Capítulo 10. La Historia Interminable
Eran alrededor de las siete de la mañana cuando Sherlock llegó a El Lago de los Cisnes, la librería y guardería infantil donde seguramente encontraría a Irene. Aún era pronto para que abriese, así que se quedó paseando alrededor del edificio (un bloque de pisos al lado del cual había un pequeño jardín que utilizaban como patio de juegos, como pudo ver Sherlock a través de la verja que lo rodeaba) para evaluarlo antes de entrar. En el patio había juegos de vivos colores que parecían representar plantas y animales exóticos, igual que los dibujos del interior del muro, aunque estos eran más difíciles de distinguir desde el otro lado de la verja. Lo que se veía desde el escaparate no era más que la librería, y al fondo dos puertas, una donde debía estar el almacén y otra cubierta con una cortina de colores sobre la que había un letrero en el que ponía con unas letras adornadas con pavos reales y cisnes "Sala de juegos". Probablemente, Irene estaría en el almacén o incluso en algún sótano.
La espera era terrible; Sherlock no paraba de fumar y de andar cada vez más nervioso. Necesitaba entrar en ese mismo instante, sin perder un minuto, porque no sabía qué le pasaba a Irene, si es que le pasaba algo, y necesitaba sacarla de aquella prisión de colores y juguetes para bebés si es que estaba allí. La situación era tan extravagante que resultaba aún más siniestra: una mujer encerrada en una guardería, secuestrada por un psicópata que imitaba un cuento de hadas para vengarse de una pareja.
Sonó un fuerte golpe dentro del local y una de las puertas se abrió despacio. En el umbral apareció una mujer morena con el pelo enredado y lleno de pequeñas flores blancas secas; iba vestida con lo que parecía una túnica blanca, pero estaba rota por varios sitios y sucia de polvo y sangre, igual que su cara, sus manos y sus pies descalzos. El corazón de Sherlock dio un vuelco: ahí estaba Irene. Desde fuera de la tienda, intentó llamar su atención golpeando el cristal del escaparate, hasta que ella levantó la mirada y abrió los ojos aliviada al verlo. Cojeando, Irene fue hacia la puerta y miró el manojo de llaves que tenía en la mano; tras probar un par de ellas, abrió la puerta de la librería y la verja. Sherlock la abrazó en cuanto pudo y la besó nervioso.
-¿Estás bien? –preguntó mientras la miraba y palpaba su cuerpo en busca de heridas.
-Sí —contestó Irene empujándolo para separarse de él—… pero este no es el mejor lugar para quedarnos parados, tengo algunas heridas y cardenales por el cuerpo y estoy agotada, además de que llamo bastante la atención, así que entra —Sherlock obedeció, volvieron a cerrar la puerta e Irene volvió al cuarto de donde había salido—; tengo algo que enseñarte.
Sherlock la siguió al almacén lleno de cajas de libros y la ayudó a apartar un par de montones hasta que una puerta quedó a la vista.
-¿Has estado ahí? —Irene respondió asintiendo con la cabeza y le hizo un gesto para que bajase la voz- ¿Qué te ha hecho?
Irene se sentó en una caja y le contó todo lo que había ocurrido, ante el asombro de Sherlock, que sonrió con orgullo cuando Irene llegó a la parte en la que había dejado inconsciente a Moriarty y lo había encerrado en su propia celda.
-Yo pensaba que estaríamos en algún lugar apartado y abandonado, y que te tenía encerrado en otro cuarto como este… Mi plan era escapar para sacarte –miró a los ojos al detective y sonrió—. Menos mal que estás bien… Cuando salí estuve dando vueltas, asegurándome de que no había nadie, ni más celdas… pero solo había cajas, así que las apilé como pude y pensaba salir para volver a casa… pensaba que aún era de noche y que me sería fácil pasar desapercibida —apoyándose en el hombro de Sherlock, cerró los ojos y bostezó—. Estoy hecha polvo… dejémosle ahí y vámonos a casa… allí puedes contarme qué has hecho tú.
-No –cortó Sherlock—. Puede que no tenga tantos recursos como creíamos y por eso haya recurrido a esto tan simple, aprovechándose de que nosotros creíamos que tenía más; pero si no le demostramos que hemos visto lo que tiene en realidad volverá a atacar pronto y más fuerte…
-O sea, que tenemos que terminar su juego y demostrarle que hemos ganado…
-Exacto. No nos sirve de nada dejarlo tirado, ni siquiera muerto; tarde o temprano alguien lo encontraría y entonces sí que podríamos estar en un lío. Es mejor que haga creer a la gente que ha sufrido un accidente. De todas formas, estaremos pendientes de él, y si lo dejamos aquí podremos comprobar quién viene a buscarlo, quién conoce este lugar y por tanto quién está con él, porque no creo que esté completamente solo.
Se quedaron pensativos un minuto y al final Irene murmuró:
-Él escribió un cuento y te pidió el final; tenemos que escribir ese final, dejarle una carta como la que te dejó él a ti.
Sherlock sacó una libreta y un bolígrafo de su bolsillo y escribió una nota que pasó bajo la puerta de la celda, luego dejó su abrigo a Irene para que tapase el vestido de princesa y salieron de la librería antes de que llegasen los empleados.
Cuando una de las mujeres de la guardería, la aliada de Moriarty, abrió la puerta, encontró a su jefe herido y sentado en la cama leyendo la nota:
Tras derrotar al malvado hechicero en un duelo, la princesa Traidorinda huyó de su guarida. En la puerta se cruzó con Sir Alardelot, que había seguido todas las pistas sabiamente hasta encontrar a su amada. Tras relatar la princesa su encierro en la guarida del hechicero, ambos acordaron que harían saber al malvado que conocían sus pobres trucos y por tanto no le temían antes de regresar a su hogar para seguir luchando contra él hasta acabar en un final para tan dignos enemigos; aunque los tres (la princesa y el caballero por un lado y el malvado hechicero por otro) sabían bien que aquella historia podía no acabar nunca…
