistente humedad y que hacen que el jardín de la iglesia parezca más un funeral que una boda. En lo alto, las campanas tañen con tal fuerza que Rachel siente las vibraciones hasta en los dedos de los pies mientras baja las escaleras.
Después de que el pastor los declarara esposos, su padre y Hiram recorrieron triunfales el pasillo y desaparecieron. Han transcurrido quince minutos desde que sellaron su unión con un beso y Rachel todavía no los ha visto. Deambula entre la multitud preguntándose cómo puede conocer su padre a tanta gente. Ha vivido en Connecticut casi toda su vida y solo tiene unos pocos amigos que lo atestigüen. Y en cambio, después de solo dos años aquí, se ha convertido en un auténtico relaciones públicas.
Y además casi todos los invitados parecen más bien extras de una película, plantados allí después de haber sido arrancados de la vida de alguna otra persona. ¿Desde cuándo se relaciona su padre con mujeres con pamelas, hombres con frac, todos ellos vestidos como si fueran a tomar el té con la reina de Inglaterra? La escena en su conjunto —sumada a su jet-lag— hace que Rachel tenga la impresión de no estar del todo despierta, como viviéndolo todo en diferido, incapaz de sincronizarse a tiempo real.
Un minúsculo rayo de sol que se abre paso entre las nubes basta para que los invitados miren al cielo y bajen los paraguas, como si estuvieran presenciando una auténtica anomalía climática. De pie, en medio de todos ellos, Rachel no está muy segura de lo que debe hacer ahora. Las otras damas de honor parecen haberse esfumado, así que es posible que ella tenga que estar ahora en algún otro lugar haciendo algo útil; no llegó a leerse bien el programa de festejos que le enviaron por correo electrónico en las últimas semanas y no ha habido tiempo para recibir instrucciones antes de la ceremonia.
— ¿Tengo que hacer algo? —pregunta cuando se topa con Blaine, quien está estudiando la limusina blanca vintage de la entrada con gran interés. Éste se encoge de hombros e inmediatamente sigue inspeccionando el coche que, es de suponer, trasladará a la feliz pareja a la recepción más tarde.
De vuelta hacia la iglesia, Rachel siente alivio al distinguir un punto color lavanda entre la multitud que resulta ser Kurt.
—Tu padre te está buscando —le dice señalando hacia el viejo edificio de piedra—. Está con Hiram, dentro. Hiram se está retocando un poco antes de las fotos.
— ¿A qué hora es el banquete? —pregunta Rachel, y por la forma en que Kurt la mira es como si hubiera preguntado por dónde se sube al cielo. Al parecer es una información del todo obvia.
— ¿No te llegó el programa?
—No tuve tiempo de mirarlo —contesta Rachel con timidez.
—No empieza hasta las seis.
— ¿Y qué hacemos mientras?
—Bueno, las fotos llevarán un rato.
— ¿Y después?
Kurt se encoge de hombros.
—Todo el mundo se aloja en el hotel.
Rachel lo mira sin comprender.
—Que es donde se celebra el banquete —explica Kurt—. Así que supongo que esperaremos allí.
—Qué bien —musita Rachel y Kurt arquea una ceja.
— ¿No vas a buscar a tu padre?
—Ah, sí —dice sin moverse—. Voy a ello.
—Está en la iglesia —repite Kurt pronunciando las palabras despacio, como si hubiera llegado a la conclusión de que la nueva hijastra de su amigo es un poco cortita—. Es por ahí.
Como Rachel sigue sin hacer ademán de moverse, Kurt le dice con amabilidad:
—Mi padre también se casó por segunda vez cuando yo era más joven que tú. Así que te entiendo. Aunque la verdad es que has tenido bastante suerte de que te toque a Hiram de padrastro, ¿sabes?
Pero Rachel no lo sabe. Prácticamente lo ignora todo de Hiram, pero no lo dice.
Kurt arruga el ceño.
—Mi madrastra me parecía horrible. La odiaba cuando me daba hasta la más mínima orden, órdenes que me habría dado mi madre, como ir a misa o echar una mano en casa. En esos casos el problema es quién te lo manda y, como era ella, la odiaba. —Hace una pausa y sonríe—. Y de repente un día me di cuenta de que con quien en realidad estaba enfadada no era con ella.
Rachel mira hacia la iglesia un momento antes de contestar. Por fin dice:
—Entonces supongo que te llevo ventaja.
Kurt asiente, dándose cuenta de que no va a conseguir gran cosa si sigue hablando del tema, y en lugar de ello le da un golpecito cariñoso a Rachel en el hombro. Mientras se gira para irse, a Rachel le asalta un temor repentino ante lo que la espera en la iglesia. ¿Qué se le dice a un padre al que no has visto desde hace siglos con ocasión de su boda con un hombre al que ni siquiera conoces? Si existe una etiqueta apropiada para la ocasión, desde luego la desconoce.
Dentro de la iglesia reina el silencio. Todo el mundo está fuera esperando a que salgan los novios. Sus tacones resuenan con fuerza en el suelo de baldosa mientras se dirige hacia el sótano deslizando la mano por los ásperos muros de piedra. Cerca de las escaleras, un sonido de voces sube como el humo y Rachel se detiene a escuchar.
—Entonces, ¿no te importa? —pregunta una mujer, y alguien más murmura algo en voz demasiado baja para que Rachel pueda oírla—. Creo que haría las cosas más difíciles.
—De eso nada —dice la segunda persona, y Rachel se da cuenta de que es Hiram—. Además, vive con su madre.
Desde lo alto de la escalera, donde se ha quedado paralizada, Rachel contiene la respiración.
Ya estamos —piensa—. El momento del padrastro malvado.
Ahora es cuando va a escuchar todas las cosas horribles que están diciendo de ella, cuando descubre lo contentos que están de haberse librado de ella, porque no la quieren a su lado. Ha pasado tantos meses pensando en ello, imaginando lo malo que debe de ser Hiram, que ahora que ha llegado el momento está tan ocupada esperando la confirmación de sus sospechas que casi se pierde el resto de la conversación.
—Me gustaría conocerla mejor —está diciendo Hiram—. Ojalá se arreglen las cosas pronto.
La otra mujer ríe en voz baja.
— ¿Con pronto quieres decir en los próximos nueve meses?
—Bueno… —dice Hiram, y Rachel puede percibir la sonrisa en su voz, lo que basta para hacerla retroceder varios pasos y tambalearse sobre los zapatos de tacón demasiado alto. Los pasillos vacíos de la iglesia están oscuros y en silencio, y a pesar de la temperatura Rachel siente frío.
Nueve meses, piensa con ganas de llorar.
Su primer pensamiento es para su madre, aunque no sabe muy bien si se trata de un deseo de proteger o de ser protegida. Sea como sea, necesita oír la voz de su madre inmediatamente. Pero se ha dejado el teléfono abajo, en la habitación donde está Hiram, y además, ¿cómo va a ser ella quien le dé la noticia? Sabe que su madre siempre tiende a tomarse las cosas con tranquilidad, que todo lo que tiene Rachel de irracional lo tiene ella de imperturbable. Pero esto es distinto. Esto es muy gordo y es imposible que a su madre no le afecte.
Desde luego a Rachel le afecta mucho.
Sigue allí encogida, apoyada en el marco de la puerta y mirando con horror las escaleras cuando escucha ruido de pisadas por el pasillo y una risa profunda de hombre. Echa a correr para que no parezca que estaba haciendo lo que de hecho estaba haciendo y se encuentra estudiándose las uñas con lo que, cree, es una expresión de total despreocupación cuando aparece su padre con el pastor.
—Rachel —le dice con una palmada en el hombro y hablándole como si se vieran todos los días—, quiero presentarte al reverendo Walker.
—Encantado de conocerte, cariño —dice el anciano dándole la mano y después volviéndose hacia su padre—. Te veré en el banquete, Leroy. Y felicidades otra vez.
—Muchas gracias, reverendo —dice su padre y después los dos se quedan solos mirando cómo el pastor se aleja cojeando y arrastrando la sotana como si fuera una capa.
Cuando ha desaparecido detrás de la esquina, el padre de Rachel se vuelve hacia ella con una sonrisa.
—Qué alegría verte, cielo —dice, y Rachel siente desvanecerse su sonrisa. Mira hacia el sótano y recuerda de nuevo esas dos palabras.
Nueve meses.
Su padre está tan cerca que puede oler su loción para después del afeitado, fuerte y mentolada, y la multitud de recuerdos que este aroma le trae hace que se le acelere el corazón. Su padre la mira como si esperara algo — ¿el qué?—, como si tuviera que ser ella la que diera inicio a la farsa, abrir su corazón y ponérselo allí mismo, a sus pies.
Como si fuera ella la que tiene secretos que contar.
Ha dedicado tanto tiempo a evitarle, tantos esfuerzos a que no sepa nada de su vida —como si eso fuera fácil, como si su padre fuera algo tan insustancial como una muñeca recortable—, y ahora resulta que es él quien le está ocultando algo.
—Felicidades —consigue decir mientras su padre le da un amago de abrazo que termina pareciéndose a una palmada en la espalda.
Su padre se retira algo incómodo.
—Me alegro de que llegaras a tiempo.
—Y yo. Ha estado muy bien.
—Hiram está deseando conocerte —comenta su padre y a Rachel se le pone la carne de gallina.
—Qué bien —consigue decir.
Su padre le brinda una sonrisa esperanzada.
—Estoy seguro de que os vais a llevar fenomenal.
—Qué bien —vuelve a decir Rachel.
Su padre se aclara la garganta y juguetea con su pajarita con aspecto rígido e incómodo, por el esmoquin o por la situación; Rachel no está segura.
—Escucha —dice—. Me alegro de haberte encontrado sola porque te quiero contar una cosa.
Rachel se endereza un poco preparándose para recibir un gran impacto. No le da tiempo a sentirse aliviada de que por fin su padre vaya a contárselo, está tan ocupada pensando en cómo reaccionar a la noticia de que va a tener un hermano, que su padre y Hiram han conseguido ya un vientre de alquiler de donde va a salir dicho hermano, — ¿silencio dolido?, ¿falsa sorpresa?, ¿atónita incredulidad?— que su cara no tiene expresión alguna cuando su padre por fin asesta el golpe.
—Hiram quiere que bailemos juntos en la fiesta —dice y Rachel, de algún modo más sorprendida por esto que por la noticia mucho más devastadora para la que se había preparado, se limita a mirarle en silencio—. Sí, ya lo sé —prosigue su padre levantando las manos—. Le he dicho que tú lo odiarías, que no vas a querer bailar delante de todo el mundo con tu viejo… —se interrumpe, obviamente para permitir a Rachel intervenir.
—No bailo muy bien — dice por fin dice ésta.
—Ya lo sé —replica su padre sonriendo—. Yo tampoco. Pero es el gran día de Hiram y le hace mucha ilusión, y…
—De acuerdo —dice Rachel pestañeando con fuerza.
— ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—Pues genial —contesta su padre con voz de estar auténticamente sorprendido. Se balancea sobre sus talones sonriendo ante este inesperado triunfo—. Hiram se pondrá contentísimo.
—Me alegro —dice Rachel incapaz de ocultar la amargura en su voz. De repente se siente vacía, sin ánimos para discutir. Al fin y al cabo, ella se lo ha buscado. No quería saber nada de la nueva vida de su padre y eso es precisamente lo que él está haciendo: empezarla sin ella.
Pero ya no es solo por Hiram. Dentro de nueve meses su padre tendrá un nuevo hijo, y tal vez sea otra niña.
Y ni siquiera se ha molestado en contárselo.
Siente que se le reabre la vieja herida que le causó cuando se marchó, la misma que le dolió también cuando supo de la existencia de Hiram. Pero esta vez, casi sin darse cuenta, Rachel se descubre aceptándolo en lugar de salir corriendo para huir de ello.
Porque, al fin y al cabo, una cosa es echar a correr cuando alguien te persigue. Y otra muy distinta, echar a correr sola.
Al parecer Quinn sigue perdida...
Feliz domingo!
