Una noche para olvidar o no
Tres días más tarde, Regina había dejado una vez más su trabajo al medio día, pretextando una cita importante fuera de la alcaldía, para no alimentar las sospechas de su secretaria. Quería retrasar al máximo el momento en que tendría que informar a la población de Storybrooke de su estado de salud. Gold y Albert Spencer se frotarían las manos ante la perspectiva de apartarla definitivamente de la alcaldía a la menor señal de debilidad, y nada más pensarlo, se ponía mala.
Cuando Emma volvió después de haber recogido a Henry de la escuela, se sorprendió al ver el Mercedes aparcado delante de la casa, cuando no eran sino las cinco de la tarde. Algo iba mal, la Salvadora lo sentía en las tripas y ya hacía varios días, pero se había armado de paciencia para no alterar a la Reina Malvada.
«Ah, ya estáis aquí, estaba descansando un poco. Es increíble las tonterías que ponen por la tele, nunca comprenderé la fascinación de la gente de tu mundo por esta caja de imágenes» criticó Regina apagando el aparato antes de dirigirse a la cocina para preparar la cena.
Regina había hecho su lasaña casera, acompañada de una ensalada y una tarta de manzanas para el postre, era de lejos su menú estrella. Henry y Emma se lanzaron literalmente sobre la comida como si llevaran días sin comer. En cuanto a Regina, intentó, más mal que bien, engañar al estómago picoteando un poco lo que se había servido en el plato, cosa que no se le escapó a la vista de lince de la antigua cazadora de primas.
Al final de la cena, la sheriff fue llamada a causa de un altercado por embriaguez en la vía pública, algo bastante común con los enanos. A su regreso, constató que Regina ya se había retirado a su habitación, y aún no eran sino las 21:00.
Emma subió al piso de arriba, mientras admiraba la obra de Marco, perdiéndose por algunos momentos en las extrañas esculturas que ilustraban el Bosque Encantado. De ese mundo de cuento de hadas donde convivían ogros y otras criaturas mágicas y maravillosas ella había experimentado algo, cierto, pero imaginarse vivir ahí para siempre era diferente. Regina habría estado segura, pero desde la destrucción del campo de judías, ya no había esperanza de volver un día.
La Salvadora se culpaba por no encontrar un medio para enviar a la Reina allá, para que no se viera sometida a la enfermedad de este mundo, y paradójicamente, también estaba aliviada de que eso fuera imposible. ¿Era egoísmo no querer volver a vivir la separación que habían vivido durante un año?
Una queja se escuchó y la sheriff entró precitadamente en el espacio privado de la alcaldesa. Lo que vio le partió el corazón: Regina estaba retorciéndose en el cuarto de baño, el rostro deformado por el dolor, vomitando hasta la bilis.
La Salvadora cogió enseguida una toalla para refrescar la frente en sudor de la Reina, mientras la colocaba lo más cómodamente posible en su pecho.
«Te tengo, Regina, respira profundamente, va a ir mejor, estoy aquí» le deslizaba la rubia en su oído como un mantra.
La proximidad de la sheriff, su calma, aunque aparente, pues interiormente estaba tan angustiada si no más que la alcaldesa, y la dulzura de sus palabras apaciguaron su malestar, como si los brazos de la Salvadora fuera el lugar más seguro del universo para la Reina.
Cuando las náuseas pasaron, Emma levantó su preciosa carga para dejarla con delicadeza en sus sábanas de satén. Le sostuvo la cabeza, para que se rehidratara dando unos buches de agua, antes de dejarle un beso en su frente y apagar la lámpara de la mesilla de noche.
«Quédate»
«No estoy lejos, solo la puerta de enfrente. Solo tienes que llamarme y estaré aquí en unos segundos»
«Lo sé, pero quédate igualmente. Por favor, Emma»
Regina nunca rogaba, ella ordenaba, así que esas débiles palabras dichas en un murmullo convencieron a Emma. Rápidamente se quitó sus zapatos, su camisa y su pantalón antes de deslizarse contra la espalda de esa mujer de poder más vulnerable que nunca. Vestida únicamente con su top y sus braguitas, Emma enlazó una vez más a la madre adoptiva de su hijo. Ese gesto que, no mucho tiempo atrás les hubiera aparecido tan descabellado y fuera de lugar, ahora les parecía de lo más natural.
Tranquilizada por los brazos y el cuerpo musculoso de la sheriff, la Señora Alcaldesa se quedó dormida como un bebé, lejos de las pesadillas que habían alimentado sus noches desde la aparición del primer bulto.
Cuando emergió del sueño, ya el sol estaba bastante alto en el cielo. Emma ya no estaba a su lado, pero una nota manuscrita había sido dejada sobre la almohada.
Buenos días, Regina
Dormías tan profundamente que hemos preferido no despertarte. He informado a tu secretaria y he llamado al hospital para aplazar tu cita a esta tarde. Te recogeré a las dos. Si necesitas cualquier cosa, llámame a comisaría o al móvil. Y por favor, no hagas nada insensato, cuídate.
Afectuosamente Henry y Emma.
Regina aún no se creía que la rubia se hubiera quedado para sostenerla, borrando a golpe de varita mágica todos sus demonios que por momentos la llevaban al borde la locura. A excepción de Daniel, nunca nadie se había preocupado de verdad por ella, incluso Robin buscaba más la presencia de la mujer fuerte, contando con ella para solucionar el menor problema que siempre acababa por llegar a Storybrooke. Y ahí estaba, la irritante madre biológica de Henry, la misma que había tenido la audacia de atacar su adorado manzano, es quien estaba a su lado dispuesta a enfrentar la peor prueba de su existencia.
El perfume tan característico de la sheriff, madera de sándalo y canela, mezclado con algo de olor a cuero, le arrancó una sonrisa. No había soñado, la Salvadora había venido a aliviar sus males y la había acunado en sus brazos toda la noche.
Se sorprendió inhalando una vez más ese perfume oprimiendo contra ella la almohada en la que la rubia había descansado esa noche.
Una voz proveniente de la planta baja la arrancó de sus ensoñaciones. ¿Quién se habría permitido entrar en la casa sin ser invitado?
Cogió la ropa que Emma había doblado con cuidado sobre una silla al pie de la cama, y salió de la habitación tras haberse ajustado las arrugas de la falda ante su imponente espejo.
¡Cuál no sería su sorpresa, cuando vio a Blanca amamantando a su hijo en mitad de la cocina!
«¿Qué mal viento te ha traído hasta aquí?» le preguntó mientras se servía una taza de café sin ofrecerle una a su ex hijastra.
«Buenos días, si eso» replicó Blanca visiblemente contrariada
«¿Qué quieres de mí? Y habla rápido, no tengo toda la vida por delante»
«Quiero que dejes de impedirle a Emma pasar tiempo con su amor verdadero. No porque la vida te niegue tu final feliz, debes alejar a mi hija del suyo»
«¿Perdón?» escupió la mitad del negro líquido antes de proseguir «Te señalo que ha sido ella la que ha querido venir a vivir aquí, no yo. No es mi culpa si ya no siente deseo de andar por ahí enamorando con su manco Capitán. En cambio sí es tu culpa si Daniel está muerto, así que no me vengas a acusar haciéndote pasar como una santa, Mary Margaret. ¡Ciertamente cargaré con mis errores, pero no con los tuyos, así que ahora sal de mi casa, antes de que cometa algo irreparable!» gritó la Reina Malvada.
«Regina, perdóname, no es lo que quería decir, lo siento, no es contra ti, bueno, no únicamente contra ti…»
«Gracias, feliz de saberlo»
«Es solo que pensaba que podría reencontrarme con mi hija tras la segunda maldición y toda esa historia con Zelena. Pero es como si siempre hubiera algo nuevo para alejarla. Pasó cerca de un mes removiendo cielo y tierra para encontrarte, y cuando vuelve, nos anuncia que se viene a vivir aquí contigo y Henry»
«¿Qué te dijo ella para justificar esta increíble idea?»
«Solo que tenía una buena razón, pero que no podía contarla»
Inconscientemente Regina había mantenido la respiración, asustada ante la idea de que, una vez más, su secreto hubiera sido expuesto por la hija al igual que lo fue tiempo atrás por la madre.
«Soy su madre, Regina, me preocupo solamente por su felicidad, ¿es pedir demasiado?»
«Lo comprendo, la voy a alentar para que vaya a verte y acepte las invitaciones de Hook» respondió la alcaldesa con más dulzura
«Gracias, es todo lo que te pido»
«Es una buena persona» añadió Regina, dándose cuenta de que lo pensaba realmente.
