Severus – el verdadero héroe de la saga Harry Potter –, y los demás personajes de los libros aparecen por cortesía de su creadora, J. K. Rowling.
Muchísimas gracias a Sayuri Hasekura, Sely Cat, minerva91, GiotMalfoy, MoonyMarauderGirl y LilaSnape por sus comentarios.
Capítulo 10 – Llegada al colegio
Unos días más tarde salimos a comprarme el material que tendría que llevar a la escuela. Estaba tan contenta y nerviosa porque pronto podría aprender a controlar mi magia, que en vez de caminar recorría las calles del Londres mágico dando saltitos, deteniéndome además a mirar cada escaparate y cada parada ambulante, mientras Severus me seguía procurando mantenerse unos pasos atrás todo el rato, impaciente, encapuchado y con las manos hundidas en los bolsillos de la túnica.
-¿Quieres hacer el favor de no entretenerte en cada aparador? – Me susurraba, molesto, cada vez que llegaba a mi altura porque me había quedado embobada ante una tienda.
Pero no podía evitar encantarme con todo ahora que teníamos tantas cosas que comprar para el colegio, además, cada vez que paseaba por esas calles veía más establecimientos nuevos. La primera vez que Severus me llevó allí la guerra hacía poco que había terminado, el ambiente era bastante deprimente, muchas de las tiendas estaban cerradas, y algunos locales estaban completamente destrozados. Pero con el Lord desaparecido desde hacía más de dos años, y la mayoría de la gente creyéndole muerto, la actividad había ido floreciendo poco a poco en aquellos estrechos y mágicos callejones. Así, cuando fuimos a comprar mi varita, después de haber adquirido ya el caldero, los libros de texto y el resto de material que iba a necesitar durante el curso, descubrí al lado del establecimiento del señor Ollivander una pequeña tienda de animales que el año anterior no estaba allí.
Me quedé maravillada viendo el escaparate. Había serpientes, lechuzas y hámsters, pero a mí me interesaba más un animal que estaba sobre el mostrador y al que podía ver a través del cristal de la calle.
-Tengo que llevar un animal, ¿verdad? – Le pregunté a Severus cuando se puso a mi lado.
Él frunció el ceño.
-Sí, pero lo dejaremos para lo último. Cuanto menos tenga que soportar a ese bicho, mejor.
-"Bicho" – repetí –. No tenía ninguna intención de tener un bicho como mascota, pero en fin.
Severus no contestó. Fruncí los labios y me aparté del cristal con desgana.
-¿Tú qué animal llevaste al colegio? – Pregunté.
Alzó las cejas bajo su capucha con gesto socarrón.
-A ver si lo adivinas – dijo con una ligera sonrisa.
Lo pensé un instante.
-Una serpiente – contesté, al fin.
-No seas absurda, Julia, no se permite llevar serpientes a Hogwarts.
-¿Por qué no? – Pregunté asombrada.
-Porque son animales relacionados con las artes oscuras. Los padres de los estúpidos Gryffindors y de los malditos Huffelpuff echarían el grito en el cielo y pedirían la cabeza de Dumbledore si permitiera que animales así fuesen admitidos como mascotas en el colegio.
-Entonces… ¿un sapo?
Severus asintió con la cabeza.
-Exacto, un sapo. Venga, entra a comprarte la varita, que yo te espero aquí – dijo, alargándome unas monedas.
-¿No entras tú conmigo?
-No, el señor Ollivander me conoce demasiado bien, no le engañaría con una simple capucha.
De modo que entré en la tienda y salí un rato después, entusiasmada con mi flamante varita nueva de madera de olivo de veintitrés centímetros con núcleo de pelo de hipogrifo. Creía que después iríamos a la tienda de animales, ya que estábamos al lado, pero me equivoqué. Severus tenía que comprar algo en el callejón Knocturn, así que nos dirigimos allí, y cuando llegamos me pidió que le esperase en la esquina, sin llegar a entrar en el callejón, porque "no es un lugar muy recomendable para una niña", masculló. Le vi desaparecer en uno de los establecimientos y me quedé allí, apoyada contra la pared, admirando mi varita nueva y agitándola como si estuviera conjurando algún hechizo.
Al cabo de un rato, alguien se detuvo a mi lado y alcé la vista. Era una anciana bruja, muy arrugada y con la espalda completamente encorvada. Me sonreía con los labios, pero no con los ojos, y percibí algo frío y oscuro tras esos iris velados por las cataratas.
-Una niñita como tú no debería estar aquí sola – dijo la mujer con voz de grajo.
-No estoy sola – contesté –, estoy esperando.
Su sonrisa se ensanchó.
-Dime cariño, ¿cómo te llamas?
Vacilé. No quería hablar con aquella mujer, pero tampoco quería resultar grosera. Al notar mi indecisión, la bruja levantó su mano derecha, llevaba algo en ella que parecía tenderme para que lo cogiera.
-Tengo aquí una cosa que seguro que te gustará, cariño – dijo, mostrándome un cilindro metálico de color negro –. Puedes mirarlo mientras "esperas", y así no te aburrirás tanto estando aquí sola.
No alargué la mano para cogerlo, pero pregunté:
-¿Qué es?
-Es un caleidoscopio mágico. ¿Sabes lo que es un caleidoscopio?
Negué con la cabeza.
-Es un juguete muggle, pero este es infinitamente mejor, si miras a través del agujero verás las mayores maravillas que puedas imaginar.
Dudé todavía unos instantes más, no me fiaba de aquella mujer, pero ¿qué daño podía hacerme mirar por aquel cilindro? Sin darme cuenta, empecé a llevar mi mano al objeto, pero cuando estaba a punto de rozarlo con los dedos, una voz susurrante masculló:
-Si en tres segundos no has desaparecido de mi vista lamentarás haberte levantado de la cama esta mañana.
Alcé la vista y descubrí que Severus había clavado su varita en el costado de la anciana, cuyo rostro se había transformado completamente: su sonrisa había desaparecido, dejando paso a una expresión de miedo mezclada con rabia intensa. Retiró la mano que sostenía el cilindro y se disponía a guardárselo en el bolsillo de la túnica, pero él volvió a hablar.
-Tíralo.
Escuché a la mujer murmurar algo, pero no pude entender lo que decía, Severus clavó más su varita en el cuerpo de la anciana, y esta abrió la mano y dejó caer el cilindro, que chocó contra el suelo con un sonido metálico.
-Ahora lárgate y no mires atrás – añadió él.
La bruja obedeció y se alejó callejón Knocturn abajo. Severus apuntó con su varita al objeto que yacía en el suelo y lo hizo desaparecer.
-¿Es que no puedo dejarte sola ni cinco minutos? – Gruñó entonces.
-¿Qué era ese caleidoscopio? – Pregunté.
-Eso no era un caleidoscopio, tonta, era un "embaucador".
-¿Un qué?
-Un "embaucador", lo utilizan para secuestrar niños. La guerra se cobró las vidas de muchos civiles, gran cantidad de magos perdieron a sus hijos pequeños y desde entonces existe un mercado negro de niños para adopciones ilegales: los traficantes los secuestran, los venden a familias que han perdido a los suyos y les modifican la memoria.
-¡Pero eso es terrible! – Me escandalicé.
-Sí, lo es, pero no es asunto nuestro, sino de los aurores, así que ¡andando!
Y diciendo esto se alejó en dirección al callejón Diagon de nuevo. Le seguí, pensativa; esa bruja quería secuestrarme y modificarme la memoria. ¡Quería hacer que me olvidara de Severus! Me sentí tan indignada que si hubiera tenido a la anciana todavía delante estaba segura de que la habría escupido a la cara.
Pasamos de nuevo por delante del establecimiento del señor Ollivander, y cuando llegamos a la tienda de animales entramos en ella, por fin. En cuanto traspasé el umbral me olvidé de la bruja y me lancé a acariciar embelesada al precioso gatito atigrado de largo pelaje y ojos verdes que había visto desde el escaparate cuando nos habíamos detenido allí la primera vez, pero Severus me aseguró que antes dejaría que le arrancaran el corazón con una cuchara que permitir que ese animal entrase en casa.
-Ya que no me puedo librar de comprar un animal porque es obligatorio, te compraré un sapo, igual que yo – dijo con desagrado.
-Pero un sapo es asqueroso – protesté –, no se le puede acariciar ni besar, ni jugar con él, ni ponértelo en el regazo…
-¿Tú qué sabes? A lo mejor sí se puede – se burló –, ¿lo has probado alguna vez?
Le miré enfurruñada.
-No te compraré un gato – insistió –, más vale que te hagas a la idea.
Le dirigí una última y triste mirada al gatito y nos dirigimos al vendedor para comprar el dichoso sapo. No me dejó escogerlo, tampoco, señaló con un dedo un ejemplar verde amarronado, escuálido, lleno de bultos y con aspecto enfermizo que le salió tirado de precio. El dueño de la tienda pareció muy contento de librarse de él. Severus no lo había hecho para ahorrarse unos sickles, sino porque estaba convencido de que iba a durar poco y el problema se resolvería por sí mismo. Probablemente esperaba que no sobreviviera al primer hechizo que le lanzara, pero se equivocó del todo. El sapo, al que llamé Martin, mejoró notablemente bajo mis cuidados, y aunque me parecía asqueroso al principio, con el tiempo acabé encariñándome de él. Se volvió gordo y saludable, llegó a vivir cinco años, y se convirtió en un fanático de croar a pleno pulmón de madrugada, cosa que, aunque durante el curso no resultaba un problema porque en el colegio los animales se quedaban en la sala que había destinada a guardarlos por las noches, cuando estábamos en casa de vacaciones nos acostumbraba a despertar a ambos, poniendo a Severus de bastante mal humor.
-¿Lo ves? Tenías que haberme comprado el gato – le decía yo entonces, y él me miraba con ojos de fuego y los labios fruncidos.
El caso es que me compró el sapo, y cuando acabamos con todas las compras de material para el curso volvimos a casa cargados de paquetes.
-¿Qué hiciste tú con tu sapo cuando te graduaste? – Dije, todavía un poco enfurruñada por no haber conseguido el gato – Supongo que lo acabaste matando para librarte del "maldito bicho".
Severus sonrió socarrón.
-No, no lo maté. Lo regalé al colegio.
Le miré con cierta incredulidad.
-¿Lo regalaste al colegio?
-Ajá.
-Pero yo no quiero regalar el mío – le advertí.
-Cuando te gradúes – dijo él – serás mayor de edad, y por tanto podrás hacer lo que te plazca con tu "bicho"… si es que llega a vivir tanto.
Eché un rápido vistazo al pobre animal, que todavía estaba en la caja de cartón agujereada en que lo había transportado, y pensé que tenía toda la razón del mundo, probablemente no sería un problema decidir lo que hacer con él cuando acabara séptimo, porque el sapo no duraría hasta entonces. Suspiré y me puse a buscar inmediatamente un sitio para acomodar a mi nueva mascota.
Poco a poco se fueron acabando las vacaciones, faltaban sólo unos días para septiembre, y yo cada vez estaba más inquieta por lo que me iba a encontrar en el colegio. Me preocupaba un poco el no saber cómo me iría con el resto de estudiantes, y estaba segura de que Dumbledore estaría pendiente de cómo me comportara con mis compañeros de clase. Severus se había mostrado muy optimista diciéndole al director que yo era extrovertida y sociable, pero ¿cómo podía saberlo? No me había relacionado con suficiente gente como para comprobarlo. Con él me resultaba fácil mostrarme así, porque le tenía mucha confianza, pero con el resto de la gente...
Pero no sólo me inquietaba eso, sino también el cómo serían las clases, los otros profesores, los terrenos, las aulas… me pasaba todo el tiempo haciéndole preguntas a Severus y él me contestaba a casi todas, pero sin dejar pasar una sola oportunidad de reprenderme por no haber aprovechado mejor mi estancia en el castillo cuando estuve allí más de dos años atrás.
-En esos momentos, lo que menos me importaba era hacer una visita turística a Hogwarts, Severus – le decía yo imitando su tono de reproche, y él me miraba con una sonrisa burlona y chasqueaba la lengua.
Ese verano, a Lucius Malfoy le dio por venir de visita en dos ocasiones, y las dos veces se presentó sin avisar, por lo que tuve que esconderme en mi habitación con rapidez. Vino acompañado de su mujer y del niño, que debía tener unos tres años y estuvo berreando casi todo el rato durante las dos visitas. La segunda vez que vinieron, sin embargo, yo subí a mi cuarto para bajar de nuevo a los pocos minutos a espiar tras la puerta. Sabía que no debía hacerlo, pero desde que el Lord había desaparecido la sensación de peligro inminente se había esfumado, y me dejé vencer por la curiosidad. Severus, desde luego, se dio cuenta de que estaba allí, pero le agobiaban tanto los llantos del crío que ni siquiera se enfadó por ello.
-¡Merlín! Cómo odio a ese mocoso repelente y consentido… – murmuró cuando entré en el salón, nada más oír cerrarse la puerta de la calle – no hay manera de hacerle callar.
Severus se frotaba la frente con los dedos, igual que en la visita anterior, había acabado con dolor de cabeza.
-No deberías hablar así de Draco, al fin y al cabo es tu ahijado – me burlé.
-Ah, te parece gracioso, ¿eh? – Dijo con irritación medio fingida, medio real – Pues supongo que eres consciente de que es culpa tuya que tenga que aguantarle. Si no hubiera tenido que pedirle a Eenie como favor, no me habría sentido obligado a hacerle de padrino.
Esto era totalmente cierto y lo sabía, así que no seguí pinchándole. Por suerte, los Malfoy no volvieron a visitarnos, y el final del verano llegó casi sin darnos cuenta.
Llegó el día en que Severus tuvo que marcharse, porque sus obligaciones como profesor exigían que se presentara en el colegio una semana antes de que llegaran los alumnos, y él ya lo había organizado todo para que el día de mi partida un taxi muggle me llevara a la estación de King's Cross.
Yo estaba muy nerviosa por varias razones: primero, porque nunca había ido sola a ningún sitio; segundo, porque el viaje en el Hogwarts Express sería largo y yo no conocía a nadie; y tercero, porque por fin iba a estudiar en un colegio, rodeada de un montón de gente y muy lejos de casa. Aunque de hecho, esto último me importaba bien poco, porque para mí el hogar estaba dondequiera que se encontrara Severus.
Justo antes de tomar el taxi, recibí una lechuza de él. Me deseaba un buen viaje y decía que esperaba que conociera a gente agradable en el tren. Sonreí y guardé la carta en un cajón de la cómoda, junto con todas las que él me había enviado los dos últimos años.
El andén nueve y tres cuartos estaba rebosante de gente. Vi a un matrimonio rodeado de un montón de niños -la más pequeña, en brazos de su madre, debía tener unos dos años- despidiendo a los dos mayores entre centenares de besos. Todos ellos tenían el cabello del mismo tono pelirrojo, y el menor de los dos que iban a tomar el expreso parecía tan nervioso como yo, por lo que supuse que empezaba también ese año.
Subí al tren y me metí en un compartimiento que estaba vacío, pero no tardó en venir una chica un par de años mayor que yo. Me dijo que se llamaba Melissa y que estaba en Huffelpuff. Estuvo hablando sin parar hasta que entró alguien más y se sentó a mi lado. Era un joven rubio que nos explicó que se llamaba Alister y que estaba en séptimo curso. Alister parecía amar el silencio tanto como yo, porque al cabo de cinco minutos amenazó a la Huffelpuff con hacerle un hechizo lengua atada si no dejaba de hablar, Melissa puso cara de indignación y se giró hacia mí en busca de apoyo, pero yo me dediqué a mirar por la ventana con gran atención para que la chica no viera que me estaba riendo calladamente.
El resto del viaje transcurrió con tranquilidad, a pesar de los nervios que me atenazaban el estómago, y es que se me había ocurrido otro motivo más para angustiarme: el pensar a qué casa me iban a asignar.
Yo estaba deseosa de que me eligieran para Slytherin, por supuesto, ya que esa era la casa de Severus, y me daba miedo que se enfadara si me enviaban a cualquier otra. Melissa arrugó la nariz cuando le dije a qué casa quería ir y Alister me miró con cierto desprecio, pero ninguno de los dos dijo nada.
El tren llegó a su destino y allí estaba Hagrid esperando a los de primer curso. Me metí en la barca y a mi lado se sentó el pelirrojo que había visto en King's Cross.
-Hola, me llamo Charlie – dijo con voz alegre.
-Yo soy Julia. Te vi en Londres antes de subir al tren, tu hermano también está aquí, ¿no?
-¿Bill? Sí, está en tercero, pero ahora mismo estoy enfadado con él, el muy idiota no ha querido decirme nada sobre la ceremonia de selección. Parece haber olvidado los nervios que se pasan antes de que te elijan para una de las casas.
-Yo sé cómo te elijen.
-¿En serio?
-Sí, te ponen un sombrero en la cabeza y él escoge la casa que más se adapta a tu personalidad – Severus me había explicado eso y muchas cosas más durante las vacaciones.
-¿Y te fías de quien te ha dicho eso, o puede que te hayan gastado una broma?
-Me fío completamente – aseguré con rotundidad –. Si él me lo ha dicho, es que es verdad.
-¡Vaya! – Murmuró entonces – Un sombrero seleccionador… ¡qué guay!
Estuvimos charlando durante el trayecto a través del lago, Charlie era un chico muy simpático y me cayó bien enseguida.
Al llegar al colegio nos recibió la profesora McGonagall, quien nos dio la bienvenida y nos habló de las cuatro casas de Hogwarts. Ella nos condujo hasta el gran comedor, donde estaban el resto de los alumnos, cada uno sentado en la mesa de su casa; y los profesores, dispuestos a lo largo de la mesa que presidía la sala. Lo primero que hice fue buscar a Severus con la mirada. Le distinguí enseguida, y tuve que hacer grandes esfuerzos para no sonreírle. Él estaba completamente serio, y me miró como si no me conociera de nada. "¡Qué gran actor eres!", pensé, orgullosa, y tenía que serlo, sino no habría podido hacer de contraespía para Dumbledore. Al director le vi también, presidiendo la mesa con su sonrisa jovial. Cuando sus ojos encontraron los míos me saludó con una leve inclinación de cabeza que yo me esforcé en corresponder.
-¡Vaya! ¿Conoces a Dumbledore? – Me preguntó el pelirrojo, que estaba detrás de mí en la hilera de estudiantes de primer curso que esperábamos para la selección.
-Eh… sí. He hablado con él un par de veces.
-¿Has hablado con él? ¡Qué guay! ¿Sabes que es el mago más poderoso de nuestro tiempo?
-¿Ah, sí?
-Desde luego. Más poderoso aún que quién-tú-sabes, cuando quién-tú-sabes vivía, claro.
-¿Ah, sí? – Repetí – Y si es tan poderoso, ¿porqué no mató él mismo a quién-tú-sabes?
-Eh… bueno… no sé – admitió, confuso.
La ceremonia comenzó, y a medida que avanzaban las letras del alfabeto me sentía más nerviosa y no podía dejar de lanzar miradas de soslayo a Severus, que parecía muy tranquilo e indiferente a lo que estaba ocurriendo.
Llegaron a la "S" y yo creía que no podría soportarlo por más tiempo, cuando, de repente, dijeron mi nombre.
-Severii, Julia.
Las piernas no me respondieron de inmediato, y tuve que ir a trompicones hasta la silla donde reposaba el sombrero seleccionador. Estaba sudando a mares y el corazón me latía a mil por hora. Me puse el sombrero y cerré los ojos esperando el veredicto mientras me estrujaba las manos.
-¡Ravenclaw! – Chilló el sombrero.
-¿En serio? Yo también soy una Ravenclaw – exclama Luna Lovegood con alegría.
-¿Ah, sí? – Sonrío brevemente ante el entusiasmo de la joven – Pues reconozco que para mí en ese momento resultó decepcionante ser escogida para esa casa. Abrí los ojos con lentitud, temiendo lo que vería en el rostro de Severus cuando le mirase. En fin, creo que también fue una pequeña decepción para él, aunque nunca me dijo nada y ni siquiera movió un músculo cuando el sombrero seleccionador habló, pero yo le conocía demasiado bien – recuerdo, soñadora –. Aunque podría haber sido peor: podría haberme tocado Gryffindor – río –. Yo creo que si me hubiese tocado ser una leona él no habría querido saber nunca más nada de mí – río, pero en seguida rectifico –. Sólo lo he dicho en broma, ¿eh? Espero que la gente no se lo tome al pie de la letra.
La joven asiente y se encoge de hombros, todo a la vez, lo que de repente le da un aspecto cómico que me hace sonreír.
-La selección continuó – prosigo – y yo esperaba que al menos el chico pelirrojo con el que me había puesto a hablar y que me había caído simpático fuera a parar a la misma casa que yo, pero no hubo suerte.
-Weasley, Charlie – llamó McGonagall.
El pelirrojo se acercó a la silla y casi no se había acabado de poner el sombrero, cuando éste chilló:
-¡Gryffindor!
El chico sonrió de oreja a oreja y se fue a sentar a la mesa de su casa, al lado de su hermano, que le dio unas palmaditas en la espalda.
Cuando acabó la selección, Dumbledore dio su discurso de bienvenida y centenares de platos suculentos inundaron la mesa. Yo estaba muy alicaída, no conocía a nadie y no me habían seleccionado en la casa que quería.
No dejaba de mirar a Severus, que había empezado a comer nada más aparecieron los platos de la cena. Estaba serio y no hablaba con nadie, como yo. Deseé poder sentarme con él y charlar un rato, pero eso no era posible, por supuesto. Dumbledore, sin embargo, se mostraba muy dicharachero y conversaba animadamente con la profesora McGonagall. Suspiré y empecé a comer, esperando poder ver a Severus después de la cena, pero cuando los platos vacíos desaparecieron de la mesa, los prefectos vinieron a buscar a los de primer año para llevarnos a nuestras salas comunes y ya no tuve tiempo de hablar con él.
En la habitación que me tocó había cuatro camas, escogí la que estaba al lado de la ventana y saqué las cosas de mi baúl para ponerlas en el pequeño armario que había al lado. Mientras lo hacía entraron en la habitación dos chicas, una rubia y otra castaña, que escogieron sus camas y se pusieron a ordenar también mientras hablaban. De pronto mencionaron los horarios de clase y me giré para hablar con ellas.
-Perdonad, ¿habéis dicho que tenéis los horarios?
-Sí, aquí los tenemos – dijo la rubia, agitando un trozo de pergamino.
-A mí no me los han dado – dije, vacilante – ¿me podrías dejar que les echara un vistazo, por favor?
-Claro – contestó, y me tendió el horario para que lo cogiera.
-Oh, vaya – susurré fastidiada cuando los miré –, no nos toca pociones hasta el miércoles.
-¿Y lo dices con ese tono tan lúgubre? – Replicó la que me había pasado el horario, divertida – Es fantástico, así no tendremos que ver la fea narizota de ese murciélago en dos días.
Las dos se pusieron a reír como idiotas mientras yo las miraba apretando los puños, irritada. Estaba a punto de preguntarles qué diablos tenían contra él si no le conocían siquiera, cuando entró la cuarta ocupante de la habitación, que dejó su baúl al lado de la cama que quedaba libre y se presentó en voz alta ante nosotras.
-Hola, me llamo Evelyn.
-Nosotras somos Esther – dijo la rubia, señalándose, y después a su compañera – y Mary Anne.
-Yo soy Julia – dije con desgana, dejando el horario en la cama de Esther y dirigiéndome a la mía.
Las dos amigas reiniciaron su conversación y yo volví a dedicarme a vaciar el baúl. Pero enseguida noté que alguien se me acercaba por la espalda, me giré y vi a Evelyn con cara preocupada.
-¿Qué pasa? – Dije no muy amablemente, las dos chicas me habían puesto de mal humor.
-Me preguntaba si te importaría… verás, es que no conozco a nadie aquí… y me preguntaba si querrías sentarte conmigo durante las clases… es que me da apuro sentarme sola…
-Oh, bueno… está bien.
-¿En serio? – Dijo contenta.
-Sí, claro, yo tampoco conozco a nadie más de la clase.
Sonrió entusiasmada, murmuró un suave gracias, y se fue satisfecha hacia su cama. Suspiré. Bueno, al menos podría demostrarle al viejo director que era capaz de relacionarme, tal como había dicho Severus. Quería probarle que él había hecho un gran trabajo educándome, y que de ninguna manera se había equivocado al no enviarme a un orfanato.
Cuando acabé de ordenar todas mis cosas me tumbé sobre la cama sin meterme dentro de las sábanas, y me quedé mirando al techo, con las manos tras la cabeza, pensando en lo que vendría a continuación. Al día siguiente empezaría las clases, y sentía una desagradable sensación en el estómago por culpa de los nervios. Tuve la seguridad de que esa noche me costaría conciliar el sueño, y no me equivocaba en absoluto.
