9

PARA la atlética Rosalie no fue difícil salir del agua. La oscuridad había caído sobre el río. Una vez en la orilla, corrió río arriba, llamando a gritos a sus amigos, con la esperanza incierta de que alguno de ellos hubiera podido sobrevivir a la repentina inundación. El rio discurría agitadamente, cubierto por las olas embravecidas, mientras ella llamaba a gritos: —¡Emmett, Emmett! ¡Edward! ¿Dónde estáis?

Se sentía casi enloquecida por el dolor. Por segunda vez en su vida, había vuelto a perder a aquellos que amaba. Sólo una razonable precaución la persuadía de gritar el nombre de Bella.

Siguió caminando durante toda la noche, a lo largo de la ribera del río. Iba encontrando restos flotantes, esparcidos sobre los pedregosos márgenes, y su corazón le daba un vuelco cada vez que veía algún cadáver. Nada, ni siquiera aquellos cuerpos inertes, le resultaba familiar.

Alcanzó la carretera cuando ya se hacía de día y allí siguió buscando y preguntando a la gente si había visto a alguno de sus compañeros. Aquel día había visto muchos cadáveres esparcidos junto al río, pero ninguno de ellos era el de sus compañeros.

Al caer la larde encontró, no lejos de la carretera, un pequeño bosquecillo que rodeaba un santuario, y decidió acurrucarse allí, para dormir un poco, estremecida por un dolor que durante el día no había sido tan intenso, mitigado en parte por su firme esperanza.

Se sumergió en un sueño ligero y, en sueños, se imaginó oír la voz de Emmett que, invisible a sus ojos, caminaba hacia ella. Se le acercaba y la voz le cambiaba de repente, adoptando un timbre más agudo, con matices ominosos. Súbitamente, Royce King II, de pie junio a ella, reía. En su sueño, ella se abalanzó contra aquel odioso rostro, mientras Royce King II seguía tarareando una obscena canción sobre una chica de Miyako, al tiempo que se apartaba de Rosalie, con la voz alejándose en la distancia.

Se despertó de un salto y aquella voz que se alejaba de ella era real y no un sueño. Se despertó en ella el ancestral instinto de la caza, después de varios días de relajado amor. Presurosa, se ató las sandalias de paja y corrió hacia la carretera. El canto que oía iba alejándose en la distancia y ella corrió tras él, sujetando la espada con una mano.

Recorrió varias millas, pero no volvió a oír el sonido de aquel canto. Finalmente, se detuvo, jadeante, en un cruce de carreteras, cerca del cual se alzaba una mansión, con paredes amuralladas. El deseo de descansar pudo más que la necesidad de encontrar a su enemigo. Se asomó por encima del muro y, acuciada a por el deseo de encontrar un lugar donde descansar un rato, cayó de bruces ante la puerta principal y se quedó, al instante, dormida. La espada se le deslizó de entre las manos, y cayó golpeando contra un símbolo budista que había sobre uno de los paneles de la puerta.

Rosalie ya estaba dormida cuando se abrió una pequeña mirilla que había en la puerta, y por ella asomó un rostro ancho y pesado cuyos ojos recelosos la contemplaron detenidamente durante breves instantes. Al ver a la muchacha, acurrucada sobre el suelo, la cara apretó con fuerza los gruesos labios. Rosalie apenas percibió como unos fornidos brazos oscuros la alzaban en hombros y la llevaban dentro de la mansión. La dejaron sobre un jergón que estaba dispuesto en el suelo y la desnudaron. Escuchó unos susurros de voces femeninas que discutían algo y, seguidamente, la cubrieron con un grueso edredón. Exhausta, se sumergió en un profundo sueño.

Despertó con el repique de unas campanas y cayó en la cuenta de que estaba en un templo. La visión de las mujeres que trajinaban por allá, ataviadas todas ellas con un hábito negro, le indicó que se hallaba en un convento de monjas.

Se abrió con un chirrido la puerta shoji, recubierta de papel, y se asomó por ella una cabeza calva. Al comprobar que Rosalie había despertado, la monja se acercó rápida y silenciosamente al jergón y se arrodilló junto a Rosalie, posando las manos sobre su frente.

—Parece que te has recuperado, hija. Mandaré a alguien a que te traiga comida.

Dio las órdenes oportunas y se produjo un ruido de pasos apresurados, que corrieron por el pasillo exterior. Rosalie quiso incorporarse pero la monja se lo impidió, sosteniéndola con firmeza.

—Todavía no, hija. Estás aún muy débil. Nosotras nos haremos cargo de ti.

Rosalie, agradecida, se dejó caer pesadamente sobre el jergón. El estómago le rugía de hambre y decidió fingir mayor debilidad de la que sentía, al menos por el momento. La puerta shoji se abrió de nuevo y por ella entraron dos jovencitas, que portaban unas bandejas barnizadas de color negro. Las dispusieron en el centro de la estancia, junto a Rosalie, a la que hicieron una reverencia.

—¿Será suficiente, señorita? —preguntó una de ellas con amabilidad.

La madre superiora les indicó con suavidad que podían retirarse y las dos monjas así lo hicieron, inclinándose ante ella de nuevo y cerrando la puerta tras de sí. Rosalie pudo apreciar que ambas eran muy bellas, su tez era tersa y pálida, tenían los pómulos salientes y dos pequeñas boquitas de piñón. A pesar de ello, sus cabezas rasuradas les conferían un aspecto insólito. También se dio cuenta de que, con las cabezas inclinadas, le dirigieron tímidas miradas, lo que no hizo sino hacerla meditar sobre este detalle.

La madre superiora reclinó a Rosalie para que comiera y se sentó tímidamente sobre un amplio cojín. Cada bandeja contenía una gran taza de arroz cubierta, un cuenco de color rojo con sopa, un plato de cristal, tallado con motivos florales y surtido tic elaborados condimentos y un estofado de rábanos, y algas marinas, así como unos pastelillos de arroz.

Rosalie mostró su agrado con un educado murmullo, tomó los palillos y se puso a degustar en silencio aquellos deliciosos manjares. La madre superiora fijó detenidamente la mirada en el cuerpo de Rosalie, recorriéndola de la cara hasta los pechos, cuyos pezones se podían ver a través de la holgada ropa que llevaba puesta.

Tanto el estofado como las salsas estaban adobadas con sake y Rosalie, tras acabar la comida, sintió una cálida y agradable laxitud que se expandía por todo su cuerpo. Luego, la madre superiora volvió a llamar a las dos novicias, que retiraron los restos de la comida mientras escrutaban a Rosalie de una forma similar a como lo había hecho la priora.

—Soy la hermana Alice, priora del convento —dijo la mujer de mayor edad—. Nos sentimos complacidas por haber podido serte de ayuda en tu periplo por Dosojin- ji. Éste es un monasterio muy pequeño donde solo convivimos cinco monjas, pero estoy segura de que podremos satisfacer todas tus necesidades, ya que puedo ver que te sientes muy angustiada.

Rosalie le detalló los sucesos que te habían acaecido y la madre superiora asintió, dándole aliento.

—Eres una muchacha joven, y también virtuosa, puesto que acompañaste a una monja queresita en su peregrinaje, pero ¿qué hay de tu familia? —preguntó la priora.

Rosalie decidió contarte sólo parte de la verdad: —Toda mi familia ha muerto, salvo un tío mío que vive en la provincia de Ehime, Pero yo estoy bajo el tutelaje y protección de lord Forks.

La madre superiora asintió y se acercó a ella.

—Te comprendo perfectamente, hija. La tragedia que representa la perdida de tus compañeros de viaje ha debido de ser un duro golpe para ti. Pero debes superarlo.

¡Mira lo tensa que estás!

La priora acarició gentilmente el brazo de Rosalie, percibiendo sus músculos y tendones. Luego se movió y se arrodilló junto a ella, comprobando lo tensos que tenía los músculos de los hornillos y el cuello.

—Debes aprender a relajarte, hija. En el templo de Dosojin-ji aprendemos, cada una a nuestra manera, a aceptar y a ignorar el mundo de Woe, el mundo exterior, pero al menos podremos ayudarte a aprender.

Le tanteó con suavidad los músculos de los hombros y le relajó el cuerpo, que tenía muy tenso y cansado. Rosalie se sentó, derecha, mientras los dedos de la priora le exploraban los hombros, la espalda, y los pasaba por los puntos más doloridos de su cuerpo.

Rosalie se tensó nuevamente y sus sensibles oídos percibieron que alguien muy pesado se había sentado detrás de la puerta shoji.

La madre superiora notó en el acto su inquietud.

—No te inquietes, es simplemente Orin, la portera. Ella se ocupará de que nadie nos moleste mientras yo te esté dando las primeras lecciones. Fue la que te encontró a las puertas del convento. Es luchadora de sumo y procede de la isla de Shikoku, único lugar donde las mujeres practican el sumo. Se encargará de nuestra protección.

Rosalie se relajó de nuevo, mientras sentía una cálida respiración que le cosquilleaba en las orejas. Los sabios dedos de la priora eliminaron todas las tensiones de su cuerpo y Rosalie comprobó como la madre superiora deslizaba los dedos por la parte inferior de su espalda y acompañaba el cálido aliento con gentiles roces de sus ardientes labios y lengua, que jugueteaban sobre su nuca.

Quiso darse la vuelta, pero el placer que le producían aquellas sensaciones la paralizó, dejándola como hipnotizada. Vio como la priora se desabrochaba la holgada faja y pudo oír la repetición, casi inaudible, de un canto budista.

—Ven, hija, apóyate sobre la espalda para que pueda ayudarle a que te relajes adecuadamente.

Desprovista de voluntad propia, Rosalie se levantó para volver a echarse sobre el jergón, al tiempo que se le abría la ropa. La hermana se levantó, junto a ella, se desabrochó con delicadeza el atuendo y lo dejó caer al suelo mientras Rosalie admiraba las limpias y cálidas curvas de aquel cuerpo musculoso, aunque delgado, que tenía delante.

Ella también tenía un cuerpo musculoso, del cual se sentía muy orgullosa. La pelambrera de la entrepierna de la monja, con forma de corazón, daba más realce a la tersura de su estómago y a la prominente inclinación de sus pechos, con unos pezones oscuros, acabados en punta.

La priora la llevó al jergón y se arrodilló frente a la pasiva muchacha, mientras le presionaba con suavidad los puentes de los pies, y luego los músculos de las pantorrillas. Al más mínimo roce, Rosalie sentía como desaparecía la tensión y resistencia que oponían sus miembros. Casi perdió el equilibrio, y la monja la hizo colocarse de rodillas.

Las caricias de los dedos continuaron y Rosalie tuvo la impresión de que los músculos se le volvían de gelatina y notó un estremecimiento que le recorrió el cuerpo. La priora se inclinó hacia adelante y, con ternura, le pasó la lengua por entre los pechos. De nuevo, el roce fue casi imperceptible, pero la sumió, no obstante, en una ola de placer que se extendió por todo su cuerpo desnudo.

Ahora, la priora le daba un masaje sobre los muslos, distendiéndole los músculos, mientras deslizaba la lengua sobre el pecho derecho de Rosalie, alcanzándole el pezón, que lamió ávidamente. Rosalie sintió unos temblores que le recorrieron toda la espalda y hubiera inclinado el cuerpo hacia adelante, para sentir un mayor contacto, pero parecía haber perdido el control sobre sus músculos.

Alice repitió la misma acción sobre el seno izquierdo. Luego tumbó suavemente a la irresistible joven sobre el jergón, colocándola sobre la espalda, y se sentó erguida, de rodillas, saboreando la belleza que ofrecía aquella visión. Deslizó las manos por entre las piernas de Rosalie, que las separó lánguidamente, mientras miraba la boca de la priora, esperando que la mujer se inclinara hacia adelante y le besara la gruta, aplicando en ello todo su conocimiento.

Sin embargo, la priora sostuvo con firmeza su mirada sobre el cuerpo de Rosalie y le palpó la parte interior de los muslos.

Le tocó los labios del sexo y, con una gran delicadeza, le acarició los labios externos. Encontró las terminaciones nerviosas que conectaban directamente con el cerebro de la joven, que sentía como unos temblores se le extendían por todo el cuerpo, a partir de la cavidad del amor. El primer roce le produjo una ardiente y atroz sensación de lujuria. Ante las caricias que le hizo sobre otras partes de sus labios, respondió con una oleada de frío placer, como el que suele producirse tras el orgasmo. Luego le acaricio otras parles de los pliegues, lo que le produjo todo un abanico de nuevas sensaciones.

Con la parte de su mente que todavía mantenía una cierta conciencia de las cosas. Rosalie se dio cuenta de que estaba experimentando unas emociones que normalmente la hubieran hecho reaccionar de una manera física, mientras que, ahora, por el contrario, su cuerpo no respondía en absoluto a la lujuria. Se preguntó qué era lo que le estaba sucediendo, puesto que ella había sido siempre una amante activa y podía controlar o estimular su propio placer. Sin embargo, en las manos de aquella mujer se sentía como una muñeca inerte.

A Rosalie le pareció como si los masajes que le aplicaba la priora fueran a durar eternamente, haciéndola llegar al clímax en repetidas ocasiones. Pero sentía la llegada de cada orgasmo como una sombra o parodia de lo real. Cada vez podía distinguir difusamente otra cima a alcanzar, una sensación más placentera.

La priora la contemplaba con toda tranquilidad, mientras ella experimentaba un nuevo orgasmo. De no ser por los estremecimientos de su piel, nadie podría apreciar la tormenta que se había desencadenado en el interior de su cuerpo, que ahora temblaba sin control.

—Hija, sólo estás sintiendo una sombra de lo que es realmente el placer. Sólo una sombra. Es la sensación del maya, de la ilusión. Es lo que nuestro señor Amida conoce con el nombre de «Yo», el mundo de la ilusión. Ahora debes profundizar en la percepción del paraíso occidental.

Se levantó grácilmente al tiempo que se quitaba la parte exterior del vestido y la prenda de color blanco que llevaba por debajo. Su cuerpo era el de una mujer madura, pesado pero agradablemente redondeado. Los pechos, pequeños y algo caídos, habían perdido la turgencia que tuvieran en su juventud. Sin embargo, tenía un vientre firme y una piernas tersas y sin arrugas. Rosalie se sorprendió al ver que la madre superiora tenía todo el cuerpo completamente depilado.

En una exhalación, la mujer se tendió sobre Rosalie, entrelazando las piernas con las de ella, mientras los sexos de ambas se unían. Aquella sensación provocó que le brotaran lágrimas de los ojos. Era más delicado y sensual que el contacto con la verga de un hombre y, aunque adolecía de la gratificadora percepción que producía el órgano masculino, le estremecía, sin embargo, cada punto de su clítoris y labios vaginales.

Con cuidado, la priora cambió de posición sobre el cuerpo de Rosalie y se arqueó ligeramente. Presionó los dos erectos pezones contra los firmes pechos de la joven y balanceó suavemente el torso de un lado a otro, rozándole amorosamente los prominentes pezones. Arqueó la columna de tal modo que los senos de ambas dejaron de estar en contacto, mientras sus cavidades del amor se acoplaban a la perfección. La priora presionaba, con su huesudo monte efe Venus, contra el clítoris de Rosalie, que parecía anhelar un contacto aún más estrecho.

Los húmedos y expertos labios vaginales de la priora se entrelazaron con los de Rosalie, al tiempo que cambiaba el peso del cuerpo, y Rosalie sentía como aquellos pliegues se deslizaban como una seda sobre los suyos. Se estremeció un poco y la Alice incrementó la presión sobre sus labios inferiores.

Durante todo este tiempo, Alice había mantenido la mirada fija en los ojos de Rosalie. La priora mantenía una compostura calmada y serena. Se meció durante unos minutos sobre Rosalie que, a su vez, se quiso mover, en un intento por acariciarle la espalda.

—No, hija, debes aprender a relajarte. Es el principio para poder entrar en el paraíso.

Ahora, la priora se empleó más a fondo, con el propósito de que aquella muchacha, joven y robusta, se olvidara de los hombres. Friccionó frenéticamente su sexo contra el de ella, mientras pronunciaba junto a su oído palabras tiernas y cariñosas o le succionaba los pezones con avidez.

Con la lengua le lamió la boca y luego hizo lo propio con sus delicados dedos. El ritmo de sus movimientos se incrementó, mientras la respiración de Rosalie se aceleraba. Por fin, la mujer se extendió sobre Rosalie, emitiendo un suspiro. El cuerpo le pesaba, al eliminar de él toda la tensión, mientras Rosalie, temblando de placer, entrelazaba las piernas por detrás de la espalda de la priora. Con las caderas levantadas, formaron un arco que unía sus respectivos montes de Venus.

El convento era pequeño y Rosalie se unía a las monjas en sus oraciones. Le dieron ropas de novicia pero, al ser la protegida de la madre superiora, no se la obligó a que participara en las tareas más duras. Sin embargo, por la noche se sentía rendida y se sumergía en un profundo sueño. Había atravesado un momento muy duro y su cuerpo aún no estaba recuperado del todo.

Permaneció durante varios días en el convento y vio como las monjas realizaban a conciencia sus oraciones y demás tareas de tipo religioso, aunque no por ello se privaban de los placeres de la carne.

La segunda noche de su estancia en el convento la despertó el tenue sonido de unas risillas sofocadas. Las dos jóvenes y hermosas novicias estaban jugueteando con su cavidad del amor y, envalentonándose ante su pasividad, una de ellas se montó sobre las piernas separadas de Rosalie. Le metieron en la gruta algo duro que le resultó familiar, mientras ella se incorporaba, temblorosa.

Era un harigata, la imitación de un pene, hecho de marfil y con forma de «V». Tras meterle una de las puntas, una novicia se introdujo la otra en su cavidad. A Rosalie le resultó agradable, aunque algo insólito. Sentía los pezones de la jovencita contra los suyos, lo que, combinado con los incansables embistes del harigata, provocó que su dulce néctar corriera con libertad.

Cuando el harigata la condujo al clímax, Rosalie emitió un chillido estridente y, la otra muchacha, después de menearse frenéticamente, cesó todo movimiento y se extrajo el consolador, que adquiría ahora la esencia de lo que era realmente, una inerte pieza de marfil. A ella le gustaba sentir en su interior como la verga se iba endureciendo o como se volvía fláccida de repente. Echaba de menos el tacto que le producían los licores derramados sobre sus piernas, cuando el hombre se retiraba. No —decidió—, cualesquiera que fueran las virtudes de aquel instrumento, ella prefería las de un hombre.

Rosalie dispuso su equipaje sin ningún apremio. Se sentía agradecida con las monjas de Dosojin-ji, pero aquél no era su lugar. Sí, era verdad, había aprendido mucho de sus enseñanzas, pero la venganza que planeaba no podía esperar. Dudó en devolver los hábitos de novicia que le habían entregado puesto que, por una parte, no quería abusar de la hospitalidad de las monjas pero, por otra, le habían entregado aquel ropaje como un regalo. Acalló las dudas de su conciencia prometiendo que volvería tan pronto como le fuera posible.

Se dirigió hacia la parte posterior del templo. La priora le había tomado mucho cariño y a Rosalie le había resultado muy agradable la noche de amor que había pasado con ella, así como sus enseñanzas, pero no deseaba tener que discutir con la robusta portera o con una hipotéticamente madre superiora si tenía o no derecho a marcharse. De un salto alcanzó el tejado de la cocina y, dando un brinco, escaló la valla, que tenía embaldosada la parte superior. Desde allí saltó al suelo, cayendo de rodillas y con las caderas flexionadas en lo que se conoce como el salto de la mariposa sobre la flor. Allí quedó acurrucada, inmóvil, en espera de que alguien lanzara un grito de alerta.

Al comprobar que sólo las ranas rompían el silencio, acompañadas más tarde por el débil sonido de una conversación, decidió reanudar su camino.

Sabía que Royce King II se dirigía hacia el este, hacia Nagoya y Miyako. Sin embargo, no podía abandonar la zona sin una última oración por las almas de sus compañeros y amantes, ahogados en el turbulento río Tenryu. Recorrió de nuevo varias millas de regreso hacia el río y, a medida que se acercaba al escenario de aquella tragedia, su estado de ánimo se fue ensombreciendo.

La oscuridad la oprimía como nunca antes lo había hecho ya que anteriormente siempre le había gustado, conocedora de su utilidad, así como de los placeres que reportaba. Desde niña, le habían enseñado esos placeres, en espera de la venganza que tenía que acometer. Ahora, sin embargo, se sentía sola aunque, si hubiera dado con su enemigo, lo hubiera destripado con sus propias garras bajo aquella oscuridad.

Más tarde, aquella misma noche, alcanzó el río, en un solitario lugar en que se ensanchaba. Allí vio una pequeña cabaña de algún mozo de los que trabajaban en el río, pero ella la evitó, no deseando en aquel momento la compañía de un hombre. Permaneció de pie junto a un margen del nefasto río Tenryu, maldiciendo lo que el destino le había deparado. Justamente cuando había encontrado al amante con el que había soñado durante toda su vida, aquel río diabólico se lo había quitado, como había hecho con el resto de sus compañeros. La oscuridad la había privado de volverlos a encontrar, esta vez para siempre.

Al tiempo que se frotaba las manos, iba repitiendo la fórmula que le enseñaran los moradores del templo de Dosojin-ji: «Nos volveremos a encontrar en el paraíso de poniente de Amida».

Dio la espalda al río y decidió que iría nuevamente en busca de su enemigo, puesto que la venganza era lo único que le restaba por hacer. Volvió a pasar junto a la choza del mozo, que estaba medio oculta entre los juncos del rio. De su interior surgieron unas risotadas. Los mozos tenían pocas alternativas en sus miserables vidas, sólo hacer apuestas o disfrutar de tarde en tarde de una prostituta barata.

Enderezó los hombros y se dispuso a seguir su camino. Desde la cabaña surgió el grito lleno de pánico de un hombre. Rosalie, sin preocuparse, continuó la marcha. Apenas había dado unos pasos más cuando, de pronto, oyó otro grito y su cuerpo se tensó en seguida. Esta vez había sido el grito de una mujer, cuya voz le resultaba familiar. Le pareció encontrarse como en un sueño. El hombre gritó de nuevo y Rosalie se acercó a hurtadillas a la choza.

Aplicó los ojos sobre un hueco que había en la pared y miró dentro. Un grupo de hombres ataviados únicamente con unos grandes calzones se encontraban amontonados alrededor de una lámpara, que colgaba de un cable. Por encima de aquellas cabezas pudo ver un par de piernas entrelazadas a la espalda de un escuálido viejo que luchaba denodadamente.

La mujer volvió a gritar. Era, a los ojos de Rosalie, el mismo agradable sonido que había escuchado antes. Sin pensarlo dos veces, desenvainó el sable y en el instante en que aquel hombre, postrado sobre Bella, arqueaba la espalda. Rosalie atravesó con su sable las paredes de la choza, con un golpe limpio y certero.

Una vez dentro, observó por un instante a las que serían sus víctimas y se puso en acción. De un sablazo, cortó el cable que sostenía la lámpara y la choza quedó a oscuras. Se acercó al círculo de hombres y realizó unos movimientos con el sable, que se pasó de la mano izquierda a la derecha y dispuso el acero hacia aquellos hombres en lo que era para ella una posición incómoda. El acero cortó de un tajo el nervudo cuello del viejo, poniendo fin a su vida. Devolvió el sable a la posición que para ella era la natural, asiéndolo por la empuñadura y mató al hombre que estaba más cerca de Bella, en cuclillas, junto a su trasero.

Sin tener piedad de ellos, fue matando, uno tras otro, a todos los hombres que estaban allí. Sin saber lo que ocurría, puesto que la estancia había quedado a oscuras, ellos chillaban y alguno, avistando lo que el destino le tenía reservado, gritó: «¡No, no!». Pero no representaron obstáculo alguno para la mujer de Kaga, experta en el manejo del sable.

Encendió una vela y vio que Bella yacía a sus espaldas, con las manos atadas a unos palos. La estructura de madera que tenía debajo debía de haberle sujetado también las pantorrillas, aunque ahora las tenía sueltas. Aterrorizada, vio que Bella estaba totalmente cubierta de sangre. Corrió a su lado pero no supo si estaba muerta o no. Posó la mirada en un pequeño bote de sake, y vertió su contenido sobre el rostro de Bella. Le desapareció algo de la sangre que tenía en la cara y agitó las pestañas, en un intento por sacarse la sangre que tenía en los ojos, y por fin vio a Rosalie que, de nuevo, le lanzaba un líquido agrio sobre la cara.

—¡Ya basta, que me vas a ahogar! —exclamó balbuceando Bella.

Rosalie vertió el contenido del bote y cayó sobre el cuerpo postrado de Bella. Le palpó el cuerpo y no le encontró ninguna herida, mientras reía y sollozaba a un tiempo, sin dejar de repetir: —Estás viva, estás viva.

Bella intentó atajar aquel estado de trance en el que parecía encontrarse Rosalie: —Rosalie, Rosalie… ¡Suéltame!

Aquellas palabras hicieron por fin mella en la conciencia de la morena jovencita, de cuyos ojos brotaba ahora un torrente de lágrimas. Cortó las ligaduras que ataban a Bella a aquella estructura de madera, mientras la rubia se estiraba y se quejaba de dolor. Había estado atada allí durante varios días, y en la misma postura durante horas. Rosalie la ayudó con suavidad a reclinarse en el asiento.

—¿Cómo llegaste aquí? —preguntaron las dos a un tiempo, y se rieron de la coincidencia de sus pensamientos.

—He estado aquí todo el tiempo… Quiero decir, desde que ocurrió el accidente, desde la inundación.

—¿Has estado de esta manera todo el tiempo? Bella asintió con la cabeza y sonrió traviesamente.

—No ha sido tan duro como pueda parecer, A ratos incluso lo he disfrutado, excepto por el hecho de que me mantuvieran aquí atada durante todo ese tiempo. No eran tan buenos como tú o como…, como…

Recordó en esos momentos la inundación y rompió en sollozos, al pensar en aquellos seres queridos que el río se había llevado.

Rosalie movió la cabeza con determinación.

—No, te he encontrado de nuevo, a pesar de la adversidad, y también he encontrado algo que llevaba buscando desde hacía mucho tiempo.

No dijo lo que era, pero apretó con fuerza las mandíbulas y Bella se abstuvo de preguntárselo.

—Encontraremos también a nuestros hombres —dijo mientras le acariciaba a Bella uno de los turgentes pechos, que apretaba contra su hombro.

Sintiéndose reconfortada, Bella suspiró.

—¡Estoy tan cansada! Necesito dormir, y tomar una comida decente. Rosalie mostró su aprobación y dijo: —Pero no aquí.

—No —respondió Bella, mirando a su alrededor.

—Primero tienes que bañarte —la urgió Rosalie.

Poco después, Bella se lanzó al rio, enjuagándose toda la sangre que tenía adherida a la piel. Cuando volvió a la cabaña pudo comprobar que Rosalie había eliminado todas las huellas e indicios que les pudieran relacionar con aquella masacre. Había desmontado la estructura de madera, se había llevado las ropas, y había eliminado todas las señales y huellas que Bella pudiera haber dejado en el suelo de aquella choza, en la que había estado durante demasiado tiempo.

—¿No nos buscarán por haber matado a estos hombres? —preguntó la joven morena.

—No —respondió Rosalie—. Las reyertas entre ellos son frecuentes y a menudo hay muertes. Esta gente no le importa a nadie. —En ese momento, detuvo la mirada sobre la parte interior del muslo de Bella y preguntó—: ¿Qué es eso?

—¿El qué?

Todavía le sangraban los muslos, a causa del tatuaje. Bella emitió un sonido por la nariz. Estaba más preocupada por lo que le habían hecho en la piel que por el dolor que eso le producía.

—Me han marcado —respondió—. Querían venderme y por eso decidieron marcarme.

Su voz se estremeció y Rosalie la besó con dulzura.

—Es solamente un tatuaje y nuestro único consuelo es que se trata de un tatuaje bonito.

«De cualquier modo, no hay nada que tú puedas hacer», pensó para sí.

Tras ellas, los cuerpos empezaron a descomponerse bajo el agobiante calor del día.