Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.

Chapter 9

― ¡Hola, pá! ―Ian se lanza a mis brazos apenas me ve entrar.

Lo envuelvo en mis brazos poniendo atención en la mesilla de centro llena de golosinas junto a unos tazones servidos con cereal de colores, los cojines están esparcidos por la toda la sala estar, mientras Derek se mantiene con la boca abierta mirando hipnotizado el televisor. El fuerte volumen le impide percatarse de mi; solo continúa con sus ojos muy abiertos llevando a su boca un trozo de galleta.

― ¿Por qué no se han dormido? ―pregunto mirando mi reloj. Por lo regular, Leah nunca permite que se desvelen.

― Mamá esta de genio. ―dice Derek con su atención puesta en el televisor. Luego de unos segundos voltea me mira sorprendido, se incorpora a velocidad abrazándome.

― No, no está de genio. ―interviene Ian― ella se olvidó de ir por nosotros al colegio porque se fue de compras con Victoria y Jessica. Entonces, para que no te digamos nada, nos dejó ver televisión y comer chatarra. ―explica encogiendo sus hombros― solo que, yo no soy bueno para guardar secretos.

― Por cierto pá, ¿por qué no llegabas? ―inquiere con curiosidad mi hijo menor. Aún con su sonrisa traviesa por haber descubierto a su mamá, se cruza de brazos mirándome desde el piso donde está sentado sobre un almohadón del sofá.

Aquí viene mi parte difícil "mentir" no me gusta hacerlo, mucho menos a ellos. Sólo que a veces no hay opción.

― Estaba trabajando, hoy estuve viendo nuevos proyectos. ―trate de sonar convincente. Me acerco de nuevo a ellos dejando un beso sobre sus frentes―. Me iré a dormir, no se desvelen.

Subo uno a uno los escalones aún sin ordenar mis ideas, cuando escucho a Ian gritar.

― Eres el mejor, pá. ―dice con orgullo, haciendo añicos mi corazón. Estoy casi seguro que en unos días no dirá lo mismo.

― Te quiero. ―digo mirándolo desde arriba, sujeto con mis manos el barandal inclinando mi cuerpo para observar también a Derek quien está poniendo atención a nosotros ―. Son mi vida entera, nunca olviden que los amo.

Continuó a paso lento por el pasillo del segundo piso, al abrir la puerta de nuestra alcoba. Leah está tendida sobre la cama tiene en sus manos una de esas revistas de moda, su camisón púrpura está subido hábilmente por una pierna que mantiene flexionada dejando ver parte del encaje negro de su ropa interior. Obvio ella sabe que la estoy viendo por eso tiene una sonrisa pícara en sus gruesos labios. De pronto frunce el entrecejo cerrando de golpe la revista y dejándola sobre la cama, se impulsa con las manos hasta quedar completamente sentada.

― ¿Por qué no respondiste el maldito celular? ―chilla― ¿Qué mierda tienes en la cabeza, Ed? Sabes que detesto cuando me ignoran. Hoy tuve un imprevisto, lo cual se me hacía imposible ir por tus hijos, pero como el señor no se dignó a responder ni mis llamadas ni mucho menos los mensajes, tuve que dejar de hacer mis cosas para ir por ellos. ―se puso de pie poniendo sus manos en las caderas―. Debes contratar un chófer que vaya por los chicos, no puedo hacerlo todo. De ese modo sentiré menos estrés; casi no tengo vida social por andar llevándolos al colegio.

Empecé a quitar mi saco dejándolo sobre la cama; también afloje mi corbata, y quite mi cinturón de las presillas del pantalón. Lo hice con toda la paciencia del mundo ignorando las exigencias de Leah y también su mirada asesina.

― ¿No vas a decir nada? ―cuestiona irritada― ¡maldita sea, responde!

Me volví a ella, en estos momentos ya estaba de pésimo humor, cuestionando cómo pude soportar su arrogancia por dieciséis años.

Exhalo molesto.

― Quiero hablar contigo. ―dije cortante― De manera civilizada sin aspavientos.

― ¿Me vas a decir donde mierda estabas metido hasta estas horas? ―su voz afilada me estaba fastidiando.

― Me estoy cansando de esto, Leah. ―nos señalé a ambos― Tu forma de llamar la atención me irrita, de igual manera me molesta que todo cuanto hay a tu alrededor sea más importante que tus hijos y yo. ¿Y sabes qué? Yo tengo la culpa de todo, porque desde un principio permití que me manipularas, dejándote controlar todo cuanto has querido de mi. Así que también soy tan culpable como tú.

― No amor, lo que pasa es que piensa un poco en mi. Todo el tiempo estoy en casa, es normal que me estrese. ―me abraza― ¿Sabes? Desde hace un mes comencé a tomar ácido fólico, quiero embarazarme. Intentemoslo amor, tengamos otro bebé.

Sus palabras fueron suficientes para recordar el verdadero motivo de esta conversación.

― Leah, un hijo no va a traer la paz ni mucho menos el amor que ya se fue de nosotros.

Ella se aleja mirándome con el ceño fruncido, podía sentir la ira de sus ojos verdes clavados en mi.

― Te pido perdón de antemano por lo que voy a decirte. ―sintiendo un gran nudo en mi pecho la mire a los ojos―. Te engañé... estuve con otra mujer.

Se me echó encima dándome una fuerte bofetada después comenzó a gritar blasfemias en mi contra.

― Te odio... maldito perro, te odio. ¿Cómo pudiste?

Dejo que saque su coraje al golpear mi cuerpo con sus manos. Su ira al derramar sus lágrimas, sus gritos dejando escapar su dolor.

¿Me duele? Claro que me duele como si me estuviera quemando en el infierno, quizá lo estoy.

― ¿Por qué me lo dices? ―indaga entre hipidos. Era la primera vez que la veía completamente destrozada. Sus puños ya no me golpeaban ahora sólo descansan sobre mi pecho―. Lo intuía pero no quería saberlo, ¿por qué lo haces?

― Es necesario. ―respondo, dando un largo suspiro tomando valor para continuar.

― Pero duele… duele mucho. ―se aleja, sentándose en el borde de la cama. Continúa con las manos en puño mientras balbucea frases inaudibles. La veo limpiar sus lágrimas con la punta de sus dedos―. ¿Desde cuándo? ―murmura.

― Cuando fui a Moscú, sucedió allí. ―declaro― fue solo una vez.

― Qué caso tiene que me hayas dicho, ¿por qué lo hiciste? Cuando es claro que solo fue una aventura de ocasión, una prostituta, una maldita arrastrada que se aprovechó de tu soledad.

― No es así ―niego ante su hipótesis.

Se planta ante mí, quitando sus lágrimas.

― No hablemos más de eso. Lo mejor es olvidar lo que pasó. ―anima.

― Leah, no podemos actuar como si nada pasó. ¡Te engañé!

― ¡No lo repitas! Tan solo, no lo repitas más… ―su voz se fue apagando.

― Necesito decirte todo. ―insisto.

― No. No quiero escuchar. ―lleva sus manos a las orejas, cubriéndose como niña pequeña―. No quiero saber, no me interesa.

― Leah, escúchame. ―sujeto sus hombros― No podemos seguir así, tenemos que hablar.

Mueve la cabeza de un lado a otro; todavía cubriendo sus oídos, manteniendo los ojos cerrados.

― Ella... está embarazada ―confieso.

Leah se mantiene estática su respiración se hace vertiginosa, miro sus fosas nasales dilatadas. Luego de unos segundos abre muy lentamente los ojos mirándome con tanta rabia. Levanta su mano para estrellarla en mi mejilla.

― ¡Maldito! ―chilla―, mil veces maldito.

Sostengo sus muñecas evitando que siga golpeando mi torso, lo cual la enfurece más.

― Se lo que te duele. Lo siento mucho. ―digo con voz rota―. Pero es mejor dejarlo aquí, quiero el divorcio.

Sus ojos fieros ahora lucen taciturnos.

― ¡Lárgate! ―ruge, apuntando a la puerta―. No quiero verte más, ¡fuera de mi casa!

― ¡Vete! ―sus manos empujan mi espalda hasta dejarme fuera de nuestra habitación.

El fuerte portazo detrás de mí; indica que ha cerrado la puerta, enseguida se escuchan todo tipo de ruidos, puedo asegurar que son los artículos que están sobre el tocador los que ahora son castigados por la furia de Leah.

Me vuelvo a la puerta dejando mi puño sostenido en el aire; no tiene caso hablar con ella, ahora está, tan fuera de sí. Doy media vuelta siguiendo mi camino, necesito salir de aquí.

Mi zapato no puede dejar de golpear el piso, al tiempo que alargo mi mano sosteniendo la copa de cristal bebiendo un poco de agua, necesito quitar la sequedad de mi garganta. Estoy nervioso después de una semana de no permitirme ver a mis hijos, ni acercarme a la casa. Hoy accedió a hablar conmigo, dejo la servilleta sobre la mesa poniéndome de pie cuando la veo llegar. Leah está frente a mí, vestida totalmente de negro y con sus enormes gafas de sol puestas, aunque el cielo esté nublado.

― ¿Cómo están mis hijos? ―pregunto― ¿Qué les dijiste?

Se sienta en el borde de la silla; quita sus gafas dejándolas en la mesa de forma elegante, su postura recta, un tanto arrogante me recuerda a la Leah de toda la vida.

― No creo que te importen mucho, cuando embarazaste a la primer mujerzuela que se atravesó en tu camino. ―responde cortante― Con la que "según" ―gesticula las comillas en el aire―. Tendrás un hijo.

― Quiero verlos, ser yo, quien les diga la verdad.

Enarca una perfecta ceja con una risa burlona en sus labios.

― Una verdadera lástima. Porque las cosas se harán a mi modo. ―sentencia.

Mis manos están hechas puños puestas sobre la mesa de madera. Leah es consciente de ello, porque no deja de observar mis nudillos blancos por el exceso de fuerza.

― Tengo una duda ―dice, bebiendo un poco de su copa―. ¿Cómo es la tipa? Sólo es simple curiosidad. Obvio no es mejor que yo.

― No voy a hablar de ella.

― ¿Se siguen viendo? ―indaga―, ¿Cómo te enteraste del supuesto embarazo? ―chasquea los dientes― Edward, no te has dado cuenta que te puede estar viendo la cara, solo pasó una vez, ¿no? ¿Qué te hace pensar que el hijo de esa, es tuyo? O sea si se acostó contigo, minimo lo hizo con otros, ¿no crees?

― No hablaré de ese tema contigo.

― Entonces, ¿por qué diablos me lo dijiste? Hubiera sido mejor no saber nada. ―recarga su espalda sobre el respaldar de la silla, cruza sus brazos mirando hacia la ventana.

― Porque preferí que lo supieras por mi. Y no por medio de terceros. Tambien te digo que afrontaré mi paternidad con todo lo que conlleva.

― Vaya, hasta pareces emocionado con la idea de tener un bastardo.

― ¡Basta, Leah! Puedo entender que estés dolida, de verdad lo siento. Pero no dejaré que descargues tu coraje con un bebé que ni siquiera a nacido.

― ¡Lo estas defendiendo! ―exclama en un grito.

― ¡Es mi hijo! ―respondo también con voz elevada― Lo protegeré de igual manera que lo he hecho con Ian y Derek.

― No nombres a mis hijos junto a ese mal…

― ¡Cállate! ―irrumpo, antes de que termine de ensañarse con mi bebé―. Además estamos aquí para hablar de nuestros hijos, quiero verlos.

― No, no quiero que los veas. Al menos, que aceptes mis condiciones, ¿qué dices?

― ¿A qué te refieres?

― Vuelve a casa. ―dice, sin dejar de mirar el esmalte rojo de sus uñas―. A cambio te prometo no decirles nada, será un secreto entre nosotros dos, ¿aceptas?

― No quiero mentirles ―respondo―, les diré de su hermano.

― Esa cosa no es nada de mis hijos. ―vocifera.

Me incorporo y ella lo hace también.

― Nuestra relación ya no tiene sentido. ―expreso― Si queremos tener un poco de cordura entre nosotros, la mejor opción es el divorcio.

― Es por ella ―asegura―, por eso nos estas dejando.

― La odio tanto ―añade―, es una perra por meterse con hombres casados. Estoy segura que lo hizo a propósito. ―una solitaria lágrima humede su mejilla izquierda―. Y tú como un imbécil caíste.

Desliza su caja de comida china casi llena sobre la mesa de escritorio, arrugando la nariz, poniéndola lo más retirada de ella. Llevamos dos días compartiendo la hora del almuerzo desde mi oficina, era la única manera de asegurarme que probara bocado. Aunque siendo honesto, no sirve de mucho, ella ingiere muy poca comida. Eso sí, es fanática de las galletas de la suerte.

Bella sin proponerse siempre termina haciéndome sonreír, es algo natural cuando se está cerca ella. Justo en estos momentos, parece entretenida con el papelito oculto dentro de la galleta. Lo observa nuevamente y sonríe.

― ¿Te hace feliz el mensaje de una galleta? ―interrogo burlón.

― Aprendí a ser feliz con tan poco. ―se pone seria.

― ¿Quieres hablar sobre eso? ―estoy intrigado por su vida en Moscú y todo lo relacionado a ella, pero no estoy dispuesto a presionarla bajo ninguna circunstancia.

― Un día te lo diré. ―promete.

― ¿Qué tal estás tú? ―cuestiona con timidez―. Se lo mucho que amas a tus hijos, por eso mismo me siento culpable por todo lo que estás pasando.

― Sí se trata de buscar culpables, yo soy el único. ―alargo mi mano acariciando la de ella, tan sólo un instante―. Hoy iré por mis hijos al colegio, pasaré la tarde con ellos. ―digo con una enorme sonrisa.

― ¿De verdad? Me alegro mucho, Edward. ―se incorpora emocionada― Con razón hoy tienes un semblante distinto, ¿Por qué no me lo dijiste?

― Si hubieras comido un poco más, te lo habría dicho. ―ella sólo puso los ojos en blanco―. Entonces me voy. No quiero que llegues tarde. ―me abraza sin esperarlo. Sabía que era la emoción del momento, pero me vi flexionando mis brazos alrededor de su cintura.

― ¿Quién es ella, pá? ―la voz Ian me obliga alejar a Bella de mis brazos.

Mi hijo menor da un paso dentro de la oficina dejando atrás a su hermano y madre. La tensión se hace palpable en el espacio, Leah no deja de mirar a Bella de esa forma tan amenazante que suele usar para intimidar. Los brazos de Ian me distraen provocando un calor en mi pecho, ¡me han hecho tanta falta! Lo abrazo fuertemente siendo invadido por la felicidad de tenerlo conmigo. Ahora es Derek quien se acerca, lo envuelvo también en un abrazo fraternal sintiéndome completo.

― ¿Qué haces aquí? ―pregunta Leah, observando los restos de comida.

― Estaba a punto de ir por mis hijos. ―respondo.

― Le estoy preguntando a ¿Bella? ―inquiere, aproximándose a nosotros.

El rostro de Bella esta completamente pálido, apresa su labio inferior sin saber que decir o que hacer.

― Mira mamá ―Ian le muestra el pequeño papelito de Bella, casi restregandolo en la cara de Leah―. Esta galleta dice: estás frente al amor de tu vida.

― ¿Desde cuándo comes en tu oficina y con las secretarias? ―pregunta, sin dejar de mirar a la chiquilla castaña.

― Leah, no tengo porque darte explicaciones.

― ¿Veremos qué opinan tus hijos? —eleva la voz, dirigiéndose a nuestros hijos—. Su padre les dará una noticia; tendrá un nuevo hijo con otra mujer.

Sólo vi los rostros afligidos de mis hijos con su mirada suplicante porque fuera mentira, incline mi cabeza, ¿qué más podía hacer? Era el momento de hablar con ellos.


Hola, aquí les dejo el capítulo extra. Díganme que les pareció, pobre Edward hasta yo siento pena por él. ¿Qué creen que harán los chicos? ¿alguien más odia a Leah?

Agradezco mucho sus favoritos, alertas y reviews.

De verdad me hacen muchísimo feliz leerles. Recuerden que sus reviews son mi energía para escribir. Por cierto, gracias a todas las chicas que dejaron comentarios el capítulo pasado les mando un beso grande.

Me disculpo por los errores ortográficos y/o gramática que puedan encontrar.

¡Nos leemos el viernes!

GRACIAS.