Capítulo 9
Continuaban bailando, mientras el más joven miraba por encima del hombro de Michaelis, sin verdadero interés, parecía francamente hastiado, aunque sus ojos tenían un brillo extraño, como si pensara seriamente en algo.
El baile parecía eterno mientras giraban con ineludible gracia entre los demás invitados, Londres debía ser hermoso aquella temporada, pensó Sebastián, sorprendido por el deliberado silencio del joven.
Entonces la pieza termino, pero Maurice no huyo, como había dicho, sino que permitió que le guiara a la borde de la fiesta, al borde de pista de baile, tenía los ojos tranquilos.
-gracias- soltó repentinamente, son una sonrisa pero no sonreía, simplemente, lo dijo, como un golpe, como un suspiro, como si fuera verdad.
-¿Por qué?-pregunto sorprendido mirándole a los ojos, claros como una promesa de amor verdadero y tristes como la decepción más dura.
-por el baile, debe saberlo, la mayoría no me considera respetable- comento Maurice mirándole con cierta tranquilidad.
-¿De verdad? Me resulta extraño… es usted un du…
-lo sé, lo sé- le interrumpió el más joven deteniendo la excusa de Sebastián, era obvio que no deseaba oírle realmente- no importa, gracias signore… y ahora ¿Por qué no me dice que deseaba? Estoy sintiendo curiosidad.
-se lo he dicho
-y ambos sabemos que eso no era la verdad ¿no saciara mi curiosidad?
-no veo porque- sonrió- ¿ganaría algo yo con ello?- pregunto sorprendido en parte por su conversación y deseoso de continuar aquel giro, tan poco desdeñable, tenía una belleza ante sí.
Maurice le miro, su sonrisa era un delicia de observar, su piel era clara y parecía inocente, y parecer inocente cuando se sabe que no lo es, era una delicia, tenía cierto parecido con Alois, con una sonrisa que parecía un poco más sincera, con sus maneras frágiles y con su aire inerrable, tenía algo que …
-conozco a su prometido, mi lord… si – dijo entonces el rubio, con voz muy sensata- es un joven encantador, tenga la delicadeza de esperar los primeros tres meses que la decencia exige antes de engañarle- soltó fríamente, alejando su mano, y Sebastián adivino porque Alois había dicho que Maurice parecía…. Infeliz.
-Lo lamento, no deseaba ofenderle… mi prometido me pregunto sobre usted- contesto con voz conciliadora, enfadado consigo mismo y con el muchacho que había sido seco con él- no importa, de todas formas, gracias por la pieza, la he disfrutado- tomo la mano del joven y deposito un beso simple y sereno dejándole tras aquello cruzando la pista, con unos ojos verdes sobre él… siguiéndole ligeramente ofendidos, ligeramente tristes, ligeramente… curiosos.
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Ciel, acaricio con delicadeza el collar que le había sido ofrecido por su prometido, era hermoso, la mayoría había observado la belleza del dije de plata, el diamante de corte perfecto, su madre había comentado la historia del collar, y Ciel se había preguntado con cierta ironía, que pensaba su prometido al regalarle una joya con una historia tan sangrienta.
Se llamaba Oiseau Blue y era un diamante de corte perfecto, encontrado por Robin Larmet a las orillas del atlántico tras una fuerte erupción volcánica, donde por un momento creyó que era un trozo de hielo demasiado azul, él lo obsequio a su bella prometida, cuya nieta un siglo después lo vendió por una exorbitante suma a la duquesa de Richardson en Francia, la cual lo había colocado como parte de la diadema ducal que obsequio a su hija menor, la cual se casó murió asesinada la noche de su boda, presumiblemente por su propio esposo, el cual alego haberla encontrado asesinada, como no se tenían pruebas de ello, solo pudo tomarse nota de que la diadema con la cual se había casado, no estaba allí… había desaparecido.
Años después dos décadas después se encontró el diamante de Oiseau blue, en manos de Helena Diamond bella hija única de un rico comerciante de diamantes, la cual lo obsequio a su amable prometido , el hombre fue brutalmente asesinado la misma noche y se perdió la pista del diamante, la pareja de Reimond, unos agradables estadounidenses se mostraron como dueños del mismo un par de décadas despues, tras según ellos haber pagado una fortuna a un coleccionista, el diamante azul, permaneció resguardado por la familia durante una década cuando la obsequiaron a su sobrina Bianca, la cual la lucio en de nuevo una hermosa diadema ducal cuando se casó, la muchacha murió asesinada y esta vez sí por su esposo, tras tantos asesinatos brutales, el diamante había permanecido oculto unos años, arrancándose de la diadema junto a las demás gemas y vendido a varios nobles, entre los cuales había contado Claude, el cual había solicitado que fuera convertido en parte del dije del collar que había obsequiado a Ciel , su prometido.
Ignorando convenientemente que se rumoraba que el diamante había sido en realidad robado de una tribu india razón por la cual el diamante cargaba con una maldición sobre él.
Ciel que admiraba el color de la joya admitía que se hallaba sorprendido y halagado por la preciosa y rica joya que se le había obsequiado aunque no demasiado satisfecho, había esperado la visita de Claude Faustus con verdadero interés, suponiendo en su situación que ambos debían por lo poco llevarse bien, pero solo había observado que su prometido esperaba que fuera capaz de mostrarse perfecto en público, si ni siquiera había intentado ocultar su evidente romance con lady…
Cerró el libro de un golpe brusco cerrando los ojos comenzó a contar, uno dos…
Era ofensivo, ofensivo… por lo menos podría prestarle atención, Ciel no era un experto en cómo debían llevarse dos prometidos, pero estaba seguro que no era como se mostraban ambos, Claude y el, había observado como actuaba el marques Michaelis con Alois Trancy en aquella fiesta de su tia, como sostenía su manos y su mirada, la muda comunicación que parecía existir entre ambos, bueno eso debía deberse a que estaban enamorados, pero algo de esa amabilidad no estaría de más.
y aún más ¿por qué debía ir a esa fiesta en compañía de su prometido cuando era evidente que… no había verdadero interés, la actitud de Faustus era muda, fría, segura… sin emoción verdadera… le… hacía sentirse ignorado, por mucho que este le mirara… y le atendiera.
Claude Faustus esperaba que su encantador prometido bajara al salón, donde sus futuros suegros le hacían compañía, el conde y la condesa Phantomhive sonreían de manera agradable mientras le comentaban su última obra benéfica y él se aburría educadamente, por el momento no había bostezado y se elogiaba internamente por ello, si era sincero, la obra benéfica que el cuidaba era por su propio iteres, y encontraba dulcemente aburrida la vanidad de aquellos dos nobles al nombrar su apoyo social tan poco delicadamente, pensó en silencio que incluso su más escandaloso amigo podía tener más delicadeza al nombrar aquello…
-Ciel querido, al fin –Claude aparto los ojos de la condesa y volvió a ver dónde está miraba, Ciel Phantomhive estaba allí, en la puerta del salón, llevaba un elegante traje azul, de chaqueta larga hasta por debajo de las rodillas, una camisa blanca de holanes y pantalones largos que entallaban sus piernas, lucia terriblemente joven, internamente se escandalizo con su juventud y un deseo interno se elevó, elevando la temperatura de ciertas partes de su cuerpo, inclino la cabeza en gesto educado. Mientras el joven avanzaba en su dirección, al mirar sus ojos noto cuan azules eran… cuan… puros parecían. Y lo deseo, deseo sinceramente poder encontrarse entre sus… tiernos…
-¿No piensa así marques? –Claude miro a su la condesa que le miraba con una sonrisa, sin duda había opinado algo.
-sin duda condesa... –contesto suavemente, apartando los de un movimiento su propio deseo, aquello era muy poco conveniente.
