Capítulo 10
Una vez dentro de lo que quedaba del fuerte, todo era un caos, nos abrimos paso a través del enemigo, dejando fuera de combate a todo aquél que se pusiera en su camino. Tengo que admitir que los miembros de la Primera y Segunda Cohorte tenían buenas tácticas de combate, las cuales no les servirían de nada contra la destreza de Hazel y la fuerza de Frank, la 19% de ellos estaban inconscientes, el 61% peleaba con la Quinta Cohorte, el 20% estaba pasmado por estar, por primera vez, en el equipo perdedor; y el 100% de los que estaban conscientes en pánico.
Íbamos abriéndonos paso entre los romanos, sin embargo su estilo de pelea no coincidía del todo con el mío, atacaban en grupo, como una sola masa, de forma uniforme; y el mío era más solitario y movido; podría considerarse como una ventaja si se toma en cuenta que los distraía. Al final quedamos con el camino casi despejado, dejando una gran confusión y terror detrás de nosotros.
Octavian soltó un chillido estridente, no se le entendía nada de lo que sea que estuviera diciendo, pero movía las manos de forma estridente hacia los pocos miembros de la Primera Cohorte que seguían en pie, pero más bien parecía que estaba ensayando para reventar el resto del fuerte con su voz aguda. Estaba levantando la histeria, di un paso hacia adelante, él de inmediato retrocedió, di un paso más, entonces el avanzó con su espada, yo la bloquee con el escudo, empuje brevemente sus piernas al mismo tiempo que avanzaba, entonces di un giro en el aire, y cayó al suelo de bruces como un títere de trapo.
Frank lanzó flechas hasta que su carcaj estuvo vacío, usando misiles con la punta desafilada que no mataban pero sí dejaban unos moretones desagradables; y cuando se quedó sin flechas sacó su espada. Mientras tanto, Hazel escaló por la espalda de Aníbal y le condujo hacia el centro del fuerte.
-¡Vamos, lentos!- dijo ella mientras se reía.
-Dioses del Olimpo, es malditamente hermosa- dijo Frank, entonces se dio cuenta de que seguía a su lado, se tapó las manos con la boca y su piel se volví roja como un tomate- yo…, quiero decir…, Aníbal se ve hermosa.
-Si Frank- dije conteniendo una risa- lo que tú digas.
-Sí, bien- continúo divagando- sólo no se lo digas a Hazel.
Yo le di una palmada en la espalda, Hazel nos miraba raro, aun esperando a que subamos al elefante.
-Tranquilo amigo- dije- no lo haré.
Saltamos al elefante, una extraña sensación de libertad corría por mis venas, como subir a un pegaso, aunque dudo que lo hubiera hecho antes, o no. Algo estaba cambiando dentro de mí, pero no sabría decir bien que es.
El elefante corrió hacia el centro de la base. La zona interior estaba prácticamente desprotegida. Obviamente los defensores nunca hubieran soñado que un asalto llegara tan lejos. Aníbal tiró abajo las puertas de entrada. Dentro los vigilantes de los estandartes de la Primera y la Segunda Cohorte estaban colocados en una mesa de juego, con unas cartas y figuras sobre él, esperen, ¿ese esa es Afrodita?, definitivamente no creo que la diosa real tenga la piel rosada, bueno creo que estoy divagando; concentrándonos éste es un juego de ¿Mitomagia?, bueno ¿importa?; volviendo a las banderas, los emblemas de las cohortes estaban tirados sin ningún cuidado contra una pared.
Hazel ayudó a Aníbal a irrumpir en la habitación y los guardas de los estandartes cayeron de espaldas. Aníbal puso un pie sobre la mesa, que se partió en dos. Cuando el resto de la cohorte les hubo alcanzado, rápidamente desarmamos a los guardias y agarramos los estandartes. Corrimos hacia Hazel y escalamos por la espalda de Aníbal. Marchamos hacia el exterior luciendo los estandarte, triunfantes, los colores del enemigo. La Quinta Cohorte se formó a nuestro alrededor. Juntos desfilamos fuera del fuerte, pasando enemigos asombrados y aliados igual de estupefactos.
A lo lejos vi a Reyna, dando vueltas alrededor con su pegaso. Entonces descendió.
-¡El juego ha terminado!- sonó como si intentara no reírse, pero a la vez, tratando de esconder su rostro estupefacto-. ¡Reunión para los honores!
Lentamente los campistas se reagruparon en los Campos de Marte. Mientras nos acercamos vi daños menores, algunas quemaduras, huesos rotos, ojos morados, cortes y rascaduras, además de un montón de pelos chamuscados y grandes bloques de piedras esparcidos, y ninguno podría ser arreglado.
Me deslicé por la espalda del elefante. Nuestros compañeros nos daban palmadas en la espalda, nos hacían cumplidos y nos daban ánimos. Definitivamente era la mejor noche que había tenido desde que desperté en la casa del lobo. Entonces surgió un grito
-¡Ayuda! -gritó alguien.
Un par de campistas salieron de la fortaleza, cargando a una chica en una camilla. Entonces la colocaron en el suelo, y los otros chicos comenzaron a arremolinarse a su alrededor. Era la chica que nos había dicho que hiciéramos los que se pudiera, creo que se llamaba Gwen. Tenía muy mala pinta. Descansaba en la camilla con un pilum clavado en su armadura, como si lo estuviera sujetando entre su pecho y su cintura, pero había demasiada sangre. Frank negó con la cabeza con incredulidad. Hazel le dio la mano. Los médicos les gritaban a todos para que se mantuvieran lejos y le dejaran respirar.
La legión entera se mantuvo en silencio mientras los curadores trabajaban, intentando poner gasa y un tipo de polvo brillante bajo la armadura de Gwen para detener la sangre, intentando meter algo de néctar dentro de su boca. Gwen no se movía. Su cara no tenía color. Finalmente uno de los médicos miró a Reyna y negó con la cabeza.
Aníbal peinaba a Gwen con su trompa. Silena.
Reyna inspeccionó a los campistas desde su pegaso. Su expresión era dura y oscura como el hierro.
-Habrá una investigación. Quienquiera que ha hecho esto, le has costado a la legión una buena oficial. La muerte honorable es una cosa, pero esto…
Era un escenario muy feo, y mi mente empezó a divagar, entonces vi el cuchillo que tenía Gwen en su estómago, decía algo como CHT I LEGIO XII F. Reyna me miró, y siguió a donde se dirigía mi mirada, fue cuando vio bien el pilum.
-Es de la quinta cohorte- susurró Frank a mi lado- ¿Alguien ha visto a Octavian?
Los tres comenzamos a buscarlo, estaba cerca del círculo. El centurión observaba con más interés que curiosidad, como si estuviera examinando a uno de sus estúpidos ositos de peluche descuartizados. No tenía un pilum.
La cara de Frank se puso roja, pero ésta vez de rabia.
-Fue él, él lo hizo- dijo él, y al momento en que iba a decirlo a todos…
Gwen tosió.
Todo el mundo retrocedió. Gwen abrió los ojos. El color le volvió a la cara.
-¿Qué… qué ha sido eso? –Parpadeó- ¿A qué está mirando todo el mundo?
No parecía darse cuenta del arpón de dos metros que tenía a través de su cintura. Detrás de Frank, un médico susurró.
-Es imposible. Estaba muerta. Tenía que estar muerta.
Gwen intentó reincorporarse, pero no pudo.
-Había un río, y un hombre pidiendo… ¿una moneda? Me giré y la puerta de salida estaba abierta. Y yo… salí. No entiendo nada. ¿Qué ha pasado?
Todo el mundo la miraba con horror. Nadie intentó ayudar.
-Buena pregunta- Reyna se giró hacia Nico, que observaba serio desde el borde de la multitud- ¿Tiene esto algo que ver Plutón?
El hijo de Hades, Nico, negó con la cabeza.
-Plutón nunca permite volver a la gente de entre los muertos-. Miró a Hazel como si le estuviera diciendo que se callara, entonces su mirada se cruzó con mía, y dijo algo como: `Te lo diré luego´, ¿Qué significa todo esto?
Una voz retumbó por el campamento:
-La muerte pierde su control. Este es sólo el principio.
Los campistas agarraron las armas y yo desenfundé la daga. Aníbal barritó, nervioso. Escipión relinchó y casi lanzó a Reyna.
Sin embargo esa voz la había escuchado antes.
Un niño se mantenía en pie frente a un motociclista, tenía el cabello obscuro y los ojos verdes, Percy. Tenía un collar con varias cuentas, un anillo en el cuello, una lata vacía en el bolsillo y la espada a lo alto; se movía con valentía, y las olas del mar que se encontraba tras él, se movían en sincronía con su respiración agitada, el motociclista era Ares, el dios de la guerra.
Entonces, en medio de la legión, una columna de fuego irrumpió en el aire. Los campistas que habían sido mojados por los cañones encontraron sus ropas secadas de inmediato. Todo el mundo se tambaleó hacia atrás mientras un soldado gigante salía de la explosión. Ese no era Ares. El soldado medía cinco metros y vestía el uniforme de camuflaje desértico del ejército canadiense. Irradiaba confianza y poder. Su pelo negro estaba cortado al estilo militar, igual que el de Frank. Su cara era angular y brutal, marcada con cicatrices de cuchillos. Sus ojos estaban cubiertos con unas gafas infrarrojas que brillaban desde el interior. Vestía un cinturón de herramientas con una pistola colgada del cinturón, un machete y varias granadas. En sus manos había un rifle M16 extra grande. Y mientras todo el mundo retrocedía, Frank se adelantaba.
Frank se arrodilló, aunque las manos le temblaban ligeramente. Los demás campistas siguieron su ejemplo y se arrodillaron. Incluso Reyna.
-Eso está bien-dijo el soldado- Arrodillarse está bien. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que visité el Campamento Júpiter.
Sin embargo, por algún motivo, mis piernas no respondieron y se me quedé de pie donde estaba.
El dios inspeccionó con cuidado a los campistas. Nos miramos un largo tiempo, al final solo desvió la mirada y negó con la cabeza, murmuró algo que no logré entender bien, fue como "Juno está provocando al chico". ¿Qué chico?
-Annabeth Chase- dijo después de un tiempo- ha pasado un tiempo.
-Are… Marte- contesté, en serio, tengo que dejar ese hábito. Frank, Hazel y Reyna me miraba como si me hubiera vuelto loca.
-Tienes valor, hija de Minerva -dijo- Ares es mi forma griega. Pero para estos seguidores, los hijos de Roma, soy Marte, patrón del imperio, padre divino de Rómulo y Remo.
Asentí con la cabeza, entonces el dios miró a Frank y se irguió a toda su estatura.
-Romanos, ¡prestadme vuestros oídos! -rio,- Siempre he querido decir eso. Vengo del Olimpo con un mensaje. Júpiter no quiere que nos comuniquemos con los mortales directamente, especialmente hoy en día, pero me ha permitido esta excepción, ya que vosotros, romanos, siempre habéis sido mi gente predilecta. Sólo se me permite hablar durante unos minutos, así que estad atentos-señaló a Gwen-. Esta de aquí, debería estar muerta, pero no lo está. Los monstruos contra los que lucháis no vuelven al Tártaro cuando les destrozáis. Algunos mortales que murieron tiempo atrás andan sobre la tierra de nuevo.
La naturalidad con la que terminó me revolvió el estómago, los muertos volvían, igual que lo habían hecho las gorgonas cuando me perseguían, los monstruos también volvían, y con ellos quien sabe qué más.
-Tánatos ha sido encadenado-anunció Marte-. Las Puertas de la Muerte han sido forzadas a abrirse, y nadie las está escoltando, al menos no imparcialmente. Gea permite a nuestros enemigos salir de nuevo a la tierra, al mundo de los mortales. Sus hijos los gigantes están reuniendo ejércitos contra vosotros, ejércitos que no seréis capaces de matar. A no ser que Tánatos sea liberado para que vuelva a sus deberes, seréis destruidos. Deberéis encontrar a Tánatos y liberarle de los gigantes. Sólo él puede cambiar la situación- Marte miró a su alrededor, y se dio cuenta de que todo el mundo estaba en silencio, arrodillado-. Oh, os podéis levantar. ¿Alguna pregunta?
Reyna se levantó incómoda. Se acercó al dios, seguida por Octavian, que se reverenciaba, como si fuera un esclavo servil.
-Señor Marte-dijo Reyna-, somos honrados.
-Más que honrados-dijo Octavian, haciendo que todo el campamento, e incluso el dios pusiera los ojos-. Mucho más que honrados…
-¿Y bien? -espetó Marte.
-Bien-dijo Reyna-, Tánatos, ¿el dios de la muerte? ¿El terrateniente de Plutón?
-Correcto-dijo el dios.
-¿Y dice que ha sido capturado por los gigantes?
-Correcto.
-¿Y todo el mundo dejará de morir?
-No todos a la vez-dijo Marte-. Pero las barreras entre la vida y la muerte serán débiles. Aquellos que sepan cómo sacar ventaja de ello, volverán. Los monstruos son muy difíciles de matar. Muy pronto serán completamente imposibles de matar. Algunos semidioses también podrán encontrar el camino de vuelta del Inframundo, como vuestra amiga, la centurión, los mortales comenzarán a darse cuenta de que les es imposible morir-siguió Marte sin hacer caso-. ¿Os imagináis un mundo en el que nadie muera, jamás?
Octavian levantó la mano, juro que sentí unas ganas inmensas de darle una patada.
-Pero, grandioso y todopoderoso señor Marte, si no podemos morir, ¿eso no es algo bueno? Si podemos vivir para siempre…
-¡No seas tonto, chico! -gritó Marte-. ¿Una carnicería sin final? ¿Guerra sin motivo? Los enemigos alzándose una y otra y otra vez y sin poder ser asesinados. ¿Es eso lo que queréis?
-¡Ordeno una misión! -anunció el dios-. Iréis al norte y encontraréis a Tánatos en la tierra más allá de los dioses. Le liberareis y frustrareis los planes de los gigantes. ¡Guardaos de Gea! ¡Guardaos de su hijo, el gigante mayor!
Hazel soltó un gritito:
-¿La tierra más allá de los dioses?- Marte la miró, empuñando su M16.
-Eso es correcto, Hazel Levesque. Sabes a qué me refiero. ¡Todo el mundo aquí recuerda la tierra dónde la legión perdió su honor! Quizá si esta misión tenga éxito, y volvéis para el Festival de Fortuna… quizá entonces vuestro honor sea restaurado. Si no tenéis éxito, no habrá ningún campamento al que volver. Roma habrá sido destruida, y su legado perdido para siempre. Así que mi consejo es: No falléis.
Octavian se las arregló de alguna manera para agacharse aún más, si es que eso era posible, casi enterraba la nariz en la tierra.
-Señor Marte, sólo un pequeño detalle. ¡Una misión requiere una profecía, un poema místico que nos guíe! Acostumbrábamos a obtenerlas de los libros de las Sibilas, pero ahora recae en el augur para interpretar el deseo de los dioses. Así que si pudiera ir y obtener como unos setenta peluches y un cuchillo para…
-¿Eres el augur? -le interrumpió el dios, con voz cansada.
-Sí… mi señor. -Marte sacó un pergamino de su cinturón se puso el M16 en la espalda y sacó una bomba de mano. Algunos romanos chillaron. La granada se convirtió en un bolígrafo y Marte comenzó a escribir.
-¡Aquí tienes! -Marte acabó de escribir y le lanzó el pergamino a Octavian-. Una profecía. Puedes añadirla a tus libros, grabarla en el suelo, lo que quieras. Octavian leyó el pergamino.
-Aquí dice: "Id a Alaska. Encontrad a Tánatos y liberarlo. Volved antes del anochecer del veinticuatro de junio o morid".
-Sí-dijo Marte-. ¿No está claro?
-Bueno, mi señor… normalmente las profecías son inciertas. Están escritas en acertijos. Riman y… -Una granada se asomó por el bolsillo de Marte.- ¡La profecía es clara! -anunció Octavian, cobarde.
-Buena respuesta-Marte se empujó la granada de nuevo dentro del bolsillo-. Y ahora… ¿qué más? Había algo más… ¡Ah, sí! -Se giró a Frank. -Ven aquí, chico.
Frank dio unos pasos muy indecisos hacia Marte, estaba pálido.
-Buen trabajo conquistando la muralla, chico. ¿Quién ha sido el árbitro de este juego? - Reyna alzó una mano. -¿Has visto el juego, árbitro? -preguntó Marte-. Este es MI chico. Primero por encima de la pared y luego ganó el juego para su equipo. A no ser que estés ciega, esa ha sido una jugada del Mejor Jugador del partido. No estás ciega, ¿verdad?
Esperen dijo ¿mi chico?, Frank parecía que se iba desmayar, Frank Zhang el hijo de Marte.
Reyna parecía como si estuviera a punto de escupir un ratón.
-No, señor Marte, él y sus amigos lo conquistaron.
-Entonces asegúrate de que consigue la Corona Mural-pidió Marte-. ¡Este es mi chico! -gritó a la legión, por si alguien no lo había oído. Frank quiso que la tierra le tragara. -El hijo de Emily Zhang-siguió Marte-. Era una buena soldado. Una buena mujer. Este chico, Frank, prueba su valía. Feliz cumpleaños tardío, chico. Es hora de que tengas el arma de un hombre de verdad.
Le lanzó el M16 a Frank, pero el arma se convirtió a mitad de camino, haciéndose más pequeño y delgado. Cuando Frank lo cogió, el arma era una lanza. Tenía el mango de oro imperial y un extraño punto de hueso blanco, parpadeando con una luz fantasmagórica, se parecía mucho a otra, pero no recuerdo donde la había visto antes.
-La punta es diente de dragón-dijo Marte-. Aún no has aprendido a usar el talento de tu madre, ¿verdad? Bueno… esa lanza te dará alguna ventaja hasta que lo hagas. Solo tienes tres oportunidades con ellas, así que úsala bien. Ahora, mi hijo Frank Zhang va a liderar la misión de liberar a Tánatos, ¿alguna objeción?
Por supuesto, nadie dijo nada, pero algunos campistas miraron a Frank con envidia, celos, enfado y furia. Yo estaba feliz por él y Hazel daba pequeños brincos de alegría. Ese chico sería un gran líder algún día.
-Puedes llevar dos acompañantes-dijo Marte-. Esas son las reglas. Uno de ellos tiene que ser esa chica- dijo mientras me señalaba- la he visto antes, es una buena luchadora y estratega, te apoyará; además ella y su pequeño amiguito me deben una, por no mencionar que eso irritará a mi hermana.- un trueno retumbó en a la distancia, pero lo que me había llamado más la atención era mi ¿pequeño amiguito?- Y en cuanto al tercero, no me importa. Escoge a quién quieras. Debatidlo en el senado. Sois buenos en ello.
La imagen del dios parpadeó. Otro relámpago retumbó en el aire.
-Esa es mi indicación-dijo Marte-. Hasta la próxima, romanos. ¡No me decepcionéis!
El dios desapareció en llamas, y se fue. Reyna se giró hacia Frank. Su expresión era de asombro y de náusea, como si finalmente hubiera conseguido escupir el ratón. Levantó su brazo en forma de saludo romano:
-¡Ave, Frank Zhang, hijo de Marte!
La legión entera repitió la llamada, pero él había perdido la emoción.
Entonces, en conclusión, estoy en una misión para recatar al Tánatos; no tengo memorias, pero tengo pequeños flashback; puedo leer a la gente y controlar la niebla; Hazel y Frank son mis amigos, yo confío en ellos; Reyna sabe de mi pasado; mi madre habló en mi cabeza; y lo más importante: mi "pequeño amiguito", o la persona más importante en mi vida, no estaba en el Campamento Júpiter.
Esté capítulo está dedicado a Tris Chase y a neliachase, por su apoyo.
Gracias a todos por leer la historia, espero que disfruten el capítulo, y cualquier idea o comentario será bienvenido.
